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sábado, 5 de enero de 2019

YAPA (Aunque no tanto)

SIEMPRE ME PIDEN...








Siempre me piden poemas inéditos.
Nadie lee poesía
pero me piden poemas inéditos.
Para la revista, el periódico, el performance,
el encuentro, el homenaje, la velada:
un poema, por favor, pero inédito.
Como si supieran de memoria lo que he escrito.
Como si estuvieran colmados de mi poesía 
y ahora necesitaran algo inédito. 
La poesía siempre es inédita, dijo el poeta en un poema,
pero ellos lo ignoran porque no leen poesía, 
sólo piden poemas inéditos.



Fabio Morábito (Alejandría, Egipto, 1955)

viernes, 1 de septiembre de 2017

EL IDIOMA MATERNO (3)



























BAJAR EL VOLUMEN

A menudo, en un café, al observar la plática de dos personas en una mesa vecina, como no puedo escuchar lo que dicen me concentro en sus gestos y quedo atrapado por la elocuencia con que conversan. Percibo desde mi lugar una sintonía envidiable entre los dos desconocidos.  La expresión de sus rostros, sus miradas, la forma que tienen de asentir a lo que dice el otro o de negarlo, sus arrebatos y sus distensiones: todo lo absorbo con fruición e íntima solidaridad humana. No oigo lo que dicen y lo agradezco, pues sé lo que va a ocurrir cuando, por poner un poco más de atención o en virtud de un cambio en la acústica del lugar, me llegue el sonido de su charla. Entonces unas pocas frases acabarán con toda mi ilu­sión. Aquello que parecía una conversación extraordinaria y apremiante, resulta ser un intercambio de frases trilladas, de razonamientos previsibles y de preguntas consabidas. ¡La po­breza del intercambio humano! ¡Todo lo que dos seres huma­nos podrían comunicarse, a juzgar por el rico abastecimiento de expresiones en su haber, y luego comprobar, al oírlos de cerca, qué tan poco se dicen! ¡Todo lo que el cuerpo promete con sus gestos y las palabras reducen a una aburrida secuen­cia de cordura y sentido común!  He hecho el mismo experi­mento frente a la televisión. Quito el volumen en cualquier serie o telenovela de pacotilla y quedo embelesado por la mí­mica facial y la intensidad de los ademanes de los actores;  hay entre ellos una comunicación plena y trato de adivinar qué dicen, pero subo el volumen y el soplo inspirador cesa con las primeras frases que oigo, imbuidas de un raciocinio cerril y estrecho. ¡Cuánto desperdicio de lenguaje y de vida! ¿No será ésta la función primordial de la poesía: bajar el volu­men de las palabras, ponerlas en sordina o en entredicho para recobrar la efusividad del arrebato comunicativo, que es an­terior a la transmisión de cualquier significado; para recobrar esa hermosa antesala del sentido que sin embargo es pletórica de sentido y que uno busca en las miradas y los gestos de la gente que no conoce?



VERSO Y PROSA

La mayor diferencia entre la prosa y la poesía no ra­dica en una cuestión de ritmo, de música o de mayor o menor presencia del elemento racional. En estos rubros, en contra de la opinión corriente, prosa y poesía son iguales. La verdadera diferencia, diría la única, es que sólo hay una forma de escri­bir un poema, y es verso a verso, mientras no se escriben un cuento o una novela línea por línea. El cuentista y el novelista siempre saben un poco más de lo que están escribiendo; el poeta sólo sabe, de lo que escribe, el verso que lo tiene ocu­pado, y más allá de él no sabe nada; así, cada nuevo verso lo toma de sorpresa. Todo poema está fincado sobre la sorpresa de quien lo escribe y, en consecuencia, sobre su nula volun­tad de construir algo, que se reafirma a cada paso, en cada verso. Siendo en mucha mayor medida que la prosa es un arte de la escucha, la poesía debe ajustar cuentas con cada paso que da, antes de concebir el siguiente, y por eso carece de expectativas. La prosa, en cambio, es industriosa. Se dirige hacia un punto, todo lo nebuloso que se quiera, pero real. Como un hombre que avanza por un sendero en medio de una espesura sofocante, no puede ver más allá de unos cuantos metros, pero algo ve; la poesía es como un hombre en una cueva oscura, que antes de dar el siguiente paso debe afianzar ambos pies y encomendarse a Dios. En esto radica su mayor dificultad,  pero también su condición más indolora con respecto a la prosa, que es dolorosísima, porque al admitir cierto grado de planeación, nunca se deja abandonar por completo y absorbe a su autor aun cuando éste no escribe, mientras que el poeta, no pudiendo, planear nada, cuando interrumpe su poema para dedicarse a otra cosa, lo olvida fácilmente y  no lo recuerda basta el momento en que lo reanuda. La prosa es tiránica e implacable, pero juega limpio; la poesía es huidiza y engañosa: no concede nada, no promete nada. El último verso de un poema sella algo que un segundo antes no existía. No hay pues poemas truncos. En cambio, toda la prosa, en cierto sentido, es inconclusa.



