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martes, 7 de abril de 2026

LA CANTERA (Notas del Tiempo)

 


-Selección de algunas notas-



Cuaderno 1


La imaginación es limitada. La gente se divierte de la misma forma y se aburre por las mismas razones.

                               ***
Nadie es como es sino como necesita serlo.

                               ***
La naturaleza sin complejidad es insulsa, no tiene perplejidades.

                               ***
La idea de eternidad me produce angustia. La aceptación de la muerte no me produce angustia sino calma, como si yo no estuviera apto para concebir la vida para siempre. 
El problema es que las religiones fomentan el susto.

                               ***
La vida es soportable porque se la vive de a poco.

                               ***
En el teatro los actores hablan y actúan para otros, pero es lo que no debe notarse.

                                ***
A la poesía le conviene la sobriedad del buen cazador: un balazo por pieza.

                                ***
Cuando se vive en una ficción, es a expensas de la realidad de alguien.

                                ***
Se acumula tanto error con los años, que la única experiencia que sirve es la de la juventud, cuando aún no se ha errado lo suficiente como para que la palabra experiencia no resulte ridícula.

                                ***
Discutir con quien se está de acuerdo es impensable; con quien se está en total desacuerdo, inútil; sólo es fructífera la discusión con quien se está casi en desacuerdo.

                                ***
La historia de una pareja es la historia de sus pactos.

                                ***
A partir de un momento, pareciera que la vida consiste, más que en recordar y olvidar, en meditar sobre ambas cosas.

                                ***
La poesía y el cuento son vecinos, pero vecinos de barrio. Viven cerca, pero no en la misma casa.

                                ***
Las palabras no deben tapar el objeto que mencionan sino facilitar que se lo vea. Que no se sobrecarguen de sí mismas.

                                ***
El exceso de vehemencia en una argumentación viene de saber que nadie convence a nadie. Si supiéramos que íbamos a convencer, seríamos más cautos. Mejor es no ser responsable de que alguien piense como uno.

                                ***
Sabiduría es algo que se logra con la edad: en defensa propia.

                                ***
Las construcciones sobre el más allá son nostalgias de esta vida.

                                ***
Me he distraído un rato y pasaron veinte años.

                        ***
El limbo fue suprimido por el papa Juan Pablo II. Según Voltaire, en su Diccionario filosófico, el limbo fue una creación del siglo V, de Pedro Crisólogo; es decir, duró quince siglos: bastante menos que la eternidad.

                                ***
Una vida “completa” (autosatisfecha) no facilita la creación artística. La literatura parte de una cierta incomodidad, del hecho de sentirse “incompleto”; es la búsqueda de un pedazo que nos falta.

                                ***
Diferencia entre un gran escritor y un buen escritor: los primeros marcan una zona propia e identifican sus fantasmas; los segundos lo hacen con menos nitidez o directamente no lo hacen. Es fácil detectar lo borgeano de Borges, lo kafkiano de Kafka, lo lorquiano de Lorca o lo rulfiano de Rulfo; pero no siempre en otros escritores: buenos, pero no tanto.

                                ***
Toda frase bien construida tiene algo de verdad. Cuidado con lo que se dice.

                                ***
El goteo de nombres famosos en la conversación molesta por lo que tiene de vulgaridad, más que por la jactancia (que también es vulgar).

                                ***
Hay poetas que, a pesar de reconocerles calidad, no escriben para uno.



CUADERNO 2


Una carta de mi madre: “mi salud está como el tiempo, inestable; y yo como el sol, que quiere salir y no puede”.

                                ***
La poesía de Girri encontró su camino utilizando la poesía inglesa y norteamericana (Eliot, Wallace Stevens, etc.) para escribir como si lo hiciera en contra de la prosodia española. Al violentar la elocución y los propósitos de la lengua, obliga al idioma a decir algo distinto y a incorporar un nuevo objeto lingüístico a la poesía de habla castellana.

                                ***
No viene al caso discutir si “los libros sagrados” son o no revelación divina. Algunos hombres de algunas épocas lo creyeron así (tal vez hoy mismo ocurra), y no es sencillo juzgar ese sentimiento. Lo que sí parece es que hoy esa revelación está desactivada: Dios ya no tiene revelación. La ausencia de “arte sagrado”, y su reemplazo por la mera ilustración, sería una prueba.

                                ***
Saint-John Perse: “Tengo miedo de las palabras: no decimos nada profundo que no empiece a sonar como frase”.

                                ***
“La realidad es una locura inventada por la falta de alcohol”: leído en una pared del Metro de Madrid.

                                ***
Ser agnóstico no es sólo poner en duda a Dios, sino a todo lo que no pueda ser probado.

                                ***
El verdadero milagro es la fe.

                                ***
“La pasión no ve la totalidad, sino que recorta y dilata enfáticamente una de sus partes”, Claudio Magris.

                                ***
Mirar con atención es aislar.

                                ***
—Ya que estamos en una reunión como ésta, me gustaría leerles un poema.
—Por suerte no estamos en una reunión como ésta.

