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jueves, 8 de julio de 2021

ELOGIO DEL REFRENAMIENTO

 














PARA ISSA, mi hija

Hace algunos días, una muchacha peruana que estudia literatura en Madrid le pidió a su madre, que vive aquí en Lima, que me ubique y me pida algunos poemas para incluirlos en no se qué antología. Cuando la señora vino a mi casa a cumplir con el encargo filial, me comentó: «Qué casualidad, en mi casa tengo alojado a un paisano suyo. Es un japonés de la Universidad de Osaka que está haciendo un posgrado en la Universidad Católica». Como yo sólo le sonreí condescendiente, ella me exigió con amabilidad una mayor definición: «¿Es paisano suyo, no?», me dijo. «Alguito, señora», le respondí.
La señora quizás sea representativa de aquellos que nos atribuyen a los nikkei un japonesismo cerrado o, en todo caso, muy vigente en nuestra cultura diaria. Pero sí, algo, o «alguito», de japonés hay en la composición de nuestra personalidad. Sin embargo, siempre me pregunto hasta qué punto esta herencia puede permitirnos hablar de una identidad de grupo. Hay ciertos elementos obvios que podrían convencernos de la existencia de esa identidad, desde nuestros rasgos físicos hasta la promocionada cocina nikkei. Nuestros rasgos, tiempo más, tiempo menos, terminarán como debe ser: disueltos en el paisaje mestizo de nuestro país. Y posiblemente la celebrada cocina, con su exotismo más, y otras prácticas similares se conviertan pronto en anécdota. ¿Qué hay de más profundo? ¿Qué herencia todavía está viva en nuestra subjetividad y determina nuestra conducta? ¬ me pregunto a veces, y confieso que siempre termino confundido, como debe ser ante tamañas preguntas.
Hay ocasiones en que descubro con cierta claridad que soy descendiente de japonés. Generalmente sucede en situaciones críticas, y me sorprendo porque siento que algo profundo viene y cambia el rumbo de mis reacciones previsibles. Mi normal tendencia al desánimo, por ejemplo, se hace temple inusual. No es una petulante apelación al estereotipo de japonés imperturbable ante la adversidad; es una íntima presión que me señala una responsabilidad: sé como tu padre.
En uno de los poemas de mi libro El huso de la palabra está mejor mencionado este asunto. Lo escribí en 1986, en un hospital de Alemania, donde sentía la infinita tentación de descomponerme y tirarme al piso a llorar un diagnóstico terrible. «Mi miedo es la única impureza en este cuarto aséptico», dije reprochándome, y escribí lo que aquí, pidiendo permiso, cito:

Mas no patetices. Eres hijo de. No dramatices. 

El japonés se acabó «picado por el cáncer más bravo que las águilas», 
sin dinero para morfina, pero con qué elegancia, escuchando 
con qué elegancia las notas 
mesuradas primero y luego como mil precipitándose del kotó 
de La Hora Radial de la Colonia Japonesa.

Esta conducta «elegante» (estoica, debí escribir) ante una situación límite compuso desde muy antiguo el modo de ser nuestros padres. Ellos crecieron escuchando historias de samurais que luego nos repitieron. Las enseñanzas implícitas en los argumentos casi siempre abundaban en la dignidad ante las situaciones extremas y, especialmente, ante la muerte. Abrevio aquí una de esas historias que mi padre contaba a la luz de un lamparín: dos samurais acostumbraban combatir juntos para defenderse mutuamente las espaldas. Un día, uno de ellos fue flechado en un ojo por los arqueros del bando contrario. El herido se dejó caer cerca de un árbol mientras su compañero dejaba de combatir para auxiliarlo. Este intentó poner su zapatilla en el lado sano del rostro de su amigo para fijarlo y tirar de la flecha.. El herido lo detuvo con sus últimas fuerzas, y le dijo: «Nadie, ni tú, mi honorable amigo, podrá poner su zapatilla en mi cara». Enseguida le pidió que lo ayudara a recostarse en el árbol para esperar, con majestad, la muerte.

