Mostrando entradas con la etiqueta Carolina Esses. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Carolina Esses. Mostrar todas las entradas

viernes, 26 de octubre de 2018

VERSIONES DEL PARAÍSO























HICIMOS DE LA ORILLA, UNA CASA

a la altura de las circunstancias
pensamos: nada puede llevarnos de vuelta
estamos a salvo
y nos dimos a la tarea de construir una familia.
Nuestros hijos crecerían entre cañas
les lavaríamos el barro de las piernas
cuando atravesaran descalzos la laguna.
El frío, como un pájaro de mal agüero
habría quedado atrás, olvidado
en una bolsa de plástico negra
a los tumbos por la montaña.



DESPUÉS DE UNA LARGA CHARLA TELEFÓNICA


Es tarde y por la ventana se cuela el último frío del invierno
-vieras qué torpe es mi ventana para cerrarse
cómo deja pasar el aire-.
La ropa cuelga como una bandada de pájaros muertos,
se beneficia, sin duda, de la corriente
pero yo, qué decirte
me sumerjo en una vigilia lejana, de otro tiempo;
no se condice con la sensatez de mis hijos
del hombre que duerme conmigo.

Pienso que es un preludio mi desvelo
la antesala a un episodio vital, impredecible
que no llega
y mientras tanto camino por la casa
atravieso la cocina, el living
traslado pequeños objetos
que acomodo ahí donde parecen estar mejor,
pero es inútil
me arrastra una tristeza antigua
de hojas secas, abandonadas por el viento.

Las vieras, se acumulan detrás de nuestra puerta
mariposas de alas oscuras, ramilletes, parvas
de hojas, —mientras pasan dos, tres, cuatro años-
dejan un reguero cansado de pólvora
-¿no barría el tiempo las hojas?, ¿no las llevaba lejos
el curso previsible del invierno?, ¿no despertábamos un día
como pichones entre la maraña de brotes?—.


Se deslizan por debajo de la puerta y yo las recibo, amiga
la palma abierta de las hojas, sus nervaduras
en la palma de mi noche o mi mañana.
A ver: ésta promete un futuro apacible
pero esta otra; la malaventura me atraviesa la espina
y acaricio la posibilidad de una catástrofe
la destrucción total y más perfecta
de este andamiaje familiar que nos sostiene,
hasta que te escucho, del otro lado de la línea
pero si son sólo hojas, decís
si basta con hacerlas crujir entre los dedos

para quebrarlas y que desaparezcan.



NADA CAMBIABA y A LA VEZ

todo se volvía tibio más amable.
Las lavandas erguidas
militantes en su causa natural
como diciendo
acá el alimento, la casa;
el perfume de la salvia
el viento que dibuja el contorno
de pinos como iglesias.

Puedo verte: abrís ventanas
acomodás muebles, barrés
lo que fue dejando el día
todo es luminoso y no hay dudas
tu mano se apoya en mi espalda
mi brazo en tu nuca.
Vamos, vamos, decís
mientras suena Ben Harper
y marcás con el dedo índice
el ritmo de la música
si hasta los chimangos cantan
en la noche iluminada.

Cierro los ojos.
Te ofrezco, al fin

mi mejor versión del amor.




Carolina Esses





Carolina Esses.  Poeta argentina. Nació en Buenos Aires en 1974.  Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires. También realizó estudios en la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón. Publicó los libros de poemas Duelo (Ediciones En Danza, 2006), La serie "Arpones" se publicó en 2006 en la antología Hotel Quequén, Edit. Sigamos Enamoradas; Temporada de invierno (Bajo la luna, 2009) y Versiones del paraíso (Ediciones del Dock, 2016), de donde fueron extraídos los poemas publicados.  Sus poemas fueron traducidos al francés y al inglés en antologías y revistas. Es autora de varios libros de literatura infantil. Escribió crítica literaria durante muchos años en la revista de cultura Ñ y ahora lo hace en el suplemento “ideas” del diario La Nación.  También es narradora: Un buen judío, publicada este año por Bajo la luna, es su primera novela.




miércoles, 24 de octubre de 2018

BUCÓLICO PAISAJE DE CLASE MEDIA















Todo lo que queremos, dije
está dentro del perímetro de esta cama,
dos metros cuadrados suspendidos
a treinta centímetros del suelo.
Soy un niño, repetía Manuel
mientras jugaba con una moneda.
¿Y yo? Podría seguir un rato largo
ensayando estos ejercicios
de estiramiento, patas para arriba
sobre la apelmazada resistencia del colchón.
¡Niño!, gritaba mi hijo
la palabra oída en la tele
lejana a nuestro nene o chico.
¿En qué idioma hubiésemos hablado
de quedarnos para siempre en esta cama?
Nos encontrarían muertos
los ojos fijos, dulcemente adormecidos
en nuestro bucólico paisaje de clase media.
Así, dicen, se muere de hambre
el cuerpo entra en una ensoñación
y se abandona a las visiones
como quien en medio del desierto
imagina un oasis.
No soportaríamos el hambre, dijiste
y fue tu manera de negar mi primera frase.
No, no todo lo que queremos
está dentro de los límites de esta cama.
Antes de cerrar el libro que leías
plegaste con prolijidad una de las hojas,
Manuel bajó con una pirueta de la cama
y yo me dispuse a guardar juguetes, ropa
a dejar fuera del alcance de mis hijos
monedas o botones.



