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martes, 8 de mayo de 2018

ARTE Y FUGA





XVIII

(contrario motu)
A esto
enamorarse le llamamos 
Pere Gimferrer


¿entonces no estábamos bien 
cuando estábamos mal?


¿no estábamos tranquilos? 
bueno ¿bastante?


qué va -dije yo misma 
la vida no es extirpable


sin que nada lo anuncie 
un día cualquiera 
     algo llega


en efecto algo llega como salido del vacío 
como salido del vacío algo llega y se presenta 

Bonjour                  soy el tema real

un sol          o tal vez una sombra


la tarde con banderas 
   la posibilidad de todo


¿estoy allí?
¿estuve allí alguna vez?


mmm -dije yo misma 
¿y si no dónde?


oh río
cada cosa recuerda 
lo que no ha llegado a ser


a eso lo llamábamos quizá 
enamorarse
     hondamente guerra prolongada 
amantes
con ejército encima


        ¿y Ud. qué opina del señor Baudelaire? 
         no lo registro


¿y del exilio?
en el campo las espinas

        ¿cómo?
        ¿es posible no estar 
        en dos sitios a la vez?


        claro -dije yo misma 
habremos estado en Roma 
antes o después de Roma 
y no fuimos felices 
no lo somos


a propósito -dije 
en toda vida
      como en todo poema 
toma tiempo avanzar 
por la palabra 
nunca


con un poco de suerte 
está lejos de aquí 
pero cerca de aquí 
el corazón
      ávido de nada


el río sueña


tu flecha distraída
    se posa en lo indecible




María Negroni





María Negroni (Rosario, Argentina, 1951) .Escritora, poeta, ensayista, novelista y traductora argentina. Obtuvo su doctorado por la Universidad de Columbia, con una tesis sobre literatura latinoamericana. Desarrolla actividades académicas en la Sarah Lawrence College.​ Desde 2008, es profesora visitante en la New York University. ​ Además, dirige la Maestría en Escritura Creativa, en la Universidad Nacional de Tres de Febrero (provincia de Buenos Aires) donde también es docente. Está radicada en Nueva York. Ha publicado varios libros de poesía: La jaula bajo el trapo (1991); Islandia (1994); El viaje de la noche (1994); La ineptitud (2002); Arte y fuga (2004); Cantar la nada (2011); Elegía Joseph Cornell (2013) e Interludio en Berlín (2014). Y las novelas El sueño de Úrsula (1998) y La anunciación (2007). También ha escritos los ensayos: Ciudad gótica (1994); Museo negro (1998); Galería fantástica (2009); Pequeño mundo ilustrado (2011); Cartas extraordinarias (2014) y La noche tiene mil ojos (2015).





domingo, 6 de mayo de 2018

ANDANZA




























¿Y cómo es un tiempo que no tiene leyes? 
¿dónde se guarda lo que no se tuvo? 
se dicen tales cosas tales otras 
nadie sabe de qué experiencias muere 
y el sol de enero y vos que tan venías 
tan como aliento allí me trabajabas 
por restringir lo alrededor del cuerpo 
a la hermosura exacta de la falta.



Si en la comba del vientre nos estamos 
si yo que me contraje y te me abría 
si algo así como un cielo que se expone 
a lo que encierra como azul de adentro 
si en tal disposición me dibujabas 
si yo existía donde me perdiste 
si hubo el espasmo y otras orfandades 
si toda imperfección es un regalo.



Vendrías por la parte silenciosa 
de mis labios pequeños figurados 
y también con tu voz sin luz atrás 
a mi versión soltera de la cama 
qué desastre me digo cómo fue 
que me dejé poner la lengua encima 
sin más anzuelo que tu contradanza 
sin más ganancia que la sed entera.



Contrario a las agujas del reloj 
hace cuánto a dos voces sin soltarme 
entre las piernas vos me caminas 
hacia el tumulto y nada que lo explique 
y yo insistiendo en eso que consigue 
sólo a veces la astucia femenina 
tatuar en el reverso del lenguaje 
tus señas de animal que no se deja.



