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jueves, 24 de mayo de 2012

Toda la tarde


























Toda la tarde las sombras han estado construyendo
Una ciudad propia dentro de las calles,
Corrigiendo con cuidado las perspectivas
Con diagonales oscuras, y reduciendo
Veredas a plataformas, franjas de luminosas
Escalerillas, como si fuera un barco
Esta contra-ciudad. Pero los inclinados, negros
Encabalgamientos como escaleras para asalto
Trepan a las fachadas y las atan a la tierra,
Confunden salidas para incendio que ya están enredadas
En vapuleadas ambigüedades. Tocas
Las movedizas formas para saber cuál sitio es cuál
y te tiznas un dedo con ceniza del tiempo
Que sopla a través de ambas, la sombra en la penumbra
Y en la luz, que recorre los caminos
Para agujerar las paredes, elevarse por patio y escalera
Y deslustrar el pináculo azteca del Chrysler.




Charles Tomlinson

(Traducción de Laura Wittner)




Charles Tomlinson, poeta británico,  nacido en Stoke-on-Trent, Inglaterra, en 1927. Su vida y su poesía, sin embargo, lo alejarían de allí por diversos motivos. En un principio partió de su pueblo para estudiar, para trabajar, para viajar. Poco a poco comprendió que Inglaterra y la década del 50 eran el momento y el lugar equivocados para la clase de poesía que le interesaba. “Un heredero de Moore, Crane, Stevens, debe haber parecido un pez extraño en aguas inglesas”, escribió más tarde.Cursó estudios en las universidades de Cambridge y Londres. Desde 1956 enseña literatura inglesa en la Universidad de Bristol. Ni romanticismo ni simbolismo, el panorama de la literatura de su país en esa época no le ofreció una corriente donde insertarse. De modo que Tomlinson buscó; siguió de largo: tan frente a él surgieron las cosas, “lo otro», que por un momento debe haber pensado que había quedado a solas con el mundo. Y le gustó. Le pareció que el mundo era bastante más interesante que él mismo, y se dispuso a recibirlo desde cuanta perspectiva fuera posible; a descifrar las in trincadas relaciones entre sus partes. A aceptar, en palabras del crítico irlandés Denis Donoghue, “lo que el día ofrezca. Que las cosas estén en el poema porque son verdaderas —estaban allí en ese momento”. En su búsqueda cruzó el océano y llegó a América, donde encontró tanto compañía como inspiración. Así como el reconocimiento que sus compatriotas aún le retaceaban, observándolo de reojo y con cierta desconfianza. El segundo libro de Tomlinson, Seeing Is Beliving, fue publicado en Nueva York en 1958, durante su primer viaje a Estados Unidos. A esta visita le siguieron muchas otras, en las que entabló relación con, entre otros, Marianne Moore y William Carlos Williams, y desarrolló una gran amistad con poetas como Robert Creeley, Louis Zukofsky y George Oppen. Pero a pesar de su identificación con el modernismo estadounidense, Tomlinson nunca dejó de recalcar que, si bien éste constituyó una gran influencia, las verdaderas raíces de su poesía fueron Words worth, Ruskin y Coleridge, y que en todos sus poemas puede detectarse la presencia de un sentido local. Aún en los que describen paisajes lejanos o hablan de temas exóticos, se oyen de fondo las campanas y los gallos de Gloucestershire, donde el poeta reside desde hace décadas. Charles Tomlinson publicó, hasta el momento, catorce volúmenes de poesía, entre los que se destacan El collar (1955, edición revisada en 1966), Ver es creer (1958), Un paisaje poblado (1963), Escenas americanas (1966), Los matachines (1968) y Palabras e imágenes (1972). Ha escrito algunas obras en colaboración con otros poetas, entre las que destaca Renga (1971), en colaboración con Octavio Paz, Jacques Roubaud y Edoardo Sanguinetti y Jacques Roubaud, diversos trabajos de traducción (Vallejo, Machado, Ungaretti, Tyutchev), la edición de los Selected Poems de W.C. Williams para New Directions y el difundido Oxford Book of Verse in English Transiation.







martes, 19 de octubre de 2010

POEMA DE LA NATURALEZA




Este calor de agosto, la brisa pasajera
que en él se filtra y luego se prolonga
hasta que sientes que los dos son uno,
este rumor de agua que es un susurro de hojas:
revuelos y murmullos que, unidos, nos recuerdan
el fluir del poema, y quieren ser escritos
para perpetuarse, pero no mitigados
sino con voz y pulso. Tantas oscuridades,
tantos rincones llenos, piedras ocultas,
sombras bajo los árboles a pleno día,
que una sola lectura no da por concluido
su texto cambiadizo; también, como el poema,
enfrentan a la mente con su propia derrota,
burlando y rebasando el lugar que imagina,
entre esta imbricación, profundidades tenues,
las corrientes del aire, estas ocultaciones.



