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sábado, 3 de octubre de 2020

LA GRAN CADENA DE LOS PANADEROS



 A la puerta de su panadería Braulio Fossey se repone de parte de la jornada en una silla de plástico. Son las seis y media de la tarde. Una luz pletórica cavila al borde de Fossey como si dudara de poder mostrarse en las muchas facetas de su cuerpo, o un rapto de caridad la detuviera. Aunque está fresco, bajo la bata no muy limpia la piel de Fossey no se eriza ni reacciona. La acidez del aire no llega a ser corrosiva. Fossey ha entornado los ojos. Entre los párpados asoma un festón blanco que mantiene la luz a raya. Al lado de la silla hay un parasol verde y rojo, junto al parasol una mesa de plástico y en la mesa un vaso con granizado de limón. Unos bichitos voladores van a inmolarse en los añicos de hielo. Los que no mueren siguen zumbando al borde del vaso. La conciencia de Fossey prepara sus polirritmias para un momento supremo, aunque Fossey se ha identificado tanto con la silla que él mismo se pregunta si lo sabe, si sabe que se acerca un momento imponderable. El colosal corpachón resplandece en su inmanencia. Fossey descansa y vela. Es buena parte del todo. No todo el todo, porque algo diferente de él se apresta a importunarlo.

Este Fossey derramado en la silla es un hombre intenso y desprendido. Más de sesenta y cinco años ya. Discordias superficiales; lucidez intermitente. Tiene la carne fofa por las cantidades de pan que ha comido y firme por los miles de panes que ha amasado y acarreado; tiene la piel blancuzca de harina y rubicunda por el calor del horno. Expresivas pompas de pensamiento se desprenden de la calva de engrudo seco, pero la luz se apresura a capturarlas y las revienta. La boca de Fossey agradece con un pliegue risueño. Después se pliega en otro sentido, el sentido de la sombra. Fossey se rinde a la silla como si ya hubiera cumplido, no sabe con qué.
 En la mente se abre un intervalo. A espaldas de Fossey, el cuerpo rendido se disputa el cristal con muchos otros reflejos y con el cartel que él mismo pintó hace unos años: Panadería El Firmamento. Detrás del escaparate la jovial mujer de Fossey y su hija mayor venden uno que otro pastel o los regalan a los mendigos del vecindario, y al fondo, en un rectángulo de penumbra ambarina, el aprendiz vigila la última horneada, que más tarde Fossey repartirá a pulso por fondas y cafetuchos de la zona. Al lado de la panadería el hijo mayor repara motos en el taller que Fossey construyó después de comprar el local de la panadería. Más allá una vendedora de empanadas atiende las súplicas de su novio en un pequeño telefonín visuable. El aire huele a levadura y canela. A la puerta de la panadería las azaleas de la señora de Fossey arden sin consumirse en un rosado triunfal.

Todo está en su punto, incluso el caos. La verdad, Fossey, que hoy amasó los primeros panes a las cinco de la mañana, no ignora totalmente con qué ha cumplido. Tampoco ignora que ya no quiere sólo media hora de quietud para beber limonada. El mantra de su conciencia le repite que está muy cansado, pero mucho. Es un rumor que anima a esperar algo, probablemente la indiferencia. Como si esperase lograr la indiferencia, Fossey está majestuosamente derrumbado en la silla. Por ahora gana el cansancio. Lo que el pan no tiene de peso lo tiene de volumen.

A un lado y otro del parasol abstraídos peatones andan chocándose por la acera. Hay un ritmo cardíaco en la decepción de los comercios. El rincón de las imágenes - Bálsamos naturales - Frenos y dirección del automotor - Frutas por unidad -- Minicomponentes y clases de audio - Se hacen llaves. Delante de Fossey la avenida es un estruendoso algoritmo de camiones. Las vías del tren elevado se desgañitan en chirridos. Marañas de esmog irisan la luz. A pocos metros de la silla de Fossey una banda de adolescentes juega con esos dados que en cada cara traen una imagen famosa que parece gesticular. El hardware físico de los muchachos no logra disfrutar, ni saber quién gana o pierde en cada tirada, porque le han comprado el juego a un reducidor de bienes robados y el programa está en otro idioma. Avanzada como está su atrofia gramatical, tampoco pueden comunicarse sensaciones complejas, ni acaso tenerlas. Sin embargo gritan. Dejame a mi que a esa tarada le hincho un ojo - Mirá, mirá cómo le entra la pena - Dos que se ríen y soy un campeón. Aunque el entusiasmo de los muchachos no se aviene en un espacio mental unitario, como red orgánica tienen una entidad. Sus alaridos compiten con los bocinazos. Ahora que terminan de rodar por las baldosas, los tres dados muestran la cara ilusionada de la misma cantante, que en cada uno canta una melodía diferente. Bailoteando sobre esa disonancia una chica grita Hurra y levanta velozmente el pozo de las apuestas. Es la hija mediana de Fossey, una desaforada, y nadie se atreve a discutirle si es cierto que ha ganado o no, ni siquiera Fossey.

 A lo lejos se suceden varios ruidos. Frenadas, choques, alaridos de dolor, una explosión, latigazos de luz giratoria. Un patrullero hiende el tráfico para incrustarse en la batahola. Corren vecinos gritando La pisó, la pisó, mientras otros gritan Al hospital del quemado. De la cloaca que hay a los pies de la silla sube un hedor a tripa. La luz entra en un vórtice, pero ante la colosal inmovilidad de Fossey recupera nerviosamente el equilibrio. Todo huye o prefiere no tocarlo. Fossey reposa dentro de su campo de fuerzas, a la espera de algo que podría suceder en el momento menos pensado.

Esperar aumenta el cansancio. Un rezongo de la nariz chata comprime toda una vida. Muchos creen conocer la utilidad de lo útil. Muchos ignoran la utilidad de lo inútil. ¿Cómo saber si los muertos no se arrepienten de desear la vida? ¿Y esto quién lo dice? La hiriente agudeza de esa voz arruga la frente de Fossey. Una ceja tironea, como resistiéndose a un falso llamado divino. Majestad. Majestad. Pasa el tiempo y al fondo de la panadería el aprendiz vigila la horneada que Fossey deberá repartir. Las bolsas de pan van a pesar bastante cuando en cada fonda Fossey las saque de la camioneta, y eso es porque está cansado. Una vez más, y varias veces aún, tendrá que contar lo que ha visto en la vida y en el día, explicar por qué reparte el pan él mismo, retribuir el amor que le dan; tendrá que inventar consejos y cantar tonadas a los nietos, y oír chistes que contará sin gracia, volverá a emocionarse con la frescura de su mujer. Tendrá que amasar. Hacerse radiografías. Lavar la dentadura postiza. Operarse una vez más de la hernia, despertarse de la anestesia. Contar el dinero de la caja y repartirlo. Padecer los pies planos bajo sus noventa y seis kilos. Tendrá que ver morir, todavía. Tendrá que transmitir experiencia a los chicos, él que sería tan poco propenso a modificar vidas ajenas, si supiera en qué dirección conviene. Cansancio y majestad. Con un crujido hueco la mandíbula inferior de Fossey cae de pronto sobre el pecho monumental, como una puerta de ventilación activada por un termostato; pero por cansado que esté Fossey, y hasta plácido, la temperatura mental no le afloja. Tampoco es que Fossey necesite mucho aire interior. Quiere seguir adelante. Para seguir adelante necesita un descanso. Cuando más adelante siga más grande será la necesidad. Este debate es grandioso; de ahí quizá la placidez. Fossey no querría entregar a la muerte sus escombros. Los escombros temen y crujen y él tiene que ir pensando en la paz. Pero ahora le bastaría alargar la mano para atrapar el momento imponderable.
 Los ruidos del tráfico y el aroma a canela se ordenan en un mandala. En la luz tan amarilla la enharinada mole del cuerpo de Fossey es un iceberg de tiempo que se funde por la médula. Ya no sabe si está plácido en su silla o el cansancio le impedirá volver a levantarse. Adelante. Quieto. Hacia el tránsito.

