Mostrando entradas con la etiqueta Derek Walcott. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Derek Walcott. Mostrar todas las entradas

miércoles, 6 de noviembre de 2024

VOLCÁN

 



Joyce les temía a los relámpagos,
pero los leones rugieron durante su sepelio
desde el zoológico de Zurich.
¿Era Zurich o Trieste?
No importa. Éstas son leyendas, en tanto
sea leyenda la muerte de Joyce,
o el fuerte rumor de que Conrad
ha muerto, y que Victoria es irónica.
Al borde del nocturno horizonte
desde esta casa de playa en el acantilado,
pueden mirarse ahora, hasta el amanecer,
dos resplandores que llegan —millas mar adentro—
desde las plataformas petroleras;
se asemejan al resplandor de un puro
o al resplandor del volcán
al final de Victoria.
Uno podría abandonar la escritura
por las señales lentamente ardiendo
de lo grandioso, y ser, en cambio,
su ideal lector, reflexivo,
voraz, haciendo que el amor por las obras maestras
sea superior al intento
de repetirlas o superarlas,
y convertirse en el mejor lector del mundo.
Por lo menos esto requiere asombro,
algo que se ha perdido en nuestro tiempo;
demasiada gente que lo ha visto todo,
demasiada gente capaz de predecir,
demasiados que se niegan a penetrar el silencio
de la victoria, la indolencia
que consume hasta la médula,
demasiados que no son otra cosa
que ceniza erguida, como el cigarro,
demasiados que dan por sentado el relámpago.
¡Qué tan común es el relámpago,
qué tan perdidos están los leviatanes
que dejamos de buscar!
Había gigantes en aquellos días.
En aquellos días se hacían buenos puros.
Debo leer con más cuidado.



Derek Walcott (Castries, Santa Lucía, Antillas Menores, 1930- Gros Islet, 2017)

(Versión de Óscar Paúl Castro Montes)

(Tomado del blog "Otra Iglesia es imposible" de Jorge Aucicino)
Volcano
Joyce was afraid of thunder / but lions roared at his funeral / from the Zurich zoo. / Was it Trieste or Zurich? / No matter. These are legends, as much /as the death of Joyce is a legend, /or the strong rumour that Conrad / is dead, and that Victory is ironic. / On the edge of the night-horizon / from this beach house on the cliffs / there are now, till dawn,/ two glares from the miles-out- / at-sea derricks; they are like / the glow of the cigar /and the glow of the volcano /at Victory's end. /One could abandon writing /for the slow-burning signals /of the great, to be, instead,/their ideal reader, ruminative,/ voracious, making the love of masterpieces /superior to attempting /to repeat or outdo them, /and be the greatest reader in the world. /At least it requires awe, /which has been lost to our time; /so many people have seen everything, /so many people can predict, /so many refuse to enter the silence /of victory, the indolence /that burns at the core, /so many are no more than /erect ash, like the cigar,/ so many take thunder for granted. /How common is the lightning, /how lost the leviathans /we no longer look for! /There were giants in those days./ In those days they made good cigars. /I must read more carefully.

Derek Walcott (Castries, Isla de Santa Lucía, 1930 - Gros Islet, 2017)
Poeta y dramaturgo caribeño que funde la tradición cultural antillana con la poesía clásica y moderna en lengua inglesa. Considerado uno de los grandes poetas contemporáneos, recibió en 1992 el premio Nobel. Descendiente de esclavos negros e hijo de un pintor británico blanco, abandonó su isla natal y estudió en la Universidad de West Indies, en Jamaica. De 1959 a 1976 dirigió el Taller de Teatro de Trinidad. Viajó a Estados Unidos en 1981 y se instaló en Boston, donde se relacionó con Joseph Brodsky y Seamus Heaney, y ejerció la docencia en la Universidad de Boston y en la de Harvard. Derek Walcott escribió más de quince libros de poesía y alrededor de treinta piezas de teatro. La mayor parte de su obra aborda las experiencias del pueblo caribeño y reflexiona sobre su herencia: una mezcla de las culturas africana, inglesa y holandesa.




miércoles, 7 de diciembre de 2016

ISLAS





































Para Margaret

Sencillamente para darles un nombre existe la prosa
de quienes llevan un diario, darte un buen nombre
entre lectores que gustan que el viajero alabe
por igual sus relaciones sexuales y las playas.
Pero las islas sólo pueden existir
si hemos amado en ellas. Yo busco,
tal como el clima busca su estilo, escribir
un verso crujiente como la arena, claro como la luz solar,
frío como la ola encrespada, corriente
como un vaso de agua en las islas;
pero luego, lo mismo que quien lleva un diario,
saboreo sus cuartos tomados por fantasmas de sal
(tu cuerpo que deshace el mar plisado
en sábanas revueltas), cuyos espejos se ven privados
de nuestras imágenes que se acurrucan cuando duermen,
como palabras que el amor había esperado usar
borradas con las páginas de la marea.

