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domingo, 12 de enero de 2014

Días de 1964



Casas, una embajada, el hospital,
El gastado barrio que, de existir, temblaría
En las charcas nocturnas de la lluvia...
Frente a la calle que conduce al centro
La abrupta colina hacía que algunos se quedaran en el camino
O se la podía ascender en veinte minutos
Para contemplar los paisajes que te dejan sin aliento.
Los pinos creaban un marco para el mar y la ciudad.
A nuestros pies, resplandecían el ciclamen y el crocus
Como finas gotas de sudor entre las reliquias
De los viejos tiempos. Si no el Olimpo,
Una suave delicia que era nuestra todo el año.

De mis caminatas traía a casa algunas flores.
Kyria Kleo, quien hacía la limpieza,
Las ponía en agua mientras suspiraba Virgen, Virgen.
Padecía de sus piernas. Vestido marrón, gorda, y con 50 años,
Parecía una matrona de Palmira,
Una réplica al óleo y pincel. ¡Cuánto te quiso, a ti,
A mí, a todos, al pájaro y al gato!
Ahora creo que ella era el amor. Suspiraba y resplandecía
El día entero, fuera por dolor, por amor o ambos.
(Entre nosotros no había mucha comunicación.)
Vivía cerca, con su madre devota
Y el haragán de su hijo. Sentía que yo era su hijo.

Le respondí con generosidad, ahora lo pienso. 
El amor nos hace generosos. Míranos. Sabíamos tan poco 
Uno del otro, que pasábamos las noches sin dormir, 
Echados y atentos bajo la luz de la lámpara, 
Mirándonos o intercambiando historias.
Una hora regresa: tu entrecortado aliento entre mis brazos
Amorosa o sonriente, o las dos cosas,
Mientras yo recordaba y te hablaba
De lo que había visto al mediodía en mi camino al centro:

Pobre vieja Kleo, sus doloridas piernas
Adentrándose en los pinos. La llamé,
La llamé tres veces antes de que escuchara,
Desde su ajustado suéter azul cielo, su cara
Maquillada. Sí. Su cara blanqueada
Como un mimo, blanca como luna a la luz del día,
Incrustada de perlas, su boca, una hoja de flor de pascua,
Cómeme, págame —la máscara del erotismo
Por todos utilizada como una forma de ilusión
En nupcias con la simple necesidad—.

Absortos nos miramos. ¿Era el amor una ilusión?
Y cada quien tomó su rumbo. De pronto, yo cruzaba la plaza
Donde un mercado ambulante
Con verduras, pollos y alfarería se materializaba
En un sueño grabado por regateros, todos en el fondo
Suspicaces, no sea y los sorprendan y desplumen,
El ave, la flor de ese noviembre desvaído,
El yo perdido por caminos de arcilla, o hallado, firme,
Donde laten los capullos,
Lo mejor aún sin lastimar, el yo de rodillas en el barro.
Frío me detuve, por el bien de los dos.

Ya sereno, de regreso a casa, compré fruta para ambos.

Si llegas a leer esto, perdóname. (Y ojalá pueda Kyria Kleo,
Si alguien lo tradujera al griego
Y se lo leyera en voz alta, perdonarme también.)
Pasé tanto tiempo sin amar,
Que ni siquiera sabía en qué pensaba.

Donde escondí mi cara, tu caricia, pronta, misericorde, 
Vendó mis ojos. Un dios aspiró desde mis labios. 
Si eso fue ilusión, deseaba que durase; 
Que por su diaria dosis permaneciera con nosotros allí, 
Limpiando y regando, suspirando amorosa o dolorosa. 
Esperaba que subiera cuando fuese necesario, incluso 
A alturas de degradación, ya que me parecía 
Que aquellos días estaba siempre ascendiendo

A un mundo de silvestres
Flores, regocijo, lágrimas...¿o era yo quien caía, con las piernas
Dobladas, cumbres, profundidades,
En un charco de lluvia cada noche?
Pero tú estabas por todas partes, a mi lado, encubierta,
Como quien no está, en la risa, en el dolor, en el amor.


