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jueves, 28 de noviembre de 2024

MISERIA Y ESPLENDOR

 



Convocados conscientemente a la memoria,
ella estaría sonriendo, podrían estar charlando
en la cocina, antes o después
de comer. Pero están en otra habitación,
que tiene una ventana de vidrios repartidos, y están en un sillón,
abrazándose. Él la abraza lo más fuerte
que puede. Ella se hunde en su cuerpo. Es de día,
de mañana o de tarde, y por la habitación
fluye la luz. Afuera, lentamente
la noche sigue al día. El proceso comienza dando tumbos
y luego se acelera: semanas, meses, años.
Pero en la habitación la luz no cambia, de modo que es muy claro
lo que está sucediendo: intentan convertirse
en un único ser, y algo se les opone. Se tratan con dulzura,
temiendo que su llanto, entrecortado y fuerte,
los reconcilie con el momento en que vuelvan a caer.
De modo que se frotan entre sí, tienen la boca seca, luego húmeda,
después seca de nuevo. Se sienten en el centro de una voluntad
desconcertante y poderosa. Sienten
casi como si fueran animales,
abandonados en la costa de algún mundo, o arrojados
contra la puerta de un jardín, del que no admitirían
que nunca lograrán que los admitan.


Robert Hass (California, E.E.U.U., 1941)

(Traducción: Ezequiel Zaidenwerg)


Puede LEER biografía y más poemas en entradas anteriores del autor.



sábado, 15 de octubre de 2022

El mundo como voluntad y representación


Cuando era un niño, mi padre, todas las mañanas…
Algunas mañanas, durante un tiempo, cuando yo tenía unos diez años
……………más o menos,
Mi padre le daba a mi madre una droga que se llamaba antabus.
Te hacía vomitar cada que vez que tomabas alcohol.
Eran unas pequeñas pastillas amarillas. Él las picaba
En un vaso, disolviéndolas en agua, después le alcanzaba
A mi madre el vaso, y la observaba de cerca mientras se lo tomaba.
Esto fue hacia finales de los cuarenta, un tiempo,
Un mundo social, donde los hombres se levantaban
Para ir al trabajo, dejando a las mujeres con los niños.
Él me hacía un guiño, a la manera en que se hacían los guiños
……………a finales de los cuarenta,
Y yo la observaba de cerca para que no pudiera “zafarse”,
Ni “hacernos una jugarreta” a un par de tipos astutos como nosotros dos.
Cuando escucho esas mismas expresiones en las viejas películas
……………mi mente comienza a desvariar.
La razón por la que mi padre picaba tan finamente los medicamentos
Era que aquellas pastillas podían esconderse debajo de la lengua,
Para luego escupirlas. La razón para que este ritual
Ocurriera tan temprano en las mañanas, –o eso me informaban,
Y yo sabía que era cierto– era que ella, si quería, podía inducir el vómito,
Así que había que vigilarla mientras el organismo
Absorbía toda la droga. Es muy difícil reproducir en estos versos
El ritmo de aquella escena. Él picaba dos pastillas
Esparciendo el polvo sobre el vaso de agua,
Después se lo acercaba a ella, después la observaba mientras tomaba el vaso.
En mi recuerdo él tiene un traje gris de Herringbone,
Y una camisa blanca que ella misma había planchado.
Algunas mañanas, igual que en los cómics que leíamos,
En los que Dagwood salía muy temprano para tranquilizar
Al Señor Dithers, dejándole a Blondie los restos de una
Tostada y los riachuelos amarillos del huevo
Que ella tendría que limpiar,
antes de irse de compras con Trixie, la vecina
en lo que el Comic llamaba un frenesí de compras-,
Mi padre tomaba uno de los primeros buses, encargándome
A mí de la vigilancia. “Échale un ojo a mamá, socio”.
¿Conoces ese pasaje de La Eneida? Un hombre parte de
La ciudad incendiada con su padre sobre los hombros,
Llevando a su pequeño hijo de la mano.
Se abre camino entre los tapices en llamas
Y las columnas que caen, mientras el profeta ciego,
Levantando los brazos hacia el cielo, aúlla desde el interior:
Ha caído la gran Troya. La gran Troya no existe más”.
Tumbada sobre su bata, arrepentida y obediente,
Mi madre en el mesón de la cocina sufría arcadas y bebía,
Bebía y sufría arcadas. De alguna parte tuvimos que aprender
Nuestra primera idea moral sobre el mundo,
De alguna parte la justicia y el poder, el género y el orden de las cosas.


