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lunes, 22 de abril de 2013

Informe para un simposio



Les propongo un pequeño tratado
sobre la autonomía de la vista. La vista es autónoma
debido a lo dependiente del objeto
de nuestra atención, sin remedio aquel
externamente dispuesto; el ojo nunca se ve a sí mismo.
El ojo, entornado, navega tras la nave,
levanta el vuelo tras el gorrión desde la rama,
se envuelve en la nube de la escena en sueños,
como una estrella; sin verse a sí mismo, sin embargo, nunca.
Precisemos esta idea, tomemos a una bella dama.
A determinada edad ustedes no observan a las damas,
perdida la esperanza de cubrirlas, sin un pragmático
interés. Pero, a pesar de ello, el ojo,
como un televisor sin apagar
en un píso vacío, sigue emitiendo la imagen.
Y uno se pregunta: ¿para qué?
Siguen a lo dicho varias tesis del capítulo dedicado a lo bello.
La vista es un medio de adaptación
del organismo a un medio adverso. Incluso cuando
se haya acoplado por completo a él, dicho medio sigue siendo
absolutamente hostil. Y la hostilidad del medio crece
en la misma medida en que permanezcáis en él;
y se aguza la vista. Lo bello no amenaza
a nada. Lo bello no esconde
peligro alguno. La estatua de Apolo
no muerde. La sábana, tampoco.
Y os lanzáis tras el fru-fru de una falda
en búsqueda del mármol. El gusto estético
es en esencia copia del instinto de conservación
y es más seguro que la ética. Lo monstruoso
cuesta más el convertirlo en bello, que destrozar
lo hermoso. Necesitamos a un zapador
para desactivar lo peligroso.
Estos empeños merecen un aplauso
y ofrecerles todo género de apoyo.
Pero, separado del cuerpo, el ojo
antes preferirá instalarse en algún lugar
de Italia, de Holanda, o de Suecia.



Joseph Brodsky




(Traducción: Ricardo San Vicente)





Joseph o Iosif Alexándrovich Brodsky; Leningrado, 1940 - Nueva York, 1996. Poeta y ensayista ruso. Se lo considera uno de los poetas más importantes de la lengua rusa de la segunda mitad del siglo XX. La erudición legendaria de Brodsky, el autoaprendizaje al que se sometió durante toda su vida y sus inspirados diálogos con las "sombras poéticas" de su propia cultura y de la universal, van unidos a una energía desbordante, una pródiga inventiva prosódica y estrófica, así como a su excelencia de estilo y su generosidad de espíritu. Este autor se convirtió, al igual que Ajmátova, su "madrina poética" y descubridora, en memoria cultural de su generación y, por azares del destino, en el más grande regalo que hizo Rusia a Occidente. Gracias a él, los poetas soviéticos aprendieron a ser otra vez "rusos", cosmopolitas, genuinamente modernos y, de alguna manera, hasta postmodernos. Sus interlocutores poéticos (Homero, Virgilio, Horacio, Dante, T. S. Eliot, W. H. Auden), se encuentran entre lo más distinguido de la tradición occidental, eso que él llamaba la "sociedad de los poetas muertos". Su habilidad para construir poemas líricos dotados de una precisa polifonía no tiene paralelo entre los creadores de su generación y constituye uno de los aciertos más relevantes de su obra. De su trabajo inicial cabe destacar los libros Versos y poemas (1965) y Parada en el desierto (1970), que aparecieron  publicados por primera vez en Nueva York. Privado de reconocimiento en su país y tras ser condenado a trabajos forzados acusado de "parasitismo social", se vio obligado a emigrar de Rusia en 1972. Tras una corta temporada en Europa, se trasladó a Estados Unidos, cuya ciudadanía adquirió en 1977 y donde compaginó su labor poética con clases de literatura en diversas universidades norteamericanas. En 1980 publicó su libro de poemas A part of Speech; en 1986, una colección de sus ensayos, Less Than One; y en 1988, To Urania: Selected Poems 1965-1985. En 1987 recibió el premio Nobel de Literatura y hasta 1992 fue poeta laureado de los Estados Unidos.







martes, 25 de diciembre de 2012

24 DE DICIEMBRE DE 1989


















Imagina, encendiendo una cerilla, aquella noche en la cueva:
utiliza para sentir el frío de las grietas del suelo;
para sentir el hambre, la vajilla apilada,
y el desierto… el desierto está en todas partes.

Imagina, encendiendo la cerilla, aquella medianoche en la cueva:
el fuego, las sombras de los animales o de las cosas,
e imagina, con tu cara confundida en los pliegues de la toalla,
a María, a José, y el hatillo con el niño.

Imagina a tres reyes, la procesión de sus caravanas
hacia el portal; o mejor, tres rayos que alcanzan
la estrella, el crujido de su carga, el sonido de las campanillas
(en el azul espeso, el Niño aún no cuenta

con el eco de una gran campana).
Imagina que el Señor en el Hijo del Hombre por vez primera
se reconoce a Sí mismo, a una distancia remota, en las tinieblas:
un vagabundo en otro vagabundo.




Joseph Brodsky (Leningrado, 1940 - Nueva York, 1996)


(Sin mención del traductor)


IMAGEN: Abraham Bloemaert -Adoracion de los Reyes Magos.


viernes, 20 de abril de 2012

Parte de la oración
















En cuanto a las estrellas, siempre están ahí.
Es decir, si hay una, siempre viene otra.
Y sólo así es dado mirar de allá hacia aquí;
de noche, tras las ocho, refulgiendo.
Mejor aspecto tiene el cielo sin luceros.
Mas qué certeza habría de conquistar el cosmos
si no fuera por ellas. Siempre que ni por un instante
te alces del sillón, en la terraza.
Pues, como dijo, en vuelo, el piloto a una estrella
media cara escondida en la sombra:
en parte alguna parece que haya vida,
y en ninguna de ellas se fija la vista.