James Merrill
(Traducción: Jeannette L. Clariond)


Days of 1964

Houses, an embassy, the hospital, 
Our neighborhood sun-cured if trembling still 
In pools of the night's rain...
Across the street that led to the center of town 
A steep hill kept one company part way 
Or could be climbed in twenty minutes 
For some literally breathtaking views, 
Framed by umbrella pines, of city and sea. 
Underfoot, cyclamen, autumn crocus grew 
Spangled as with fine sweat among the relics 
Of good times had by all. If not Olympus, 
An out-of-earshot, year-round hillside revel.

I brought home flowers from my climbs.
Kyria Kleo who cleaned for us
Put them in water, sighing Virgin, Virgin.
Her legs hurt. She wore brown, was fat, past fifty,
And looked like a Palmyra matron
Copied in lard and horsehair. How she loved
You, me, loved us all, the bird, the cat!
I think now she was love. She sighed and glistened
All day with it, or pain, or both.
(We did not notably communicate.)
She lived nearby with her pious mother
And wastrel son. She called me her real son.

I paid her generously, I dare say. 
Love makes one generous. Look at us. We'd known 
Each other so briefly that instead of sleeping 
We lay whole nights, open, in the lamplight, 
And gazed, or traded stories.
One hour comes back —you gasping in my arms
With love, or laughter, or both,
I having just remembered and told you
What I'd looked up to see on my way downtown at noon:

Poor old Kleo, her aching legs,
Trudging into the pines. I called,
Called three times before she turned.
Above a tight, skyblue sweater, her face
Was painted. Yes. Her face was painted
Clown-white, white of the moon by daylight,
Lidded with pearl, mouth a poinsettia leaf,
Eat me, pay me —the erotic mask
Worn the world over by illusion
To weddings of itself and simple need.

Startled mute, we had stared —was love illusion?—
And gone our ways. Next, I was crossing a square
In which a moveable outdoor market's
Vegetables, chickens, pottery kept materializing
Through a dream-press of hagglers each at heart
Leery lest he be taken, plucked,
The bird, the flower of that November mildness,
Self lost up soft clay paths, or found, foothold,
Where the bud throbs awake
The better to be nipped, self on its knees in mud—
Here I stopped cold, for both our sakes;

And calmer on my way home bought us fruit.

Forgive me if you read this. (And may Kyria Kleo, 
Should someone ever put it into Greek 
And read it aloud to her, forgive me, too.)
I had gone so long without loving, 
I hardly knew what I was thinking.

Where I hid my face, your touch, quick, merciful, 
Blindfolded me. A god breathed from my lips. 
If that was illusion, I wanted it to last long; 
To dwell, for its daily pittance, with us there, 
Cleaning and watering, sighing with love or pain. 
I hoped it would climb when it needed to the heights 
Even of degradation, as I for one 
Seemed, those days, to be always climbing

Into a world of wild
Flowers, feasting, tears —or was I falling, legs
Buckling, heights, depths,
Into a pool of each night's rain?
But you were everywhere beside me, masked,
As who was not, in laughter, pain, and love.




James Ingram Merrill, poeta norteamericano, Nació en Nueva York, en 1926 y murió en Tucson, Arizona, en 1995. Su poesía posee dos cuerpos distintos de trabajo: (si profundamente es emocional) poesía lírica pulida y formalista de su carrera temprana, y la narrativa épica de la comunicación oculta con alcoholes y ángeles, que dominó su última etapa, la del libro: "La luz que cambia en Sandover"Autor de una infinidad de volúmenes de poesía, uno de ensayos, dos novelas, dos obras de teatro y unas memorias, Merrill es uno de los grandes poetas que ha dado la lengua inglesa en el siglo XX. En los últimos años recibió dos National Awards por sus libros Nights and Days (1967), y Mirabell: Books of Number (1978); el Bollingen Price in Poetry por Braving the Elemente (1972); el Pulitzer Prize por Divine Comedies (1976), y el National Book Critics Circle Award por The Changing Light at Sandover (1982).