(Tomado de la revista:
Buenos Aires Poetry, abril 28, 2021)

Robert Hass (San Francisco, E.E.U.U., 1941)

(Traducción: Roberto Espinosa)

Pueden LEER la biografía en una entrada anterior del autor (Nota del administrador)



 

jueves, 6 de octubre de 2016

LUEGO, EL TIEMPO




En invierno, en una pequeña habitación, un hombre y una mujer
Han hecho el amor durante horas. Exhaustos,
Ocupados en secarse el sudor el uno al otro,
Se cruzan de repente la mirada y se ríen.
"¿Qué pasa?", dice él. "No te entregas del todo",
Dice ella, una mujer a la que no le gusta caer 
En tópicos. Le recorre el pecho con los dedos,
Tamborilea como si tanteara el efecto.
Él dice, "Tampoco a mí mismo". Y ella, que vuelve a
Sentirse ella misma, "¿Quieres decir que no estás satisfecho contigo mismo?"
"Eso quiero decir", le acaricia los brazos y le da un meneo,
"¿A qué crees que se debe?" Ella levanta la cabeza
Y lo mira fijamente. "¿De verdad quieres saberlo?"
"Sí", dice él. "Te aborreces a ti mismo", dice ella. "anhelando ser Dios".
La besa de nuevo. "No es que sea eso", se encoge de hombros,
"Sino que viene de ahí". Le besa la boca amoratada
Por segunda vez, y una tercera.  Años después, en otra ciudad
Están cenando en un restaurante tranquilo cerca de un parque.
Otoño. Aquel día temprano mucha lluvia: hojas color brasa
Y carmesí, volando por todas partes. Veinte años mayor,
Sigue siendo muy hermosa. Una persona austera. Se ha convertido,
Le dice, en una jardinera obsesiva, las hijas se hicieron mayores.
Él intenta que no la pueda el amor o el dolor
Porque ve que ella no tiene manos. Supone
Que las habrá regalado. Imagina,
Con total claridad, cómo se despierta algunas mañanas
(tiene un recuerdo muy vivo de su juventud, estirándose
Al despertar, enrojecida, abriendo los ojos)
COn un ataque de pánico porque no puede recordar
Lo que hizo con ellas, por qué han desaparecido,
Y entonces se acuerda, y se tranquiliza, luego el día
Vuelve a tomar su rumbo cotidiano.
Ella le pregunta si piensa en ella. "Pocas veces",
Le dice, sonriendo. "¿Y tú?" "No demasiado", le dice ella,
"Puede que sea porque nunca formamos parte del tiempo".
Observa sus largos dedos, sus manos de pianista,
O de jardinera, fuertes, trabajadas, cuando ella juega
Con su copa de vino y él comprende, vagamente,
Que deben ser sus propias manos las que han desaparecido. Luego
Le cuenta que ha estado todo el día
Con alguien que ambos habían percibido, hace muchos años,
COmo superior. "Ya conoces la expresión:
Un perfecto idiota" le había dicho ella y a él le gustó mucho aquel tono
De voz. Ella empieza a contarle la historia de una empresa
En Maine que le sirve semillas, empieza con una refugiada 
Polaca que se casó con un separatista franco-canadiense del Québec.
Es una historia que pega unos giros muy sorprendentes y con una extraña
Flor de lis de chocolate al final. Él la escucha, 
Observa su rostro, concentrado todavía en lo que le cuenta.
Concluye que ella piensa de una forma más abstracta 
Que él y que parece ser lo que la ha salvado 
De todo su pesimismo, de cierto tipo de dolor.
Ella se sorprende pensando en lo literal que es él,
Se da cuenta, como si lo fuera recordando, por el placer
Que le causa el menú, la cocina, la arquitectura de la sala.
Eso la conmueve -del modo en que esa grave limitación 
Pueda conmover-, se siente enternecida por lo que le atrae,
También por lo que fue para ella. Ella ve su propia avidez
Por vivir entonces, o por no haber vivido sería más exacto,
Desde una distancia, igual que un conductor puede ver desde la carretera
Un ciervo sobresaltado cruzando un campo abierto bajo la luvia.
Algo efímero. Aquí y nada. La muerte lo hizo intenso,
Si no la muerte exactamente, piensa en
criaturas aigtándose en una pila de abono, luego, el tiempo.




