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jueves, 16 de julio de 2026

NUCA


Selección de algunos Fragmentos


Porque la luz visible acontece haya o no ojo, 
así como cualquier tipo de radiación electromagnética 
“recarga energías” al traspasarlas a los cuerpos 
habitados que alcanza. ¿Hablarle de éxtasis al 
anautómata? ¿Éxtasis no incide en forma molecular? 
¿Neurona-espejo en aras movedizas del trance? 
Si hablar del éxtasis plantea un imposible-po-
sible, es aquél, en todo caso, y apenas ello, a-estatus, 
lo que nos habla, los que nos hace hablar (a 
veces sin voz o con voces fugacísimas), nos vuelve 
hablados, acaso habitados por las murmuraciones 
de entidades idas y venidas.



Y si hay un ser de potencias no arrasadas que se 
arrastra entre el sonido o la resonancia, entre el 
ataque y el eco, ello acontece por mor de este limo, 
limar, dado en llamarse conciencia. Conduce susodicha 
a la urdimbre exacta entre sonido y silencio; 
ambos elementos inseparables, una y misma 
materia. Inextricable, pero vibrante. Inabarcable 
de un vistazo lienzo pero recorrible diorama a medida 
que se sueltan prerrogativas cognoscentes y 
pretensiones retentivas. Y en tránsito siempre, 
desde el punto del desplazamiento hacia las mil 
posibilidades a la redonda, hacia las amplitudes 
envolventes al desenvolverse e irradiar ¿imágenes? 
¿imágenes verbales? ¿imágenes transpersonales? 
¿velocidades imagínales? ¿viajes intermoleculares? 
Destellos cenestésicos que enhebra la 
nebulosa de la imagen poética mientras se desenvuelve 
como una voz que avanza a pesar de las resistencias 
doctrinarias del espejo neurona!, con su
historial de adiestramiento. Viene, pronuncia lo 
que se le canta y se le ocurre lo que con precisión 
le ocurre. Quien ahí se apercibe se precipita, ya se 
reencuentra dentro. Recinto deslizante del ser, o, 
mejor, del siendo. Ése que se es, no por fatalidad 
sino por fuerza del deseo, cuya entrega es entre 
todavía y aún, para eclosionar al aunarse, más y 
más, en la lumbre oscilante del ser íntegro y ameboidal, 
singular-plural, irrepetible y corriente.



(Dicho sea y no de paso: perentoreidad en la denuncia 
de ciertos asistencialismos morales pretendientes 
a la regulación administrativa de las 
energías creadoras, en pos de la producción del 
Sentido. Y es que estar es a pesar de la mayusculación 
en absoluto, la cual atropella al matiz e instala 
premisas pro-mentalidad reprimiendo intuiciones. 
Y esto acontece también al filo de las escrituras, 
supuestos pensares, intervenciones de/a 
palabra. Imperio por ejemplo del discurso sobre 
el trance, en vez del trance en cuestión, en que ya 
no se sabría quién discursea o si siquiera hay, en 
efecto, alguna situación en la que algún discurso 
(u oyente receptor del tal) sería útil o medianamente 
necesario. Quizá por eso Perlongher hablara, 
en su recodo experiencial, de la poesía como 
un trance leve, pero al fin y al cabo trance, todavía. 
Y es que en la verbalización poética, tan cerca de 
la música del sentido y en plena sinestesia, asoman 
pensares adiscursivos, racionalidades otras.)



Lo sabe corporalmente quien se manda mudar hacia 
potencias germinales. Así sea un momento y 
deshilaclie. Pensar y sentir no serán andariveles 
separables y que es por eso que puede hablarse de 
iridiscencias o dinámicas fluviales —más el vasto 
rango del cumplimiento analógico— para referir 
todo aquello que acontezca en el punto central y 
concéntrico de la nuca, azogue que no se puede 
raspar. Se carece de herramientas, las uñas necesarias 
para ese rasgueo no son las que crecen desde 
el cuerpo maquinizado del autómata social en 
funciones, sino en el hondo anonimato de quien 
en carne viva se percata, entre las vibratorias generales 
y las que puede dirimir, acaso despegarse 
del imperativo “realidad = discurso = sentido”.



