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martes, 29 de marzo de 2022

LOS VIERNES -Tomo cuatro- (IV)

 













VIERNES
24
NOVIEMBRE

 

LA CANCIÓN EN SUS CABEZAS


Él fue Medalla de Ciencias en tercer grado. Ella fue Miss Preescolar en el colegio de enfrente. Cuando a ella la mandaban al mercado le decían “Cuidado con las gitanas” y ella un poco les temía y otro poco fantaseaba con la idea de que la robaran, de que se la lle­varan. En el colegio de enfrente, él tenía montada una compraventa de cochechitos rellenos de plastilina; le faltaban los anillos en los dedos para ser el perfecto gitano en miniatura. Estaban llamados a cruzarse, y se cruzaron finalmente, a la salida de Tiempo de gitanos, en el viejo cine Arte, un sábado trasnoche. Los dos habían ido con documento falso porque los dos eran menores. Los dos estaban ha­ciendo lo mismo, cuando se vieron, en esa vereda triangular de Dia­gonal que parece hecha por Roberto Arlt: estaban cantando por lo bajo “Ederlezi”, la antiquísima canción romaní que Kusturica puso en su película. Cada uno la tarareaba para sí cuando se vieron y, un poco como en el libro de Emannuel Carrère, cuando la joven jueza lisiada por el cáncer entra por primera vez en la oficina del joven juez lisiado por el cáncer y él dice: “Nos reconocimos al instante , así se reconocieron ella y él, y así se fueron por Diagonal, abrazados, tarareando “Ederlezi”, tratando de rearmar la melodía entre los dos.

Imaginen una canción que dura, no tres minutos, sino veinte o treinta años seguidos en nuestras cabezas. A veces la escuchamos, a veces creemos que no, pero sigue sonando en el fondo y algo en nosotros la escucha incluso cuando nosotros no. Los aborígenes australianos eran así. Los aborígenes australianos eran nómades. Sus movimientos eran cíclicos y estaban regidos por una canción ancestral, una canción que describía su trayecto y a la vez les decía por dónde ir. Así daban vueltas por Australia, a lo largo de sus vidas. La canción era su mapa y a la vez era su historia, era su geografía y su religión. “Ederlezi” era eso para el vendedor de coches de plastilina y Miss Preescolar. Bruce Chatwin contó la historia de los aborígenes australianos. Bruce Chatwin se pasó la vida escuchando esa canción en su cabeza, y por eso un día renunció a su trabajo de tasador de obras de arte en Sotheby’s para irse a recorrer a pie el mundo. Se ha­bía quedado ciego de golpe, los médicos le dijeron que era nervioso: “Demasiado mirar de cerca”, le diagnosticaron. Él se autorrecetó los caminos: perder la mirada en el paisaje hasta recuperarla. Escuchar la cancioncita que sonaba en su cabeza.

El nomadismo no ocurre únicamente en el espacio: el nómade también viaja en el tiempo. Porque, como todo el mundo sabe, la única manera en que nos pasa el tiempo es cuando estamos quietos. ¿O no lo sabemos? Cortázar no estaba haciendo un cuento fantás­tico en “El otro cielo”, cuando entraba por el Pasaje Güemes y salía en las Galerías Vivienne de París: los nómades saben bien que hay portales de un tiempo a otro, tal como hay pasos de frontera de un país a otro. La diferencia es que hay que estar cantando la canción en nuestras cabezas para poder pasar por los portales del tiempo.

Bruce Chatwin vio aquella noche a aquellos dos adolescentes perdiéndose abrazados por la vereda triangular de Diagonal. Los llamó Lola y Estol y los puso cantando esa canción romaní en una historia de buscadores de oro de Alaska que se desfogaban con las famosas putas de la ciudad de Mahagonny. Lo que intentaban Lola y Estol era cruzar en barco desde Alaska a Vladivostok, estaban ahí tratando de pagarse el pasaje cantando su canción romani, él en gui­tarra, ella en la voz. Chatwin les dejó unas monedas cuando se los volvió a encontrar, porque eso le pasaba siempre: se encontraba con todo el mundo en sus trayectos, en ese sentido es un poco como el Corto Maltés. La excusa de Hugo Pratt para viajar por el mundo y por el siglo era el Corto Maltés. Chatwin ni se tomó el trabajo de inven­tarse otro nombre. Simplemente se dedicó a escuchar la cancioncita en su cabeza, a poner gente real en sus libros y asombrarse cuando después se los encontraba en la vida. Esa clase de cosas despertaron las iras de Osvaldo Bayer cuando leyó el libro de Chatwin sobre la Patagonia y le contestó en una nota buenísima, furibunda, que salió hasta en el TLS, el venerado suplemento literario del London Times.