martes, 10 de septiembre de 2013

El vaso roto















Decir que alguna vez contuvo margaritas y campánulas
        Es ignorar de algún modo
Su brillo indeleble, donde, en añicos contra el suelo, 
Yace el ancho vaso como si acogiera al sol, 
Orladas sus verdes hojas, deshecho su entero resplandor, 
Esparció su vidriada integridad por todas partes;
        Liberados espectros hablarán 
De un florecer más frío donde roto quedó el frío cristal.

Aunque fragmentos se desplomaron de la unidad al caos,
        Cada arista retiene 
La nota opalina de la imperfección 
Cuyos rayos, asimétricos, emitirán 
Más de una red de ángulos de luz 
Que al anochecer se dirijan hacia puntos ilesos
        Y esbocen en la estancia 
Las posibilidades del fuego y su aceptación.

Las generosas curvaturas de vidriado artificio
        Dan fe de su pureza 
En unidades lúcidas. Libre de estas, 
Como el amor triunfa sobre la irrelevancia 
Y construye armonía de disonancias 
Y de algún modo vive entre nosotros, roto, como si
        El tiempo fuera un vaso roto 
Y nuestra última alegría asumir que no se puede remediar.

Astillas presagian ruina desde el suelo, 
        Cortan estructuras en el aire, 
Delimitan, como ojos o brújulas, un rostro
De matemática fijeza, haz de luz
En cuyo círculo podemos colocar
Todas las soledades del amor, espacio para el rostro del amor,
        Reverdecidos proyectos de amor, 
Los monumentos del amor como lápidas en nuestras vidas.




James Merrill (E.E.U.U., New York, 1926, Tucson, Arizona, 1995)


(Traducción: Jeannette L.Clariond)

The Broken Bowl


To say it once held daisies and bluebells
      Ignores, if nothing else,
Its diehard brilliance where, crashed on the floor, 
The wide bowl lies that seemed to cup the sun, 
Its green leaves curled, its constant blaze undone, 
Spilled all its glass integrity everywhere;
      Spectrums, released, will speak 
Of colder flowerings where cold crystal broke.

Glass fragments dropped from wholeness to hodgepodge
      Yet fasten to each edge 
The opal signature of imperfection 
Whose rays, though disarrayed, will postulate 
More than a network of cross-angled light 
When through the dusk they point unbruised directions
      And chart upon the room 
Capacities of fire it must assume.

The splendid curvings of glass artifice
      Informed its {lawlessness 
With lucid unities. Freed from these now, 
Like love it triumphs through inconsequence 
And builds its harmony from dissonance 
And lies somehow within us, broken, as though
      Time were a broken bowl 
And our last joy knowing it shall not heal.

The splinters rainbowing ruin on the floor
      Cut structures in the air, 
Mark off, like eyes or compasses, a face
Of mathematic fixity, spotlight 
Within whose circumscription we may set 
All solitudes of love, room for love's face, 
      Love's projects green with leaves, 
Love's monuments like tombstones on our lives.




