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sábado, 21 de septiembre de 2024

EL POETA RECUERDA UN VIEJO AMOR AL COMENZAR EL AÑO


 Es costumbre al terminar el año
volverse mirar a los costados
(en otro tiempo
en la casa habitaban tantas gentes
sombras
una aventura de amor fracasada)
otros encuentran que es necesario aclarar estos brindis
de año nuevo porque hay esperanzas que enunciar
mirarse brindar por la libertad y las pequeñas gotas de lluvia
y el amor (tus ojos) y el amor (todas pero
principalmente tú)
hemos viajado diciendo esperando en las cavidades
del mediodía un nuevo cántico para todos y además
en forma ligeramente diferente nos hemos dicho
cuando éramos amantes las mismas cosas que se
dicen los otros
pero ahora se trata de un brindis
y no brindaremos por los recuerdos sino por los
árboles del porvenir
por los nombres del porvenir
para que el corazón y la estrella concurran al esfuerzo
común para que la voluntad sin demasiada violencia
como cosa ínfima
se extienda y apruebe las cosas de este mundo
para que yo (de regreso) después de haber hablado
mucho (una noche cualquiera) compruebe la
fatalidad de la distancia
pero levanta de cualquier manera tu copa porque
siempre hay una palabra que todos pueden
pronunciar y el río sigue moviendo su miedo su
tarde y el puñado de tersos inviolables pájaros
este año y todos los años has acumulado errores sobre
tu cabeza
y pensando crear tu vida sólo la has repetido
(en otro tiempo
abríamos la puerta de mañana
y entraban el sol los sombreros arrojados al viento
por los trasnochadores de la víspera
los ecos de sus conversaciones
y tu risa
aunque hacía tanto que ya no te veíamos)
como en otro tiempo
sin cuadrantes ni altura he llegado muchas noches
este año
ahora yo puedo recordarla suelto
como una fragilidad silenciosa
en este día en esta hora
a otras tierras entregará sus manos
sus ojos han conocido otros combates más cerca de la
piedad o del odio
pero ahora se trata de un brindis
del año que comienza indiferente a su memoria o tus
deseos 

Edgar Bayley (Argentina, Buenos Aires, 1919-1990)


Pueden LEER la biografía y más poemas en entradas anteriores del autor.





miércoles, 31 de diciembre de 2014

CELEBRACIONES





después de los brindis de la noche
de los abandonos
y la exALTACiÓN de los sentidos
quedan en el cajón las llaves olvidadas
y desde la ventana del piso alto
una Rama iluminada cae al mar de los sargazos
donde   flota               suavemente



Edgar Bayley



Edgar Bayley se fue en 1990. Había nacido en 1919. Participó de la revista Arturo y más tarde de Poesía Buenos Aires. Fue uno de los principales agitadores del Invencionismo que en su manifiesto de 1945 afirmaba "El Arte ha sido durante mucho tiempo una renuncia a la responsabilidad, una abstención ante el mundo real. Pero ahora no se trata de embellecer al mundo en la obra de arte o en la imaginación, o de afearlo, o, simplemente, de copiarlo. Es preciso inventar nuevas realidades. ES PRECISO RECONSTRUIR EL MUNDO." Nos dejó los relatos del Doctor Pi, manifiestos, ensayos sobre poesía y pintura (Realidad interna y función de la poesía; Estado de alerta y estado de inocencia), y varios libros de poemas, entre otros: En común, La vigilia y el viaje, El día, Celebraciones, Alguien llama.




miércoles, 16 de abril de 2014

Memorias











3

entro en la cocina
con radichón lechugas
coloco el mortero sobre la mesada
y miro por la ventana hacia el parque vecino


4

voy despacio contando las pizarras del techo 
te llamo en sueños
me alegro de que hayas vuelto 
voy despacio por los años 
por cabellos cortados 
todos los lechos están iluminados 
los jueves a las ocho de la noche


5

una jarra de vidrio verde
es todo lo que tengo pero la conozco bien
tengo sólo esta jarra
me ha quedado ella sola
y es bastante
una jarra vacía
no hace falta
llenarla
ni moverla
está bien allí
y yo estoy bien
mientras la miro
por una vez
los dos
nos comprendemos
en el reposo de ser
cada uno
por su lado