Bayer escribió esa nota en su departamento de Berlín. Llovía en el barrio de Kreuzberg pero no por eso Bayer cerró su ventana mien­tras escribía aquella formidable diatriba, y así es como pudo oír la música que llegaba desde el portal de abajo, que conectaba con una pérgola de plaza en Shanghai, donde una multitud de gimnastas chinos en uniforme mao hacía acrobacias en sincro perfecto, una coreografía asombrosamente idónea para la selección de tangos chinos que interpretaba desde la pérgola una orquesta china con instrumentos chinos. Chatwin oía desde su mesa, en aquel café al aire libre de Shanghai, el ruido de la máquina de escribir de Bayer en el barrio Kreuzberg de Berlín. Sabía que su tiempo en la tierra se estaba terminando, aunque se negara a reconocerlo. Sentados a la mesa con él estaban Lola y Estol, que tocarían después de la orques­ta, para los chinos que quisieran quedarse en la plaza bajo la lluvia. Chatwin les estaba contando que se había infectado con un hongo venenoso que aspiró sin querer en las catacumbas que guardaban los diez mil guerreros de piedra que custodiaban la Gran Muralla.

Chatwin estaba envuelto en frazadas y temblaba de fiebre pero no creía que fuera a morir por eso. Estol le murmuraba al oído: “De nada sirve escaparse cuando es uno el que persigue”. Lola le mur­muraba al otro oído: “El que camina encorvado lleva un hacha en la espalda”. Estol le susurraba en un oído: “No hay opción, señor". Y Lola completaba por el otro oído: “Revolución o picnic”. De fondo sonaba la máquina de escribir de Bayer en Berlín y la cancioncita en la cabeza de Chatwin ya casi no se oía. Estol dijo entonces: “Hablémosle de las hormigas mentales”. Y sacó la guitarra de la funda y Lola se acomodó la flor en el pelo y los chinos empezaron a juntarse cuando ella se puso a cantar: “Hormigas mentales / que bailan en su cabeza / que vienen de los Balcanes / y se meten por una oreja / y uno no siente nada / cierra fuerte los ojos / y persigue las manchitas / que huyen de su mirada / y no tiene más aduana / y dice lo que otros callan / y lee siempre el mismo libro / porque ya lo protagoniza / y vive queriendo olvidarse / que el que vive agoniza”.

Hace años ya que Bayer terminó su nota y que Chatwin se mu­rió. Pero si hoy es viernes, seguro que Lola y Estol están tocando en algún lugar de Buenos Aires. Sólo se trata de encontrar el portal que lleve a ellos y dejarnos guiar por la cancioncita que suena en el fon­do de nuestras cabezas.


                                                                                    (Del libro: Los viernes, Tomo cuatro, Emecé, 2019)

Juan Forn 


Juan Forn nació en Buenos Aires, en 1959 y murio en Villa Gesel, en 2021. En 1979 publicó su primer poemario. En 1980 inició su labor como editor en Emecé y después Planeta. En 1994 fue invitado por el Woodrow Wilson International Center (Washington DC) para terminar su novela Frivolidad, a la que siguió Puras mentiras. En 2015 publicó Los Viernes en cuatro tomos, que están compuestos por las contratapas que escribía todos los viernes en el Diario Página 12. En 1996 creó el suplemento cultural Radar Libros del diario argentino Página/12, que dirigió hasta 2002, y colabora en la revista literaria colombiana El Malpensante. En 2007 obtuvo el Premio Konex de Platino.