Hay una tradición en la isla que recomienda plantar el gran árbol viejo e inútil en las llanuras de la nada. Los que todavía la escuchan piensan que es más farmacéutica que metafísica. Fossey siempre ha mantenido su tradicionalismo en segundo plano, para no desentonar con las actualizaciones del medio ambiente. Desde ese segundo plano, rendido en la silla, piensa ahora en las llanuras de la nada. Pero la tradición dice que el anciano cansado sólo puede retirarse de los afanes cuando haya recibido el esclarecimiento. Pero lo esclarecido sólo aparece cuando el cansancio es auténtico e insuperable. Sólo entonces el anciano puede ir a plantarse en las llanuras de la nada. Dejar el timón en manos frescas; apreciar sin desvelo el horizonte que no alcanzará: hay una bocha de expresiones para expresar el gran derecho a hacer sebo. Los chicos las desdeñan porque son frases que exigen cierto dominio sintáctico. Pero antes incluso de retirarse el candidato debe reconocer él mismo que algo se le reveló, con una certidumbre tan precisa que cuando lo cuente los demás comprendan en un santiamén que ese hombre es un sabio. Tiene que dejarlos boquiabiertos. Entonces sí el árbol viejo podrá ir a echar raíces donde dice la tradición, para los que la escuchen.
 Fossey ha vivido todos los pasajes que le correspondían. Se destetó a tiempo de una madre no poco absorbente. Pasó sólo de la niñez a la virilidad y de la virilidad a la hombría, luego de la hombría al amor, de la jactancia al compañerismo, de la obsecuencia a la firmeza, de la ambición a la humildad, de la  diletancia a la concentración,de la sordera a la atención, del hambre a la satisfacción, de ser hijo a ser padre, y de ser padre a ser abuelo,  de la insatisfacción al contento y de la precaución a la entrega, todo esto en palabras de la tradición que ya nadie escucha, y, como nadie le daba instrucciones, a su tarda perspicacia cada pasaje le costó una barbaridad de esfuerzo. Ni siquiera sabe si realmente pasó en cada ocasión al otro lado, o meramente se hizo la idea. Ignora si hacerse la idea no es ya un modo de haber pasado las pruebas. Está la posibilidad de que su cuerpo monumental se haya quedado siempre del lado de allá del primer pasaje, y Fossey sea aún un niño exhausto que aún tiene por delante una vida de labores. Qué horror. Desde luego que esta ignorancia dificulta el pasaje de por sí trabajoso que tiene que dejarlo listo para ir a plantarse en las llanuras de la nada. El asesor espiritual de Fossey le ha dicho que una combinación de acoples amorosos con su mujer y retención de la semilla le dará una nitidez mental muy grande, al cabo de varias sesiones; así lúcido a fuerza de penetrar sin derramarse le dará grandes placeres a la mujer y entrará lozano en el derecho al descanso. En cambio el médico de Fossey dice que excitarse a menudo sin descargar la semilla terminaría matándolo de cáncer de próstata, esto antes de haber hecho el tránsito a las llanuras de la nada. De modo que Fossey viene haciendo el amor con su mujer como siempre.

Fossey solo quiere una excusa íntima. No cree que vaya a explotarla. Es para su tranquilidad, para poder estarse dos o tres horas más por día mirando cómo pasan camiones por la avenida. Hay incluso un aromo mustio, en la remota vereda de enfrente, donde al mediodía van a picotearse unas tortolitas.

La luz ha caído uno o dos grados, como si el gentío que rodea a Fossey se hubiera aunado para correr una cortina. Atrás se redobla el olor a masa puesta al horno. También adelante la fetidez de la cloaca. No queda mucho tiempo. No falta casi nada para tener que empezar una vez más. Todos esperan verlo cargar las bolsas de pan en la camioneta para decir Ahí va Fossey a repartir el pan del atardecer. Fossey piensa en lo apacible que es abandonarse a la silla y se cansa más. Puede que esta mezcla insostenible de placidez y agotamiento sea el anuncio de un saber, el salvoconducto.
 Las manazas de Fossey se crispan hasta donde se lo permite el tamaño, la consistencia y la pereza. El plexo metódico eleva y declina en su tejido. La conciencia se deslinda en una doble cinta helicoidal y es como si la cabeza redonda se ovalara. Inmovilidad. Majestad. Un esfuerzo.

Nace una visión.
Por encima de los vahos del tráfico, lamiendo casi los techos, unas nubes menudas derivan como retoños de las vidas que Fossey no vivió. A Fossey lo reconfortaría este encuentro con sus posibilidades truncas si se imaginase al menos qué puede haber dejado de ser él. Respira, y el aliento aparta la luz. La imaginación de Fossey trabaja brutalmente sobre las nubecitas platinadas. Late una vena. Las nubes se desdoblan, segregan cada una un ser acabado y exhausto, cumplido, diferente. Se ven claro, estos Fosseyes. Lívidamente atraviesan las ristras de camiones los espectros de un hombre con gran aparato de herramientas colgadas de un correaje, otro con el pelo y la ropa manchados de pintura, otro con arreos de taxista, otro con una bolsa de cemento al hombro, todos corpulentos, y algunos más dentro de la gama de profesiones que día a día Fossey ve en su barrio. Esos espectros son de una niñez larga y macerada, un desasosiego tan inocente que Fossey querría acunarlos. Pero la compasión lo impacienta y, como si entendieran que no van a revelarle nada, los Fosseys opcionales revientan en una miríada de centellas.

Es una pobre pirotecnia. Fossey resopla. Llovizna de vidas deshechas sobre humo de escapes. Ruedan otra vez los dados. Si tocás te parto la jeta. La tradición dice que el que muere sin haber descansado pasea su ansiedad por las azoteas de los vivos. Duros como corchos, los labios de Fossey murmuran una pregunta. Las centellas quedan suspendidas a ras del pavimento, donde caben entre los autobuses, y como si un deseo las elevara se agrupan en dos o borbotones, se subdividen y configuran en nuevas pautas. Ahora son todos panaderos. Con el poder de penetración típico de las visiones, ocupan el cuerpo de Fossey. Desde adentro lo coronan como último eslabón provisorio de la inmemorial cadena de hacedores de pan. Son tantos que si les diera por ponerse a amasar el cuerpo de Fossey estallaría. Y en cierto modo vibra, lo bastante para que los chicos holgazanes quieran apartarse unos metros. Se van con sus dados y sus frases faltas de potencial, de subjuntivo, ese idioma donde nada cuaja. En cierto modo es una reverencia. Pero Fossey no siente satisfacción sino pesadumbre. La pachorrienta hélice de la conciencia se pone a moler la noble tropa de predecesores de Fossey, y después de hacerlos pasta sigue raspando las paredes del cráneo, y eso duele. Es decepción, es desesperación, es lo poco que falta para que el pan esté horneado, para tener que amasar el de mañana: es la confianza de la familia en que Fossey seguirá saliendo muchos años a repartir el pan de la noche. Todo tan compacto que al fin Fossey se escapa.

Mientras la tarde palidece, las últimas resistencias musculares se desvanecen en una entrega total. La silla de plástico se ofrenda sin una queja. Fossey se ha dormido.
 Es una nube. Dentro de esta nube menuda, a la deriva en un bel canto de atardecer, la conciencia está tan plena como abarcadora es la visión. Una nube puede desprenderse de su marco de cielo, bien que la avenida truene de camiones, si tiene muchas ganas de acercarse a una escena. Aunque las nubes ven con una nitidez de presente inamovible, sin intermitencias ni rayas, tienden a sintetizar las imágenes. Son muy subjetivas. Silencio. Discreción. Imagen absoluta. A la puerta de su panadería Braulio Fossey se repone de parte de la jornada en una silla de plástico. Son las seis y media de la tarde. Una luz pletórica cavila al borde de Fossey como si un rapto de caridad la detuviera. Aunque está fresco, la acidez del aire no llega a ser corrosiva. Fossey ha entornado los párpados. Nada en su piel se eriza ni reacciona. Al lado de la silla hay un parasol verde y rojo y sobre la mesa de plástico unos bichitos se inmolan en un taller de nubes. Firmamento en el subrepticio hedor a tripa horneada. La conciencia de Fossey zumba como amarillentos añicos de hielo. Polirritmias de un momento imponderable se acercan a importunar al corpachón derramado en la silla. Discordias intermitentes, lucidez superficial, este hombre sería parte del todo si la carne fofa no hubiera transportado la piel blancuzca. A las llanuras de la nada todas las bolsas de pan que ha comido mantienen la piel firme por el calor de calvas pompas de pensamiento. La luz de engrudo pliega la boca en el sentido de la sombra. Majestad. Quietud. Balanceo del horizonte que no alcanzará.