Absuelta luz temblando entre las manos 
instigué en vos el juego sin por qué 
tan para hoy el hambre que me dabas 
sabiendo que besarte era lo más 
y vos te arqueás bajás en mí te erguías 
ahí en el agujero de diciembre 
ese espejo de carne donde yazgo 
premonición que gime todavía.



Mi querido mi noche mi fulano 
cada vez que me das un beso ahí 
y más nos adentramos suavemente 
por los pasillos de lo inusitado 
me estoy cayendo sí me haces caer 
comienza el mundo apuesto a deshacerme 
lo demás fue dejarse alucinar 
por lo pleno en lo pleno de la ausencia.



¿Y qué es el sexo sino un mar adentro 
que dice frases hacia todo y nada 
cada vez que en los trueques perniciosos 
abre fisuras tu animal concreto? 
no sé cómo llamar a estas mareas 
que me confunden por lo inesperado 
y hasta incentivan la ambición de ser 
herida entera que se canta muda.



Yo qué sé no es fácil explicártelo 
quererte no era el plan no lo sería 
sino insistir en lo que no se ve 
y un que no se me viera lo muy tímida 
el resto fue el dibujo que me hice 
llamémosle idiotez o viceversa 
por ver la hora de decir que sí 
al desajuste entre palabra y mundo.



No seré más y acaso para nunca 
la misma muñequita dulce y rubia 
que desafiante se cortaba sola 
por ser intensa y más intensa así 
a tal punto llegué en el extravío 
a ese lugar sin órbita y sin centro 
donde el enigma permanece enigma 
y el habla ciega ya no busca nada.



Y así perdura lo que no tuvimos 
más que en el acto de perderlo todo 
rendija abierta al filo de las cosas 
que no repara en costos de la empresa 
yo me voy te vas vos nos hemos ido 
qué importa la impresión de haber fallado 
la despedida es parte del encuentro 
el poema lo sabe antes que nadie.



(De: "Andanza", Pre-Textos,
2009)

María Negroni (Rosario, Argentina,1951)






miércoles, 30 de octubre de 2013

Elegía Joseph Cornell




 Hace falta mucha infancia. Hacen falta días y días de aliteración del misterio, y también noches y noches sin más movimiento que la falsa calma de los relojes. Pasa una nena desnuda en un corcel blanco. La espía un pequeño príncipe, vestido de espantapájaros. Todo alimenta al vacío. La vida estudia un poema sobre la vida, un poco indecente.



Hacía una poética muda: pensar es adivinar. No sé si podré, de ese modo, encontrar una idea futura, pero lo intentaré. Lo importante, ahora, es cuidar el vacío (ninguna pasión, ningún plan de viaje, ningún apego a cosa concreta), mezclar lo ruin, lo erótico y lo culto, y hallar una forma que estribe en la ausencia de forma. ¿Será posible? Ah, cómo quisiera ser yo mismo un arabesco de humo con su alto desorden, su hervidero de dioses, su taller abierto a la incoherencia, como el estado después de la muerte.



La nena que pasa desnuda en el corcel blanco habría dejado insomne a Lewis Carrol!. Atrás, titila un castillo de cuento de hadas. Todo comparte la misma gracia: la luna que mira a un costado, la medianoche en su fiesta, el 70 y su desfile de sombras. La niña baja los ojos, busca con vehemencia el pozo de lo invisible. Cuando llegue al castillo, abrirá la puerta un conejo blanco.




Existe un muro. Y atrás del muro estrellas, ocultas atrás de las estrellas. O tal vez eran fuegos, altos ecos visuales en dirección a la ceniza. Quién sabe: la distancia encandila, como encandilan los himnos de Novalís. Todo ocurre a la vez, incluso el cielo, el bajísimo cielo en el que ardemos, con un pie en la eternidad y otro en el barro. El hecho es que hay un muro y estrellas reales detrás de las estrellas. ¿Qué más es el amor? Pasa una niña desnuda, blandiendo un secreto claro.



