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sábado, 1 de noviembre de 2025

ANIMALES DE COSTUMBRES

 

HAMBRE Y AMOR

I - ANIMAL SIN HAMBRE


Por estos días 
decir va a hacer frío 
significa hay que cortar leña.

Me preparo, lastimo, 
insisto en la hendidura 
hasta que la materia ceda, 
transformo lo seco 
y duro y muerto en necesario.

Las venas de mis manos 
me recuerdan a las de mi abuela 
a quien su marido 
llamaba Picota: herramienta 
de trabajo o de tortura.

Un crujido
familiar, de hueso débil 
prende en las ramas.



El campo fue el mito 
fundacional de la familia.

No había cielo 
para los muertos,
sino la llanura donde balaban corderos 
antes del sacrifìcio.

Un paraíso
que construyó mi madre
cuando su madre carneaba animales
que no tenían nombre,

no como esa cerda 
paridora, que amamantó a los gatos 
y por haber aprendido 
a obedecer, sobrevivió.



La noche es un pozo 
profundo como el hambre 
que despierta a mi hija.

Me asomo desde el fondo 
a la distancia
recién nacida entre las dos.

Acá está mamá,
digo, como si fuera otra
quien recompone el grito.

Una voz que subleva 
la penumbra común 
de la necesidad.



Camino
desde la ruta a casa 
con el polvo en el cuerpo, 
el hambre:

lo que me hermana 
con la oveja que pasta 
silenciosa y acostumbrada 
a mis pasos.



En la ausencia de sentido, terror. 
En la palma de la mano, 
una plumita.

El gorrión parpadea
entre los dientes de la gata, 
que me mira

a mí,
que no tengo cómo 
hacerme entender.



Me despierta el olor de la tormenta. 
Entre sueños mis pezones crecen 
por la humedad, se estiran 
hasta despegar mi cuerpo del colchón. 
Respiro hondo y son raíces amoratadas.

Alguien dice: se viene el agua 
y el viento se ensaña 
con las sábanas tendidas.




II - DE TRIPAS, CORAZÓN


Un cardo florece
sin agua, entre espinas
al borde del camino
ignorado por todo:
el púrpura surge entre el polvo
el colectivero hace globos con eí chicle.

Dos nenas juegan 
sobre la pared de una casa 
a medias construida, 
constantemente a punto 
de perder el equilibrio, 
caer sobre los perros 
dormidos a la sombra.

La rueda del molino de agua 
es la cadencia
del día movido por la fuerza 
sobre un eje vencido.




III -GUARIDAS

La vida es un cuento
contado en la infancia

en la repetición
va cobrando matices.



En el mejor de los sueños 
la mesa está servida 
y somos los comensales.

¿Eran felices 
tus padres?
¿Vos también
hacías barquitos de papel
para que naufragaran
por el agua sucia de la cuneta?

Y está
lo enfermo que incomoda 
en la fiesta:

¿Todavía funcionan 
tus piernas
hechas para tomar distancia?

En el mejor de los sueños.



El amor, ahora, 
es el cartel de neón 
de un bar, titilando de día 
como esos que tantas veces 
dejamos atrás, de la mano 
por calles desiertas: 
nadie necesita su luz, 
pero evocan 
lo mejor de la noche.

(Del libro homónimo,
Caleta Olivia, 2025)

Andrea Kópez Kosak


Andrea López Kosak, Bahía Blanca, Argentina, 1976. Publicó los libros de poemas “Bailar sola”, Editorial de la Universidad de La Plata, 2005; “La Tarea”, Manual Ediciones, Chile, 2011; “Le dan hueso”, Cinosargo Ediciones, Chile, 2012; “Leva”, Editorial Literal, México, 2015;“Indor”, El ojo del mármol, Argentina, 2015; “Mula blanca”, Caleta Olivia, Argentina, 2018 ; “El jardín de las licencias”, Prueba de Galera Editoras, Argentina, 2021; “Animales de costumbres”, Pre-textos, España, 2021, libro ganador del IIIa Premio Internacional de Poesía Juan Rejano de Puente Genil y “Antología” una breve muestra de distintos libros publicada por la Editorial Liliputienses, España, 2022. Participó de distintas antologías en Argentina, Chile y México.


