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martes, 26 de noviembre de 2024

UN ARTE



El arte de perder no es un arte difícil;
tantas cosas parecen colmadas de un propósito
de pérdida que cuando se pierden no es muy trágico.

Pierdan a diario algo. Acepten la molestia
de extraviar el llavero, la pérdida de tiempo.
El arte de perder no es un arte difícil.

Practiquen perder, luego, más cosas y más rápido:
lugares, nombres, dónde era que estaban yendo.
Ninguna de estas cosas es demasiado trágica.

Perdí el reloj materno. Y miren, se me ha ido
la última,o penúltima, casa que tanto amaba.
El arte de perder no es un arte difícil.

Dos hermosas ciudades, perdí. Y algunos reinos
que poseía, dos ríos y un continente.
Y aunque, sí, los extraño, no fue una cosa trágica.

Incluso tras perderte (la voz mordaz, un gesto
que amo) no habré dicho una mentira. Es obvio
que el arte de perder no es cosa muy difícil
aunque parezca a veces (¡anoten!) algo trágico.


Elizabeth Bishop (E.E.U.U.Worcester, 1911-Boston, 1979)

(Traducción: Ezequiel Zaidenwerg)

Pueden LEER la biografía y más poemas en entradas anteriores de la autora.




 

miércoles, 15 de junio de 2022

INSOMNIO


 












La luna, en el “espejo del tocador,
mira a un millón de millas
(y tal vez, con orgullo, hacia sí misma,
pero nunca, nunca sonríe)
de distancia, más allá del sueño, o
tal vez duerma de día.
 
Por el Universo desertado
le diría ella que se fuera al infierno,
y encontraría un cuerpo de agua
o un espejo en el cual habitar.
Envuelve entonces tu inquietud en telarañas
y arrójala al pozo
 
a ese mundo invertido
donde la izquierda es siempre la derecha,
donde las sombras son realmente el cuerpo,
donde pasamos en vela las noches
y los cielos son tan poco profundos
como profundo es ahora
el mar, y tú me amas.
 
 

CONVERSACIÓN
 
El tumulto del corazón
sigue haciendo preguntas.
Y luego se detiene y empieza a responder
en el mismo tono de voz.
Nadie notaría la diferencia.
 
Nada inocentes, estas conversaciones empiezan,
convocan después a los sentidos
hacia sólo la mitad de un sentido.
Y después, no hay alternativa;
y después, no hay sentido;
 
hasta que un nombre
y todas sus connotaciones
son lo mismo.
 
 
Elizabeth Bishop (E.E.U.U.Worcester, 1911-Boston, 1979)
 

(Traducción: Ulalume González de León)
(UNAM, , México, 2009)
 
 
Pueden LEER su biografía en entrada anterior de la autora.


viernes, 6 de septiembre de 2013

El descreído


























Él duerme en lo alto del mástil. 
BUNYAN
Él duerme en lo alto del mástil
con los ojos bien cerrados.
Las velas se despliegan por debajo
como lino en el lecho,
abandonando a la brisa nocturna su cabeza de soñador.

Ahí llega en el sueño,
o dormido escala
la esfera dorada del mástil,
o se interna en el pájaro
de oro que quizá ciego cabalgó.

«Me sostengo sobre pilares de mármol», 
dice una nube. «Nunca me muevo. 
¿Ves los pilares allá en el mar?» 
Seguro en su introspección 
mira las líquidas columnas del reflejo.

Bajo sus alas había otras alas de gaviota
y sentía que el aire
«era como el mármol». Él dijo: «Desde aquí
me encumbro hasta el cielo,
mis alas marmóreas me permiten volar.»

Pero duerme en lo alto del mástil 
con sus ojos bien cerrados. 
La gaviota indagó en su sueño,
que era: «No debo caer.
Abajo, el mar iridiscente quiere que yo caiga.
Duro como el diamante, nos quiere destruir.»



Elizabeth Bishop


(Traducción: Jeannette L.Clariond)

The Unbeliever


He sleeps on the top of a mast
with his eyes fast closed.
The sails fall away below him
like the sheets of his bed,
leaving out in the air of the night the sleeper's head.

Asleep he was transported there,
asleep he curled
in a gilded ball on the mast's top,
or climbed inside
a gilded bird, or blindly seated himself astride.