NADIE LEE NADA

Un amigo mío me habla pestes de un escritor reco­nocido. Me dice que le parece tan malo, que no ha leído una sola línea suya. Le pregunto cómo puede sustentar su juicio si no lo ha leído, y me contesta: “Por puro olfato”. Le digo que a mí me parece un escritor pasable. Lo digo por puro olfato, porque tampoco lo he leído. Seguimos discutiendo, él esgrimiendo sus razones olfativas y yo las mías. No es difícil imaginar a un escritor cuyos libros nadie ha leído y sobre el cual todos opinan por olfato. Su primer libro, por ejemplo, se publica gracias a su amistad con el editor, el cual, bien sea por olfato o por falta de tiempo, sólo hojea el manuscrito y luego lo entrega al corrector de estilo de la editorial, que no lo lee, sino que lo corrige, que es distinto. El libro, una vez publicado, da lugar a entrevistas hechas por periodistas que han leído sólo la contraportada, cosa bastante común, y es re­señado brevemente por reseñistas que también sólo han leído la contraportada. Se vende poco, pero no menos que otros. Los pocos compradores leen la contraportada y luego olvidan el li­bro en una repisa del librero, como ocurre a menudo. El autor publica un segundo, tercer y cuarto libro, que suscitan entre­vistas, reseñas, ventas bajas y cero lectores. Al cabo de una década tiene una trayectoria sólida, pero nadie lo ha leído. Es más, ni él mismo se ha leído, porque, como suele referir en las entrevistas, escribe en estado de trance, de modo que apenas revisa lo que escribe. En resumen, el único que ha pasado reseña concienzuda a sus líneas es el corrector de estilo de la editorial, (pero no lo ha leído propiamente, sino corregido, por lo cual no representa una fuente confiable para saber de qué tratan los libros de nuestro autor). Cuantos más libros suyos se publican, más difícil se vuelve que alguien lo lea, porque ha alcanzado esa modesta notoriedad que en lugar de azuzar la curiosidad del público, la mata de raíz. En suma, es un autor, de tan invisible, perfecto. Un clásico. Y a su muerte sus libros acaban en las escuelas, donde, como es sabido, nadie lee nada.




Fabio Morábito





Fabio Morábito. Poeta mexicano, nacido en Alejandría, Egipto, en 1955. A los tres años sus padres regresan con él a su Italia natal y en 1969 emigra con toda su familia a México. Tiene publicados, entre otros, los libros de poesía Lotes baldíos (1984, Premio Carlos Pellicer); De lunes todo el año (1991, Premio Aguascalientes) , Alguien de lava (2002)  y la antología Un náufrago jamás se lava (Gog y Magog, Bs.As.,2011)los libros de cuentos La lenta furia (1989), así como el libro de prosas Caja de herramientas(1989), la novela para niños Cuando las panteras no eran negras (1996); una novela: Emilio, los chistes y la muerte (Anagrama, 2009); el libro de ensayos Los pastores sin ovejas (1995), También Berlín se olvida (2004) y El Idioma materno (Gog y Magog), de donde fueron tomados estos textos. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores mexicanos.




