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domingo, 21 de septiembre de 2025

UNA LUZ CELESTE

 


El hombre es un animal nostálgico.
Marcello Veneziani


La sombra

Se proyecta en el muro. Una mano deforme. Olor a viejo hay. Y a ladrillo mojado. ¡Cuántos días habrán pasado sin que nadie pase un trapo! Es raro. Con la pasión de estas mujeres por refregarlo todo. Paso suavemente las yemas de mis dedos. Resbalan en esa pátina verde. Siento el frío. El más humano desasimiento.



Al alba

Se pisa la tierra. Se respira el aire. Un viento húmedo espabila la mente. Un corazón cargado de recuerdos. Las palabras nunca alcanzan. En momentos como éste, se tiene necesidad de todo. Y no se necesita nada



Deshacer

Clavo la pala de punta en la tierra seca. Sin permiso. Por eso miro para todos lados. Descubro la tierra más oscura. Una lombriz se mueve nerviosa. Otra, cortada al medio, quedó pegada al filo. Dejo caer la pala. Con un ruido sordo. Tomo un terrón seco. Que ya es polvo entre los dedos. El mundo parece mentira.



Mi vida vivida

A veces pienso en mi vida vivida. Y en mi vida abandonada. Tan distante. De mí mismo. Me veo crecer y morir entre fantasmas. Pero es el mismo mundo. Que sube. Cuando sopla la brisa. La vida inverosímil.



Un centelleo de hermosuras

Todo vibra en la huerta abandonada. Una caña, un murmullo, un zumbido. La claridad lechosa de la tarde. Nos confunde. De milagro, la memoria sigue viva.



La física y la química del cielo

Es la misma que la de la tierra. Los astros parecen inmóviles y sin embargo… La costra de la tierra también va cambiando todo el tiempo. De noche giramos como una bola. Y nos arrastran las estrellas.



De una lengua a otra

Huyo de una palabra como de la peste. No la digo. Mientras, el abuelo corta leña con el hacha. Canta una canción en italiano. Se la enseñó su padre. Le pregunto por el sentido. No entiende qué dice. Yo tampoco. Pero igual se me parte el corazón.



El espacio de una centella

Podemos escaparnos del mundo por un instante. La cabeza se vacía. No sabe ahora qué está bien y qué está mal. Tiene una ocurrencia. Contempla una planta. Muerde, en silencio, un mendrugo espiritual

(Del libro homónimo, 
Barnacle, 2025)


Diego Colomba (San Nicolás, Provincia de Buenos Aires, 1972). Vive en Rosario desde 1990. 



Pueden LEER la biografía y más poemas en entradas anteriores.


jueves, 19 de septiembre de 2024

CARNE SOLA

Echarse al abandono

Mientras pululan los castaños. Lenguas y leguas 
y cien bocas que cantan esta poesía silvestre. 
Los eucaliptus se levantan hasta el borde de la luz
y nuestros pies se hunden en la tierra arenosa.
Los cálidos recuerdos ya son botín de los pájaros.
Entre luces y sombras el árbol fructifica dos veces.
Aun en las tierras difíciles en las que abundan las piedras 
y los matorrales duros y los graznidos del cuervo.
Una tierra negra y grasosa respira en la costra venidera. 
Dios nos hizo para sentirse menos solo y ahora nos voltea 
con su reja. Entremos por fin en la noche junto al fuego. 
Descansemos en la sombra más larga y más serena.



Cerca se muele ajo y tomillo

Las cigarras roncas hacen resonar el huerto.
Niño hermoso, no confíes tanto en tu color.
Con tus canastas repletas de huevos y lirios
y flores de oloroso hinojo bajo un sol
declinante que hace crecer tu sombra.
Te consume el amor como una gripe.
Desentendida de lo que llevan tus manos 
tu cabeza ardiente se pregunta si el amor 
tiene algún límite.