«I am founded on marble pillars,»
said a cloud. «I never move.
See the pillars there in the sea?»
Secure in introspection
he peers at the watery pillars of his reflection.

A gull had wings under his
and remarked that the air
was «like marble.» He said: «Up here
I tower through the sky
for the marble wings on my tower-top fly.»

But he sleeps on the top of his mast
with his eyes closed tight.
The gull inquired into his dream,
which was, «I must not fall.
The spangled sea below wants me to fall.
It is hard as diamonds; it wants to destroy.




Elizabeth Bishop. Poeta estadounidense. Nace en Worcester, Massachusetts, en 1911. Su padre muere cuando ella tiene ocho años. Debido al «frágil estado emocional de su madre», se cría con los abuelos maternos en Great Village, Nueva Escocia y con una tía en Boston. Los años de la Gran Guerra los pasa en Great Vülagfi. En 1916 su madre es recluida permanentemente en un sanatorio. No volverá a verla. A los ocho años comienza a escribir poemas. En 1924 descubre a Walt Whitman, y luego a Emily Dickinson, H. D., Conrad y Henry James. Estudios universitarios en Vassar College, Poughkeepsir, Nueva York, en 1930. Lecturas de Wallace Stevens y los primeros libros de Auden. El verano de 1932 emprende una caminata por Terranova (Newfoundland), Canadá. En Vassar conoce a Mary McCarthy, Eleanor Clark y Muriel Rukeyser. Con ellas hace la revista Conspirito, de tres números de duración; entrevista a T. S. Eliot. En 1934 muere su madre. Conoce por intermedio de una bibliotecario de Vassar a Maríanne Moore, a quien la ligará una amistad de por vida, y quien la disuade de seguir estudios de medicina. Empieza sus viajes (Europa). En 1939 se muda a Cayo Hueso, Florida. Durante la Segunda Guerra Mundial trabaja como obrera industrial para la Marina Norteamericana. Vive nueve meses en México, donde comienza su amistad con Neruda, entonces cónsul chileno. En 1945-46, como premio de un concurso, se publica el primero de sus cuatro libros, North & South. [Los otros son: A cold spring, Questions of travel y Geography III; en The complete poems se incluyen más poemas y sus traducciones al inglés de Manuel Bandeara, Joao Cabral de Melo Neto, Carlos Drummond de Andrade, Max Jacob y Octavio Paz, entre otros.] Amistad con Robert Lowell. En 1949-50 visita con frecuencia a Ezra Pound en el Hospital St. Elizabeth. Enferma durante un viaje por Brasil (1951) y decide residir allí indefinidamente. Trabaja como traductora. En 1961 viaja por Matto Grosso en compañía de Aldous Huxley. En 1967 regresa a Brasil; en Ouro Preto restaura una casa de fines del siglo XIX que había comprado años antes. Se publica su poesía completa en 1968-69. Muere su amiga Lota de Macedo Soares, con quien vivía en Brasil. Empieza a alternar estadías en Estados Unidos y Ouro Preto. Hace una antología en inglés de la poesía brasileña contemporánea en colaboración con Emanuel Brasil. Reparte su tiempo entre la enseñanza (Harvard) y nuevos y continuos viajes. Muere el 6 de octubre de 1979.

BIOGRAFÍA armada a partir de la mucho más completa cronología aportada por Orlando José Hernández en el número 53 especial de Poesía, Valencia, Venezuela. 1980, dedicado a E. B.. Nota de la Revista Tsé Tsé, N° 6, 1999.