Chirridos en la cadena de hacedores de pan. Velozmente suplica el farphone una batahola de dados pastosos. La espalda no sabe con qué ha cumplido. Lo que el pan no tiene de peso lo tiene de reflejos en las llanuras de la nada. Una policromía detrás del escaparate recoge al aprendiz y la hija menor de Fossey en un rectángulo de penumbra. La mujer de Fossey el cuerpo jovial rendido. Los crotos del vecindario atienden los logros del horizonte que no alcanzará. Levadura y canela del mantra de la conciencia repitiendo el taller de motos. El aire incluso el caos gritan de entusiasmo en un iceberg de tiempo que se funde por la médula. Panadería Ambarina no ignora con qué ha cumplido. Quietud. Firmamento. Se hacen llaves irisadas a un reducidor de otro programa. Majestad. De una ceja tironea el pozo de las apuestas. Ebriedad que él mismo pintó hace unos años. El aire en media hora repite que está exhausto del horizonte que no alcanza. Fossey derrumbado en el pan como si esperase conquistar la indiferencia. Las seis de la mañana no ignora lo que el pan tiene de peso. Majestuosamente un rumor de Alineación y vida intermitente. Marañas de peatones en un estruendoso algoritmo de ansia majestuosa. El ritmo cardíaco de los Minicomponentes hiere la batahola defraudada. Una red orgánica de la hija mediana trae la julinfa le hincho un ojo de un espacio interior unitario. En la inmovilidad colosal el firmamento se agudiza. Pisan los muertos la decepción de disfrutar quién gana o pierde.

Inutilidad de cantantes diferentes quema los dados desgañitándose en un vórtice de camiones de llanura. Dos o tres grados de luz tienen que declinar el pan en una camioneta de radiografías. Un salvoconducto para la perplejidad del firmamento acuna a Fossey la semilla de plástico pero las tortolitas en acoples amorosos que retienen el tránsito hacia las llanuras de la nada. Entrega. Precaución. Firmeza. Contento. Placer de la señora Fossey recoge la perspicacia de un momento imponderable. Truena el mantra del nieto al abuelo. La pintura del padre instruye si ha pasado las pruebas. Aún si un niño monumental da lucidez para jactarse, da raíces de platino en la llanuras de la nada, la indiferencia esclarece la cadena de los panaderos, con tal certidumbre que el anciano es coronado en timón de manos que no alcanzan. Escapa el pensamiento en nubes menudas. Sobre la nariz de engrudo el grandioso debate del firmamento. Luces giratorias de temperatura mental en granizado de pies planos. Pletóricos bichos rojizos se inmolan en pirotecnia de camiones. Un patrullero cumplido ulcera el firmamento. Noventa y seis kilos de estruendo se disputan una imagen en imperceptible evolución gestual, en atrofia sintáctica, en smog caritativo, y por las azoteas remotas pasea el cansancio que no entrega a la muerte sus escombros. Grasiento platino del mandala. Se aúna el cuerpo esclarecido para alcanzar el rezongo del momento imponderable. Y así la nube sigue y sigue componiendo lo que mira, desaforada como la hija menor del hombre que descansa en la silla, tan ruidosa que Fossey empieza a comprender dormido aún que está soñando y pide, pide que la nube lo toque, pide tocarse como si lo esclareciera un ángel, y siente en la mejilla el dorso algo pesado de la mano, y se despierta.

Ni la tradición ni el asesor espiritual de Fossey han explicado nunca de qué manera llega el esclarecimiento. Es posible que sea apenas un parpadeo, pero Fossey no tiene tiempo de considerarlo porque al tocarse la mejilla que la nube acarició se encuentra, depositado en una rugosa cavidad de su moflete derecho, un objeto cúbico que susurra una canción. Es uno de los dados de látex con imágenes, que se les ha escapado a los muchachos. Fossey tarda unos buenos segundos en despegárselo de la piel. La expectativa temerosa de los chicos se debate en frases como muñones verbales. Ese rumor le facilita a Fossey el afloramiento. En realidad se levanta con tal agilidad que la silla, mientras Fossey se tambalea por la inercia, cae hacia atrás en una polvareda de harina. La fuerza de gravedad se ha reducido. Y aunque el cansancio perdura, hecho casi agotamiento, Fossey termina de estirar el cuerpo en un nimbo de levedad, no porque el sueño fuera una versión indisciplinada de la realidad que ahora vuelve a incluirlo, sino porque esta realidad que él ve ahora, los dados en las manos de los ciberbrutos, los camiones, la luz almidonada, los bichos en el hielo, la panadería El Firmamento, es un arreglo superior a lo que el sueño apuntó.

Todo está igual que antes pero un poco diferente. En el ocaso hay un centro claro, y en el tráfico un bullicio curioso, y el cuerpo de Fossey es el todo como si las cosas se alegraran de que haya vuelto.

Esta diferencia le da permiso. Desde las superpuestas capas de inútiles tejidos de su cuerpo, se enfrenta con los verbobrutitos. Les arroja el dado. Pero antes de que ellos se abalancen a recogerlo Fossey los frena alzando una mano, sólo hasta la altura del abdomen, la palma hacia delante con sus costras de harina y sus estrías. No está del todo seguro de lo que va a decir. No obstante lo dice.
"Ustedes no pueden imaginarse, muchachos, todo lo que hay que ver para el que está dispuesto."

Los muchachos asienten. Fossey baja la mano y se la limpia en la bata. Para esconder la turbación se retira. Detrás del chancleteo de sus pies planos, algunos muchachos se rascan; otros ríen como si se desagotaran. Echando una mirada a las fogosas azaleas del tiesto, Fossey entra en la panadería. Como siempre, la belleza de su mujer lo deja aturdido. A Fossey le basta mirarle los ojos irritados para recordar lo poco que le importa a ella meditar sobre su propio cansancio. Detrás de la caja, la hija mayor se instruye leyendo un manual de psicometría. Un cliente reflexivo duda ante varios paquetes de galletas iguales. En la parca iluminación del local se vuelca la luz del atardecer, y en esa confluencia el cansancio de Fossey, la simpatía de la señora de Fossey y el grupo humano en general titilan en la tensión de un momento imponderable. Esto piensa Fossey. La señora de Fossey le da un beso y le pregunta si está más repuesto. "Más que repuesto", dice Fossey entonces: "Tuve un sueño." "No me digas." "Sí", dice Fossey, procurando no chocar con la lámpara de techo: "Tuve un sueño increíble. Un sueño que no cabe en la cabeza. Habría que ser un burro para querer contar un sueño así. Soñé que era... Me parece que no sé si se puede decir qué. Me parece que... en fin. Habría que ser un zoquete para pensar que se puede decir lo que soñé. Yo no creo que alguien haya visto algo así, no creo que alguien lo haya oído. No creo que haya palabras, te voy a decir, no creo que quepa en la cabeza de nadie soñar eso. No se puede decir nada de lo que soñé, habría que escribirlo, porque en el fondo no era nada."

En la panadería ya no se ve gran cosa. Pero Fossey piensa que debe estar soberbio, porque la mujer se cala los anteojos como cuando va a abrir un regalo. "Es un sueño lindísimo, Braulio", dice. Fossey prevé nuevos y largos acoples sin derrame de semilla. El cliente reflexivo le paga las galletas a la hija mayor de Fossey. "¿O sea que no vas a repartir el pan?", dice la chica. El sobrio Fossey le acaricia la nuca, febril de una jornada entera en funcionamiento. Con ese calor en la palma emprende el traslado de sus muchos kilos hacia el taller del fondo. La temperatura sube bastante. El aprendiz, que ya está sacando las bandejas, le pregunta sin mirarlo si quiere que reparta el pan por él. Fossey le dice que no, que está bastante despejado y que se vaya a su casa. Las aristas menos visibles del taller se resignan a adaptarse a la inconveniente magnitud de su cuerpo. Fuera, más que camiones, se ven ahora ristras de faros. En la lejana vereda de enfrente el cielo rojizo se va tragando las nubecitas una a una, y a veces de a dos. Fossey mira el caudal del tráfico como si fuera el río que baña las llanuras de la nada. Abundancia. Disolución. El crepúsculo de la mente dura más que el del firmamento. No se extingue. Una amplia bolsa de hilo sintético se despliega entre las manos de Fossey, ávida de recibir panes calientes.



