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martes, 14 de noviembre de 2023

DONDE SE ENSEÑARÁ A SER FELIZ

 



     Resurge el sueño del padre Flanagan. Los Estados Unidos le habían gritado al mundo, desde un rinconcito de Nebraska, donde dominaba Liliput: no hay niños malos, sólo les falta un hogar. Y aquella sorprendente «Boys Town» que se abrió para los niños fue la afirmación gloriosa de lo que parecía un sentimentalismo anacrónico. Y fue, todavía más, el crisol donde los niños se enfrentaron, alma contra alma, en primitiva simplicidad, borrando todo lo que la civilización había aconsejado como indispensable: los prejuicios de raza, de religión, y el odio, el gran odio que nace magnífico en el individualismo cultivado y muere humillado al sonar la primera sirena. Los niños del padre Flanagan nunca desearán la guerra.
     Resurge el sueño del padre Flanagan. En un rincón del Brasil, a lo largo de una
carretera, cinco mil chiquillas se instalarán en casas, en verdaderas casas, cubiertas,divididas en cuartos y salas… Y seguramente en su primera noche a cubierto, cinco mil chiquillas no podrán dormir. En la oscuridad de sus cuartos las miles de cabecitas que no pudieron entender la razón de su anterior abandono procurarán descubrir a cambio de qué se les da una casa, una cama y comida.
     Cuando recibían caridad, recibían también un poco de humillación y de desprecio. No dejaba de ser bueno, porque no debían nada a nadie y se sentían muy libres. Libres para el odio. Pero en las casas donde ahora encuentran acomodo, casas limpias, con horas marcadas para la comida y la cena, con ropa y libros, son tratadas con naturalidad, con buen humor…
     Las cinco mil chiquillas sufrirán en la duda algunos días, desconfiadas y ariscas.
Apenas saben, las niñas de Darcy Vargas, que inician la vida ante el sentimiento más raro en este mundo: el de la bondad pura, que no pide y sólo da.
     La «Ciudad de las muchachas» no es propaganda para turistas. Esta es la realidad más seria y más emocionante. Nacerá inteligente y organizada. Será una escuela de mujeres. Lo que la criminología, la sociología y la psicología han investigado y afirmado en el mundo científico será ahora aplicado al terreno práctico. En una entrevista, la señora Darcy Vargas remarca que no es sólo casa y comida lo que esas niñas recibirán. Será, en cambio, y sobre todo, el ambiente, el hogar. Su preocupación por no construir uno de aquellos caserones inmensos como internados, que se grabaría en la memoria de sus habitantes como una penitenciaría, obedece a esta orientación. En los centenares de casas, simples y alegres, las niñas se desarrollarán sin promiscuidad, como en una pequeña familia. La educación física, profesional y artística, proporcionará una base en la vida a las pequeñas ciudadanas y constituirá el peculio de las jóvenes en su entrada en la vida. Serán admitidas con una edad máxima de ocho años, cuando todavía una vida tranquila y ordenada pueda borrarles las marcas dejadas por el abandono y por el sufrimiento.
     Florecerán tranquila y pacíficamente. Pero en el momento de decir adiós a la
«Ciudad» sabrán por fin que realmente se les daba tanto a cambio de algo. Brasil,
América, el Mundo necesitan niños felices. Ellas ríen. Creen. Aman. Las jóvenes
sabrán, entonces, que se espera de ellas que cumplan con el serio deber de ser felices.

(Redactado para la Agência Nacional)

Clarice Lispector (Ucrania, 1920; Brasil, Río de Janeiro. 1977)
(Traducción: Elena Losada)
Puede LEER la biografía en entrada anterior de la autora (N.del A.)
 


sábado, 14 de agosto de 2021

FELICIDAD CLANDESTINA













  Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio pelirrojo. Tenía un  busto enorme, mientras que todas nosotras todavía éramos planas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía  lo que a cualquier niña devoradora de historias le habría gustado tener: un papá dueño de una librería.

         No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del papá. Para colmo, siempre era algún paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos. Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como «fecha natalicia» y «recuerdos».

      Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía de odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, delgadas, altas, de cabello libre. Conmigo ejercitó su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.

      Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como por casualidad, me informó de que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato. Era un libro grueso, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por su casa me lo prestaría.

      Hasta el día siguiente, de la alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, nadaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro. Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento,  como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, anduve brincando por las calles y no me caí una sola vez.

      Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Apenas me imaginaba yo que más tarde, en el transcurso de la vida, el drama del «día siguiente» iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.

      Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? No lo sé. Ella sabía que, mientras la hiel no se escurriese por completo de su cuerpo gordo, sería un tiempo indefinido. Yo había empezado a adivinar, es algo que adivino a veces, que me había elegido para que sufriera. Pero incluso sospechándolo, a veces lo acepto, como si el que me quiere hacer sufrir necesitara desesperadamente que yo sufra.

      ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que no era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.

      Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la mamá. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortada de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, esa mamá buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salid nunca de casa y tú ni siquiera quisiste leerlo!

       Y lo peor para esa mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos observaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó a su hija: Vas a prestar ahora mismo ese libro. Y a mí: «Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras». ¿Entendido? Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: «el tiempo que quieras» es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.

       ¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Tomé el libro. No, no partí brincando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.

      Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si ya lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire… Había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.

      A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo.  Ya no era una niña más con un libro: era una mujer con su amante.