jueves, 5 de septiembre de 2013

En la aldea de los pescadores


A pesar del frío atardecer,
en una de las casas
un viejo remienda su red
en la casi invisible caída de la noche;
brilla el oscuro marrón-púrpura
de su gastada lanzadera.
Es tan fuerte el olor a bacalao
que lloran los ojos y se humedece la nariz.
Las cinco casas visten pronunciados tejados
y angostos travesaños
que conducen a desvanes
para el ir y venir de las carretillas.
Todo es plata: la pesada superficie del mar,
que lenta asciende como si temiera derramarse,
es opaca, pero lo plateado de los bancos,
las nasas langosteras y los mástiles, esparcidos
entre dentadas rocas salvajes,
revelan la aparente translucidez
de los vetustos, diminutos edificios de musgo esmeralda
que crecen junto al mar.
Los barriles desbordan
hermosas escamas de arenque
y las cestas de pescado repletas
de lechosas e iridiscentes conchas
e iridiscentes pequeñitas moscas cintilando.
Ladera arriba, tras las casas,
plantado en el rocío disperso de la hierba,
yace un cabestrante de viga raída,
con dos descoloridas manivelas
y manchas de sangre seca, como la melancolía,
donde el hierro ya se oxidó.
El viejo, amigo de mi abuelo,
acepta un Lucky Strike.
Hablamos del descenso en la población
de bacalao y arenque
mientras espera que llegue la barca arenquera.
Brillan las escamas como lentejuelas en su chaleco y su pulgar;
ha escamado, su esencial belleza,
tantos peces con ese viejo cuchillo negro
cuya hoja es casi roma.

Abajo, en la orilla del agua, donde arrastran
las barcas hacia la rampa
que entra al mar, esbeltos plateados
troncos horizontales
sobre grises piedras, descienden
a intervalos de más de un metro.

Frío oscuro profundo y absolutamente diáfano,
elemento intolerable a los humanos,
a los peces y a las focas... tarde tras tarde
he visto aquí a una foca en particular.
Despertaba su curiosidad. Le interesaba la música
y creía, como yo, en la total inmersión;
así que solía cantarle himnos baptistas.
También le cantaba «Fortaleza todopoderosa es nuestro Dios».
Erguida desde el agua me miraba
atenta, sacudiendo su cabeza.

Desaparecía y de pronto volvía a emerger
en el mismo sitio, con cierto desgaire,
como si actuara en contra de su voluntad.
Fría oscura profunda y absolutamente diáfana
la claridad grisácea del agua helada... al fondo, tras nosotros,
los graves, altos abetos.

Azulados, reunidos en sus sombras,
miles de árboles navideños esperan
la Navidad. El agua pareciera suspendida
sobre el azul gris de las redondas piedras.
He visto una y otra vez el mismo mar, el mismo
leve e indiferente mecerse sobre las piedras,
gélido y libre por encima de las piedras,
sobre las piedras y luego sobre el mundo.
Si hundieras la mano en él,
de inmediato te dolería la muñeca;
lastimaría tus huesos y ardería tu mano
como si el agua fuese la transmutación del fuego
alimentada de piedras para arder en la oscura llama gris.
Si lo probaras, al principio te sabría amargo,
después, salado, luego seguro te quemaría la lengua.
Es como imaginamos el conocimiento:
oscuro, salado, claro, móvil, plenamente libre,
extraído de la fría y áspera boca
del mundo, nacido de rocoso seno,
siempre fluye y se retrae; y como
nuestro conocimiento es histórico, transcurre y pasa.



Elizabeth Bishop (E.E.U.U.Worcester, 1911-Boston, 1979)

(Traducción: Jeannette L.Clariond)