Pueden LEER más poemas en entradas anteriores.



miércoles, 3 de agosto de 2016

INDOR (2)

























Éramos pocos
y entre nosotros
el viento cerró las puertas

no había 
rencores que guardar
ditancias
hasta que

papá quiso reinar y dividió
el día de la noche
los tallos de las venas
abiertas las bocas exhalaban sus vapores 
más pesados que el aire
descendimos 
del árbol contando hojas en blanco

no
dijo mamá
voy a
y descansó
y pasó el tiempo
y pasó
la corriente de una habitación a otra


*****

Alrededor de la fruta
más blanda
madura
el mismo enjambre
la única distracción

en la construcción familiar está
prohibido
sacar los miembros por la ventana.


*****

¿Qué soñó? pregunté
en medio de la obra
a medias habitada
sentí pasar el viento que todo lo vacía
y mi copa tembló
a la altura
de un gesto en tensión



Andrea López Kosak




Andrea López Kosak, Bahía Blanca, Provincia de Buenos Aires, Argentina, 1976. Estudió Psicología en la Universidad Nacional de La Plata. Publicó Bailar sola (colección Chicas de bolsillo, EDULP 2005), La Tarea (Manual Ediciones, Rancagua 2011), Le dan hueso (Editorial Cinosargo 2012), Leva (Editorial Literal, Méjico, 2014) e Indor (El ojo de mármol, 2015). Poemas suyos integran las  antologías: Arte Joven 2025 (Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires); Antología 2009 de la Biblioteca Nacional; IV Antología Ediciones Ruinas Circulares, 2012; Tea Party (II) Muestra dinámica de Poesía Latinoamericana, Cinosargo Ediciones, 2013; Cavar galerías, micro antología poética bahiense, Ediciones FIU 2014. 


ATENCIÓN: Los lectores que lo deseen pueden leer una muestra mayor de los poemas de Andrea de este mismo libro INDOR,  clickeando su nombre, ya que los publiqué en 2014, cuando todavía era inédito; también encontrarán una selección de los poemas de su libro LEVA.



miércoles, 17 de junio de 2015

LEVA




Una media luna marca la uña en el ombligo del amante que regresa.
En la pared botellas rotas para que no pasen los gatos. 
El sol destiñe los colores secundarios; lagartijas de piel 
transparente al tacto se apuran.
De las casas sale olor a sopa. Pasa por abajo de las mecedoras 
en la ventana una línea de luz.
Gajos raídos de sombrillas con palmeras cubren las caras de los comerciantes.



Los dientes forman la línea de joyas donde se juntan los muslos. 
El amante de pasión intensa debe proceder. Compacta 
como un buñuelito de frijol se espera. Extiende hacia mí la aureola 
aceitosa de la servilleta entre la multitud de la avenida.
Me abro paso en el calor de los demás, mientras mastico.
Gajos de sombrilla arratonada al sol.



Cinco marcas con las uñas cerca del pezón. 
Como un salto de animal el cielo gris plomo se dispara. 
Una luna afilada agudiza la presión.



No se puede decir con certeza cuántas clases de señales existen. 
Para rememorar el amor se imprimen en las partes secretas de mujeres casadas.
Una flor de loto azul Caribe en la cadera. El mordisco que produce la hinchazón.
Un tajo en el vestido regateado después de la lluvia, los pasos que me anuncian en la plaza.



El extranjero siente respeto ante una mujer con los senos arañados. 
Ejerce una influencia en el ánimo llevarlos al descubierto, 
como las princesas de sangre real pintadas en las tumbas.
Señales casi borradas reanudan la imagen anterior. El vuelo del tapado, 
esa mañana en el entierro. Se miraban detrás de anteojos negros, 
las señoras, antes de subir a los autos. Pasando cerquita del farol veo 
la sombra de mis zapatos. Un punto corrido en la media.



