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miércoles, 11 de octubre de 2023

¿QUÉ ES UN LECTOR?

PAPELES ROTOS


Hay una foto donde se ve a Borges que intenta descifrar las letras de un libro que tiene pegado a la cara. Está en una de las galerías altas de la Biblioteca Nacional de la calle México, en cuclillas, la mirada contra la página abierta.
     Uno de los lectores más persuasivos que conocemos, del que podemos imaginar que ha perdido la vista leyendo, intenta, a pesar de todo, continuar. Esta podría ser la primera imagen del último lector, el que ha pasado la vida leyendo, el que ha quemado sus ojos en la luz de la lámpara. «Yo soy ahora un lector de páginas que mis ojos ya no ven».
     Hay otros casos, y Borges los ha recordado como si fueran sus antepasados (Mármol, Groussac, 
Milton). Un lector es también el que lee mal, distorsiona, percibe confusamente. En la clínica del arte de leer, no siempre el que tiene mejor vista lee mejor.
     «El Aleph», el objeto mágico del miope, el punto de luz donde todo el universo se desordena y se ordena según la posición del cuerpo, es un ejemplo de esta dinámica del ver y el descifrar. Los signos en la página, casi invisibles, se abren a universos múltiples. En Borges la lectura es un arte de la distancia y de la escala.
     Kafka veía la literatura del mismo modo. En una carta a Felice Bauer, define así la lectura de su primer libro: «Realmente hay en él un incurable desorden, y es preciso acercarse mucho para ver algo» (la cursiva es mía).
     Primera cuestión: la lectura es un arte de la microscopía, de la perspectiva y del espacio (no solo los pintores se ocupan de esas cosas). Segunda cuestión: la lectura es un asunto de óptica, de luz, una dimensión de la física.
     Joyce también sabía ver mundos múltiples en el mapa mínimo del lenguaje. En una foto, se lo ve vestido como un dandy, un ojo tapado con un parche, leyendo con una lupa de gran aumento.
     El Finnegans Wake es un laboratorio que somete la lectura a su prueba más extrema. A medida que uno se acerca, esas líneas borrosas se convierten en letras y las letras se enciman y se mezclan, las palabras se transmutan, cambian, el texto es un río, un torrente múltiple, siempre en expansión. Leemos restos, trozos sueltos, fragmentos, la unidad del sentido es ilusoria.
     La primera representación espacial de este tipo de lectura ya está en Cervantes, bajo la forma de los papeles que levantaba de la calle. Esa es la situación inicial de la novela, su presupuesto diríamos mejor. «Leía incluso los papeles rotos que encontraba en la calle», se dice en el Quijote 
     Podríamos ver allí la condición material del lector moderno: vive en un mundo de signos; está rodeado de palabras impresas (que, en el caso de Cervantes, la imprenta ha empezado a difundir poco tiempo antes); en el tumulto de la ciudad se detiene a levantar papeles tirados en la calle, quiere leerlos.
     Solo que ahora, dice Joyce en el Finnegans Wake —es decir en el otro extremo del arco imaginario que se abre con Don Quijote—, estos papeles rotos están perdidos en un basurero, picoteados por una gallina que escarba. Las palabras se mezclan, se embarran, son letras corridas, pero legibles todavía. Ya sabemos que el Finnegans es una carta extraviada en un basural, un «tumulto de borrones y de manchas, de gritos y retorcimientos y fragmentos yuxtapuestos». Shaum, el que lee y descifra en el texto de Joyce, está condenado a «escarbar por siempre jamás hasta que se le hunda la mollera y se le pierda la cabeza, el texto está destinado a ese lector ideal que sufre un insomnio ideal» (by that ideal reader suffering from an ideal insomnia).
     El lector adicto, el que no puede dejar de leer, y el lector insomne, el que está siempre despierto, son representaciones extremas de lo que significa leer un texto, personificaciones narrativas de la compleja presencia del lector en la literatura. Los llamaría lectores puros; para ellos la lectura no es solo una práctica, sino una forma de vida.
     Muchas veces los textos han convertido al lector en un héroe trágico (y la tragedia tiene mucho que ver con leer mal), un empecinado que pierde la razón porque no quiere capitular en su intento de encontrar el sentido. Hay una larga relación entre droga y escritura, pero pocos rastros de una posible relación entre droga y lectura, salvo en ciertas novelas (de Proust, de Arlt, de Flaubert) 
donde la lectura se convierte en una adicción que distorsiona la realidad, una enfermedad y un mal.
     Se trata siempre del relato de una excepción, de un caso límite. En la literatura el que lee está lejos de ser una figura normalizada y pacífica (de lo contrario no se narraría); aparece más bien  como un lector extremo, siempre apasionado y compulsivo. (En «El Aleph» todo el universo es un pretexto para leer las cartas obscenas de Beatriz Viterbo).
     Rastrear el modo en que está representada la figura del lector en la literatura supone trabajar con casos específicos, historias particulares que cristalizan redes y mundos posibles.
     Detengámonos, por ejemplo, en la escena en la que el Cónsul, en el final de Under the Volcano, la novela de Malcolm Lowry, lee unas cartas en El Farolito, la cantina de Parián, en México, a la sombra de Popocatépetl y del Iztaccíhuatl. Estamos en el último capítulo del libro y en un sentido el Cónsul ha ido hasta allí para encontrar lo que ha perdido. Son las cartas que Yvonne, su ex mujer, le ha escrito en esos meses de ausencia y que el Cónsul ha olvidado en el bar, meses atrás, borracho. Se trata de uno de los motivos centrales de la novela; la intriga oculta que sostiene la trama, las cartas extraviadas que han llegado sin embargo a destino. Cuando las ve, comprende que solo podían estar allí y en ningún otro lado, y al final va a morir por ellas.
 El Cónsul bebió un poco más de mezcal.
«Es este silencio lo que me aterra… este silencio…».
     El Cónsul releyó varias veces esta frase, la misma frase, la misma carta, todas las letras, vanas como las que llegan al puerto a bordo de un barco y van dirigidas a alguien que quedó sepultado en el mar, y como tenía cierta dificultad para fijar la vista, las palabras se volvían borrosas, desarticuladas y su propio nombre le salía al encuentro; pero el mezcal había vuelto a ponerlo en contacto con su situación hasta el punto de que no necesitaba comprender ahora significado alguno en las palabras, aparte de la abyecta confirmación de su propia perdición…
    En el universo de la novela las viejas cartas se entienden y se descifran por el relato mismo; más que un sentido, producen una experiencia y, a la vez, solo la experiencia permite descifrarlas. No se trata de interpretar (porque ya se sabe todo), sino de revivir. La novela —es decir, la experiencia del Cónsul— es el contexto y el comentario de lo que se lee. Las palabras le conciernen personalmente, como una suerte de profecía realizada.
     En el exceso, algo de la verdad de la práctica de la lectura se deja ver; su revés, su zona secreta: los usos desviados, la lectura fuera de lugar. Tal vez el ejemplo más nítido de este modo de leer esté en el sueño (en los libros que se leen en los sueños).
     Richard Ellman en un momento de su biografía muestra a Joyce muy interesado por esas cuestiones. «Dime, Bird, le dijo a William Bird, un frecuente compañero de aquellos días, ¿has soñado alguna vez que estabas leyendo? Muy a menudo, dijo Bird. Dime pues, ¿a qué velocidad lees en tus sueños?».
     Hay una relación entre la lectura y lo real, pero también hay una relación entre la lectura y los sueños, y en ese doble vínculo la novela ha tramado su historia.
    Digamos mejor que la novela —con Joyce y Cervantes en primer lugar— busca sus temas en la realidad, pero encuentra en los sueños un modo de leer. Esta lectura nocturna define un tipo particular de lector, el visionario, el que lee para saber cómo vivir. Desde luego, el Astrólogo de Arlt es una figura extrema de este tipo de lector. Y también Erdosain, su doble melancólico y suicida, que lee en un diario la noticia de un crimen y la repite luego al matar a la Bizca.
    En este registro imaginario y casi onírico de los modos de leer, con sus tácticas y sus desviaciones, con sus modulaciones y sus cambios de ritmo, se produce además un desplazamiento, que es una muestra de la forma específica que tiene la literatura de narrar las relaciones sociales. La experiencia está siempre localizada y situada, se concentra en una escena específica, nunca es abstracta.
     Habría en este sentido dos caminos. Por un lado, seguir al lector, visto siempre al sesgo, casi como un detalle al margen, en ciertas escenas que condensan y fijan una historia muy fluida. Por otro lado, seguir el registro imaginario de la práctica misma y sus efectos, una suerte de historia invisible de los modos de leer, con sus ruinas y sus huellas, su economía y sus condiciones materiales.
     De hecho, al fijar las escenas de lectura, la literatura individualiza y designa al que lee, lo hace ver en un contexto preciso, lo nombra. Y el nombre propio es un acontecimiento porque el lector tiende a ser anónimo e invisible. Por de pronto, el nombre asociado a la lectura remite a la cita, a la traducción, a la copia, a los distintos modos de escribir una lectura, de hacer visible que se ha leído (el crítico sería, en este sentido, la figuración oficial de este tipo de lector, pero por supuesto no el único ni el más interesante). Se trata de un tráfico paralelo al de las citas: una figura aparece nombrada, o mejor, es citada. Se hace ver una situación de lectura, con sus relaciones de propiedad y sus modos de apropiación.
    Buscamos, entonces, las figuraciones del lector en la literatura; esto es, las representaciones imaginarias del arte de leer en la ficción. Intentamos una historia imaginaria de los lectores y no una historia de la lectura. No nos preguntaremos tanto qué es leer, sino quién es el que lee (dónde está leyendo, para qué, en qué condiciones, cuál es su historia).
     Llamaría a ese tipo de representación una lección de lectura, si se me permite variar el título del texto clásico de Lévi-Strauss e imaginar la posición del antropólogo que recibe la descripción de un informante sobre una cultura que desconoce. Esas escenas serían, entonces, como pequeños informes del estado de una sociedad imaginaria —la sociedad de los lectores— que siempre parece a punto de entrar en extinción o cuya extinción, en todo caso, se anuncia desde siempre.
El primero que entre nosotros pensó estos problemas fue, ya lo sabemos, Macedonio Fernández. 
Macedonio aspiraba a que su Museo de la novela de la Eterna fuera «la obra en que el lector será por fin leído». Y se propuso establecer una clasificación: series, tipologías, clases y casos de lectores. Una suerte de zoología o de botánica irreal que localiza géneros y especies de lectores en la selva de la literatura.
     Para poder definir al lector, diría Macedonio, primero hay que saber encontrarlo. Es decir, nombrarlo, individualizarlo, contar su historia. La literatura hace eso: le da, al lector, un nombre y una historia, lo sustrae de la práctica múltiple y anónima, lo hace visible en un contexto preciso, lo integra en una narración particular.
     La pregunta «qué es un lector» es, en definitiva, la pregunta de la literatura. Esa pregunta la constituye, no es externa a sí misma, es su condición de existencia. Y su respuesta —para beneficio de todos nosotros, lectores imperfectos pero reales— es un relato: inquietante, singular y siempre distinto.