Pues, como quien escribe un diario en la arena,
tomo nota de la paz con que embelleciste 
ciertas islas, bajando
por una angosta escalera para encender las farolas
contra el rumor del rompiente nocturno, protegiendo
un incierto mechero incandescente con una mano,
o nada más pelando el pescado para la cena,
cebollas, lucio, pan, pargo colorado,
y en cada beso el agrio sabor de la mar;
y también cómo fuiste creada al claro de luna
para estudiar por encima de todo la indomable paciencia
de las mareas, aunque parezca tiempo perdido.



Derek Walcott
(Traducción: José Luis Rivas)

ISLANDS

[For Margaret]


Merely to name them is the prose
Of diarists, to make you a name
For readers who like travellers praise
Their beds and beaches as the same;
But islands can only exist
If we have loved in them. I seek,
As climate seeks its style, to write
Verse crisp as sand, clear as sunlight,
Cold as the curled wave, ordinary
As a tumbler of island water;
Yet, like a diarist, thereafter
I savour their salt-haunted rooms
(Your body stirring the creased sea
Of crumpled sheets), whose mirrors lose
Our huddled, sleeping images,
Like words which love had hoped to use
Erased with the surf’s pages.

So, like a diarist in sand,
I mark the peace with which you graced
Particular islands, descending
A narrow star to light the lamps
Against the night surf’s noises, shielding
A leaping mantle with one hand,
Or simply scaling fish for supper,
Onions, jack-fish, bread, red-snapper;
And on each kiss the harsh sea-taste,
And how by moonlight you were made
To study most the surf’s unyielding
Patience though it seemed a waste.






lunes, 5 de diciembre de 2016

TRABAJOS EVENTUALES, UN BULL TERRIER





















Te preparas para una tristeza,
y llega otra.
No es como el clima,
es imposible prepararse,
la falta de prevención lo es todo.
Tu acompañante, la mujer, 
la amiga de un costado,
el niño del otro,
y el perro,
por ellos nos estremecemos,
miramos hacia el mar y estimamos 
que va a llover.
Tendremos que prepararnos para la lluvia;
no relacionas
la cambiante luz del sol
con el ensombrecido laurel rosa
en el jardín marino,
el oro que abandona las palmeras.
No asocias esto,
las motas de llovizna
sobre tu piel,
con el gimoteo del perro;
el trueno no amedrenta,
el estar alerta lo es todo;
aquello que va detrás de tus pies
trata de decirte 
que el silencio lo es todo:
es más profundo que estar alerta,
tiene la profundidad del mar,
la profundidad de la tierra,
la profundidad del amor.
El silencio
es más potente que el trueno,
nos deja mudos y absortos
como animales que jamás articulan su amor
como nosotros lo hacemos, salvo
que se haga inefable
y deba pronunciarse 
con un sollozo,
unas lágrimas,
la llovizna que asoma a nuestros ojos
al no pronunciar el nombre del ser amado;
el silencio de los muertos,
el silencio del amor enterrado en lo más profundo
es el único silencio,
y si bien se expresa por bestia,
niño, mujer o amigo,
es el único amor, da lo mismo,
y su bendición más profunda
nace de su pérdida,
es su bendición, su bendición.



Derek Walcott (Castries, Santa Lucía, Antillas, Islas del Caribe, 1930) 

(Traducción: José Luis Rivas)


ODDJOB, a BULL TERRIER 

You prepare for one sorrow,
but another comes.
It is not like the weather,
you cannot brace yourself,
the unreadiness is all.
Your companion, the woman,
the friend next to you,
the child at your side,
and the dog,
we tremble for them,
we look seaward and muse
it will rain.
We shall get ready for rain;
you do not connect
the sunlight altering
the darkening oleanders
in the sea-garden,
the gold going out of the palms.
You do not connect this,
the fleck of the drizzle
on your flesh,
with the dog’s whimper,
the thunder doesn’t frighten,
the readiness is all;
what follows at your feet
is trying to tell you
the silence is all:
it is deeper than the readiness,
it is sea-deep,
earth-deep,
love-deep.