(De: Elegía Joseph Cornell,
Caja negra, 2013)

María Negroni




María Negroni, poeta, ensayista y escritora argentina, nació en Rosario, Provincia de Santa Fe, en 1951. Tiene un doctorado en Literatura Latinoamericana otorgado por la Universidad de Columbia, Nueva York. En poesía ha publicado: De tanto desolar (1985); La jaula bajo el trapo (1991); Islandia (1994); El viaje de la noche (1994); Diario Extranjero (2000); Camera delle Meraviglie (2002), La ineptitud (2002). Night journey (2002), Arte y fuga (2004) y Elegía Joseph Cornell (2013). Ensayos: Ciudad Gótica (1994), Museo Negro (1999), El testigo lúcido: La obra de sombra de Alejandra Pizarnik (2003). También publicó la novela El sueño de Ursula (Seix-Barral, Biblioteca Breve, 1998) y un libro en colaboración con el artista plástico argentino Jorge Macchi, Buenos Aires Tour (2004). Tradujo, entre otros, a Louise Labé, Valentine Penrose, Georges Bataille, H.D.y Charles Simic. Sus últimos libros son de tracucciones y ensayos: La pasión del exilio (Bajo la luna, 2007), donde versiona a Silvia Plath, Marianne Moore, H.D. y Rosmarie Waldrop, entre otras poetas norteamericanas; y Ciudad Gótica (Bajo la luna, 2007), Ensyos sobre arte y poesía Nueva York (1985-1994). Obtuvo la beca Guggenheim en poesía (1994), la beca Fundación Rockefeller (1998) y la beca de la Fundación Octavio Paz (2002) y New York Foundation for the Arts (2005). Obtuvo el premio del PEN American Center al mejor libro de poesía en traducción del año (Nueva York, 2001) con Islandia. Dirige, junto al crítico Jorge Monteleone, la revista de poesía y poética Abyssinia. Actualmente enseña Literatura Latinoamericana en Sarah Lawrence College, Nueva York.



IMAGEN: La hija de la fotógrafa Sally Mann, posando desnuda.


viernes, 29 de abril de 2011

Sleeping beauty





He cruzado el océano. He hecho todo este esfuerzo para verte. Tu hermosura o navegaciones a orillas del sol. Tus ojos azules en la foto aquélla. Julie Christie en sombrero de rafia, perfil chato, la boca como incitación a los descuidos —oh centella. Pero al llegar te he encontrado dormida, sonámbula, como a la espera de algo (la realidad tal vez), como puesta en mitad de La noche por todo lo que huye de la noche, sostenida en una espera levísima, una muerte casi irreal. ¿He llegado muy tarde? ¿Me apuré demasiado? Te veo dormir, sentada en un bosque azul, tridimensional, fabulosamente estático. Como no sé despertarte, decido volver a mi casa del otro lado del mar. Pero mi casa no existe, no es mía, son otros los que allí dan órdenes. Ah ¿cuántas millas antes de tu despertar? ¿Cuál de las dos está viva? ¿Quién me libra de tu sueño poderoso?


(De: El viaje de la noche, Ed. Lumen,
1994)

María Negroni (Argentina, Rosario, Santa Fe, 1951)



IMAGEN:  La actriz británica Julie Christie retratada por el fotógrafo Richard Avedon.




lunes, 31 de enero de 2011

El mapa del tiempo





La enamorada del río se pasea en la cubierta de una ciudad que fluye. Premeditada y abstracta, como un romance de calles, tan parecida a la danza o a castillos ardiendo, la tristeza. Siempre quise ver y ser vista en la zozobra. Me gustó extraviarme en jardines eléctricos. El corazón hace lo suyo, se ensancha, trepa las escaleras de Platón, a veces lo ciega la codicia de crear.
—¿Por qué estás triste? —pregunta una mujer de ojos claros y me señala algo. Es un globo terráqueo que puede desplegarse. Lo levanto y lo miro. Lo hago girar. Abro el mundo que empieza a transcurrir, a fluir sobre la gran pantalla de lo inexplicable. A deshacerse en mis manos como un canto inspirado, un archipiélago de silencios.