At the Fishhouses

Although it is a cold evening,
down by one of the fishhouses
an old man sits netting,
his net, in the gloaming almost invisible
a dark purple-brown,
and his shuttle worn and polished.
The air smells so strong of codfish
it makes one's nose run and one's eyes water.
The five fishhouses have steeply peaked roofs
and narrow, cleated gangplanks slant up
to storerooms in the gables
for the wheelbarrows to be pushed up and down on.
All is silver: the heavy surface of the sea,
swelling slowly as if considering spilling over,
is opaque, but the silver of the benches,
the lobster pots, and masts, scattered
among the wild jagged rocks,
is of an apparent translucence
like the small old buildings with an emerald moss
growing on their shoreward walls.
The big fish tubs are completely lined
with layers of beautiful herring scales
and the wheelbarrows are similarly plastered
with creamy iridescent coats of mail,
with small iridescent flies crawling on them.
Up on the little slope behind the houses,
set in the sparse bright sprinkle of grass,
is an ancient wooden capstan,
cracked, with two long bleached handles
and some melancholy stains, like dried blood,
where the ironwork has rusted.
The old man accepts a Lucky Strike.
He was a friend of my grandfather.
We talk of the decline in the population
and of codfish and herring
while he waits for a herring boat to come in.
There are sequins on his vest and on his thumb.
He has scraped the scales, the principal beauty,
from unnumbered fish with that black old knife,
the blade of which is almost worn away.
Down at the water's edge, at the place
where they haul up the boats, up the long ramp
descending into the water, thin silver
tree trunks are laid horizontally
across the gray stones, down and down
at intervals of four or five feet.
Cold dark deep and absolutely clear,
element bearable to no mortal,
to fish and to seals... One seal particularly
I have seen here evening after evening.
He was curious about me. He was interested in music;
like me a believer in total immersion,
so I used to sing him Baptist hymns.
I also sang «A Mighty Fortress Is Our God.»
He stood up in the water and regarded me
steadily, moving his head a little.
Then he would disappear, then suddenly emerge 
almost in the same spot, with a sort of shrug 
as if it were against his better judgment. 
Cold dark deep and absolutely clear, 
the clear gray icy water... Back, behind us, 
the dignified tall firs begin.
Bluish, associating with their shadows,
a million Christmas trees stand
waiting for Christmas. The water seems suspended
above the rounded gray and blue-gray stones.
I have seen it over and over, the same sea, the same,
slightly, indifferently swinging above the stones,
icily free above the stones,
above the stones and then the world.
If you should dip your hand in,
your wrist would ache immediately;
your bones would begin to ache and your hand would burn
as if the water were a transmutation of fire
that feeds on stones and burns with a dark gray flame.
If you tasted it, it would first taste bitter,
then briny, then surely burn your tongue.
It is like what we imagine knowledge to be:
dark, salt, clear, moving, utterly free,
drawn from the cold hard mouth
of the world, derived from the rocky breasts
forever, flowing and drawn, and since
our knowledge is historical, flowing, and flown.





martes, 24 de noviembre de 2009

EL ICEBERG IMAGINARIO























Preferimos tener el iceberg al barco,
aunque esto significara el fin del viaje.
Aunque se quedara inerte como una piedra de nube
y todo el mar fuera un mármol moviente.
Preferimos tener el iceberg al barco;
preferimos poseer esta llanura jadeante de nieve
aunque las velas yazgan en el mar
como la nieve flota sin disolver en el agua.
¿Te das cuenta, oh solemne extensión flotante,
de que un iceberg descansa en ti
y al despertar puede pastar en tus nieves?

Por esta escena un marinero daría sus ojos.

El barco olvidado, el iceberg se levanta
y se vuelve a hundir; sus pináculos vidriosos
corrigen elípticas en el cielo.
El que pisa las tablas en esta escena
es torpemente retórico. La cortina
es lo suficientemente ligera para alzarse
en las cuerdas muy tenues del trenzado de la nieve.
La brillantez de estas aristas listas
hace la finta al sol. Su peso el iceberg atreve
en un escenario cambiante, mira y se detiene.

Este iceberg corta sus caras desde adentro.
Como la joyería de una tumba
sobrevive perpetuamente y sólo a sí mismo se adorna,
o quizás a las nieves
que tanto nos sorprenden yaciendo sobre el agua.

Adiós, decimos adiós, el barco se aleja
hacia donde las olas dejan el paso a otras olas
y las nubes corren por un cielo más cálido.
Los iceberg invitan al alma
(ambos autoconstruidos de elementos menos visibles)
a mirarlos tan: encarnados, puros, erguidos, indivisibles.




Elizabeth Bishop (E.E.U.U.Worcester, 1911-Boston, 1979)
(Versión: Verónica Volkow)


THE IMAGINARY ICEBERG

We'd rather have the iceberg than the ship,
although it meant the end of travel.
Although it stood stock-still like cloudy rock
and all the sea were moving marble.
We'd rather have the iceberg than the ship;
we'd rather own this breathing plain of snow
though the ship's sails were laid upon the sea
as the snow lies undissolved upon the water.
O solemn, floating field,
are you aware an iceberg takes repose
with you, and when it wakes may pasture on your snows?

This is a scene a sailor'd give his eyes for.
The ship's ignored. The iceberg rises
and sinks again; its glassy pinnacles
correct elliptics in the sky.
This is a scene where he who treads the boards
is artlessly rhetorical. The curtain
is light enough to rise on finest ropes
that airy twists of snow provide.
The wits of these white peaks
spar with the sun. Its weight the iceberg dares
upon a shifting stage and stands and stares.