                                ***
La filosofía concebida como una selección de lugares comunes, fáciles de aceptar. Tiene la comodidad de refugiarse en lo evidente.



CUADERNO 3


Releyendo la Eneida. Cuando Eneas llega a Cartago, descubre en el templo de Juno la historia de la destrucción de Troya, contada en los frisos. Él mismo está allí peleando contra los griegos. Esto informa dos cosas: 1) la velocidad con que corrían las noticias en el mundo antiguo, y 2) la rapidez con que la historia se transformaba en mito. Concepción mítica de la historia.

***
“Lo poético” en poesía es una antología de lugares comunes que no han sido renovados.

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La gran modificación de Eliot y Pound es haber creado un nuevo tipo de lector: el que puede estar pendiente no sólo de lo lineal de un poema sino de lo estructural, y registra los picos de intensidad que convergen en una situación compleja.

***

La afirmación de Mallarmé de que la poesía se hace con palabras (respuesta a Degas, cuando éste se quejaba de no poder escribir un poema a pesar de estar “lleno de ideas”) tiene réplica en el propio Mallarmé: “Pintar, no la cosa, sino el efecto que produce. El verso no debe, por consiguiente, componerse de palabras, sino de intenciones, y todas las palabras borrarse ante la sensación”. (Carta a su amigo Cazalis, de otoño de 1864, un “domingo por la tarde”).

***
Una contribución del mundo andino al idioma español son los silencios. Lo pongo en plural porque son varios, y cada uno significa distintas cosas. Nunca significan no decir nada, sino todo lo contrario: cargados de sentido y de precisión. El laconismo tiene más significado en un mundo oral, como es el español.

***
“La poesía es el lenguaje en un estado de crisis”, Mallarmé

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El que ha comprobado, o aceptado, que su destino pasa por la poesía, todavía tiene un trabajo fundamental: hacer todo lo posible para que eso sea cierto. Formarse, leer, estar atento y ser curioso; una cierta disciplina tampoco está de más. Que no quede todo en mera gestualidad.

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Detrás de la poesía puede haber (generalmente hay) una teoría que la respalda. Lo que no debe suceder es que la teoría tenga más interés que la poesía. 

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“El filósofo irrefutable no es aquel que no se pueda refutar, sino el que sigue estando ahí después de haber sido refutado”, Northrop Frye. (Lo mismo cabe para el poeta.)

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El secreto de la conversación no es tener algo que decir (cualquiera tiene algo que decir) sino conocer el ritmo y tener sentido de la oportunidad.

***
“La literatura, como todo arte, es la demostración de que la vida no basta”, Pessoa.

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“El amor se alimenta con belleza. En cambio, al odio todo lo alimenta”, Oscar Wilde.

***
“En este lugar, en este momento, la humanidad somos nosotros; nos guste o no”. Vladimir, en Esperando a Godot, de Samuel Beckett


(Del libro homónimo,
Barnacle, 2026,
Envío de Alberto Cisnero)

Santiago Sylvester



Santiago Sylvester (Salta, Argentina, 1942).Vivió veinte años en Madrid y hoy reside en Buenos Aires. Publicó más de treinta libros de poesía, cuento y ensayo, tanto en Argentina como en España. Compiló, entre otras, las antologías: “Poesía del Noroeste Argentino” y “25 poetas argentinos contemporáneos". Los que se fueron”. Sus libros más recientes de poesía: “La conversación” (Visor, 2017); “Llaman a la puerta” (Ediciones del Dock, 2019); “Ciudad” (Pre-Textos, 2020); “Tal vez llegue caminando” (Barnacle, 2024).De ensayo: “Sobre la forma poética” (EUDEBA, 2019) y “Estar de paso” (Visor, 2022). Es miembro de la Academia Argentina de Letras y correspondiente de la Real Academia Española


Pueden LEER poemas suyos en entradas anteriores.



martes, 16 de agosto de 2022

SOBRE LA FORMA POÉTICA (II)


 