The silence
is stronger than thunder,
we are stricken dumb and deep
as the animals who never utter love
as we do, except
it becomes unutterable
and must be said,
in a whimper,
in tears,
in the drizzle that comes to our eyes
not uttering the loved thing’s name,
the silence of the dead,
the silence of the deepest buried love is
the one silence,
and whether we bear it for beast,
for child, for woman, or friend,
it is the one love, it is the same,
and it is blest
deepest by loss
it is blest, it is blest.




sábado, 3 de diciembre de 2016

ESTRELLA


















Si, a la luz de las cosas, te disipas, 
real, mas tenuemente sustraída 
en nuestro decidido y a propósito 
distanciamiento —luna que encendida se queda 
toda la noche en el follaje—, ojalá 
que sin ser vista alegres esta casa; 
oh estrella, doblemente compasiva, venida 
demasiado pronto para el crepúsculo, demasiado tarde 
para el alba, que tu llama clara 
conduzca lo peor de nosotros 
entre el caos 
con la pasión 
del simple día.



Derek Walcott (Castries, Santa Lucía, Antillas, Islas del Caribe, 1930) 

(Traducción: José Luis Rivas)


STAR

If, in the light of things, you fade
real, yet wanly withdrawn
to our determined and appropriate
distance, like the moon left on
all night among the leaves, may
you invisibly delight this house;
O star, doubly compassionate, who came
too soon for twilight, too late
for dawn, may your pale flame
direct the worst in us
through chaos
with the passion
of plain day.




sábado, 12 de enero de 2013

El amor después del amor



Vendrá un tiempo
en que, con gran júbilo,
nos saludaremos a nosotros mismos
ante nuestra propia puerta, frente a nuestro propio espejo,
y con una sonrisa ambos agradeceremos la bienvenida del otro,

y diremos, siéntate. Come.
Volverás a amar al extraño que fue tu yo.
Ofrécele vino. Obséquiale con pan. Devuélvele tu corazón,
a ese otro yo, al extraño que te ha amado

toda la vida, al cual ignoraste
por otro, que te conoce desde el fondo del alma.
Toma las cartas de amor que guardas en la estantería,

las fotografías, las notas desesperadas,
arranca tu propia imagen del espejo.
Siéntate. Festeja tu vida.



Derek Walcott (Castries, isla de Santa Lucía, 1930) 


(Sin mención del traductor)





miércoles, 17 de septiembre de 2008

OMEROS





















Libro I
Capítulo III

Aquiles meó a oscuras, luego puso la aldaba a la media puerta.
Estaba enmohecida por el soplo de la mar. Con el cangrejo
de su mano izó la cesta para el pescado; ocultó el escalón de cenizas

en el hoyo, debajo de la cabana. Cuando estuvo cerca del almacén,
la brisa de la calle lo roció de sal remontando la calle gris,
luego de las viviendas dormidas a pierna suelta, bajo las barras de sodio

de los faroles, hasta el seco asfalto raspado por sus pies;
contó las pequeñas centellas azules de las estrellas sueltas.
Las hojas de los plátanos se inclinaban bajo la ondeante

cólera de los gallos, los gritos crujían como tiza roja
dibujando cerros en una pizarra. Como su maestro, en espera,
el oleaje se impacientaba por su andar tan pausado.

Cuando se encontraron frente al muro del cobertizo de concreto,
la estrella del alba había dado un paso atrás, asqueada por el olor
a redes y tripas de pescado; en el cielo la luz era fuerte

y había un horizonte. Puso la red junto a la puerta del almacén;
después se lavó las manos en la pileta.
El oleaje no alzaba la voz, y aun los perros de calcadas costillas

estaban tranquilos cerca de las canoas; una botella de ajenjo
se turnaban los pescadores, haciendo ruido después de probarlo
y escalofriándose al contacto de la amarga cascara con que fue fermentado.

Ésta era la luz en que Aquiles era más dichoso.
Cuando dejaban, antes de que sus manos asieran las bordas,
que la anchura de la mar los penetrara, sintiendo que su jornada comenzaba.



Libro II
Capítulo XXI


III

"¿Por qué?"
Ella estaba colgando su combinación de seda
en una percha, doblándola con destreza. Dio un giro a sus senos.
Entre el despeñadero de sus hombros, su rabia

escurría como el agua de jabón sobre el caminito de piedras
que había plantado allí, donde se secaban sus menudas pisadas.
Aún brillaba la luna, y su claridad bañaba el esplendor del camisón

en que se zambulló como en agua mientras su arrogancia
se zafaba del cuello. Él vio la exaltada mecha
brillar sobre el rostro de ébano, y la sombra que Helena proyectaba

en la pared. Ahora la sombra se quitaba una arracada,
con la cabeza inclinada, y sonreía. Estaba de buen humor.
Examinó sus dientes en un espejo; él la vio

llevar el espejo cerca de sus ojos. La fiesta había acabado.
La aldea estaba muy tranquila, oía las estrellas como arracadas
golpeando en seco cuando la sombra las pone en tierra.