La edad se lleva todo, incluso la memoria

Acostumbraba enterrar largos soles cantando. Tantas 
poesías están ya olvidadas. No cantamos a los sordos: 
el humedal todo nos responde. Nos dejamos ganar 
por el amor. Feliz quien ha podido conocer las causas 
de las cosas y ha pisado miedos. Aunque sea sin gloria 
que ame yo la laguna y los patos y la luz en la resaca 
y su baba melancólica perdida. Cantaba tejiendo una 
canasta con ramitas de malva a la rana en el barro
a la hormiga que sube por los tallos al ganso que ha
graznado. Levantémonos ahora. La brisa del pasado 
puede ser dañina.

(del libro "Carne sola",
Barnacle, 2024
Envío de Alberto Cisnero)
Diego Colomba (San Nicolás, Santa Fe, 1972)


Pueden LEER la biografía y más poemas en entradas anteriores del autor,



 

sábado, 26 de noviembre de 2022

LOS SONIDOS QUE DEAMBULAN EN NOSOTROS


Algo menos audible que lo audible

En las matas que el viento mueve como una cabellera, hay briznas sonoras que se ilusionan nostálgicamente con morar entre estos pastos sibilantes, arraigarse, volverse dignas algún día de una pizca de atención.




Una espera difícil

El silencio del atardecer. Del alba. Del perro y el gato que duermen juntos sobre el sofá. Del frío del invierno. De los rostros añosos de niños que caminan rumbo a la escuela bajo una luz desganada. El arco de mi vida se va cerrando. Y con él, el arduo horizonte de mis silencios.



El orden de la naturaleza

Los pájaros dejaron de alborotar en las ramas más altas. Las ranas esperan la medianoche en las cunetas anegadas. Llegan los sonidos atenuados del crepúsculo, como el picor en nuestras piernas. En este intervalo muerto, se abrió una herida de perturbado silencio. Mi curioso oído oye, en el umbral de la noche, la hora que solo a mí me pertenece.



(Del libro: Los sonidos
que deambulan en nosotros,
Barnacle, 2022,
Envío de Alberto Cisnero)


Diego Colomba (San Nicolás, Santa Fe, 1972)



Pueden LEER la biografía en una entrada anterior del autor (nota del administrador. 



 

miércoles, 20 de octubre de 2021

POETAS QUE REGRESAN A LA PATRIA DE LA INFANCIA












Un fracaso en la comunicación


Si dejara de verte como a una mujer ensimismada, que articula mecánicamente preguntas en la mañana, con aliento a tabaco y una capacidad de atención debilitada —aún más que de costumbre—, si entendiera que tu espíritu desborda tu cerebro, que naufrago como todo lo que has puesto en este gran pozo con cal, que mezcla ideas con recuerdos, incluso mis inocuas palabras de ironía o de reproche, mi mente podría intuir acaso el lila de los cardos que tapan esas vías, el humo acre del tren, el rumor de unos chicos de campo que parecen dispuestos a seguir esperando.

Se aproxima Navidad


Al borde de la laguna, donde los camiones de la Comuna desagotan cada día, se amontonan los chanchos. Los chicos descalzos de los ranchos les tiran piedras. Se divierten oyéndolos gruñir. Viendo cómo se separan y se vuelven a juntar.


Fin de temporada


Un viento salado nos seca la piel, empuja a los viejos, vestidos, las sobras del verano. Entre los yuyos altos del médano, miramos el mar. Como un fuego que nunca se apaga.


(De: Poetas que regresan a la patria 
de la infancia, Barnacle, 2021
Envío de Alberto Cisnero).
Diego Colomba