 XVIII-Algunos puntos de vista

1. Los riesgos del presente


     Cada vez que tengamos la tentación de escribir sobre poesía, tendríamos que recordar a Chesterton: “nada en esta vida mortal es perfecto, ni la mala poesía”. El punto irónico de la frase parece consecuencia de haberse asomado al momento actual, donde abunda la mala poesía. Dicho así, esto requiere explicación.
    Desde la antigua Grecia, la mala poesía pertenece “al momento actual”. Y es así porque el presente no ha hecho todavía la criba, mientras que el pasado casi no es otra cosa: selección y supervivencia. La mala poesía del pasado ya no cuenta, está olvidada y no es motivo de debate; sobre todo nadie la echa en falta; en cambio la actualidad, revuelta como es, aguanta el dilema de que todo vale o puede valer, los buenos poetas y los malos agilizan sus méritos y justifican sus tareas con mucha sociabilidad; y esto es algo que sabemos. La avalancha de mala poesía que nos deparan talleres literarios, recitales, festivales, revistas, antologías y el mundo digital, forma parte de lo que estamos viendo, y a la vez de la dificultad de juzgar lo que vemos. La mala poesía no es una fatalidad de esta época, sino de todas; es cuestión de moverse en el presente, en cualquier presente, para saberlo.
     Decir que un poema pertenece al pasado no quiere decir necesariamente que haya sido escrito en el pasado, sino que se lo percibe como algo ya dicho: suena a insistencia de algo que conocemos. Flaubert, en una carta a Louise Colet, opinaba sobre un contemporáneo: “Lo leo históricamente, pues es hombre de otra época”. Por otra parte, conviene recordar que no es lo mismo ser original que armar un escándalo, la novedad no es un gesto más bien teatral. Aquí cabe otra afirmación complementaria de Flaubert: un poema bueno pierde su estilo; es decir, deja de ser importante la escuela, la estética que lo ampare y, desde luego, la época.
     Pero hay otra consideración: la idea de buena o mala poesía ha sido cam­biante en la historia. Su labilidad es evidente cuando se recuerda qué poetas tuvieron todas las luces en el escenario de sus respectivas épocas, y qué poetas no salieron de la sombra; y demasiadas veces el tiempo puso a la sombra lo que había estado a la luz, y al revés. Ejemplos hay muchos y las razones son variadas: unas veces se consideró inhábil al que anticipó una energía que sería recogida en un tiempo posterior, y otras gozó fama en vida lo que se estaba desgastando pero aún no se le veía el desgaste. Otras veces sucede que el tiempo es simplemente caprichoso con un poeta. Un buen ejemplo es Góngora, y me refiero sobre todo a lo genuinamente “gongorino” de su obra: las Soledades, la Fábula de Polifemo y Galatea. Fue reconocido y desconocido en vida, imitado hasta el abuso por unos y denostado con saña por otros. Lope de Vega llegó a decir en una carta: “como admiro en Góngora lo que entiendo, no condeno lo que no entiendo”, aunque no se privó de mofarse del barroquismo culterano de Góngora y sus seguidores, imaginando en un poema que Boscán y Garcilaso se sentirían ‘agredidos’ por esas novedades (1) (precisamente ellos, que medio siglo antes habían sido agredidos por las novedades que ellos mismos portaban: una prueba excelente de que el tiempo pasa). Quevedo, por su parte, escribió como epitafio para Góngora uno de los poemas más malignos que puede dedicarse a alguien que acaba de morir (2). Y si esto sucedía con Lope y con Quevedo, podemos imaginar con los demás. Luego cayó por dos siglos en la indiferencia, hasta que la generación española del 27 lo colocó en sitio preferencial y en Latinoamérica fue visitado por poetas fundamentales como Lezama Lima. No sé qué significa actualmente cuando la lectura parece marcadamente funcional; da la impresión de que hoy no tiene mucha chance: dicho con algo de cinismo, la dificultad de su lectura no ayuda a resolver un problema.
     Como ejemplo de signo contrario se puede nombrar a Bukowski y a lo que se llamó “dirty realism” o llanamente realismo sucio. Bukowski ayuda a resolver al menos un problema: su temática nos coloca en el ojo de un tipo de actualidad. El tema de la noche, de la vida difícil, con mezcla de prostitución, alcohol y drogas en el paisaje urbano, aprueba el examen y, por lo tanto, se perciben abundantes huellas de su paso. El realismo sucio se organiza en esa dirección, podría asegurarse que ahí radica gran parte de su sentido; fue tratado con mucho éxito por la narrativa de los EE.UU., y en nuestros países (claramen­te en Argentina) acompaña los problemas, da materia y soluciones literarias, incluso ha creado un costumbrismo, con todas las características de un “ismo”,

(1) Ver el soneto que comienza: “—Boscán, tarde llegamos. ¿Hay posada?"
(2) Empieza y termina así: “Este que, en negra tumba, rodeado/ de luces, yace muerto y condenado,/ vendió el alma y el cuerpo por dinero’’ ...“Fuese con Satanás, culto y pelado./ ¡Mirad si Satanás es desdichado!”
 