El trance poético elude plástica, danzátilmente la 
tiranía del sentido, pues abóle los dispositivos y 
fanfarrias del reconocimiento, ahí donde la socialidad 
moraliza —recupera o expulsa— una experiencia 
desasida. entonación extática informa 
en vez de corroborar. O será que el sentido acumulable 
es un sentido de segunda mano, sentido ya 
usado, dispuesto a reciclarse para la utilidad de un 
sistema funcional. Mientras que el sentido poético 
se consumaría en su mismo trance, mucho después 
(un desaprender) y por eso bien antes (un 
recordar) de la consolidación discursiva. Vibratorias 
también a través del tamiz de la escucha flotante 
(Didi-Huberman) la cual más o menos reconstituye 
su enlazamiento de trazos a la misma 
velocidad en que continuamente se desata y deshace. 
El desasimiento del trance puede no ser aún 
la impersona inopinable y acaso inefable del éxtasis, 
pero puede inducir a modos de la confianza en
el estar en que las viejas palabras desgastadas por
el uso recobran su vigencia mágica, en el preciso
sentido de abrir anillado, en la impulsión concéntrica
de un inagotable proceso de despertamiento.



El éxtasis, del que nada se dirá parafraseándolo, 
sin embargo se ofrece transrostro diamantino de 
lo salvaje (y que no se puede salvar). ¿Cómo se sacude 
uno un punto ciego en el centro inagarrable 
de la nuca justo cuando hay eclipse del cerebro y 
el corazón? La flámula sensorial bombea, la ocupación 
indómita de la materia se hace carne y lleva 
y trae al continuo desocupante ocupador. Y por 
eso el lector del poema puede, cual arcaica novedad, 
despreocuparse por las previas del sentido 
que tampoco, porque nada más apuntase a alguna 
conclusión, sería el ulterior— y conducirse 
en pro de una desocupación que favorezca las 
emociones misteriosas.


(Del libro homónimo,
Hekht Libros, 2015)

Reynaldo Jiménez


Reynaldo Jiménez nació en 1959 en Limá, Perú, y reside en Buenos Aires, capital de la República Argentina, desde 1963. Ha sido editor y director de la revista-libro y editorial “tsé-tsé” entre 1995 y 2008. Coordinó la colección de antologías “Poesía Mayor” de Editorial Leviatán entre 1997 y 2001. Integró consejos editoriales de plataformas-e y revistas en soporte papel de Argentina, Brasil, Estados Unidos y Perú, así como colaboró con artículos y poemas en decenas de publicaciones gráficas y electrónicas de América y Europa. Participó en festivales y diversos eventos realizados en Argentina, Perú, Chile, Paraguay, Brasil, Costa Rica, México, Ecuador, Uruguay, Venezuela, Estados Unidos, España y Alemania. Ha sido traductor de numerosos poetas brasileños y responsable de una veintena de antologías y muestras poéticas. Fue incluido en ediciones colectivas y antologías (“Medusario. Muestra de poesía latinoamericana”, “Antología crítica de la poesía del lenguaje”, “Pulir huesos. Veintitrés poetas latinoamericanos”, “Nosotros, los brujos. Apuntes sobre arte, poesía y brujería”, “Jinetes del aire. Poesía contemporánea de Latinoamérica y el Caribe”, “Divina metalengua que pronuncio. 16 poetas transbarrocos 16”, “Déjalo beat. Insurgencia poética de los años 60”, etc.). Se editaron dos antologías de su obra poética: “Shakti”(selección de Claudio Daniel, 2005) y “Ganga”(selección de Andrés Kurfirst, 2006). Publicó —además de libros ensayísticos (“Por los pasillos”—incorporado en el volumen “¡Kwatz!”, compartido con Ricardo Gilabert—, 1989, “Reflexión esponja”, 2001, “El cóncavo. Imágenes irreductibles y superrealismos sudamericanos”, 2012, “Informe”, 2014, “Nuca”, 2015; con Reedición y ampliación en 2026: NUCA, , ETC., por la Ed. Libros de la Resistencia, “La inspiración es una sustancia, etc.”, 2016, “Intervenires”, 2016, “Arzonar”(2018), entre otros)— desde 1981 los siguientes poemarios: “Tatuajes”,“Eléctrico y despojo”, “Las miniaturas”, “Ruido incidental / El té”, “600 puertas”, “La curva del eco”, “La indefensión”, “Musgo”, “Sangrado”, “Plexo”, “¿Cómo llamar a un tigre?”, “Esteparia”,“Piezas del tonto”, “Funambular”, “Ello inseguro”, “Antemano” y“Olla de grillos”.
(Biografía tomada de la Entrevista realizada por Rolando Revagliatti ) :  http://eurasiahoy.com/19052018-reynaldo-jimenez-sus-respuestas-y-poemas/