Diego Colomba (San Nicolás, Santa Fe, 1972) .Es profesor y licenciado en Letras, y doctor en Humanidades y Artes, con mención en Literatura. Colaboró con reseñas, notas y entrevistas en el periódico El Eslabón, el diario El ciudadano & su región, el diario digital Redacción Rosario, en los suplementos " Señales" y “Más” del diario La Capital, la revista Diario de Poesía y en la sección reseñas de Bazar Americano. Dirigió el sitio web de prensa literaria Letracosmos. Fue uno de los responsables de Salón de Lectura, sección de escritores del banco sonoro Sonidos de Rosario. Artículos, entrevistas y poemas de su autoría integran diversas antologías. Seleccionó y prologó Imaginarios Comunes. Obra periodística de Fernando Toloza (Córdoba, Editorial Recovecos, 2009). Publicó Letras de Rock Argentino (Editorial Académica Española, 2011), Baja tensión (Rosario, Editorial Municipal de Rosario, 2012, mención en el Premio Municipal de Poesía Felipe Aldana 2011), Mesa de novedades. Poesía y  narrativa del presente (Santa Fe, Universidad Nacional del Litoral, 2013, premio obra inédita del Concurso Provincial de Ensayo Juan Álvarez 2012), Desaire (Buenos Aires, En Danza, 2014), Inmemorial (Rosario, Baltasara Editora, 2015), Chispero (Rosario, Libros Silvestres, 2016), El largo aliento (Córdoba, Alción Editora, 2016), La hospitalidad del mundo (Pueblo Esther, Fiesta Ediciones, 2017), Papá trajo a casa un Cuatro Ele (Buenos Aires, Editorial Barnacle, 2018; Mención Honorífica Premio Provincial de Poesía José Pedroni. Obra Editada, 2019), Blanco a la cal (Toluca, Universidad Autónoma del Estado de México, 2019; Mención Honorífica Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen 2019), Platillos volantes (Rosario, Libros Silvestres, 2019), El lado de la sombra (Buenos Aires, Barnacle, 2020) y Poetas que regresan a la patria de la infancia (Barnacle, 2021).


 

viernes, 18 de mayo de 2018

PAPÁ TRAJO A CASA UN CUATRO ELE

























HUÉRFANO

En el desayuno de esta mañana
cambiaste sin decir nada
las galletas, el queso, la infusión acostumbrada
cuando ya me había acostumbrado
a ver en tu cara
el rostro de una mujer
desconocida.



ALGO COMIENZA

El pelo recogido resalta el brillo de sus ojos
y el rojo de sus labios recién pintados
sin que la vea su madre fuma en la vereda
esperando el viejo coche que la lleve al trabajo
fuma y repasa los temas mentalmente
no quiere titubear frente a unos chicos de campo 
que elogian su letra prolija en la pizarra 
sus dibujos con tizas de todos los colores
a veces la esperan al borde de las vías 
en un cardal florido donde liban las abejas
les habló alguna vez del polen y el estambre
sus palabras parecían verdaderas.



UNA VISIÓN

Mientras contemplo
el trigo
llovido
de los campos

que todo
—y nada—
pertenece
a este mundo.



UN HIJO PREDESTINADO A PAGAR LA CULPA DEL PADRE

Ahora que he alcanzado la de edad de la razón
que he dejado de ser un hijo bueno y piadoso
que escucha a través de la puerta entreabierta del baño
ahora que camino por las veredas siempre rotas de mi barrio natal y mi destino inevitable empieza a ser el que debe ser Marita, vieja amiga y costurera de la familia, me saluda, apoyada en el dintel de la puerta de una casa que nunca abandonó. No es lo que me dice Marita, es la forma
elocuente de mirar que tienen los ojos en la mañana
luminosa (unos ojos y pestañas pintados de manera
anacrónica) de quien ha conocido a la familia de cerca
ha zurcido su ropa interior, ha sentido el olor que dejan
las pieles en las prendas. Su juicio resulta a las claras
(aunque en principio me importe poco lo que piense de mí) condenatorio. Cuando me alejo lo bastante, apenas
unas pocas cuadras, para aceptar lo que sentencia su mirada esto es, a pesar de todas las insinceridades que me permito para conmigo desde que tengo memoria, creo que puede haber algo de cierto en su manera de mirarme, en la verdad de lo que yo ahora mismo siento: la falta de amor de mi parte que Marita ha comprobado como asidua visitante
de una casa con las puertas siempre abiertas en estos años
de convalecencia y deterioro que mi padre (el gordito,
como lo sigue llamando, al que recuerda en voz alta en el cuerpo del hijo avejentado) ha puesto con indiscutible tesón en mis narices. Más acá de las palabras Marita no odia pero ha dejado de amar seguramente a un hijo condenado.