Buscar una muerte digna y no dejar el cadáver en una posición vergonzosa es parte del espíritu del Bushido, aquel conjunto de normas éticas con que los samurais gobernaron durante siete siglos el Japón. Con el tiempo, las normas también pasaron a determinar la conducta de la sociedad civil. El Bushido nunca fue escrito pero estaba en el espíritu de todos los japoneses y se transmitía de modo consuetudinario y a través del arte. Está en la historia de los dos samurais que acabo de recordar, así como en la poética del dramaturgo de bunraku, Chikamatsu, que a comienzos del siglo XVIII, dijo: «Cantar los versos con la voz preñada de lágrimas, no es mi estilo. Considero que el pathos es enteramente una cuestión de refrenamiento. Cuando todas las partes de un drama están controladas por el refrenamiento, el efecto es más conmovedor».

Creo que el refrenamiento, la contención, es el aspecto que más aprecié de mi padre, el que más me impresionaba. Mis hermanos y yo terminamos por controlar nuestras expansiones ante él. Nunca nos lo pidió, pero de alguna manera supimos que él siempre esperaba de nosotros un comportamiento más discreto, más recogido de maneras. Era una forma de represión, sí, pero no castrante, sino para estar más cerca del orden natural. La naturaleza, aún cuando es violenta, no hace aspavientos. Cuando somos aspaventosos estamos haciendo comentarios agregados e innecesarios a nuestros actos, que son naturales, todos.

Y aquí es inevitable que recuerde a Tilsa Tsuchiya, la enorme artista que me privilegió con su larga amistad. Creo que los personajes de sus pinturas tienen una estatuaria que responde a un aliento anterior a ella. Todos sus seres, inclusive los objetos de sus bodegones, tienen la majestad del refrenamiento. Acaso el verdadero rasgo japonés de su pintura haya que buscarlo en la poética de Chikamatsu, cuya esencia explica todo el arte tradicional de Japón: una creación quieta, íntima, imponente a veces, pero siempre sin alardes. Tilsa se expresó a través de personajes que en sus posturas hieráticas refunden, pecho adentro, dramas, intensidades, abismos. De todos los que pueblan su obra, casi ninguno tiene brazos, acaso para evitarles una expansión. Sin embargo, no son personajes mutilados, están bien como están, y no extrañan ¬ni ellos ni nosotros¬ sus miembros. Chikamatsu, que reprochó «la voz cargada de lágrimas», reprocharía también los largos ademanes. Un día, Tilsa, fastidiada por el lloriqueo telefónico de una amiga con problemas, me dijo: «Debería pintar. Así no lloraría». Estoy casi convencido ahora de que esta frase (o mejor: esta actitud) venía del silencioso y severo don Yoshigoro, su padre.
Y yo vuelvo a mi padre, aquel otro japonés que sin verdadera intención educativa me traducía, en medio del pleito de pollos y patos del corral, los poemas de Bashó. Yo era un niño y la imagen que me hacía del desconocido poeta se confundía con la de mi padre: ambos eran hombres parcos de actitud y concisos de palabras. Pero, como bien sabemos, todo lo humano es contradictorio, más aun cuando se es niño. En muchas ocasiones deseaba que mi padre fuera más expresivo, tanto como la gente efusiva entre las que vivíamos. Hasta hoy esa contradicción está en mi. Tal vez el poema inédito que aquí me permito transcribir, guardado hace tiempo en el fondo de mi gaveta, ilustre mejor lo que vengo diciendo: 

EL KIMONO 

Mi padre y mi madre eran sombras 
dispares 
que ahora, muertas, acaso se encuentran 
más. 
Yo recuerdo: él le regaló un kimono 
y ella lloró en silencio 
porque una gracia así 
no concordaba 
con su amor tan austero. 
En la espalda del kimono 
saltaba un salmón rojo. 
Sobre los hombros de mi madre, el pez 
parecía subir por la cascada de sus cabellos, 
hermosisímos y azulados cabellos 
de mestiza: 
Una bella imagen que ella no podía ver. 
Dígasela usted, padre, 
para que deje de llorar. 
(Publicado en la revista QueHacer en 1999 
en el marco del centenario de la inmigración japonesa al Perú)

José Watanabe  (Perú, Laredo- 1945- Lima, 2007)


Pueden LEER su biografía en entrada anterior del autor (Nota del administrador)


domingo, 24 de diciembre de 2017

LA NATIVIDAD
























Esta es tu patria, hijo mío, 
un establo donde tu madre
ya duerme 
de regreso a nuestra especie:
hasta ahora 
ella era un animal mítico: el vientre
avanzado
y habitado
por Ti, entonces voraz nonato, 
que le consumías hasta los huesos.

