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jueves, 5 de octubre de 2017

DE AHORA EN MÁS


























De ahora en más
vas a mantener
el mosquitero siempre cerrado.
Puedo saberlo de algún modo
aunque ya no esté
ahí para constatarlo.

Vas a abrir la canilla
de la cocina lo suficiente
como para aprovechar
del agua
toda su fuerza y caudal

y vas a extenderla cortina
de la ducha, como tengo visto
que hacías
cada vez.

Si puedo repasar
todo eso y más
como quien nombra de memoria
es justo que me pregunte
cuál viene a ser, entonces,
la medida de esta distancia.



NO PENSABAS

No pensabas que el desamor
pudiera ser de este modo:
mover la dirección de la luz
hacia espacios mudos
de todo lo anterior.
La misma luz que se concentra
en un racimo de uvas verdes al sol
y que pudiste ver como por hendijas.
La misma luz que te alcanzó
para permanecer en los días desmedidos.
¿Pero acaso no sabías, aún,
que todo el oro de los días
se desvanece también de modo inexplicable?
Hay palabras que son
como una uva opaca
e inmóvil
en el centro de un plato
vacío.



UNA HOJA

Una hoja que resiste el viento puede ser más fuerte que vos. Más verde y empecinada. Pero también vos podés ser como esas ramas que resisten la corriente, aunque todavía no lo sabías. Tu fortaleza está en lo real. En lo que podés de verdad tomar con una mano. En lo tangible.



LA FUERZA DE LA NATURALEZA

Salgo al patio
y es de noche.
Puedo presentir
la lluvia en el aire
aunque todavía no ha caído
ninguna gota.
Su presencia es más fuerte
que el olor del romero
que acabo de cortar
para traer a la casa.

Recibimos del mundo exterior
aquello que impacta
en nuestros sentidos,
con la misma fuerza
de una tormenta
que se avecina.

Sólo de ese modo
logra conmovernos
el mundo.



Cecilia Figueredo





Cecilia Figueredo nació en Concordia, Entre Ríos, Argentina, en 1976, a pocas cuadras del río Uruguay. Estudió en la Facultad de Bellas Artes de La Plata, ciudad en la que vivió durante casi diez años. Es Diseñadora en Comunicación Visual. Codirigió en su ciudad natal la revista cultural Cebando Cultura. Ha participado, desde el diseño, en la creación de dos libros de cuentos infantiles. Concurrió al taller de lectoescritura de Marcelo Leites y escribe desde hace seis años. Actualmente reside en su ciudad natal. Tiene una hija que es su faro. De ahora en más (Ediciones en Danza, Bs.As., 2017),  es su primer libro de poemas.





jueves, 5 de noviembre de 2015

ESPACIADO




Hay un poema oculto 
entre la distancia y el deseo 
y siempre y más. 
Hay claves en las palabras. 
Bien se sabe:
nadie sigue a tientas 
en ríos profundos. 
No es tan ingenuo el amor 
ni en lo que pide, ni en lo que da.

Basta luego que te asomes
detrás del follaje, 
inmaculada.



CALMA SIESTA

Todas las hojas del verano
disueltas
en esta casa de hojas leves,
taciturna
con zaguanes adonde la luz
cae líquida por las paredes.

Las palabras en desuso
se arremolinan
detrás de las puertas sigilosas

Algunas siestas
tienen algo
de la calma
que precede a las tormentas.

Una espesa ventolera
abre las puertas de par en par
y ordena las palabras indecisas.



EL RUIDO DE LAS OLAS EN LA NOCHE
sabe
que ya no es sólo
del agua que lo trae

Sabe que es también 
de la noche
en que sucede

¿Sabremos del mismo modo
que es nuestro
cada sonido
que desde la orilla oscura
se nos hace nítido?




Cecilia Figueredo (Concordia, Entre Ríos, Argentina, 1976)










martes, 3 de noviembre de 2015

ARPEGIO






Un canasto 
que rebosa de ciruelas
duraznos y cerezas
cuelga del brazo de una mujer.

Ella camina altiva de regreso a su casa,
con un rodete improvisado que se hizo 
antes de salir con la lista de frutas en la mente.

El canasto roza por momentos
la cadera de esa mujer de semblante decidido:
la armonía no premeditada
se concentra en ese hecho fortuito.