This iceberg cuts its facets from within.
Like jewerly from a grave
it saves itself perpetually and adorns
only itself, perhaps the snows
which so surprise us lying on the sea.

Good-bye, we say, good-bye, the ship steers off
where waves give in to one another's waves
and clouds run in a warmer sky.
Icebergs behoove the soul
(both being self-made from elements least visible)
to see them so; fleshed, fair, erected indivisible.




PEQUEÑO EJERCICIO

Para Thomas Edward Warning

Piensa en la tormenta errando inquieta por el cielo
como un perro buscando un sitio para dormir
escúchala cómo gruñe.

Piensa en cómo deben verse ahora los manglares
inmutables ante los rayos
en familias oscuras, burdamente fibrosas

donde ocasionalmente una garza agita su cabeza,
sacude sus plumas, hace un comentario incierto
cuando el agua a su alrededor brilla.

Piensa en el bulevar y en las pequeñas palmeras enfiladas,
súbitamente convertidas,
en montones de flácidos esqueletos de pescado.

Está lloviendo ahí. El bulevar
y sus banquetas cuarteadas con yerba en cada grieta
aliviados por la humedad, el mar por la frescura.

Ahora la tempestad se aleja en una serie
de pequeñas escenas de batalla mal iluminadas
cada una "en otra parte del campo de contienda".

Piensa en alguien durmiendo al fondo de un bote de remos
atado a la raíz de un manglar o al pilar de un puente,
piénsalo indiferente, apenas perturbado.



Elizabeth Bishop (E.E.U.U.Worcester, 1911-Boston, 1979)


                                                                                       (Versión de Verónica Volkow)

LITTLE EXERCISE

for Thomas Edwards Wanning

Think of the storm roaming the sky uneasily
like a dog looking for a place to sleep in,
listen to it growling.

Think how they must look now, the mangrove keys
lying out there unresponsive to the lightning
in dark, coarse-fibred families,

where occasionally a heron may undo his head,
shake up his feathers, make an uncertain comment
when the surrounding water shines.

Think of the boulevard and the little palm trees
all stuck in rows, suddenly revealed
as fistfuls of limp fish-skeletons.

It is raining there. The boulevard
and its broken sidewalks with weeds in every crack
are relieved to be wet, the sea to be freshened,

Now the storm goes away again in a series
of small, badly lit battle-scenes,
each in "Another part of the field."

Think of someone sleeping in the bottom of a row-boat
tied to a mangrove root or the pile of a bridge;
think of him as uninjured, barely disturbed.




domingo, 23 de agosto de 2009

CONVERSACIÓN



El corazón

sigue haciendo preguntas tumultuosas,
luego se detiene e intenta las respuestas
en el mismo tono de voz con que pregunta.
Nadie notaría la diferencia.

Sin inocencia, comienzan
estas conversaciones
que enlazan los sentidos
con intención sutil.
Entonces no hay opción,
entonces no hay sentido:

hasta que un nombre
sea lo mismo
que su connotación.



Elizabeth Bishop (E.E.U.U.Worcester, 1911-Boston, 1979)


(Traducción de Florencia Fragasso)*

CONVERSATION

The tumult in the heart
keeps asking questions.
And then it stops and undertakes to answer
in the same tone of voice.
No one could tell the difference.

Uninnocent, these conversations start,
and then engage the senses,
only half-meaning to.
And then there is no choice,
and then there is no sense;

until a name
and all its connotation are the same.

*Revista Tsé Tsé, N° 6, 1999,



MIENTRAS ALGUIEN TELEFONEA

















Estos gastados minutos

de ruda condescendencia
no pueden ser peores.
—Mira por la ventana del baño, los abetos,
sus agujas oscuras creciendo sin propósito,
de madera hecha cristal, allí
donde dos luciérnagas
desaparecen.
Escucha solamente un tren que pasa, o que debe pasar
como la tensión: nada
y esperar:
tal vez ahora emerge
el propio anfitrión de estos minutos
y es un extraño de relajada cortesía
el corazón exonerado.
Y mientras las luciérnagas
iluminan mal estos árboles de pesadilla
sé que no han de ser
las chispas
de sus ojos verdes.