Joseph Brodsky (Leningrado, 1940 - Nueva York, 1996)




jueves, 25 de marzo de 2010

A mi hija



















Dame otra vida y seguiré cantando
en el café Raffaela. Y me quedaré ahí sentado
o parado como un mueble en un rincón
si esta vida nueva es menos generosa que aquella.

Así y todo, en parte porque desde ahora ningún siglo podrá
arreglárselas sin jazz ni cafeína, soportaré este sufrimiento
y a través de mis huecos y mis grietas, de todo el polvo
y los barnices, te observaré, en veinte años, en tu florecida flor.

Recuerda que, en general, seguiré existiendo. O más bien
que un objeto inanimado podría ser tu padre,
en especial si los objetos son más viejos o grandes que vos,
así que miralos atentamente, porque sin duda te juzgarán.

Ama esas cosas, te tropieces o no con ellas.
Además, quizá todavía recuerdes una silueta, un contorno,
cuando yo haya perdido hasta eso, junto con el resto del equipaje.
Así, estos versos, algo acartonados, en nuestra lengua en común.

(1994)

Joseph Brodsky (Leningrado, 1940 - Nueva York, 1996)

(Traducción de Daniela Camozzi
y Walter Cassara)
To my daughter

Give me another life, and I'll be singing
in Caffe Rafaella. Or simply sitting
there. Or standing there, as furniture in the comer,
in case that life is a bit less generous than the former.

Yet partly because no century from now on will ever manage
without caffeine or jazz. I'll sustain this damage,
and through my cracks and pores, varnish and dust all over,
observe you, in twenty years, in your full flower.

On the whole, bear in mind that I'll be around. Or rather,
that an inanimate object might be your father,
especially if the objects are older than you, or larger.
So keep an eye on them always, for they no doubt will judge you.

Love those things anyway, encounter or no encounter.
Besides, you may still remember a silhouette, a contour,
while I'll lose even that, along with the other luggage.
Hence, these somewhat wooden lines in our common language.



IMAGEN: Brodsky  caminando con su hija.



En una conferencia




















Como los errores son inevitables, alguien podría creer

que soy un hombre al frente de esta sala
llena de todos ustedes. Pero en una hora, digamos,
eso se habrá corregido, por mi gracia y por la de ustedes,
y el lugar quedará de nuevo en poder de las partículas elementales
libres de la rigidez de una forma humana concreta o de alguna otra clase
de concurrencia. Algunas partículas todavía son libres. No todo es polvo.
Así las cosas, mi falta de predisposición para reconocer
que soy yo quien está ahora aquí frente ustedes, o exactamente
lo contrario, tiene menos que ver con mi modestia o solipsismo
que con mi respeto por el futuro inmediato de la sala,
por esas partículas que flotan libres como antes dijera,
posándose sobre la superficie lustrosa de mi cerebro.
Inaccesibles al trapo húmedo y ansioso por limpiarlas.

Lo más interesante del vacío
es que se encuentra precedido por lo lleno.
Los primeros que así lo entendieron fueron, creo,
los dioses griegos, cuyo fuerte era justamente la ausencia.
Piensen, entonces, que ensayamos para un bis eterno
y que mi actuación se ofrece, claro está, pour la gallerie.
Todos nuestros actos muestran vanidad. Pero estoy apurado.

Una vez conocido el futuro, es posible adelantarlo.
Así lo hacen las esculturas y los muebles de mi casa.
El anonimato no es una virtud sino una necesidad
que se reconoce sobre todo cuando cae la noche.
Si bien es cierto que, desde el punto de vista numérico,
es más fácil no ser yo que no ser ustedes. Como le confesó
el cisne al lago: no me gusto. Bienvenidos a mi reflejo.




(1994)
Joseph Brodsky (Rusia, Leningrado, 1940-Nueva York, 1996)

(Traducción de Daniela Camozzi
y Walter Cassara)
At a lecture

Since mistakes are inevitable, I can easily be taken
for a man standing before you in this room filled
with yourselves. Yet in about an hour
this will be corrected, at your and at my expense,
and the place will be reclaimed by elemental particles
free from the rigidity of a particular human shape
or type of assembly. Some particles are still free. It's not all dust.

So my unwillingness to admit it s I
facing you now, or the other way around,
has less to do with my modesty or solipsism
than with my respect for the premises' instant future,
for those afore-mentioned free-floating particles
settling upon the shining surface
of my brain. Inaccessible to a wet cloth eager to wipe them off.
The most interesting thing about emptiness
is that it is preceded by fullness.
The first to understand this were, I believe, the Greek
gods, whose forte indeed was absence.
Regard, then, yourselves as rehearsing perhaps for the divine encore,
with me playing obviously to the gallery.
We all act out of vanity. But I am in a hurry.

Once you know the future, you can make it come
earlier. The way its done by statues or by one's furniture.
Self-effacement is not a virtue
but a necessity, recognized most often
toward evening. Though numerically it is easier
not to be me than not to be you. As the swan confessed
to the lake: I don't like myself. But you are welcome to my reflection.

Vertumno




















VII

A la memoria de Giovanna Buttafava

Con los años, llegué casi a la convicción de que para vos

el placer de la vida se había convertido en una segunda naturaleza.
Incluso empecé a preguntarme si para una deidad el placer
era verdaderamente algo tan seguro. Si no sería la eternidad
el precio que, en definitiva, las deidades pagan por disfrutar de la vida.
A todo esto, claro, te opondrías. Pero nadie, Vertumno mío,
se regocijó tanto en el chorro traslúcido
o los ladrillos de una basílica, las agujas de un pino
o esos duros manuscritos. ¡Mucho más que nosotros!
Hasta pensé que te habías contagiado
de nuestro carácter omnívoro. Por cierto, la vista de una plaza
desde un balcón, el sonido de los campanili,
un pez aerodinámico, la desgarrada coloratura
de un pájaro visto sólo de perfil, el aplauso
de los laureles convirtiéndose en ovación,
son apreciados sólo por quien recuerda que todo aquello
llegará a su fin, ya sea mañana o pasado mañana.
Es de ellos, precisamente, que los inmortales
aprenden a gozar y a dominar el arte de la sonrisa
(desconociendo cualquier tipo de aprensión).
Y es en este sentido que, a los de tu clase, les resultamos útiles.