 

Clarice Lispector (Ucrania, 1920; Brasil, Río de Janeiro. 1977)
 
(Traducción: Marcelo Cohen)

Pueden LEER la biografía en entrada anterior de la autora (Nota del administrador)


 

domingo, 7 de marzo de 2021

EL MUNDO ÍNTIMO DE AFUERA




POR DANIEL GIGENA -----Fuente www.perfil.com Cultura.-06-12-2020


El centenario de la escritora brasileña es la excusa para revisar no sólo la vigencia de una obra extraordinaria, sino también las aristas de una vocación literaria única que crece con nuevas lecturas, generaciones y las transformaciones a escala planetaria; esa frágil vibración que Lispector supo percibir de manera más profunda y más terriblemente bella que otros.

 

Nació en Ucrania, “en una pequeña aldea llamada Tchechelnik, que no figura en el mapa de tan pequeña e insignificante”, según declaró, y llegó con sus padres y hermanas a Maceió, en el nordeste brasileño, en 1922, con apenas 15 meses de vida. “Soy brasileña, pronto y punto”, escribiría años más tarde en una crónica autobiográfica. Pese a la pobreza y a la enfermedad de su madre, tuvo una infancia feliz como chica de la calle. “Yo… Yo… Estaba tan viva”, recordó. Devoraba libros y tardó en comprender que alguien los escribía. A los veintiún años, con el dinero de su primer sueldo como reportera de una agencia, compró su primer libro, Felicidad, de Katherine Mansfield. En la librería, descubrió que aquel era un mundo “en el que le gustaría vivir”. Y allí se quedó. El próximo jueves el mundo de las letras celebra el centésimo aniversario del nacimiento de Clarice Lispector, la escritora brasileña que transformó la lengua portuguesa a fuerza de misterio. Un día antes se conmemora el 43º aniversario de su muerte, que tuvo lugar el 9 de diciembre de 1977. Una de las casas editoriales argentinas de Lispector, Corregidor, llegará este año a los 13 títulos de la escritora. Esta semana se lanzará La pasión según G.H., con traducción de Gonzalo Aguilar, y la semana siguiente, Lazos de familia, en versión de Luz Horne Lazos. Además, publicará El arte de pensar sin riesgos. 100 años de Clarice Lispector, volumen a cargo de Mariela Méndez, Claudia Darrigrandi y Macarena Mallea, con contribuciones de investigadores e investigadoras de América Latina y Estados Unidos, en español y portugués. Este jueves, en el marco de la celebración internacional La Hora de Clarice, que se podrá seguir en redes sociales, Corregidor organizó dos charlas entre especialistas nacionales e internacionales en la obra lispectoriana. Lectores y fans de la autora de Cerca del corazón salvaje podrán asistir a los encuentros de Nuestra Clarice desde la cuenta @corregidorcom, en Instagram. A las 14, conversarán Florencia Garramuño, Márgara Russoto, desde Italia, y la venezolana Eleonora Cróquer Pedrón, y a las 16, Griselle Merced Hernéndez, desde Puerto Rico, Laura Cabezas y Macarena Mallea, desde Chile.  La intimidad del mundo. Lispector publicó La pasión según G.H. en 1964, año en que comenzó la dictadura militar en su país. Está protagonizada por una mujer y una cucaracha. “Nuca me desahogué en un libro –declaró la autora–. ¡Para eso están los amigos! Quiero la cosa en sí”. Esa novela, que la consagró como escritora y motivó el relanzamiento de sus libros anteriores en Brasil, tendrá una nueva versión al español, a cargo de Gonzalo Aguilar. “El primer libro de Clarice que publicamos en la colección Vereda Brasil fue La araña –dice Aguilar, ensayista y codirector de la colección con Garramuño. Había sido publicado en 1977, cuando Clarice estuvo en Buenos Aires para participar en la Feria del Libro, y formó parte de una serie de novelas y libros de cuentos que publicaron, además de Corregidor, Santiago Rueda y Sudamericana”. Después de La araña vinieron otros libros suyos en la colección y dieron forma a la Biblioteca Lispector. “Este año publicamos cuatro: Cerca del corazón salvaje, Agua viva, La pasión según G.H. y Lazos de familia –agrega Aguilar–. El interés por la literatura de Clarice viene del hecho de que es una de las indagaciones más radicales de la narrativa moderna acerca de las relaciones entre vida orgánica y vida social, cuerpo y lenguaje, experimentación y relato, pobreza y experiencia. Además, fue una de las primeras escritoras que desplazaron al mal llamado narrador omnisciente (patriarcal, escondido en una objetividad, incorpóreo) para construir narradores que encarnan una percepción femenina del mundo para trastocar las ideas que tenemos de la intimidad, los afectos y las relaciones entre las personas