Robert Hass

(Traducción: Jaime Priede)

THEN TIME

In winter, in a small room, a man and a woman
Have been making love for hours. Exhausted,
Very busy wringing out each other's bodies,
They look at one another suddenly and laugh.
"What is this?" he says. "I can't get enough of you,"
She says, a woman who thinks of herself as not given
To cliché. She runs her fingers across his chest,
Tentative touches, as if she were testing her wonder.
He says, "Me too." And she, beginning to be herself
Again, "You mean you can't get enough of you either?"
"I mean," he takes her arms in his hands and shakes them,
"Where does this come from?" She cocks her head
And looks into his face. "Do you really want to know?"
"Yes," he says. "Self-hatred," she says. "Longing for God."
Kisses him again. "It's not what it is," a wry shrug,
"It's where it comes from." Kisses his bruised mouth
A second time, a third. Years later, in another city,
They're having dinner in a quiet restaurant near a park.
Fall. Earlier that day, hard rain: leaves, brass-colored
And smoky-crimson, flying everywhere. Twenty years older,
She is very beautiful. An astringent person. She'd become,
She said, an obsessive gardener, her daughters grown.
He's trying not to be overwhelmed by love or pity
Because he sees she has no hands. He thinks
She must have given them away. He imagines,
Very clearly, how she wakes some mornings,
(He has a vivid memory of her younger self, stirred
From sleep, flushed, just opening her eyes)
To momentary horror because she can't remember
What she did with them, why they were gone,
And then remembers, calms herself, so that the day
Takes on its customary sequence again.
She asks him if he thinks about her. "Occasionally,"
He says, smiling. "And you?" "Not much," she says,
"I think it's because we never existed inside time."
He studies her long fingers, a pianist's hands,
Or a gardener's, strong, much-used, as she fiddles
With her wineglass and he understands, vaguely,
That it must be his hands that are gone. Then
He's describing a meeting that he'd sat in all day,
Chaired by someone they'd felt, many years before,
Mutually superior to. "You know the expression
'A perfect fool,'" she'd said, and he has liked her tone
of voice so much. She begins a story of the company
In Maine she orders bulbs from, begun by a Polish refugee
Married to a French-Canadian separatist from Quebec.
It's a story with many surprising turns and a rare
Chocolate-black lily at the end. He's listening,
Studying her face, still turning over her remark.
He decides that she thinks more symbolically
Than he does and that it seemed to have saved her,
For all her fatalism, from certain kinds of pain.
She finds herself thinking what a literal man he is,
Notices, as if she were recalling it, his pleasure
In the menu, and the cooking, and the architecture of the room.
It moves her - in the way that earnest limitation
Can be moving, and she is moved by her attraction to him.
Also by what he was to her. She sees her own avidity
To live then, or not to not have lived might be more accurate,
From a distance, the way a driver might see from the road
A startled deer running across an open field in the rain.
Wild thing. Here and gone. Death made it poignant, or,
If not death exactly, which she'd come to think of
As creatures seething in a compost heap, then time.






Robert Hass. Poeta estadounidense nacido en San Francisco, en 1941. Traductor y crítico. Muy conocido en Estados Unidos tanto por la temática de sus obras como por la actitud que prevalece en sus poemarios. El alcoholismo de su madre es uno de los temas más relevantes de su poemario de 1996 Sun Under Wood. Durante la década de 1950 se aproximó a las figuras de Gary Snyder y Allen Ginsberg, hecho que motivó su cercanía a la estética beatnik. Tras licenciarse por la Escuela Católica de Marina, en 1958 comenzó a interesarse por el orientalismo y a prestar, en consecuencia, atención a manifestaciones literarias como el haiku. Está casado con la poetisa y activista contra la guerra Brenda Hillman. En estos momentos ostenta el cargo de canciller de la Academia Americana de Poetas, es uno de los administradores del Premio de Poesía Griffin, y centra sus esfuerzos en campañas en defensa de la alfabetización y el medio ambiente.Fue Poeta Laureado de Estados Unidos de 1995 a 1997 y ganador del Premio Pulitzer, en 2008 por Time and Materials, entre otras distinciones. Algunos de sus libros de poemas: Field Guide, 1973, Human Wishes, 1989 y Sun Under Wood, new poems, 1996.




