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miércoles, 17 de junio de 2020

LA ROSE MALADE










Una rosa abre sus brazos
para morirse.
Eso no es hermoso y su perfume último
despierta al dolor, no a la belleza.
La rosa enferma abre sus brazos
y el horror de su belleza es la muerte.
Mañana nacerá otra flor
apretada
                hermosa.
(del Libro: 
La luz en la ventana, 1982)


Irene Gruss (Buenos Aires, Argentina, 1952; Id., 2018)






sábado, 28 de diciembre de 2019

DE PIEDAD VINE A SENTIR (II)







































He viajado

Su voz suena con el mismo tono de quien dice yo amé,
o no amaré más, toqué esas piedras del siglo IV a. C., soplé su nuca,
caminé la ciudad entera amurallada en defensa de un aljibe
semejante al tener, amurallado, aquí estuve, no estaré más,
he vivido, una certeza tan ambigua o improbable, ¿de verdad
has estado allí o acá, de verdad has amado?
Y ahora suspira y deja ir
el aire, el humo del cigarro, cree o finge estar seguro,
y con el mismo tono dice que ha vuelto, que ha llegado, que trajo
                                                                                         /regalos para todos.



Rara cópula

Podría amar a ese hombre, cómo no,
dulcemente atenazarlo en mis rodillas
y no parar hasta que los ojos de él me mirasen
la primera vez en su vida, con asombro
o, más bien, consternación de sí mismo
pero es el subjuntivo lo que priva,
y esa su mirada en otra parte, en un mundo convexo
donde no caben cuencos sino
ese cántaro que tanto iba a la fuente que, cómo no,
la fuente se ha secado
y es una rara cópula que une y desune, rompe
con lo real lo imaginado,
¿cómo no?



Por amor o por piedad

Atrae la oscuridad de esa sala,
huele a libros viejos, a pesar de la pintura fresca
también oscura. Hay una hendija
clara que viene de un más allá, de un pasado,
el resto es pensamiento malsano, una especie de dolor aferrado
a las paredes, a ese sillón donde el que ahí se sienta ha muerto
hace tiempo, habla para sí o para nadie,
no convida a quedarse.
Atrae porque no me deja ir; sigue y sigue;
no me deja ir; de piedad
vine yo a sentir como quien muere;
y caí, como cuerpo muerto cae, en español, dijo.
Y caí por amor o por piedad.
  
*El texto en cursiva pertenece a Dante.


Notas de memoria

Este silencio en el jardín, casi noche.
Cantabas, ¿te acuerdas?
Eras con el rocío, sin nada que nombrar.
Saciada; el amor lejos,
lejos. Pero saciada.
Escucha ahora, como si este silencio fuese ayer, y
¿oyes?, por fin ahora,
cantaras.