domingo, 20 de marzo de 2011

LA CURA DE UVAS





















Durante dos días aliméntate con agua. La tercera mañana
bebe agua y come, unos veinte minutos después,
la primera de tus uvas. En tantas semanas como necesites
estarás curado. Lo que ocurre, sencillamente,
es una purgación, la inanición, no de tí, sino de lo que
se nutre de tí, cuelga como un cangrejo de tu corazón.
Los primeros días tienen cierto sabor; en una copa de hueso,
miel silvestre, langostas, el almuerzo del grácil ermitaño,
y porrones enfriándose entre paredes; el verbo
de Handel en un estrellado desván haciendo sonar
la pregunta acerca de cuánto necesita uno,
lo cual es una gran travesura para un hombre serio.
Y el rubicundo coloso que te había custodiado
se mueve hasta una columna sobre tales serpenteantes arenas
donde su ausencia planta el resplandor arrancado
de ese lugar por tardíos visitantes. Y sólo entonces,
con la postrera ilusión de que cualquier cosa importa,
perdida como una moneda falsa, sobrevienen tal languideces
que tironeado en dos sentidos a la vez por la distante estrella llamada Plenitud y el desnudo planeta Menguante, tu cuerpo aprende cómo está encadenado al miedo. Aprendes que necesitas una sola cosa que, comprimida contra tu paladar, todavía no es deleite, ni siquiera la esperanza de ello. Tu cuerpo es como una costa
al anochecer, en cuyos mórbidos bajíos, negros y mendigos
dispersos con sus guaridas a cuestas.
arden como las ciudades de la antigüedad sorprendida
por una vez sin la pátina del tiempo;
y en la marea alta, aunque atractivas, sospechosas aún,
aduladas, pero (aunque sospechosas) apreciadas
por miedo de que todo fracase: por miedo de que cuando Handel
cese
las atentas bestias no se hayan apaciguado:
o miedo de que, mañana por la mañana, cuando el sol
cruce de un tranco las viñas, un hombre enfermo pretenda
de algún modo que de ese aire cristalino
el oro no pueda ser compasión, ni el marfil caridad.





James Merrill (E.E.U.U., New York, 1926, Tucson, Arizona, 1995)

                                                                                            (Traducción de Alberto Girri)






viernes, 7 de noviembre de 2008

CHARLES SE INCENDIA



Otra noche nos arrellanamos discutiendo
las apariencias. Y el consenso fue
que mientras una desusada, buena apariencia física
continuaba, como antes, botando a uno en la vida
(entre sus vaporosos remolinos y falsas calmas),
aun así, como dijo uno de nosotros, hablando hacia su barba,
"sin tus valores intelectuales y espirituales,
hombre, no haces más que hundirte". Todos cuadramos
los hombros ante nuestra propia falta de encanto.
El muy sufrido Charles, que cocinara y sirviera la comida,
ahora trajo unas copitas bellamente talladas
que llenó de un licor ambarino y luego repartió.
"Mira, dijo el mismo joven, en París de Francia
lo hacen de esta manera" -poniéndose de pie
y acercando un fósforo a la copa llena de nuestro anfitrión.
Una llama azul, mansa, hermosa, subió, cubrió
la superficie. En un silencio que cayó
oímos que se agrietaba el recipiente. El contenido se vació
como alguien debería descender de un coche de cristal.
Camarera de espirituosidad, la brillosa mano de Charles
de repente se cubrió como con un guante de misterio.
El momento pasó. Dio dos barridas rápidas
y volvió a ser de carne. "No importa en absoluto",
dijo, pero lanzó una mirada escandalizada, inconsciente,
hacia el espejo. Al no encontrar nada cambiado,
volvió a servirse otra copa y se hundió entre nosotros.



James Merrill (E.E.U.U., New York, 1926, Tucson, Arizona, 1995)

(Versión de Rolando Costa Picazo)





jueves, 17 de julio de 2008

ESCENAS DE LA INFANCIA


Ya extinta la lámpara de mi madre
Aprieto un interruptor diferente:
Una luz dentro de la delicada
Pantalla blanca de pronto se enciende,
Vibrando al rapto
Del chirrido mecánico
De mosquitos y grillos
De un campo real a las doce del día.

Hacia su corazón veraz me muevo
Con el corazón entreabierto,
Con los ojos que escuecen menos
Por el calor o el polen
Que por el día sepultado,
Ahora elevándose como la luna,
Brillante, que despliega
Su tirante sábana blanca.