Pueden LEER todos los poemas del autor en esta Biblio.: AQUÍ





 

viernes, 6 de septiembre de 2019

FUNAMBULAR



















La telaraña inhóspita del yo recuerdo.
¿Es un lugar común? Es una pita.
Hilacha que se conjuga con fuga.
Mirar que dispensa en ácida dulzura.

Decirte toda la verdad perdido juicio sería.
Tino me sobra y supura por los pocos poros.
Distingo apenas cortinado de párpado.
Me comen los pensátiles dispendioses.

No tengo objeto sino el sujeto giratorio.
Dóblome en edad de aquel que habito.
Pero persigo el signo espatulado, añico.

Ahí te veo. Ahí te espero. Ahí disuelvo,
insegurísimo y ligero. Ahí ahí te conocí.
Una tarde que del futuro volvía.



Es día solo junto a la hoguera. De pronto
te he visto en la mirada. Y no es que entienda
nada, ni un alga de allá, en tu riada,
mientras se salta la risa que nada ataja.

Abres la palma y la semilla diseminas.
Pero la sílaba al salir de tu mirada era
vívida y ardía y venía en calma. El biombo
de fondo negro con los nácares astrales

se derrite, se consume, es una vela, toda
la noche en vela, y la secreta sonrisa,
primera luciérnaga encendida por el mirar.

Porque así como asimila una semilla,
asperja la curiosa luz que te encuentra.
Y te descubre despierta, contigo vibra.

  
Las hojas nuncias de aniversarios,
nadie las fija, van con el suelo.
Indómitas nubes siguen la corriente.
A solas en casa de todas las cosas.

Hablan de vos pero me tratan de tú
y traen este presente que nos regala,
quién sabe quién, vida mía que vibras
en la fibra serpentina luz.

Aferrar es a tu lumbre y hambre
mediterráneo como carnero a roca.
No es de pronto que se va miedo

pero se lía al papelito de fumar.
Esta conciencia es coincidir,
amada más acá de cualquier mente.


 (De: Funambular, Cástor y Pólux, 2017)

Reynaldo Jiménez  (Limá, Perú, 1959 -Reside en Buenos Aires, desde 1963)



miércoles, 4 de septiembre de 2019

SANGRADO





















ZOOPSIA
Esto no es un libro
Paul Gauguin





HUNDE LAS CUATRO PIERNAS EN LAS OLAS,
el aliento en cuanto duda las medusas cortan,
roen para nunca la veta anfibia del sombrero,
ha enloquecido, se ve, quien por amor viviera
y aún supervive, ante estas sordas crestas,

al espectro origen que ronda, la caracola
continúa: distinta igual a lo que el manto
de espuma impone a su abandono, cangrejal
de dioses enredados para imantar el pelo
de fronda de las furias y desatar el sismo

donde nada, sino el anzuelo mismo del unánime
espasmo, de cabeza al alga, cabe, aura espejo
al doble cruce que transborda. alzado el cuervo
de la mano (oidor el día), de íntimo mar
cuyo ritmo enamorado no se agota,

deriva la flotante memoria, relámpago las dunas,
da la podre la nota, no más real que una otra cosa,
y aún alguna gloria matutina sobre el pétalo dado
de una sola rosa, en equilibrios vientos, enloquece
por ser nadie, un momento, ludibrio en lugar

de la corriente, lemniscata fría las más veces
remolino, saca a pasear encinta la felina cifra,
cría o hálito habitante acuático del acto, rasguña la sirena
rasa de proa cuya madera de polícroma
marea principal de la trama, don de respirado
alter, ya descífrase.
en la canoa ona de las mezclas, ambas
personas pierden piernas y navegan, se ve,
por amor van superpuestas a la entrega.
  