8

me sorprenden en mi oficio
en un andamio
me sorprenden como soy
no me molesta
no soy más que el andamio
esta rama y este oficio


10

qué quieres que diga
qué quieres
antes que amanezca
antes que el mar te arroje su primer manotazo
antes de nacer la espadaña
y de morir la loca
y de trinar
de espantar con un fuelle el badajo de la torre
antes mucho antes
de ser llamado
qué quieres que diga
todo viene después


15

era por aquí
te juro
aquí estaba la puerta ella
tantas veces la tuve
al borde del aire


18

en lugar de estar adentro bajo techo
prefiero salir a caminar aunque haga viento
yo espero caminando
no que el viento se aparte de la calle
o que inaugure una noche sin puentes
yo espero que una mano surja
y me salude
y ponga fuego
una manzana
en el llano del día


20

que cante esta guitarra 
y cante cante y cante 
que la luz sea del día 
y renazca en otro cielo 
en otra infancia 
que yo vuelva a ser tu novio 
y a perderte 
y olvido



Edgar Bayley (Argentina, Buenos Aires, 1919-1990)







miércoles, 5 de marzo de 2014

PRESENCIA DE LA POESÍA




     Descarto, en estas reflexiones y testimonios, las circunstancias en que factores diversos de poder y, por lo tanto, de opinión y prestigio, ajenos a la experiencia poética, confluyen para exaltar, deprimir y hasta omitir una obra de poesía. Aquí se trata de lo contrario: supongo, por vía de hipótesis, que existe una experiencia poética, al margen de tales circunstancias y factores, y procuro, no su definición estricta, lo que juzgo imposible —al menos para mí—, sino una aproximación al territorio de esa experiencia.

     ¿Cómo saber cuándo nos hallamos en presencia de la poesía? ¿Cuál es la razón por la que damos valor a cierta reunión de palabras, de frases, de oraciones, a cierta reunión o asomo de recuerdos, testimonios, experiencias, reflexiones? ¿Por qué nos impresiona el modo como se nos aparecen en un texto? ¿Por qué valorizamos, privilegiamos todo eso? Difícil saberlo. Hay —parece— una cierta universalidad de juicio (o de sensibilidad o de experiencia) por la que dos o más lectores, sin acuerdo previo y, a veces, sin conocerse, ni conocer en modo alguno al autor, coinciden en preferir un texto, en gustarlo, en valorarlo. Coinciden en decir: "Esto es poesía". Coinciden en advertir: "Aquí están las palabras necesarias, las imágenes, las posibilidades de vida y expresión, la presencia, en fin, que sostiene una obra poética. Hay, sin duda, otras vías, otros caminos, no menos válidos para la expresión poética, pero lo que está aquí, en este texto, en este libro, es todo lo que tiene que estar. Está dicho del único modo en que a este poeta le es posible hacerlo, habida cuenta de su instrumental verbal y de sus formas de experiencia".

     Y algo más parece ocurrir: los versos que nos atraen, nos cautivan o convencen, son aquellos donde no hay ninguna sombra de amaño o impostura. Se conjugan allí el estado de inocencia y el estado de alerta. De aquí resulta una fluidez que concilia la escritura y el estilo, clasicismo y modernidad, el poeta artista y el poeta vidente, feliz interacción entre la materialidad de la lengua y el ejercicio de la imaginación poética: a través de la lengua nos introducimos en un reino de luz, que las sombras sustentan muchas veces. Dicha, en fin, de palabras que es, al mismo tiempo, dicha de cosas, de seres, de horizontes...

     Y es que lenguaje y experiencia de la poesía se confunden, son una misma cosa. Del nivel, de la hondura y densidad de la experiencia poética, dependerá la verdad, por así decirlo, del lenguaje de la poesía. E, inversamente, del lenguaje dependerá esa experiencia. O, mejor dicho, la materialidad del lenguaje poético —las palabras que integran el poema y el modo como han sido asociadas— denunciará el valor de la experiencia que le ha dado origen. O expresado de otra manera: un estado de gracia poética es un estado de lenguaje. Y a la inversa: un estado de lenguaje poético es un estado de gracia. No se trata de dos tiempos de un proceso. Es un solo tiempo. Esos dos estados se presentan sincrónicamente.