Marcelo Cohen (Buenos Aires, Argentina, 1951)



Nota del administrador: Leer Biografía en entrada anterior del autor. 






domingo, 18 de octubre de 2009

Ventanas altas
























PRÓLOGO


En el tupido sistema de la poesía inglesa, la posmodernidad irrumpió mucho antes de que las ciencias humanas del continente europeo se decidieran a estudiarla; mucho antes, y con un sentido más preciso, que en el mundo disperso de la poesía en lengua castellana. Para los ingleses el modernismo fue lo que instauraron Eliot y Pound; nació estrepitosamente con las innovaciones de La Tierra Baldía, se consagró en el agitado mapa de los Cantos Pisanos, estuvo asociado a la revolución del Ulises y a maneras de representación basadas en el verso libre, la prosodia oral, la imagen como núcleo, la ruptura de la sintaxis decimonónica y el rastreo de los ecos arcaicos de la palabra.
Fue, por lo tanto, un movimiento de aspiraciones y resonancias ampliamente culturales, paralelo al que en la lengua española propugnaron las llamadas vanguardias (Huidobro, Vallejo, el Neruda de Residencia en la Tierra, el Lorca de Poeta en Nueva York, Paz, Lezama Lima, por ejemplo). Para un poeta inglés, declararse posmoderno no es esgrimir un escudo anímico sino oponer un programa poético al programa de la poesía experimental.
A mediados de la década de los '50 un grupo de universitarios de Oxford entre los que se encontraban Robert Conquest, Kingsley Amis, Tom Gunn, Donald Davie, Elizabeth Jennings y Philip Larkin se propuso recuperar una vertiente de la poesía inglesa que, representada a principios de siglo por Thomas Hardy, había quedado interrumpida tanto por la Primera Guerra Mundial como por el fuerte impacto de Yeats —a quien esos jóvenes consideraban celta— y de Eliot —que para ellos era americano—. Un periodista del Spectator que los denominó The Movement (el Movimiento; aunque también Conmoción), juzgó a los rebeldes 'irónicos, robustos, escépticos, dispuestos a sentirse lo más cómodos posible en un mundo comercial, antirromántico y amenazado que, no obstante, un puñado de poetas no parece tener posibilidades de cambiar". Conquest diría que el punto esencial de la poesía de los cincuenta era el rechazo a someterse a grandes sistemas teóricos, aglomeraciones o dictados subconscientes, a la mística y a la lógica, para adoptar una actitud empírica. Más eufórico, Amis declararía: Por unos años nadie quiere leer más poemas sobre los grandes temas, pero tampoco sobre filósofos, o pintores, o novelistas, o galerías de arte, o mitología, o ciudades extranjeras, o sobre otros poemas. The Movement desdeñaba no sólo el preciosismo y el aislamiento del poeta, sino también el surrealismo, la experimentación desbocada y, posiblemente a sus contemporáneos norteamericanos, los primeros beats. No es impertinente sospechar que, proviniendo de graduados de Oxford, la actitud era más un sofisticado berrinche de intelectuales que una política vital. Al cabo, de todos modos, los llevaría a una concepción de la belleza: algo difícil de encontrar, ante cuya ausencia no había por qué escandalizarse, pero que tampoco convenía sepultar con exabruptos. El que más sutilmente materializó esta posición fue Larkin, un hombre adusto a quién alguien definió como el corazón más triste del mercado de posguerra y que a partir de los sesenta se convirtió en el principal poeta inglés posterior a Auden.

Experto en presentarse como entidad insulsa, Larkin dijo una vez que su biografía podía empezar a los veintiún años sin omitir nada importante, declaración ésta bastante notable en un país donde William Wordsworth escribió El preludio. Nació en Coventry en 1922. vivió una infancia de clase media, quiso ser baterista, estudió literatura en Oxford, no fue a la guerra y, tras algún recorrido burocrático por varias universidades, en 1965 llegó a ser bibliotecario principal de la de Hull, puesto del que no se movería.
Murió a los sesenta y cuatro años, el 2 de diciembre de 1985, después de que la institución literaria inglesa creyera inconveniente cargarlo con el título de Poeta Laureado y la implícita obligación de componer versos de circunstancia para la familia real. Crítico de jazz, renuente a la vida pública, casi no hablaba de sí mismo. Sí solía hablar de poesía, en cambio, y sus opiniones no eran ambiguas. Deploraba la experimentación gratuita, creía que las vanguardias (tanto se encarnaran en Pound como en Picasso o en Charlie Parker) no contribuían al placer ni a tornar la vida más llevadera, se consideraba afín a Thomas Hardy, Wilfred Owen y Auden (poetas a quienes la técnica parecía importarles menos que el contenido) y aseguraba escribir en un lenguaje como el que usa la gente. "Como principio rector —dijo en una entrevista radial—, creo que cada poema debe nutrir su propio universo recién creado y, por lo tanto, no comulgo con la 'tradición', ni con el mitologismo, que en última instancia encuentro tan desagradable como el parloteo de esos chapuceros literarios que se lo pasan diciendo a quién debe seguir uno."
Larkin escribió sobre la grieta que separa las expectativas juveniles de la realidad de la madurez, sobre la naturaleza quizás ilusoria de nuestras elecciones, sobre la decepción que culmina la búsqueda de logros, sobre el presente como fragilidad y el futuro como dominio de la vejez y la muerte. De lo que pensaba del amor puede vislumbrarse una parte en estos versos del poema "Faith Healing" ("Cura por la fe"):

Pero ahora nada marcha bien.
Todo el mundo alberga
la idea de vivir la vida al dictado del amor.
Algunos piensan que todo hubiera sido diferente
de haber amado a otros, pero muchos más añoran
lo que podrían haber hecho si los hubiesen amado.


El sendero de Larkin, sólo abierto a lo fragrantemente visible, no parece apto para llegar a una gran poesía. Si a pesar de ello esa poesía existe, cálida, austera y perturbadora, es porque reboza de perfección formal, de variadas músicas, metros, rimas, y formas estróficas, y al mismo tiempo se adhiere a la experiencia desde un lenguaje muy directo. Es, además, una poesía que no sentencia; pues Larkin debía saber que las excusas o los miedos de un solterón de clase media siempre serían menos conmovedores que la capacidad de un poema para hacernos preguntar si no nos habremos equivocado al elegir una vida, en todo caso, si era posible elegir cualquier otra. El motivo siempre está a mano: las ambulancias o el anuncio de una agencia de viajes, cuya muchacha de papel es destruida por los transeúntes; los casamientos del día de Pentecostés o la transmisión de una ceremonia pública por la radio; un día de playa o la vida de un vendedor de herramientas agrarias: lo que pasa.

Las vanguardias y el modernismo ensancharon progresivamente la grieta entre la obra y el público; Donald Davie escribió un ensayo convincente con la tesis de que fue su visión aristocratizante de la cultura lo que empujó a Pound al mesianismo y a la admiración por Mussolini. Larkin, el flemático, creía con más cautela que cuando el poeta pierde contacto con los buscadores de placer literario ha perdido el único público que vale la pena. Pensaba que en la experiencia de las cosas cercanas está el límite y la trascendencia. Ni iracundo ni devoto del pasado, no se tomo muy a pecho las acusaciones de provincianismo. Cuando una vez le dijeron que algunos lo criticaban por pintar una vida irreversiblemente anodina, replicó: Me gustaría saber cómo pasan ellos el tiempo. ¿Matando dragones?