que termina recordando aquella advertencia de Enzensberger: “transformar el subdesarrollo en arte es más fácil que eliminarlo”.
     Hay muchos casos de valoración cambiante en la historia de la poesía; lo que es bueno en un tiempo puede ser prescindible en otro y al revés. No hay que descartar, sin embargo, la sentencia de Lautréamont: “No existen dos cla­ses de poesía; sólo existe una”. Es apodíctico, y no se toma el trabajo de hacer aclaraciones: da por cierto que sabemos a qué se refiere; y tal vez tenga razón.
     Quisiera agregar a lo dicho, a modo de ejemplo, que detecto al menos dos versiones que forman parte de la retórica de la época. Hay otras.
     La primera podría caracterizarse así: si no tiene qué decir, dígalo largo. No están convocados aquí los poemas largos que sí tienen qué decir (hay muchos), sino los que provienen, creo, entre otras procedencias, de cierta oralidad: lec­turas públicas, festivales, ciclos, y esa necesidad de escenario, tan actual. Da la impresión de que el asunto se estira más por reclamo del auditorio que de la precisión. Sin embargo, conviene recordar que no es lo mismo poema que “clima poético”. No siempre es fácil discernir entre uno y otro; pero tratando de explicar podría decirse que en un poema, corto o largo, lo evidente es la intención de instalar algo que previamente no había: esto es así incluso por razones etimológicas; en cambio un “clima poético” trabaja con recortes co­nocidos y plenamente aceptados: retazos que se van ordenando en un camino que ya está trazado. Tal vez sea el momento de recordar un adagia de Wallace Stevens: “No es lo mismo tener algo que decir que no tener nada que decir y decirlo de una manera trágica’. Donde Wallace Stevens dice ‘trágica’ hay que traducir en este caso ‘efectista’.
     La segunda se caracteriza por una deliberada inanidad temática, o un tratamiento inane de los temas. Se presenta como poesía que, agotado el rumbo objetivista, ha derivado en poesía de constatación: que llueve o se ha enfriado el café, que el poeta ha perdido las llaves o tiene algún brote escato­lógico con el que quiere asustar. Comida rápida. Daniel Freidemberg habló de “poquitismo”, refiriéndose a lo mismo. He oído una justificación en el abuso de trascendentalismo de la poesía anterior, generaciones dedicadas a algún tipo de altura (política, filosófica, etc.), de modo que podríamos estar ante la vieja aspiración de “torcerle el cuello a la elocuencia” (Verlaine) ; pero el resultado, que es lo que interesa, es otro: contar sucesos más o menos triviales de la vida cotidiana, con el peligro de darle la razón a Cornelius Castoriadis cuando analiza “el avance de la insignificancia”. Sospecho que la trivialidad esconde algún desencanto, y habría que averiguar las razones; la poesía refleja siempre el momento en el que se da, y por lo tanto detecto que la idea base pregona que vivimos una época trivial. Mi opinión es exactamente la contraria: ésta no es en absoluto una época trivial, salvo que se entre por la puerta equivocada. Hay tanta intensidad de pensamiento, revisión de costumbres, incorporación de asuntos y reivindicaciones, que me resulta imposible entender que no vivamos un tiempo de interés abundante. No creo que la reflexión que lo represente consista en constatar que se ha enfriado el café, o lo contrario; aun contando con que poesía se puede sacar de cualquier parte.
 
 
Eudeba, 2019)
 
Santiago Sylvester
 
 
Santiago Sylvester nació en Salta en 1942. Vivió veinte años en Madrid y actualmente reside en Buenos Aires. Sus últimos libros de poesía son Llaman a la puerta (2019); La conversación (2017), publicado por Visor en Madrid, y El que vuelve a ver (2016). Entre otras antologías es autor de Poesía del Noroeste Argentino. Siglo XX, del Fondo Nacional de las Artes. Cultiva también otros géneros como el cuento (La prima carnal) y ensayos (La identidad como problema. Sobre la cultura del Norte). Ha recibido, entre otros, los premios Provincia de Salta, Nacional de Poesía, Municipal de la Ciudad de Buenos Aires, Jorge Luis Borges y, en España, los premios Ignacio Aldecoa y Jaime Gil de Biedma. Dirigió las colecciones "Pez Náufrago” (de poesía) y “Época” (de ensayos), de Ediciones del Dock. Es miembro de número de la Academia Argentina de Letras.
 


domingo, 14 de agosto de 2022

SOBRE LA FORMA POÉTICA (I)


 












(I)

 
Sobre la forma poética
No soy más que un aficionado, un simple curioso, y tengo prisa.
Abate Henri Bremond
 