Dos o tres insectos que más temprano
Alumbraron con su brillo el espacio,
En la apacible inestabilidad,
Duermen como ella y yo
No podemos hacerlo,
Bajo la inundación
Suscitada hace treinta años
—Un árbol, una casa,
Que tuvimos entonces, un crepúsculo,
Una puerta de donde salen
Personajes centrales, imprecisos
Y espasmódicos como insectos
Encendidos que emiten las linternas,
Fácilmente tomados por estrellas,
O por destinos. Con sonrisas cómplices
Y los hombros encogidos en óvalo

Mi madre y mis dos tías
En la pantalla aparecen. Sus cejas
Fruncidas y depiladas, sus brazos
Cruzados. Sus pálidos labios
En movimiento.
Desde la penumbra del canapé
A mi madre con el pelo ya blanco
Se le escapa una risita callada

Cuando ve, en aquella luz final
La sombra de un hombre que sube sobre
Su vestido. Y ahora ella
Avanza, sin su hermana,
Seguida por un niño
Hermoso, o enfadado.
Soy yo, a los cuatro años,
En lágrimas. Levanto el puño,
Golpeo, ella se arrodilla.
La sombra del hombre nos entristece
A ambos. Su voz atrás de mí me dice
Que eso podría ir más despacio.
Me ocupo de los controles. La película
Se atasca. Nuestro viejo proyector
Violentamente ilumina la escena
Que enseguida se incendia.

Perplejos, vemos cómo nos volvemos
Rojos y negros y nos elevamos
Convertidos en humo
Que ahora serpentea a través de intensos
Rayos de luz. Los apago. Silencio.
Tu padre, observa ella,
Tomó esas fotos. Y enseguida dice,
Muy dulces sueños,

Y se levanta y se va. Poco a poco
Me desvanezco y empiezo a sentir
Frío. La noche me dispersa
Con verdes susurros, finos lamentos.
Allá fuera, entre los pinos
Han empezado los brillantes hechos,
Algunos bajos, inconstantes (esas
Podrían ser luciérnagas),

Otras, como en un viento fuerte,
Parpadeantes, siguen iluminadas.
Hay noches que parece
Que cabalgamos con cruz y corona,
Por debajo de ellos, a través de humos,
Espirales, toda una épica rápida
—Únicamente para dar el salto
Clarividente desde el edredón,

Desde el sueño a lo que hemos visto.
Papá poco a poco desaparece.
—Fue él quien enfocó tu vida entera
En pequeñas monturas;
En su microscopio, ahora hundido
En terciopelo morado, primero
Me enseñó los cráneos de las moscas,
La piel, las llamas

Que graban las mandíbulas— papá
Reducido a nuestro tamaño auténtico.
Cada mañana, detrás de nosotros
Los campos se lamentan y relucen.
Salir fuera es caer en hechizos
Frescos, heladas telas, y en el canto
Mordaz de la trama nueva de cada
Día, todo el verano

La pequeña galaxia
Cerca de mi cabeza
Me obliga a regresar.
Con la maldición con la que empezamos
El día me puse a correr,
Tontamente, como ellos,
Pero aspirando y espirando el sol
Y el aire que yo soy.

¡El hijo y heredero!
En la oscuridad que me quita
La respiración y me hace escuchar,
Escaleras arriba,
La suya —ese silbido débil
Que se escapa, como lo hace la vida,
Hacia el espacio,
Habiendo llevado sus personajes
Hacia el abismo de la noche.

Inmensamente inmóviles los cielos
Relucen. Un camino ancho de vagas
Estrellas flota a la deriva,
La piel desollada de todos
Aquellos cuyos ojos fríos
Primero nos dijeron, encerrados
En los nuestros: vosotros sois los héroes
Sin nombre o sin origen.

James Merrill (E.E.U.U., New York, 1926, Tucson, Arizona, 1995)
Traducción de Manuel Viada