Irene Gruss


Irene Gruss (Buenos Aires, Argentina, 1950 – Id. 2018). Cursó estudios universitarios, de manera incompleta, de Medicina (Universidad de La Plata), Biología (UBA) y Letras (UBA). Desde los 8 hasta los 21 años participó en coros bajo la dirección del maestro Antonio Russo e intentó canto individual supervisada por Susana Naidich, pero fracasó o, más bien, opuso la música a la escritura. Formó parte del grupo de poetas que fundó, a comienzos de los años 1970, el taller «Mario Jorge De Lellis», desde el que actuó un movimiento que significó a la vez la continuación y el replanteo del coloquialismo que animó la poesía de los 60, junto a escritores como Lucina Alvarez, Rubén Reches, Marcelo Cohen, Daniel Freidemberg, Jorge Aulicino, Alicia Genovese, Leonor García Hernando. Integró las redacciones de las revistas literarias “ El escarabajo de oro ”, “ El ornitorrinco ”, “ El juguete rabioso ”, así como colaboró en distintas publicaciones como “ El lagrimal trifulca ”, de Rosario, “ Crisis ”, “ Diario de Poesía ”, “ La danza del ratón ”, “ Latido ” y otras. Poemas suyos fueron publicados también en distintos medios como “ La opinión ”, “ Tiempo argentino ”, “ Clarín ”, “ La Nación ”, “ La Capital ” de Rosario, y otros en Tucumán, Santa Fe, San Luis, Chubut, Neuquén.Han sido traducidos poemas de su autoría a los idiomas francés, inglés, ruso, croato, portugués, italiano y sueco. En 1981, participó en el libro conjunto “ Lugar Común ”, Ed. El escarabajo de Oro, con prólogo de Santiago Kovadloff. Publicó “ La luz en la ventana ”, Ed. El escarabajo de oro, 1982; “ El mundo incompleto ”, Ed. Libros de Tierra Firme, 1987; “ La calma ”, Ed. Libros de Tierra Firme, 1991; “ Sobre el asma ”, edición de la autora, 1995; “ Solo de contralto ”, Ed. Galerna, 1998, “ En el brillo de uno en el vidrio de uno ”, Ed. La Bohemia, 2000; "La dicha" (2004), "La mitad de la verdad", obra reunida, Bajo la luna, 2008, La pared, 2012; Entre la pena y la nada, Ed. del Dock, 2015;  Piezas mínimas (2017) y De piedad vine a sentir, póstumo, >Ed. en danza, 2019, del que fueron tomados los poemas publicados. En su carácter de compiladora, realizó la antología "Poetas argentinas (1940-1960)", en 2006.  Recibió, en 1975, el Primer Premio a obra inédita otorgado por la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires y, en 1986, el primer premio en el concurso organizado por la Biblioteca Cornelio Saavedra y auspiciado por Eveready. Ha coordinado talleres de poesía desde 1986 hasta 1994. Su otro oficio fue la corrección, a lo que se dedicó en forma paralela a la escritura y como modo de subsistencia. Falleció repentinamente en diciembre de 2018.




jueves, 26 de diciembre de 2019

TALLLER














POSTAL

La canilla que gotea en realidad es la aguja
sistemática del reloj. Sigo con la mirada
los árboles allá en el bosque alado;
perduran.
El tema no es el tiempo sino el verde.



TALLER

Miro a través de esa página de tinta
encolumnada. Miro a través de lo que está
lo que no dice,
lo que dio por sentado pero ahí no está. Nado en ese lago de lodo
                                                                                /como una anguila,
a la pesca de esa idea en un agua nada
clara. Me retuerzo en la silla y busco, y apenas toco
esa idea que daba por sentado. Salta a la vista entonces, no sé cómo
                                                                                 /pero llega y respira
en la superficie después del ahogo, después

del salto.


(Del libro De piedad vine a sentir,
Ediciones en Danza, 2019)

Irene Gruss (Buenos Aires, Argentina, 1950 - Id.2018)



IMAGEN: Fotografía de Abbas Kiarostami.




lunes, 23 de diciembre de 2019

Habla Joseph M.W. Turner















Trato de conseguir el tono exacto del alba con el aspecto
del ocaso. La verdad no es como se pinta.
Ningún marchand podrá adquirirla porque
conseguir esto es... impagable.
Como cuando me hice atar al palo mayor,
¿creen que he visto algo?
Me atrevería a decir al momento de mi muerte,
con un golpe efectista, The sun is gone!
Pero no, nada es como se pinta,
pura distorsión de luz, el alba
igual a un ocaso.


(Del libro De piedad vine a sentir,
Ediciones en Danza, 2019)


Irene Gruss (Buenos Aires, Argentina, 1950 - Id.2018)



IMAGEN: The sun is God, de Turner.





sábado, 21 de diciembre de 2019

DE PIEDAD VINE A SENTIR (I)

IN MEMORIAM, CARLOS GARDEL Y ALFREDO LEPERA (*)



Es difícil discernir qué prevalece,
molida a golpes por la noche, la arena es fina, aunque
aparenta recibir el tributo del mar: algas que
mañana olerán pútridas, hasta que él lave una y otra y otra
vez, y acaricie la herida. Todo, todo
se olvida.