     No hay placer en ver siempre lo mismo en arte, ni es posible buscar sor­presas donde ya todo es conocido; tal vez por eso la forma poética encuentra un sentido en la mutación y cada tanto propone versos todavía extraños al oído: la forma está en tránsito, esto es precisamente lo que ella misma revela. No viene a traer seguridad o consuelo, no es éste su propósito, sino casi lo contrario. Nos tiene en vilo, apostando a renacer y a modificarse; si cambia el contexto, ella lo acompaña, modifica el lenguaje, abandona palabras y expresiones, e incorpora otras; altera el ritmo, la secuencia, la prosodia, expresando siempre la sensibilidad de cada época.
     Toda época se expresa a través de la forma, por lo que hay una toma de conciencia que integra la construcción poética: una tarea de la forma consiste en dar un paso más.
     Interesa entonces recordar que no tiene una única historia. En Occidente sus características son distintas que en Oriente, y responden a otra sensibilidad. Y sin salir de Occidente, tampoco es la misma en todas partes: hay versiones en el ámbito de una misma lengua y a veces dentro de un mismo país. La variedad es un hecho, aun contando con la globalización, la transferencia de conocimiento, de noticias, y la velocidad de todo.
     Que hay culturas distintas es una evidencia; y que hay consecuencias también distintas es otra. La poesía rebasa una única historia, aun cuando intentemos, como en este trabajo, enunciar momentos clave de su evolución, con pie inevitable en Argentina, y lo hagamos con cierta arbitrariedad como pasa siempre que hacemos una selección; además de mostrar que toda novedad tuvo que abrirse camino, que muchas veces fue resistida, y que debió imponerse para sobrevivir.
 