LOS RASTROS DE TLÖN

     Hay siempre algo inquietante, a la vez extraño y familiar, en la imagen abstraída de alguien que lee, una misteriosa intensidad que la literatura ha fijado muchas veces. El sujeto se ha aislado, parece cortado de lo real.
     Hamlet entra leyendo un libro inmediatamente después de la aparición del fantasma de su padre, y el hecho es percibido enseguida como un signo de melancolía, un síntoma de perturbación.
     Kafka se ha referido en su Diario a la propia extrañeza ante la escisión que acompaña el acto de leer: «Mientras leía Beethoven y los enamorados me pasaban por la cabeza diversos pensamientos que no guardaban la menor relación con la historia que estaba leyendo (pensé en la cena, pensé en Lowy, que estaba esperándome), pero esos pensamientos no me entorpecían la lectura que precisamente hoy ha sido muy pura».
     La vida no se detiene, diría Kafka, solo se separa del que lee, sigue su curso. Hay cierto desajuste que, paradójicamente, la lectura vendría a expresar.
     El lector inventado por Borges se instala en ese espacio. Quiero decir, Borges inventa al lector como héroe a partir del espacio que se abre entre la letra y la vida. Y ese lector (que a menudo dice llamarse Borges pero también puede llamarse Pierre Menard o Hermann Soergel o ser el anónimo bibliotecario jubilado de «El libro de arena») es uno de los personajes más memorables de la literatura contemporánea. El lector más creativo, más arbitrario, más imaginativo que haya existido desde don Quijote. Y el más trágico.
     En Borges ya no se trata de alguien que —como Kafka, digamos— en el cuarto de la casa familiar, en lo alto de la noche, lee un libro sentado frente a una ventana que da sobre los puentes de Praga. Se trata, en cambio, de alguien perdido en una biblioteca, que va de un libro a otro, que lee una serie de libros y no un libro aislado. Un lector disperso en la fluidez y el rastreo, que tiene todos los volúmenes a su disposición. Persigue nombres, fuentes, alusiones; pasa de una cita a otra, de una referencia a otra.
    El registro microscópico de las lecturas también se expande, el lector va de la cita al texto como serie de citas, del texto al volumen como serie de textos, del volumen a la enciclopedia, de la enciclopedia a la biblioteca. Ese espacio fantástico no tiene fin porque supone la imposibilidad de cerrar la lectura, la abrumadora sensación de todo lo que queda por leer.
     Sin embargo, algo, siempre, en esa serie, falla: una cita que se ha extraviado, una página que se espera encontrar y que está en otro lado.
     «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius» —el cuento de Borges que define su obra— comienza con un texto perdido, un artículo de la enciclopedia; alguien lo ha leído pero ya no lo encuentra. No es lo real lo que irrumpe, sino la ausencia, un texto que no se tiene, cuya busca lleva, como en un sueño, al encuentro de otra realidad.
     La falta es asimilada de inmediato a lo que ha sido sustraído. Hay algo político allí que remite al complot, a una lógica malvada y sigilosa que altera el orden del mundo. Alguien tiene lo que falta, alguien lo ha borrado. No es un enigma, ni un misterio; es un secreto, en sentido etimológico (scernere significa «poner aparte», «esconder»). Una página —un libro— no está, la carta ha sido robada, el sentido vacila y, en esa vacilación, emerge lo fantástico.
     La versión contemporánea de la pregunta «qué es un lector» se instala allí. El lector ante el infinito y la proliferación. No el lector que lee un libro, sino el lector perdido en una red de signos.
Lo imaginario se aloja entre el libro y la lámpara, decía Foucault hablando de Flaubert. En el caso de Borges, lo imaginario se instala entre los libros, surge en medio de la sucesión simétrica de volúmenes alineados en los anaqueles silenciosos de una biblioteca.
     «La certidumbre de que todo está escrito nos anula y nos afantasma», escribe Borges. La metáfora del incendio de la biblioteca es, muchas veces en sus textos, una ilusión nocturna y un alivio imposible. Los libros persisten, perdidos en los profundos corredores circulares. Todos, dice Borges, nos extraviamos ahí.
     En ese universo saturado de libros, donde todo está escrito, solo se puede releer, leer de otro modo. Por eso, una de las claves de ese lector inventado por Borges es la libertad en el uso de los textos, la disposición a leer según su interés y su necesidad. Cierta arbitrariedad, cierta inclinación deliberada a leer mal, a leer fuera de lugar, a relacionar series imposibles. La marca de esta autonomía absoluta del lector en Borges es el efecto de ficción que produce la lectura.
    Quizá la mayor enseñanza de Borges sea la certeza de que la ficción no depende solo de quien la construye sino también de quien la lee. La ficción es también una posición del intérprete. No todo es ficción (Borges no es Derrida, no es Paul de Man), pero todo puede ser leído como ficción. Lo borgeano (si eso existe) es la capacidad de leer todo como ficción y de creer en su poder. La 
ficción como una teoría de la lectura.
     Podemos leer la filosofía como literatura fantástica, dice Borges, es decir podemos convertirla en ficción por un desplazamiento y un error deliberado, un efecto producido en el acto mismo de leer.
    Podemos leer como ficción la Enciclopedia Británica y estaremos en el mundo de Tlön. La apócrifa Enciclopedia Británica de Tlön es la descripción de un universo alternativo que surge de la lectura misma.
     En definitiva, el mundo de Tlön es un hrönir de Borges: la ilusión de un universo creado por la lectura y que depende de ella. Hay cierta inversión del bovarismo, implícita siempre en sus textos; no se lee la ficción como más real que lo real, se lee lo real perturbado y contaminado por la ficción.
Por eso, al final el mundo es invadido por Tlön, la realidad se disuelve y se altera. El narrador se refugia nuevamente en la lectura; en otro tipo de lectura esta vez, una lectura controlada, minuciosa, la lectura como traducción. El traductor es aquí el lector perfecto, un copista que escribe lo que lee en otra lengua, que copia, fiel, un texto, y en la minuciosidad de esa lectura olvida lo real: «El contacto y el hábito de Tlön han desintegrado este mundo […] Yo no hago caso, yo sigo revisando en los quietos días del hotel de Adrogué una indecisa traducción quevediana (que no pienso dar a la imprenta) del Urn Burial de Browne».
     «Tlón, Uqbar, Orbis Tertius» plantea los dos movimientos del lector en Borges: la lectura es a la vez la construcción de un universo y un refugio frente a la hostilidad del mundo.
     Lo que me interesa señalar en el bellísimo final de «Tlön…» es algo que encontraremos en muchos otros textos de Borges: la lectura como defensa. La quietud a la que alude la hipálage está en el acto de leer; todo queda en suspenso; la vida, por fin, se ha detenido.
     Encontramos nuevamente la grieta, la escisión que la lectura vendría a expresar. Un contraste entre las exigencias prácticas, digamos, y ese momento de quietud, de soledad, esa forma de repliegue, de aislamiento, en la que el sujeto se pierde, indeciso, en la red de los signos.
     Del otro lado de los libros, luego de atravesar la superficie negra y blanca de las palabras impresas, más allá de un jardín y una verja de hierro, el mundo parece irreal, o, mejor, el mundo es esa misma irrealidad.
     Al mismo tiempo, en Borges, el acto de leer articula lo imaginario y lo real. Mejor sería decir, la lectura construye un espacio entre lo imaginario y lo real, desarma la clásica oposición binaria entre ilusión y realidad. No hay, a la vez, nada más real ni nada más ilusorio que el acto de leer.
Muchas veces el lugar de cruce entre el sueño y la vigilia, entre la vida y la muerte, entre lo real y la ilusión está representado por el acto de leer.
     Basta pensar en el doble viaje que se narra en «El Sur». Allí está Dahlmann, a quien el ansia de leer el ejemplar descabalado de Las mil y una noches le provoca un accidente que lo lleva a la muerte. (Y muchas veces, en Borges, la lectura lleva a la muerte). Y luego está Dahlmann convaleciente, que lee en el tren Las mil y una noches para olvidar la enfermedad hasta que lo distrae la llanura, lo distrae la realidad y, aliviado, se deja, simplemente, vivir. Y por fin Dahlmann en ese pueblo perdido en el sur de la provincia de Buenos Aires, que recurre a la lectura para aislarse y protegerse, y se refugia nuevamente en el volumen de Las mil y una noches hasta que es arrancado de su aislamiento por los parroquianos del almacén que lo hostigan y lo desafían.
     Sabemos que se trata de un sueño. En el momento de morir de una septicemia en la cama del hospital, Dahlmann imagina —elige, dice Borges— una muerte heroica en una pelea a cielo abierto. 
Esa muerte es real, está contada como si fuera real —por lo tanto es real—. Una vez más en la llanura argentina, en los fondos de una pulpería, hay un duelo a cuchillo.
     El volumen de Las mil y una noches está en las dos muertes; es la causa, habría que decir, de las dos muertes. En un caso, es la ansiedad de leer la que lleva al accidente; en el otro caso, es el riesgo de leer lo que lleva al desafío.
    Pero hay algo más que quiero destacar aquí. En el almacén Dahlmann es enfrentado porque está leyendo, porque lo ven leer, abstraído, un libro. Quiero decir que, a menudo, lo otro del lector está representado también. No solo qué lee, sino también con quién se enfrenta el que lee, con quién dialoga y negocia esa forma de construir el sentido que es la lectura.
     Bastaría pensar en don Quijote y Sancho, en la decisión milagrosa de Cervantes que, luego de la primera salida, hace entrar al que no lee. «Pues a fe mía que no sé leer», respondió Sancho (I, 31). Ese encuentro, ese diálogo, funda el género. Habría que decir que en esa decisión, que confronta lectura y oralidad, está toda la novela.