Dado que la poesía de Larkin tiene entre los críticos casi tantos detractores como incondicionales, de los epítetos que le cayeron encima no fue el de provinciana el único insistente. Se ha dicho que es una poesía conservadora, que es escasa, que es filistea. Que la llamasen gloomy (lóbrega, sombría, deprimente) no debería inquietarnos si pensamos que la mitad de los mejores libros de poesía de nuestro tiempo no pudieron dejar de ser sombríos. Tampoco debió de inquietarse el acusado; tenebrosa, pesimista, se había dicho que era la poesía de Hardy, a cuya lectura providencial, Larkin atribuyó la fortuna de librarse, tras su primer libro (The North Ship), de lo que denominó enfermedad simbolista y sueño yeatsiano. Pound también había admirado algo en Hardy: la claridad, la "cercanía entre frase y visión"; los poemas de éste, por lo demás, abundan tanto en celebraciones de la vida media y sus personajes como en oportunidades perdidas; muchachas muertas, arrepentimiento tardío y, en general, la observación de que la hora que marca el reloj es ultima multis, la última para muchos. La afinidad de Larkin con Hardy es abarcadura: su claridad es casi narrativa; sus imágenes singulares suelen estar empapadas de premoniciones de ocaso.
La mayoría de las cosas pueden no suceder nunca. Esta sucederá, se lee en una de las últimas obras de Larkin, un poema sobre la muerte titulado "Aubade". Frente a la perspectiva de extinción la mayoría de los consuelos se eclipsan, antes que ninguno el "vasto y apolillado encaje musical de la religión". Las identificaciones gratificantes del amor están trenzadas con la intuición de que siempre hay algo incomunicable. Tan abrumadora es para Larkin la indicación de la flecha del tiempo que hasta la primavera le resulta apremiante:

Los árboles ya dan retoños
como algo no del todo dicho;
brotes recientes, calmos, se dispersan
en un verdor que es casi una pena.
¿Es acaso que vuelven a nacer
y nosotros declinamos? No, pues también ellos
mueren. El repetido ardid de renovarse
queda escrito en anillos de madera.


Pero conviene no ignorar que el esfuerzo por conseguir un efecto melódico o urdir una frase perfecta impugna la desesperación total. Por intenso que fuese su pesimismo, a Larkin no le interesaba amonestar: escribir un poema, dijo, siempre es un hecho positivo. Y observaba el mundo lo suficiente como para advertir que el mismo deseo que sostenía su trabajo de poeta apuntalaba la capacidad humana de trascender de distintas formas, la idea de la muerte. "Arboles" el poema cuyas dos primeras estrofas están citadas más arriba, concluye con una invocación:

Y sin embargo incansables, cada mayo
los castillos se desgranan en plena densidad.
Ha muerto un año, parece gue dijeran;
empieza, empieza tú también de nuevo.


Puede que el final de "El edificio" —un poema donde se describe un hospital—parezca menos alentador, pero no le falta la sugerencia de que los ritos comunitarios nos ayudan a convertir el mundo en un paisaje habitable:
Otros, sin saberlo, han venido a unirse
a la congregación oculta que en hileras blancas
yace apartada, arriba: mujeres, hombres,
jóvenes, viejos; crudas caras de la única moneda
que se acepta aquí. Todos saben que morirán.
No aún, tal vez, no aquí, pero algún día
y en un sitio como éste. Tal el significado
de este peñasco regular; un afán de trascender
la idea de la muerte, pues salvo que su poder supere
al de las catedrales, nada impide que el ocaso llegue,
aunque multitudes lo intenten cada tarde,
con débiles, pródigas flores propiciatorias.


Entre el deseo de vida y el peso de la fatalidad respira la pregunta por la forma justa de vida. No son el pesimismo, ni la Inglaterra el lugar común, ni la despiadada exhibición del curso del tiempo los rasgos más raros de la poesía de Larkin, sino una duda sobre la mejor forma de usar el presente que atrapa todas las acciones, todas las herramientas. La duda es en ella el sostén de un arte poética; a lo largo de varias estrofas se despliegan los argumentos que apoyan una actitud, para sugerir, en dos o tres versos finales, que esos argumentos son refutables y los contrarios tienen muchas posibilidades de ser igualmente convincentes, quizá ciertos.
Esta forma de componer, no tanto una técnica como la frecuencia en que emiten un sentimiento y una mente, está soterrada en casi toda su obra, pero es inmediatamente visible en poemas como "Vers de Société" o "Dinero" (ambos incluidos en Ventanas altas). En otros poemas no son argumentos los que se invalidan al final, sino la furia insuflada por los coloquialismos; desde la grosería más o menos arrogante el poema transcurre hasta anegarse en las tibias, aplacadas palabras de la reconciliación. Pues aunque el lenguaje no sirva exactamente para reconciliarse, menos aun para "comprender"; como las ventanas altas de las iglesias, sugiere misteriosas perspectivas. (Este proceso poético del suelo al infinito tampoco es una técnica; parece ser, como toda lírica, una disposición moldeada por el trabajo).

Cuando veo una parejita e imagino
que él se la folla y ella toma
pildoras o usa un diafragma,
sé que es ése el paraíso
que todo viejo soñó la vida entera:
ataduras y prejuicios desechados
como una cosechadora obsoleta, y los jóvenes
deslizándose sin límites
hacia la felicidad. Me pregunto si cuarenta
años atrás, mirándome, alguien
habrá pensado: Eso es vida;
nada de Dios, ni de sudar de noche
pensando en el infierno, ni de ocultar
lo que opinas del cura. Ese y sus
amigos se alzarán, maldita sea
libres como pájaros. Y de inmediato,
más que en palabras, pienso en ventanas altas:
el cristal en donde cabe el sol y, más allá,
el hondo aire azul, que nada muestra,
y no está en ninguna parte, y es interminable.


Yo no soy escéptico; soy triste, escribió Pessoa, y Larkin podría haberlo proclamado. Pero en una declaración de esta naturaleza hay más orgullo que autocompasión. La tristeza de Larkin es la del que, mientras advierte la fuga del tiempo, celebra los consuelos que enaltecen el presente —el amor, el arte— y los discretos hábitos que obran su retorno: ir a la playa, enterrar a los muertos, visitar a los enfermos, jugar a las cartas, organizar la feria de campo anual, ir al trabajo. El pasado que la memoria contiene es irrecuperable; el futuro que la fantasía alcanza a concebir es una promesa nublada por la declinación; más allá de estos márgenes hay largas perspectivas temporales cuyas magnitudes nos dan pánico. Lo único que nos pertenece de verdad es la menguante reiteración del presente. Negando la eficacia de toda alegoría, de todo sentido figurado, Larkin procura cantarle al mundo tal como es: una actitud de lúgubre bibliotecario sajón que probablemente no le disgustaría a un compositor de haikus.

Para la literatura contemporánea, que pese a sucesivas rupturas no ha traspuesto el ámbito del romanticismo —primacía del sujeto, nostalgia del absoluto—, es difícil ver una mesa privada de un halo de ideas. Un barco a la distancia es la promesa de otra cosa; los atributos de un jazmín no sólo son el color y el perfume, sino una ristra de asociaciones culturales. Larkin desconfía de la simbología; prefiere no novelizar la mirada. "Ten cuidado — dice un poema —: los libros son una pila de basura". Claro que se trata de una provocación; razonablemente, versos como éste le ganaron cierta reputación de filisteo.
El adjetivo "filisteo" tiene en inglés un significado inmediato que en español sólo adquiere por extensión: quiere decir prosaico, materialista, pedestre, inculto. Meses después de la muerte de Larkin, cuando en Inglaterra arreciaba el debate sobre el valor de su obra, Barbara Everett hizo en la London Review of Books una defensa basada justamente en el uso fructífero que Larkin había hecho del filisteísmo. Everett recuerda que en Los viejos demonios, la última novela de Kingsley Amis (íntimo amigo de Larkin), un personaje le dice a otro, escritor más o menos frustrado: Si quieres hablar seriamente de tu lugar y su gente, tendrás que abordar la cosa de un modo por completo distinto, como si no hubieras leído un solo libro en tu vida, bueno, no exactamente, pero..." No exactamente como si nunca hubiese leído, aunque sí con un deliberado, agresivo desdén por los asuntos y la retórica de altura, Larkin armó una poética de las condiciones cotidianas que le permitía hacer de su obra un territorio definido capaz, por así decir, de expresarse a sí mismo. En este territorio un hospital, la visita de un ateo a una iglesia, un marchito hotel de provincia, un viejo temblequeante no acaparan menos prestigio lírico que la hierba recién segada o la antigua generosidad del sol. "Adecuadamente amadas — escribe Everett—, las condiciones 'filisteas' ofrecen un símbolo inusitado y fresco de la vida en su trascendencia diaria y en sus momentos de gloria fugitiva, desperdiciada, inexplicable."
En un centenar de poemas sólidos y eficientes como muebles de buena madera, con la apropiada variedad de metros y formas, Larkin cantó las condiciones que amaba. El esfuerzo por transmitir un sentido de lo real no se distingue del conocimiento de sí mismo. Se negó a dar un deliberado paso atrás para crear un objeto...,una vida reprochablemente perfecta. Salvo cuando son monólogos dramáticos y habla un personaje, esos poemas casi no contienen la palabra yo. Lo que habla no es "el poeta" sino una conciencia transitoria, que no se considera distinta de las cosas que la rodean y busca afincarse en ellas para evitar el despilfarro de los "gestos grandiosos". Larkin creía que los ritos cotidianos no sólo eran consoladores sino también placenteros, y no le molestaba que la poesía se les pareciese, que el poeta tuviese algo de cartero. Consiguió algo casi nuevo para la poesía moderna: conmover al lector hablando de lo impoético. Ocultar el yo no fue en él un movimiento aconsejado por el pudor, ni una estrategia lingüística; fue producto del deseo de presentar la Inglaterra de lo banal como el objeto perdido o menospreciado que repentinamente vuelve a hacerse oír; como la palabra de alguien que escribe desde el exilio. "Viernes a la noche en el Royal Station Hotel" condensa todo esto:
Desde los altos racimos de bombillas, esparcida,
la luz cae oscuramente sobre sillas solas
de colores distintos, que se miran una a otra.
Por la puerta abierta, el comedor declara,
una más grande soledad de vasos y cuchillos
y una alfombra de silencio. El conserje lee
un diario vespertino que ha sobrado. Pasan horas,
y los viajantes ya se han vuelto a Leeds
dejando ceniceros llenos en la Sala de Reuniones.
Las lámparas alumbran pasillos descalzos. Qué
aislado es esto, como una fortaleza...
El papel con membrete, hecho para escribir a casa
(si hubiera casa) cartas del exilio: Cae
la noche. Olas se pliegan detrás de las aldeas.