BIBLIOGRAFÍA Novela: Corazones cautivos más arriba (1987), Frivolidad, novela, Planeta (1995), Puras mentiras, novela (2001), María Domeq (2007).- Relato: Nadar de noche (1991), Buenos Aires (1993) Periodismo: La tierra elegida (2005), Ningún hombre es una isla (1995), El hombre que fue Viernes (2011), Los Viernes. (2015).




domingo, 27 de marzo de 2022

LOS VIERNES -Tomo cuatro (III)


 








VIERNES
30
JUNIO
 

LO QUE HAREMOS JUNTOS


Miren la foto de cualquier parejita joven muy enamorada, pro­yecten esa pareja al futuro y sobreimprímanle estas frases: “Acabas de cumplir ochenta y dos años. Has encogido seis centíme­tros, sólo pesas cuarenta y cinco kilos, pero sigues siendo bella, ele­gante, deseable. Hace cincuenta y nueve años que vivimos juntos y te escribo para comprender lo que he vivido, lo que hemos vivido juntos, porque te amo más que nunca”.

Ahora imaginen que esas frases son el comienzo de una carta de un hombre a una mujer, una carta de cien páginas que él va a ir escri­biendo noche a noche, en el curso de un año, mientras ella duerme en el cuarto de arriba de una casita rodeada de árboles, en las afue­ras de un pueblito del norte francés llamado Vosnon. Doce meses después, la policía local hará el trayecto desde el pueblo hasta allí, alertada por una nota pegada en la puerta de la casa: “Prévenir à la Gendarmerie”. La puerta estará abierta. En la cama matrimonial del cuarto de arriba yacerán en paz André Gorz y su esposa Dorine. A un costado, unas líneas escritas a mano, dirigidas a la alcaldesa del pueblo: “Querida amiga, siempre supimos que queríamos terminar nuestras vidas juntos. Perdona la ingrata tarea que te hemos dejado’.

Poco antes, Gorz había terminado de escribir aquella larga car­ta a su esposa Dorine y se la había enviado a su editor de siempre, quien la publicó en forma de libro con el título Carta a D (Historia de un amor). En la última página de esa larga carta dice Gorz: “Por las noches veo la silueta de un hombre que camina detrás de una carro­za fúnebre en una carretera vacía, por un paisaje desierto. No quiero asistir a tu incineración, no quiero recibir un frasco con tus cenizas. Espío tu respiración, mi mano te acaricia. En el caso de tener una segunda vida, ojalá la pasemos juntos”.

Dorine era inglesa. Estaba de visita en Suiza con un grupo de tea­tro vocacional, en el año 1947, cuando le presentaron en una fiesta a André Gorz. Es austríaco, le dijeron, es judío, le dijeron, no tiene un céntimo y escribe, carece por completo de interés. Así se lo des­cribieron formulariamente, cuando ella preguntó quién era. Dorine tenía un pretendiente en Inglaterra, que esperaba su regreso para casarse con ella. Pero después de aquella fiesta, Dorine cambió drás­ticamente de planes: en lugar de volver obedientemente a su patria se subió en un tren rumbo a París con Gorz. Porque a su lado sintió por primera vez en su vida que pensaba, que sabía pensar, que su cabecita funcionaba a la perfección junto a la de aquel judío austríaco sin trabajo y sin dinero.

No era una ciudad fácil París en 1947: Dorine trabajó de mode­lo vivo, recogió papel usado para vender por kilo y fue lazarilla de una británica que se estaba quedando ciega, mientras Gorz escribía en una buhardilla. Gorz hacía un relevamiento semanal de toda la prensa europea para una agencia. Dejaba la vida en esos informes, no los veía como trabajo sino como excusa perfecta para desarro­llar su misión, es decir entender su época. Por esos informes preci­sos, potentes, brillantes, atentos a todo, Sartre le ofreció a Gorz la jefatura de redacción de la revista Temps Modernes. Intoxicado de ambición y anfetaminas, Gorz desdobló sus horas en el escritorio: además de hacer la revista se puso a escribir una novela que pre­tendía ser un magno retrato y reflexión sobre su tiempo. El traidor se llamaba, y llevaba al paroxismo ese mirarse el ombligo sin pausa de los existencialistas franceses: “En tanto individuo particular, él no veía relevancia alguna en que alguien se le uniera como indivi­duo particular. No hay relevancia filosófica alguna en la pregunta Por Qué Se Ama”.