martes, 4 de octubre de 2016

LA DIFICULTAD DE DESCRIBIR UN COLOR




Si dijese -al recordar en verano
la mancha roja de un cardenal
sobre la madera pelada y el gris del invierno-

Si dijese -la cinta roja del sombrero de paja
de la niña a punto de besar
a su perro faldero, mientras lo acuna
en el cuadro de Renoir-

Si dijese fuego, si dijese sangre que mana de un corte-
O salpicaduras de amapola en el aire alquitranado del verano
en una ladera que acota el viento a las afueras de Fano-

Si dijese, el pediente rojo en su lóbulo sedoso del que tira
cuando echa las cartas con una baraja de hojas caídas
hasta que salga la que quiere-

Pezón rosáceo, boca-

(¿Cómo no amar a una mujer
que te hace trampa con el tarot?)

Rojo, dije. De repente, rojo.



Robert Hass


(Traducción: Jaime Priede)

THE PROBLEM OF DESCRIBING COLOR

If I said – remembering in summer, 
The cardinal’s sudden smudge of red 
In the bare gray winter woods – 

If I said, red ribbon on the cocked straw hat 
Of the girl with pooched-out lips 
Dangling a wiry lapdog 
In the painting by Renoir – 

If I said fire, if I said blood welling from a cut – 

Or flecks of poppy in the tar-grass scented summer air 
On a wind-struck hillside outside Fano – 

If I said, her one red earring tugging at her silky lobe, 

If she tells fortunes with a deck of fallen leaves 
Until it comes out right – 

Rouged nipple, mouth – 

(How could you not love a woman 
Who cheats at the Tarot?) 

Red, I said. Sudden, red.





IMAGEN: El río Yangtze, que atraviesa la ciudad del mismo nombre en el suroeste de China, se tiñó misteriosamente de un color naranja-rojo brillante o rojo sangre (09/2012). 




domingo, 2 de octubre de 2016

ESA MÚSICA




















La plata de la cala bajo el sol de agosto,
La luminosidad del aire seco, los últimos regueros de nieve fundida
Filtrándose a través de las raíces de la hierba de montaña,
El vinagre de la maleza, el humo dorado, o la roya de la pradera.

¿Otorgan los cuerpos de los amantes
Al oscurecer en verano, la respiración de él, el rostro dormido de ella,
Otorgan la leve brisa entre los pinos?
Si tú fueras el intérprete, si esa fuera tu tarea.

   

Robert Hass (San Francisco, E.E.U.U., 1941)


(Traducción: Jaime Priede)


THAT MUSIC

The creek's silver in the sun of almostAugust,
And bright dry air, and last runneles of snowmelt,
Percolating through the roots of mountain grasses
Vinegar weed, golden smoke, or meadow rust,

Do they confer, do the lover's bodies
In  the summer dusk,his breath, her sleeping face,
Confer-, does the slow breeze in the pines?
If you were  the interpreter, if that were your task.







