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sábado, 27 de abril de 2024

PATIO

 


erótica

Era la luz y era la mañana
de la calma que precede a la tormenta.
Una música azul late en el aire.
El patio
se derrama sobre el mundo
para que yo lo vea.



la llegada

Ahora que hay sol
ahora
que sobre la pared crecen
salvajes
las enredaderas
y huele a selva el patio
ahora
que las pequeñas bestias asoman al verano
con la ciega avidez del instinto
mi cuerpo
reconoce la sed.



olvidos

El verano sucede de repente
cuando aún
huele a primavera
y el verde se adormece bajo el sauce.
Te das cuenta
después
de que los seres pequeños lo anunciaron
y no estabas atenta.
Son tan tenues las cosas con que el mundo
nos advierte el movimiento en el que vamos,
toda la tierra y todos en un ciclo constante
entre la belleza y la degradación.
Tan sutil el lenguaje
que hemos perdido el suave don de pronunciarlo.



la quietud

Algunas veces
la vida es esto:
el rectángulo
de una ventana que da a un patio
un sauce
afuera
atravesado por la luz
y mi mano
rozando el vidrio
desde una casa en demasiada calma.



la calma

La soledad
tiene otra dimensión,
construye otros espacios.
Aquí una silla, aquí el sillón,
el mate repitiéndose, repitiéndose.
El libro queda abierto sobre la mesa.
Es poderosa la ventana, el sauce y su silencio.
Los pájaros atan el lazo azul de la mañana
mientras yo pienso mis respuestas
sin que nadie me pregunte.
El tiempo a solas
siempre sucede
despacio.


(Del libro "Patio", 
elandamio ediciones, 2023,
envío de la autora)

Mariana Finochietto (General Belgrano, provincia de Buenos Aires, 1971)


Pueden leer su biografía en entrada anterior de la autora.


martes, 20 de septiembre de 2022

MADURA


Magnolias

Las mujeres hermosas
envejecen
igual que el resto de las mujeres.
Se las ve,
llevando el peso de la edad sobre los hombros,
como esos vestidos
a los que nunca se acostumbra.
Tal vez
sea la vejez
la ropa más incómoda que se han probado.
Las ves,
inclinándose como magnolias
vencidas por la lluvia,
pero aún resplandecientes.
¿Dónde se irá la juventud cuando nos abandona,
en qué espejos
la dejamos olvidada?
Las mujeres hermosas serán
viejas hermosas,
porque lo mustio siempre se parece
un poco a la belleza.



La luz sobre nosotros

¿Ves mi cuerpo envejecer?
Lento y tan dulce,
me convierto en otra:
siempre en otra.
Como esas flores tristes del florero
que se apagan de a poco,
me vuelvo un manojito
mustio y ceniciento,
todo mi cuerpo sabe
que comienza la muerte.
Y sin embargo qué,
seguimos vivos.
Y mi cuerpo
reconoce
los signos del deseo
con la precisión de la sabiduría:
aquí está mi piel,
aquí la tuya
y de pronto soy tu piel
y vos la mía.
Envejecemos.
¿Y qué?
Todavía
Iluminamos las estrellas.



Perfume

¿Te acordás,
mi amor,
cuando yo olía
a perfume francés
y vos subías
desde mi mano al hombro,
muy despacio,
acariciándome?
Y nos reíamos
porque tu boca
olía a mi perfume
cuando llegabas a besarme.
Hoy miré
el orden de los frasquitos
en el fondo del armario
y pensé
que voy a volver a perfumarme
y de sólo pensarlo,
me alegré.
El deseo
es un tejido de hebras leves,
como las alas de una mariposa.

(Del libro: "Madura",
Sudestada, 2021)
Mariana Finochietto



Mariana Finochietto nació en General Belgrano, provincia de Buenos Aires, en 1971. Actualmente vive en City Bell. Publicó Cuadernos de la breve ceguera (La Magdalena, 2014). Jardines, en coautoría con Raúl Feroglio (El Mensú, 2015) La hija del pescador (La Magdalena, 2016). Piedras de colores (Proyecto Hybris, 2018) El orden del agua (GPU Ediciones, 2019). Coordina  Microversos, talleres de exploración literaria. Recientemente se sumó a la Colección de Poesía Sudversiva con su libro “Madura”.




 

lunes, 19 de septiembre de 2022

LA HIJA DEL PESCADOR


1


Cuando
aún
tenía la altura
de una espiga,
vos ya eras
tan alto
como el sol.

Te acercabas
a mí
con retazos
de nube
en la mirada.