Salvo el labio superior todo puede besarse. 
La nube quebrada, con intervalos rojizos, como un mordisco de jabalí. 
El tajo en el vestido revela un triángulo de piel sobre el encaje. 
Bajo el farol las lagartijas acechan insectos.
Corta el aire un silbido, pasan hombres de bigotes tarareando cumbias.
Un amor producto de la variedad de medios. Esta algarabía que decrece.



No pretende orden ni momento fijo. La tensión se demora. 
Alguien mira el rostro del amante dormido. 
Ruido de fichas de dominó, desde la calle. 
Un mar sin una sola ola se deshace, atrás, los alcatraces flotan.



Si el amante llega a altas horas da el beso que despierta. 
La chica de los caramelos convida a los mariachis. 
Se escucha sobre el adoquín el trote del caballo, se pierde 
el canto triste del cochero. Sobre un vidrio triangular maúlla un gato. 
Una puede simular que duerme, o que tiene los ojos colorados por la sal.



Como la viuda de un actor. Fácil de conquistar resulta la mujer 
no respetada por otras que la igualan en rango o en belleza.
La del sombrero se hace morder un adorno en la oreja, 
quedan botellas vacías de ron abajo de las sillas.
La rumba termina, se escarba la nariz el celador.



Una unión suspendida. Contra la pared los amantes 
imitan el movimiento animal. Blusas fucsias y amarillas, 
virgencitas que brillan a oscuras, patas de cangrejo.
Sobre el estómago, contraídas.
A la luz del nuevo día se liberan del embrujo. El maquillaje 
corrido, la opresión del jean elastizado. El silencio 
en los andamios comidos por la sal tras la muerte de un obrero. 
La calle caliente. Achiote para el almuerzo que bulle en la cacerola.



Un pellizco moderado, para cerciorar que no sueña. Por Getsemaní 
luces amarillentas, faroles que titilan. Cortinas de metal de talleres cerrados. 
El muelle infectado por las risas de mujeres ebrias, destinadas a llamar 
la atención de los maridos. Ojeras de trasnochada en la palidez 
de la extranjera. Triangulito de tanga verde flúo en el balcón.


Sin mirarse uno al otro irán por separado al baño. 
Frases espontáneas en la puerta, con birome. Las rodillas 
sosteniendo la bombacha estirada. Desde el lavamanos el recorte 
de los pies torcidos. Los altos decibeles del contexto encapsulados.
Queda en el ambiente, dulce, la colonia.




El amor excesivo puede provocar a largo plazo la caída del cabello o la misantropía.
En el centro la lluvia dispersa a las personas. 
Sacuden con estruendos la carrocería los caballos piel y hueso, desbocados. 
Una película incolora protege las ventanas. La procesión deja marcas en la arena.



La luna llena de una canción mejicana. La muchacha corrige ese defecto. 
Se involucra. Quizás exagerada la trama para el clima. 
El dedo con saliva no reactiva la fluidez.




Si no existieran marcas una no sabría si conoció el amor. 
Se concentra en el estribillo tarareado a la noche en la cocina. 
Una niña mestiza que amamanta en la ventana mira sin expresión hacia la calle. 
Los detalles se imponen con fatalidad en un sueño de un minuto 
en un prostíbulo de Olaya. Esa nuca despejada por donde el aliento trepa.



Un poco de tinta china para ahuyentar reptiles.
En la atmósfera espesa la ciudad se destiñe a la altura de las farolas.
Por la calle una situación incómoda entre una mujer, su marido y el florista.
En la whiskería aplauden el menear de la morocha.
Las casas abiertas muestran señoras hamacándose frente a televisores.



Requerida por todos para que distribuya sus favores, se sienta 
en las rodillas del hombre que acaba de echar una moneda en la rockola.
Llegó un barco. Bajo el cartel luminoso de Banana’s militares con fusil 
se ríen fuerte, pisan los vasos vacíos.
Niñas de mala salud rondan el tufo agrio de las camisas.



Fácilmente puede ganarse la vida la mujer que sabe utilizar sus armas. Una onda expansiva en las cocinas de las casas, gente por la mitad en imágenes vía aérea. El Piel Roja consumiéndose en el cenicero de la desmovilizada. Un flash informativo en medio del culebrón.