     Y hay algo más aún: tal como ocurre siempre (o cada vez) que se alcanza la poesía, que alguien la logra y nos la ofrece, nos damos cuenta de que ni una sola de esas palabras podría ser cambiada por otra, que la forma verbal obtenida es intransferible, tan intransferible como la misma experiencia poética que testimonia. Y aquí se da ese sutil balanceo, en el que me gusta insistir, entre palabra y experiencia poéticas. En principio, pienso que ninguna de las dos —palabra y experiencia— podría existir sin la otra; que, una vez alcanzado el poema, concretado, no es posible otorgar preeminencia a uno u otro factor, pero me animaría a afirmar que un poeta lo empieza a ser de verdad, empieza a vivir la poesía y a conquistar la posibilidad de escribirla, cuando siente que ha accedido a cierta clase de experiencia interior, que es por sí misma tan gratificante y constituye una merced de tan crecida nobleza, que se da, paradójicamente, por bien servido con haber podido vivir un momento tan rico, una visión tan nutricia y enaltecedora, y no pretende más: ni escribir siquiera. A lo sumo, alaba a todo aquello o a quien pudo otorgarle esa merced.

     Me atrevería a decir más, aun a riesgo de parecer concluyente en exceso: si a quien pretenda escribir poesía o concretar una obra de arte, en cualquier disciplina que fuese, no le ocurre esto de vivir, antes que nada, intensamente un momento, deseando que se quede allí, como si fuese una iluminación o un estado de gracia, me parece difícil que el poema o la obra de arte, resultantes de esa pretensión, nos convenzan como tales. Por otra parte, ha de quedar en claro que esa especie de iluminación autogratificante no empece en modo alguno que, cuando de escribir se trate o de componer colores o sonidos, el poeta o el artista se vuelvan cuidadosos organizadores del material con que han de trabajar.

     Pero volvamos a esa interacción entre el estado de inocencia y el estado de alerta a que nos hemos referido ya: podríamos hablar al respecto de un movimiento bipolar, pendular, de la experiencia poética. (Sería ésta una manera, entre otras muchas posibles, de enunciar algunas características del proceso de la poesía.) Por un lado, en un polo, estaría el impulso inicial de la experiencia; allí se daría el estado de inocencia, el "soñar despierto", el recurso onírico, el sueño, el inconsciente, el porque sí, el deseo, los recuerdos de la vida personal y colectiva; de allí surgiría el material para la experiencia poética; y, en el otro polo, donde ese material sería recibido, se produciría un principio de viabilización verbal de todo ello; es decir, surgirían algunas palabras, algunos conjuntos de palabras, que guardarían una cierta correspondencia, muy sutil, casi mágica, si me es permitido utilizar esta expresión, con el material venido del otro polo. Aquí, en el polo del alerta, donde sería recibido el material en bruto venido del polo de la inocencia, se produciría lo que podríamos llamar la administración poética de la palabra. Aquí se daría un factor fundamental en el poeta: el gusto por la palabra, habida cuenta de la fatal polisemia de ésta y de sus funciones sígnicas, fónicas y visuales (gráficas o escritúrales). Aquí se daría, asimismo, la particular asociación verbal que el poeta cumpliría para dar concreción a ese material que, hipotéticamente, suponemos que le llega del otro polo.

     Pero dije que se trataría de un movimiento, no sólo bipolar, sino también pendular, y es que esas palabras iniciales en la composición del poema (que se forjarían en este polo del alerta) regresarían al otro polo, el de la inocencia, que si bien parecería gratuito, caprichoso, apartado de la realidad, se movería, en rigor, por una voluntad de conocer, de descubrir más profundamente la realidad y llegar así a la realidad "otra", lo maravilloso; la inocencia se movería, en suma, por el deseo.

     Y bien, hasta allí, hasta su punto de partida o de origen, volverían esas palabras para solventarse, enriquecerse, fortalecerse, corregirse, y, una vez cumplida esta "tarea", las palabras retornarían al polo del estado de alerta, de la organización verbal, donde tanto pesan, en mi opinión, las valencias poéticas de las palabras, el modo como están asociadas, el ars combinatoria que descubren.