Soy un hombre añoso, he visto
todo. Sin embargo,
me sobrecoge mirarte, mi recién nacido:
a pesar de las madres 
todo niño está abandonado 
sobre la vastedad de una tierra callada.

Tu madre,
muchacha todavía sorprendida
por Ti, no cantó 
una canción de cuna. Mirándote 
sólo murmuró inacabablemente:
es espantoso esperar de Él 
lo que esperan.



José Watanabe



José Watanabe Varas. Poeta peruano. Nacido en Laredo, un pequeño pueblo al este de Trujillo, el 17 de marzo de 1945. Su madre Paula Varas, peruana, de origen serrano y su padre Harumi Watanabe, japonés de quien cuenta aprendió el arte del haiku. Watanabe tuvo una infancia muy pobre, sus padres trabajaban como campesinos en una hacienda azucarera al norte del país hasta que el destino les jugó una buena pasada: ganaron la lotería de Lima y Callao y viajaron a Trujillo, la capital de la provincia. Luego José migró a Lima para seguir estudios superiores, aunque el recuerdo de Laredo quedaría siempre en su memoria, por lo cual muchos de sus poemas se ubican espacialmente ahí, un Laredo que hoy sólo existe, con sus cuatro calles, en el imaginario creado por el poeta. En Lima estudió los primeros años de la carrera de Arquitectura en la Universidad Nacional Federico Villarreal pero la abandonó después de casi dos años. Su formación fue esencialmente autodidacta y no sólo se desarrolló como poeta sino también como guionista de cine y documentales, estuvo muy involucrado en el medio televisivo e hizo una adaptación de Antígona de Sófocles para el grupo de teatro Yuyachkani. En 1970 compartió con Antonio Cillóniz el primer premio del concurso "Joven poeta del Perú", que organizara la revista Cuadernos trimestrales de poesía. Este galardón en su momento fue entregado a poetas como Javier Heraud y César Calvo. Empezaba así la construcción de su obra. Breve y esencial: Álbum de familia (1971), El huso de la palabra (1989), Historia natural (1994), Cosas del cuerpo (1999), La piedra alada (2005) y Banderas detrás de la niebla (2006). Murió en Lima, el 25 de abril de 2007 de un fulminante cáncer de pulmón.



viernes, 30 de mayo de 2014

EL PAN






































Perdonen que lo diga sin pudor, 
pero mi madre y yo vivíamos en un pueblo
                  de hambrunas. 
Las carencias 
nos llevaban a todos a una especie de inocencia,
                     a un vivir
en el centro puro de nosotros mismos. 
Así es cuando ya no queda nada, salvo 
la postura orgullosa de mi madre
                 que dormía como saciada.

Cada cierto tiempo pasaban profetas
que repetían monsergas en nombre de un dios
                  prometedor, pero cruel. 
Ninguno trajo lluvia sobre los campos yermos
         ni hizo el milagro de una simple lechuga.

Una tarde se asomó a nuestra puerta
un extranjero de mirada llameante, otro agorero,
pero no supimos quién ardía en él, si su dios
                           o su demonio. 
Dijo llamarse Elías y tenía gran hambre como nosotros.
         Se quedó mirando a mi madre
que en la artesa mezclaba un puñado de harina Santa Rosa 
      con una cucharada de manteca sin nombre.
Estoy haciendo un pan para mi hijo y yo. Lo comeremos 
y después, con la dignidad de los pobres satisfechos, 
nos moriremos de hambre, dijo mi madre 
                     Reyes 17:12.




José Watanabe (Perú, Laredo- 1945- Lima, 2007)





jueves, 29 de mayo de 2014

EL SALMÓN ROJO
















Si sombras son ahora de esposa y esposo 
¿cuál su cielo?
Un cielo desadornado, que así les agradó 
tenerlo en la tierra.

Practicaban
la admirable belleza del amor huraño 
donde el macho se queda rondando por ahí, 
oliendo la tierra, las plantas, el lecho, 
esperando otro llamado áspero.

De pronto, en ese ardor seco, una gentileza:
el esposo le obsequió a la esposa
una bala con un salmón rojo en la espalda.
La esposa, turbada por la inusual gracia,
vistió la prenda de seda
y el cielo estoico se rasgó por primera vez:
un rayo de luz iluminó al salmón
que parecía subir a gusto por la cascada
de los hermosísimos cabellos azulados de la esposa:
una bella imagen que ella, tan conmovida, no podía ver.