viernes, 1 de noviembre de 2013

EL TUBO





     Un tubo funciona por apego al deber, por pundonor, por retención del aliento. Donde vuelve a respirar, donde le gana la risa y el absurdo, ahí se acaba el tubo. Otras herramientas disimulan mejor su objetivo, no el tubo. Es más, el tubo no tiene objetivo, no procesa nada, es la herramienta más ociosa y la menos sobornable. Pero él, tan manso, es el que tiene mejor suerte. Porque por un tubo corre siempre la novedad. Va lleno de domingo, y el domingo es nuestra ración de llanura.
     Estar dentro de un tubo, pues, es un honor, como viajar en misión pública. Todo en él es próvido y galante. Por eso, donde la tierra no es lo bastante solícita con uno, se coloca un tubo; un tubo es premura; todo se vuelve urgente a través de un tubo. ¿Alguna cosa es requerida, necesita llegar a su destino, urge su presencia en otra parte? Ahí surge un tubo. Sin el verbo "llamar" no habría tubos. "¡Hey, tú!", se grita ahuecando las manos alrededor de la boca en forma de tubo, como si se quisiera abstraer al otro del mundo y uncirlo rápidamente con la punta de nuestro grito. Sí, el tubo suprime mundo, es un atajo. Todo atajo es un vuelo, y los tubos vuelan, aun debajo de la tierra vuelan, representan el desarraigo, la internacionalidad, la victoria de lo genérico y de la llanura; porque lo que lleva dentro un tubo es siempre vago y oficial, es llano, pertenece a la patria; un tubo nos da siempre la espalda, nos dice tú no entiendes, y en verdad ¿en qué punto o tramo de un tubo podemos empezar a entender algo, siendo él todo oratoria y vuelo? El tubo está y no está, es de otros, viene de lejos y va lejos, es puro nuca y lomo, puros pasos de ciego o de sordomudo.
     En suma, el tubo es irreal, o cuando menos sonámbulo. No tiene un rizo de ironía o jocosidad. Es cadavérico. Eso le ayuda a saltar relieves y protuberancias, a vencer resquemores tribales y ancestrales. Es llanura en acto. Los tubos son el habla de la nueva generación y curan viejas heridas, actúan por distensión. Donde surge un borbollón de fuerza sordo y traumático, ellos lo amansan y lo vuelven audible dándole longitud, dándole mundo, dándole promesa. Dadle llanura a un salvaje y lo volveréis dócil, ése es el lema del tubo.
     Por eso el tubo es narcótico. No habría drogas sin tubos; toda droga ensaya en nosotros una tubería y cualquier experiencia alucinógena es comparable a la vivacidad y al desorden que otorgan la fluencia por un tubo. El tubo relaja y revuelve, restableciendo la efusión y la prisa de los primeros tiempos, cuando las cosas eran fáciles porque eran pocas. Porque donde hay un tubo, además de premura, hay deslumbramiento, pues el tubo va siempre al grano; es como si cada vez recorriera una parte de terreno bien aprendida; como si dijéramos: esta parte nos corresponde, la hemos pisado y vuelto a pisar una infinidad de veces y la conocemos tan minuciosamente que ahora tenemos todo el derecho a tender un tubo. Un tubo, en síntesis, resume las pisadas y miradas con que nos hemos ido adueñando de un páramo, como si a fuerza de pisarlo y mirarlo le hubiéramos sacado brillo. Representa el símbolo de un pleno señorío alcanzado. Es un premio. Por eso los tubos delatan siempre a un propietario. Un hombre que posee alguna clase de ductos es como si mirara y tocara más lejos que lo otros, sabe que perdurará sutilmente. La misma forma ahuecada del tubo indica la voluntad de administrarse y perdurar. Su capacidad de amplificación, de llanto, de expulsión violenta, se debe a ese ascetismo. Basta ver lo que hace el tubo de un telescopio o un microscopio: recluta ondas de luz, las aisla y descorteza, les quita su mundanidad grasosa, las deja en estado místico, a flor de piel, en situación de perfecta audiencia, de llanura. La amplificación es una mondadura, un modesto estallido. Por desgracia, de ahí al destripamiento propiamente dicho, a la explosión auténtica (véanse el cañón, el mortero, la bazuca, aun la simple cerbatana) hay sólo un paso, y es entonces cuando desearíamos que el tubo fuera menos ecuánime y más sobornable, con fugas a los lados, concretamente menos recto e intransigente, para bien de la humanidad.


(De: "Caja de herramientas")



Fabio Morábito (Alejandría, Egipto, 1955)







miércoles, 20 de febrero de 2013

MI PADRE SIEMPRE


trabajó en lo mismo.
Él tan voluble,
que entró y salió de tantas compañías,
toda la vida trabajó en el plástico,
tal vez porque nació donde no había montañas,
en un país que no era el suyo,
y lo sedujo una materia así,
desmemoriada de su origen,
que sabe regresar a su contorno
como el cuerpo
y que se saca de lo más profundo: del petróleo,
donde se borran los países.
Porque mi padre aprecia,
en las personas y en las cosas, 
que sean flexibles.
Ajeno a las verdades que se empinan
y a los esfuerzos y rodeos
con que la savia aprende su camino,
poco proclive a la madera y a los credos,
a todo lo que pierde humor
y gana arrugas,
nació en la orilla de un desierto
donde la falta de relieves disuadía
de concienzudas búsquedas del alma.
Tal vez por eso lo sedujo el plástico,
que viene de lo más profundo,
del último escalón del mundo
que alcanzamos, 
de donde sube el sueño de una vida
adolescente y mágica,
irrompible,
sin esos nudos que en la superficie
delatan un penoso crecimiento.
Lo que nos viene
de lo más profundo, 
nos viene como un soplo
o como un sueño
y a los que me inquirían
sobre qué hacía mi padre,
toda la vida contesté:
trabaja en materiales plásticos,
como una fórmula esotérica.
¿Toda la vida yo también
trabajaré en lo mismo,
en la escritura,
en la palabra plástica y no rígida,
que es la palabra que se saca de lo más profundo?
¿De qué petróleo íntimo
nos salen las palabras que escribimos
y a qué profundidad
brota el estilo sin esfuerzo?
¿Qué tan al fondo
están las gotas de lenguaje
que nos curan
y nos redimen de la superficie
hablada?
Voluble como él, nacido
donde le tocó nacer,
busco lo mismo: una lisura que no existe,
una materia fácil como un soplo,
algo que dicho y repetido no se arrugue
y vuelva exactamente a su contorno.