LECTORES EN EL DESIERTO ARGENTINO

     En definitiva, la pregunta «qué es un lector» es también la pregunta del otro. La pregunta —a veces irónica, a veces agresiva, a veces piadosa, pero siempre política— del que mira leer al que lee.
    La literatura argentina está recorrida por esa tensión. Muchas veces la oposición entre civilización y barbarie se ha representado de ese modo. Como si esa fuera su encarnación básica, como si allí se jugaran la política y las relaciones de poder.
    Recordemos la escena en la que Mansilla (uno de los grandes escritores argentinos del siglo XIX, autor de Una excursión a los indios ranqueles) lee Du Contrat social de Rousseau —en francés, desde luego—, sentado bajo un árbol, en el campo, cerca de un matadero donde se sacrifican las reses, hasta que su padre (el general Lucio N. Mansilla, héroe de la Vuelta de Obligado) se le acerca y le dice: «Mi amigo, cuando uno es sobrino de don Juan Manuel de Rosas no lee El contrato social si se ha de quedar en este país, o se va de él si quiere leerlo con provecho». Y finalmente lo envía al exilio.
     En esa escena que Mansilla cuenta en sus Causeries y que transcurre en 1846, se cristalizan redes de toda la cultura argentina del siglo XIX. La civilización y la barbarie, como decretó Sarmiento.
    Rousseau y el matadero. Por un lado, la tradición de los letrados (hay que decir que Mariano Moreno, el ideólogo de la independencia, el líder de la revolución contra el absolutismo español, fue el primer traductor de El contrato social). Por el otro, enfrente, el matadero, una sinécdoque clásica de la barbarie desde el origen mismo de la literatura argentina, el lugar sangriento donde las clases peligrosas se adiestran en el arte de matar.
    La civilización y la barbarie se juegan en el control del sentido, en los distintos modos de acceder al sentido. Pero nada es nunca tan esquemático.
    El complemento de esa escena está en la extraordinaria historia del coronel Baigorria, que cruza la frontera y se va a vivir con los indios (como Fierro y Cruz en el final de Martín Fierro), y a quien los ranqueles (los mismos ranqueles que Mansilla visitará veinte años después) le traen, luego de un malón en las poblaciones del norte, un ejemplar del Facundo de Sarmiento. Estamos en 1850.
Baigorria escribe sus memorias cuando ya ha vuelto a la civilización, por así decirlo, en las que cuenta su vida en tercera persona (y varios cronistas de la frontera, como Estanislao Zeballos, han narrado también la experiencia del llamado «Cacique blanco»).
     Tenía un ejemplar con falta de hojas de Facundo de Sarmiento, que era su lectura favorita y lo apasionaba […] Este libro le había sido regalado por un capitanejo que saqueó una galera en la villa de Achiras, […] Baigorria se había hecho construir un rancho de paja y barro, en sitio lejano de la toldería de Paine; cultivaba allí a solas sus instintos civilizados.
     Un rancho para leer en medio de la llanura. A solas. Suena más drástico que la biblioteca borgeana.
     En el desierto, del otro lado de la frontera, entre los indios, un lector —una versión extrema de Dahlmann— lee el Facundo y revive en ese libro, quizá, la experiencia y el sentido del mundo que ha dejado.
    Desde luego, habría que preguntarse por ese ejemplar del Facundo, un libro publicado en Chile tres años antes: en qué manos anduvo, dónde perdió las páginas que le faltan, quién lo llevaba en ese carruaje en plena época de Rosas, y también qué significaba ese libro para los ranqueles, que decidieron levantarlo entre los restos de la matanza y llevárselo a Baigorria.
     La pregunta «qué es un lector» es también la pregunta sobre cómo le llegan los libros al que lee, cómo se narra la entrada en los textos.
     Libros encontrados, prestados, robados, heredados, saqueados por los indios, salvados del naufragio (como el ejemplar de la Biblia y los libros en portugués que Robinson Crusoe —ya sabemos que ha vivido unos años en Brasil— rescata entre los restos del barco hundido y se lleva a la isla desierta), libros que se alejan y se pierden en la llanura.
     W. H. Hudson, uno de los mejores escritores en lengua inglesa del siglo XIX, recordaba de esta manera su juventud en el campo argentino: «No teníamos novelas. Cuando llegaba una a la casa era leída y prestada a nuestro más próximo vecino, a unas dos leguas de casa, y él, a su turno, se la prestaba a otro, siete leguas más lejos, y así sucesivamente hasta que desaparecía en el espacio».
     Libros reales, libros imaginarios, libros que circulan en la trama, dependen de ella y muchas veces la definen. Los libros en la literatura no funcionan solo como metáforas —como las que ha analizado admirablemente Curtius en Literatura europea y Edad Media latina—, sino como articulaciones de la forma, nudos que relacionan los niveles del relato y cumplen en la narración una compleja función constructiva.
    Pensemos, por ejemplo, en el libro sobre la mística judía que increíblemente lee Scharlach, el gángster, en «La muerte y la brújula». Toda la sorpresa y la invención del relato de Borges están allí. «Leí la Historia de la secta de los Hasidim», dice Scharlach; «supe que el miedo reverente de pronunciar el Nombre de Dios había originado la doctrina de que ese Nombre es todopoderoso y recóndito». Sin ese libro imaginario —sin esa escena decisiva y sarcástica en la que un asesino sanguinario usa un libro para capturar a un hombre que solo cree en lo que lee— no habría historia. Tenemos que imaginar, entonces, a Scharlach, un dandy sanguinario y siniestro, como lector.
