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jueves, 8 de mayo de 2014

Trane cuenta un sueño [John Coltrane]





Es noche cerrada y estoy en medio de una plantación
enorme de algodón tocando el saxo soprano.
No hay nadie en kilómetros a la redonda y nieva
como si nunca fuera a dejar de hacerlo.
Sé que estoy en el Sur porque a pesar de que acá
jamás nieve, mis pies están encadenados a la tierra.
Los copos salen disparados cuando llegan a la boca
de mi saxo donde soplo como un desquiciado.
Pero a pesar de que toco así sólo sale un murmullo,
voces que giran en la nieve, en mi sueño, y ya no sé
si estoy tocando o más bien oyendo algo antiguo,
una mujer pidiendo que por amor
de Dios dejen de darle latigazos a su hija, la voz
de Nina Simone cantando Strangefruit, Billie
Holiday aceptando que cuando viene el amor
ya no se puede hacer nada, Malcolm X manifestando que él
odia como un negro de la plantación, Langston Hughes
proponiendo que la poesía sea como la música, B.B.
King sonriendo al decir que tocar blues es ser dos veces negro,
Frederick Douglass contando cómo escapó del Sur
y en las plantaciones los cantos de los esclavos
expresaban la más profunda tristeza y la más plena alegría,
y yo recibo estas frases de una historia poco oída en un sueño
donde hago que mi respiración sea sonido, y que el sonido
sea un soplo que le de vida a viejos terrores, a modos
de resistencia. Me encadeno a estas voces y las llevo
conmigo como en los barcos negreros a pesar del hambre
y del mareo y del maltrato, de una orilla a la otra, atravesando
el Infierno, llegó con nosotros también un ritmo,
una presencia todavía más antigua que los cuatrocientos años
de esclavitud. Y cierro los ojos y avanzo a ciegas siguiendo
las entonaciones, igual que en la iglesia metodista
de High-Point donde mi abuelo, el reverendo Blair,
predicaba y hacía que hombres y mujeres se sacudieran
en trances espirituales, despejando de sus almas al diablo
que los atravesaba de pies a cabeza, así yo me dejo llevar
hasta que de mi voluntad no queda nada más que unos
piolines electrizados. Cuando vuelvo a abrir mis ojos
estoy en un escenario en uno de esos bares perdidos
que no faltan en las giras, pero acá también nieva
y el público no quiere que toque, me silban, abuchean
a la banda, y comprendo como sólo se comprende en sueños,
que un músico negro siempre toca en una plantación
donde antes fue linchado un familiar suyo, donde
una tatarabuela vio por primera vez a los encapuchados
rodear a quien ella amaba prendiendo fuego
cruces de madera en la noche de Georgia.
Por eso yo soy en este escenario un pulso que tiembla
en el centro de los reflectores, concíente
de que tengo una alegría que sólo mi tristeza
puede comprender, y miro a mis compañeros y le digo
a Elvin con plena seguridad: "Estoy perdido. Seguime",
y arrancamos a tocar y los silbidos y toses y charlas
se apagan y llegado un punto yo dejo de oír incluso
la música que sale de mi saxo soprano
hasta que lo único que existe es el sonido de mi respiración,
como si la hubiera aguantado por años y ahora
la fuera soltando de a poco, abriendo al medio mi instrumento
como un baúl enorme de cosas perdidas
de donde recupero objetos, recuerdos, personas.
Todavía no lo puedo saber pero cuando despierte
me voy a dar cuenta de que durante todo el sueño
estuve tocando un tema que se llama Mis cosas
favoritas, una canción que habla de aquello
en lo que alguien piensa para alejar la tristeza.
Sólo que yo no pienso en ponis de colores
ni en gotas de lluvia sobre los rosales. No es esa
mi felicidad. Todavía para mí la alegría es una palabra
sin contenido, pura forma, que tengo que llenar
con pedacitos de mí, con música, y entre el envión y el salto
que sólo puede darse con la emoción, ahí debo soplar
hasta quedarme sin aire, porque la felicidad
también es un gran mareo, y ¿cómo frenar su desequilibrio?
"Vos sos parte de lo que tocas", me dice Naima
acariciándome. Naima es, por ejemplo,
una de las partes más punzantes de mi alegría.
La conocí cuando yo era un pobre tipo comido
por la heroína y el alcohol, el lugar común
de los negros de esa década, pero ella me tomó
la mano y me dijo: "vos sos parte de lo que tocas"
y separó mis dedos pegoteados para que contara
los días que hacía que no dormía, 3, 4, 5, haciendo
que le diera la razón a Miles por echarme a la mierda
del quinteto y haciendo que me diera cuenta de que
ir al correo con vergüenza a dejar un curriculum
-¿qué podría decir un curriculum mío?- para trabajar
como cartero, era dejarme vencer. "¿Qué es más revulsivo",
me dijo, "que ver a un negro amar lo que hace?
Vos vivís de respirar adentro de tu saxo. Eso es Mis cosas favoritas, 
amar la alegría, su soledad, esa cosa densa que nos pierde". Entonces 
empezó a susurrarme Cada vez que decimos adiós, de Cole Porter. 
"¿Oís, Trane? Tu música va a la inversa. Junta todo lo que sentís 
durante esa soledad para luego, en el momento de volver a abrir 
los ojos, decirme finalmente, "Hola, Naima, acá estoy. Mira lo que hice".