En todos sus libros posteriores, Gorz es el exacto opuesto de esa voz: nunca impostó, nunca se puso en primer plano, nunca se miró el ombligo al teorizar. Nunca escribió otra novela tampoco. Alguna gente lo considera el padre de la ecología política. Vaya a saberse qué significará eso dentro de unos años más de posverdad. Pero aun si la obra de Gorz termina siendo con el tiempo apenas una nota al pie de su época, será porque fue de los poquísimos intelectuales france­ses de su tiempo (el que va de la Guerra Fría a la caída del Muro de Berlín) que no cayó en ninguna de las trampas de la inteligencia, se­gún su propia definición. Ésa fue su virtud, y con los años descubrió que se la debía a Dorine.

En aquella carta postrera, Gorz le dice: “Nuestra relación se con­virtió en el filtro por el que pasaba mi relación con la realidad. Por momentos necesité más de tu juicio que del mío”. No fue el único en valorarla de esa manera. Sartre, Marcuse e Iván Illich se enamo­raron de ella en distintas épocas. Pero ella prefería a Gorz. Lucky bastard, dirían en inglés. Cuando ambos acababan de cumplir los cuarenta, Dorine descubrió que había contraído una enfermedad incurable por culpa de una sustancia que le habían inyectado para hacerle radiografías. El pronóstico era negro y la medicina se lavó las manos del caso, así que Dorine encaró por las suyas una cadena de correspondencia con otros aquejados del mismo mal. La infor­mación recopilada así no sólo le dio décadas de sobrevida a ella sino que inspiró a Gorz los rudimentos esenciales de aquello que llama­ría “ecología política”: ese lugar donde se tocan el pensamiento de Sartre con el de Marcuse y el de Iván Illich y el de Foucault.

Casi veinte años más tarde, Gorz decidió abandonar su puesto al timón en Temps Modernes para dedicarse jomada completa a Dorine. En lugar de ir y venir de París se instaló en aquella casa de las afueras de Vosnon y se dedicó a hacer la misma vida que su esposa. O, mejor dicho, a hacer para ella las cosas que Dorine ya no podía hacer. “Labro tu huerto. Tú me señalas desde la ventana del cuarto de arriba en qué dirección seguir, dónde hace falta más trabajo”.

El suicide-à-deux de Gorz y Dorine tiene dos antecedentes so­bre los cuales han corrido ríos de tinta: el de Stefan Zweig y el de Arthur Koestler. Zweig bebió y dio de beber a su joven segunda es­posa un frasco de barbitúricos diluido en limonada en un hotel de Petrópolis, cuando llegó a la conclusión de que ni siquiera en Brasil estarían a salvo de los nazis. Koestler hizo lo propio junto a su esposa de siempre (y su perro de siempre también), en su casa de Londres, huyendo del Parkinson que lo estaba devorando. En ambos casos hubo nota suicida. En ambos casos el rol de la mujer es tristemente pasivo. En ambos casos hay una atmósfera opresiva y amarga que la última escena de Gorz y Dorine logra evitar casi por completo.

En aquella carta postrera, Gorz le hacía una tremenda confesión a su esposa: “Durante años, consideré una debilidad el apego que me manifestabas. Como dice Kafka en sus diarios, mi amor por ti no se amaba. Me diste todo para ayudarme a ser yo mismo y así te pagué. Gorz había visto una vez a Dorine rematar con toda natu­ralidad una discusión que estaba teniendo con Simone de Beauvoir con la frase: “Amar a un escritor es amar lo que escribe”. Y sintió ver­güenza. Aunque él mismo le había prometido a Dorine, al final de aquella fiesta, la noche en que se conocieron, en Suiza: “Seremos lo que haremos juntos”.