(Milán, Diciembre de 1990)


Joseph Brodsky (Rusia, Leningrado, 1940-Nueva York, 1996)

(Traducción de Daniela Camozzi
y Walter Cassara)
VII

With the passage of years I came almost to the conviction
that the joy of life had become, for you, second nature.
I even started to wonder whether joy is indeed that safe
for a deity. Whether it's not eternity
that a deity pays with in the end for the joy of life.
You'd just brush all this off. But nobody, my Vertumnus,
nobody ever rejoiced so much in the transparent
spurt, in the brick of a basilica, in pine needles,
in wiry handwriting. Much more than we! I even
started to think that you'd gotten infected with
our omnivorousness. Indeed, a view
of a square from a balcony, a clangor of campanili,
a streamlined fish, the tattered coloratura
of a bird seen only in profile, laurels'
applause turning into an ovation
-they can be appreciated only by those o do
remember that, come tomorrow, or the day after tomorrow,
all this will end. It's precisely from them, perhaps,
that the immortals learn joy, the knack of smiling
(since the immortals are free from all manner of apprehension).
To the likes of you, in this sense our brethren are useful.



IMAGEN: Emperador Rodolfo II como Vertumno, por Giuseppe Arcimboldo (Skokloster Castle, Suecia).



sábado, 19 de septiembre de 2009

MARCA DE AGUA (*)



(Fragmentos)

Era una noche ventosa y antes de que mi retina registrara algo me sobrecogió un sentimiento de felicidad total: las ventanillas de mi nariz habían sido golpeadas por lo que para mí es siempre sinónimo de aquélla, el olor de algas congelándose. Para algunas personas es la hierba o el heno recién cortados; para otros, el olor en Navidad a agujas de pino y a mandarinas. Para mí, es algas congelándose —en parte debido a los aspectos onomatopéyicos de la conjunción misma (en ruso "alga" es un maravilloso vodorosli), en parte debido a la leve incongruencia y al oculto drama submarino en la noción. Uno se reconoce en ciertos elementos; en el momento en que estaba absorbiendo ese olor en las escalinatas de la stazione, hacía tiempo ya que dramas e incongruencias se habían convertido en mi fuerte.
No cabe duda de que la atracción por ese olor podría atribuirse a una niñez junto al Báltico, el hogar de esa errabunda sirena en el poema de Móntale. Y sin embargo tenía mis dudas sobre esa atribución. Para empezar, la niñez no había sido tan dichosa (rara vez lo es, pues se trata más bien de una escuela de repelencia por sí mismo, y de inseguridad); y en cuanto al Báltico, sólo una anguila habría podido escapar del territorio que me correspondía. De todas maneras, como motivo de nostalgia esa niñez difícilmente lograba la clasificación. La fuente de esa atracción, siempre lo he sentido, residía en otra parte, más allá de los confines de la biografía, más allá de nuestra configuración genética —en algún lugar de nuestro hipotálamo que almacena las impresiones de nuestros ancestros cordados acerca, por ejemplo, del propio ichthus que causó esta civilización. Que ese pez fuera feliz es asunto distinto.

Un olor es, al fin de cuentas, una violación del equilibrio de oxígeno, una invasión a él por otros elementos—¿metano? ¿carbono? ¿azufre? ¿nitrógeno? Dependiendo de la intensidad de la invasión, uno siente un aroma, un olor, un tufo. Es un asunto molecular y la felicidad, supongo, es el momento en que uno ve cómo se liberan los elementos de nuestra propia composición. Allí fuera había muchos de ellos, en estado de total libertad, y sentí que había pisado mi propio autorretrato en el aire frío.
El telón de fondo no era sino oscuras siluetas de cúpulas de iglesia y de techos; un puente enmarcado sobre un cuerpo de la negra curva del agua, cuyos dos extremos estaban recortados por el infinito. Por la noche, el infinito en tierras extranjeras llega con el último farol, y aquí estaba a veinte metros de distancia. Todo estaba muy tranquilo. Algunos barcos escasamente iluminados de vez en cuando merodeaban por allí, alterando con sus hélices el reflejo de un ancho CINZANO de neón que trataba de acomodarse sobre el encerado negro de la superficie del agua. Mucho antes de que lo lograra habría de restablecerse el silencio.

Todo era parecido a llegar a las provincias, a algún sitio desconocido, insignificante —posiblemente el propio lugar natal— después de años de ausencia. En no poco grado esta sensación se debía a mi propio anonimato, a la incongruencia de una figura solitaria en los escalones de la stazione. un blanco fácil para el olvido. Era, también, una noche de invierno. Y recordé el primer verso de uno de los poemas de Umberto Saba que yo había traducido largo tiempo atrás, en una encarnación previa, al ruso: "En las profundidades del desierto Adriático"... En las profundidades, pensé, en el quinto infierno, en un rincón perdido del desierto Adriático...Con sólo haberme dado vuelta hubiera visto la stazione en todo su esplendor rectangular de neón y urbanidad, hubiera visto grandes letras que decían VENEZIA. Pero no lo hice. El cielo estaba repleto de estrellas invernales, como lo está a menudo en las provincias. En cualquier punto, parecía, un perro podría ladrar a la distancia o, si no, se podría oír un gallo. Con los ojos cerrados sostuve un manojo de alga congelada desplegado contra una roca húmeda, quizás de hielo cristalizado en algún lugar del universo, olvidado de su localización. Yo era esa roca, y la palma de mi mano izquierda era ese manojo desplegado de algas. Entonces un buque grande, chato, una mezcla de lata de sardinas y de sandwich emergió de ninguna parte y con un ruido sordo rozó el desembarcadero de la stazione. Un puñado de gente echó a tierra y, dejándome atrás, corrió hacia la escalera del terminal. Entonces vi a la úníca persona que conocía en esa ciudad; la visión era fabulosa.