     Excuso el decir que este proceso, este movimiento, podría iniciarse tanto en uno como en otro polo, o en ambos polos a la vez. Por razones de mayor claridad expositiva, hemos supuesto aquí que se inicia en el polo de la inocencia, del porque sí. También podría alegarse, y con razón, que —tal como queda ya insinuado— esos polos o estados contrapuestos no se dan de tal modo en la práctica; al menos —podría argüirse— que no se dan en dos tiempos o situaciones contrapuestos, sino simultáneamente, concurrentemente, convergentemente. No descarto esa posibilidad.

     Ahora bien, en ese polo de la inocencia, a que nos hemos referido, y de donde arrancaría —supongámoslo así— la actividad imaginante, se encontrarían "esos invisibles centros de fuerza, arquetipos del inconsciente colectivo", que se habrían ido plasmando en la psique como resultado de experiencias pretéritas de la humanidad, aparte, claro está, de lo que es propio, exclusivo, de la experiencia histórico-individual del creador. Es decir, que tales centros de fuerza o arquetipos provendrían de las gentes, de los diferentes pueblos, que, en diversas épocas, aun en las más remotas, habitaron el suelo, el paisaje, la tierra, en que discurren nuestros días, y, por supuesto, provendrían también del paisaje mismo a través de sus cambios o mutaciones. Esto implica que nos estamos refiriendo a las raíces arquetípicas de la imaginación; esto es, a una historia supraindividual que nos vincularía sutilmente a la geografía y a la historia, "a los primeros fuegos del mundo", a los primeros fuegos del lugar que pisamos, en que vivimos. Todo esto formaría parte de esa inasible presencia, del sí mismo, que se constituye en el factor convalidante, en la garantía de la "legitimidad" o "la razón de ser" de un poema o de cualquier obra de arte.

     Es decir, que lo genuino suele llegar, a mi parecer, por otra vía, muy distinta de la del laborioso amaño de intenciones. Por eso se ha dicho bien: "Todo arte nacional es inválido; en cambio, todo arte genuino es nacional". De aquí podría inferirse que el arte y la literatura nacionales o regionales no constituyen el resultado de un propósito deliberado y consciente. Desde mi punto de vista, cuando tal propósito se da de esa manera, y se proclama, estaríamos muy cerca de la impostura, de meras efusiones privadas, cuando no de recursos de propaganda, a menudo compatibles con los intereses de la industria cultural. Todo ello implica, por lo general, a mi juicio, lo contrario de una experiencia y una expresión poéticas, sustentadas en una verdad de fondo, o, si se quiere, en una cierta inherencia, en una particularísima e insoslayable vocación de sentido.

     En todo caso, lo que no podría negarse es que existe un proceso, un movimiento, que lleva a la vivencia de la poesía y hasta al poema mismo. Por lo demás, de lo dicho puede colegirse que el poema nace desde adentro hacia afuera. Y es esa especie de forzosidad en que se encuentra el poeta, tanto en lo que se refiere a su experiencia como a su misma escritura (el no poder decirlo de otro modo), la que, en definitiva, le da su forma al poema. El poeta vive, es, dice, de cierta manera, porque no podría hacer nada de ello de otro modo. Esa forzosidad sería, entonces, la garantía de su verdad poética y vital, del carácter genuino de su experiencia y su dicción. De su auténtico sí mismo, de su presencia.

     Desde otro punto de vista, podríamos afirmar que el poema constituye una apuesta, un salto mortal. Hay un momento en que el poeta está totalmente solo, y se halla, en apariencia, muy cerca del loco, o del farsante, o del impostor. Toda verdad tiene muy cerca su sombra, y ocurre que la sombra de la verdad es muy parecida a la verdad misma. Esa sombra de la verdad -la mentira, la falsedad- está siempre al acecho. Hay una tendencia a creer que la mentira es todo lo opuesto a la verdad, y no es así: la mentira —o lo falso— es lo más parecido a la verdad o lo verdadero. De ahí, los riesgos que amenazan al poeta (las confusiones a que se ve expuesto) y que, por momentos, lo hacen aparecer como un hijo de esa sombra, pero él se salva finalmente por la voluntad —o necesidad— de no engañarse ni engañar a los demás. Solventa su palabra. Nos dice y se dice. La soledad y la confusión han terminado.