‘El mundo de afuera también es íntimo’, dijo Clarice una vez, y con su literatura transformó para siempre el mundo de afuera y también el de adentro”. Mario Cámara, investigador del Conicet y profesor de Literatura Brasileña en la Universidad de Buenos Aires, tradujo la novela Agua viva. “Con esa obra, de 1973, volvió a descolocar a lectoras y lectores –indica–. La experiencia de la traducción suele intensificar nuestra lectura, por ello, mientras la traducía percibía la potencia desafiante de una prosa que no se ajustaba a ninguna clasificación. Sin embargo, y quizá de forma paradójica, al mismo tiempo que esta escritura desafía los límites de la literatura, solo la literatura podía contenerla. Dirigida a un otro que también somos nosotros, Agua viva es la historia de una experiencia doble. La protagonista, una artista visual, ensaya una escritura que tenga la consistencia de un sustrato vibrante, de un ‘canto gregoriano’, como dirá casi al comienzo, y a la vez procura hacernos conocer su contacto con un mundo expandido, habitado por animales, plantas y cosas”. Para el autor de Restos épicos: la literatura y el arte en el cambio de época, en esta novela se puede captar un dilema que recorre la literatura de Clarice, “el de una palabra que navega sometida a un doble y contradictorio régimen de existencia: dura materia viviente que despliega sonidos encantatorios y dadora de vidas inauditas”.  Escritura insurrecta. Desde su juventud, Lispector trabajó como cronista para distintos medios gráficos brasileños. Su obra de no ficción se conoce en el país gracias al sello Adriana Hidalgo, que publicó Descubrimientos y Revelación de un mundo, con traducciones de Claudia Solans y Amalia Sato, respectivamente. “Fue una experiencia de mucho compromiso traducir, prologar y sobre todo seleccionar para la editorial las crónicas publicadas entre 1967 y 1973 en el Jornal do Brasil –confía Sato–. Lamenté no haber incluido entonces la dedicada a Lúcio Cardoso, figura esencial en la vida y formación de Clarice pero no tan conocida entre nosotros. Nombres valiosos se entrelazan en este contacto mío con ella: una charla con Juan García Gayo, donde honrando la memoria de su esposa brasileña me contaba cómo lo había ayudado a capturar los peculiares giros de la prosa de Lispector. Fue justamente él, con Haydeé Jofre Barroso, el que dio inicio a la circulación de buenas traducciones en los años 70. Agrego a Nádia Battella Gotlib, la gran especialista”. Adriana Hidalgo publicó, de esta investigadora brasileña, el imprescindible Clarice. Una vida que se cuenta, biografía literaria que tradujo Álvaro Abós. Sato asocia su experiencia de traducción de Lispector a una alteración en el ritmo de la respiración. “Registro ese uso particular de las preposiciones, el buen oído para las cadencias del habla nordestina, que no solo en ella sino también en otros grandes autores brasileños propicia la creación de universos potentes. Imperdible el coro de empleadas domésticas en una de las crónicas, anticipo de la Macabea de La hora de la estrella, su última novela. Y no quiero dejar de nombrar a Alberto Dines, el editor del Jornal do Brasil, que durante esos siete años amparó el encuentro semanal sabatino de una legión de lectores con la escritura insurrecta de Clarice”.     Para la profesora brasileña Mara Paulina Arruda Wolff, Lispector es patrimonio nacional. “Es una de las escritoras más leídas en Brasil –dice, desde São José, en Santa Catarina–. Clarice creó en la lengua portuguesa una literatura de calidad. Su escritura es un movimiento continuo que nos sorprende con cada obra que leemos y los enigmas de su obra son del orden de aquellos autores que tienen un ojo en la palabra escrita y otro ojo en la vida real. Clarice no bromea. Es nómada. Va y viene en un lenguaje cuidadoso, misterioso, profundo, tan aterrador como sencillo”.  En la Argentina, Lispector es una de las autoras extranjeras más amadas por lectores, críticos y nuevas generaciones de escritores. “Leer a Clarice Lispector es como observar siluetas bajo el agua en ese instante breve en el que se aguanta la respiración –grafica la narradora Valentina Vidal–. Es la experiencia de los sentidos, porque ella escribe con el cuerpo arremolinado en la incertidumbre. Cada párrafo arroja la luz de una prosa que no se ajusta a la forma y que reinventa con un lenguaje de sensualidad inherente. Es un reto dulce a las formas de la narración. En U     n aprendizaje o el libro de los placeres, su escritura empieza con una coma y una minúscula. Se ofrece. Trata la palabra con belleza y abre un recorrido donde lo absoluto no es una opción, no sin cierta melancolía de la pérdida”. Para la autora de Fuerza magnética, las búsquedas de Lispector nutren y estimulan, “porque nunca se cansó de profundizar en sus emociones como combustible necesario para su despliegue y leerla, de alguna manera, otorga valentía para fluir, demuestra que asumir riesgos trae consigo transparencia y honestidad”. Si bien disfrutó de la fama en los últimos años, evitaba mitificarse. “Soy una mujer que sufre, como todas las personas del mundo, los mismos dolores y las mismas ansiedades –declaró–. Nunca pretendí asumir una actitud de superintelectual. Nunca pretendí asumir actitud ninguna. Llevo una vida cualquiera. Crío a mis hijos y cuido de mi casa. Me gusta ver a mis amigos, el resto es mito”. Es otra de las razones por las que queremos tanto a Clarice Lispector.  

 