Volvió el rostro hacia la pared. Aunque se tratara de ella,
por muy inocente que fuera su alegría, ya no podía
tolerarlo. Un vehículo pasó, y, en medio del silencio,

sintió que el corazón se le partía mientras la miraba cepillarse despacio
los cabellos, y luego detenerse. Y Aquiles vio la satisfacción de Helena
por primera vez. Vio cómo anhelaba cierta paz

más allá de su belleza, y de los continuos disgustos
por un rostro que no era culpa suya como tampoco lo era
la gracia de la luna llena timoneando oscuros árboles,

y en ese instante Aquiles, en medio de su enojo, fue presa
de una piedad que sobrepasaba su dolor. Había paz en las nubes,
y la luna envuelta en blanco camisón de seda

se alzaba por encima de él.
"¿Por qué?", dijo él. "¿Por qué estás tan puta?
¿Por qué no me dejas en paz y te largas a joder con Héctor?
Más hombres surcaron ese cuerpo que canoas la mar."

La lanza de su odio la penetró sin ruido,
pero ella se acercó y se tendió a su lado, y yacieron
en la intimidad como dos troncos en paralelo sobre la arena

al claro de la luna. Oyó a las higueras abrazándose y sonrió cuando
el primer gallo le madrugó. Helena encontró su mano y la aferró.
Él se dio la vuelta. Helena estaba dormida. Como una niña.




Derek Walcott (Castries, isla de Santa Lucía, 1930) 
(Versión de José Luis Rivas)


Book One
Chapter IIII

Achille peed in the dark, then bolted the half-door shut.
It was rusted from sea-blast. He hoisted the fishpot
with the crab of one hand; in the hole under the hut

he hid the cinder-block step. As he neared the depot,
the dawn breeze salted him coming up the grey street
past sleep-tight houses, under the sodium bars

of street-lamps, to the dry asphalt scraped by his feet;
he counted the small blue sparks of separate stars.
Banana fronds nodded to the undulating

anger of roosters, their cries screeching like red chalk
drawing hills on a board. Like his teacher, waiting,
the surf kept chafing at his deliberate walk.

By the time they met at the wall of the concrete shed
the morning star had stepped back, hating the odour
of nets and fish-guts; the light was hard overhead

and there was a horizon. He put the net by the door
of the depot, then washed his hands in its basin.
The surf did not raise its voice, even the ribbed hounds

around the canoes were quiet; a flask of l'absinthe
was passed by the fishermen, who made smacking sounds
and shook at the bitter bark from which it was brewed.

This was the light that Achille was happiest in.
When, before their hands gripped the gunwales, they stood
for the sea-width to enter them, feeling their day begin.



Book two
Chapter XXI
III

"What?"
She was draping the silk slip on a hanger,
twisting it skillfully. She turned her breasts away.
Down the deep ravine of her shoulders, his anger

drained like the soapy water over the pathway
of stones he had placed there, where her small footprints dried.
It was still moonlight, and the moonlight filled the sheen

of the nightgown she entered like water as her pride
shook free of the neck. He saw the lifted wick shine
on the ebony face, and the shadow she made

on the wall. Now the shadow unpinned one earring,
its head tilted, and smiled. It was in a good mood.
It checked its teeth in a mirror, he watched it bring

the mirror close to its eyes. The blocko was done.
It was so quiet in the village, he heard the stars
click like its earrings when the shadow put them down.

He turned his face to the wall. Whoever she was,
however innocent her joy, he couldn't take it
anymore. A transport passed, and in the silence

he felt his heart sicken, watching her as she brushed
her hair slowly and stopped. And Achille saw Helen's
completion for the first time. He saw how she wished

for a peace beyond her beauty, past the tireless
quarrel over a face that was not her own fault
any more than the full moon's grace sailing dark trees,

and for that moment Achille was angrily filled
with a pity beyond his own pain. There was peace
in the clouds, and the moon in a silk-white nightgown

stood over him.
"What?" he said. "What make you this whore?
Why you don't leave me alone and go fock Héctor?
More men plough that body than canoe plough the sea."

The lance of his hatred entered her with no sound,
yet she carne and lay next to him, and they lay quietly
as two logs laid parallel on moonlit sand.

He heard the fig-trees embracing and he smiled
when the first cock cuckolded him. She found his hand
and held it. He turned. She was asleep. Like a child.



IMAGEN: Helena de Troya, pintura de autor desconocido.