     ¿Qué lee, dónde, por qué, cuándo, en qué situación? Lee para vengarse de Lónnrot, por lo tanto lee para Lónnrot y contra Lónnrot, pero también con él. Lee desde Lónnrot (como Borges nos recomienda leer algunos textos desde Kafka) para seducirlo y capturarlo en sus redes. Infiere, deduce, imagina su lectura y la duplica, la confirma. Se trata de una suerte de bovarismo forzado, porque Scharlach de hecho obliga a Lónnrot a actuar lo que lee. La creencia está en juego. Lónnrot  cree en lo que lee (no cree en otra cosa); lee al pie de la letra, podríamos decir. Mientras que Scharlach, en cambio, es un lector displicente, que usa lo que lee para sus propios fines, tergiversa y lleva lo que lee a lo real (como crimen).
     Por supuesto, Scharlach y Lónnrot (esto es, el criminal y el detective) son dos modos de leer. Dos tipos de lector que están enfrentados.
     El lector como criminal, que usa los textos en su beneficio y hace de ellos un uso desviado, funciona como un hermeneuta salvaje. Lee mal pero solo en sentido moral; hace una lectura malvada, rencorosa, un uso pérfido de la letra. Podríamos pensar a la crítica literaria como un ejercicio de ese tipo de lectura criminal. Se lee un libro contra otro lector. Se lee la lectura enemiga. El libro es un objeto transaccional, una superficie donde se desplazan las interpretaciones.
     Scharlach usa lo que lee como una trampa, una maquinación sombría, una superficie blanca donde se deslizan los cuerpos. En un sentido, es el lector perfecto; difícil encontrar un uso tan eficaz de un libro. Por de pronto, es lo contrario de un lector inocente. Scharlach realiza la ilusión de don Quijote, pero deliberadamente. Realiza en la realidad lo que lee (y lo hace para otro). Ve en lo real el efecto de lo que ha leído.
     Pero ¿cómo lee, cómo construye el sentido? Herido, como en un vértigo, lee la repetición, para vengarse. (Habría que hacer una historia de la lectura como venganza.) Él mismo descifra las condiciones de su lectura, el contexto que decide el sentido, las cuestiones materiales que trata de resolver a partir de lo que lee.
     «Nueve días y nueve noches agonicé en esta desolada quinta simétrica; me arrasaba la fiebre, el odioso Jano bifronte que mira los ocasos y las auroras daba horror a mis sueños y a mi vigilia».
    Scharlach, un lector enfermo.


EL CASO HAMLET

     Me gustaría ahora volver a Hamlet, el dandy epigramático y enlutado que, como Scharlach, también quiere vengarse (mejor sería decir es obligado a vengarse).
     Luego del encuentro crucial con el fantasma de su padre, Hamlet, como hemos dicho, entra con un libro en la mano. Shakespeare hacía muy pocas acotaciones, pero desde las primeras ediciones figura la precisión: «Hamlet entra leyendo un libro».
     Desde luego, uno se pregunta si está realmente leyendo o está fingiendo que lee. La cuestión es que se hace ver con un libro. ¿Qué quiere decir leer en ese contexto, en la corte? ¿Qué tipo de situación supone el hecho de que alguien se haga ver leyendo un libro en el marco de las luchas de poder?
     No sabemos qué libro lee, y tampoco interesa. Más adelante, Hamlet descarta la importancia del contenido. Polonio le pregunta qué está leyendo. «Palabras, palabras, palabras», contesta Hamlet. El libro está vacío; lo que importa es el acto mismo de leer, la función que tiene en la tragedia.
     Esta acción une los dos mundos que se juegan en la obra. Por un lado, el vínculo con la tradición de la tragedia, la transformación de la figura clásica del oráculo, la relación con el espectro, con la voz de los muertos, la obligación de venganza que le viene de esa suerte de orden trascendente. Por otro lado, el momento antitrágico del hombre que lee, o hace que lee. La lectura, ya lo dijimos, está asimilada con el aislamiento y la soledad, con otro tipo de subjetividad. En ese sentido, Hamlet, porque es un lector, es un héroe de la conciencia moderna. La interioridad está en juego.
     La escena en que Hamlet entra leyendo es un momento de paso entre dos tradiciones y dos modos de entender el sentido. Bertolt Brecht —que era, por supuesto, un gran lector, uno de los más grandes—, en el Pequeño organon para el teatro, que escribe en 1948, anota que Hamlet es «un hombre joven, aunque ya un poco entrado en carnes, que hace un uso en extremo ineficaz de la nueva razón, de la que ha tenido noticias a su paso por la Universidad de Witenberg». Hamlet viene de Alemania, viene de la universidad, y Brecht ve allí la primera marca de la diferencia. «En el seno de los intereses feudales, donde se encuentra a su regreso, este nuevo tipo de razón no funciona. Enfrentado con una práctica irracional, su razón resulta absolutamente impráctica y   Hamlet cae, trágica víctima de la contradicción entre esa forma de razonar y el estado de cosas imperante». Brecht ve, en la tragedia, la tensión entre el universitario que llega de Alemania con nuevas ideas y el mundo arcaico y feudal. Esa tensión y esas nuevas ideas están encarnadas en el libro que lee, apenas una cifra de un nuevo modo de pensar, opuesto a la tradición de la venganza. La legendaria indecisión de Hamlet podría ser vista como un efecto de la incertidumbre de la interpretación, de las múltiples posibilidades de sentido implícitas en el acto de leer.
     Hay una tensión entre el libro y el oráculo, entre el libro y la venganza. La lectura se opone a otro universo de sentido. A otra manera de construir el sentido, digamos mejor. Habitualmente es un aspecto del mundo que el sujeto está dejando de lado, un mundo paralelo. Y el acto de leer, de tener un libro, suele articular ese pasaje. Hay algo mágico en la letra, como si convocara un mundo o lo anulara.
     Podríamos decir que Hamlet vacila porque se pierde en la vacilación de los signos. Se aleja, intenta alejarse, de un mundo para entrar en otro. De un lado parece estar el sentido pleno aunque enigmático de la palabra que viene del más allá; del otro lado está el libro. En el medio, está la escena.