La había visto por vez primera varios años antes, en aquella misma encarnación previa: en Rusia. La visión había Jlegado entonces en guisa de eslavista, de una estudiosa de Mayakovsky, para ser exactos. Eso casi descalificaba a la visión como tema de interés dentro de la camarilla a que yo pertenecía. El que no lo hubiera sido daba la medida de sus propiedades visuales. Cinco pies diez pulgadas, huesos delgados, piernas largas, cabello castaño y ojos almendrados color de avellana, con un ruso pasable en esos labios maravillosamente conformados, vestida soberbiamente en un cuero tan liviano como papel y sedas que le hacían juego, olorosa a un perfume hipnótico, desconocido para nosotros, la visión era fácilmente la mujer más elegante que hubiera puesto su turbador pie en medio de nosotros. Del tipo que suscita sueños húmedos en los hombres casados. Además, era una veneciana.
De modo que prescindimos de su pertenencia al PC italiano y de su consiguiente sentimiento por los simplones de nuestra avant-garde de los años treinta, atribuyendo los dos a frivolidad occidental. Si hubiera sido una fascista confesa, creo que no la hubiéramos codiciado menos. Era positivamente deslumbrante, y cuando después cayó por el peor pelmazo posible en la periferia de nuestro círculo, algún majadero bien pagado de extracción armenia, la respuesta común fueron asombro y cólera más que celos o pesadumbre varonil. Por supuesto, si se lo piensa bien, uno no puede encolerizarse ante un trozo de encaje exquisito manchado por algunos fuertes jugos étnicos. Pero nosotros lo hicimos. Porque era más que un desengaño: era una traición al tejido.
En esos días asociábamos estilo con sustancia, belleza con inteligencía. Al fin de cuentas, éramos una pandilla libresca y a cierta edad, si uno cree en la literatura, piensa que todo el mundo comparte o debe compartir nuestras convicciones y nuestro gusto. Así, si alguien es elegante, es uno de los nuestros. Inocentes del mundo exterior, del occidente en particular, no sabíamos aún que el estilo puede comprarse al por mayor, que la belleza puede ser apenas una mercancía. Así, mirábamos a la visión como la extensión física y como la encarnación de nuestros ideales y principios, y lo que usaba ella, cosas transparentes incluidas, pertenecía a la civilización.
Tan fuerte era la asociación, y tan linda la visión, que incluso ahora, años después, parte ya de una edad diferente y, por así decirlo, de un país diferente, comienzo a recaer sin darme cuenta en la antigua actitud. Lo primero que le pregunto mientras me aprieto contra su abrigo de nutria en el puente del vaporetto colmado es su opinión sobre los Motetes de Montale, recién publicados. El resplandor familiar de sus dientes, todos los treinta y dos, reflejado en el brillo al borde de su pupila avellanada y promovido a la dispersa platería de la Vía Láctea allá arriba, fue todo cuanto obtuve por respuesta, pero era mucho. Preguntar, en el corazón de la civilización, sobre lo más reciente era quizás una tautología. Quizás simplemente yo estaba siendo descortés, ya que el autor no era del vecindario.


(Watermark, 1992)
Joseph Brodsky (Rusia, Leningrado, 1940-Nueva York, 1996)

(Traducción de Hernando Valencia Goelkel)



(*) MARCA DE AGUA (editado por Norma, Colombia, 1993) es un ensayo y una crónica de viaje sobre la ciudad italiana de Venecia (imagen).



viernes, 18 de septiembre de 2009

VIA FUNERARIA



Gárgolas feas atisban por tu ventana iluminada,

el palacio Gaetani exhala un olor a trementina y barniz
y Gino, donde el café era bueno y yo solía recoger mis llaves,
ha desaparecido. El lugar de Gino
lo ocupa ahora una boutique; vende medias y corbatas,
más indispensables que él o nosotros
desde cualquier punto de vista, en realidad. Y estás lejos, en Túnez
o en Libia, contemplando el orden de
las olas cuyo encaje sigue adornando la costa italiana:
¿en homenaje a Septimio Severo? Dudo de que haya
que culpar de todo eso al dinero, o al paso del tiempo o a mí.

En todo caso, no es menos probable
que el famoso desánimo
del cosmos, cansado de su infinitud bastante
viciosa, busque para sí un domicilio
terrenal: y nosotros le venimos bien. Y francamente uno debería agradecer
que él se confine en un departamento,
en cierta expresión del rostro, algunas células cerebrales, pocas,
y no nos empuje directamente al camino
al que llevó a padres, tu hermanito y tu hermanita, G.
El timbre de la puerta es sólo un cráter
en miniatura que se distrae módicamente después
de un roce cósmico, la desintegración de un meteorito;
todos los portales están picados por esa viruela de otros mundos.
En fin, no hemos podido entrar en contacto. Pienso que la próxima vez
no se dará muy pronto. Probablemente no se dará.
No lo lamenten, sin embargo. No creo que yo pueda
revelarles más que lo que Sirio revela a Canopus
aunque es precisamente aquí, en el umbral de la puerta de ustedes,
ellas chocan entre sí, en la ancha luz del amanecer,
y no en la hora de la noche que vigila aferrada al telescopio.



Joseph Brodsky (Rusia, Leningrado, 1940- E.E.U.U., Nueva York, 1996)

(Traducción de Juan Gelman)



sábado, 4 de octubre de 2008

GRAN ELEGÍA PARA JOHN DONNE -Fragmento-


















John Donne se ha dormido, y todo duerme a su lado.