 (De SangradoBajo la luna, 2006)


Reynaldo Jiménez (Lima, Perú, 1959- Vive en Buenos Aires desde 1963)

IMAGEN: Pintura de Paul Gauguin-“Fatata te Miti” , Tahiti, 1892.



lunes, 2 de septiembre de 2019

NO SÉ TU SINO





















No sé tu sexo sino el desliz
Sino perdidizo no sé tu eco
Si no es tu eco será el rocío

El ocio minucioso del minúsculo
trastorno intercambiar en carne
propia la pulpa recién despierta

Postrimerías de la jugosa noche
Pronto albor no abolirás la máquina
de filtrar este parloteo de gotas

Ser el gotero el recipiente pendiente
de tu lóbulo ola del ardor la bocamaga
No sé mirarte ni confiarte estas secretas

Adonde cicatrizan dibujos más que ajustar
Dama de lotos del códice pasajero me inclino
en la veranda del vermut donde se junan lobos

Sin espaldas en lodo cada recodo de bobera triza
el ocular globo oculta ahúma suma confitura al recoveco
Cada eco que inclínase hace nacer al abismo

Transparencia don de la estrella
Al remontar a Venus por el lomo
Pendiente de tu hombro de cruda

(De: Olla de grillos)

NO ERA NECESARIO DOBLEGAR EL DOLOR,
apagarlo como a un fósforo —efímera
eficiencia de los frotes— contra el pavimento
o la impavidez del contacto prisionero
de un esmerado amor por el cero,
por el afeite del gesto, por las dunas
que adensa la mano con su gasto,
cuando tocar no encuentra salida
sino en todo entrada y troca su canción
con la oración del espejismo,
la entrañada luz de los azotes veloces,
roces se dirían abismo, porque no da
descanso la calma diminuta que rocía
con las simientes del vuelo, con el celo
del azoro y el ardid y desnudez continua
que es esta vez y siempre una corriente
lunar mezclándose al semen, allá
en las cosas o acá en la serie
del cemento: tras de la agitación
palpita de traje la pulpa de un latir, Vía
Láctea, branquia, pepita, célula
del nadir, brazada del nadar
sin océano en el fondo y sin mirada.


(De Sangrado
Bajo la luna, 2006)

Reynaldo Jiménez (Lima, Perú, 1959- Vive en Buenos Aires desde 1963) 







viernes, 12 de junio de 2009

objetos sin nombre...