(De "El último lector",
epublibre, 2005)

Ricardo Piglia 

Ricardo Emilio Piglia Renzi , escritor, crítico literario y guionista argentino. (Adrogué, 1941-Buenos Aires, 2017)




 

sábado, 11 de marzo de 2023

LA LENGUA DE LOS DESPOSEÍDOS


Por Ricardo Piglia
Para LA NACION- Fuente: Revista ADN, 2008.

El 28 de agosto de 1947, Witold Gombrowicz dio una conferencia en Buenos Aires que nos puede servir de base para discutir algunas características de lo que llamamos "el espacio del lector". La conferencia es ahora un texto célebre, "Contra los poetas", y Gombrowicz la incluyó, años después, como apéndice en su Diario .

Gombrowicz era un completo desconocido en aquel entonces. Vivía, pobremente, en oscuras piezas de pensión. Había llegado a la Argentina casi por casualidad, en 1939, y lo sorprendió la guerra y ya no se fue. En verdad, los años de Gombrowicz en la Argentina son una alegoría del artista tan extraña como la alegoría de los manuscritos salvados de Kafka. Luego de unos primeros meses dificilísimos, de los que casi no se sabe nada, Gombrowicz va entrando de a poco en circulación en Buenos Aires. Su centro de operaciones es la confitería Rex, en lo alto de un cine, en la calle Corrientes, donde juega al ajedrez y va ganando un grupo de iniciados y de adeptos, entre ellos al poeta Carlos Mastronardi y al gran Virgilio Piñera. Ha empezado a anunciar a quienes puedan oírlo que es un escritor del nivel de Kafka, pero, por supuesto, todo el mundo piensa que es un farsante: nadie lo conoce, nadie lo leyó. Además sostiene que es un conde, que su familia es aristocrática, aunque vive en la indigencia. Borges, con su malicia habitual, lo cristalizará, años después, con esta imagen:

A ese hombre, Gombrowicz, lo vi una sola vez. Él vivía muy modestamente y tenía que compartir la pieza, una azotea, con otras tres personas y entre ellas tenían que repartirse la limpieza del cubículo. El les hizo creer que era conde y utilizó el siguiente argumento: los condes somos muy sucios, con esa argucia consiguió que los demás limpiaran por él.

Entonces, en 1947 Gombrowicz sale a la superficie. Estaba por ahogarse, pero logra salir a flote, aunque volvió a hundirse varias veces después. Ese año aparece la traducción al castellano de Ferdydurke , y se publica, también en español, su obra de teatro El matrimonio . Pero, como sabemos, esas obras no tienen la menor repercusión. Son pequeñas ediciones que nadie lee, aunque quienes las leen nunca lo olvidan. La conferencia está ligada a la aparición de esos textos. Es un intento de hacerse ver, el inicio de una campaña de larga duración. Cualquiera que lee los testimonios o la correspondencia de esos años, lo ve a Gombrowicz intrigando y armando redes y conspiraciones microscópicas. Redes de amigos, de jóvenes, que intentan dar a conocer su obra.

Cómo llegó a dar esa conferencia, quién la organizó, cuántos asistieron, es algo que no sabemos bien. Solo sabemos que fue en la librería Fray Mocho, en la calle Sarmiento, casi Callao, en el centro de Buenos Aires. Una librería pequeña, muy buena. Se trataba de un lugar ajeno a los circuitos prestigiosos de las conferencias de aquellos años, como el Colegio Libre de Estudios Superiores, donde Borges empezó a dictar sus conferencias en 1946, o el Centro de Amigos del Arte, donde Ortega y Gasset daba sus multitudinarias conferencias en esa época.

El 28 de agosto de 1947, entonces. Las siete de la tarde, esa es la hora de las conferencias, la hora del crepúsculo. Pleno invierno en Buenos Aires. Gente con sobretodo, con abrigos, mujeres con tapados de piel quizá. Gombrowicz con su impermeable gris y su sombrero, el conde como pordiosero elegante.

Hay un primer dato que nos interesa especialmente. Gombrowicz da esa conferencia en castellano, en ese castellano áspero, de gramática incierta, que hablará siempre. No da la conferencia en francés, lengua que conocía y hablaba fluidamente, como era habitual en Buenos Aires. Victoria Ocampo daba sus conferencias en francés, y también lo hacía, con gran éxito, Roger Caillois, otro europeo en Buenos Aires. Una conferencia dicha en castellano, entonces, por un escritor polaco desconocido, en una oscura librería de Buenos Aires.

El castellano de Gombrowicz es el idioma de la desposesión. Nada que ver con el inglés de Nabokov, aprendido de chico con las institutrices inglesas. Gombrowicz aprende el castellano en Retiro, en los bares del puerto, con los muchachos, con los obreros, los marineros que frecuentaba; una lengua que está cerca de la circulación sexual y del intercambio con desconocidos. Retiro, con ese nombre tan significativo, es la zona del Bajo, del llamado Paseo de Julio, la zona por donde va a vagar Emma Zunz, la Recova, los bares de mala vida, los piringundines. El español aparece ligado a los espacios secretos y a ciertas formas bajas de la vida social.

Desde luego, Gombrowicz lo vive como una iniciación cultural, como una contraeducación. "Me bastaba con unirme espiritualmente por un momento con Retiro para que el lenguaje de la Cultura empezara a sonarme falso y vacío", escribe. Y de eso trata la conferencia: una crítica al lenguaje estereotipado, cristalizado en la poesía. Una crítica a la sociabilidad implícita en esos lenguajes falsamente cultivados.

Por su lado, Gombrowicz elige la inferioridad, la carencia, como condición de la enunciación. Y a eso se refiere de entrada en la conferencia. Cito la versión original conservada por Nicolás Espino, que no aparece luego en la edición del texto en su Diario :

Sería más razonable de mi parte no meterme en temas drásticos porque me encuentro en desventaja. Soy un forastero totalmente desconocido, carezco de autoridad y mi castellano es un niño de pocos años que apenas sabe hablar. No puedo hacer frases potentes, ni ágiles, ni distinguidas ni finas, pero ¿quién sabe si esta dieta obligatoria no resultará buena para la salud? A veces me gustaría mandar a todos los escritores al extranjero, fuera de su propio idioma y fuera de todo ornamento y filigrana verbales para comprobar qué quedará de ellos entonces.

El escritor siempre habla en una lengua extranjera, decía Proust, y sobre esa frase Deleuze ha construido su admirable teoría de la literatura menor referida al alemán de Kafka. Pero la posición Gombrowicz me parece más tajante. Lo inferior, lo inmaduro, se cristaliza en esa lengua en la que se ve obligado a hablar como un niño. Desde su primer libro, los cuentos que llamó Memoria de la inmadurez ,Gombrowicz se colocó en esa posición. Y la inmadurez será el centro de Ferdydurke : el adulto que a los treinta años debe volver a la escuela, infantilizado.

Pero ¿una lengua menor para decir qué? Quizá, como escribe Gombrowicz el 30 de octubre de 1966 en su Diario , viviendo ya en Europa como un escritor consagrado, "el escándalo es que no tenemos todavía una lengua para expresar nuestra ignorancia". En Buenos Aires ha encontrado ese lenguaje. La lengua como expresión de una forma de vida. La pobreza de la lengua duplica la falta de dinero, la precariedad en la que vive. El conde como pordiosero es simétrico del gran estilista que no sabe hablar. La desposesión como condición de la gran literatura. La opción Beckett, Céline, Néstor Sánchez; el escritor como clochard , el escritor que balbucea.