(Del libro De piedad vine a sentir,
Ediciones en Danza, 2019)



Irene Gruss (Buenos Aires, Argentina, 1950 - Id.2018)




(*) Nota del Administrador:

EL DÍA QUE ME QUIERAS

Acaricia mi ensueño
El suave murmullo de tu suspirar
Como ríe la vida
Si tus ojos negros me quieren mirar
Y si es mío el amparo
De tu risa leve
Que es como un cantar
Ella aquieta mi herida
Todo, todo se olvida
El día que me quieras
La rosa que engalana
Se vestirá de fiesta
Con su mejor color
Y al viento las campanas
Dirán que ya eres mía
Y locas las fontanas
Se contarán su amor
La noche que me quieras
Desde el azul del cielo
Las estrellas celosas
Nos mirarán pasar
Y un rayo misterioso
Hará nido en tu pelo
Luciérnagas curiosas
Que verán que eres mi consuelo
El día que me quieras
No habrá más que armonía
Será clara la aurora
Y alegre el manantial
Traerá quieta la brisa
Rumor de melodías
Y nos darán las fuentes
Su canto de cristal
El día que me quieras
Endulzará sus cuerdas
El pájaro cantor
Florecerá la vida
No existirá el dolor
La noche que me quieras.


Compositores: Carlos Gardel / Alfredo Le Pera

jueves, 18 de julio de 2019

FRACASO



Decime algo -imploró-. Si no te gusto,
si no me vas a querer, decímelo y me voy.
De “El destino”, Carlos Pereiro


Sabía que si el corpiño quedaba puesto al revés eso le iba a traer suerte, así que cuando se miró al espejo -los broches para afuera, el elástico gastado- no le importó. Sabía también que nadie, él menos que menos, tantearía esa mínima protuberancia de los broches bien cubierta por la blusa, el suéter con escote en y el tapado encima, a pesar del calor. Justo hacía calor. Un paquetito de pañuelos en cada bolsillo, entonces; no fuera cosa que si metía la mano en el que no hubiera nada, para quitarse la transpiración de la cara tendría que hacerlo con la misma mano que quedaba flotando en el aire después del vacío del bolsillo. Cómo odiaba ese calor repentino en agosto; a trasmano, para hacerla sufrir. La sombra de los ojos estaba bien; el problema sería el delineador, conseguir que la línea fuese lo más delgada posible y sobre todo la terminación: ni una vueltita absurda ni ese alargado que se te escapa y hay que volver a empezar. A prueba de agua, leyó en el cilindro aparatoso que compró al mediodía; ¿seguro que no se corre?, ¿se sigue usando?, había preguntado. Y la señorita pintada como tres puertas una al lado de la otra le aseguró que era indeleble, imborrable, ya vas a ver lo que te digo, le dijo. Al mediodía estaba ventoso y eso la puso contenta; que siga así, que no cambie. Pero cambió. A las cuatro, nubes pesadísimas acompañaban al sol, y el sol parecía inflarse más y las nubes ya eran pura cortina porosa de esa humedad que no se resuelve nunca.

Si cuando tenía los años que tenía cuando lo vio por primera vez no se animó ni a acercársele; y cuando se lo encontró -de pura casualidad, justo ese domingo en que ella había estado pensando en que el azar podría existir, y fue la prueba más contundente de su vida, verlo ese domingo en un lugar tan inesperado, tan insulso como la muestra de fotografía del pobre Roberto- ¿a ver, trece, catorce años después?, ahí sí se animó, fue hasta él y le dijo ¿no me conocés?, y él le dijo ah, sí, y se rieron; mirá vos, dijo él, y ella, lo que es la vida, ¿no? Ahora no iba a dudar más; ahora que ya fueron a tomar no uno sino ya van tres cafés charlando, él hablando todo el tiempo y ella escuchándolo hasta que, cual buen señor, le pregunta decime y cómo van tus cosas -Dios mío, si supiera cómo van sus cosas, quinto grado C hace quinientos años, el mismo programa anual, aburrida a más no poder, la jomada interminable-, y ella inventa para no quedar mal ni para seguir estando callada que bien, muy bien. Ya no, va a animarse, va a decirle.