Cecilia Figueredo (Concordia, Entre Ríos, Argentina, 1976)




domingo, 1 de noviembre de 2015

TRES POEMAS FAMILIARES





BRILLANTINA


De qué amarillo es
tu espíritu
de tierra firme.
Risa, laurel,
palabra al aire.
Mirada que atraviesa las miradas.
No conozco el silencio en tu presencia
y sé que cuando dormís
tu mano sigue escribiendo
sola
todas las recetas
que te faltan anotar.
Tantos amigos de la casa
la chola, vinzón, tito,
silvia, gabriela, elba
el ñumi, la chicha, el colita
el chiquitín.
Tantos papelitos
con direcciones, frases, poemas
y recetas para rejuvenecer.
Paltas cremosas
eco de carcajadas
cosas doradas en los cajones
cremas humectantes
pintalabios.
Manantial incesante,
yo no se qué día
fue que noté
un dejo de tristeza en tu mirada.
Un dejo, así,
como un ademán distraído.
Un dejo, que también te define
mami
tanto, tanto,
como ese amarillo difuso
que me es imposible precisar.


IMPORTA, ACASO...?


Importa acaso la ubicación de los objetos
en la mesa de madera
en los estantes abarrotados
en las sillas
en el piso?
¿Importa
detenerse en los detalles
de la cotidianidad?
¿Importan los ademanes
de las rutinas
que transcurren de memoria,
los espacios por donde ondea
la cintura y el pelo cae
sigiloso
por el hombro
sin que nadie lo perciba?
¿Importan las soledades
de los movimientos
incontables
para saber un día de tu vida
el más común,
ese en el que revolvías la olla
con el pañuelo en la cabeza,
y que nunca pudiste contar por escrito
porque el apuro del día 
no te dio espacio
para pensar en los nietos
que iban a querer saber de vos
un día cualquiera
de tu vida, 
Margarita?


INCONDICIONAL

No sé si habrías podido prever este viento de otoño 
cuando corrías más rápido que una liebre para despuntar el vicio. 
O para satisfacer al abuelo, que te tomaba el tiempo con su reloj 
dorado en la esquina de Salta y Bolivia para comprobar 
que siempre llegabas antes del tiempo que aprueba la lógica. 
Somos todos indivisibles. 
Aún así podemos imaginar que salimos volando por la ventana, 
como en un cuadro de Marc Chagall. Eso pudiste saberlo después, 
cuando la vida trajo todo lo que no podemos medir. 
A veces te hablo y murmurás números con la mirada. 
Las palabras, pero también el cálculo de álgebra 
flotan en la habitación. 
Me hacés preguntas que no puedo
o no sé contestarte, van quedando sobre la mesa, 
al lado de los apuntes. Casi todas se diluyen en el aire. 
La birome que usás se desliza como agua por los renglones. 
Mirá si te viera el abuelo. 
Sacaría el cronómetro para medir el tiempo en segundos. 
Yo sigo acá. Y te miro tratando 
de entender tanta pasión. 
No se me ocurre ninguna respuesta salvadora. 
Llega el viento de otoño (pareciera que para siempre),
y desordena hasta las cuentas mejor ordenadas. 
Flotando por la ventana entra una brújula 
que brilla entre tanta tiza blanca esparcida. 
Y nos consuela señalando que no todo es incierto.



Cecilia Figueredo  (Concordia, Entre Ríos, Argentina, 1976)


>"La familia feliz", pintura de Eugenio Zampighi –  La familia feliz



jueves, 2 de enero de 2014

EMPATÍA












Muchas estrellas caían
en las noches desveladas
de Paso de la lana.
Caían a intervalos
imposibles de medir como sabemos.
Iban cayendo, sin embargo,
con la frecuencia exacta
para que pudiéramos pedir un deseo
y tuviéramos tiempo
para pensar en el siguiente.



Tata


Acercábamos las cáscaras
al fuego de las hornallas
y las apretábamos
para exprimirles
todo el aroma dorado
y todas las estrellas
anaranjadas posibles.



Entre líneas


Capas,
debajo de otras capas
de papel biblia.
Ruido de papeles que se rozan.
Capas infinitas,
superpuestas.
Hay una trama de finas líneas
imperfectas, horizontales
que hacen sombra unas sobre otras.
Podemos mover los sedimentos 
develar
buscar más abajo
adonde se concentra el color.
Dejar que cada hoja 
se vea a trasluz 
y que suene 
con el movimiento 
natural del viento
que recibe.



Desde el sur


Te creímos volver
cuando llegaste con las frutas
a la casa
que había estado triste.
El aroma de las manzanas
era decir fe o esperanza.
Hicimos brillar el rojo 
de cada una de las manzanas,
las envolvimos en papeles azules
translúcidos casi
y vendimos todos los cajones
que habías apilado.
Nada fue suficiente
para que quisieras quedarte.
Te fuiste distraído
silbando La Oma,
tirando para no aflojar.
La casa te miraba desde adentro
tibia de manzanas aún.



Cecilia Figueredo (Concordia, Entre Ríos, Argentina, 1976)



Imagen: Lágrimas de San Lorenzo o  lluvia de estrellas del verano,