Se considera que Ventanas altas (1974) es el libro más equilibrado, más completo de los que Larkin publicó. Fue el último. Contiene piezas muy tenues ("Solar", "Hierba segada", "Dublinesca") junto a otras sanguíneas ("Los jugadores de cartas") y otras apropiadamente sombrías ("Loe viejos bobos"). Pero incluso éstas son, en un sentido nada crepuscular, invitaciones a la aceptación. Observaciones de la vida como aprendizaje de lo contradictorio. Elogios de la necesidad de elegir: cantos de entrega.

Mallarmé, Valery, también Lezama Lima y buena parte de las vanguardias nos acostumbraron a que el poeta no escribe tanto para expresar algo —tampoco para comunicarlo—, como para hacer manifiestas las fuerzas que habitan el lenguaje, de las cuales un sentido derivante nace con cada lectura del poema. Aunque en los últimos veinte años la crítica preponderante en Europa haya trabajado sobre estas convicciones, la lectura de las revistas inglesas sugiere que en ese país la mitad de los poetas sigue considerando procedente escribir un poema sobre algo. Hay una visión, una imagen, un hecho o un pensamiento que suscitan el deseo de escribir, y sobre esa base se compone. El hecho de que Larkin creyera en el "contenido" de la poesía —por mucho que parte de ese contenido fuese su música— me sirvió bastante para mitigar la alarma nacida de comparar cada poema de Ventanas altas con su traducción. Creo que los "contenidos", incluso en lo rítmico, no se perdieron irreparablemente.
Dado que Larkin es un poeta de formas perfectas, dado que no hubiera sido posible reproducir metros y rimas sin caer en la ridiculez o dañar lo que los poemas representan, establecí un compromiso entre cada original y su réplica sospechosa. Busqué una música capaz de expresar en castellano lo que expresaba la música de los versos ingleses y, al mismo tiempo, de aceptar la expansión verbal que siempre se produce al pasar a nuestro idioma. Valiéndome del encabalgamiento —un procedimiento usual en Larkin—, de algunos cambios de orden en los períodos y en la estructura de la enunciación, traté de ser lo más literal posible. Lo que quería era un continuo de respiración que diese cuenta de la pausada economía de los poemas. El método varía ligeramente en tres piezas —"Annus Mirabilis", "Sea este el verso", "Dublinesca"— que no podían presentarse despojados de un aire de canciones sin condenarlos a perder todo sentido.

El resultado no son poemas castellanos sino traducciones de poemas ingleses. Por lo tanto deberían incluirse en la tradición de la literatura anglosajona traducida, que tiene a estas alturas un pasado respetable y no ha influido poco en la formación de probados escritores de nuestro idioma.
No estoy en contra de que los hallazgos de otras lenguas se infiltren en el castellano, incluso si contravienen reglas más o menos calcáreas. Nuevas cadencias, nuevos escorzos gramaticales, neologismos provenientes del inglés, el francés, el portugués o el italiano han servido a menudo para darle al castellano repentinas amplitudes de expresión. Si un idioma y su literatura son fuertes, no tienen por qué temer a los advenedizos: la endogamia puede destruir una lengua; las cruzas la enriquecen, como se comprobará echando un vistazo a la historia de cualquier literatura importante. Las traducciones son, entre otras cosas, vehículos para el contrabando de formas de decir y miradas sobre el mundo, dos mercancías que, desde luego, no pueden deslindarse.



Marcelo Cohen

( Prólogo a Ventanas altas,de
Philip Larkin
-Inglaterra, Coventry, 1922-1985-,
Lumen, 1989)

Imagen: Reproducción de una pintura del argentino Roberto Aizenberg -Padre y niño contemplando la sombra de un día -1962.


domingo, 10 de mayo de 2009

Lo que la playa pone...

























I.


Al fondo, bajo el peso del aire, el horizonte está como un portal o un sello. No parece una línea sino el rastro de un pincel bastante seco, aunque en realidad es la luz cristalina lo que de vez en cuando lo borra, lo aleja, lo disuelve o lo prolonga. Junto a ese límite plomizo, a veces pardo, el cielo es de una palidez sorpresiva; pero con la altura se afirman los colores y las zonas de celeste insípido se pierden en un azul de llama de gas, salvo a la derecha (pero más bien atrás, a espaldas del ojo), ahí donde el sol, que baja tirando de la tarde, la vuelve blanquecina y cóncava como una taza.
Llamado por el reflejo del sol, una estela de malvas y cobres vivos, el ojo baja hacia el mar. El mar se expande, vibra; es áspero, compacto, el mar corta el aliento, y el horizonte se diluye todavía más, como si una parte del trazo retrocediera y la otra se entregase a la persuasión de las olas. Porque el mar es bravo pero también es tenue, y el horizonte transige para engañar mejor. Entonces, a lo lejos, el mar es un desconcierto brillante, casi un hule de añil movido por turbinas. Es mucho más acá donde las olas se definen, primero como leves colinas de mica, después como rodillos de goma agrietada. Cuando las olas se confunden, un verde oscuro reemplaza al azul y titubea; cuando se ordenan, apoyándose unas a otras en cadenas veloces, una fuerza que se podría aprovechar las va exaltando hasta arrancarles eléctricas melenas blancas. Eso ocurre más cerca: las olas se alzan, amenazan, y parece que el asombro de su propio alarde las paralizara. En el instante de inminencia en que una ola va a romper, el mar entero se vuelve real de repente. No bien la ola se derrumba, un derroche de espuma deja atrás el bramido para empapar el aire de sal, invadir la orilla y aplacarse en la indiferencia de la arena.
En principio el mar es como todos los mares. La playa, lo que la playa pone, es otra cosa.
A cien metros de la costa, tres boyas anaranjadas con forma de peonza sugieren un mensaje que a veces se extingue, cuando las olas lo esconden, y rítmicamente reaparece en las crestas, siempre transformado. Puede que las boyas signifiquen algo. Tienen la dulce constancia del parpadeo de un idiota.


II.