Gombrowicz está siempre cerca de la afasia. Mejor sería decir, Gombrowicz trabaja sobre la afasia como condición del estilo. El afásico es un infante crónico. Estamos otra vez en Ferdydurke .

Gombrowicz hace de la inferioridad, del anonimato, de la carencia, una ventajay una posibilidad. No sé hablar, hablo como un chico y me refiero por eso a la más alta expresión del lenguaje: la poesía. Y sé lo que digo porque soy un gran artista.

Segunda cuestión, el castellano como lengua perdida de la cultura. El castellano como una lengua menor en la circulación cultural a mediados del siglo XX (y no solo del siglo XX). Circuitos débiles de la influencia y la difusión literarias. Gombrowicz tiene muy claros los efectos retrasados, la marcha lenta. Y a la vez los desvíos. Y las sorpresas. Porque Gombrowicz tiene mucho que agradecerle al castellano.

En principio, a la lectura de Ferdydurke que hace François Bondy, el director de la revista Preuves , el primer gran difusor de Gombrowicz en Francia. "En 1952 leí Ferdydurke en español", ha contado Bondy. Fue a partir de esa lectura que se interesó por él y lo hizo traducir al francés. Una lectura que le va a cambiar la vida a Gombrowicz. Porque Bondy es quien le consigue la invitación a Berlín en 1963, que va a permitir el regreso de Gombrowicz a Europa y su triunfo final.

Cómo le llegó a Bondy ese libro en español es una intriga. Un ejemplar de Ferdydurke en castellano, editado en Buenos Aires, llega a París. Cuando Gombrowicz conoce personalmente a Bondy en 1960 en Buenos Aires, durante un congreso del PEN Club, lo primero que quiere saber es en qué circunstancias ha llegado a leer Ferdydurke en castellano.

Los libros recorren grandes distancias.Hay una cuestión geográfica en la circulación de la literatura, una cuestión de mapas y de fronteras, de ciertas rutas que lleva tiempo recorrer. Y quizá algo de la calidad de los textos tiene que ver con esa lentitud para llegar a destino. Por ejemplo, la conferencia de Gombrowicz es contemporánea del texto de Sartre ¿Qué es la literatura ? Los dos son de 1947. Los dos se plantean la misma pregunta y sus respuestas son simétricas y antagónicas. Y los dos tienen en común ser panfletos contra el arte (contra cierta noción espiritualizada del arte y contra su ilusión de autonomía). Y podemos decir que la conferencia de Gombrowicz, como síntesis de su poética, tiene hoy tanta (o mayor) influencia que la intervención de Sartre. (Y sería interesante comparar las dos concepciones de la poesía que están en juego en esos textos, porque para Sartre la poesía no se puede comprometer.)

Lenguas, tiempos, espacios. Puntos ciegos de la lógica literaria, inversiones. Del polaco al francés pasando por el español: otro circuito de difusión. Habría que hacer una historia de la lengua española y de las circulaciones culturales. El castellano no suele estar en esa red, pero Gombrowicz lo pone en una red central.

Por eso la conferencia en castellano dicha por Gombrowicz en Buenos Aires debe ser vista como un gran acontecimiento, casi invisible pero extraordinario. Uno de los grandes acontecimientos de nuestra historia cultural. Un gran paso adelante en la historia de la crítica literaria.

Y para seguir con la relación de Gombrowicz con el castellano hay otra escena que me gustaría recordar. Es otra vez una escena lateral, menor, que sin embargo condensa redes múltiples de la cultura argentina, y no solo de la cultura argentina.

En 1960, Gombrowicz tiene una entrevista con Jacobo Muchnik, uno de los grandes editores en la Argentina, el director de Fabril Editora, que publicó lo más interesante de la literatura europea y norteamericana de esos años, como El cazador oculto de Salinger o La modificación de Butor y también El astillero de Onetti. Entonces, por recomendación de Ernesto Sabato, que iba a publicar Sobre héroes y tumbas en esa editora, Muchnik recibe a Gombrowicz y le propone publicar Ferdydurke , que no se había reeditado desde 1947, en Los Libros del Mirasol, una de las primeras colecciones de libros de bolsillo en América latina, una colección popular muy buena, donde entre otras cosas habían aparecido El sonido y la furia de Faulkner y El largo de adiós de Chandler. Muchnik, que cuenta esta historia con mucha sinceridad en sus recuerdos de Gombrowicz, le propone hacer una edición de 10.000 ejemplares y le ofrece como anticipo un tercio de los derechos. "Eso es lo de menos", le contesta Gombrowicz. "Yo estoy dispuesto a autorizarle esa edición, si usted se compromete a editar otro libro muy importante que estoy escribiendo. Ustedes me hacen un contrato de edición del Diario argentino , y yo les autorizo a editar Ferdydurke ." Muchnik le responde que no puede comprometerse sin haber leído el libro. Y entonces, cuenta Muchnik, "sin quitarme los ojos de encima, Gombrowicz se llevó las manos al bolsillo del saco, extrajo un par de páginas escritas a máquina y me las alcanzó por encima de mi escritorio". Muchnik le sugiere que se las deje para leer. "No", insiste cortante Gombrowicz. "Dos páginas se leen en un momento, léalas ahora, yo espero." Entonces Muchnik se pone a leer, con Gombrowicz delante, "y ese texto", dice Muchnik, "me atrapó desde la primera frase. Pero cuando terminé de leerlo le dije, bueno, es extraordinario, pero no puedo comprometerme a publicarlo sin conocer todo el libro. Gombrowicz no me respondió, se puso de pie. Por encima del escritorio me quitó sus dos hojas, murmuró algo que no sé si fue un insulto o un saludo de despedida, y sin más giró sobre sus talones y se fue". Prefirió no reeditar Ferdydurke , no recibir el dinero del anticipo que seguro necesitaba porque quería ver publicado el Diario argentino . Y están esas dos páginas escritas en castellano. Un pequeño enigma: ¿qué páginas eran esas, quién las había traducido?, ¿Gombrowicz las escribió directamente en castellano?

Algo de la ética de nuestra literatura está en esa escena. Y algo que nos incumbe a todos nosotros y a nuestra tradición literaria está en la historia de la relación de Gombrowicz con la lengua argentina.

Ricardo Emilio Piglia Renzi (Adrogué; 1941-Buenos Aires; 2017)​​



 

domingo, 9 de agosto de 2009

POETA CONFINADO EN LAS PALABRAS




















Todos admiramos a Leónidas Lamborghini y todos lo hemos copiado. Como ustedes saben los narradores copiamos a los poetas y no leemos al resto de nuestros contemporáneos. Leónidas definió una exigencia en relación con la lengua que es única en nuestra literatura; construyó un laboratorio arltiano para trabajar con la sintaxis y el fraseo y la música verbal de estas provincias.
Este laboratorio de Lamborghini es el lugar donde se consume y se entrevera la historia argentina de los estilos. "No hay que dejarles la tradición a los tradicionalistas" escribía Passolini. Y Leónidas es un ejemplo: todas las rupturas son posibles, si uno está en la tradición. Lamborghini renueva porque dice que reescribe, retoca, reinventa, hace versiones, versos. No conozco a otro poeta tan consciente de la propia tradición y a la vez no conozco en esta lengua un poeta que haya producido el corte que produjo Leónidas. Este poeta escribe en todos los estilos, en los estilos del pasado y en los que todavía no existen. Ha inventado una sintaxis, una escritura entre las palabras, un tono nuevo para volver a decir lo que la lengua dice.
Odiseo confinado es un cristal de esa destreza. Este libro pertenece a la serie de los textos escritos por Lamborghini a coro, en varias voces:

"Pero entonces, como ya en anteriores crisis habíame ocurrido, escuchar parecíame esas Voces (...) y entre ellas mi voz —en paralelo canto—".