Se han dormido las paredes, el piso, la cama y los cuadros;
se han dormido los tapices, los candados, la mesa, el gancho,
el guardarropa, la alacena, los cortinajes, la bujía.
Duerme todo. La botella, el vaso, las jofainas,
el pan, el cuchillo de pan, las porcelanas, los cristales, la loza,
el candil de noche, la lencería, las cómodas, los frascos, y relojes,
los escalones, las puertas. En todas partes, la noche.
La noche por doquier: en los rincones, en los ojos, en la
ropa blanca,
entre los papeles, en el escritorio, en el habla viva,
en sus palabras, en la leña, en las tenazas, en las cenizas
de la chimenea apagada, en cada objeto.
En la levita, los zapatos, las medias; en las sombras
tras el espejo, en la alcoba, en el respaldo del sillón,
de nuevo en la jofaina, en los crucifijos, en las sábanas,
en la escoba a la entrada, en las pantuflas. Todo se ha
dormido.
Se ha dormido todo. La ventana. La nieve a través de ella.
La pendiente blanca del tejado vecino. Parece un mantel
su cima. Y todo el barrio se ha sumido en el sueño,
tajado a muerte por el marco de la ventana.
Duermen los arcos, los muros, las ventanas: todo.
Canto rodado, adoquines, rejas, jardines.
No se enciende una sola luz, ni rechina una rueda...
Las verjas, los ornamentos, las cadenas, los postes.
Duermen las puertas, bisagras, picaportes, garfios,
los canceles, los cerrojos con sus llaves, los pasadores.
En ninguna parte se oye susurro, ruido ni golpe.
Sólo la nieve rechina. Duerme todo. Aún falta para que
amanezca.
Las cárceles se han dormido, los castillos. Duermen

las balanzas en la pescadería. Duermen los cerdos abiertos en canal.
Las casas, los traspatios. Duermen los perros guardianes.
En los sótanos duermen los gatos, con orejas paradas.
Duermen los ratones y la gente. Londres profundamente
duerme.
Duerme el velero en el puerto. El agua con nieve, dormida
cruje bajo su fondo, y a lo lejos se funde con el dormido cielo.
John Donne se ha dormido. Y junto con él, el mar.
La costa caliza se ha dormido sobre el agua.
Toda la Isla duerme en los brazos de un mismo sueño.
Cada jardín está afianzado con triple cerradura.
Duermen los arces, pinos, olmos, cedros, abetos.
Duermen las laderas, los arroyos en las cuestas, las sendas.
Duermen los zorros, el lobo. También se ha echado el oso.
La nieve obstruye las entradas a sus guaridas.
También duermen los pájaros, su canto no se oye.
No se oye el grito de la corneja, es noche, no se oye
la carcajada de la lechuza. La región inglesa está en silencio.
Brilla una estrella. Un ratón avanza con paso cauteloso.
Se ha dormido todo. Todos los muertos yacen
en sus ataúdes. Duermen tranquilos. En sus lechos
duermen los vivos, hundidos en camisones.
Duermen solos. Profundamente. O entre los brazos.
Todo se ha dormido. Duermen los ríos, montes, bosques.
Duermen las bestias, las aves, el mundo no vivo y el vivo.
Sólo la blanca nieve vuela desde los cielos nocturnos.
Pero también ahí duermen, por encima de todos.
Duermen los ángeles. Los santos se han olvidado,
dormidos, del mundo azaroso, para su santa vergüenza.
La Gehena duerme, duerme el bello Paraíso.
A esta hora nadie sale de su casa.
El Señor se ha dormido. La tierra quedó enajenada.
No ven los ojos, el oído ya no oye.
También duerme el demonio. Y se durmió a su lado
la discordia, en la nieve de la campiña inglesa.

Duermen los jinetes. Duerme el arcángel con su trompeta.
Duermen los caballos, meciéndose suavemente en los
sueños.
Y todos los querubines, en una misma masa, abrazados,
duermen bajo la cúpula de San Pablo.
John Donne se ha dormido. Se han dormido, duermen los
versos.
Todas las rimas, las imágenes. No se puede distinguir
las buenas de las fallidas. El vicio, la angustia, los
pecados,
callados por igual, reposan en sus silabas.
Y cada verso es hermano a otro verso, aunque en sueños
musiten uno al otro: hazte un poco a un lado.
Pero las puertas del Paraíso quedan tan lejos a
cualquiera de ellos,
cada uno es tan pobre, denso y puro, que en todos hay
unidad.
Duermen todas las líneas. Duerme la rigurosa bóveda de
los yambos.
Los troqueos duermen todos como guardianes, a la
izquierda, a la derecha.
En ellos reposa la imagen de las aguas del Leteo.
Y detrás de ella duerme profundamente la gloria.
Duermen todas las desgracias. También los sufrimientos
se han dormido.
Los vicios duermen. El bien se ha abrazado al mal.
Los vicios duermen. La blancuzca nevada
busca en el espacio alguna mancha negra.
Todo se ha dormido. Duermen profundamente las filas
de los libros.
Bajo el hielo del olvido duermen los ríos de palabras.
Duermen todos los discursos, con todas sus verdades.
Duermen sus cadenas. Los eslabones suenan levemente.
Todos duermen profundamente: los santos, Dios, el
diablo.
Sus pérfidos sirvientes. Sus hijos. Sus amigos.

La nieve sola susurra por los oscuros caminos.
Y ya no hay sonidos en el mundo entero.



Joseph Brodsky (Rusia, Leningrado, 1940-Nueva York, 1996)


(Traducción de Tatiana Bubnova)

IMAGEN: El poeta místico John Donne.



EN UNA CAFETERÍA
















Bajo un olmo frondoso que cuchichea
convirtiendo esta cafetería en cualquier lugar,
-como cualquier árbol, sea olmo o abedul-
puesto que el verdor nos sobrevivirá a todos,

yo, vale decir nadie –o un hombre cualquiera-
una pincelada medio seca de una pintura viva,
que pinta el Tiempo untando el pincel en la realidad
debido a que probablemente carece de mejor paleta.