La bravata se hizo cabal realidad la noche en que Gorz terminó de escribir aquella carta y subió por última vez aquellas escaleras y se acostó para siempre en aquella cama, junto a la mujer con la que había compartido, día tras día, sesenta años seguidos. “Afuera es de noche. Estoy tan atento a tu presencia como en nuestros comienzos. Espío tu respiración, mi mano te acaricia. En el caso de tener una segunda vida, ojalá la pasemos juntos”.

 

Juan Forn (Buenos Aires, 1959;  Villa Gesel,  2021)


IMAGEN: Fotografía de Andre Gorz y su esposa Dorine Keir antes del suicidio 2007.



viernes, 25 de marzo de 2022

LOS VIERNES -Tomo cuatro - (II)

 














VIERNES
9
JUNIO

 

DOS CONTRA EL MUNDO

 

La foto es de 1958. Pier Paolo Pasolini posa junto a Laura Betti, a quien acaba de conocer por intermedio de Alberto Moravia y Elsa Morante, la pareja estrella de la intelectualidad romana. La Betti viene huyendo de la corrección provinciana de Bologna con su electrizante unipersonal de music-hall. Pasolini ha llegado a Roma para ser el escritor que en el Friul le impidieron ser (usaron sus poe­mas como evidencia para arrebatarle su cargo de maestro en un ig­nominioso proceso judicial). Los dos se han reconocido al instante como almas gemelas, en esa Roma que ya es casa tomada por la dol­ce vita que Fellini habrá de inmortalizar en breve (Federico le rega­lará a Pier Paolo su primer coche, un Fiat 600, en agradecimiento por haberle presentado a la Betti, a quien dará un papel en La dolce vita, permitiéndole que se escriba ella misma sus parlamentos).

Los paparazzi la han bautizado “La Giaguarina” (cachorra de ja­guar) por su casquete rubio platinado y sus ojos estirados hasta las sienes por el maquillaje. En su show Giro a Vuoto, Betti canta textos escritos especialmente para ella por Moravia, Italo Calvino, Vittorio De Sica, André Breton y Pasolini (“Ballata dell Suicidio”), musicalizados por Kurt Weil, Nino Rota y hasta Igor Stravinsky. Según la prensa, La Giaguarina ha inventado una nueva forma de glamour, que combina provocación y desprecio y deja sin aliento a su platea. La noche en que se conocen, es ella quien toma la iniciativa. Encara a Pier Paolo, que lleva largo rato mirándola de lejos con los anteojos oscuros puestos, y le dice: “¿Qué es lo que te da miedo? ¿Quieres saber lo que pienso de ti? Que hueles a primavera y a pan fresco”. Horas después, colgada de su brazo y a la deriva por la incombusti­ble noche romana, lo presenta como “mi marido” y agrega: Soy su devota esclava”. Pasolini acepta el juego: poco después la presentará a Godard, a Barthes y a muchas personas más como “mi mujer no carnal”.

Lo que empezó como un desafío a los prejuicios de la época fue haciéndose cada vez más cierto con el tiempo. Ella le cocinaba sus platos favoritos, él la acompañaba a visitar videntes. El problema era que sabían estar juntos solos pero se ponían imposibles cuando tenían gente alrededor: Pier Paolo llevaba sin permiso a sus ragazzi di vita al departamento en Via del Babuino donde La Giaguarina re­cibía como una reina a su claque. Las fiestas terminaban cuando am­bos se encerraban en la cocina, dejando a los invitados sin comida ni bebida, mientras se peleaban a gritos. La Morante les dijo una vez, desde el otro lado de la puerta, harta de esperar con la copa vacía: “¿Por qué no se dejan de gritar y cojen de verdad, en vez de hacerlo con palabras?”.