Dígasela usted, padre, para que deje de llorar.



José Watanabe (Perú, Laredo- 1945- Lima, 2007)




miércoles, 28 de mayo de 2014

LOS AMANTES




Abundantes ropas envuelven a los amantes,
sólo un hombro o un muslo están desnudos como pulpas
de luz
y los sexos en su quieta fiereza.

 Si el acoplamiento es inmóvil, las sedas de las ropas
no dejan de ondular. Las telas,
delicadamente estampadas
con menudas flores de una primavera geométrica,
se deslizan por toda la esterilla, avanzando
y acumulándose en pliegues breves y rápidos. 

Si la luz de la carne es blanca,
las sedas fluyen como un río de varia coloración, un río
que se desprende del cuerpo de los amantes
que, cerrados al mundo, ignoran
cómo se agitan esas pequeñas flores rojas. 



José Watanabe (Perú, Laredo- 1945- Lima, 2007)




martes, 27 de mayo de 2014

LA QUIETUD
























para Micaela

He llegado a la tortuga. 
Estoy frente a ella como ante una orilla 
o un lugar límite donde uno se sienta a pensar.

          Sobre la tortuga, 
la inacabable e inútil agilidad de los monos
    que derrochan sus cuerpos 
entre las ramas de un árbol, como ellos, enjaulado.

Las tortugas viven impasibles 
y aparentemente
       sin soñar vuelos ni arranques elásticos
del cuerpo 
o del espíritu.
             Y entonces prejuiciamos 
que a las pobres no les está permitida la pasión
                y sus euforias.

Sin embargo, llegado su tiempo de celo,
           que no tiene cantos ni danzas, 
las siete carnes míticas que guarda su caparazón 
se encienden en silencio.
               Y cuando macho y hembra
se encuentran, uno ya precipitado en el otro,
                un ansia extrema 
los inmoviliza,
               y gozan sin meneo.


Teníamos igual fijeza, amor mío,
en el momento de nuestra pasión más alta:
                   el pez dorado
           en el río inmóvil, la quietud 
que avanza, el estado de gracia 
en la caída del suicida, cállate
               porque no había palabras.




José Watanabe (Perú, Laredo, 1945- Lima, 2007)




lunes, 26 de mayo de 2014

EL PUENTE







Las columnas herrumbradas por el aire delgado
de la altura
suben desde las pendientes de la quebrada y sostienen con
    gruesos remaches 
los travesaños de hierro.
Hay miles de remaches en la estructura del puente 
pero en el centro hay uno solo fijando el encuentro 
de todas las fuerzas, uno solo, insospechado y firme,
    evitando que el mundo se venga abajo. 
Aquí alguna vez un hombre se sentó a horcajadas, hercúleo,
             sobre el abismo
y selló el remache decisivo, acero al rojo y con esquirlas. 
Imagina la acción tensa y peligrosa de su brazo 
golpeando acompasado 
como si nos transmitiera serenamente un mensaje:
          nadie asegura el mundo en su contra. 
El remache
permite el paso del tren de los metales y del tren de los migrantes. 
y el paso contrario de los que vamos a mirar sus paisajes y
     cortamontes. 
Y mientras cruzas el puente y miras aterrado el vacío del
     desfiladero
siente el interminable poder de ese hombre, 
pero imagínalo después caminando como cualquiera,
     sin alardes, 
hacia los viejos campamentos desmontados
donde durmió sobre un pellejo su sincero cansancio.




José Watanabe (Perú, Laredo, 1945- Lima, 2007)





domingo, 25 de mayo de 2014

LAS MANOS















Mi padre vino desde tan lejos 
cruzó los mares,
         caminó
         y se inventó caminos,
hasta terminar dejándome sólo estas manos 
y enterrando las suyas
         como dos tiernísimas frutas ya apagadas.

Digo que bien pueden ser éstas sus manos 
encendidas también con la estampa de Utamaro
                        del hombre tenue bajo la lluvia.

Sin embargo, la gente repite que son mías 
aunque mi padre 
multiplicó sus manos
        sólo por dos o tres circunstancias de la vida 
o porque no quiso que otras manos
               pesasen sobre su pecho silenciado.

Pero es bien sencillo comprender
       que con estas manos 
también enterrarán un poco a mi padre,
                   a su venida desde tan lejos,
a su ternura que supo modelar sobre mis cabellos 
cuando él tenía sus manos para coger cualquier viento.
                                    de cualquier tierra.