La parodia es el canto paralelo como ha enseñado Leónidas: se canta entre dos. "Con su voz por mi voz" dice Cordero el paródico. El poeta finge un estilo, habla como si fuera otro. El poeta es el cómico de la lengua y su risa disuelve la falsa elegancia y la monótona solemnidad de la llamada palabra poética. Desde la risa reacciona "contra el yo lírico, en favor del yo dramático". Ahí se define una estética, con dos voces y una "doble locura", con el que dialoga solo. Un dúo cómico antes que un duelo, un dueto, la sombra de otra vez. Esa presencia de la doble entonación ya está —secreta— en Martín Fierro. En todo el Poema parece ser uno solo el que dice. Y sin embargo hay unos versos que intrigan desde siempre a los poetas. Son estos:

Que cante todo viviente
Otorgó el eterno padre;
Cante todo el que le cuadre
como lo hacemos los dos,
Pues solo no tiene voz
El ser que no tiene sangre.


¿Y quiénes son esos dos si es uno solo el que canta? Éste enigma que ha develado a los exégetas se entiende bien desde la poesía de Leónidas: se canta siempre con otro. Un canto paralelo que, a veces, imperceptiblemente, se hace ver. La poesía y su doble, el esquizo y su voz, el sabio blanco y el sabio negro, la payada solitaria. En Martin Fierro y en el Fausto está ese doble fondo y también En la más médula y en Los poemas de Sidney West: la voz de otra clase, la voz del pentotal, la voz extranjera. Esa duplicación prolifera en Lamborghini y ahí su maestría es única.
No hay nadie como él para ser otro.
Por esa polifonía además Lamborghini, como Hernández, es un gran poeta político.
Habitualmente los problemas del estilo son separados de los problemas de la política. Lamborghini por supuesto los ve como una sola cuestión. Su voz entona, al mismo tiempo, los tonos de la lengua y los pesares del pueblo. Pero no solo los pesares. También la comicidad y esto es algo que Leónidas ha sabido leer de entrada en la gauchesca. La política como un género cómico político. "Comiqué" por "comité" escribía, infalible, Hernández. La risa resiste y la ironía desata el sentido. "Los (aqueos) están en los supermercados".
Lamborghini lee en la Odisea una teoría del robo y de la influencia: una genealogía de la voz poética. Podemos imaginar dos grandes historias de la construcción de una identidad, dos mitos paralelos y opuestos. Una es la de Edipo, enfrentado con el secreto y el enigma, con la historia familiar y el poder personal. La otra es la de Ulises, el errante, que se construye en otro lugar, fuera de su tierra, en la deriva, en el cruce de todas las fronteras. Dos grandes héroes de la subjetividad: Edipo, atado al secreto del origen; Ulises, el que se va, el viajero, atado a la nostalgia de la tierra perdida. Y ese es, por supuesto, el héroe de Leónidas, el exiliado, en tierra ajena, el forastero, confinado ahora, con un finado, que navega en el mar de la cultura de masas, entre las islas y los signos tipográficos. Ulises es el extranjero que busca el camino y trata de orientarse en una tierra desconocida y se guía, como en un mapa, con las letras y los nombres de una cultura que trata de entender y de hacer suya. Entre este Ulises, fecundo en ardides, y las diabluras de un pájaro de historieta mexicana, se juega el juego de la identidad. ¿Hijo de quién? La pregunta de Edipo es dicha aquí de otra manera.
Permítanme citar a Roberto Arlt: "Cualquier estado de ánimo que pudiera expresar, cualquier trama que imaginara, la habían compuesto anteriormente a mí muchas generaciones de artistas, infinitas veces. Y si era así...entonces mi Obra...¿Qué era mi obra?...
¿Existía o no pasaba de ser una ficción colonial, una de esas pobres realizaciones que la inmensa sandez del terruño endiosa a falta de algo mejor?"
La pregunta del escritor fracasado recorre la literatura argentina. Leónidas la retoma en clave cómica: él escribe en la comparación y (literalmente) sobre ella, en los márgenes que quedan libres entre un texto y el otro, y allí se ríe. Una aflicción colonial.

"Y un día un Bernárdez y otro, un Homero;
y un José Hernández, otro, y un otro un Garcilaso;
y otro un Eliot y un Lugones, otro;
y un Pound un día y otro, un Discépolo;
y otro un Virgilio y un Quevedo, otro;
y otro día un Del Campo y otro, un Dante y otro un Macedonio;
y un Apollinaire otro y un Borges, otro día;
y un otro un Boscán y un Marechal, otro,
volví a sentirme:
en grotesca, infernal —así lo juzgo ahora—
mescolanza".

Odiseo confinado es un gran libro escrito a partir de la risa que produce la ambición de querer escribir un gran libro. En ese modo de escribir la ambición poética Odiseo confinado es una obra maestra cómica. Como en el Fausto se toca la cultura ajena con la guitarra criolla: se trata de acriollar, decir con acento, tartamudear, tergiversar, traer aquí. La parodia es una apropiación. Se hace lo que hace el modelo, con destreza e ironía, para ser y no ser como él. Claro que querer ser como un gran poeta no garantiza nada. Hace falta además, algo más.
El otro día le comentaba a Leónidas un libro que yo estaba leyendo: la autobiografía de Esperanza Mandestam, la mujer de Ossip Mandestam, Contra toda esperanza, un libro sensacional, escrito por una viejita rusa, filóloga de profesión, que atravesó varios infiernos acompañando a su marido, el gran poeta.
Mandestam cayo en desgracia porque escribió un poema cómico contra Stalin en 1933 y se lo leyó a sus más íntimos amigos, entre los que, por supuesto, había un agente de la policía que le recitó de memoria el poema a Stalin. Mandestam murió en un campo de concentración. Cuando le conté la historia, Leónidas hizo el gesto de unir los dedos junto a la oreja y comentó que no se puede resistir el murmullo de un poema que comienza a imponerse.
Como el zumbido de una mosca el poema es una runrun que suena, una música que no se puede dejar de oír. Aunque no le convenga a nadie, decía Leónidas, y te ponga contra todos. "El impulso inicial de esa música, escribe Esperanza Mandestam, me ha sorprendido siempre por su carácter categórico. No se puede ni fingir ni estimular". La poesía vive en el oído del poeta: inesperada, contra toda esperanza, trágica, sarcástica, frágil. El zumbido de la mosca llega siempre. Desde El saboteador arrepentido hasta Odiseo confinado esa música no ha dejado nunca de oírse en la voz de Leónidas Lamborghini.


(Texto presentación del Odiseo Confinado
de Leónidas Lamborghini leído
en la galería Van Riel, el 9.10.92
Tomado del Suplemento de Clarín,
Página 4 -CULTURA Y NACIÓN, 19.11.92)
Ricardo Piglia



Ricardo Piglia nació en Adrogué, provincia de Buenos Aires en 1941. Profesor, narrador, crítico literario, guionista. Ha sido profesor en la Universidad de Buenos Aires, en la Universidad de Princeton, en la Universidad de California en Davis. También dirigió la revista Literatura y Sociedad. En 1967, su colección de cuentos La invasión mereció una Mención Especial en el VII Concurso de Casa de las Américas (el jurado estaba intregrado por Mario Benedetti, Enrique Lihn, Jesús Díaz y Dalmiro Sáenz). En 1995 elaboró el texto de una ópera, con música de Gerardo Gandini, basada en su novela La ciudad ausente (1992). En 1997, recibió el Premio Planeta por su novela Plata quemada (el jurado estaba integrado por Augusto Roa Bastos, Mario Benedetti, Tomás Eloy Martínez y María Esther de Miguel). Novela: Respiración artificial (1980). Prisión perpetua (nouvelles, 1988). La ciudad ausente (1992). Plata quemada (1997). Relatos: La invasión (1967). Nombre falso (1975). Ensayos: Crítica y ficción (1986). La Argentina en pedazos (1993). Formas breves (1999). Diccionario de la novela de Macedonio Fernández (2000). Murió en Buenos Aires, en 2017.