María Negroni (Rosario, Santa Fe, Argentina, 1951)


(de El viaje de la noche, Lumen, 1994)






sábado, 28 de febrero de 2009

LYRICHES INTERMEZZO















cada vez que me amas

el mundo juega y pone
sobre el mantel del tiempo
criaturas venideras
capas de irreal
y hay despertares blancos
y rincones muertos
donde el sonido no circula
como si todo dijera
algo me falta
y yo
agradecida al mal que me darías
cuando en provecho de nadie
te retires
y ya no pertenezcas
sino al sol de morir



María Negroni (Argentina, Rosario, Santa Fe, 1951)



IMAGEN: Bare, fotografía de Kalle Gustafsson.



sábado, 15 de noviembre de 2008

CULTURA LATINOAMERICANA EN NUEVA YORK:




UN CASTIGO DEL CIELO



Cuenta Emir Rodríguez Monegal que, al regresar a Buenos Aires de uno de sus viajes por los países nórdicos de Europa, Borges hizo una escala en el Perú para admirar las ruinas de Machu Picchu. Interrogada sobre las consecuencias de aquel viaje, María Esther Vázquez, su ocasional compañera, comenta sin escandalizarse: «Frente a las ruinas milenarias, Borges fue capaz de una indiferencia absoluta. Nunca lo vi no conmoverse tan profundamente».
En ese desliz, un poco taimado de Borges, me hicieron pensar las declaraciones de un pintor argentino radicado en Nueva York: «La experiencia de vivir en esta ciudad —le oí decir en una entrevista— fue decisiva, porque me hizo asumir mi sudamericanidad más claramente, permitiéndome abordar el arte precolombino desde un punto de vista científico (sic). Vivir en NY es una exigencia constante: o se es uno mismo o se perece. Es lo que me hizo replegarme, conocerme y conocer la cultura de mi continente».
La divergencia de reacciones entre poeta y pintor, como se ve, no puede ser más brutal. Observar que la actitud de este último, con todo su aire a corrección política, se confiesa pergeñada en el corazón mismo del Imperio, en los aires viciados de Manhattan, acaso no despierte otra cosa que el asombro. Yo me inclino a pensar que hay algo aquí que merece una atención más detenida.
Empiezo por algo penoso: pululan en Nueva York engendros de lo latinoamericano (organismos y personas, institutos y prensas «latinas») que francamente dan miedo. Pero entiéndase bien, estos engendros no viven del/en el aire. Son, más bien, el envoltorio organizativo y a veces institucional, de una concepción que profesan, casi sin herejías, productores y consumidores de esa cultura, y cuyo lema podría sintetizarse así: la cultura latinoamericana es aquello que, en esencia, la cultura norteamericana no es.
Si el postulado y la defensa de la diferencia son, por lo general, costumbres admirables en los Estados Unidos, la regla es nula en este caso. Existen al menos dos maneras de congelar el intercambio fructífero y las enseñanzas de lo múltiple. Una es la que se practica, por ejemplo, en Argentina: la autoritaria ceguera frente a todo lo que sugiera diversificación de propuestas estéticas, políticas o vitales (sexuales, también) y que suele manifestarse en el desdén pretensioso o, lo que es igual, la rivalidad despiadada.
La otra es la condena a ser y parecer (representar) lo diferente hasta el límite de un arrinconamiento que termina vulnerando también la comunicación. Esta es la variante norteamericana. Manifiesta no sólo en el ámbito de la creación artística (pero también allí), esa tendencia explica la simultánea proliferación y consolidación del ghetto como fenómeno social. Es verdad, nadie, o casi nadie, carece de pertenencia grupal (las Marchas anuales del «Orgullo Gay» así lo confirman) pero también es improbable que alguien exceda los márgenes de su propio territorio. La excentricidad, quiero decir, es un derecho y también, paradójicamente, una condena.
En el plano literario, la «guetificación» lleva a confusiones alarmantes. Los escritores «latinos» están condenados a un deber ser implícito y férreo. Algo así como un arquetipo platónico vertido en el molde de un mandato bíblico: si eres latinoamericano, serás explícitamente político o exótico o folklórico. Aquí se acaba la lista.
Pobre, por cierto, el panorama. La pregunta cae por sí sola. ¿Quiénes son los responsables de este desaliento? ¿Los que producen? ¿Los que trabajan de agentes literarios? ¿Los que consumen? ¿Los que organizan? ¿Difunden?