Inauguración del futuro

Florencia Garramuño*

En el centenario de su nacimiento, la literatura de Clarice Lispector ha alcanzado una enorme popularidad que contrasta de modo dramático con la recepción que su obra recibió en sus comienzos. “A massa ainda comerá o meu biscoito fino”, la predicción que Oswald de Andrade lanzó sobre su propia literatura, también se cumplió para la literatura de Clarice. Hoy los libros de Lispector son traducidos una y otra vez a diferentes lenguas, y cierto tono clariceano, podríamos decir, impregna una sensibilidad contemporánea para la que su escritura aparece mucho menos exótica o rara de lo que fue percibida en sus comienzos, cuando emergía de un terreno fértil en textos regidos por un “instinto nacional”, según la frase famosa de Machado de Assis.  ¿A qué se debe esta transformación? Las razones son muchas, y hay diversos caminos de investigación para analizar este fenómeno. Esquemáticamente, el itinerario que más me interesa explorar supone interrogar una transformación de la propia literatura de Clarice Lispector, desde sus primeras novelas hasta sus últimos textos. En estos últimos, la debilitación de una trama narrativa y la incorporación de referencias biográficas tienden a construir una intriga que parece desnudarse de sus constricciones formales y ficcionales, como si se escribiera, como ella misma lo propuso, “con un mínimo de trucos”. Se trata de un tipo de literatura que encuentra en el sostén biográfico y, a veces, incluso autobiográfico, no tanto la forma de narrar una vida en particular, sino el modo de narrar la vida como una fuerza impersonal que, si por momentos necesita concretarse, para su relato, en un sujeto, lo hace de modo que este solo implica el sostén de una vida irreductible a la forma individual. En sus primeros textos, Lispector inventa una lengua propia, rica en metáforas inusuales, cambios metonímicos y efectos de extrañamiento, producidos por un flujo narrativo caracterizado por la descripción alusiva y la atención otorgada a detalles sensoriales. La potencia de su invención narrativa será reconocida y profundizada a lo largo de los años, pero esa torsión, esa intervención radical en la lengua portuguesa, aunque permanece, se va enrareciendo en sus textos posteriores, como si haber alcanzado la radicalidad más extrema que caracteriza su ficción posterior hubiera en cierto sentido aplacado esa furia primigenia de intervención en la lengua. En estos últimos textos, las tramas ralas, los juegos de perspectiva, la transformación absoluta en la construcción de personajes, parecen dejar en un relativo segundo plano a la lengua, que se vuelve más común, más banal, menos extraña en sus relaciones.  Otro modo de comprender la escritura de Lispector se hace evidente a partir de Agua viva, publicada en 1973. Allí ya es innegable el abandono del molde tradicional de la novela en una escritura que, sin haber dejado de ocuparse de estados interiores, conjuga esta preocupación con algo definitivamente diferente y hasta opuesto: la preocupación por una cierta exterioridad de la escritura que se concentra tanto en descripciones de cosas y objetos como en la incorporación de fragmentos sobre animales, flores y hechos, que no encuentran justificación evidente para su inclusión en una trama que, por lo demás, ya ha dejado de existir en tanto tal, esto es, en tanto articulación de una historia en torno a un planteo, nudo, desarrollo y fin. De algún modo, esa transformación podría entenderse como, para tomar los términos de Lispector en una crónica de los años 60, una “inauguración del futuro”. Tal vez la fascinación contemporánea por la literatura de Lispector pueda ser vista como síntoma de una insatisfacción de la literatura contemporánea con géneros definidos y estructurados que se concentran en historias individuales, como síntomas de una insatisfacción de la cultura contemporánea por las formas individualizantes y estables y un deseo, una pulsión, por formas más comunes e impersonales que logren narrar, contener e imaginar, más allá del individuo, la noción de una experiencia ajena y al mismo tiempo íntima a la que el mundo contemporáneo nos confronta. Si no se trata de un síntoma, lo cierto es que, al haber llegado al hueso desnudo de la narración, al haber llevado la literatura a poder decirlo todo sobre lo humano, como señaló Evando de Nascimento, Clarice Lispector se convirtió en una inspiración fértil para que la cultura contemporánea fuera ensayando y encontrando formas y dispositivos poderosos para expandir sus fronteras.

*Es directora del Doctorado en Literatura y Crítica Cultural de la Universidad de San Andrés.

 

La extranjera

Silvia Hopenhayn*

Todo empezó cerca del corazón salvaje… Así se llamaba su primera novela. A los 23 años la publicó y despuntó su lengua, ferozmente cercana. No se trataba de inventar historias sino de expandir la página, asomarse al límite y espiar la nada, jugar con lo establecido. Parecía tener un contacto especial con el lenguaje, más allá de su formación. Como si alcanzara las frases con las manos, y las dispusiera en la página así como las hallaba (a veces un poco mordidas). Parecido a lo que decía Virginia Woolf de Katherine Mansfield, destacando un rasgo difícil de discernir literariamente: su “espontaneidad”. En Lispector la prosa parece viviente, avanza como animal reconociendo huellas frescas. A veces herido, otras hambriento. Su estilo tiene algo de olfato. De hallar sin significar, de “felicidad clandestina”. Hay un arreglo entre ella y las palabras, la complicidad de una promesa. Cumplirla es escribir hasta el último soplo de vida. Como dice su narradora de La pasión según G.H., “vivir es un lujo”. ¿Advino entonces un estilo nuevo o se impuso lo más concreto de la lengua, una subjetividad plena, desahuciada? Su estilo fue reconocido inmediatamente como desconocido. Extranjera en la Tierra, la llamaron. Quizá por la claridad de sus ojos o el desvío de su mirada.

*Es escritora y crítica literaria.    

Clarice cronista

Las primeras novelas de Lispector se publican en la década del 40, cuando la industrialización y el maquinismo comienzan a instalarse firmemente como baluartes de progreso, como promesas de salvación en un Brasil, y una Latinoamérica, empobrecidos, pero con expectativas de cambio. En ese contexto, aparece una escritura que delinea reflexiones, pensamientos, ideas, conceptos que se conectan más con el ser que con el hacer. Esas palabras, que fluyen en un continuo reflexivo, problematizan las nociones de ser vivo, de ser humano. La escritura poco resolutiva de la escritora que se filtra en libros, periódicos y revistas se gesta, precisamente, como contrapunto a esos ímpetus que instalan la industria y los criterios economicistas como soluciones al subdesarrollo brasileño y latinoamericano. Esa es una de las razones que hacen a Lispector una escritora necesaria, cuyas palabras resuenan fuertemente en el comienzo de este siglo XXI que, como plantea Adriana Valdés, demanda urgentemente una “redefinición de lo humano”. Aun cuando cultiva el género de la crónica, la autora-narradora aparece más interesada en el ser que en el hacer, en las sensaciones, las emociones, los afectos, modos de ser y estar en el mundo, más que en lo que podríamos llamar de acontecimiento: “Como vou arranjar assunto para uma crônica, que é sempre um comentário de acontecimentos?”. Así, si bien este volumen vuelve a las crónicas, las mira desde otros lugares, mientras expande la mirada más mainstream que se enfocó siempre en la ficción clariceana y, muy de vez en cuando, en las crónicas de los sábados para el Jornal do Brasil. Expandir la mirada significa entonces no solo incorporar nuevas perspectivas para pensar algunos de los textos conocidos de la escritora, sino también aportar lecturas de otros corpus menos explorados como son la narrativa infantil, su epistolario, sus pinturas y sus traducciones. Anticipo de la introducción de El arte de pensar sin riesgos.  100 años de Clarice Lispector (Corregidor).