viernes, 30 de septiembre de 2016

ARTE Y VIDA




¿Conoces esa lechera de un Vermeer? Ensimismada 
en el acto de verter un pequeño flujo de leche. 
Impresiona en el Mauritshuis Museum de La Haya 
ver lo blanca que es, y lo real, como ante alguien 
que lee su propia poesía o canta en un coro, crees 
estar viendo su alma, un animal concentrado en su quehacer, 
una ardilla, su pelaje resplandeciente en otoño, que se estira 
bajo una delgada rama para alcanzar la baya madura 
de un espino, prueba la rama con su peso, 
se queda quieta cuando se inclina, estira luego con cautela una pata. 
Nada hay menos ambiguo que la concentración de un animal 
y por eso celebras, admiras incluso, que la atención de ella, 
ajena a ti, sea tan vívida, y te provoca melancolía 
no obstante. Nada mejor que ser la fiel sirviente 
y como pensamiento suyo, el influjo de leche. 
En La Haya, en la cafetería de empleados, me pregunto 
quién será el restaurador. La chica rubia 
en el reservado, chaqueta japonesa de marca, que picotea 
el requesón -¿Requesón y pastel? El azúcar 
del pastel ya había sufrido su transformación en el horno 
mucho antes de que se despertara. Parece una persona 
que calcula precios y decide conformarse con eso. 
Es algo que se percibe cuando su blanca boca ensimismada 
acepta los bocados de pastel con el azúcar reposada. 
O el hombre mayor, pelo castaño encanecido, chaqueta de lana marrón, 
zapatos marrones de ante como el instante en que alboroto y puesta de sol 
se unen y desvanecen. Una boca conformada a base de ironías privadas, 
como si hubiera asistido callado a demasiados encuentros con personas 
que le parecían más poderosas pero mucho menos inteligentes que él. 
¿O ese tipo delgado como un silbido, el pelo negro peinado hacia atrás 
con la forma en zigzag de un rayo en la nuca? 
No sé si existe realmente un arquetipo. Me hubiera gustado 
hacerle una entrevista. ¿Qué haces en la vida? 
Sólo soy un acólito. Mondo el tiempo, con mucho cuidado, 
de las delgadas capas de pintura en lienzos de hace trescientos años. 
Restituyo la leche que fluye bajo la pintura oscurecida 
del cántaro que sujeta la mujer representada, joven, su mejilla 
rosa y ligeramente de amarillo, fortuna de la luz 
que casi la toca a través de la ventana que la refracta. 
Soy el sirviente de un ademán tan perfecto, de un cuerpo 
tan en armonía, que se convierte en un pensamiento, tan ensimismado, 
y, aunque apacigua el deseo, lo provoca infinitamente. 
Pero ni la conoces ni la vas a poseer, ni tú 
ni nadie. El hombre de negro debe de ser un ayudante del conservador. 
Mira como si pensara que él es la obra de arte. Por todas partes 
en La Haya ese olor de tierra baja a sal marina. 
No sabemos nada de la madre de Vermeer. 
Obviamente suplanta ahí su pezón, toma 
toda la tradición de la Virgen y la transforma en luz y leche 
con ese hábito tan meticuloso de imaginar las geometrías 
de la composición que opera en él. Y en ella: robusto cuerpo alemán, 
luz tenue, habitación muy sencilla. 
El exquisito tapiz rojo que su piel, quizá teñida 
un poco por la aspereza de una toalla, adquiere. 
Y esa estacada que mueve la nostalgia 
hacia lo sombrío y el aturdimiento, se agradece después. 
Uno de vosotros toca la vena del cuello del otro, 
siente el pulso de la impresión, la corriente de un río 
o el flujo de leche. Quién desea el paraíso oriental de la Amida 
cuando existe todo este mundo para probar con la lengua, 
tocar con los dedos, vello como hilos de seda 
que se alisa en los brazos del otro, en las piernas, bajo la espalda. 
Entonces hablas. Siempre esa otra impresión 
de la vida concreta, la vida vivida, una madre en un asilo, 
pudiera ser, una persona difícil, dolida o vengativa. 
El chismorreo de los otros sirvientes. Un hermano que trabaja 
en una posada y tiene grandes planes. 
Escuchas. Aprendiste hace tiempo la regla 
de no pensar lo que vas a decir a continuación 
cuando está hablando la otra persona. Una parte de ti 
la sorbe como leche. Algo en ti empieza a notar 
que somete a prueba la decepción consigo misma en el acopio 
de una complejidad indolentemente formulada. La observas 
menear la cabeza para corregirse; percibes 
que tiene una mente que quiere hacer las cosas bien. 
El temblor de su cuerpo arrulla una noción 
a lo largo de tu costado y te estiras para sentir de nuevo 
la humedad que nos corresponde en lugar de la luminosidad 
de la pintura. Más tarde, en una de esas rutas la mente 
retorna de nuevo sobre sus pies, habla de 
Hans, el mayordomo, cómo fuerza a la chicas 
y luego reza con fervor los domingos a cada hora. 
Es domingo. Se está vistiendo. Habéis acordado 
pedir un taxis para que la lleve con su madre 
a Gronigen. Está contenta, se pone un poco mimosa, 
hace su pequeño primer gesto de posesión 
al cepillar tu chaqueta. Afuera se oye 
el ruido de los cascos de los caballos sobre los adoquines. 
Es el momento en que las obligaciones para con la vida de otra persona 
parecen insoportables. Siempre queremos volver a nacer 
pero en realidad hacerlo, ¿te das cuenta? 
Parece redundante. Ésta es la vida que te eligió 
y que tú elegiste. Aquí tienes el cepillo, la crin, 
el pelo del tejón, la barba del macho cabrío, la arena. 
Y el olor de la pintura. El volátil, acre aceite 
de linaza, semilla de colza. Aquí está el hedor de la esencia 
de pino en un bote de trementina. Aquí está la mano, 
la mancha de la muñeca, el escarceo del tendón en el golpe de pincel. Aquí 
la nube, el agua del lago alzándose una mañana de verano, 
polvo y polvo y polvo de tiza, la humedad de la pintura 
que se adhiere al entramado de lino del lienzo, aquí 
está la fidelidad de capas sobre capas sobre capas de pintura. 
Hay algo que permanece de un modo inaprensible, 
sigue vivo porque no lo podemos poseer. 