Charles Tomlinson (Inglaterra Stoke-on-Trent, 1927)

(Traduccción: Margarita Ardanaz)


NATURE POEM

This August heat, this momentary breeze,
First filtering through, and then prolonged in it,
Until you feel the two as one, this sound
Of water that is sound of leaves, they all
In stirrings and comminglings so recall
The ways a poem flows, they ask to be
Written into a permanence—not stilled
But given pulse and voice. So many shades,
So many filled recesses, stones unseen
And daylight darknesses beneath the trees,
No single reading renders up complete
Their shifting text—a poem, too, in this,
They bring the mind half way to its defeat,
Eluding and exceeding the place it guesses,
Among these overlappings, half-lights, depths,
The currents of this air, these hiddenesses.








domingo, 3 de agosto de 2008

EL ARTE DE LA POESÍA





Al principio, la mente se siente magullada.
La luz hace blancos agujeros a través del negro follaje
o la niebla esconde todo lo que no es ella misma.

¿Pero cómo dirá uno eso?—
Siendo así que, cuando la verdad no es suficientemente buena
exageramos. Las proporciones
importan. Es difícil atraparlas de manera adecuada.
Debe de haber algo
superfluo, nada que no sea elegante
Y nada que sea si es simplemente eso.

Este verde crepúsculo tiene orillas violeta.

Las mariposas amarillas
que apresuradas se trasladan
desde las flores escarlata a las de bronce
desaparecen mientras la tarde aparece.




Charles Tomlinson (Inglaterra, Stoke -on-Trent, 1927)

(Traducción de Margarita Ardanaz)



NADANDO EN EL LAGO CHENANGO




















El invierno prescindirá del nadador ya pronto.
Éste interpreta las fluctuaciones otoñales del agua
de abundantes maneras: tiene sacudidas,
está agitada ya a pesar de su firmeza
donde han caído las primeras hojas
con el primer temblor del aire matutino,
anticipándose así a él, extendiendo sus huellas
hacia afuera en superpuestos círculos excéntricos.
Hay una geometría del agua que esparce
inesperadamente la superabundancia de las nubes
y las deja flotando en una atmósfera inferior
llena de ángulos y alargamientos: los árboles
parecen cipreses cuando allí se estiran,
y los matorrales que dan muestras del otoño,
rayos de fuego. Es una geometría y no
una fantasía musical de figuras deformantes,
pero cada fluida variación adecuada al tema
del cual se aleja, suena antes:
es una consistencia, la fibra del caudal palpitante.
Pero el nadador ya ha mirado bastante, y ahora
el cuerpo debe hacer volver a la mirada
a su dependencia, mientras él corta y separa
el paisaje acuático y lo agita hasta hacerlo jirones.
Acepta que lo aferré el frío del agua,
pues nadar es también apropiarse
del sentido del agua, moverse en su seno,
y ser libre entre brazada y abrazo.
El nadador se sumerge y recorre ese espacio
del que es heredero el cuerpo, y se hace un sitio
en el agua, una posesión a la que renuncia
conscientemente con cada impulso. La imagen
que él ha quebrado se renueva por detrás, cicatrizándose,
se eleva y se alarga, extendida como las plumas
de un ala inmensa cuya oscurecedora envergadura
ensombrece su soledad: solo, al nadador no le da nombre
este bautismo; solamente Chenango tiene nombre
en un idioma perdido que él comienza a interpretar:
un habla de densidades y desprecios, de medias
respuestas a las preguntas que su cuerpo debe formular
como una rana a través del elemento casi penetrable.
Humano, el nadador le hace frente y, humano,
retrocede ante el frío interior, la crueldad
que aún muestra una especie de piedad que lo sostiene.
El último sol del año seca su piel por encima
de una superficie que es un mero mosaico de diminutos destrozos,
donde el viento borra todas las imágenes en la obsidiana que fluye,
el irse de las ondas que se forman incesantemente.



Charles Tomlinson (Inglaterra, Stoke -on-Trent, 1927)

(Traducción de Alejandro Valero)


IMAGEN: Chenango Lake (New York).

OBSERVACIÓN DE HECHOS




Los hechos no tienen ojos. Uno debe
sorprenderlos como uno sorprende un árbol
prestando atención a sus (¿puedo llamarlas así?)
facetas de copiosidad.

El árbol se levanta.

La casa encierra.

El cuarto florece.

He aquí los hechos exentos de imaginación:
su relación es mutua.

Una dríada es una suerte de cortina de cretona
entre yo y un árbol.
El árbol se levanta, o no se levanta:
depende de que corra o descorra la cortina.

La casa encierra; o deja de significar
como ser extendido sobre uno,
como algo con lo que uno tiene que ver.

El cuarto florece cuando uno ha introducido
una fibra mental bajo su elegancia,
uno o dos cacharros toscos que superan
la persistencia de la fruslería
en las pantallas o el empapelado.

El estilo manifiesta lo que se vio
o esconde la observación
tras el observador: una voz
que lleva collar.

Esas facetas de la copiosidad que he propuesto
existen, así lo hacen cuando quedamos en silencio.



Charles Tomlinson (Inglaterra, Stoke -on-Trent, 1927)

(Traducción de E.L.Revol)