(Envío de Verónica, 
del libro Papá trajo 
a casa un cuatro ele
editado por Barnacle, 
Bs.As., 2018)
Diego Colomba




Diego Colomba (San Nicolás, Santa Fe, 1972).  Poeta y crítico literario. Ha colaborado con reseñas, notas y entrevistas en numerosos medios. Seleccionó y prologó Imaginarios Comunes. Obra periodística de Fernando Toloza (2009). Publicó su tesis de doctorado Letras de Rock Argentino (2011) y el libro de crítica Mesa de novedades. Poesía y narrativa del presente (2013, premio obra inédita del Concurso Provincial de Ensayo Juan Álvarez 2012). En poesía publicó Baja tensión (2012, mención en el Premio Municipal de Poesía Felipe Aldana 2011), Desaire (2014), Inmemorial (2015), Chispero (2016), El largo aliento (2016) y el ebook La hospitalidad del mundo (2017).





sábado, 11 de febrero de 2017

EL LARGO ALIENTO




COMPOSICIÓN

En un rincón exterior de la casa, las paredes lucen 
sus lamparones de musgo. Una pequeña ventana se insinúa
tras un mosquitero corroído en sus extremos. A su lado,
la herrumbre de la bomba descubre sus capas de pintura.
Un tacho de cincuenta litros, que linda con una chapa
suelta y algunos caños inclinados, mezcla aceite,
escombors, cal y agua de lluvia. Entre la bomba y el tacho,
una pila de cajones amarillos de cerveza, puestos de canto,
entronizan a un gallo rojo, con el brillo perenne del plástico.
Porque también hay luz en lo que se corrompe.




SE VIENE EL AGUA

Un cielo de porlan parece. Que se cae. Ya está tronando. 
El abuelo cava una zanja con la pala de punta. Quiere
que se vaya esa agua porfiada. Rezonga cuando hace fuerza.
No le importa que las abejas, que tomaban agua del charco,
se le peguen como enjambre en un zapato. Yo las espanto 
con un palito cuando se acercan. Pero me quedo en cuclillas,
arriba de los ladrilos cachados de la entrada. No quiere 
que se le ahoguen las gallinas, dice. Tampoco que me embarre,
que mamá nos va a retar. Yo pienso que no: las gallinas
saben flotar como los patos. Aunque estén encerradas. 
Muy despacio, un cauce de barro chirle supura para un costado.
Cuando se larga, ya estamos en la cocina. Y afuera
no se ve nada.




CARNE CRUDA

Se abandona. En el contagio del fuego. En el último
culito de ginebra. Una sensación de paz lo embriaga.
Por eso aguanta los grumos de sol en la cara. Inspirado,
golpea con la hoja afilada en la madera. Los teros oyen.
Desde lejos. Corren con el ala mocha. Como hijos a los
brazos de un padre. Picotean los pedazos.




EL EROTISMO

Una galería derruida, con ostensibles manchas de humedad,
culmina frente a una puerta de madera. El revoque de la pared
que la rodea se descascara. Bajo las chapas verdes del techo,
un vestido rojo con puntillas cuelga solitario de un alambre,
tocado por la luz natural. De en cuando se agita
con la brisa de la mañana.




AIRE DE FAMILIA

Ahora que llevo la barba ensortijada
encanecida desde la nuez hasta el mentón
a una edad en que papá también encanecía
al frente de su familia numerosa
que mi mujer ha encontrado mi rostro enrojecido
mientras bebíamos bajo el cielo pintado de gris
que brotan las várices de mis piernas huesudas
que el vientre abulta y los ojos se hinchan
y el despachante ha sentenciado en otro idioma
que se trata de la última botella por venir
las distancias hablan por sí solas.