     Y hay otros aspectos del proceso poético que importa destacar: está la experiencia de la escritura (de quien escribe) y está la experiencia del habla (de quien habla o recita o canta y actúa frente a un público), y está también la experiencia de la lectura (de quien lee a solas y en silencio) y está la experiencia de la audición (de quien escucha), que suele ser asimismo la experiencia de quien asiste a un espectáculo.

     Conviene recordar a este respecto que la lengua poética ofrece hoy dos faces (escrita y oral) que son interdependientes y constituyen el resultado de casi nueve siglos de evolución. Puede acordarse, en líneas generales, que la división de la lengua poética en esas dos faces obedece, entre otras, a dos causas principales:
   a) la disociación que comienza a operarse desde hace aproximadamente nueve siglos entre la poesía y la música (ésta, por su desarrollo técnico —triunfo del virtuosismo, extensión de la polifonía—, deja de ser accesible para los no especialistas, entre ellos los poetas);
   b) la difusión, a partir de 1470, de la imprenta, que comienza a privilegiar la lectura en desmedro de la audición.
     De estas dos causas se derivan tres consecuencias fundamentales: 1) Se distingue en adelante la música "natural", propia del lenguaje poético, de la música "artificial", propia de los instrumentos del canto. 2) La versificación y la rima toman a los ojos del poeta una importancia creciente. Se trata de sustituir con medios propios de la fonicidad de la lengua la ausencia de la música, de la que se ha disociado la poesía. Surgen así las "formas fijas" (canto real, balada, lay, soneto). Estas "formas fijas" servirán durante un tiempo, pero serán luego reemplazadas por otras, más libres o sueltas, si es posible llamarlas así. Lo que importa aquí destacar es que la poesía descubre su propia fonicidad, su propia música. 3) Las imágenes y metáforas van sustituyendo cada vez en mayor medida los recursos retóricos convencionales. Se llega así a una conciencia nueva sobre las virtualidades del material de la lengua. Es evidente, por lo demás, que, sin desatender la forzosa fonicidad u oralidad de la lengua poética, se van valorizando cada vez más su visualidad o escrituralidad, que obligan en cierto modo a la lectura solitaria.

     Es decir, que la poesía, la experiencia poética, se vale de una serie de signos fonéticos que revisten una forma visual o gráfica, destinados a ser leídos por un lector, a solas y en silencio. Agregaré que esos signos fonéticos obedecen a una fonicidad poéticamente significante.

     De aquí se infiere que, salvo casos extremos (algunos poemas concretistas, por ejemplo), todo poema puede ser dicho por el autor o algún otro, con mayor o menor fortuna de recitación, según fuesen las dotes de "decidor" de quien profiriera de memoria o leyera el texto en voz alta. Esta lectura (o recitado) puede llegar a suscitar el interés de algún oyente en el poema que ha escuchado, e inducirle a completar su conocimiento de ese poema o de la obra toda del poeta de que se trate, mediante la lectura a solas y en silencio de su libro.

     Decía Malraux que el poeta llega a serlo en el momento en que se convierte —cuando Dios lo quiere— en lo que él es: concepto donde parece resonar a través de los siglos aquel "llega a ser lo que eres" de Píndaro. Esto equivale a expresar que la presencia de lo poético, como la dimensión de lo sagrado, están en nosotros pero tienen que llegar a ser. Y llegan a ser cuando nos convertimos en lo que somos, cuando nos convertimos en nosotros mismos y alcanzamos así la condición de genuinos. O dicho de otro modo: cuando cada uno logra ser fiel a sí mismo.

     Cabe aclarar que este sí mismo no constituye el punto final, definitivo y permanente, de un proceso, sino que entraña un constante devenir, una esperanza, una tendencia o forma de fe en un cambio en una determinada dirección. Una metanoia. Una buena voluntad. No es una indagación intelectual ni una operación deliberada: es un descubrimiento. Una revelación. Una conducta hacia adentro y hacia afuera. Una voz propia, que deviene, que nos llega. Y en esto de la voz propia, de la posibilidad propia, parece residir la piedra de toque de toda poesía, de cualquier poema.