I- Por ejemplo, Homero
 
     La pregunta acerca de cómo definir un clásico ha recibido respuestas que, sin embargo, no agotan la cuestión. Italo Calvino, en Por qué leer los clásicos, enumera catorce razones que fundan la necesidad (la conveniencia, la alegría) de volver a donde la humanidad ha vuelto siempre.
     Un aspecto señalado por Calvino, que me interesa subrayar, es que un clásico es alguien que sigue hablando después de haber hablado; alguien que no quedó mudo después de la extenuante tarea de haber hablado durante años, o siglos, en lenguas diferentes y para gente distinta. El clásico sigue hablando y, lo que es complementario, cada época sigue escuchándolo, como corresponde a un mensaje destinado a durar.
     Kant aporta otro concepto cuando dice que “en filosofía no hay autores clasicos”; cambia el sentido de la palabra clásico, y nos permite remedar que en poesía tampoco hay poeta clásico: o sigue vigente su mensaje, o sencilla­mente no tendrá mucho interés. Un clásico entendido como tal, con pedestal incluido, suele ser un obstáculo: no ayuda mucho sino que institucionaliza la palabra. Dejo de lado la idea en uso de “lo canónico” porque me gusta me­nos: un canon apuesta por lo inmutable, por lo que no se puede discutir, por lo tautológicamente canonizado, y esto no es cierto en literatura. Si la idea de clásico propende al monumento, la de canon tiende al dogma. Podríamos decir, entonces, que no existe poeta clásico en el sentido de que siempre está interferido por la actualidad, por la avalancha de modificaciones con las que tiene que medirse y salir airoso: un poeta, de cualquier período histórico, no puede encerrarse en sí mismo para sobrevivir, tiene que confrontarse con las épocas sucesivas, hasta llegar a la nuestra. Concebida así, la antigüedad no está reservada sólo como materia de estudio o trabajo de anticuario; aunque no descarto la opinión que describe a un clásico como el que fue transformado en monumento y precisamente por eso ya no se lee. Es una versión algo cínica, pero señala una dirección frecuente. Siempre he tenido, al respecto, la intención secreta e imposible de investigar cuántos poetas, cuántos profesores (no sólo alumnos) de las facultades de letras del país, han leído de verdad el Quijote de la Mancha. Pero dejo de lado esta disquisición porque, como diría Pavese, lastima más de lo necesario.
     La idea del clásico que sigue hablando después de haber hablado sirve para indagar de qué modo poemas fundadores de Occidente, como la Iliada y la Odisea (escritos, para abreviar, por Homero: haya sido éste singular o plural, haya vivido en un siglo o en varios), fueron armados por épocas distintas hasta conseguir a través de un tiempo bastante largo la versión definitiva. Definitiva, si se puede hablar así.
     Durante los primeros siglos de vida estos poemas fueron considerados, además de poemas, libros de historia. Por algo se ha dicho que ambos son la autobiografía del pueblo griego en una época ya mítica; y sus luchas, afrentas, amores y venganzas llegaban con la convicción de que las cosas habían sucedido así, en algún tiempo y en ese lugar. Fue entendido así hasta que el punto de vista cambió; y este cambio, el paso de historia, o narración de hechos históricos, a ser sobre todo poema, fue el primero que les tocó. No sucedió de golpe, sino paulatinamente, y no de una sóla vez para todos los griegos, sino que se dio, como siempre, una convivencia entre creyentes y descreídos, entre los que suponían que esos hechos protagonizados por héroes y dioses eran parte de la historia, tal vez también de una historia sagrada, y los que postularon otras creencias, como Heráclito, Sócrates o Aristóteles. Con ser un paso enorme, no fue el único.
     Se calcula que estos textos fueron compuestos y ordenados entre los siglos XII y VIII antes de Cristo, con el destino inevitable de tener transmisión oral. Así fue hasta que, se supone, Pisístrato dispuso en el siglo VI a.C., uno antes que el de Pericles, recogerlos en una edición “oficial”. Aquella transcripción sirvió para que la composición de ambos tuviera pocas variantes desde entonces. Pero aun así hay que señalar otro cambio sustancial, ocurrido en el siglo III a.C., cuando se dividieron en cantos esos largos poemas que, hasta entonces, habían sido tratados como un único bloque, una larga caída libre de cerca de 28.000 versos. A partir de esas divisiones, ya quedaron estructurados como nos han llegado hasta hoy.
     Pero todavía se puede anotar otra modificación notable, ya no referida a los poemas sino a la lengua en que fueron escritos. No se trataba de una lengua fija sino de un conglomerado de diversos dialectos griegos, elegidos por el atendible motivo de que convenía: conveniencia métrica y estilística (1) Dicho de otro modo, era una combinación artificial” de rasgos que, sumados, terminaron consiguiendo un doble acierto: el primero, que sigamos leyendo aquellas obras, sin que hayan perdido intensidad ni gracia; y el segundo, que esa lengua inexistente por entonces (o con existencia deshilachada) exista desde hace siglos por la fuerza de aquellos poemas. Su poder constructor puede verse en varias direcciones, incluso en la invención de un idioma, que hasta hoy se trata y estudia como griego antiguo.
     Carlos García Guai da cuenta de las traducciones españolas de los poemas homéricos: una sorpresa es saber que no hay ninguna previa a mediados del siglo XVI. Había traducciones al latín, pero no a la lengua llana; y fue Gonzalo Pérez, Secretario de Estado de Felipe II, el que primero vertió la Odisea a endecasílabos blancos, publicada incompleta en 1550 y en versión íntegra en 1556. La ílíada tuvo que esperar más, hasta el siglo XVIII, cuando Ignacio García Malo la tradujo en 1788, una version que según García Guai fue rápidamente superada por la de Gómez Hermosilla, de 1830.
     Tiene gracia el comentario desencantado de Juan Valera, a fines del siglo XIX, al comprobar que sus contemporáneos despreciaban a los clásicos: “Los más atrevidos se van derecho contra el autor (mientras otros acusan al traductor) y decretan que Homero es soporífero; que en la edad bárbara en que vivió, tal vez gustaría; pero que ahora no hay quien lo aguante, y que ni los mismos que lo encomian lo leen, sino que aprenden lo más sustancial de lo que dice algún compendio o manual de historia de la literatura, y suponen que lo han leído y hasta se han encantado leyéndolo, para darse tono y lustre de discretos y profundos”. Parece que tenía razón José Bergamín cuando, en una entrevista que le hice hace años, explicaba que no es cierto aquello de que “cualquiere tiempo passado/ fue mejor”, sino que todo pasado es mejor, porque entonces, cuando fue, era como siempre. Lo que queda en pie son los poemas, listos para ser usados por el que los merezca; y es interesante comprobar que son ejemplo claro de cómo el tiempo actúa sobre un producto que se suponía concluido. No lo estaba. Todavía faltaban etapas que iban a adecuar sentido y forma, tal como los conocemos hoy en todas las lenguas del planeta, con introducciones y notas a pie de página.
 
1. Pablo Cavallero; Homero; Ilíada, Odisea y la mitología griega-, Editorial Quadrata-Biblioteca Nacional; Buenos Aires, 2014.
 
(Del libro: “Sobre la forma poética”,
Eudeba, 2019)
 
Santiago Sylvester (Salta, Argentina,  1942)
 

Imagen: Homero por el escultor francés Philippe Laurent Roland.



lunes, 27 de noviembre de 2017

EL QUE VUELVE A VER
























(insistencia de Pitágoras)

Según la teoría pitagórica 
hasta el silencio es sonido y música: 
no lo advertimos por la continuidad: carece de intervalos: 
el mundo como es: siempre llueve, siempre 
sale el sol,
siempre hay viento, carencia, bienestar: siempre 
hay muerte y vida y otra vez: así 
hasta que cante el gallo 
y después se calle, y amanezca.

                               De pronto
alguien lo advierte
y empieza la cuenta de nuevo: recomienzan el murmullo, la 
   vociferación:
el tributo sinfónico de la disonancia, hasta que de tanto 
   recomenzar
tiene otra vez razón Pitágoras: todo es continuidad 
y entonces ya no se oye 
ni se ve;
hasta que alguien vea de nuevo.



