La popularidad de la mala escritura es análoga al disfrute de la comida chatarra.
domingo, 7 de septiembre de 2025
GUADAL
viernes, 12 de noviembre de 2021
EL VIAJE
llevo
a mi mamá a controles de rutina,
mientras
manejo por la ciudad esquivando colectivos,
esquivando
mi propia ira, idiotas, mujeres
con
chicos en brazos, me habla
acomodándome
en
recuerdos que no me pertenecen: ¿te acordás,
Negra,
del gordo Campetella? ¿te acordás
del ahorcadito?
no sé, marni, de quién
los
vidrios, no se aguanta
el
calor, ¿dónde están
tus
otros hijos, Negra? bajá los vidrios,
marni, ¿dónde
me estás llevando? abro
de
perder, la ansiedad me lleva
por
pasajes cerrados, a ella
la
desmemoria la deja
en
un lugar que no se toca
con
la calle por la que ahora paso
con
su cuerpo somos
dos
gotas de un chaparrón
estallando
cercanas, círculos
familiares
en un vacío proyectados en
otro
vacío, la miro: es una nena vieja
que
me sonríe, ¿vine yo
de
ese cuerpo? ¿de un cuerpo
que
no conocí, irremediablemente
consumido
por las horas? y esta
mujer,
que ahora llamo mamá,
¿quién
es? ¿por qué me habla?
¿para
qué me sonríe?
¿adonde
vamos?
¿cuál
es el nombre
de
esta ciudad?
un dolor
moderado, una fiebre, la caída
el
silencio está tensado, dispuesto a saltar
sobre
las cosas, eso es lo que parece pero
las
cosas están irremediablemente clausuradas
y
todo lo que construyas, lo que digas,
la
fe que pongas en el sonido, no es
lo
verdadero
corre,
la palabra, por sobre
las
cosas, como un viento
sobre
tu cara
si
dirigís tu cara al viento,
si
abrís la boca, allí, donde el aire tiene
su
nacimiento, ¿llega el espíritu
de
la materia?
¿oís
cómo trepa, cómo se abre para vos
la
mínima puerta del reino desaparecido?
¿o
ves un pajarito? ¿o escuchás el silbido
del
hambre? la voz
del
ánima
dirigí
tu cara al viento
dirigí
tu cara al viento
(De: El viaje, Pez Ediciones, 2021)
María Elena
Anníbali (Oncativo, Córdoba, 1978)
viernes, 30 de octubre de 2015
LA CASA DE LA NIEBLA
Señor, vos le diste a mi hermano un ford falcon rojo
para llegar a la casa de la niebla
y después qué
le dijiste?
le explicaste que el camino estaba cortado?
¿que el motor estaba roto?
¿que todo estaba roto?
¿que no había vuelta?
¿qué hiciste, cómo
para convencerlo?
para que te diera la mano
se sentara en la sillita de mentira
dejara que la oscura hostia de tu nombre
le llegara a la boca
¿o le metiste una piedra?
o una moneda, un gancho,
un papelito
de dónde lo enmudeciste, lo hiciste
olvidar
olvidarnos
qué señas le habrás hecho para que en vez de volver a casa
apagara el motor del falcon
se escurriera de la sedosa perfección del cuero
de la música en la radio
del ronroneo cachondo del auto
y se bajara con vos
para ir adónde
¿a cazar pajaritos?
¿a ver el dorado pasto extinguirse tras el fuego del invierno?
¿a romper el cristal del agua para que beban las crías?
o era verano, quizá, por entonces
y le diste el agua peligrosa de tu cielo
entradora, el aguita, sí
clarita, el agua, bueno
pero detrás de eso vos sabés que un agua así da más sed uno se
entierra más en el pozo
y más
hasta echarse tierra en el lomo
y ni el ángel constante y poderoso de los molinos de viento
puede salvarte
no
¿sabías que mi hermano iba a decir sí?
cuando viste el polvito que levantaba el falcon rojo en el
caminono pensaste dejarlo ir?