Robert Hass (San Francisco, E.E.U.U., 1941)

(Traducción: Jaime Priede)





IMAGEN: La lechera; pintura de Vermeer.




sábado, 24 de julio de 2010

NIÑO QUE NOMBRA FLORES



















Cuando las viejecillas, las comadres, se iban por el bosque,
yo era el héroe en la colina
bajo la claridad solar.

Los galgos de la muerte me temían.

Olor a hinojo silvestre,
tapanco de dulce fruta arriba entre las ramas
del ciruelo en flor.

Luego se me arroja
al terror de la infancia,
al espejo y las grasosas dagas,
el oscuro
montón de leña bajo las higueras
en la oscuridad.
Es sólo
la malicia de unas voces, el viejo horror,
nada,
padres que pelean,
algún borracho.

No sé cómo salimos adelante.
En esta mañana soleada
de mi vida adulta, observo
un durazno claro y puro
en una pintura de Georgia O'Keeffe.
Es la plenitud misma
de la luz. Un pinzón escarba entre las hojas
junto a mi puerta abierta.
Siempre lo hace.

Hace un momento me sentí tan mal
y tuve tanto frío
que apenas si me podía mover.




Robert Hass (E.E.U.U., California, 1941)


(Traducción de P. López Colomé)
CHILD NAMING FLOWERS

When old crones wandered in the woods,
I was the hero on the hill
in clear sunlight.

Death's hounds feared me.

Smell of wild fennel,
high loft of sweet fruit high in the branches
of the flowering plum.

Then I am cast down
into the terror of childhood,
into the mirror and the greasy knives,
the dark
woodpile under the fig trees
in the dark.
It is only
the malice of voices, the old horror
that is nothing, parents
quarreling, somebody
drunk.

I don't know how we survive it.
On this sunny morning
in my life as an adult, I am looking
at one clear pure peach
in a painting by Georgia O'Keeffe.
It is all the fullness that there is
in light. A towhee scratches in the leaves
outside my open door.
He always does.

A moment ago I felt so sick
and so cold
I could hardly move.



IMAGEN:  Peach, pintura de Georgia O'Keeffe






sábado, 26 de diciembre de 2009

EL JARDÍN DE LAS DELICIAS


El suelo está tan adolorido que se queja
dondequiera que alguien ponga pie,
como si hubiera aprendido el truco
del sufrimiento.
Pobre suelo.
He aquí el jardín de las delicias,
un hombre señalando a una mujer
y un pájaro parado
en un cilindro de cristal
observando. Ella tiene un tapón
en la boca o la pintura
se ha reventado hace mucho justo ahí.
Él se ve preocupado, pero no aterrado,
y no se mueve.
Es la ventaja de las pinturas.
No es necesario el movimiento.
Yo solía bautizar a las flores:
lengua de barba, cosecha de piedra,
perlado eterno.


Robert Hass (E.E.U.U., California, 1941)

(Traducción: P. López Colomé)
THE GARDEN OF DELIGHT

The floor hurts so much it whines
whichever way they step,
as if it had learned the trick
of suffering.
Poor floor.
This is the garden of delight,
a man pointing at a woman
and a bird perched
on a cylinder of crystal
watching. She has a stopper
in her mouth or the paint
has blistered, long ago, just there.
He looks worried, but not terrified,
not terrified, and he doesn't move.
It's an advantage of paintings.
You don't have to.
I used to name the flowers—-
beard tongue, stone crop,
pearly everlasting.




LOS PUROS


Los caminos al norte de aquí son muy secos.