Estoy sentado hojeando el diario,
pensando ¿cuál habrá sido el modelo
con que se pintó todo esto?
¿qué quietud sin nombre, sin dirección?
¿qué forma de inexistencia repetimos nosotros,
el olmo y yo, en esta tarde de verano?

Joseph Brodsky (Rusia, Leningrado, 1940-Nueva York, 1996)



(Traducción de Tatiana Zentsova
y Bernardo Subercaseaux)



martes, 15 de julio de 2008

TÚ, MOSCA

I.

Mientras tu zumbabas llego el otoño
una astilla encendió la chimenea,
zumbabas y volabas y llego el frío.

Ahora te desplazas lenta por la superficie de la cocina
sin volver la mirada hacia el lugar desde donde apareciste en abril.
Ahora apenas te desplazas. Y no costaría nada matarte.
Pero, como historiador, para quien la muerte es mas aburrida que el sufrimiento,
yo no me apuro, eh mosca.


II.

Mientras tu zumbabas y volabas se desprendieron las hojas.
El agua cae con facilidad a la tierra y se devuelve como imagen en los charcos.
Al parecer tu ya estas ciega, me da escalofríos imaginar el color de tu minúsculo cerebro apagándose en tus ojos reticulados.
Pero tu te conformas con el espíritu rancio del hogar, con el verde pálido de las cortinas.
La vida se está dilatando.


III.

Ay zumbona, al perder tu agilidad te pareces a un viejo militar, o al cuadrito negro de un documental de épocas remotas.
¿No eras acaso tú la que a medianoche hacías ruido sobre mi cama,
perseguida por proyectores detrás de la ventana?
Y ahora, linda, mi uña amarillenta es capaz de apretar tu vientre, sin que tirites, amiga, zumbando de miedo.


IV.

Mientras tu zumbas, más allá de la ventana aumenta lo gris,
con la humedad la puerta se ensancha,
se congelan mis talones y mi casa está en decadencia.
Ni siquiera puedo atraerte con una pirámide de platos sucios en la cocina,
ni con un cerrito de azúcar.

Tu no estás ni ahí, no te interesa la chimuchina de los cubiertos,
mezclarte en ella te va a costar mucho, y a mí, por lo demás, también.


V.

¡Cuan pasadas de moda están tus alas y tus patitas!
Me recuerdan los velos de la bisabuela envolviendo las torres francesas de antes de ayer. Siglo XIX.
Al compararte a tí con ellas y al empujarte con la mano infame hacia los pensamientos incorpóreos, haciéndote desaparecer antes de tiempo, convierto tu muerte en ganancia.
Es cruel, disculpame.


VI.

¿Qué estás soñando? ¿Acaso, en tus infinitas y no calculadas órbitas?
¿O en una letra de 6 patitas en el cuaderno, en honor a ti?
Ahora ciega tu no reaccionas, dejando el campo de operaciones
a los gestos y muecas de las morenas.


VII.

Mientras tu zumbabas y volabas, las bandadas de pájaros empezaron a emigrar,
en los riachuelos disminuyeron los peces y en los bosques hay vacíos.
Los repollos crujen de frío en el campo, y el tic tac del despertador suena como una bomba, sin que se entienda lo que dice.
Se está retrasando la explosión, aparte de eso no se escucha nada.
Los techos de las casas devuelven la luz a las nubes, los pastos se marchitan.


VIII.

Es terrible
ahora solo quedamos nosotros dos,
propagadores de peste.
Los microbios y las frases son capaces de contagiar.
Nosotros solo somos dos: tu cuerpecito temiendo a la muerte y el mío jugando a ser un agricultor educado de unos 85 kilos.
Además, el otoño.

Definitivamente parece que te eche a perder tu caja de sonido,
pero el Tiempo no se molesta en prestarnos atención,
tienes que dar las gracias que el Tiempo no es arrogante ni tampoco asquiento.


IX.

A lo mejor no percibe que le están pasando gato por liebre
en forma de pequeños y grandes pájaros.
Ya se acabo tu vuelo, al Tiempo la vejez y la juventud le son indiferentes.
los motivos y resultados le son ajenos,
con mas razón cuando se trata de miniaturas como tú,
tal como pasa con los dedos de la mano en apuro: da lo mismo que sean cara o sello.


X.

Mientras tu apareces o desapareces en la luz de la ampolleta,
escondiéndote de mí en las vigas, el Tiempo permanece igual,
como ahora cuando tu te mezclas con el polvo incoloro por tu falta de fuerza y relación conmigo.
No creas ni te amargues, yo no estoy en convivencia con él,
mira querida, yo soy tu socio, tu compinche, y al Tiempo no es posible apurarlo.


XI.

Afuera es otoño,
desgracia de ramas desnudas.
Mezcla de una raza gris con la masa amarilla, como los mongoles.
Nadie se interesa por nosotros, me invade el pasmo, es decir tu virus.
Te extrañara saber cuan fuerte contagian la somnolencia y la indiferencia, despertando así las ganas de pagarle al planeta con la misma moneda.


XII.

¡No te mueras! ¡Defiéndete!
No es interesante existir solo por utilidad. Con mayor razón para uno mismo.
Mas honesto es no avergonzar con tu presencia sin sentido a los calendarios y números,
tratando de convencer a los otros que la vida es perdurable, destruyendo la norma.
Si tu fueras más joven te miraría de otra manera,
pero estás vieja y ahora te tengo cerca.


XIII.

Somos dos.
El viento entra por la ranura de la ventana,
la lluvia con su picoteo esta probando al vidrio, borrándonos sin mayor esfuerzo.
Tu estás inmóvil, quiero decir que somos dos,
por lo menos cuando tu te desvaneces mi mente registra ese hecho
como el eco de tus piruetas aeronáuticas.
Sabes que el momento de la muerte resulta mas preciso cuando hay testigos que en soledad.


XIV.

Tengo esperanzas que no sientas dolor. El dolor exige un lugar,
solo por detrás podría acercarse a tí y cubrirte,
y lo mas probable es que sea mi mano.