aunque sea, señor, porque él era toda belleza,
a esa edad,
toda alegría
toda
razón de ser
II-
plantamos un árbol en la casa de la niebla
se doraban al sol los girasoles
moría otro día
otra noche
el árbol creció, arraigó
en la penumbra
modelaba con hueso su estatura
cada pájaro que probó los frutos
caía en somnolencia
en ausencia de vida
en la radical ceguera de los muertos
III
Epumer el cobrizo, el glorioso,
te prestó la escopeta, y el galgo
que no temía hundirse en el agua
en la laguna espejeaba, todavía, la luna
no sabías matar, hasta entonces,
y mataste
esa mañana
mataste
dos o tres sirirís, en pleno vuelo
no conociste el arco glorioso del sexo practicado
no viajaste más allá de ese campo y la colonia
no le viste la mueca al diablo
y su diente de oro
pero aprendiste que la muerte entra en cada
pequeña
grande carne
que el incendio del cañaveral te tocaría
taparía las entradas
mustiaría el paraíso y su flor
V
no, mi casa no se derrumbó,
no temblaron los vidrios
ni la araña cayó de la amapola del infierno
todo vino, empezó adentro:
nos tragaba un ojo
éramos o somos
el pan corruptible
por cada hueso hubo una boca
un diente
un hambre distinto
feroz, el ojo eligió
al Imprescindible
al Dulce
al que sigue cantando
somos tan tristes sin él
a veces no hay de qué hablar, ¿sabe?
no hay fuerza para decir las cosas de la vida
pero llega la lluvia, a veces,
que es mansa y hace música en las canaletas
llega la lluvia por el este para ungir la herida
para hacer grandes las flores de carne
de ángel se pone el patio
detrás del ligustro, el Dulce renace
me dice: poné, hermanita, tu mano
en mi corazón
hace el mismo ruido que los caballos
¿viste?
¿no es un milagro?
De: LA ZONA
EL RÍO
vendrá el xanaes
con su lengua de muerta
a cruzarnos el campo
vendrá arrastrando los fetos tibios
de las cloacas distantes
la sal, el malvón
la blonda cabellera artificial de las estatuas
la semilla de caín
en su orilla beberás la lepra
en su orilla habrá un espejo turbio
que revuelva tus gestos
que los deforme hasta ver en ellos
tu real imagen
beberás el caos
el espanto
la verdad
habrás sido arrojado a tu propio infierno
EL TELÉFONO
desde alguna ciudad han llamado los otros
los que por alguna razón están afuera
ignoramos lo que eso signifique
pueden estar, quizá, retozando
de felicidad
-el pulso candoroso-
amando o dejándose amar
por extraños
pueden, también,
estar caminando, aún,
sobre el áspero desierto
de sus alucinaciones
han llamado
y hemos ido, vehementes,
a levantar
el rojo auricular que creíamos muerto
y no hemos entendido nada:
un idioma extranjero
tal vez
la interferencia del viento
entre un balbuceo y otro
una falla mecánica
la lengua que nos hermanaba
ha caído, rota,
como un vaso en el piso
y es inútil reconstruirla
¿qué decían, aquellos?
¿sigan la línea del lago
hacia el Sur?
¿nos pedían esperarlos?
¿o el mensaje era
permanezcan allí
que la zona es infinita
e inusual su infierno,
y triste?