Fabio Morábito (Alejandría, Egipto, 1955)






viernes, 29 de junio de 2012

YO, QUE HE OLVIDADO las palabras








de los rezos, 
enciendo el purificador de aire
por la noche
y su zumbido
da un toque lírico a los muros de mi cuarto.
También quien reza,
me imagino,
reforma el aire de su cuarto con su rezo,
lo pasa por un filtro,
pero prefiero este zumbido neutro,
que es fe en estado puro,
a las palabras de los rezos,
que circunscriben una fe
y estrechan el espíritu.
Porque rezamos para recrear
la combustión del fuego
alrededor del cual nacieron
los primeros círculos
y las palabras son apenas un pretexto,
un vehículo.
Con el murmullo de los labios
regresa otra murmullo
que le dio forma a nuestro oído.
Nuestras plegarias son el eco
del trabajo de las llamas
que levantaban de la nada un muro,
un muro vivo, el único
capaz de hacer a nuestro alrededor un templo.
Enciendo el purificador de aire
con el mismo desamparo de esas noches,
de esas cuevas,
enciendo mi plegaria absurda, atea,
porque los labios ya no me responden.

(de "Un náufrago jamás se seca",

Ed. Gog y Maggog, 2011)

Fabio Morábito (Alejandría, Egipto, 1955)







domingo, 30 de mayo de 2010

EL ESCRITOR EN BUSCA DE UNA LENGUA




Me han preguntado muchas veces qué significa para mí escribir en una lengua, el español, que no es mi idioma materno y que aprendí relativamente tarde, a los quince años. He contestado siempre algo distinto y también ahora, que no me lo pregunta nadie sino yo mismo, diré algo que nunca he dicho: inseguridad por un lado y alivio por el otro.
La inseguridad se explica fácilmente. La afirmación de que uno no deja jamás de aprender su lengua, aunque es válido para todos, es particularmente verdadera para los no naturales de un idioma determinado, que han tenido que aprenderlo conscientemente, a base de esfuerzos, errores, extrañamiento e incidentes que son difíciles de olvidar, aunque el aprendizaje haya ocurrido en la juventud. Quiero decir que sólo los extranjeros aprenden un idioma, ya que la lengua materna se inhala o se absorbe junto con el alimento y los gestos de los padres. Aun después, conforme el hablante nativo enriquece y corrige su idioma, lo hace aparentemente sin esfuerzo, como si el idioma lo hiciera por él, arrastrándolo por su corriente que todo lo pule y lo modifica. También el hablante extranjero se ve arrastrado por esa corriente, pero no en el centro del río sino en las orillas, sin el ímpetu del que disfrutan los otros, quienes no están nunca equivocados como él lo está ni manifiestan jamás ninguna de sus torpezas lingüísticas, aunque muchos de ellos hablen peor, es decir con menos corrección.