Pero mis manos están ocupadas con la pluma, la estrofa y el tintero.
No te mueras, todavía no estás tan mal, solo estás tiritando.
Ay, doña mosca, al diablo con el estado del cerebro: objetos que dejan de obedecer son hermosos a su manera, tal como estas viviéndolo en este instante.


XV.

Quiere decir que necesita ser prolongado y merece aplauso.
El miedo es una relación entre el instante que sobra y la incapacidad del cuerpo.
En resumen, yo estaría dispuesto a sacrificar mi propio instante, pero parece que a estas alturas sería un gesto inútil: tu ya estas en las últimas, a punto de morir.


XVI.

Ni en los suburbios de la memoria ni en sus subterráneos, entre sus tesoros caídos y desvanecidos, etcétera (quiere decir que ni siquiera en los tiempos de los brujos, ni posteriormente se te presto atención),
allá arriba no se te está preparando una recepción ni siquiera a la musa que lleva tu mismo nombre.
Desde acá esas distancias se parecen a un séquito de letras.


XVII.

Afuera está nublado.
Mi órgano de roce sobre los objetos –que se llama vista- se focaliza en el papel mural,
su diseño esta lleno de tus manchitas que lamentablemente no podrán acompañarte para dejar atónitos a los serafines.
Ahí gobierna el rezo con la idea del ritmo y la repetición en sus campanarios sin sentido, que se basan en la desesperación.
No conocen las nubes de insectos.


XVIII.

¿Cómo va a terminar esto? ¿En un paraíso de moscas? ¿Con panales o mermeladas de frambuesas donde tus antepasados giran en bandadas emitiendo sonidos de otoño tardío?
Pero al abrir la puerta la bandada se lanzara intempestivamente pasándonos de largo hacia la realidad;
con delicadeza, envolviéndose en sábanas de invierno.


XIX.

De ese modo,
con la ayuda del “aparecer” y “desaparecer”, las almas poseen materia, destino, en un paisaje que es color de ceniza, los objetos en cólera cambian,
en resumen, quiero decir que las almas sobrepasan cualquier identidad grupal. Que el color es Tiempo o la intención de alcanzarlo
eso dicen por donde se las miren las siete maravillas del mundo.


XX.

¿Impactado frente a la pálida tormenta podré reconocerte en este ejército volador? ¿Y tú, a tu manera, planearas para sentarte en mi nuca, aburrida de estar lejos del asesino con cuyo susurro estamos confundiendo al mundo? ¿Harás eso? ¿Vendrás a visitarme?
No creo.
Tal vez al estirar la pata después de todos, tú querida, serás la última y si te van a aceptar en el clima actual con sus caprichos, yo te voy a reconocer en la primavera, cuando esté pisoteando el barro,
y pensaré: sí, cayó una estrella, sólo entonces, superando mi condición lánguida, haré un gesto de despedida.


XXI.

Pero no vas a ser víctima del zodiaco
sino de tu alma que está volando para unirse con otro capullo,
para demostrar al estiércol
tu gran capacidad de metamórfosis.




Joseph Brodsky (Rusia, Leningrado, 1940-Nueva York, 1996)

(Traducción de Tatiana Zentsova
y Bernardo Subercaseaux)

TheFly

To Irene and Alfred Brendel
While you were singing, fall arrived.
A splinter set the stove alight.
While you were singing, while you flew,
the cold wind blew.

And now you crawl the fíat expanse of
my greasy stove top, never glancing
back to whence you arrived last April,
slow, barely able

to put one foot before the other.
So crushing you would be no bother.
Yet death's more boring to a scholar's eye
than torment, fly.


II
While you were singing, while you flew, the leafage
fell off . And water found it easier
to run down to the ground and stare,
disinterested, back into air.

But your eyesight has gone a bit asunder.
The thought of your brain dimming under
your latticed retina — downtrodden,
matte, tattered, rotten —

unsettles one. Yet you seem quite aware of
and like, in fact, this mildewed air of
well-lived-in quarters, green shades drawn.
Life does drag on.


III
Ah, buggie, you've lost all your perkiness;
you look like some old shot-down Junkers,
like one of those scratched flicks that score
the days of yore.

Weren't you the one who in those times so fatal
droned loud above my midnight cradle,
pursued by crossing searchlights into
my black-framed window?

Yet these days, as my yellowed finger-
nail mindlessly attempts to fiddle
with your soft belly, you won't buzz with fear
or hatred, dear.


IV
While you sang on, the gray outside grew grayer.
Damp door-frame joints swell past repair;
drafts numb the soles. This place of mine
is in decline.

You can't be tempted, though, by the sink's outrageous
slumped pyramids, unwashed for ages,
nor by sweet, shiftless honeymoons
in sugar dunes.

You're in no mood for that. You're in no mood to
take all that sterling-silver crap. Too good to
let yourself in for all that mess.
Me too, I guess.

Those feet and wings of yours! they're so old-fashioned,
so quaint. One look at them, and one imagines
a cross between Great-grandma's veil
et la Tour Eiffel

—the nineteenth century, in short. However,
by likening you to this and that, my clever
pen ekes out of your sorry end
a profit and

prods you to turn into some fleshless substance,
thought-like, unpalpable—into an absence
ahead of schedule. Your pursuer
admits: it's cruel.


VI
What is it that you muse of there?
Of your worn-out though uncomputed derring-
do orbits? Of six-legged letters,
your printed betters,

your splayed Cyrillic echoes, often
spotted by you in days gone by on open
book pages, and—misprints abhorring—
fast you'd be soaring

off. Now, though, since your eyesight lessens,
you spurn those black-on-white curls, tresses,
releasing them to real brunettes, their ruffles,
chignons, thick afros.


VII
While you were singing, while you flew, the birds went
away. Brooks, too, meander free, unburdened
of stickleback. Groves flaunt see-throughs—no takers.
The cabbage acres

crackle with cold, though tightly wrapped for winter,
and an alarm clock, like a time bomb, whimpers
tick-tock somewhere; its dial's dim and hollow:
the blast won't follow.