Pero cada vez que Pasolini era llevado a los tribunales, acusado de “psicópata del instinto”, “anómalo sexual”, “amenaza social”, La Giaguarina estaba siempre en primera fila, mirándolo sin parpadear para darle apoyo. Y téngase en cuenta que Pasolini sufrió treinta y tres procesamientos judiciales. Según Pier Paolo fue ella, hija de abogado, quien le regaló el hoy famoso verso a un inocente no se le cree nunca”. Con pocas personas se franqueó tanto como con ella. Nomás conocerla le había dicho: “No puedo permitirme equivocar­me en ninguna de mis obras. Mis enemigos me despedazarían y mis amigos dejarían de estimarme”. La Giaguarina fue de todo menos tolerante con él. Cuando Pasolini conoció a Ninetto Davoli y empe­zó a ir todos los días al gimnasio, ella lo increpó: “¿Dónde ha queda­do toda tu dulzura? ¿Prefieres ponerte la máscara de los músculos, como Mishima?”. Cuando una úlcera perforada lo postró en cama durante meses y Pasolini retomó la escritura, La Giaguarina no sólo le cocinó y lo cuidó sino que le dijo: “Al fin entiendes que eres poeta. Prefiero mil veces tus poemas a tus películas, aunque me detestes por eso”. También Italo Calvino le dijo lo mismo, en una carta her­mosa que está en Los libros de los otros: “¿No hay posibilidad de que consigas abandonar toda esa bambolla del mundo del cine para vol­ver a ser el escritor que, ante todo, eres?”.

Cuando Pasolini llevó El Evangelio según Mateo al Festival de Venecia, y perdió contra El desierto rojo de Antonioni, le anunció a La Giaguarina que abandonaba el cine. Ella le gritó: “¿Justo aho­ra que has llegado al punto en que por fin puedes filmar lo que se te antoje? ¡Puedes hacer la vida de Gramsci! ¡Si quieres, hasta esa porca película sobre San Pablo puedes hacer!”. Qué bueno hubiera sido. Lamentablemente Pasolini no filmó ni la una ni la otra pero no abandonó el cine, y tampoco dejó de apelar a ella como actriz: le pidió que estuviera a su lado cuando inventó, para la película Ca­pricho a la italiana, el insólito dúo actoral de Totó y Ninetto Davoli (“Ayúdame a orquestar este concierto para Stradivarius y pito”). Y en Teorema le dio el papel de la mucama sumisa que le valió el pre­mio a la mejor actriz en Venecia y por el que estuvieron dos años sin hablarse, después de que La Giaguarina amenazara suicidarse en medio del rodaje.

Durante ese período de ostracismo ella hizo la voz del diablo en el doblaje al italiano de la película El exorcista y le mandó entradas para el estreno. En una carta adjunta le decía: “Niego haber tenido un comportamiento que no fuera poético y no puedo creer que tan luego tú no entendieras eso. Pero bueno, confieso que extraño tus sublimes faltas de sensibilidad, añoro tu angustia egoísta, ¿por qué no quieres verme?”. Pier Paolo ni le contestò. Pero cuando la necesitó en Saló (“Nadie quiere actuar en esta película, me están dejando solo”), ella volvió a su lado. Y fue la última de sus amigos en verlo con vida, la tarde del 1 de noviembre de 1975, horas antes de que lo asesinaran. El encuentro fue para hablar de cine: él quería conven­cerla de que aceptara hacer de Adolf Eichmann en PornoTeoKolos- sal, la delirante película-denuncia que Pier Paolo quería filmar en Nueva York, en Palestina y en la China de Mao. Tampoco eso pudo ser, pero La Giaguarina daría un par de años después su actuación más deslumbrante, como la fascista erotómana esposa de Donald Sutherland en Novecento.

Desde 1975 hasta su muerte en 2004, Laura Betti dirigió la Fun­dación Pasolini (que ella misma había creado), coordinó la edición definitiva de los libros de Pier Paolo, donó a la Cinemateca Italiana copias restauradas de todas sus películas y filmó uno de los mejo­res documentales que existen sobre él, donde dice: “La derecha no sólo orquestó y cubrió el asesinato de Pasolini sino que hasta in­ventó una estúpida teoría conspirativa que sostiene que él organizó su propia muerte, como un martilologio. Y hasta el final repitió la misma frase, cada vez que le preguntaban por Pier Paolo: “Su muer­te me dejó sin histeria”.

En 1971, la revista Vogue italiana había pedido a distintos artis­tas que escribieran una necrológica ambientada en el primer dia del siglo veintiuno, sobre alguien a quien admiraran. Pasolini eligió a Laura Betti, predijo que La Giaguarina moriría durmiendo y termi­nó así su nota: “En suma, ésta es la despedida a una heroína indoma­ble, que no por hija de abogado dejó de ser la mejor de las cocineras y sostén ejemplar de un turbulento como yo”.