¿Estaré tan ajada como me veo? Escucha el trin del microondas y corre a tomarse el café previo a la salida de la casa -ya apagó la luz del velador y la de la cocina-. Da sorbitos cortos y rápidos, y teme mancharse el chabot de la blusa, ¿será anticuada?, que sobresale del suéter casi como un collar. Cartera, plata, llaves, el celular para hacer pinta, ¿paraguas, por si acaso? Ni loca, piensa, me mojo y se acabó. Y sale. Busca un taxi, uno que tenga el aire acondicionado prendido, uno de esos modernos con las puertas que se abren de costado, altos, paquetes. Que la vea bajarse de un auto así, como demostrando que ella puede, que ella quiere.

El problema es el tono con que se lo digo, porque lo que me sale ahora es en tono de bronca -se dice-, en vez de como debería ser: calmada, segura. ¿Y si se lo digo como quien oye llover?, como si para mí no tuviera la menor importancia y dijera pero fíjate vos, llueve. Mejor no le digo te imploro; va a pensar que me quedé en el siglo de las radionovelas. Te ruego, le digo -piensa y saca un pañuelo del bolsillo y el espejo de la cartera para repasar el rímel-, y ahora suspira como si no llegase nunca ese taxi. Te ruego no, te pido. Así, listo, así.

El taxi pega la vuelta por Viamonte y ella no protesta, más corto hubiera sido seguir derecho, piensa, pero no importa, hay tiempo hasta para estrellarse contra un tren bala... Roberto, ¿por qué piensa en Roberto ahora? Por lo del tren, por haberse tirado debajo del tren cuando Zulma le dijo que la dejara en paz, que no solo no le gustaba ni lo quería, que la sola idea de salir con él la espeluznaba. Y Roberto se fue caminando y esperó a que pasara ese tren. Y todos los amigos organizamos la muestra de sus fotos, qué talento tenía. Pero a él no le importaba su talento sino Zulma. Una vez me dijo que si él pudiera acariciarle el pelo, solamente eso, sería el hombre más feliz del mundo. A Roberto lo de Zulma lo tomó por sorpresa, de apurado que era; si hubiese tenido paciencia, como yo, acá desde hace cuántos años que estoy. Porque si él le acariciara el pelo, también sería la mujer más feliz del mundo. Pero ella no, ella se bajaría del taxi y hasta se pondría a hacer los aerobics de la clase a la que va desde que él le propuso ir a tomar el segundo café, y ella le contestó cómo no, sí. Ni piensa llegar primero porque eso no se hace, es de ansiosa y desesperada, pero es astuta; mira el relojito y calcula: así voy bien, ni mucho ni poco, llego justo. Y respira, otra vez, cansada ya, extenuante el pensar y bañarse, vestirse, pintarse, este viaje, y decirle, cómo va a decirle, se pregunta mareada y abre la ventanilla a pesar de que el aire acondicionado funciona a las mil maravillas como quería. El chofer la mira con cara de qué se le va a hacer, pero ella necesita un poco de viento de verdad, no esta especie de caja helada. Por la ventanilla lo ve pasar, casi le grita o piensa llamarlo pero no, espera, lo mira caminar fumando. Pare aquí un momento, dice. El auto llega al cordón y se detiene; ella lo observa mejor, tranquila. Ve que saluda a un hombre y se ríen; él se tapa la boca cuando ríe, frunce los hombros; el saco está arrugado y él también. ¿Por qué tienes ahora amarillos los dientes (*), eso le preguntaría ahora, ¿qué hace ahí parado como si el tiempo fuera algo que dura y perdura y no se acaba nunca? y a ella misma: ¿qué hago con este chabot?, ¿para qué vine? Sin embargo, le pide al chofer siga, siga nomás hasta ahí, en la esquina; le paga, con dificultad abre esa tremenda puerta y en la calle se alisa el tapado, se acomoda el flequillo, empuja esta otra puerta, lo busca, lo reconoce. Entra al café.