Apart from that, there are no other sounds.
Rooftop by rooftop, light rebounds
back into cloud. The stubble shrivels.
It gives one shivers.


VIII
And here's just two of us, contagion's carriers.
Microbes and sentences respect no barriers,
afflicting all that can inhale or hear.
Just us two here—

your tiny countenance pent up with fear
of dying, my sixteen, or near,
stones playing at some country squire—
plus autumn's mire.

Completely gone, it seems, your precious buzzer.
To time, though, this appears small bother—
to waste itself on us. Be grateful
that it's not hateful,

IX
that it's not squeamish. Or that it won't care
what sort of shoddy deal, what kind of fare
it's getting stuck with in the guise of
some large nose-divers

or petty ones. Your flying days are over.
To time, though, ages, sizes never
appear distinguishable. And it poses
alike for causes

as for effects, by definition. Even—
nay! notably—if those are given
in miniature: like to cold fingers,
small change's figures.

So while you were off there, busy flirting
around the half-lit light bulb's flicker,
or, dodging me, amidst the rafters,
it—time—stayed rather

the same as now, when you acquire the stature
—due to your impotence and to your posture
toward myself—of pallid dust. Don't ponder,
decrepit, somber,

that time is my ally, my partner.
Look, we are victims of a common pattern.
I am your cellmate, not your warden.
There is no pardon.

XI
Outside, it's fall. A rotten time for bare
carnelian twigs. Like in the Mongol era,
the gray, short-legged species messes
with yellow masses,

or just makes passes. And yet no one cares
for either one of us. It seems what pairs us
is some paralysis—that is, your virus.
You'd be desirous

to learn how fast one catches this, though lucid,
indifference and sleep-inducing
desire to pay for stuff so global
with its own obol.

XII
Don't die! Resist! Crawl! though you don't feel youthful.
Existence is a bore when useful,
for oneself specially—when it spells a bonus.
A lot more honest

is to hound calendars' dates with a presence
devoid of any sense or reasons,
making a casual observer gather:
life's just another

word for nonbeing and for breaking rules. Were
you younger, my eyes'd sean the sphere
where all that is abundant. You are,
though, old and near.

XIII
So here's two of us. Outside, rain's flimsy
beak tests the windowpanes, and in a whimsy
crosshatches the landscape: its model.
You are immobile.

Still, there's us two. At least, when you expire,
I mentally will note the dire
event, thus mimicking the loops so boldly
spun by your body

in olden times, when they appeared so witless.
Death too, you know, once it detects a witness,
less firmly puts full-stops, I bet,
than tête-à-tête.

XIV
I hope you're not in pain, just lonely.
Pain takes up space; it therefore could only
creep toward you from outside, sneak near
you from the rear

and cup you fully—which implies, I reckon,
my palm that's rather busy making
these sentences. Don't die as long as
the worst, the lowest

still can be felt, still makes you twitch. Ah, sister!
to hell with the small brain's disaster!
A thing that quits obeying, dammit,
like that stayed moment,

XV
is beautiful in its own right. In other
words, it's entitled to applause (well, rather,
to the reversed burst), to extend its labor.
Fear's but a table

of those dependencies that dryly beckon
one's atrophy to last an extra second.
And I for one, my buzzy buddy,
I am quite ready

to sacrifice one of my own. However,
now such a gesture is an empty favor:
quite shot, my Shiva, is your motor;
your torpor's mortal.

XVI
In memory's deep faults, great vaults, among her
vast treasures—spent, dissolved, disowned or
forgotten (on the whole, no miser
could size them, either

in ancient days or, moreover, later)
— amidst existence's loose change and glitter,
your near-namesake, called the Muse, now makes a
soft bed, dear Musca

domestica
, for your protracted
rest. Henee these syllables, henee all this prattling,
this alphabet's cortege: ink trailers,
upsurges, failures.

XVII
Outside, it's overcast. Designed for friction
against the furniture, my means of vision
gets firmly trained on the wallpaper.
You're in no shape to

take to the highest its well-traveled pattern,
to stun up there, where prayers pummel
clouds, feeble seraphs with the notion
of repetition

and rhythm—seen senseless in their upper
realms, being rooted in the utter
despair for which these cloudborne insects
possess no instincts.

XVIII
What will it end like? In some housefly heaven?
an apiary or, say, hidden
barn, where above spread cherry jam a heavy
and sleepy bevy

of your ex-sisters slowly twirls, producing
a swish the pavement makes when autumn's using
provincial towns? Yet push the doors:
a pale swarm bursts

right past us back into the world—out! out!—
enveloping it in their white shroud
whose winter-like shreds, snatches, forms
—whose swarm confirms

XIX
(thanks to this flicker, bustling, frantic)
that souls indeed possess a fabric
and matter, and a role in landscape,
where even blackest

things in the end, for all their throttle,
too, change their hue. That the sum total
of souls surpasses any tribe.
That color's time

or else the urge to chase it—quoting
the great Halicarnassian—coating
rooftops en face, hills in profile
with its white pile.

xx
Retreating from their pallid whirlwind,
shall I discern you in their winged
(a priori, not just Elysian)
a-swirling legión,
and you swoop down in your familiar fashion
onto my nape, as though you missed your ration
of mush that thinks itself so clever?
Fat chance. However,

having kicked off the very last—by eons—
you'll be the last among those swarming millions.
Yet if you're let in on a scene so private,
then, local climate

XXI
considered—so capricious, flippant—
next spring perhaps I'll spot you flitting
through skies into this region, rushing
back home. I, sloshing

through mud, might sigh, "A star is shooting,"
and vaguely wave to it, assuming
some zodiac mishap—whereas
there, quitting spheres,

that will be your winged soul, a-flurry
to join some dormant larva buried
here in manure, to show its nation
a transformation.