José Watanabe (Perú, Laredo, 1945- Lima, 2007)




sábado, 24 de mayo de 2014

Chagall





















SI me atrevo y abro la ventana 
        puede suceder: 
el cielo gris con su golondrina completamente natural
o dos amantes sobre el mismo cielo anunciando el verano.

Soy un hombre cauto,

                          estoy acostumbrado a los días 
y temo los milagros no previstos en el programa.
Chagall ha detenido su largo vuelo sobre mis libros, 
viene de sobrevolar los campos y las aldeas, 
                   ha estremecido
                                      los árboles, 
                   ha derribado
                                      los frutos 
                                      la manzana
que descalabró los ojos miopes de Sír Isaac Newton.

Le digo que no crea
           que yo también entreveo la posibilidad de volar, 
           de caminar por el cielorraso 
           de invitar a las muchachas 
           a mirar la ciudad desde arriba.
Chagall sonríe y sabe
           que un hombre cauto
                 no puede huir de la cordura.
Si me atrevo y abro la ventana sé lo que puede suceder: 
           un hombre que se va sobre el aire 
                            inventando
                                  con un violín rojo 
                   una serenata.


José Watanabe (Perú, Laredo, 1945- Lima, 2007)



IMAGEN: Marc Chagall - Le violiniste - 1926-27.



viernes, 3 de julio de 2009

RECITAL

http://www.youtube.com/watch?v=WrZPcEm9RAs







José Watanabe ( Perú, Trujillo, 1945 - Lima, 2007)






EL FÓSIL



La vida en ti fue un pez de 20 centímetros.

Tu remoto latido, hoy petrificado,
vive ahora en mi cuerpo
tan inverosímil como el tuyo.

Tú ya no puedes mirarte ni mirarme, no sabes
lo extraño que es ser pez u hombre.
Somos, te digo, inverosímiles, caprichos
de una madre delirante
que cuaja infinitas e insensatas formas en el mar
y la tierra.

El ruido alegre de los niños en el museo
que se empinan a mirar otros fósiles
interrumpe mi habitual pesimismo,
y me enternece:
después de todo, pescadito,
tal vez alguna razón existe.

(De La Piedra alada, 2005)



José Watanabe (Perú, Trujillo, 1945 - Lima, 2007)


RECOMIENDO leer la selección realizada por Neorrabioso.
(De allí fueron tomados varios de los poemas de este autor)
M.L.

LA JARRA



La jarra

permaneció un instante
en silencio
inclinada
como una mujer pensativa.
Luego prosiguió hasta quebrarse
en el piso
como una mujer pensativa.




José Watanabe (Perú, Trujillo, 1945 - Lima, 2007)


RESTAURANTE VEGETARIANO



A los vegetales se entra

con hambre de animal longevo y apacible, y lentamente
se acaba
la lechuga.

A la carne se va distinto, se ingresa a ella
con ansia orgánica, casi disputándola
como si fuera carne
del día de la resurrección, y se acaba
el bife.

Recuerdas:
para que tú vivieras
tu familia depredaba la tierra para ti,
pollos patos reses cuyes cabritos carne
para convalecer y durar.

El alimento en la boca te relaciona
con el mundo. Hay días de felino
y días de paquidermo. Hoy sean bienvenidas
las benéficas ensaladas, la suave soya y las frutas
aunque tarde:
ya cincuenta años que comes carne
y estás eructando miedo.

Pero hay días que no tienes carnes ni vegetales
sino arena en la lengua. Te explicas: tal vez has comido
una sequedad inicial, insidiosa, de pecho, y nunca
se acaba, el desierto
nunca se acaba.

(De: Cosas del cuerpo, 1999)


José Watanabe (Perú, Trujillo, 1945 - Lima, 2007)


EL ÁRBOL



En el bosque que bordea la carretera

un árbol ha desenterrado una de sus poderosas raíces
para abrazar una peña blanca.
La tierra no le fue suficiente:
la raíz es una extremidad
donde el árbol se apoya para subir aún más alto.

No conozco el nombre del árbol
pero sus largas ramas caen lacias y rápidas
como una cascada
sobre la peña.

El árbol sube y cae al mismo tiempo,
pero para nuestros ojos
este doble movimiento es uno solo.

Cómo te lo digo: para el lenguaje
subir y bajar son dos conceptos enfrentados
y nunca se funden.