(según Pascal, la mayoría de los males le vienen al hombre por no saber 
quedarse en su casa)


Hay muchas razones para no salir de casa: 
cómo saber qué quiero hacer 
con todas las opciones que nos rodean: 
no es que no prefiera alguna, 
hablo de saber si hay una para mí.

No voy hacer lo que no quiero hacer 
ni voy a hacer lo que no tengo que hacer: el resultado no es 
    el mismo si el motivo cambia: 
no es el mismo color 
si el blanco es por carencia 
o por abundancia: no es lo mismo 
escalón que desnivel:
pobreza que austeridad: es casi lo contrario:
y hablando claro
no quiero tomar sol
ni tomar sombra:
no quiero estar aquí
y mucho menos no estar:
no quiero mojarme
pero menos estar seco: tengo motivos para todo eso.
Lo verdaderamente difícil no es ganar o perder, tener
o no tener razón,
sino hacer propio un argumento
considerando todos los que andan sueltos por ahí.



Santiago Sylvester



Santiago Sylvester. Poeta argentino. Nació en Salta en 1942, estudió derecho en Buenos Aires, residió casi veinte años en Madrid y hoy vive  en Buenos Aires. Ha recibido numerosos galardones entre ellos, el Jaime Gil de Biedma, de poesía, en España. Ha publicado unos veinte libros de poemas: En estos días, 1963; El aire y su camino, 1966; Esa frágil corona, 1971; Palabra intencional, 1974; La realidad provisoria, 1977;  Libro de viaje, 1982; Perro de laboratorio, 1987; Entreacto, antología de la colección ICI-Quinto Centenario, de Madrid, 1990; Escenarios, 1993; Café Bretaña, 1994; Antología poética, en la colección Poetas Argentinos Contemporáneos, del F.N.A., 1996; Número impar, 1998; El punto más lejano, 1999; Calles, El reloj Biológico, Los casos particulares (2014) y EL QUE VUELVE A A VER (2016), entre otros. En 1986 publicó un libro de cuentos, La prima carnal; y en 2013, un libro de ensayos, Oficio de lector. En 1998 realizó una edición crítica de La tierra natal y Lo íntimo de Juana Manuela Gorriti; en 2000 publicó El gozante, antología de Manuel Castilla; Anuarios del tiempo, Selección de Néstor Groppa, y complio las Antologías de la Poesía del Noroeste Argentino, publicadas por el Fondo Nacional de las Artes. 





sábado, 25 de noviembre de 2017

ESCAPARATE EN EL PASAGE VIVIENNE

















No es lo mismo pasear por esta galería 
que pasear por esta galería 
a la hora crepuscular, zamparse una bebida 
también crepuscular
y pararse ante el escaparate de viejas fotos: mujeres 
    frecuentadas,
con una brillante carrera sexual a sus espaldas:
                                                la primera
ofrece su catálogo envuelta en tules 
con dos globos que ocupan el día 
y el lugar:
            la que sigue
tiene un gesto de decir “aquí no duerme nadie”;
                                               otra
ha pactado muchas veces con su vida: hablo de sabiduría: 
    su deshabillé abierto hasta la cintura, su teléfono blanco: 
    lujosa como una cristalería: y no importa si todo eso es 
    simulación
como lo sabe cualquiera que pasea por aquí:
                                           la siguiente
intenta una magia que ya no tiene a su disposición: la falsa 
    juventud de quien, estando en el principio, 
no sabe que ya ha llegado al final;
                                   esa otra,
perecedera como su belleza, está protegida por un secreto
o da lo mismo
por sus ganas evidentes de exhibirlo:
                                     esta señora ya no es joven: 
sostiene la mirada como si la sangre de algún rey de Francia 
    le corriera alegre por sus venas: conoce el secreto de por 
    qué las cosas
son así: un pesimismo estratégico detrás de la cortina;

pero esta chica de cara indefensa
me recuerda mi primera decepción y posiblemente
mi primer fracaso, y alguien vuelve a decirme como entonces:
“ya no pienses más en eso”:
y yo en eso pienso siempre.



Santiago Sylvester (Salta, Argentina, 1942)

(de: "El que vuelve a ver",
2016)


IMAGEN: La galería del Pasage Vivienne, en París.





jueves, 23 de noviembre de 2017

LAS FIESTAS INFANTILES SON LUGARES DE MEDITACIÓN


















Ese niño juega con un camioncito de madera: un buen 
momento para verlo.

Es el centro del mundo, según la madre, la tía, el abuelo y 
     el perro adiestrado;
pero alguien en la escuela, en una plaza, a cualquier hora, 
     le hará saber que no es cierto:
en un instante quedará destruida la tarea de la madre, de la 
abuela, del perro adiestrado
y hasta es posible que el niño no agradezca el esfuerzo familiar.