Son ciento cincuenta metros de playa más o menos, de una playa ancha, de arena fina y trigueña, que podría ser fantástica si no estuviese interrumpida. A la derecha y a la izquierda, desde una distancia imprecisa pero grande, emergen del mar dos muros de hormigón gris claro, todavía no atacados por el musgo, que a juzgar desde la playa deben tener siete metros de altura. Para el ojo no es inmediata la certeza de que la playa está encajonada, porque los muros nunca proyectan más que unos metros de sombra, y no durante todo el día, pero sobre el borde de los muros, entre estacas de hierro incrustadas en mortero, corren varías líneas de alambre de púas. Hechizado por
el mar, dopado por el aire agreste, el ojo olvida los muros y va y vuelve entre el horizonte y la arena.
Es primavera, y a esta hora de la tarde la arena guarda una tibieza que el aire va perdiendo. Parece que fuera la arena la madre de las cosas que hay en la playa: un poco a la izquierda del centro, una gran palmera arrogante; muy a la derecha, cerca del muro de ese lado, un poste de tres metros con un tablero digital que indica la hora y la temperatura (17.28/ 19°C); y arbitrariamente repartidos, como invitando a prolongar una estancia junto a la orilla, cuatro toldos verde manzana sujetos a postes de hierro. Con tan pocos implementos la playa no es inhóspita pero parece vacía, y el mar se ofrece holgadamente al ojo. Dos gaviotas aletean en la resaca; una alza el vuelo y se pierde por encima del muro de la izquierda. Entonces, recapacitando, el ojo corrobora que tanto ese muro como el otro se alargan en sentido opuesto al mar, dejan atrás la playa cortando un parapeto bajo, cortan también una franja de asfalto (al borde crecen yuyos) y al fin, a treinta metros del parapeto donde la playa empieza, quedan unidos por una especie de pabellón encalado, de una planta, tan largo como el trecho de playa, dividido en treinta y seis compartimientos iguales. Los compartimientos son celdas de tres metros y medio de ancho por cuatro de fondo. En cada una hay dos camas y una escalerita que lleva a un altillo bajo con lavatorio e inodoro. La puerta que se abre a la playa es corrediza, de una aleación ligera; la otra es de acero, con una ventanilla, y da a una galería como la de cualquier cárcel. Detrás de la hilera de celdas y de las galerías, antes de que empiece el resto del mundo, hay un patio cerrado por un muro doble, y sobre el muro una pasarela sembrada de garitas. Si desde la playa el ojo mira el pabellón, ve que al fondo y arriba, entre las garitas, se pasean unos guardias armados, muy jóvenes, de aspecto bovino y mirada de psicópata.


(Fragmento de la Primera parte de
La Ilusión monarca,
en "El fin de lo mismo",1992)
Marcelo Cohen



Marcelo Cohen. Novelista argentino (Bs.As., 1951) Residió durante veinte años en Barcelona. Su prosa está íntimamente ligada a la poesia y a la ciencia ficción, en los relatos y nouvelles de "El fin de lo mismo" (1992) y Hombres amables (1998); en novelas como El oído absoluto (1997) y El país de la dama eléctrica, entre otras obras. Es también traductor y crítico literario. Tradujo más de 40 libros de ensayo y literatura, el francés, el italiano, el portugués y el catalán y del inglés -en el que se destaca el último libro de Philip Larkin, "Ventanas altas" (algunos de cuyos poemas se pueden leer en este blog). Dirigió la colección Shakespeare por escritores, para la Editorial Norma. Escribe sobre jazz, en el diario Clarín. Además, publicó: ¡Realmente fantástico!, una colección de ensayos sobre los autores de su predilección, entre los que se encuentran Clarice Lispector, George Perec, Peter Handke, J.B.Ballard. Como otros narradores, empezó escribiendo poemas. Es el director de "Otra parte", revista de artes y letras. También ha escrito prólogos admirables, como el de la antología "La poesía era un bello país" de Jorge Aulicino (Leer aquí)


Si no tuviera espesor ni consistencia...


29 años



Era invierno, una noche del período más recóndito del invierno, y probablemente una fiesta religiosa o patria pegada a un fin de semana, porque la ciudad adonde Enzatti iba a visitar a Anabel estaba medio vacía, despejada de urgencias más bien; y como esa tarde había llovido mucho, bajo el aire renovado los edificios, las fuentes tenían un espesor cercano, una inmediatez casi ofensiva, como si esperasen que los azorados transeúntes les pidieran permiso para pasar. Y justamente eso fue lo que Enzatti le dijo a Anabel, no tanto novia suya como amante continua: "Tendríamos que pedir permiso", le dijo. "¿A quién?", dijo ella (y no ¿Para qué?). "Al aire o a los edificios, para pasar. Es como si sobráramos." Anabel, que caminaba aspirando ampulosamente el aire helado, contestó que no, al contrario: a ella le parecía que esa noche todo la albergaba fácilmente, casi como si no estuviera en la calle ni en ningún lugar, como si no tuviera espesor ni consistencia. De pronto, entonces, al oírla, Enzatti giró la cabeza; y aunque desde hacía varios minutos llevaba a Anabel del hombro, aunque había estado sintiendo el hombro laxo de Anabel a través de la ropa de invierno y con el hombro la contundencia del cuerpo entero, el torso al menos, en ese momento no la vio. Lo único que vio, curvo en la luz de mercurio, horizontal en la transparencia de la noche, fue su propio brazo sólo: y si no lo dejó caer fue porque, aunque no lo viera con los ojos, en la mano seguía sintiendo el hombro de Anabel. Cada vez menos, no obstante, o con más dudas. Y no era sólo por el frío, que insensibilizaba el tacto. Tampoco porque se acordara de que un año y medio atrás, la noche que había conocido a Anabel, cenando con el jefe de zona de la empresa que los empleaba a los dos, la había considerado un poco lenta de reacciones, un poco vulgar y un poco reiterativa, tres objeciones que olvidaría antes aun de empezar a quererla, y por lo tanto mucho antes de empezar a tener miedo de perderla cada vez que, terminados los fines de semana, alguno de los dos tenía que volver a su ciudad. Y tampoco por una trampa del asombro, como si Enzatti sólo pudiera esperar que Anabel concordara con él o disintiera ferozmente, y no que de vez en cuando inventara una opción, como quien mira a los costados y alza el vuelo. No. Era, y en ese momento Anabel volvió a materializarse junto a Enzatti, que la vigilaba de soslayo, por la certeza de que cuando llevaba a Anabel del hombro, distraídamente, sabía menos que nunca de qué estaba hecha esa mujer, en qué consistía ser Anabel, qué tipo de labores físicas y mentales demandaba, cuántas operaciones de atención, composición, coordinación, dominio, abandono y relevo. El frío le mordisqueó los dedos, que se hundieron en la franela del gabán de Anabel y reconocieron penosamente el hombro. Enzatti quiso sentir, pero no podía por culpa de la ropa, el cosquilleo del pelo de ella en el hueco del codo. ¿Qué pasaba si, absurdamente, alguien que había tenido una idea de otra persona la perdía de repente? ¿Qué pasaba si la gordura o el acolchado del pensamiento, que se multiplicaba con una autonomía vertiginosa, lo alejaba del conocimiento del otro, de la otra? Muy plausiblemente la otra desaparecía -para ese alguien. Estaba, claro, la posibilidad de conversar, algo que Enzatti y Anabel hacían casi siempre que no se estaban tocando; variar las preguntas hasta que alguna le diera a ella la chance de mostrarse de verdad y a él, por así decir, la de asimilarla; o viceversa. Pero aún entonces algo de sustancia, algo de sustancia iba a quedar relegado, porque ya sabía Enzatti lo precariamente que las personas se acoplaban a sus historias, qué inacabable era el proceso de remiendos y adiciones, tanto que todo el mundo se daba por vencido, aceptaba finalmente la inexactitud, y bien era posible que en esa pizca de sustancia faltante estuviera la quintaesencia de Anabel. El ser, incluido en el concepto de ser un mechón de pelo color cerveza, la nariz curva y elegante como el asa de una tacita, la clavícula, los humores, los sismos del corazón y los sentimientos que el arte le adjudicaba al corazón, todo eso, en realidad, ¿dónde se afincaba? ¿En ciertas neuronas, en distritos cerebrales? Sin duda no en la materia, aunque existiera por ella, sino tal vez en la mente, algo tan impalpable. Los sentimientos: vida psíquica, espíritu. ¿Dónde estaba Anabel, la que indudablemente olía a mujer, lastimaba con uñas o insultos, la que apretaba o se ausentaba? Enzatti estornudó. "Un ruido de nariz", dijo entonces alguien que no era la Anabel de diez minutos atrás, y lo dijo como si hubiera estado oyendo el pensamiento de Enzatti, "un ruido de nariz no alcanza para que un cuerpo esté presente. Un estornudo es apenas un síntoma, ¿no? Una cosa demasiado poco expresiva." Enzatti se sobresaltó; de haber esperado algo, habría esperado que Anabel dijera: Qué lejano te siento, o quizá simplemente ¡Changós!, como decían en su ciudad cuando alguien estornudaba. Casi en seguida le entraron ganas de llorar. Se dio cuenta de que en la vida le iba a ser muy difícil llevar del hombro a otra mujer como Anabel. Por eso, por nostalgia anticipada, dijo: "De acuerdo, pero te juro que a medida que pase el tiempo me vas a conocer mejor." Les quedaba una cuadra, porque iban al cine; y faltaban diez minutos para la sesión. En la calle deshabitada, en el aire lácteo y crujiente, Anabel suspiró sonriendo y, mientras él volvía a perderla de vista, acarició con una fuerza rigurosa la mano que la agarraba del hombro: la mano de Enzatti. Era una buena oportunidad para besarla, sobre todo en la boca, fría seguramente en las orillas, irreconocible en los adentros, y con los ojos entornados espiar cómo reaparecía o aseguraba que en ningún momento había dejado de estar. Pero Enzatti no la besó, no en la calle, porque le molestaba la bufanda y desde la mañana se había estado quejando de tener tortícolis. La besó más tarde en el cine, con los ojos cerrados, llenos del brillo ofuscador de la pantalla.