Clarice Lispector (Ucrania, 1920; Brasil, Río de Janeiro. 1977).


 (Pueden LEER su biografía en entrada anterior de la autora. (Nota del administrador.)



 

domingo, 20 de febrero de 2011

PRIMAVERA QUE SE INICIA








































Una cosa de la que me enorgullezco es que siempre presiento los cambios de estación: algo en el aire me avisa que viene algo nuevo, y yo me regocijo toda, no sé por qué.
En la primavera del año pasado una gran amiga me regaló una planta, una prímula, tan misteriosa que en su misterio estaba contenida la explicación inexplicable de una presencia divina: el secreto del cosmos.
Esta planta, que aparentemente nada tiene de singular, es dueña del secreto de la naturaleza.
Cuando se aproxima la primavera, sus hojas mueren y en lugar de ellas nacen varias flores cerradas. El color es granate-violeta y blanco, e incluso cerradas tienen un perfume femenino y masculino que atonta extremadamente.
El secreto de estas flores cerradas es que exactamente el primer día de la primavera se abren y se dan al mundo. ¿Cómo? Pero ¿cómo sabe esta modesta planta que la primavera acaba de empezar? Y las flores se abren de repente. Una está sentada cerca, mirándola distraída, y he aquí que ellas lentamente se van abriendo y se van entregando a la nueva estación, bajo nuestros ojos espantados. Y la primavera se instala entonces. "Crecí como la viña de frutas de agradable perfume y mis flores son frutos de gloria y abundancia." (Eclesiastés 24:33)




Clarice Lispector




Clarice Lispector. Narradora brasileña. Nació en Ucrania, en 1920, pero siendo una niña, se trasladó con su familia a Recife. A los 12 años se instaló en Río de Janeiro, donde estudió derecho. Estuvo en Nápoles, trabajando en el hospital de la Fuerza Expedicionaria Brasileña, y después en Suiza y Estados Unidos. Su primera novela, escrita a los 24 años, Cerca del corazón salvaje (1944) la hizo merecedora del premio Graça Aranha. Después de publicar La manzana en la oscuridad (1961), despertó el interés de la crítica literaria, que la situó, junto con João Guimarães Rosa, en el centro de la ficción de vanguardia. En su obra se descubre un uso intenso de la metáfora, atmósfera íntima y ruptura con la peripecia basada en hechos, principalmente en La pasión según G. H. (1964) y Aprendizaje o el libro de los placeres (1969). En el contexto de la nueva literatura brasileña, su obra se destaca por la exaltación de la vivencia interior y por el salto de lo psicológico a lo metafísico. En el plano ontológico, se produce el encuentro entre una conciencia y un cuerpo, en estado de materialidad neutra. En su narración pueden identificarse varias crisis: crisis del personaje-ego, resuelta no a través del intimismo, sino en la búsqueda consciente de lo supraindividual; crisis de la narración, a través de un estilo inquisitivo; crisis de la función documental de la prosa novelesca. Parte del presupuesto de que toda obra es novela de educación existencial. De su vasta producción literaria, desde La ciudad sitiada (1949) hasta La bella y la bestia (1979), merecen recordarse los cuentos Lazos de familia (1960, traducidos al español por Cristina Peri Rossi en 1988), La legión extranjera (1964), y las novelas La imitación de la rosa (1973), Agua viva (1977), La hora de la estrella (1977) y Un soplo de vida (póstuma, 1978). En una semblanza autobiográfica, Lispector afirma: "Nací para amar a los demás, nací para escribir y para criar a mis hijos. Amar a los demás es tan vasto que incluye incluso perdón para mí misma, con lo que sobra. Amar a los demás es la única salvación individual que conozco: nadie estará perdido si da amor y a veces recibe amor a cambio." Tuvo dos hijos y murió de cáncer, en Río de Janeiro, en 1977.

Biografía parcialmente tomada de el poder de la palabra

RECOMIENDO LEER Un soplo de vida, aquí.


viernes, 5 de marzo de 2010

VIOLETA




















La violeta es introvertida
y su introspección es profunda.
Dicen que se esconde por modestia. No es asi.
Se esconde para poder captar el propio secreto.


Su casi no-perfume
es gloria sofocada
pero exige de uno que la busque.
No grita nunca su perfume.
La violeta dice levedades que no se pueden decir.



Clarice Lispector (Ucrania, 1920; Brasil, Río de Janeiro. 1977)
(Traducción: Haydée Jofre Barroso)


A violeta é introvertida
e sua introspecção é profunda.
Dizem que se esconde por modéstia.Não é.
Esconde-se para poder captar o próprio segredo.

Seu quase-não-perfume
é glória abafada
mas exige da gente que o busque.
Não grita nunca seu perume.
Violeta diz levezas que não se podem dizer.



IMAGEN: Fotografía de Ana Herrera.





sábado, 2 de mayo de 2009

Aguas de marzo/Elis y Tom/ Clarice y Tom

http://www.youtube.com/watch?v=srfP2JlH6ls




Es palo, es piedra, es el fin del camino
Es un resto de tronco, está un poquito solo
Es un casco de vidrio, es la vida, es el sol
Es la noche, es la muerte, es un lazo, un anzuelo
Es un árbol del campo, un nudo en la madera
Caingá, candela, es matita de pera.