Fuma para pensar -se dice-; no habla, fuma. Le cuenta que lo vio desde el taxi hablando con alguien, que lo vio reírse. Y ahí él se estira por primera vez, sonríe, dice sí, un amigo, sí, le dije que justo venía para aquí a encontrarme con vos. Ahora la que se estira es ella y piensa si no es momento de sacarse el tapado, y se lo desabrocha despacio. Él se levanta y la ayuda, casi al oído vine para decirte algo importante, susurra casi. Vuelve a su silla y el mozo aparece. Sin consultarle, él ordena dos cafés.

Tenía, tengo que contarte, porque vos me escuchás siempre —y se va agitando, voltea la cabeza en busca del mozo como si no quisiera perder tiempo -. Me caso, sabés. Por detrás se acerca el mozo. Él se calla y ella entreabre la boca, apenas termina de decir pero cómo que te casás, no entiendo. El mozo se va pero vuelve y agrega sobre la mesa sobrecitos, pregunta ¿azúcar, sacarina para la dama? Me caso, él insiste y sonríe, ¿te parece mal a esta altura?, ¿tan viejo estoy? Pero no, dice ella, viejo no; es que...¿vos no me querés a mí?, decímelo de frente. ¿Y yo?, tanto café, tanta...

Él rompe el sobrecito de azúcar y lo vierte en la taza de ella; toma la cucharita y revuelve. Se levanta y en un gesto como venido del cielo le acaricia el pelo despacio. Andate, dejame sola querés; gira el cuello que pide que esa mano siga bajando y subiendo, tan suave, así; pero él se detiene, ahora le da un beso mínimo en la mejilla, chau, dice, y se va.

(*) La cita pertenece a Alfonsina Stomi.
                                                                                    (del último libro de Irene                          Gruss: “Piezas mínimas”,
        Buena Vista Editora,
Córdoba, 2017)
 Irene Gruss (Buenos Aires, Argentina, 1950-Id, 2018)





martes, 16 de julio de 2019

EL RECITAL





























Ni ella sabe lo que quiere. Aunque lee tan segura como si se tratara del Preámbulo de la Constitución. La escucho desde aquí, sentada en una silla que se tambalea. Hace rato lo noto, cada vez que me muevo una pata se apoya contra el pisó y la silla rechina. Pero me concentro y la escucho. Al final vine al recital de poesía porque Marta me obligó a salir de casa, “siempre adentro, siempre adentro, salí de una vez”, me dijo, entonces me empilché como pude y aquí estoy. Marta me lee cada tanto en el descanso en la oficina; me gusta lo que escribe. Y siempre se trae un libro y también me lo muestra o me lee algo de ahí. Yo creía que las que escriben son feas, de haberles visto las caras a Alfonsina o a Gabriela Mistral. Las chicas aquí se hicieron casi  todas la planchita, usan botas hermosas, no es que se vinieron como para una fiesta pero algo parecido, las carpetas bajo el brazo; las carteras, mínimas. Y casi no llevan abrigo, como si estuviéramos en septiembre pero hace un frío de locos; debe ser eso lo que las distingue, el no llevar casi nada. Hay una, sí, que se trajo un tapado pringoso y unos botines de hombre gamuzados. Una cara de enojada con la vida y con el mundo entero tiene... En cambio, los varones son casi todos iguales. Uno se mandó una botella de litro de cerveza él solo; antes de empezar, en el barcito que había a un costado vendían empanadas, cerveza, whisky, pero el café era instantáneo, un asquete.