(Fragmento de Aspectos de la vida de Enzatti,
en "El fin de lo mismo",1992)

Marcelo Cohen (Buenos Aires, Argentina, 1951)





lunes, 29 de septiembre de 2008

DONDE YO NO ESTABA -Fragmento



DOMINGO 10

...Caí dormido de rabia contra los escritores que sólo quieren brillar, y lo consiguen, cuando aún no conocen las obras de arte que les revelarían cuán ínfima es su ambición. ¿No le basta a la
gente con disfrutar de los maestros y de sus buenos epígonos? Porqué no leen, en vez de agregar más libros al mundo?
Como de costumbre, el maestro Rosezno me respondió con contundencia. En la página 71 de las Militancias encontré esto;
Todo lector es un escritor, y tiene que escribir aunque no le salga muy bien. El mito de la grandeza literaria abona uno más de los muchos sistemas jerárquicos que acogotan al ciudadano. No alcanza que por arriba de nosotros haya un jefe, un dios, un padre, un policía, un prócer ejemplar, una ley que desde que nacemos nos obliga a decidir si vamos o no a acatarla. No: encima tenemos que paralizar la mano porque el gran Nero Vomuren escribió obras inagotables, y leer solamente a tres o cuatro genios porque se supone que nos representan en todo. Qué infamia. ¡Todo lo contrario! ¿O no es de lo más natural, no sólo que un humano escriba para emular cualquier lectura que le haya abierto el cráneo, sino que quiera difundir lo que ha escrito entre otros humanos, a ver si encuentra un semejante? No de otro modo circula el afecto, caray. A nadie se le ocurriría decirle a un chingolo que cierre el pico porque canta menos lindo que el jilguero. Y en un mundo donde sólo cantaran seis jilgueros eternos nos moriríamos de esgunfio y de ignorancia. Ojalá mi vecino Dávila decidiera colar una novela suya entre las obras de Córsimo y las de Gnusi; se ampliaría el repertorio poético del chisme.
Lo bueno de Rosezno es que sin embargo él elige la reticencia.
"Mi plan es el adelgazamiento de mi ser", escribe en la página 72, (Creo que esto merece quedar destacado.)
Y bien se ve cómo enfoca la mente, le exprime el palabrerío, persevera en hacerse específico, leve, en diluirse en el mundo como una tableta efervescente. Rosezno nunca intenta acaparar la atención ajena; no le roba tiempo a nadie. Simplemente nos hace volver la mirada hacia la oscuridad.
¡Aplausos!...



Marcelo Cohen (Buenos Aires, Argentina, 1951)





SATÉLITE





Anticipos de otoño. La vidriera de la pharmacie

cambia la loción solar por la colonia antipiojos. La luz
parece musgo. En la cabina telefónica, como un escarabajo
en una gota de resina, un hombre gesticula contra el polvo,
el límite, los desaciertos del reloj. La mano libre
acaricia un cuello en el vacío, aunque el puño,
cuando se cierra, podría estamparse en el vidrio.
La espalda se encona o se endereza. A veces la boca ríe.
Fuera, un afiche de nubes adorna el cielo rugoso.
Desde el criadero de pollos, el macadán cede al ripio
y el camino, que empieza a zigzaguear, se aleja de las granjas
para trepar entre prados hacia la hosquedad
de los peñascos, las esponjosas turbas de abetos.
"Sí hay halcones acá, y castaños, y el pastor ofrece vino.
Pero entonces pienso que ningún lugar es realmente hermoso
si no..."Pasa un camión de leña. El viento recrudece. Del techo
del criadero se ha desprendido una teja. La boca del hombre
roza el auricular como si así se explicara. Las ondas
intercalan una música tenue, adventicia, Aznavour tal vez,
o un noticiero. Esto pasa. Desde otro país, otra hora,
otro continente, otra vida -desde el frenesí violeta
que empieza a estallar en los jacarandáes- la voz
de una mujer aún en duermevela irrumpe en la cabina:
"Un momento... Besos, besos." Parece la palabra justa.
Truncas láminas de sol entre las nubes. La mano del hombre
no ceja. "Besos." Parece suficiente. Para la sensación
no es suficiente. Ayer, subiendo una colina, ese hombre
vio aglutinarse establos, cabras, castaños y barrancos
en una comarca satisfecha en la palabra que la nombra;
así, en la altura eficiente del satélite, él y la mujer
podrían unirse en un emblema sonoro del amor -así piensa-,
especie de yin y yang grabado en la fugacidad.
El hombre escucha o calla, sorprendido una vez más
de que dicha y carencia elijan suceder al mismo tiempo.
Porque el satélite sigue su trayectoria curva
y el ángulo de las voces cambia, dislocando el deseo
de presencia. La sensación quiere adaptarse a todo.
Pero el satélite viaja, las voces se desplazan
y el único emblema de un ahora doble es el transcurso.
Acaso baste; aunque no hay una palabra sola
que lo satisfaga, el momento dura en su fundido,
como la idea de una constelación alimentada
por un alma que a fuerza de mirar da a luz una constancia.
Pero entonces se acaba la tarjeta. El hombre se despide y cuelga.
Algunas cosas, nunca sabe cuáles, están decididas.
Sale al camino, al mediodía, a las urracas, que lo llaman
a suspender una credulidad de almanaque. Echa a andar.
A medida que ocurren el espliego y el humo
de los setos quemados, el campo pierde nitidez
o coordenadas de distancia y el pensamiento desecha
un sinfín de contenidos. El hombre imagina el satélite
recorriendo un azul homogéneo donde cada sentido humano
puede sustituir a los otros y la voz realmente toca,
y entonces mira las hojas de un castaño, la marca
en la carrocería de un tractor, como si no hicieran
falta muchos versos para transmitirlas en un rapto.
Pero tampoco basta. Lo mismo que esa araña oculta
entre dos piedras, el alma estupefacta está en un lapso,
reacia a la abeja de lo inmediato, y la imaginación
absorta en el vigor de un deseo perspicaz.
Del biombo sideral de la distancia,
como un camisón fragante, cuelga aún la voz
de una mujer arrancada del sueño, pero el satélite
la aleja. Sólo esa diferencia dura. El hombre que quiere
las montañas, se da cuenta, está repleto de mirar, de oír.
La distancia ya no ofrece lugares despejados
para una imagen poderosa. El amor inició su abrupta
reducción del mundo y pide la cercanía del cuerpo
para devolver la variedad del mundo refrescada.
La noria del satélite conservará siempre alguna frase
-en tu pelo tiembla un bosque. Pero desbrozar un lugar nuevo
será tanto tarea de la voz como, ya, labor de un corazón.




Marcelo Cohen (Buenos Aires, Argentina, 1951)



El texto que presentamos fue publicado en Diario de Poesía Nº37, Otoño de 2006, año en que Cohen regresó de España a la Argentina.