 (Del libro: Los viernes, Tomo cuatro, Emecé, 2019)

Juan Forn (Buenos Aires, 1959;  Villa Gesel,  2021)


IMAGEN  Pier Paolo Pasolini y Laura Betti.



miércoles, 23 de marzo de 2022

LOS VIERNES -Tomo cuatro - (I)










VIERNES
3
NOVIEMBRE

 

INCENDIO EN LA CASA DEL SER

 

“Una mujer descuartizada / viene cayendo desde hace ciento cuarenta años”. Por esas dos líneas escritas por su compatriota Vicente Huidobro decidió el joven Nicanor Parra dedicarse a la poe­sía. Ya era (además de hermano mayor de Violeta Parra) ingeniero, di­plomado en termodinámica en Princeton y en cosmología en Oxford, cuando quiso saber por qué caía esa mujer desde hacía siglo y medio. La pregunta en particular y la poesía en general no son asuntos muy pertinentes para la ingeniería y Parra era, a pesar de ingeniero, un impertinente. Así que prefirió adscribir a esa otra ley de la termodi­námica que enunció Leopoldo Marechal: “De todo laberinto se sale por arriba”. Así fue como llegó Parra a lo que definió como antipoesía. “Yo me preguntaba por qué cresta los poetas hablaban de una forma y escribían después con esa jerga conocida como lenguaje poético, que no tiene nada que ver con el lenguaje de la realidad”.

Puesto en esos términos, parece un mero cuestionamiento ver­bal, pero lo de Parra apuntaba más lejos: para poder ver las cosas de otro modo es necesario cambiar de perspectiva, y pocos tipos en nuestra lengua fueron capaces de sacarnos la alfombra debajo de los pies con una sola frase como Parra. Vean, si no, este ejemplo. El automóvil es una silla de ruedas”. Léanla de nuevo, van a ver que el texto se movió, que se lee otra cosa. Eso es Parra. El juego de pala­bras que de pronto corcovea y muta en otra cosa. El creativo publi­citario tiene esa clase de don, pero para generar antimateria. Parra generaba antipoemas; es decir, anticuerpos contra la antimateria que nos tiran todo el día por la cabeza.

Hay un famoso poema suyo que empieza: “El hombre imagina­rio / vive en una mansión imaginaria / rodeada de árboles imagi­narios / a la orilla de un río imaginario”. Y así sigue avanzando fa- cilonamente, estrofa tras estrofa, hasta sus versos finales. Antes de citarlos déjenme contar que Parra descubrió un día a la mujer de su vida, fueron brevemente felices juntos pero ella lo abandonó y poco después se suicidó. En honor a ella escribió Parra El Hombre Imagi­nario, que termina: “Y en las noches de luna imaginaria / sueña con la mujer imaginaria / que le brindó su amor imaginario / vuelve a sentir ese mismo dolor / ese mismo placer imaginario / y vuelve a palpitar / el corazón del hombre imaginario”.

Fue famosa su pica con Neruda. Igualmente famosa es su frase: “Hay dos maneras de refutar a Neruda: una es no leyéndolo; la otra es leyéndolo de mala fe. Yo he practicado ambas, pero ninguna me dio resultado” (otra vez contestó así a la acusación de que la obra de Neruda era despareja: “La cordillera de los Andes también es despa­reja”). En su poema Malos Recuerdos dice: “Para la mayoría / soy un narciso de la peor especie / El hombre dos caras / El que se cree más de lo que es / El que no tiene paz / ni con las mariposas del jardín / Todos se consideran con derecho / a festejarme con un poco de ba­rro. Treinta años después, al recibir un doctorado honoris causa en la Universidad de Chile, dijo: “Una sola pregunta / ¿Cuándo piensan erigirme una estatua? / La paciencia tiene su límite / Sin estatua me siento miserable / Pero por favor que sea de barro / Para que dure lo menos posible”.