LOS TRENES
un día los viajes cesaron
a las dos, a las cinco,
los trenes cruzan el pueblo
vacíos,
fantasmales
su vapor se confunde con la niebla
que ciega a los caballos
con el humo de neón
de las cafeterías públicas
con el tabaco amargo de los suicidas
que a esa hora
en grupos
van a mirar los rieles
a oler el perfume del aceite ardido
una noche recordé a la mujer etrusca
que sacó un pañuelo blanco
por la ventanilla
y me hizo la seña del adiós
así de antigua es la felicidad
así de inexacta
las máquinas no hallan
las salidas
su timbre de soledad
nos hace doler el corazón
LOS TELARES
las mujeres se llaman faustine
o amelia
labran el telar
en los buenos tiempos urdieron
en las tramas
niños sudorosos corriendo
tras los rebaños
díscolos ancianos domando la tierra de potrero
segando la hilacha rubia de los trigos
tejieron en ronda
la canción del atardecer
la muerte del albañil
el pelaje suntuoso de la loba
no recordamos cuándo
pero comenzó un día
los dibujos se hicieron frágiles
difusos
como si el vidrio prístino de los ojos
se hubiera ensuciado
como si el paisaje se diluyera
entre los dedos
o fuera
un sueño difícil
cuesta pensar en el vuelo
al ver el pájaro en la trama
cuesta imaginar los sábalos radiantes
si los hilos se cruzan
formando un río
todos los colores tienden
hacia la noche
donde todos los rostros son
idénticos
donde las manos tejen
cosas de las que no se habla
De: OTROS POEMAS
IX
soy
la doméstica de esta vidita
cuando la otra se ausenta, yo
entro a la casa, saco
la basura
la grasa de la vajilla, saco al sol
el colchón con pelos de gato
donde se deshoja el tiempo
de la muerte
me quedo mirando piadosamente
las pelusas contra el sol de la mañana
a veces, también por piedad
acomodo su corazón
pongo en hora el reloj del pasillo
cuando la otra que soy vuelve
pasa un dedo sobre el mueble y dice
que soy buena haciendo eso:
esconder la mugre
perfumar la áspera verdad
Elena Anníbali
miércoles, 17 de septiembre de 2014
TABACO MARIPOSA
aprendí a fumar con rubén
enrrollando tabaco mariposa en papel
de seda
lo hacíamos de noche
sentados en un escalón de la casilla
mientras a nuestros pies
sus lánguidos perros soñaban
con la sangre dulce de las liebres
en el monte cercano
a veces todo era oscuridad, salvo
su cara
iluminada brevemente por el fuego
como un animal
por los relámpagos
el día que se fue del pueblo
me dejó su radio
y los jabones partidos
que yo usaba pasándomelos
despacio
por el cuerpo
con la última espuma disuelta en el agua
se fue, también, la memoria
y el deseo de él
una cosa fragante
y sutil
como los eucaliptos
cuando los moja la niebla
OBEDIENCIA
bésame el corazón, pidió
entonces tomé un cuchillo
lo abrí desde la garganta
hasta el estómago
y rompiendo de a una sus costillas
hurgué y hurgué con los dedos
su tórax, hasta encontrarlo
estaba aún tibio y era rojo, grande,
hermoso como una fruta no imaginada
acerqué los labios para dar el beso más dulce de mi vida
luego cerré sus ojos
y le dije al oído
que siempre haría lo que él quisiera
Elena Anníbali (Argentina, Córdoba, Oncativo, 1978)
viernes, 27 de abril de 2012
Los albañiles me gustan
lunes, 12 de octubre de 2009
la sospecha
hace un tiempo aquí hubo caballos,
los mensuales cruzaban, por la ruta,
cargando la carne dorada
de las perdices,
las adolescentes escribíamos, con trozos de velas,
mensajes pornográficos en los vidrios de la gruta
de santa rosa de lima
ahora manejo por la 36 y sólo se escucha
el frufrú de la soja
los aviones cargados de roundoup
que se desplazan con un sonido antiguo de dirigible
emanando una neblina tornasol que arrastra
el mismo viento que silba en las taperas
no sé si esto sea el estrago
la podredumbre
sé que cuando miro, algo sospechoso y sombrío
ingresa a la zona de mis huesos
como la verde mosca
que corrompe la pulpa de los potros
Elena Anníbali (Argentina, Córdoba, Oncativo, 1978)
en algún lugar...
en algún lugar, donde todavía es
el invierno de 1987, se levantan
las fogatas de la noche de san juan,
en algún lugar aún
las mazorcas de maíz
chillan y revientan
contra lo oscuro del mundo
en el rastrojo hay pequeñas víboras
tiernos nidos de ratas, y mi cuerpo
sin pechos, sin ira
sin nada
acostado entre los perros
en algún lugar, todavía
los peones terminan la jornada
asan su carne
y un pájaro rasga el silencio
Elena Anníbali (Argentina, Córdoba, Oncativo, 1978)