Aprender un idioma implica un don de imitación que es innato en el niño y que se atrofia rápidamente con el peso de los años. Para el adulto y aun para el adolescente supone un esfuerzo que a veces conlleva una dosis de vergüenza; quien imita se desnuda; al querer asimilar unos rasgos ajenos, deja ver como nunca los propios. El adulto que imita demasiado flagrantemente a otro hombre o una conducta específica, nos causa pena; muestra una blandura que es propia de un niño y también un oportunismo y una avidez que nos parecen despreciables, porque intuimos que toda imitación es un atajo, que el verdadero conocimiento no es imitativo sino, por decirlo así, germinativo, es decir introspectivo y no gestual. El imitador supone que cualquier ser puede compendiarse y abarcarse en su figura y que por lo tanto es posible conocerlo todo por pura comparación, por pura traducción. Precisamente el vago rechazo que probamos al oír nuestro idioma estropeado por un acento foráneo es el rechazo a la traducción que se adivina detrás de la pronunciación imperfecta, traducción que implica reducir las palabras de nuestro idioma a una función exclusivamente comunicativa, a un uso puramente instrumental, siendo que para nosotros, que las absorbimos como una materia insustituible junto con la leche de nuestra madre, representan mucho más que eso: una contraseña y un vínculo que nos constituyen como unos hombres concretos e inconfundibles. Algo en nosotros se subleva frente al torpe manoseo de nuestra lengua, ya que por este manoseo captamos dolorosamente que nuestra lengua no es mágica sino que en efecto representa una herramienta para usarse, un instrumento que puede resistir más o menos bien, como se espera de un buen instrumento, las abolladuras producidas por un mal uso.
Porque los hablantes nativos no manosean su idioma, podría decirse que apenas lo tocan. Quiero decir que no están particularmente interesados en que se vuelva más eficaz y correcto. Son como los habitantes de una vieja casa que consideran poco conveniente hacer los resanes necesarios y prefieren amoldar su vida a sus innumerables desperfectos e incomodidades, dejándose en cierto modo construir por lo que ellos construyeron. En el uso de la lengua predomina como nunca el sentimiento tribal del menor esfuerzo y de la convivencia sin brusquedades, lo que hace recelar de todo aquel que comete demasiados errores como de aquel que pone excesivo cuidado en no cometerlos. El escritor es en cierto modo el mayor centinela y el mayor abastecedor de esta "normalidad discursiva" que el nativo transpira cuando habla y que necesita como el aire para seguir sintiendo su lengua como suya. Aun en sus exploraciones más audaces, en sus combinaciones más atrevidas, el escritor realiza una labor de conservación, de recapitulación, de ensanchamiento de los recursos existentes. La reinvención del lenguaje que todo escritor lleva a cabo es una labor de desentumecimiento, de reactivación de ciertos músculos que él es el encargado de poner a prueba y templar a través del uso artístico, que representa la verdadera prueba de resistencia de las palabras. El espíritu artístico es por naturaleza conservador, pero por procedimiento hipotético; el artista es el jugador y el utópico de la tribu; fraguando los valores de ésta en el fuego de la ficción y de la poesía, les otorga una consistencia verídica, no incestuosa, no limitada al recinto doméstico, sino capaz de ser entendida y apreciada por los extraños. A través de sus obras artísticas, el grupo confirma la salud de su ser, su capacidad de comunicarse con los otros, de reclamar para sí la definición de hombres. Por eso en las expresiones del artista hay siempre algo de irreconocible para los propios nativos, un pliegue sordo, una consideración refractaria, casi hostil, que desfigura el lenguaje rutinario y muestra la voluntad de sacrificar una comprensión plena y automática en el interior del grupo para poder entenderse con los de afuera. Porque el artista se emparenta no sólo con el extranjero a secas sino con ese extranjero peculiar que es, en cada familia, el hijo. Así como el nacimiento de un hijo nos afianza en un lugar al tiempo que nos revela sus penurias (es cuando defendemos algo que se agudiza nuestro sentido de la escasez), el artista, con sus ficciones, nos otorga el verdadero horizonte de nuestros valores, su alcance más hipotético, y así nos separa de ellos, porque por primera vez los vuelve entrañables. En efecto el hijo, frente al padre, es el memorioso, el verdadero basamento, el que rezuma antigüedad. La antigüedad de la juventud tiene un nombre, se llama utopía, y es el anhelo de una vuelta a los orígenes, cuando el significado de cada cosa era transparente y no dependía de las astucias y los vaivenes del lenguaje. La abundancia de jergas juveniles denota el recelo del hijo frente al lenguaje heredado y su deseo de sustituirlo por otro más íntimo, más auténtico. El hijo es el portador de lo natural, por eso es más antiguo que el padre. Más radical que él, más cercano a los fundamentos, es por lo tanto más remoto, remoto como el extranjero. Uno y otro hablan un lenguaje que no se ha endurecido en las formas y rituales corrientes. Usan esas formas y rituales con ingenuidad y torpeza. Esta torpeza puede ser una forma de clarividencia. De ahí que profeta suele ser el hijo y no el padre. La torpeza del hijo es condición de su sabiduría. Y del extranjero, quizá como una contraparte del recelo y la desconfianza que provoca, se espera siempre eso: sabiduría, profecía, como si su desconocimiento de las formas y la falta de destreza en su uso lo mantuviera próximo a un sustrato y a unas intuiciones más fundamentales. Se espera de él más arrojo, menos remordimiento, más ligereza, ya que una creencia tácita quiere que el extranjero, por carecer de arraigo, sea intrínsicamente más rápido que los demás, un ser cercano a la disolución y, por ello, expedito y sin trabas. Quien encarna mejor que nadie este mito es Don Juan, que es el eterno extranjero porque es el eterno conquistador. Por eso dije al comienzo que escribir como extranjero, en un idioma que no es el propio, implica además de inseguridad cierto alivio. Es el alivio del desprendimiento. El idioma no materno no se encuentra lastrado por la voz, las órdenes y las dudas de nuestros padres, no arrastra antiguas deudas, no denota nuestros acentos más íntimos. El acento extranjero es un magnífico escudo para encubrir acentos más comprometedores. Pero esta aparente salud es también una orfandad. ¿Quién más huérfano que Don Juan, quién más solo que él y quién más apatrida? Don Juan es mucho más que un picaro vividor; el hecho de que no se acuesta dos veces con la misma mujer, porque quiere acostarse con todas, convierte sus andanzas en una búsqueda metafísica; intuye que sólo así, acostándose con todo el género femenino, su alocada carrera amatoria tendrá un significado; de vuelta de todas las mujeres, podrá enfrentarse por fin a una mujer concreta, podrá tener una patria propia. Es como si el escritor que escribe en otro idioma quisiera, para hacerlo definitivamente suyo, conocer y usar todas sus palabras. La conquista de un estilo puede ser el sustituto de esta necesidad abarcadura. Puesto que el estilo, como una red envolvente, somete el discurso a un clima de palabras, giros y cadencias específicos, dejando fuera otras palabras, otros giros y cadencias, produce la impresión de un todo sin fisuras. Cada estilo es una burbuja en la que se refleja el idioma y un sustituto de la imposible hazaña de usarlo en su totalidad. No habría necesidad de estilo si pudiéramos sacar provecho indiscriminadamente de todas las palabras y los giros de la lengua; los dioses no tienen estilo porque no tienen lagunas, porque lo recuerdan todo; el estilo es producto de nuestra torpeza, de las repeticiones y aproximaciones nebulosas a las que nos obliga nuestra torpeza, y en este sentido nadie tiene tanto "estilo" como un extranjero, con sus deficiencias verbales a la vista. Y precisamente por esta propiedad del estilo de convertir las insuficiencias en resorte de una comunicación más intensa, por esta cualidad suya de magnificar la pobreza expresiva que todos padecemos en mayor o menor medida, aquel que proviene de otra lengua se encuentra paradójicamente más apto para una conquista estilística, para la aprehensión de una expresividad original, porque su extrañamiento de la lengua, sin cierta dosis del cual el estilo no existe, es algo connatural en él. Con esto, más que decir que los escritores que escriben en un idioma suelen ser grandes estilistas, quiero subrayar que su dependencia de la escritura, la subordinación a ella de sus otros valores, es a menudo (piénsese en Kafka, que en palabras de George Steiner "estaba dentro de la lengua alemana como un viajero en un hotel"), más radical y patética que en los otros, porque es en la expresión escrita donde se encuentran realmente en su casa, en la casa de su propio estilo, con el cual han estilado su rostro.