Es madera del viento, alud en precipicio
Es misterio profundo
Es el quiera o no quiera
Es el viento soplando, el fin de la ladera
Es la viga, es el vano, la fiesta del tijeral
Es la lluvia cayendo, la voz de la ribera
De las aguas de marzo, el fin del cansancio
Es el pie, es el suelo, es marcha andariega
Pajarito en la mano, piedra del tira-piedras.

Un ave en el cielo, un ave en el suelo
Un arroyo, una fuente
Un pedazo de pan
Es el fondo del pozo, es el fin del camino

En el rostro el disgusto, está un poquito solo.
Es un tarugo, un clavo
Una punta, un punto
Una gota cayendo, Una cuenta, un cuento
Es un pez, es un gesto
Es la plata brillando
Es luz de la mañana, un ladrillo llegando
Es la leña, es el día, es el fin de la huella

La botella de ron, reventón caminero
El proyecto de casa, es el cuerpo en la cama
Es el coche atascado, es el barro, es el barro

Es un paso, un puente, es un sapo, una rana
Es un resto de campo en la luz de la mañana
Son las aguas de marzo cerrando el verano
Es la promesa de vida en tu corazón.

Es una culebra, es un palo, es Juan y José
Un espino en la mano, es un corte en el pie
Son las aguas de marzo cerrando el verano
La promesa de vida de tu corazón.
Es palo, es piedra, es el fin del camino
Es un resto de tronco, está un poquito solo
Es un paso, es un puente
Es un sapo, una rana
Es un bello horizonte, una fiebre terciana
Son las aguas de marzo cerrando el verano
La promesa de vida en tu corazón.

Palo, piedra, fin del camino
Resto de tronco, está un poquito solo.






CONVERSACIÓN MEDIO SERIA CON TOM JOBIM

Tom Jobim fue mi padrino en el I Festival de Escritores, no recuerdo en qué año, para el lanzamiento de mi novela A maçâ no escuro. Y en nuestro puesto él bromeaba: sostenía el libro en la mano y preguntaba:
—¿Quién compra? ¿Quién quiere comprar? No sé, pero el asunto es que vendí todos los ejemplares. Un día, hace algún tiempo, Tom vino a visitarme: hace años que no nos veíamos. Era el mismo Tom: lindo, simpático, con el aire de pureza que lo caracteriza, con los cabellos un poco caídos sobre la frente. Un whisky y una charla que se fue volviendo más seria.
Reproduciré literalmente nuestros diálogos (tomé notas, a él no le molestó).
—Tom, ¿cómo encaras el problema de la madurez?
Hay un verso de Drummond que dice: "La madurez, esa horrible prenda..."
No sé, Clarice, uno se vuelve más capaz, pero también más exigente.
—No está mal, uno exige lo justo.
—Con la madurez, uno pasa a tomar conciencia de una serie de cosas que antes no veía, incluso los instintos más espontáneos pasan por el filtro.
La vigilancia del espacio está presente, esa vigilancia que es la verdadera vigilancia de uno.
He notado que la música está cambiando con
los medios de divulgación, con la pereza de ir al Teatro Municipal. Quiero hacerte esta pregunta sobre la lectura de libros, pues hoy en día están oyendo televisión y la radio a transistores, medios inadecuados. Todo lo que escribí de erudito y más serio va a parar a un cajón. Que no haya malentendidos: a la música popular, la considero de lo más seria. ¿Será que en la actualidad las personas leen como yo leía cuando era niño, con el hábito de irme a la cama con un libro antes de dormir? Porque siento una especie de falta de tiempo de la humanidad -lo que va a triunfar sin duda es la lectura veloz. ¿Qué te parece?
—Sufriré si eso sucede, que alguien lea mis libros con el método del dar-vuelta-la-página veloz. Los escribí con amor, atención, dolor y estudio, y quería como retorno por lo menos completa atención. Una atención y un interés como los tuyos. Y, sin embargo, lo gracioso es que no tengo ya paciencia para leer ficción.
-Pero, ¡ahí te estás negando, Clarice!
—No, mis libros, afortunadamente para mí, no están saturados de hechos, y sí de la repercusión de los hechos en el individuo. Hay quien dice que la música y la literatura van a extinguirse. ¿Sabes quién lo dijo? Henry Miller. No sé si él quería significar ya o dentro de 300 o 500 años. Pero lo que yo creo es que nunca se acabarán.
Risa feliz de Tom.
-Bueno, yo, ¿sabes?, también lo creo así.
-Creo que el sonido de la música es imprescindible para el ser humano y que el uso de la palabra hablada y escrita es como la música, dos cosas de las más altas que nos elevan del reino de los simios, del reino animal.
-¡Y mineral también, y vegetal también! (Él ríe.) Creo que soy un músico que cree en las palabras. Leí ayer tu El búfalo y la imitación de la rosa.
-Sí, pero está la muerte a veces.
-La muerte no existe, Clarice. Tuve una experiencia que me reveló eso. Así como tampoco existe yo ni el miniyó ni elgranyó, Salvo por esa experiencia que no voy a contar, temo la muerte 24 horas al día. La muerte del yo, te juro, Clarice, porque la vi.
-¿Crees en la reencarnación?
-No sé. Dicen los hindúes que sólo entiende de reencarnación quien tiene conciencia de las varias vidas que vivió. Evidentemente, no es mi punto de vista: si existe reencarnación, sólo puede ser por un despojamiento.
Le pasé entonces el epígrafe de uno de mis libros; es una frase de Bernard Berenson, crítico de arte: "Una vida completa tal vez sea aquella que termina en tal identificación con el no yo que no queda un yo que muera".
-Eso es muy lindo -dijo Tom-, es el despojamiento. Caí en una trampa porque sin el yo, yo me negué. Si nosotros negamos todo pasaje de un yo a otro, lo cual significa reencarnación, entonces la estamos negando.
-No estoy entendiendo nada de lo que estamos hablando, pero tiene sentido.
¡Cómo podemos hablar de lo que no entendemos! Vamos a ver si en la próxima reencarnación los dos nos reencontramos.