Conste que yo de poesía no sé nada, apenas lo de la escuela pero bueno, vine. Esta es la cuarta que pasa y lee. El primero leyó apurado y no se le entendía nada. Después, la verdad es que me distraje; preferí mirar a los que escuchan, la pinta y la cara de cada uno. Cuando presentaron a la de ahora, tras un largo currículum, se levantó y caminaba moviendo el culo, ergo el vestidito, y al sentarse se bajó el escote. ¿Cuánto tendrá, treinta, treinta y algo?; más no y menos, ni ahí. Le miré la mano y alianza no tiene. Se pintó con delineador bien finito, ojalá me saliera así a mí, y las pestañas de rímel verde aceituna. Lee despacio como si tuviéramos todo el tiempo del mundo para escucharla. Sobre la mesita, al lado del micrófono, puso una pila de hojas enorme, “un libro en preparación”, dijo al empezar, y yo pensé para mis adentros agarrate Catalina. La miré a Marta y me hizo un gesto con la mano como diciendo tené paciencia. Le muestro lo que hace la pata de la silla y nos reímos. Van dos veces que le escucho la palabra deseo y la otra, trama es, trama de algo. Y urdimbre. Ya lo dijo en el primer poema, me acuerdo. O sea, hace que cose. Pero no cose nada, es abstracto todo, no sé adónde quiere ir. La miro a Marta y ella está tan atenta que no lo puedo creer. Le digo al oído “no me gusta”, y ella me contesta “es premio municipal”. Ahhhhh, pienso. La del escote, al rato, dice que para terminar va a leer algo de su primer libro, que nunca lo hace porque lo considera muy ingenuo pero que hoy ese libro cumple una década de haber sido publicado y que está emocionada. El librito tiene la tapa toda blanca, ni un dibujo, y apenas se notan las letras del título. Ella lo abre y primero da vuelta las páginas, no se decide, respira hondo y mira para arriba como pidiendo ayuda. Disculpen, dice. Pega una carcajadita nerviosa y empieza: “Este tiene un acápite de Virginia Woolf que dice ‘Sobre la vida, sobre la muerte, no, no se puede decir nada de esto a nadie’”. Hace un silencio largo, con la boca medio abierta se queda tocando el papel. Alguien de atrás pide dale, seguí. Pero ella no sigue, está como pensando enfrente de nosotros, agarra el montón de hojas del libro en preparación que había dejado tan bien acomodado a un lado, y casi raspa cada hoja con el dorso de la mano. Respira hondo y pone cara de asco o de desprecio, junta la pila a la sanfasón como si ya no le importara. Se levanta, despacio, se acomoda el escote, apoya el micrófono en la mesita y dice que después de eso que leyó de Virginia, Virginia, dice, como si fuese su amiga, no se puede escribir ni pensar nada más.

Todos aplaudimos, y yo la saludé a Marta y volví a casa.
                       
                                                                                      (del último libro de Irene                          Gruss: “Piezas mínimas”,
        Buena Vista Editora,
Córdoba, 2017)
Irene Gruss (Buenos Aires, Argentina, 1950 - Id.2018)





IMAGEN: La poetisa madrileña Elvira Sastre.




domingo, 14 de julio de 2019

LA FORNICACIÓN ES UN PÁJARO LÚGRUBE

“La fornicación es un pájaro lúgubre”

Abelardo Castillo

Escucha cómo cae la lluvia,
como si no hubiera amor ahí
ni luz, nada más líquido, más sonoro,
como si sólo eso quedara,
sin amor sin tiempo
sólo mi mano que cierra casi todo,
tus párpados como a un muerto,
y de a una cada mano tuya, agua en los párpados,
yéndose de cada mano
como se va de una piedra o de un bosque,
sin apuro cae,
sin malicia, inunda lo que no debería,
escucha cómo cae
solamente,
como si nadie viviera ni me tocara ahora
o nunca me tocara
salvo lluvia
como si la fornicación fuese congoja pura,
un pájaro lúgubre,
escucha, escucha cómo cae
mi cabeza en el magma de tu axila,
sin amor, sin tiempo,
disonancia,
como si esto o lo otro
o lo de más allá
acabara siendo lluvia,
algo de placidez
o de borrasca,
como un náufrago que espera no la isla
sino la nada, como si no hubiera tiempo, amor,
y un pájaro lúgubre gritara la desesperación del mundo
lluvia sobre un techo de zinc,
y fuera eso,
lluvia que cae sobre un techo de zinc,
el mundo sin necesidad,
como un pájaro que pierde el vuelo y cae
extenuado, apenado de sí mismo,
sostuvo el cielo allá arriba
entre las alas, y ahora, no pienses,
escucha,
no, así no, por qué así,
escucha cómo cae la lluvia.