Jonathan Swift opinó que un niño al horno no sólo es rico: 
     también es nutritivo;
y Wordsworth corrigió “el niño es el padre del hombre”:
dos exageraciones peligrosas como un silogismo: a los dos 
     se les podría contestar en prosa inglesa “cálmese, señor, 
     y termine su té que se le enfría”.


Lo que sí hay es abuso reproductivo: por eso
no piense en la estadística cuando mire a ese niño: se 
    librará del terror demográfico, de las conclusiones sobre 
    el hambre en el mundo, de la masa humana siempre 
    próxima al crimen:
usted sólo quiere una tarde en paz con su familia.

Para ese niño, usted será a lo sumo un buen recuerdo, 
y si realmente quiere serlo, déjele una anécdota:
                                                 usted
para el niño, triste es decirlo, ya está en vías de 
     desaparición: es
una rápida historia que ha empezado a morir: este niño, 
su precioso pariente,
es la prueba más visible: después vendrán los hechos a 
confirmarlo.


(de: "El que vuelve a ver",
2016)

Santiago Sylvester (Salta, Argentina, 1942)



martes, 21 de noviembre de 2017

LOS CASOS PARTICULARES

























(el tiempo pasa en todas partes)


Palabras hermosas sobre la humanidad fueron dichas aquí 
en el siglo XVIII: el barón d'Holbach, Voltaire, Diderot.
El filósofo era un reloj que se daba cuerda a sí mismo, y
      Madame D’Épinay discutió con sus pares de la Academia 
cuando las mujeres bordaban, criaban hijos 
y esperaban un sobresalto erótico en su boudoir.
Hermoso destino el de esta ciudad 
donde no hay abulia del conocimiento.

Por aquí también ha pasado el tiempo: hoy 
nadie mira a nadie, y no es aires de importancia: se trata 
     de un estilo, un dilema de la gestualidad: fijar los ojos 
     crea un desorden instantáneo: modales extenuados por la cortesía.

        Cruce usted una avenida, tome un café, 
compre un libro, una baguette, viaje en Metro, 
y la única mirada directa que recogerá, fiel 
al viejo desenfado de mirar a la cara,
será la de esa chica del cartel que usted conoce: ça change tout, 
sensation de ne rien porter*: un alarde difícil de pasar por alto.

De otra época llega este saludo.

*de un cartel publicitario para vender preservativos.



(la manía de cumplir años)

No es la cantidad, sino que llegan todos juntos: se hacen notar 
por presencia y ausencia: las ocasiones perdidas, el malgasto, 
también el beneficio de lo que ya ha pasado como un tren de 
carga hacia el oeste.

Qué puedo decir ahora de la soledad: que he aprendido 
a estar solo;
de los viajes, que he aprendido a viajar; 
de lo conversado, que he aprendido a conversar; 
y recuerda también que las palabras del amor 
pocas veces son palabras de amor: más bien gestos,
     sobrentendidos, bueno es comprenderlo para saber que 
     tampoco en esto
hubo desperdicio: lo que se ha ido
es porque debía irse, lo que ha quedado es el resumen: saberlo 
para que el oído no se confunda y pueda oír, 
para que el ojo no se confunda y pueda ver, 
para que la memoria no se confunda y recuerde que nada está 
terminado, que en todas partes hay desorden y es una 
suerte: de otro modo no valdría la pena moverse, 
negociar,
saludar al plazo que nos queda.
Hablar de los muchos años
puede terminar en celebración de uno mismo,
por eso me callo y sólo agrego que de los años
espero más años y además
que sea siempre de esta forma,
no de otra.



(dificultades de la convivencia)

No es necesario que estemos de acuerdo: lo extraño sería que lo estemos: el acuerdo inmejorable de los que no tienen opinión:

cómo buscar un asomo de verdad sin ser contradictorio: es posible

que yo tenga razón y que a la vez no tenga: hay un nudo no resuelto que no tiene solución: ejemplo, prometer felicidad
o lo contrario: casi nada se conjuga con el verbo ser: verbo 
    de uso aproximativo: ¿ser feliz? ¿no serlo?: lo más  
    probable
es estar en la confluencia: desalojado entre enraizados, 
    semilimpio y en el claroscuro.


                     Hay
un interés contradictorio en todo tiempo y en cualquier lugar: 
    cómo entonces tener razón 
o no tenerla
si la transformación está en la base: moverse 
es un premio
y ahí vamos enhebrando una idea tras otra 
como el pescador ensarta sus pescados en la lercha.
                    Buenas noches entonces: 
aquí termina el poema.
No hay cómo terminar con el litigio.



Santiago Sylvester (Salta, Argentina, 1942)



IMAGEN: Retrato de Madame D' Epinay (Francia, 1726-1783; escritora francesa y amante dll filósofo Jean Jacques Rousseau.