Los primeros brotes rojos trasplantan la primavera letal
y los cuervos, como un enjambre, bajan en nubes
sobre los campos desde París hasta Béziers.
He aquí la cosecha del Señor: el niño del pueblo
a quien le partieron la lengua en dos,
las comadres que se truenan las articulaciones
en las rodillas al ir arrastrándose hasta Carcassonne.
— Si el mundo no fuera malo en sí mismo,
dijo el bendito, entonces cada elección
no constituiría una pérdida.
La enfermedad del siglo es la carne,
dijo. Por tanto, hay que construir con piedra.
Los muertos con sus labios negros se amontonan
unos sobre otros, en una intimidad de amantes.


Robert Hass (E.E.U.U., California, 1941)

(Traducción: P.López Colomé)
THE PURE ONES

Roads to the north of here are dry.
First red buds prick out the lethal spring
and corncrakes, swarming, lower in clouds
above the fields from París to Béziers.
This is God's harvest: the village boy
whose tongue was sliced in two,
the village crones slashing cartilage
at the knees to crawl to Carcassonne.
—If the world were not evil in itself,
the blessed one said, then every choice
would not constitute a loss.
This sickness of this age is flesh,
he said. Therefore we build with stone.
The dead with their black lips are heaped
on one another, intimate as lovers.


MEDITACIÓN EN LAGUNITAS



Todos los nuevos pensamientos son acerca de la pérdida.

En eso se parecen a todos los viejos.
La idea, por ejemplo, de que cada detalle
borra la luminosa claridad de una idea general. De que ese pájaro
carpintero con cara de payaso, que está horadando la corteza muerta
y ya tallada de ese abedul negro, por su sola presencia,
es una suerte de desprendimiento trágico de un mundo primigenio
hecho todo de luz indivisa. O aquel otro concepto
de que como no existe en este mundo nada
que equivalga a la zarza de la mora,
toda palabra es elegía de lo que significa.
Anoche, tarde, hablábamos con un amigo de eso,
y había en su voz un dejo de tristeza, un tono casi quejumbroso.
Después de un rato comprendí que cuando se habla de esta forma
todo termina disolviéndose: justicia,
pino, mujer, cabello, vos y yo. Pensé en una mujer
con la que hacía el amor, y me acordé de cómo, algunas veces
al agarrarle los pequeños hombros con las manos,
sentía un violento asombro ante su presencia,
como una sed de sal, del río de mi infancia,
con sus islas de sauces, la música pueril de la lancha de paseo,
las zonas pantanosas en las que capturábamos
aquellos pececitos color naranja y plata
que se llamaban peces sol. Nada tenía que ver con ella.
Anhelo, le decimos, porque el deseo está lleno
de infinitas distancias. Para ella debe haber sido lo mismo.
Pero me acuerdo tanto de la forma en que sus manos
partían el pan, o aquello que su padre dijo que la había lastimado,
las cosas que soñaba. Hay algunos momentos en que el cuerpo y las palabras]
son igualmente numinosos, días
que son como la continuación de la carne,
Tanta ternura, de esas tardes y esas noches,
diciendo mora, mora, mora, mora.


Robert Hass (E.E.U.U., California, 1941)

(Traducción: Ezequiel Zaidenberg) *
MEDITATION AT LAGUNITAS

All the new thinking is about loss.
In this it resembles all the old thinking.
The idea, for example, that each particuiar erases
the luminous clarity of a general idea. That the clown-
faced woodpecker probing the dead sculpted trunk
of that biack birch is, by his presence,
some tragic falíing off from a first world
of undivided light. Or the other notion that,
because there is ín this world no one thing
to which the bramble of blackberry corresponds,
a word is elegy to what it signifies.
We talked about it late last night and in the voice
of my friend, there was a thin wire of grief, a tone
alrnost querulous. After a while I understood that,
talking this way, everything dissolves: justice,
pine, hair, woman, you and I. There was a woman
I made love to and I remembered how, holding
her small shoulders in my hands sometimes,
I felt a violent wonder at her presence
like a thirst for salt, for my childhood river
with its island willows, silly music from the pleasure boat,
muddy places where we caught the little orange-silver fish
called pumpkinseed. It hardly had to do with her.
Longing, we say, because desire is full
of endless distances. I must have been the same to her.
But I remember so much, the way her hands dismantled bread,
the thing her father said that hurt her, what
she dreamed. There are moments when the body is as numinous
as words, days that are the good flesh continuing.
Such tenderness, those afternoons and evenings,
saying blackberry, blackberry, blackberry.

* Tomado del Blog de Zaidenwerg