3 de julio de 1972

Clarice Lispector
(Ucrania, 1920; Brasil, Río de Janeiro. 1977)


(Traducción de Amalia Sato)


MIEDO DE LA ETERNIDAD















Jamás olvidaré mi aflictivo y dramático contacto con la eternidad.


Cuando yo era muy pequeña todavía no había probado chicles y en Recife casi no se hablaba de ellos. Yo ignoraba qué clase de caramelos o bombones eran. Y hasta el dinero con que contaba no alcanzaba para comprarlos: con el mismo dinero podía conseguir no sé cuántos caramelos.
Al final mi hermana juntó dinero, los compró y al salir de casa para la escuela me explicó:
-Ten cuidado de no perderlo, porque este caramelo nunca se acaba. Dura toda la vida.
-¿Cómo que no se acaba? -me detuve un instante en la calle, perpleja.
—No se acaba nunca, y listo.
Yo estaba embobada: me parecía haber sido transportada al reino de las historias de príncipes y hadas. Tomé la pequeña pastilla color rosa que representaba el elixir del largo placer. La examiné, casi no podía creer en el milagro. Yo que, como otros niños, a veces me sacaba de la boca un caramelo todavía entero, para chuparlo después, sólo para hacerlo durar más. Y heme con aquella cosa rosada, de apariencia tan inocente, que hacía posible el mundo imposible del cual ya había empezado a darme cuenta.
Con delicadeza, terminé poniéndome el chicle en la boca. -¿Y ahora qué hago? -pregunté para no equivocarme en el ritual que ciertamente tenía que existir.
-Ahora chupa el chicle para ir saboreando su dulzor, y sólo cuando se le vaya el gusto empieza a masticar. Y ahí mastica por toda la vida. A no ser que los pierdas, yo ya perdí varios. Perder la eternidad. Nunca.
Lo dulzón del chicle era bueno, no podría decir que excelente. Y, todavía perpleja, nos encaminábamos a la escuela.
-Se acabó lo dulce. ¿Y ahora?
-Ahora mastica por siempre.
Me asusté, no sabría decir por qué. Empecé a masticar y pronto tenía en la boca ese pegote ceniciento de goma sin gusto a nada. Masticaba, masticaba. Pero me sentía a disgusto. Y en verdad no me estaba gustando el sabor. Y la ventaja de ser un caramelo eterno me llenaba de una suerte de miedo, como el que se tiene ante la idea de la eternidad o del infinito.
No quise admitir que no estaba a la altura de la eternidad. Que sólo me producía aflicción. Mientras tanto, masticaba obedientemente, sin parar.
Hasta que no soporté más, y, cruzando el portón de la escuela, me ingenié para que el chicle masticado se cayera al suelo arenoso.
-Mira lo que pasó -dije con fingidos espanto y tristeza. Ahora no puedo masticar más. Se terminó el caramelo.
—Ya te lo dije, repitió mi hermana, que no se termina nunca. Pero una a veces los pierde. Hasta de noche se puede seguir masticando, pero para no tragarlo cuando se duerme se lo pega en la cama. No te pongas triste que un día te doy otro, y ése no lo vas a perder.
Yo estaba avergonzada ante la bondad de mi hermana, avergonzada de la mentira que había tramado al decir que el chicle se me había caído de la boca por casualidad.
Pero aliviada. Sin el peso de la eternidad sobre mí.


6 de junio de 1970
Clarice Lispector (Ucrania, 1920; Brasil, Río de Janeiro. 1977)


(Traducción de Amalia Sato)



ME HAGO CARGO DEL MUNDO




Soy una persona muy ocupada: me hago cargo del mundo. Todos los días miro
desde el balcón el pedazo de playa con mar, y veo a veces que las espumas parecen más blancas y que a veces durante la noche las aguas avanzaron inquietas, veo eso por la marca que las olas dejaron en la arena. Miro los almendros de mi calle. Presto atención a si el cielo de noche, antes de irme a dormir y encargarme del mundo en forma de sueño, si el cielo de noche está estrellado y azul marino, porque ciertas noches en vez de negro parece azul marino. El cosmos me da mucho trabajo, sobre todo porque veo que Dios es el cosmos. De eso me ocupo con cierta aversión.
Observo a un niño de diez años, vestido con harapos y flaquísimo. Tendrá una futura tuberculosis, si es que ya no la tiene.
En el Jardín Botánico, luego, quedo exhausta, tengo que hacerme cargo con mi mirada de las mil plantas y árboles, y sobre todo de las victorias regias.
Que se note que no menciono ni una vez mis impresiones emotivas: lúcidamente sólo hablo de algunas de las millares de cosas y personas de las que me encargo. Tampoco se trata de un empleo pues no gano dinero con esto. Tan sólo me entero de cómo es el mundo.
¿Si hacerse cargo del mundo da trabajo? Sí. Y recuerdo un rostro terriblemente inexpresivo de una mujer que vi en la calle. Me hago cargo de los miles de favelados* de arriba de las laderas. Observo en mí misma los cambios de estación: yo claramente cambio con ellas.
Me han de preguntar por qué me hago cargo del mundo: es que nací; así, todo es de mi incumbencia. Y soy responsable por todo lo que existe, incluso las guerras y los crímenes de leso cuerpo y lesa alma. Soy inclusive responsable por el Dios que está en constante cósmica evolución para mejor.
Me ocupo desde niña de una fila de hormigas: ellas andan en fila india cargando un pedacito de hoja, lo que no impide que cada una, al encontrarse con una fila de hormigas que viene en dirección opuesta, pare para decir algo a las otras.
Leí el célebre libro sobre las abejas, y me hice cargo desde entonces de las abejas, especialmente de la reina madre. Las abejas vuelan y lidian con flores: esto yo lo constaté.
Pero las hormigas tienen una cintura muy finita. En ella, pequeña como es, cabe todo un mundo que, si no presto atención, se me escapa: sentido instintivo de organización, lenguaje que supera lo supersónico para nuestros oídos, y probablemente los sentimientos instintivos de amor-sentimiento, pues hablan. Me hice cargo de las hormigas cuando era pequeña, y ahora, que yo quería tanto poder verlas de nuevo, o encuentro ni una. Que no hubo matanza de ellas, lo sé porque si la hubiera habido yo me habría enterado. Ocuparse del mundo exige también mucha paciencia: tengo que esperar el día en que aparezca una hormiga. Paciencia: observar las flores abriéndose imperceptible y lentamente.
Sólo que no encontré todavía a quién rendir cuentas.