     Se trataría de saber si el sí mismo del poeta está presente en su poema. Se trataría de encontrar la manera de determinar el grado de forzosidad de su expresión, para poder así decidir acerca de la autenticidad y altura de su logro.

     Difícil tarea, casi irrealizable como no sea por medio de la intuición y la sensibilidad. ¿Cómo saber si un autor ha tenido la revelación de su sí mismo, ya fuese por la ensoñación (por el soñar despierto), por una experiencia personal muy honda y muy íntima, por el amor, por la desesperación, por la pena, la tristeza o la alegría, por la oración o la plegaria o, sencillamente, al ponerse a hablar, al ponerse a escribir, al insertarse así, por su destreza verbal, en el orden histórico de una actividad llamada poesía? ¿Cómo saberlo? Sólo cuando descubrimos tras unos versos, más allá de una destreza, una cierta presencia, una energía, un vigor, un sí mismo...



(De: Estado de alerta y estado de inocencia, 1989)

Edgar Bayley (Buenos Aires, 1919-1990)





martes, 27 de octubre de 2009

El buen ciudadano



ya no te importa nada
nada
ni del clavel ni la rosca
ni del camino ni el puente
ni del espejo ni el paso

ya no te importa nada
ni atacar ni defenderte
ni explicar ni ser llamado
ni aguardar la luz dorada
ni lamentar lo perdido
ni la condena ni el juicio

ya no te importa nada
eres guijarro sin nombre
un sueño entre muchos sueños
viento en la noche extraviado



Edgar Bayley (Argentina, Buenos Aires, 1919-1990)



martes, 23 de diciembre de 2008

LA CLARIDAD
















Me ha tentado siempre la claridad
Y la claridad se me ha negado a veces
Como un pájaro que vuela en sueños
Y cae y sigue cayendo
Sin volar
Como peso muerto

Me ha tentado siempre la claridad
Especialmente la claridad de las hojas del saúco
También la claridad del guijarro
Y de las ramas del abeto
Y la rápida y voraz claridad de una salamandra

He querido tener claridad para mirar
Los terrones del campo recién removido
Y para mirar también el mismo arado
Y el agua que se desliza límpida por la acequia

Claridad he querido para recorrer tantos sueños
Y glorias y poderes y dispersas situaciones y gentes
Y para estar en el aire sin ausentarme del fuego

Me ha tentado siempre la claridad
De estar totalmente en cada flor
En cada herida o condena o semilla
He querido tener claridad para vivir

Y cuando al fin pude definir la claridad que yo buscaba
Advertí cuánto sueño y plumón y roja tierra
Y confusión y olvido hacen falta para comprender claramente
Y estar aquí con total lucidez sentado a la vera del camino
Avivando el fuego bajo el cielo y el polvo de las horas

Y como me ha tentado siempre la claridad
Aquella vez cuando bajo un abierto y extendido sol
Comenzaron a encresparse las aguas de la bahía
Hasta adquirir un tinte violáceo
Y un gran pájaro blanco surgió de repente de entre las nubes
Batiendo sus alas y revoloteando suavemente a mi alrededor
Decidí que era el momento de arrojar estas palabras al mar
Porque la claridad que tanto he buscado
Sólo está en algunos silencios
En algunos espacios en blanco
Antes y después de unas pocas y triviales palabras



Edgar Bayley (Argentina, Buenos Aires, 1919-1990)




IMAGEN: Fotografía de Igor Voloshin.




sábado, 20 de diciembre de 2008

NO EN TODAS LAS HOJAS















No en todas las hojas
en algunas
las que toca la noche
las que abre con su mano la lluvia
quedas tú
queda tu nombre

Yo hubiese querido
tú hubieses querido
encontrar muchas hojas así
ver muchos rostros así
y tomar la mano de la lluvia

Yo sé que las hojas volverán a crecer
y otros años
y otros días
dirán otra vez tu nombre
pero tú no podrás nunca
tomar la mano de la lluvia
la mano que has visto entre las hojas
tu propia mano