Elizabeth Bishop (E.E.U.U.Worcester, 1911-Boston, 1979)

(Traducción de Florencia Fragasso)
Revista Tsé Tsé, N°6, 1999)
While Someone Telephones

Wasted, wasted minutes that couldn't be worse,
minutes of a barbaric condescension.
--Stare out the bathroom window at the fir-trees,
at their dark needles, accretions to no purpose
woodenly crystallized, and where two fireflies
are only lost.
Hear nothing but a train that goes by, must go by,
like tension;
nothing.
And wait:

maybe even now these minutes' host
emerges, some relaxed uncondescending stranger,
the heart's release.
And while the fireflies
are failing to illuminate these nightmare trees
might they not be his green gay eyes.



IMAGEN: Fotografía de Zdenek Sindelar.



AIRE NOCTURNO





















De la manga de medianoche de un mago

los cantantes de radio
reparten sus canciones de amor
sobre los céspedes húmedos de rocío.
Y como las de las adivinas,
sus predicciones, penetrantes hasta la médula,
son lo que ustedes quieran creer.

Pero en la antena del astillero encuentro
mejores testigos
del amor en las noches de verano.
Cinco lejanas luces rojas
guardan ahí sus nidos; aves fénix
que arden en silencio, donde no alcanza
el rocío.




Elizabeth Bishop (E.E.U.U.Worcester, 1911-Boston, 1979)


(Traducción de de Eli Tolaretxipi)



IMAGEN:  Enamel and acrylic on canvas (2007), pintura de  Yugin Kang.



lunes, 20 de abril de 2009

CUESTIONES DE VIAJE








































Hay demasiadas cataratas aquí; las corrientes caudalosas
se apresuran demasiado al mar,
y la presión de tanta nube sobre las montañas
las hace caer hacia los lados en cadenciosa y suave moción,
volverse cataratas ante nuestros propios ojos.
—Pues si esas ráfagas, esas kilométricas y brillantes manchas
[de lágrimas,
no son cataratas aún,
en una o dos eras, tal como transcurren las épocas aquí,
probablemente lo serán.
Pero si las corrientes y las nubes viajan, viajan,
las montañas, en cambio, parecen cascos de barcos encallados,
cubiertos de limo y de barnacla.


Piensa en el largo viaje a casa.
¿Deberíamos habernos quedado allá, pensando en este sitio?
¿Adonde tendríamos que estar hoy?
¿Está bien estar mirando a unos seres extraños que actúan en
el teatro más extraño de todos los teatros?
¿Qué infantilismo es éste que, mientras un soplo de vida hay
en nuestros cuerpos, insistimos en correr
para ver el sol del otro lado?
¿El colibrí más pequeño del mundo?
¿Para observar una antigua obra de piedra incomprensible,
incomprensible y hermética,
o cualquier paisaje,
percibido al instante y siempre, siempre encantador?
Oh, ¿debemos soñar nuestros sueños
y poseerlos, también?
¿Y disponemos de lugar
para un poniente más, doblado, tibio todavía?

Pero, sin duda, hubiera sido una pena
no haber visto los árboles al borde de esta calle,
por cierto exagerados en su belleza,
no haberlos visto gesticular
como arlequines nobles, vestidos de rosa.
—No haber tenido que parar a cargar nafta y oído
la triste melodía de madera y en dos notas
de un par de zuecos dispares
haciendo cloc cloc distraídos sobre
un piso de estación sucio de grasa.
(En otro país la calidad de los zuecos habría sido probada.
Cada par tendría idéntico registro.)
—Una lástima no haber oído
la otra música, menos primitiva, del grueso pájaro marrón
que canta sobre la bomba rota de nafta
en una iglesia jesuita barroca de bambú:
tres torres, cinco cruces de plata.
—Una lástima, sí, no haber meditado,
confusa e interminablemente,
sobre la conexión que puede existir por siglos
entre el más rústico calzado de madera
y, cuidadosas, remilgadas,
fantasías talladas de jaulas de madera.
—Nunca haber estudiado historia en
la débil caligrafía de las jaulas de los pájaros cantores.
—Y nunca haber tenido que escuchar la lluvia
tan similar a los discursos de los políticos:
dos horas de implacable oratoria
y luego un abrupto silencio dorado
en el que la viajera toma un cuaderno, escribe:


«¿Es la falta de imaginación lo que nos hace venir
a sitios imaginados, no tan sólo estar en casa?
¿O pudo Pascal, acaso, equivocarse
al proponer no abandonar el cuarto de uno?