* Habitantes de los barrios pobres, las favelas.


28 de febrero de 1970
Clarice Lispector (Ucrania, 1920; Brasil, Río de Janeiro. 1977)

(Traducción de Amalia Sato)




EL MAR DE MAÑANA




El mar. He dejado de ir al mar por indolencia. Y también por impaciencia con el ritual necesario: carpa, arena pegada en toda la piel. Pero aun así no puedo ir al mar y dejar de mojar mis cabellos. Y, al llegar a casa, hay que quitar la sal.

Pero un día hablaré del mar de una manera más apropiada. Aunque, creo que voy a empezar un poquito ahora. Voy a hablar del olor del mar que a veces me marea.
Tengo una conocida que vive en la Zona Norte, lo cual no justifica que nunca haya entrado al mar. Cuando me lo contó me quedé pasmada. Y me prometí que ella vendría a mi casa para entrar juntas al mar a las seis de la mañana. ¿Por qué? Porque es el momento de la gran soledad del mar. ¿Cómo explicar que el mar que es nuestra cuna materna tenga su aroma todo masculino; y no obstante sea cuna materna? Tal vez se trate de la fusión perfecta de lo masculino con lo femenino. A las seis de la mañana las espumas son más blancas.


10 de marzo de 1973

Clarice Lispector
(Ucrania, 1920; Brasil, Río de Janeiro. 1977)


(Traducción de Amalia Sato)


IMAGEN: El mar en una playa de Rio de Janeiro.




martes, 4 de noviembre de 2008

AGUA VIVA -Fragmento




Ahora adivino que la vida es otra. Que vivir no es sólo desarrollar sentimientos gruesos — es algo más sortilégico y más grácil, sin por eso perder su fino vigor animal. Sobre esa vida insólitamente atravesada tengo puesta mi pata que pesa, haciendo así que la existencia fenezca en lo que tiene de oblicuo y fortuito y sin embargo al mismo tiempo sutilmente fatal. Comprendí la fatalidad del acaso y en eso no existe sino contradicción.
La vida oblicua es muy íntima. No digo más sobre esa intimidad para no herir el pensar-sentir con palabras secas. Para dejar eso, oblicuo, en su independencia desarrollada.
Y conozco también un modo de vida que es suave orgullo, gracia de movimientos, frustración leve y continua, de una habilidad de esquivamiento que viene de largo camino antiguo. Como señal de rebelión apenas una ironía sin peso y excéntrica. Tiene un lado de la vida que es como en el invierno tomar un café en la terraza dentro del frío y abrigada en lana.
Conozco un modo de vida que es sombra leve desatada al viento y balanceándose levemente en el suelo: vida que es sombra fluctuante, levitación y sueños en el día abierto: vivo la riqueza de la tierra.
Sí. La vida es muy oriental. Solamente algunas personas escogidas por la fatalidad del acaso probaron de la libertad esquiva y delicada de la vida. Es como saber arreglar flores en un jarrón: una sabiduría casi inútil. Esa libertad fugitiva de vida no debe ser jamás olvidada: debe estar presente como un efluvio.
Vivir esa vida es más un recordar indirecto de ella que un vivir directo. Parece una suave convalecencia de algo que sin embargo podría haber sido absolutamente terrible. Convalecencia de un placer frígido. Sólo para los iniciados la vida entonces se torna frágilmente verdadera. Y se está en el ínstante-ya: se come la fruta en su vigencia. ¿Acaso ya no sé más de lo que estoy hablando y todo se me ha escapado sin yo sentirlo? Sé, sí — pero con mucho cuidado porque sino por un triz no sé más. Me alimento delicadamente de lo cotidiano trivial y tomo café en la terraza en la finalización de este crepúsculo que parece enfermizo solamente porque es dulce y sensible.
¿La vida oblicua? Bien sé que hay un desencuentro entre los seres que se pierden unos a otros entre palabras que casi no dicen nada más. Pero casi nos entendemos en ese leve desencuentro, en ese casi que es la única forma de soportar la vida de lleno, pues un encuentro brusco rostro a rostro con ella nos asustaría, espantaría sus delicados hilos de tela de araña. Nosotros somos de soslayo, para no comprometer lo que presentimos de infinitamente otro en esa vida de que te hablo.
Y yo vivo de lado — lugar donde la luz central no me tuesta. Y hablo bien bajo para que los oídos sean obligados a estar atentos y a escucharme.



Clarice Lispector (Ucrania, 1920; Brasil, Río de Janeiro. 1977)
(Traducción de Haydée
M. Jofre Barroso)