Únicamente la pasión regula los actos de los protagonistas.
Unas tijeras mal dirigidas dejarían ciega a la joven.
Pueden contemplar el golpe que salpica en la escollera. 
Emitir el sonido adecuado al dolor de una piedrita en la sandalia. 
O acariciar un hombro con una hoja de palma de manera que la piel no la distinga.



Princesas obscenas, retratadas con arsénico rojo en los muros. 
Tiemblan al oír los pasos del que entra al palacio en penumbras.
Una mulata despacha bolsas de mil a dos rubias que extienden las manos.
Como el oráculo que se consulta por precaución o por hábito el cafetero circunda la ventana.



El arte de adivinar el carácter de un hombre a partir de los rasgos o el color de la camisa.
Las voces pícaras llegan desde la bahía hasta el puente. Nadie puede resistir el encanto 
en un escenario que tiende al declive.



Nunca lo despertará mientras duerma. 
Una repentina languidez corromperá la casa.
Sueña cogollos de palma, largos viajes en mula, rutas hipnóticas.
Brujas livianas que huyen de los buscapiés.



(Fragmentos)




Andrea López Kosak (Bahía Blanca, Provincia de Bs.As., 1976)









lunes, 10 de noviembre de 2014

INDOR



Papá tiró una semilla 
y creció la casa 
le colgaba inmadura una habitación y otra a punto
de caer sobre la superficie libre 
de asperezas
Papá dijo voy a descansar
y se tiró
de cabeza en la casa y se quebró la costilla
destinada para algo mejor
la habitación se expandía 
borrando la línea del precipicio
Papá se despertó y ya todo estaba dicho
y hecho: el tronco hueco del mundo 
familiar tallado con iniciales
principios insospechados
Papá ni se mosqueó 
a la sombra
del árbol derrumbado cuenta los días
hábiles 
las manos arrancan la fruta 
podrida por distracción 



Mamá puso las manos abrió la boca
no retuvo
la lluvia que caía
de cada gota que golpeó la tierra nació 
su reflejo
los cimientos se ablandaron 
y sobre su cabeza
una fruta madura hizo sentir la gravedad
Mamá dijo no voy a descansar
hasta saberlo
y olerlo y visualizarlo
y trepó 
a la casa que crecía 
vacía 
cáscara perfecta
para instalarse en la zona 
segura en caso de remordimiento



La rama más frágil del árbol 
iba y venía con un vientito apenas
las formas guardadas
raíces expuestas
perdían vigencia prestaban 
a confusión
Papá levantó un dedo
señaló 
algo que nadie más veía 
y puso al tanto
tan alto tanteando los efectos 
personales perdidos en la continuidad 
de una especie de esnobismo  
No voy a descansar dijo mamá
hasta que 
se abra la casa 
la fruta 
prohibida a los pies 
a la sombra
de la rama más frágil
Y tronó
y el hueco de una mano reveló lo que ocultaba  
cada gota que caía sobre la construcción floreciente 



Al cuarto día se despertó y contó
el sueño para sí mismo

tiraba una semilla 
un centro
que no fue gol
y el espacio se extendía como nubes de tormenta

hay que estar atenta dijo 
mamá resbalando del trono
en fondo blanco fundida



El secreto se agrandó 
a medida 
que el árbol se achicaba
en otoño
crujíamos ante un ademán de caricia
caíamos 
formando remolinos 
reformando
la tradición
No tengo
dijo papá 
nada más para decir
y se ocultó
en el hueco de mi mano
como una semilla



Cayó la noche 
quebró 
un cuarto de la casa 
partió en silencio hacia el corazón de la fruta

papá puso
cada cosa a la sombra y a semejanza suya 
nací
sin imagen



Cuando sea grande
voy a plantarme, dije
en un cuarto a mirar cómo llueve
a sentir cómo duele
darse la cabeza contra el marco
una y otra vez 
rompí el silencio



Que alguien responda, 
¿puedo ser
oída?  

No 
corrió la voz

bajo mi propia sombra espantada



(De: "Indor", 
inédito)


Andrea López Kosak (Bahía Blanca, Provincia de Bs.As., 1976)