Había en aquella habitación unos objetos por completo neutros, sin utilidad. Permanecían posados entre los ilegibles muebles y las demás cosas en la penumbra. Con esa seguridad más bien parca de lo que yace sepultado por la espuma de una espera. Desencajada toda posibilidad de reconocer la mínima inminencia de revelación. En efecto: aquella mujer había estado señalando, casi con distracción al principio, hacia unas rocas que brillaban -en acuática pero precisa geometría- en relación a ciertas nubes que justo entonces parecían salpicarlas con sus sombras, humectando a lo lejos la oscilante quietud de los peñascos. A la certidumbre de su gesto, destreza que a su insignificancia ha regresado, acompañaba la totalidad del brazo. Destreza de ilusionista, baile de calma ante el despeñadero de la propia voracidad. Con su mirada curaca recorrió otra vez aquellas montañas adonde había sido feliz. Tomó algunos de esos objetos sin nombre y empezó a sacudirlos, formando combinaciones aéreas de recintos cóncavos que respondían en materializadas ráfagas al unísono de golpes percusivos. Con los nudillos, tobillos, la cabeza a veces, la neutralidad de aquel amontonamiento insensato de vestigios, agujeros negros entre las constelaciones del sitio, cobró relieve tras el aspecto instantáneo. Era ése su momento; tiempo para picotear la oportunidad. Sus desplazamientos —en su apariencia errátil viraje- involucraban la exhalación de esos sonidos entrañados. Había cesado toda nostalgia, todo sentimiento noble u obsceno de pérdida o falta. Semejante inadvertencia para integrar cada gesto en alguna ordenación u oración indeleble -más bien la mediadora despedía el olvido de toda luz que no viniera del cuerpo en su cóncavo de letanía envolvente- implicaba una suerte de danza. Aquellos objetos suyos no tenían objeto; ésa era la única explicitación posible cada vez que la música no abriese más allá de toda asechanza. Pues entonces se nacía al lugar. Desaparición en vez de ligadura. Abdicación de la memoria, es cierto, pero bajo la clave imantada de un destino. Ella precisaba en su gesto su destino; lo tornaba crudo como seguramente había de ser su naturaleza. Aquella mujer, en su incan-tacíón hacia la danza última se disolvía en ella misma, para dejar de ser lo que había creído, lo que había sido en enloquecedora fijación —y siendo cada vez menos ella misma se hacía prismática. Jugaba con fuego. Movía el brasero de flujos, la llamada de su influencia. No era sólo mutación de su evidencia, sino evidencia impávida de su acontecer para siempre. ¿Para siempre? Miré yo también desde el nicho de la abertura. Las rocas deslizantes rodeaban el palacio de adobe, el laberinto de las insinuaciones a través de cientos de patios y ventanas, de corredores de insomnio y pasadizos de velocidad soterrada. Las rocas de las montañas. Ella cantaba. Las rocas de las montañas. Se desprendía de sí. Las rocas de las montañas. Se iba hacia sí. Las rocas de las montañas. Se despedía, se hacía brisa. Las rocas de las montañas. Se conjugaba. Las rocas de las montañas. Despeñaba su canción. Las rocas de las montañas. En su gesto la vida entera. Las rocas de las montañas.



Reynaldo Jiménez (Perú, Lima, 1959 -Vive en Buenos Aires, desde 1963)



IMAGEN: Pintura de Paul Cézanne.




domingo, 14 de septiembre de 2008

LA TERRAZA FELIZ

A Pedro Cugnasco


LAS AVES carecen de centro
mientras vuelan: la bandada
que las sostiene
las dispara.


alrededor, la inmovilidad
de la convulsión
de las torres.


cargadas con familias
lejanísimas, si alguien mira,
pero como quien mira
la gozosa turbulencia de
la claridad.


es, siempre, un instante:
luego cesa.


las aves se repliegan
en el punto
en que se expanden.


un instante en que,
increadas, desaparecen,
o casi.


pero vuelven,
giran, movidas apenas
por un remolino
abierto que no tiene
principio.


el desierto puede ser
esta extensión sin motivo

aparente: sin sombra, todavía,
mientras conversamos.


selva es

la aridez aparente
donde se vela
y se ve.


vienen las aves
que no vuelven
ni parten: comen
nuestras voces.


y soltamos el nudo
y la servidumbre
cesa.


nada de lo dicho así
como nada de lo visto
así como nada
de lo sospechado.


en la terraza donde se es
porque se está feliz.


desierto de lo no
acosado, oasis
la aparente
aridez que ve.


comen: de la memoria
y de la doble ignorancia
de quien pregunta
y pregunta
para no ser
saciado.


en el fondo, corresponden
a esta zona cautiva
de lo que huye, mientras
vuelan y sin embargo la tarde
no cesa.


sólo lo que se atora
cesa: lo que propone,
lo que presenta opción,
lo que castiga y recompensa,
atormenta y seduce y
domestica.


ni el centro voraz
ni la distracción
de la ruidosa

periferia: núcleos virados,
nuestras voces...


todavía, es lo único
que dicen mientras
ilustran la dócil
fragilidad.





Reynaldo Jiménez (Perú, Lima, 1959 -Vive en Buenos Aires, desde 1963)