No convendrá minimizar el influjo de la —siempre lista— mala conciencia de ciertos ciudadanos norteamericanos ni los coqueteos bienintencionados de los grupos de solidaridad con el Tercer Mundo (que todavía existen). Tampoco las inevitables poses progresistas o las tendencias caprichosas de la moda. Pero es lo que menos me interesa. Más me importa un doble juego de conveniencias donde algunos hacen su negocio y la mayoría no participa, donde además se expropia a la literatura latinoamericana —paradoja central— de su destino contestatario (si lo tuviera) transformándolo en un deber.
En este circuito, ya se ve, el estereotipo domina el escenario, empieza y concluye el argumento, se realimenta a sí mismo en una carrera empantanada y loca, y logra lo que buscaba: la mediocridad sale reina.
Lo que es peor, a la caza de esos espacios, que aquí son remunerados, se disponen sin timidez los competidores. He asistido a lecturas de poesía donde el eventual poeta (a la sazón, un sudamericano), vestido estilo shamán, iniciaba su espectáculo en un loft alumbrado por velas, con rezos en quechua o algún otro idioma extraño que no entendí y unas piedras haciendo ruido en las manos. ¡Faltaban las plumas!
Demás está comentar la fascinación del auditorio. Haberse llegado a una lectura de poesía latinoamericana en pleno East Village, donde el ciudadano más civilizado es un punk con los pelos anaranjados, merecía al menos esta compensación, este reencuenro con las fuentes, la Naturaleza, Dios o cualquier otra cosa transcendente. Borges habría encontrado en la escena una anécdota infinita.
Este aspecto de la cuestión, sin embargo, es todavía mezquino. No justifica la queja. Ni siquiera autoriza la atribución indiscriminada de mala fe o el retiro del privilegio de la duda. Me inclino a proponer un costado menos evidente. Uno que atañe más bien a una disposición estructural que se realiza incluso al margen de ambiciones y credos de los eventuales protagonistas. Hablo del modo en que el paradigma de la pluralidad se distribuye. De tareas. De máscaras. Funciones.
La presencia de la cultura latinoamericana, desde esta perspectiva, no es irrelevante ni indeseada. No se la olvida. No se le cierra la puerta en las narices. Al revés, se le abre un espacio para que cumpla una función. Se le ofrece un lugar en la mesa. A los ojos del que mira, será el objeto idealizado, anhelado con fervor. Ocupará un lugar de privilegio. Retendrá en sí el candor, la pureza, la ignorancia. Será lo intocado, lo que deslumbra por su exuberancia, por su no saberse, el caos original, Calibán, lo que gusta porque es híbrido, virgen, desatado o salvaje.
Eso será para quien viene a inspirarse en ella, a reposar, a abrevar. Curiosamente coincidente con el papel pseudo-privilegiado que ha detentado (y detenta) demasiado a menudo la mujer al ser el objeto del deseo (lo que da que hablar), hay en la relación estructural que señalo la atribución de una ventaja falsa que no es sino frontera, trazado de un límite que congela y empobrece. La reiteración quizá, a nivel cultural, del remanido esquema económico del intercambio comercial (insumos versus manufacturas), modernizado pero no desmentido en las instancias actuales de la era posindustrial.
Quiero ser aun más clara, ejemplificar. No me opongo a que Neruda, Isabel Allende o Ernesto Cardenal sean aplaudidos (cada uno con sus gustos). Tampoco a que la salsa, Carmelita Tropicana o Los Lobos acaparen la atención (tampoco todo es el Cono Sur). Pero que exista una industria (una moda) que sintonice a unos en desmedro de otros, que se fomente lo más folklórico de la producción cultural del continente me parece detestable. No hay que darle demasiadas vueltas. Algo anda mal cuando, haciendo alarde de difundir cultura latinoamericana, se editan y promocionan, por ejemplo, antologías de poesía centroamericana donde es casi imposible rescatar una sola página valiosa, cuando la condena cordial es a dejarse seducir por la propia imagen estereotipada, cuando el deber es practicar una transparencia temática y formal que, en buen romance, no significa otra cosa que alentar la orfandad intelectual, la ignorancia de los problemas del estilo, el abandono liso y llano de cualquier tensión del pensamiento.
No hay, desde esta perspectiva, el menor asidero para las teorías ilusas de quienes ven en la presencia inocultable de lo «hispano» en Nueva York, un signo de su fortaleza como contracultura. Me temo que, mientras persistan los síntomas que he descrito, pocas expectativas puedan cifrarse allí. Al menos, hasta que América Latina gane lo único que no se le concede: el derecho a participar, de igual a igual, en la discusión estética.