Mejor ven a la carretera,
la mismidad del doble movimiento del árbol
sólo se resolverá limpiamente en nuestros ojos.


(De La Piedra alada, 2005)



José Watanabe (Perú, Trujillo, 1945 - Lima, 2007)



IMITACIÓN DE MATSUO BASHO



Fuimos rebeldes y audaces. Yo la convencí de la nueva moral que ni aun yo tenía, y huimos sin ceremonia ni consentimiento. Ella trepó ágilmente a la grupa de mi caballo y así cabalgamos hasta las primeras estribaciones de la sierra. Bordeábamos los poblados y con ramas desgajadas íbamos cubriendo nuestras huellas. Nos detuvimos en una aldea cuyo nombre alude a la contemplada limpidez del río que la atraviesa.

Había clara luz de tarde cuando el posadero nos abrió la pesada puerta de palo. A pesar de reconocer en él a un hombre sin suspicacias, le mentimos nuestros nombres. Le encargué una buena habitación para nosotros y cuidados para nuestro caballo. Ella, azorada y hambrienta, mordía a mi lado una manzana.

El cuarto era blanco y olía a resinas de eucalipto. Aunque ofrecido con excesiva modestia por el posadero, allí hallamos seguridad. Desde el pie de nuestra ventana los trigales ascendían hasta las faldas riscosas donde pastaban los animales del monte. Las cabras se perseguían con alegre lascivia y se emparejaban equilibrando peligrosamente sobre las aguas rocosas. Ella cerró la ventana y yo empecé por desatar su largo cabello.

Fuimos rebeldes y audaces. Sin embargo, ahora nos perdonan nuestras familias y nos perdonamos nosotros mismos. Nuestro hogar ha sido tardíamente consagrado. Eso es todo. Nunca traicioné otras grandes verdades porque quizá no las tuve, excepto el amor que me hizo edificar una casa, excepto el amor que nunca debió edificar una casa.

A veces pienso cabalgar nuevamente hasta esa posada para colgar en su puerta estos versos:

En la cima del risco
retozan el cabrío y su cabra.
Abajo, el abismo.

(De: El Huso de la palabra, 1989)


José Watanabe (Perú, Trujillo, 1945 - Lima, 2007)



jueves, 14 de agosto de 2008

FLORES




La madreselva se cerró al amanecer
y yo, sin su perfume, seguí creyendo en la poesía.

Es difícil persistir en la poesía, más aún
cuando ella misma nos desorienta:
en la desesperación
yo escribí los poemas más sosegados.
¡Casi enloquezco pidiendo calma!

Ahora, después de la noche en blanco
y ningún verso, estoy en paz.
La madreselva, ya lo dije, se cerró al amanecer.

Otras flores habrá a lo largo del día.
Los lirios que pone mi mujer en la sala,
las rosas que dejan caer los cortejos fúnebres,
las flores carnívoras que se cierran tan violentamente
que apenas dejan ver a la abeja que matan.
De estas flores aprenderé, una vez más,
que la poesía que tanto amo sólo puede ser
una fugaz y delicada acción del ojo.


José Watanabe (Perú, Trujillo, 1945 - Lima, 2007)



El poema publicado fue extraído de la Revista "El poeta y su trabajo", Nº25, Primavera 2007, dirigida por el poeta Hugo Gola.


VIEJA CON PERRA




















Una vieja flaca y traposa

como un arbusto seco en este aire polvoriento
espera que su perra de tetas flaccidas
beba el agua turbia de la acequia de los maizales.

Mientras espera, embozada en su manta,
nos observa largamente: pasajeros aburridos
de un ómnibus cuyo desmañado conductor
mea como un caballo detrás de una tapia.

La perra ahita se le va
pero regresará pronto con más perritos.
En este caserío tan pequeño
nadie se aleja nunca.

El ómnibus reanuda su marcha
y los pies de la vieja ahora parecen penetrar
el subsuelo. Como la Baucis del mito,
enraizada, ya no dará un paso más, y el sol
que se enciende de súbito
la convierte a lo lejos en una fogata oscura.



José Watanabe (Perú, Trujillo, 1945 - Lima, 2007)


El poema publicado fue extraído de la Revista "El poeta y su trabajo", Nº25, Primavera 2007, dirigida por el poeta Hugo Gola.


IMAGEN: Arthur Rackham's illustration for Ovid's tale 'Baucis and Philemon'.