Irene Gruss (Buenos Aires, Argentina, 1950-Id. 2018)

  
 Del libro: En el brillo de uno en el vidrio de uno, 2000
Tomado del Dossier dedicado a Irene Gruss, en el blog Op.Cit.:
 Los días de Irene, del 11.02.2019).

IMAGEN: Pájaro mecánico.





domingo, 23 de julio de 2017

ENTRE LA PENA Y LA NADA



















Habría que nacer riendo a carcajadas
como hilo de fe, como costumbre.
Pero amor y dolor es lo que expulsa.

Curioso, la gana del llanto primero,
"que grite, que llore, que respire de una vez",
y el alivio, así. Curioso, la palmada en la nalga.

Y luego chupar, prenderse, y el hambre: la necesidad.

Saciados o no, a dormir
se ha dicho.

La mañana y la noche,
asombro por lo que hace la luz con uno.

Y el despertar y el moverse;
crecer, dormir.

El cielo es otro mundo. La calle
es otro mundo. El otro
es otro.

La risa llega después. Como
alegría o canto.

La burla llega después, y
es puro rictus, pura alegoría.

Hay dicha entre la pena y la nada,
entre el sonido y la furia, la duda, el estertor.

Gracia y piedad. Sí,
como reír a carcajadas.




Irene Gruss (Buenos Aires, Argentina, 1950-2018)






viernes, 21 de julio de 2017

EL RETRATO

















Amor mío, el viento acaba
de voltear tu retrato, yace
en el suelo, tus ojos no me miran.

Amor mío, la luz
se ha apagado, tu retrato
está en su lugar, ya.

Amor mío, la lluvia
entró por las ventanas. La pared
donde cuelga tu retrato
parece salpicada por cristales
de agua, y tus ojos parece
que lagrimean, ni siquiera
miran.

Amor mío, no existe el viento,
la luz existe, la lluvia
dejó de existir, un retrato se ha
roto en la zona donde estaba
la mirada. Esa ceguera
es mía. Ya no veo tu retrato y
el tiempo ha pasado.
¿Qué sucederá ahora?





Irene Gruss (Buenos Aires, Argentina, 1950-2018)






miércoles, 19 de julio de 2017

BALCONES




Esa vieja a lo lejos apenas puede colgar en la soga un repasador,
antes lo retorció pero ya no como antes,
cuando la fuerza era ciega y
eran sábanas, toallones, el mameluco de su hombre, los
infinitos
calcetines, no, ahora ya no,
apenas da en el blanco con ese broche
y lo aprieta, se agarra de la soga.
Suspira.
De pronto mueve su cabeza,
ve que la estoy mirando, la saludo como si la conociera.
Sonríe y
va hasta la maceta del malvón, me la ofrece
entre los cables, el aire que nos separa.



Irene Gruss (Buenos Aires, Argentina, 1950-2018)






lunes, 17 de julio de 2017

SOBRE EL ACTOR












I

Es pavoroso: qué clase
de persona
debo ser que la gente sólo pide
o necesita,
aplaude o abuchea
el papel que cumplo.



De Solo de contralto

II

El efecto es impagable: el actor,
que hace de padre que
mira a su hija, 
recién muerta, abre la boca
y con los ojos, desencajados como la boca,
pega un grito mudo, un silencio
brutal, la cámara filma en primerísimo plano
la voz que no sale,
hasta que el actor,
y siempre con su boca abierta y
desencajada, como sus ojos, saca
de no sé qué garganta, quién
dirige el gutural, el gemido
insoportable, como si sufriera
demasiado.



De Solo de contralto


III

El actor sufría demasiado.
Pegaba un grito ensordecedor y
se hincaba ante Dios como una mula.
El sonidista quería más,
algo peor, algo
agonizante.
Cuando filmaban el rostro desencajado del padre
que mira a su hija recién muerta, como los ojos, 
desencajados, 
el sonidista giró la perilla.
“Esa boca abierta y muda es veraz”, 
dijo, y salió del estudio. 



Irene Gruss (Buenos Aires, Argentina, 1950-2018)