Aprendí a hablar y escribir en español en México, donde el estilo tiene en la vida social un sitio preponderante. Tanto la refinada cortesía mexicana como la notoria coquetería del mexicano con la muerte son al fin y al cabo un complicado ejercicio estilístico. Ese lugar común según el cual el mexicano no sabe vivir, pero sabe morir, verdadero o no, describe a un ser que cree en la ponderación del gesto y sabe que un momento de supremo decoro rescata mil torpezas y errores. Cuando habla o escribe, el mexicano se engalana con el lenguaje y no le gusta dar pasos atrás para remendar esas descoseduras que todos cometemos al comunicarnos, así que prefiere sopesar las palabras, a costa de pecar de acartonado. Siente que su integridad personal depende en gran medida de su integridad lingüística, por eso tiende a menudo a la solemnidad y a la estatuaria, ocultándose detrás de las palabras que usa. Esta complicada relación con el lenguaje se debe quizá a que en México se habla un idioma que se impuso a la fuerza y que no pudo borrar el vasto entramado de las lenguas indígenas, las lenguas atávicas. Es posible que esto me ayudara, como hablante de otro idioma, a asimilar más fácilmente el español de México, que es también un idioma aprendido, sin contar que en mi caso influye el hecho de que soy un italiano nacido en Egipto, algo que siempre me hizo experimentar mi italianidad como raquítica y dudosa. Todo esto debe de haber facilitado las cosas para que poco a poco aceptara el español como mi primera lengua, hasta sentirme capaz de escribir en ella, aunque no de inmediato sino después de una época dedicada intensamente a la traducción de algunos poetas italianos modernos (Ungaretti, Saba, Pavese, Montale), como si sintiera la necesidad de pagar algún tributo antes de asumir mi segundo idioma como aquel en el que habría de expresarme. Conforme traducía la poesía de mi lengua al nuevo idioma que me rodeaba, recuperaba mi lengua de un modo más maduro y consciente y al mismo tiempo me despedía de ella. Traducir poesía fue una forma de "empezar a poner orden en mis asuntos", para repetir un verso de Eliot, ya que la poesía como en ningún otro lugar se compendia la imagen de un idioma y del mundo de ese idioma. Quien se despide de un mundo, se despedirá por último de su poesía, porque la poesía es el postrer saludo que puede lanzar una cultura a quien la abandona, su mensaje más audible a la -mayor distancia. Y tal vez la poesía surgió así, como un arte del saludo y de la despedida. Aquel que pese a la distancia sigue oyendo las voces de la tierra que dejó, es porque ha afinado su oído como lo afina el poeta, que es aquel que condensa el lenguaje y lo desfigura parcialmente para que alcance su mayor longitud de onda.
Pese a todo lo que me ayudó la traducción para cortar el cordón umbilical con mi idioma materno, no he salido, ni creo que nunca saldré, de la franja dudosa a la que me ha relegado mi bilingüismo. En ella se reúnen y dialogan dos idiomas mermados: el materno, por hallarse en continuo proceso de erosión, y el adquirido, porque no logrará jamás hacer desaparecer el fantasma del otro. El resultado es la sensación de vivir lingüísticamente en un estado precario. Mi segundo idioma ha usurpado demasiado terreno para representar a estas alturas una mera adquisición intelectual; cada error o tropiezo en mi lengua materna los atribuyo a esta usurpación, y cada conquista en este nuevo idioma la atribuyo secretamente a una merma en mi idioma original. Por eso no puedo imaginarme escribiendo en los dos; me parece inconcebible crecer simultáneamente en ambas direcciones. Ya bastante trabajo me cuesta aceptar mi afición a dos géneros parcialmente antagónicos como son el cuento y la poesía como para, por añadidura, concebirme capaz de cultivar cada uno con una herramienta doble. Nadie puede albergar en sí tantas personas distintas. Porque se trata, por supuesto, de transformarse cada vez, de que la herramienta utilizada lo convierta a uno en alguien diferente. Se trata, al menos en la creación artística genuina, de olvidar la traducción e invocar la metamorfosis, o lo que es lo mismo, hacer lo que se hace desde un lugar, no desde un saber. Por eso el bilingüismo, que es un saber, no garantiza ninguna ventaja artística, y el escritor bilingüe, en el momento de escribir en un idioma determinado, es bilingüe sólo por accidente, no por inspiración, porque dentro de ésta sólo se puede ser dueño de un idioma. Yo diría incluso que la inspiración es precisamente esto: el estado más profundo de monolingüismo, ese momento en que la lengua, envuelta y protegida por una especie de sordera frente a todas las otras, habla sin recatos y sin escrúpulos, como si fuera la única existente, el único idioma concebible.