Continente, ciudad, país, sociedad:
elegir nunca es vasto y nunca libre.
Y aquí o allá...No. ¿Deberíamos haber permanecido en casa,
dondequiera que eso esté?»





Elizabeth Bishop (E.E.U.U.Worcester, 1911-Boston, 1979)

(Traducción de María Negroni)

QUESTIONS OF TRAVEL


There are too many waterfalls here; the crowded streams
hurry too rapidly down to the sea,
and the pressure of so many clouds on the mountaintops
makes them spill over the sides in soft slow-motion,
turning to waterfalls under our very eyes.
—For if those streaks, those mile-long, shiny, tearstains,
aren't waterfalls yet,
ín a quick age or so, as ages go here,
they probably will be.
But if the streams and clouds keep travelling, travelling,
the mountains look like the hulls of capsized ships,
slime-hung and barnacled.


Think of the long trip home.
Should we have stayed at home and thought of here?
Where should we be today?
Is it right to be watching strangers in a play
in this strangest of theatres?
What childishness is it that while there's a breath of life
in our bodies, we are determined to rush
to see the sun the other way around?
The tiniest green hummingbird in the world?
To stare at some inexplicable old stonework,
inexplicable and impenetrable,
at any view,
instantly seen and always, always delightful?
Oh, must we dream our dreams
and have them, too?
And have we room
for one more folded sunset, still quite warm?


But surely it would have been a pity
not to have seen the trees along this road,
really exaggerated in their beauty,
not to have seen them gesturing
like noble pantomimists, robed in pink.
—Not to have had to stop for gas and heard
the sad, two-noted, wooden tune
of disparate wooden clogs
carelessly clacking over
a grease-stained filling-station floor.
(In another country the clogs would all be tested.
Each pair there would have identical pitch.)
—A pity not to have heard
the other, less primitive music of the fat brown bird
who sings above the broken gasoline pump
in a bamboo church of Jesuit baroque:
three towers, five silver crosses.
—Yes, a pity not to have pondered,
blurr'dly and inconclusively,
on what connection can exist for centuries
between the crudest wooden footwear
and, careful and finicky,
the whittled fantasies of wooden cages.
—Never to have studied history in
the weak calligraphy of songbirds'cages.
—And never to have had to listen to rain
so much like politicians'speeches:
two hours of unrelenting oratory
and then a sudden golden silence
in which the traveler takes a notebook, writes:


"Is it lack of ¡magination that makes us come
to imagined places, not just stay at home?
Or could Pascal have been not entirely right
about just sitting quietly in one's room?


Continent, city, country, society:
the choice is never wide and never free.
And here, or there... No. Should we have stayed at home,
wherever may that be?"



IMAGEN: Una de las cajas del artista plástico Joseph Cornell.




lunes, 4 de agosto de 2008

EL HOMBRE POLILLA



Aquí, arriba,
las grietas de los edificios se llenan de desmenuzada luz de luna.
La sombra total del Hombre es sólo tan grande como su sombrero,
Yace a sus pies y semeja a un círculo donde puede pararse una muñeca,
y él es como un alfiler invertido, la imantada punta hacia la luna.
No ve la luna; observa solamente sus infinitas propiedades
sintiendo sobre sus manos la extraña luz, ni tibia ni fría,
una temperatura imposible de registrar en termómetros.

Pero cuando el Hombre Polilla
efectúa sus raras y ocasionales visitas a la superficie,
la luna le parece un tanto distinta. Emerge
por una abertura debajo del borde de una de las aceras
y nerviosamente comienza a escalar los frentes de los edificios.
Piensa que la luna es un pequeño agujero en lo alto del cielo,
demostrando que la protección de! cielo es del todo inútil.
Tiembla, pero debe investigar tan arriba como pueda trepar.