(Envío de Valeria Cervero)


Diego Colomba (San Nicolás, Buenos Aires, 1972). Vive en Rosario desde 1990








jueves, 9 de febrero de 2017

INMEMORIAL














MITOLOGÍAS

 Rastrojos quemados a la vera del camino.

Los hombres creen
en la bondad de la ceniza.




ESPÍRITU

Caña bizcochos y cigarros
a la sombra del sauce.

Y el canto añoso del jilguero.




ECOS

A espaldas de un hombre
que arrastra los pies
contemplo su camisa pasada de moda
demasiado grande para esos hombros
el pelo entrecano que ralea y el esmero
de la navaja para quitar la pelusa de la nuca
las orejas que se desmadran enrojecidas
por las patillas de los anteojos
y el contorno ahora
que caminamos juntos
y el sol nos pega de frente
de una misma sombra.




BAJO LA PARRA

Como extraños
taciturnos
beben
y comen
a la memoria
de una sombra
más fría
y distante.




NO ES LA LUZ

Son las sombras las que inflaman
las achiras amarillas.




PROPORCIONES

Hay tantas liebres que los galgos
no les pretan atención.




TANGO REVISITED


Esta alegría
es pasto 
de las llamas:

tiempo
que nunca
volverá.




CAVILACIONES

El humo 
que asciende
moroso
y relumbra
en cada pitada
se disgrega
entre racimos
de uvas
que jamás
fueron dulces.





Diego Colomba (San Nicolás, Buenos Aires, 1972). Vive en Rosario desde 1990.





IMAGEN: Parral  de uvas chinches.

jueves, 5 de marzo de 2015

BAJA TENSIÓN


















Rincones

La tía Florinda dormía 
la siesta destapada 
y sin corpino 
según ella misma decía 
desde el claroscuro 
de su cuarto.

Atravesé el pasillo y me detuve. 
Corrí un poco la cortina pesada 
y apoyé mis labios sobre el vidrio 
frío de la puerta,
ésa que da a la calle pero no se usa 
más que para sacar los muebles 
una vez al mes.

Un cielo tormentoso 
caía sobre el baldío 
de enfrente. 
El viento sacudía 
las rosas aisladas 
del patio.

Escuché un ruido 
en el dormitorio, 
entonces lo recordé:
"Mañana te voy a dar 
una sorpresa."

Ahora Florinda me hacía 
señas desde su cuarto, 
para que me acercara.

Traspuse la puerta, 
me dejé llevar.

Perplejo,
sorprendido
por el olor de otro cuerpo
demasiado real,
mi cuerpo se introdujo
en ese rincón húmedo
de la casa.


***


El calor ha avanzado sobre un barrio 
que no se lo merece.

Una noche más 
con baja tensión.

Este prende y apaga de la conciencia 
que puntúa la lamparita de sesenta 
cansa a cualquiera.

Si la luz se cortara de una vez 
sería otra cosa.

La oscuridad 
—bromeas.

Pero así el tacto y el oído
crecerían como dos temibles babosas
poniéndonos locos de contentos.

O podríamos jugar a contemplar 
las pocas estrellas 
que los monoblocks del fondo 
dejan ver desde el patio.

Pero la luz no se corta 
y agoniza espasmódica 
durante toda la noche, 
atizando la duda 
de si es cierto o fingido 
nuestro actual desconcierto.

Insomnes,
jaqueados por el ruido 
de los artefactos 
al borde de la ruina, 
se vislumbra más lejana 
la utopía del hogar.



Hombre de su casa

Platos sucios
para el otrora aventurero
de la mente
—hoy repartidor de leche—
que extraña oscuramente
los días felices
embotados
por el vaso de vino
del almuerzo familiar,
mientras los niños lloran o juegan
en el patio trasero
y la mujer refunfuña
frente a la pila de platos
del día anterior.






Diego Colomba (San Nicolás, Provincia de Buenos Aires, 1972)