Carolina Esses (Buenos Aires, 1974)





lunes, 22 de octubre de 2018

VIAJE EN TAXI CON PADELETTI




















Aquella luz quieta que deben conocer el caracol
o la tortuga —cualquier animal de esos
que se esconden dentro de sí mismos— iluminaba el auto.
Íbamos así, como se viaja ahora, dijo el poeta
y recordó su ciudad natal. Nombré a Móntale, por hablar de algo
mientras el taxi intentaba abrirse paso a través del tránsito
admití no haber leído a Pasolini
porque estaba segura
de que la conversación nos llevaría
de un momento a otro, a mi falta.
Pero el poeta insistía con una cucharita
encontrada días atrás en el fondo de un bolso.
Ah, si tuviéramos la velocidad de las cosas
para abandonar su espacio habitual.
Avanzábamos. Pero lo hacíamos en un pasado remoto,
hipotético y remoto. Era la única manera de estar
él: una mano sobre la otra
la cartera de cuero, la bufanda, la espiga de la columna
sosteniendo lo que queda después del abandono.
Atravesar la ciudad en taxi con una desconocida
o recuperar el amor perdido, ¿en qué pensaba?
Hace meses que tengo mi casa en venta, dijo
pero en lugar de preguntarnos por el destino
de las plantas, del jazmín, de los papeles
ahora que había llegado el momento de cambiar de aire
hicimos alguna referencia al mercado inmobiliario
para después fijar los ojos
en las luces de la calle
como si el futuro pudiera adivinarse ahí
en la noche entumecida por lo irreversible
del amor que ya no vuelve.
Lejos de cualquier disertación
—yo hubiese querido una clase de poesía-
nos quedamos callados
escuchando las direcciones que emitía la radio
atentos al conductor
a su sistema de tomar viajes al vuelo
cómo la mente puede transformarse en una grilla
que piensa distancias, tiempos de espera.



(del libro: Versiones del Paraíso
Ed. del Dock, 2016)
Carolina Esses (Buenos Aires, 1974)




IMAGEN: Hugo Padeletti.




sábado, 20 de octubre de 2018

TEMPORADA DE INVIERNO














Quise arrancar del bosque
una larga temporada de invierno,
guardarla dentro de mí, que se fuera deshaciendo
como una astilla a través de mis vasos sanguíneos
y que al recordarla
me convirtiera en un animal viejo y sabio.
Fui hacia el invierno, como si me enredara
en una planta de hojas azules
que sólo crece entre las piedras.

(del libro homónimo,
Bajo la luna, 2010)
Carolina Esses (Buenos Aires, 1974)



IMAGEN: azul índigo extraído de una planta medicinal francesa.





jueves, 10 de diciembre de 2009

Estrella



Si era la estrella de David
yo no lo sabía. Para mí la forma
dibujada en el piso del negocio
era similar al de una cruz atravesada
por diagonales. Desde el centro
recorría cada una de sus líneas
con el equilibrio aprendido en las clases de danza.
Sería la tarde y volveríamos a casa.
Seríamos padre e hija. Que no sea mío
este recuerdo no significa
que sea menos real.
¿De qué otra manera se forma
el propio pasado?

(del libro: Paisaje bucólico
de clase media,
Inédito)

Carolina Esses (Argentina, Bs.As., 1974)
En su blog: una temporada de invierno se pueden leer más poemas.

IMAGEN: Recreación de la estrella de David.


jueves, 18 de junio de 2009

MÁS DE BUCÓLICO PAISAJE



La mujer sonríe, echa la cabeza para atrás

extasiada. El hombre mira a cámara, sostiene un bebé.
Se adivina el follaje de un parque
el clic de una máquina digital en automático.
Convivo con el gesto desproporcionado
de una mujer que no conozco.
La foto, –un amigo de la infancia que está enfermo
y vive en Paris- dice mi marido
deambula por la casa
como un espejo deformado de nosotros tres.

Ramas que se arquean sobre nuestra calle
inundan el barrio de una sombra apacible.
Los rayos llegan a destiempo
como empeñados en caer siempre
un poco por detrás nuestro.
No es el ritmo, ni el carácter de la marcha
sino la pregunta
¿cuál de nosotros se extravía
cuál muere, cuál es el que nos prolonga?

(Del libro Inédito:
Bucólico paisaje de clase media)

Carolina Esses (Argentina, Bs.As., 1974)



jueves, 26 de marzo de 2009

EL LUGAR DE LO MISMO














(Dos poemas)


como hermanas



eligió las hojas de los árboles
las de los cipreses


sobre la nieve
coronó su nombre y el mío.



luego dibujó una huella
unió extremo con extremo
hermana con hermana



ésta será la sala de los deberes inútiles.



al llegar a la cima
debajo de todo el artefacto
quiso ponerme a mí.



simbólicamente, dijo, estás
pero simbólicamente.







saquemos una foto
(delante del cerro)
le digo:
mostrame las fotos
cuando fuiste al áfrica, cuando
(necesito algo que represente el tiempo)
le pregunto:
¿y este encuadre?



la primera máquina te envuelve.


esta otra
fomenta la reproducción


y desahoga.



hay que atravesar el caudal de máquinas
para llegar al lugar en el que se encuentra
eso



tenés que indagar
indagar hasta encontrar algo.
pero adentro está mi propio cuerpo, le digo.


(de: "Duelo")

Carolina Esses (Argentina, Bs.As., 1974)




IMAGEN: Rama del árbol del ciprés.