Fachadas arriba,
su sombra se arrastra detrás de él como el paño de un fotógrafo,
y él asciende con temor, pensando que esta vez conseguirá
empujar su cabecita a través de esa redonda, limpia abertura
y, como por un tubo, ser impulsado en negras volutas sobre la luz.
(El Hombre que se yergue debajo de él no tiene tales ilusiones).
Pero el Hombre Polilla debe hacer lo que más teme,
aunque, por supuesto, fracase, y retroceda espantado, pero ileso.


Luego regresa
a los pálidos subterráneos de cemento que él llama hogar.
Aletea, se agita, pero no consigue subir a los silenciosos trenes
tan de prisa como quisiera. Las puertas se cierran rápidamente.
El Hombre Polilla siempre se sienta en sentido contrario a la marcha
y de inmediato el tren parte a plena, terrible velocidad,
sin cambios en la marcha, ni graduación alguna.
Él no puede calcular la rapidez con que viaja hacia atrás.

Cada noche
tiene que ser llevado por túneles artificiales y soñar los sueños recurrentes
que están debajo de su agolpado cerebro,
así como los durmientes se repiten debajo de su tren.
No se atreve a mirar por la ventanilla,
porque el tercer riel, el intacto trago de veneno,
corre allí, a su lado. Él lo considera como una enfermedad
para la cual ha heredado una predisposición. Tiene que mantener
sus manos en los bolsillos, así como otros usan bufandas.

Si lo sorprendes,
alza tu linterna hasta su ojo. Es todo oscura pupila,
una noche íntegra en si misma cuyo peludo horizonte se estrecha
cuando él devuelve la fija mirada, y cierra el ojo. Entonces, de los párpados
se desliza, como el agujón de una abeja, una lágrima, su única posesión.
Se la enjuga con disimulo, y si no estás atento
se la tragará. Pero, si lo vigilas, te la entregará,
fría como de manantiales subterráneos y lo bastante pura para ser bebida.


Elizabeth Bishop (E.E.U.U.Worcester, 1911-Boston, 1979)

(Traducción de William Shand y Alberto Girri)

THE MAN-MOTH

Here, above,
cracks in the buildings are filled with battered moonlight.
The whole shadow of Man is only as big as his hat.
It lies at his feet like a circle for a doll to stand on,
and he makes an inverted pin, the point magnetized to the moon.
He does not see the moon; he observes only her vast properties,
feeling the queer light on his hands, neither warm nor cold,
of a temperature imposible to record in thermometers.

But when the Man-Moth
pays his rare, although occasional, visits to the surface,
the moon looks rather different to him. He emerges
from an opening under the edge of one of the sidewalks
and nervously begins to scale the faces of buildings.
He thinks the moon is a small hole at the top of the sky,
proving the sky quite useless for protection.
He trembles, but must investigate as high as he can climb.

Up the façades,
his shadow dragging like a photographer's cloth behind him,
he climbs fearfully, thinking that this time he will manage
to push his small head through that round clean opening
and be forced through, as from a tube, in black scrolls on the light.
(Man, stading below him, has no such illusions).
But what the Man-Moth fears most he must do, although
he fails, of course, and falls back scared but quite unhurt.

Then he returns
to the pale subways of cement he calls his home.
He flits,
he flutters, and cannot get aboard the silent trains
fast enough to suit him. The doors close swiftly.
The Man-Moth always seats himself facing the wrong way
and the train starts at once at its full, terrible speed,
without a shift in gears or a gradation of any sort.
He cannot tell the rate at which he travels backwards.

Each night he must
be carried through artificial tunnels and dream recurrent dreams.
Just as the ties recur beneath his train, these underlie
his rushing brain. He does not dare look out the window,
for the third rail, the unbroken draught of poison,
runs there beside him. He regards it as a disease
he has inherited susceptibility to. He has to keep
his hands in pockets, as others must wear mufflers.

If you catch him,
hold up a flashlight to his eye. It's all dark pupil,
an entire night itself, whose haired horizon tightens
as he stares back, and closes up the eye. Them from the lids
one tear, his only possession, like the bee's sting, slips.
Slyly he palms it, and if you're not paying attention
he'll swallow it. However, if you watch, he'll hand it over,
cool as from underground springs and pure enough to drink.