María Negroni (Argentina, Rosario, Santa Fe, 1951)



viernes, 18 de julio de 2008

INTEMPORARE














Ah vida, qué mañana
Cuando termines de escribir
Juan Gelman
ciertas músicas
hablan
de lo que siempre no habla
como un poema sobre nada
vuelan en la noche
de aquello que no existe
o existe en la serenidad de las preguntas
de un pájaro agraciado
canta
la flecha distraída
por su propio esplendor
y su desdicha
a ras del canto el ala
a ras del ala
el don breve del mundo
llueve
adentro de la música
la música es el cuerpo
-dice el pequeño laberinto
armónico del agua
luz leída o cielo memorioso
que somos y no somos
en el inquieto río
de tu nada
ah vida
como otra infancia
esta vez más adentro
el ruiseñor de sombra
cruza el lenguaje
nota contra nota
tu lluvia hospitalaria
no sabe decir cómo es
y no importa


María Negroni (Argentina, Rosario, Santa Fe, 1951)


IMAGEN: El ruiseñor.



LA PÉRDIDA




Dejar que los barcos maltrechos lleguen a la playa. Olvidar el ulular de un viento erizado de algas, esos pájaros de alas tensas a orillas del silencio. Para qué perpetuar los naufragios: en los textos de naves el horizonte no existe. La mañana es clara. Una mujer bella y joven (parecida a Scarlett O'Hara) tiende ropa al sol. Canta, pero su boca no se mueve; una cierta armonía en rojo y malva, apenas, como en un cuadro de Memling, un efímero acuerdo entre la luz y sus manos. El jardín da a una casa de maderas blancas, pequeñísima. Un hombre hace el amor adentro con otra mujer. Y yo que miro todo desde la infancia, yo seducida ya entonces, el corazón calcinado, de tanto estar cerca una ausencia, el mismo miedo, la misma alegría intransitable. Me invade una rabia y giro hacia el océano. En un silencio plomizo, ominoso, primero veo un barco, y después otro y un tercero. Empiezo a gritar que hay que hacer retroceder a esos barcos. Como animal tardío, como joven que no ha viajado nunca, me transformo en soldado. Ya no dejaré de empujar barcos al océano. Los barcos volverán a sus rutas de ceniza y no habrá cambiado nada.


(De: El viaje de la noche, Ed. Lumen,
1994)


María Negroni (Argentina, Rosario, Santa Fe, 1951)


IMAGEN: La actriz británica Vivian Leigh en el personaje de Scarlett O'Hara, en el film "Lo que el viento se llevó".