EL LABORATORIO DE CARREIRA
























La última vez que vi a Carreira fue una tarde en el ICI, de la calle Florida. Yo había ido ahí para conversar con Alberto Laiseca sobre su novela "La mujer en la muralla" que había publicado en esos días. Me acuerdo que Jacoby tenía fotocopias de los poemas de Carreira y los había estado distribuyendo entre los amigos. Carreira, por supuesto, no se preocupó en absoluto por esas actividades, con su sonrisa de entusiasmo y la ironía que lo caracterizaba, daba la impresión de estar muy contento y con el aire de haber hecho alguna comprobación sorprendente. La conversación con Laiseca fue interesante y avanzó como avanzan esas cosas hasta que, cuando todo terminó, Carreira pidió la palabra. Estaba parado en el fondo de la sala, medio inclinado hacia adelante y antes de hablar hizo un pequeño gesto de simpatía como si quisiera disculparse por anticipado por lo que iba a decir. Lo que siguió fue apasionante y bastante incómodo. Carreira usó el género "preguntas del público en una mesa redonda" para hacer una performance. Primero construyó una extraordinaria teoría sobre la inexistencia histórica del imperio romano y enseguida (como si fuera una consecuencia) empezó a describir la construcción de la muralla china. Hablaba a gran velocidad y con extrema precisión y analizó los materiales, el tipo de piedra y de poleas que se usaron en la edificación, cuánto tardaban los artesanos en morir, cómo se criaban niños en las inmediaciones para tener una tropa disponible de aprendices, dónde acampaban las mujeres y dónde se habían instalado los prostíbulos, cómo se cultivaban las legumbres y el arroz para alimentar a esas multitudes, qué sistema de control y vigilancia usaba la policía, qué cálculos matemáticos son necesarios para encarar obras de esa dimensión y qué relaciones podían establecerse entre la construcción de la muralla china y la caída del muro de Berlín. La intervención de Carreira era cáustica e hipnótica y parecía no tener fin. Por supuesto Laiseca hacía gestos de aprobación y se divertía pero parte del público empezó a protestar y a levantarse. Cuando el asunto se fue poniendo denso y abundaron las voces airadas y las protestas, Carreira, sin dejar de hablar, empezó a retroceder y se alejó por el pasillo hacia la entrada. Antes de irse, se dio vuelta y gritó varias veces: "¡Viva la revolución libertaria!". Después salió a la calle y se perdió en la noche. Tumulto general, consternación, comentarios indignados.
Como lo había hecho a lo largo de toda su vida, era el sentido y la forma en las ceremonias culturales lo que Carreira ponía en cuestión. Esa tarde representó e hizo ver lo que nosotros habíamos tratado de decir sobre el delirio en la literatura y de hecho atacó los actos culturales, las presentaciones de libros, el ambiente progresista que circula por esos lugares donde todos parecen usar la misma jerga y referirse con los mismos sobreentendidos a los mismos supuestos. Su intervención en el ICI me recordó una predicción de William Burroughs: "Como se sabe los pintores están abandonando el lienzo, confío que en el futuro la escritura dejará la página, siguiendo a la pintura, y podrá ser actuada y vivida."
Para Carreira el arte siempre fue una forma de acción. En los últimos años trasladó esa práctica a los usos del lenguaje. Las palabras se le convirtieron en un campo de lucha, una versión en miniatura del orden del mundo. El lenguaje fluía como el dinero y era necesario cortar esa circulación, falsificar los intercambios, actuar como un ladrón en un banco. Carreira entraba en el lenguaje para interrumpir o acelerar el flujo. El escritor anarquista inglés George Orwell fue uno de los primeros en llamar la atención sobre las relaciones entre las palabras y el control social. En su explosivo ensayo "Politics and the English Language" analizaba la presencia del Estado en las formas de la comunicación verbal: se había impuesto la lengua instrumental de los funcionarios policiales y de los tecnócratas, el lenguaje se había convertido en un territorio ocupado. Los que resisten hablan entre sí en una lengua perdida. Los poemas de Carreira están en esa tradición: el poeta habla solo, afuera del lenguaje común. En realidad Carreira actúa como un Robinson verbal. Empieza de cero y sus poemas parecen el diario de un sobreviviente. Debe nombrar, despacio, palabra por palabra, siempre en el borde, los objetos y los actos cotidianos, como quien mira el mundo por primera vez.


Baldosas, ciudad, pies, campo, tierra
suelo
metros, baldosas, tierra,
baldosa, ciudad, uniones, cemento, cal.



Nombra lo que ve y nombra luego las palabras que nombran lo que ve. No dice otra cosa, sólo subraya y hace ver las palabras que ha usado, como quien ilumina fragmentos de una casa en ruinas.


Las hojas del árbol se mueven, la luz también.
-->
hojas. árbol. luz.

El velador de mi habitación no se mueve.

-->
velador. habitación.
Se ha despojado de todo y escribe desde los confines del lenguaje. (Los límites del lenguaje son los límites del mundo como decía el discípulo de Frege.) En realidad Carreira se instala en el interior de un lenguaje privado; la gramática casi no existe, sólo hay series, enumeraciones; el poeta trabaja con restos y construye, con infinita paciencia, un vocabulario personal para nombrar la experiencia inmediata.


Veo también la pared frente a mí.

-->
pared.
Un millón de granitos de arena cubiertos de pintura, cubren la pared.
-->
granitos, arena, pintura, pared.
Los veo todos.

Quizá haya 300 ladrillos cubiertos por cal y arena.

-->
ladrillos, cal, arena.

La pared es dura.

-->
pared.


En momentos en que la lengua se ha vuelto opaca y homogénea este trabajo detallado, mínimo, microscópico, es un ejemplo de la revolución que sostiene a la poesía desde su origen: hay que saber nombrar siempre de nuevo. En su retiro del lenguaje, Carreira trata a las palabras como si fueran objetos. El extrañamiento y la desautomatización que provoca es un acto que en la Argentina tendríamos que llamar el efecto Ricardo Carreira-Alberto Greco-Bonino-Xul Solar-Macedonio Fernández. Es un linaje de inventores obstinados, soñadores de mundos imposibles, filósofos secretos y conspiradores que se mantuvieron alejados del dinero y del lenguaje común e inventaron su propia economía y sus propios medios de expresión. "Normalmente (escribió Ossip Mandelstam) cuando un hombre tiene algo que decir, va hacia la gente, busca auditores. Pero con el poeta sucede lo contrario. Este huye 'hacia el borde de mares desiertos, el vasto rumor de los robledales'. ¿Su andar no es acaso evidentemente anormal? La sospecha de demencia siempre recae sobre el poeta."

La cultura contemporánea está en manos de profesionales y los profesionales de la cultura están al servicio del poder: la industria de la enseñanza y la industria del espectáculo manejan a los artistas y a sus obras. Carreira resistió esa situación durante toda su vida. Hasta el final mantuvo vivo ese espíritu de inventor de barrio y de amateur, pasaba los días en su laboratorio del barrio de Mataderos, experimentando con la electricidad y con el rumor de las palabras. Estos poemas son la destilación de su experiencia, anotados en papeles sueltos y fotocopiados para los amigos, parecen los mensajes de un viajero que ha llegado a una ciudad perdida: que esa ciudad sea la ciudad donde todos vivimos y que esa sensación de extrañeza haya sido lograda con la mayor simplicidad es otro ejemplo de la originalidad y del lirismo que caracterizaron la obra de Ricardo Carreira.

(Prólogo al libro Poemas
de Ricardo Carreira,
Ed.Atuel, 1996)

Ricardo Piglia
(Argentina, Bs. As., Adrogué, 1941)


Imagen: La única foto que pude encontrar del autor. Corresponde a la tapa del libro "Carreira, Ricardo; El error y otros textos", Selecciones de Amadeo Mandarino, Bs.As., 2000.