Y me subías
a tus hombros
para que aprendiera
como es
tocar el cielo.



2

En el piso de la casa de mi infancia
de prolijo entablado de madera,
un agujero,
hijo de un nudo de algún tronco,
regía el universo.

Allá abajo,
donde el hueco se expandía,
contaban
de un sótano en la tierra
que fue cava
alguna vez.

Yo lo dudaba.
Con la sabiduría de los chicos
presumía
que en lo subterráneo,
lejos de las luces que mamá
encendía,
latía, agazapada,
una oscuridad
más honda que las otras.

Cada noche
de muchas noches de mi infancia,
las pasé tirando papelitos
a ese enorme vacío
que fue mi primera idea de la
soledad.



7

Escribo
como quien cose:
para cerrar el tajo,
la rasgadura
que siempre tiende a abrirse
cuando la trama es frágil.

Con los ojos entrecerrados,
como mi madre
sobre la tela,
yo,
la más oscura de sus ovejas,
uno las letras para decir mi
nombre.



9

Mi padre
me enseñó a pescar
durante tardes eternas
de veranos viejos.

A la sombra de los talas,
sin hablarnos,
pasábamos las horas.

Yo conocí
en su silencio
las sutiles formas de la soledad.

Respiré
en el aire marrón del río
el olor de su tristeza.

Y aprendí
que yo también llevaba
el don de la melancolía.


(De: "La hija del pescador"
City Bell: La magdalena,2016)

Mariana Finochietto (General Belgrano, provincia de Buenos Aires, 1971)



IMAGEN: Pintura de Angeles Ribes Morant. 





 

martes, 16 de diciembre de 2014

CUADERNOS DE LA BREVE CEGUERA



1

A veces,
sobre todo en las mañanas,
ella canta.
Y su voz
es un murmullo
que rebota
contra las paredes de la casa,
se pierde entre la ropa de los hijos,
en la cama tendida,
enorme, inmaculada.
Canta
bajito, quedamente,
para
no despertar a los fantasmas.
A veces,
sobre todo en las mañanas,
desde la ventana
mira el cielo.
Y no sabe
si esta herida en el pecho
es angustia
o son alas.



6

Amé
a unos cuantos hombres
que me amaron
con breve terquedad.
Parí hijos.
Los quise
con instinto de fiera.
De pequeñas muertes
hice vida,
fui triste algunas veces,
otras,
feliz por vocación
o por inercia.
Entregada al destino
me atrapó la madurez
en pleno vuelo.
Ahora
no encuentro
las líneas
de la palma de mis manos.



8

Ya sé
que es mi destino de mujer
esperarte
con paciencia en los
andenes,
con un bolso marrón,
sucio y ajado
que contraste
con mi cara de esperanza.
Ya sé
que te subís a trenes
que tienen
seguro de regreso.
Pero debo confesarte
que no tengo vocaciones
de Penélope,
y hay un tren,
en la estación
que está partiendo
con destinos inciertos.
Yo te quiero.
Prometo
enviarte una postal
de cada puerto.



10

Amar a un hombre bueno
es entregar
el lado más inocente
del corazón.
Los hombres buenos
no son piadosos
en el amor.
No les bastan
las miradas de Gorgona,
las noches desmesuradas,
las palabras
de fuego.
Los hombres buenos
no quieren
otra cosa
que quedarse
con lo más puro
que tenemos.



20

¿Adónde van
estas ganas de reír,
de escapar corriendo
por los montes,
descalza y sin aliento?
¿Adónde va
este salvaje impulso
de vivir,
deslumbrada de sol?
¿Adónde se esconde
el ansia
de ser más
que esta mujer
que cierra las ventanas
cada noche?



30

No quedan palabras
en la noche inmensa.
Sólo un tibio
silencio perfumado
como el que precede
al amor
y a las tormentas.


37

Ya no quiero
escribir sobre el amor
ni sus sórdidos
espejitos de colores,
deslumbrantes baratijas
de algún genio maligno
Ya no quiero
escribir del desamor,
ni de la loba herida
que desgarra mi carne
cada noche
que el insomnio
me derrota.
Me bebí de un trago
las grandes palabras
y ahora
sólo quiero
sentarme a la orilla de un
verso
que me sane.



Mariana Finochietto




Mariana Finochietto nació en 1971 en General Belgrano, un pequeño pueblo de Argentina. Actualmente vive en City Bell. Estudió Bibliotecología y cursa, de vez en cuando, Filosofía. Publicó el libro Cuadernos de la breve ceguera ( La Magdalena Editora, 2014).