No podrás ir otra vez por la calle
mirando como al descuido
el cielo que se oculta tras las hojas
la luz del verano
el rumor del mar que se oculta tras las hojas

Aquellas hojas morirán vendrán de nuevo
y otra vez morirán en tu pregunta




Edgar Bayley (Buenos Aires, Argentina, 1919 -Id., 1990)





sábado, 2 de agosto de 2008

UN SOL




















No hay una naranja perfectamente redonda
No hay un día perfecto
Hay un sol para los que han peleado
contra las sombras
sin rendirse jamás
de noche
de día
a orillas del lago
bajo el sicómoro y el sauce
entre las rocas y las anémonas
Para ellos hay —habrá— un sol
porque han peleado contra las sombras
contra su propia oscuridad
su turbia lámpara
su ignorante desgano
Para ellos

habrá un sol
pero no hay
no habrá nunca un día perfecto
una naranja perfectamente redonda



Edgar Bayley (Buenos Aires, Argentina, 1919 -Id., 1990)



IMAGEN:Ad marginem, pintura de Paul Klee. 



miércoles, 23 de julio de 2008

UN HOMBRE TREPA POR LAS PAREDES Y SUBE AL CIELO














Colgado de una soga
el hombre que escala las paredes
tiene fuertes zapatones con clavos
Escala las paredes
porque ha olvidado las llaves de su casa
y mientras escala las paredes
hasta llegar al piso trece
se detiene algunos momentos
en los balcones de cada piso
donde aspira el olor de los geranios
las madreselvas
las hortensias
y los malvones
Hay sol
gallardetes
vendedores ambulantes
y más allá está el río
y más allá los puentes
por donde se va a la pampa
Abajo están los niños
que salen de las escuelas
y por el cielo pasan aviones y pájaros
y sombreros de anchas alas
que el viento arrancó a los desprevenidos
La soga ha sido atada a la viga
que sobresale en la azotea
Un hombre la ciñó a su cintura
y asciende tomándose de la soga
con sus manos enguantadas
Usa un chaleco floreado y una gorra a cuadros
Debe llegar al piso trece
donde tiene que regar unos claveles
pisar maíz
escribir unas cartas
y preparar una cazuela
Sube lentamente
y en cada piso se detiene un rato para descansar
Entra en el balcón de cada piso
y se sienta en un sillón
o se extiende sobre una reposera
y conversa con la vecina o los vecinos
y acepta un café o un mate
o deja caer un chorro de una bota de vino
en su garganta
o juega a las cartas
o escucha confidencias y da consejos
y cuenta algún episodio de su vida
hasta que saluda y se va
y sigue trepando por las paredes
colgado de una soga
Es el hombre que tiene fuertes zapatones con clavos
y un chaleco floreado y una gorra a cuadros
que olvidó las llaves de su casa
y aspira el olor de los geranios
y debe llegar al piso trece
antes de que aparezcan los buhos
y se iluminen las ventanas
Están los pájaros y el río allá lejos
y el césped del parque
y los caballos que galopan por la llanura
y esta silla desvencijada
y la bañera
fuera de uso
llena de tierra y de flores
y el mar y el navio que se acerca
y la lagartija que se escurre entre las rocas
y el vendedor de diarios que desde abajo
le grita consejos y advertencias
mientras el hombre vuela
asciende
conquista cada piso con esfuerzo
y mira siempre hacia arriba
la tierra está lejos
el cielo está lejos
El hombre que trepa por las paredes
colgado de una soga
cuando entra en una casa por el balcón
es bien recibido por los vecinos
y él trata de ser útil
pero en uno de los pisos
una mujer inesperada
que es una sola
y al mismo tiempo
todas las mujeres de su vida
le pide que la lleve con él
Entonces ella se ata también con la soga
y sube con el hombre
más allá del piso trece
hacia las nubes
el aire libre
el cielo
el viento
entre los geranios
las sombrillas
las reposeras
sobre puentes y puestos de diarios
y mástiles
y enredaderas
y algunas gotas
y semillas
y sueños
con su gorra a cuadros
con su chaleco floreado
con su enamorada de siempre



Edgar Bayley (Buenos Aires, Argentina, 1919 -Id., 1990)