(De: "Razones para vivir en la dicha",
Antología, 2013)

Tom Maver 



Tom Maver. Poeta argentino. Nació en Buenos Aires, en 1985. Traduce poemas del inglés. Administra el blog Malón Malón.  Publicó "Yo, la incesante nieve" (Huesos de Jibia, 2009). Su blog personal es Hasta donde llega la voz, donde publica sus traducciones de poetas en lengua inglesa.Hizo taller con Osvaldo Bossi.





martes, 26 de marzo de 2013

Yo, la incesante nieve



















A LO LARGO de mi vida
construí muchas casas.
De todas me fui, las dejé vacías,
plenas. Entre una y otra fui encontrando
una soledad donde mi alma aprendió
que lo que amamos no tiene protección.

Ninguna de ellas me pertenece.
Para mí, las paredes, los cuartos de baño,
las piezas, responden sólo -ahora lo veo-
a la tenue organización de la nada.
¿Cómo dejar intactos los cimientos
de mi errancia,
si todas las puertas están abiertas
para que llegue a cualquier punto
de su encierro ?
                  Pero si no hay adonde ir 
en rigor, no podemos ser prisioneros.

Bajo cada techo
pienso con tranquilidad y malicia: 
Estos refugios que amparan mi desvarío 
no saben hasta dónde podría llegar.




NO HAY un sólo lugar de este patio 
que yo no haya recorrido 
por equivocación o por juego.

El césped está muy desgastado
y cuando llueve me embarro,
y al volver al día siguiente
examino unas huellas que yo no dejé.
Alguien anda detrás de mí,
alguien que da pasos largos y pausados
como los míos, y por lo que veo

siempre sale acompañado pero preguntándose:
¿De quién serán estas huellas?




LA IDEA era hundir los pies en la arena caliente
cerrarlos ojos
y desaparecer, dejar sólo los pies
como se deja la mirada
frente al mar.

Se tiene que mantener la atención
suelta entre el pie y la arena,
confundida con el calor que va
perdido y concentrado
en un lugar y en otro
de la sensación
que me exalta y me saca
de la playa donde estoy parado.




SÉ que por algún lugar 
no muy lejos de acá 
estuvo mi casa.

Quizá no la alcance 
nunca más. A lo mejor 
ya la pasé sin haberla

reconocido. Pero me consuela 
pensar que, aunque sólo 
queden un par de vigas

y paredes que apenas
se sostienen, allí había luces
que nunca se apagaban.

Pero no existe más, 
por fin lo entiendo. 
¿Se habrá volado con el mal

tiempo, o la tierra
se la habrá tragado ? No lo sé.
Ahora que llegué al lugar exacto

y ya no está, me doy cuenta: 
estoy infinitamente cerca 
de lo que me falta

y a la vez, si lo pienso, estoy 
más alejado que ninguno 
como para volver a perderla.

Por eso, la miro por última vez
hasta que se pierde de vista.
Y sonrío porque en medio de este

páramo, hay algo que me colma 
como si, finalmente, 
hubiera encontrado mi lugar.



         ***


EN LA SEMIOSCURIDAD de una música 
que nadie parece estar tocando 
hay dos personas que bailan

una danza inspirada en la quietud 
del mundo cuando se detiene 
un instante a mirar lo que ama.

Tan cerca bailan uno del otro 
en esta hora de la madrugada 
que no se sabe cuál de los dos

-si la noche o el día-
tomará primero la decisión 
de separarse e irse.



          ***


1. ESTAMOS de acuerdo, entonces, 
en que soy un sujeto normal. 
Pero a despecho de esto
a veces de noche escribo poemas
y digo "yo" como defendiéndome de algo
o de alguien que viniera a rendirme cuentas.

2. Yo: esa extraña sílaba 
sin significado
y que no le pertenece a nadie, 
a veces no puede tomar la palabra 
porque no sabe más quién es 
como un actor que balbucea 
en un escenario vacío 
tratando de leer un parlamento 
cuyas palabras están en su contra.

3. Yo: eso es lo que queda 
del poema cuando no hay 
nada más que agregar.
Es el escenario que todos usan
y nadie barre, la luz que permanece
encendida como a punto
de mostrar algo,
y que no deja un solo espacio
donde poder escondernos
de nosotros mismos.

4. Pero no se queda atrás, 
me rodea y no me deja salida,
me pide que me explique, 
que la haga corta,
está bien, ya va, digo por decir algo, 
pero se apresura a sofocarme, 
me palpa de armas, 
quiere que sea yo y nadie más,
se me mete en los ojos como una basurita
y en esa distracción
no me encuentra más en mí
y el poema queda girando
como un faro enloquecido
repitiendo yo yo yo
no sé si estúpidamente
o pidiendo disculpas.




Tom Maver (Argentina, Buenos Aires, 1985)