Esto me recuerda, para concluir, un pasaje de Drácula, la famosa novela de Bram Stoker. En el castillo transilvánico del vampiro, el joven Harker, que ha venido expresamente de Inglaterra, se halla virtualmente prisionero. Drácula no quiere que se vaya porque antes de partir hacia Inglaterra desea dominar perfectamente el inglés, y para ello necesita la compañía del joven. Por más que Harker le hace notar que su dominio del inglés es impecable, Drácula no se da por satisfecho; quiere familiarizarse con los matices más íntimos no sólo del idioma sino de las costumbres y de la mentalidad inglesas. Le dice a Harker que en Londres quiere "pasar como cualquier nativo", y lo que está diciendo con esto es que no le interesa la traducción, que de seguro desprecia, sino la identificación, la conversión. A su juicio, sólo es posible hablar otro idioma convirtiéndose en otro individuo. Pasar de una lengua a otra exige la mutación del ser. ¿Hay más desprecio de la traducción que en esta breve premisa? El vampiro quiere aprender inglés por inspiración, no por diligente aprendizaje, y esto porque la inspiración es su método preferido. Chupar la sangre de sus víctimas, ¿qué es sino un movimiento de inhalación profunda, de identificación absoluta, de inspiración total? ¿Y qué más puede hacer un muerto viviente como él para surtirse de vida sino recurrir a los argumentos más profundos, que son los de la sangre? Drácula pertenece por mitad de su ser a los muertos y esto lo vuelve el extranjero por excelencia. Hay algo en él que lo asemeja al escritor que se ve obligado a valerse de otro idioma. Los dos han optado por la conversión, desechando la traducción. Por eso Drácula acaba por chupar la sangre de Harker, para absorber su estilo, que es lo único que le falta a su inglés impecable. El escritor que se expresa en un idioma que no es el suyo es en cierto modo un muerto viviente; adoptar otra lengua significa otorgarse una vida suplementaria, renacer en el seno de una nueva expresividad, pero también enterrar definitivamente otras palabras y otras cadencias. Creo que por ello el escritor que escribe en otra lengua tiene una aguda conciencia del poder de la escritura de inventar, alterar y desfigurar el pasado. Un poema que logre plasmar un determinado episodio o situación de nuestra vida, en cierto modo los clausura; de ahí en adelante, cada vez que con el pensamiento queramos recuperarlos, el poema que escribimos nos saldrá al paso con sus palabras concretas, impidiéndonos movernos con el desenfado de antes. Pero si estas palabras fueron escritas en un idioma extranjero, la clausura tendrá un peso mayor, como una especie de sentencia inapelable. El vampiro, cuando chupa la sangre humana, recupera fugazmente el dibujo de la propia circulación sanguínea, es decir la visión de sí mismo, pero a través de la sangre de otro, como si se mirara a través de otros ojos. El escritor que escribe en otro idioma se encuentra frente a su pasado en un extrañamiento parecido, porque lo recupera con palabras y cadencias nuevas, desfigurándolo fatalmente y probablemente inventándolo. De hecho, el extrañamiento constituye el parecido más profundo entre estas dos creaturas; en cierto modo, el escritor que escribe en otra lengua escribe de noche, porque llegó tarde a las palabras que usa. Y tal como el vampiro, a causa de su vida nocturna, se ve impelido a conocer las cosas por contacto directo y en profundidad, es decir por el conocimiento de su sangre, sin poder conformarse con la serena contemplación de las apariencias, el escritor transterrado se ve impelido a responsabilizarse en exceso de las palabras que emplea, con el perpetuo temor de extraviar su ligereza y su genio recóndito.