Entre otras chambonadas que le endilgaban sus enemigos, Pa­rra aceptó ir a la Casa Blanca a tomar el té con la esposa de Nixon en plena guerra de Vietnam, durante un congreso de escritores en Washington (horas más tarde, los cubanos le retiraron la invitación que le habían hecho como jurado del Premio Casa de las Américas, y él contestó con un telegrama a la isla que decía: “Apelo a la justicia revolucionaria rehabilitación urgente. Fidel debería creer en mí tal como yo creo en él”). A diferencia del resto de su familia, Parra nun­ca apoyó la Unión Popular de Allende y siguió enseñando en la uni­versidad después del golpe de Pinochet. Pero cuando el Papa polaco fue a Chile escribió: “La sonrisa del Papa nos preocupa / SS debiera llorar a mares / y mesarse los pelos que le quedan / ante las cámaras de televisión / en vez de sonreír a diestra y siniestra / como si en Chile no ocurriera nada / que se ría de la Santa Madre si le parece / pero que no se burle de nosotros”. Poco antes (más precisamente en 1977) había escrito: “Que levanten la mano los valientes / A que nadie es capaz / de arrancarle una hoja a la biblia / cuando el papel higiénico se acabó / A que nadie se atreve / a escupir la bandera chi­lena / A que nadie se ríe como yo / cuando los filisteos lo torturan”.

Se admirara o se odiara a Parra, había que reconocerle su fide­lidad absoluta al género que inventó. Cuando le dieron en Guada­lajara el Premio Rulfo, empezó su discurso de agradecimiento di­ciendo: “Hay diferentes tipos de discursos / El discurso ideal / es el discurso que no dice nada / aunque parezca que lo dice todo”. Lo pongo en verso porque así lo leyó. Y así lo incluyó en su libro Discur­sos de sobremesa, que está compuesto enteramente de textos leídos al recibir premios y honoris causas. Y que, por supuesto, son todos antipoemas. Es decir, reversos exactos del discurso ideal: parece que no dicen nada, y logran decirlo todo. Mi preferido es el que pronun­ció en el centenario de Vicente Huidobro, que se titula Also sprach Altazor (y que debajo aclara “Título del original en inglés: Hay que cagar a Huidobro”). Empieza preguntando qué sería de la poesía chilena sin Huidobro, para defender después la megalomanía del poeta (“Sus opiniones nunca pecaron de moderadas / incluso llegó a atreverse / a enmendar la plana al propio Homero / que no debió haber dicho jamás, según él / las nubes se alejan como un rebaño de ovejas / sino lisa y sencillamente / las nubes se alejan balando”). Y sobre el final hace su famosa declaración: “Hay una frase de Huidobro / No creo que haya otra más sobrecogedora / en todo el reino de las bellas letras: / una mujer descuartizada / viene cayendo desde hace ciento cuarenta años / A mí me deja mudo”.

Mentira, por supuesto: nada dejaba mudo a Parra. El otro día se murió, a los ciento cuatro años, después de esperar contra toda es­peranza que le dieran el Nobel. A quienes llegaban en peregrinación a verlo en su escondite junto al mar les contaba que, en el preciso lugar donde alzó su casa, había antes un castillito hecho enteramen­te de tejuelas de alerce. “El que entraba ahí se quería quedar a vivir para siempre”. El castillo estaba medio abandonado cuando Parra lo compró, y el cuidador que vivía ahí se tuvo que ir a su pesar. Po­cos días después, un incendio destruyó el castillo. Todas las señales indicaban que el cuidador había provocado el fuego. Parra se lo en­contró contemplando las cenizas aún humeantes y le dijo: “¡Huevón de mierda, mira lo que hiciste!”. El cuidador le contestó sin apartar la mirada: “Yo quería esa casa más que usted”. Heidegger decía que la poesía es la casa del ser. Parra vio arder esa casa y levantó otra sobre sus cenizas. Están los que dicen que fue él quien la quemó. Y están los que dicen que nadie quería esa casa tanto como él.

 

(Del libro: Los viernes, Tomo cuatro, Emecé, 2019)


Juan Forn (Buenos Aires, 1959;  Villa Gesel,  2021)


IMAGEN: Fotografía del poeta Nicanor Parra.