Ciudad de México,
septiembre de 1991
Fabio Morábito (Alejandría, Egipto, en 1955)


(Ensayo inédito, leído por su autor
en la Fundación Banco Patricios,
Buenos Aires, 1991, reproducido en
Diario de Poesía, Nº 29
Bs.As., Otoño, 1994)





miércoles, 5 de agosto de 2009

NO TENER CASA
















¿Cómo orientar la casa,

cómo orientar lo que no tengo?
Unos la orientan
al amanecer,
otros la orientan al crepúsculo.
Yo que no tengo casa aún
puedo orientarla hacia las cosas
más minúsculas.
Puedo tener la casa
junto al mar
pero de espalda al mar,
de frente a lo que está hechizado
por el mar,
puedo orientar la casa
por intuiciones súbitas
a costa de perdería
y no alcanzarla nunca.
Yo sé que cada muro
es el comienzo
de una nueva casa,
es el atisbo de una casa
aún posible.
Quiero una casa que no apague
esos vislumbres,
que no se oriente hacia ningún
país feliz
y esté empezando siempre,
sin ángulos mortales,
ni muros decisivos
ni esfuerzos muy profundos;
quiero una casa
que no se oiga,
que no haga esquina,
que no haga puntas,
que no haga ningún verde
previsible;
quiero una casa que regrese
a la primera piedra cada día,
que se despoje de sus muros
en la imaginación de los que duermen
y ayude a conciliar su sueño,
que sea una casa abierta
a toda profecía.



Fabio Morábito (Alejandría, Egipto, 1955)





lunes, 18 de agosto de 2008

SIEMPRE ME PIDEN...








Siempre me piden poemas inéditos.
Nadie lee poesía
pero me piden poemas inéditos.
Para la revista, el periódico, el performance,
el encuentro, el homenaje, la velada:
un poema, por favor, pero inédito.
Como si supieran de memoria lo que he escrito.
Como si estuvieran colmados de mi poesía
y ahora necesitaran algo inédito.
La poesía siempre es inédita, dijo el poeta en un poema,
pero ellos lo ignoran porque no leen poesía,
sólo piden poemas inéditos.



Fabio Morábito (Alejandría, Egipto, 1955)

LOS AMANTES




Los amantes se acercan,
escuchan. Adelgazan
su piel hasta la asfixia

y adelgazan sus besos.
Por sus voces delgadas
sólo oyen silencio.

Los amantes se besan,
se acarician, el mar
apenas los contiene,

y su pasión es breve:
aleteo de un ave
en la espalda del agua.

Los amantes recuerdan
las heridas, las guardan
como un secreto bien

Nunca cambian palabras.
Pero cambian heridas.
Son su secreta piel.

Cerca de dos amantes
se detiene un segundo
la sangre en la avenida;

son dos ciervos que saltan
en medio de nosotros
que somos las estatuas.

Los amantes se muerden,
se pisan, sólo temen
la muerte, trepan muros

de olvido y nunca vuelven
atrás, lujosos como
escarabajos verdes.

Los amantes no cuentan
los días, no enumeran
los muertos, ni siquiera

los mares. Su materia
está hecha sin tiempo,
su sed nunca se alivia.

Los amantes se mueren
un día. Bajo tierra
van, mudos y con miedo,

y la tierra adelgaza
su piel hasta la asfixia
y adelgaza sus huesos.



Fabio Morábito (Alejandría, Egipto, 1955)



IMAGEN: Los actores Jack Nicholson y Jessica Lange, en el film "El cartero siempre llama dos veces" (1981).





MUDANZA



A fuerza de mudarme
he aprendido a no pegar
los muebles a los muros,
a no clavar muy hondo,
a atornillar sólo lo justo.
He aprendido a respetar las huellas
de los viejos inquilinos:
un clavo, una moldura,
una pequeña ménsula,
que dejo en su lugar
aunque me estorben.
Algunas manchas las heredo
sin limpiarlas,
entro en la nueva casa
tratando de entender,
es más,
viendo por dónde habré de irme.
Dejo que la mudanza
se disuelva como una fiebre,
como una costra que se cae,
no quiero hacer ruido.
Porque los viejos inquilinos
nunca mueren.
Cuando nos vamos,
cuando dejamos otra vez
los muros como los tuvimos,
siempre queda algún clavo de ellos
en un rincón
o un estropicio
que no supimos resolver.



Fabio Morábito (Alejandría, Egipto, 1955)