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domingo, 10 de agosto de 2008

CARTA A GEORGE B. MOORE PARA NEGARLE UNA ENTREVISTA

























No sé por qué escribimos, querido George,
y a veces me pregunto por qué más tarde
publicamos lo escrito.
Es decir, lanzamos
una botella al mar que está repleto
de basura y botellas con mensajes.
Nunca sabremos
a quién ni adónde la arrojarán las mareas.
Lo más probable
es que sucumba en la tempestad y el abismo,
en la arena del fondo que es la muerte.

Y sin embargo
no es inútil esta mueca de náufrago.
Porque un domingo
me llama usted de Estes Park, Colorado.
Me dice que ha leído lo que está en la botella
(a través de los mares: nuestras dos lenguas)
y quiere hacerme una entrevista.
¿Cómo explicarle que jamás he dado
una entrevista,
que mi ambición es ser leído y no "célebre",
que importa el texto y no el autor del texto,
que descreo del circo literario?

Luego recibo un telegrama inmenso
(cuánto se habrá gastado usted, querido amigo, al enviarlo).
No puedo contestarle ni dejarlo en silencio.
Y se me ocurren estos versos. No es un poema.
No aspira al privilegio de la poesía (no es voluntaria).
Y voy a usar, como lo hacían los antiguos,
el verso como instrumento de todo aquello
(relato, carta, tratado, drama, historia, manual agrícola)
que hoy decimos en prosa.

Para empezar a no responderle diré:
no tengo nada que añadir a lo que está en mis poemas,
no me interesa comentarlos, no me preocupa
(si alguno tengo) mi lugar en la "historia".
Escribo y eso es todo. Escribo: doy la mitad del poema.
Poesía no es signos negros en la página blanca.
Llamo poesía a ese lugar del encuentro
con la experiencia ajena. El lector, la lectora
harán (o no) el poema que tan sólo he esbozado.

No leemos a otros: nos leemos en ellos.
Me parece un milagro
que alguien que desconozco pueda verse en mi espejo.
Si hay un mérito en esto —dijo Pessoa—
corresponde a los versos, no al autor de los versos.

Si de casualidad es un gran poeta
dejará tres o cuatro poemas válidos,
rodeados de fracasos y borradores.
Sus opiniones personales
son de verdad muy poco interesantes.

Extraño mundo el nuestro: cada vez
le interesan más los poetas,
la poesía cada vez menos.
El poeta dejó de ser la voz de su tribu,
aquel que habla por quienes no hablan.
Se ha vuelto nada más otro entertainer.
Sus borracheras, sus fornicaciones, su historia clínica,
sus alianzas y pleitos con los demás payasos del circo,
o el trapecista o el domador de elefantes,
tienen asegurado el amplio público
a quien ya no hace falta leer poemas.

Sigo pensando
que es otra cosa la poesía:
una forma de amor que sólo existe en silencio,
en un pacto secreto de dos personas,
de dos desconocidos casi siempre.
Acaso leyó usted que Juan Ramón Jiménez
pensó hace medio siglo en editar una revista poética
que iba a llamarse Anonimato.
Anonimato publicaría poemas, no firmas;
estaría hecha de textos y no de autores.
Y yo quisiera como el poeta español
que la poesía fuese anónima ya que es colectiva
(a eso tienden mis versos y mis versiones).
Posiblemente usted me dará la razón.
Usted que me ha leído y no me conoce.
No nos veremos nunca pero somos amigos.

Si le gustaron mis versos
¿qué más da que sean míos/ de otros/ de nadie?
En realidad los poemas que leyó son de usted:
usted, su autor, que los inventa al leerlos.


José Emilio Pacheco



José Emilio Pacheco. Escritor mexicano (México, 1939; id.2014). Es autor de una importante obra poética, centrada en la conciencia de lo efímero (No me preguntes cómo pasa el tiempo, 1969; Islas a la deriva, 1976; Los trabajos del mar, 1983; Miro la tierra, 1987; Ciudad de la memoria, 1989), y en prosa, con cuentos (El viento distante, 1963; El principio del placer, 1972) y novelas (Morirás lejos, 1967; Las batallas en el desierto, 1981), notables por su solidez y por su densidad conceptual. Pacheco ha sido profesor en la UNAM, en laA Universidad de Marylan (College Park), en la Universidad de Essex, y en algunas otras de Estados Unidos, Canadá y Reino Unido y ha sido galardonado con numerosos premios, entre los que citamos como el José Donoso (2001), Octavio Paz (2003), el Pablo neruda (2004), el Ramón López Velarde (2003), el Alfonso Reyes (2003) y el José Asunción Silva, otorgado al mejor libro de poemas en español publicado entre 1990 y 1995.




ENCUENTRO




Yo me encontré a mí mismo en una esquina del tiempo.
No quise dirigirme la palabra,
en venganza por todo lo que me he hecho con saña.
Y me seguí de largo y me dejé hablando solo
-con gran resentimiento por supuesto.




José Emilio Pacheco (México, 1939; id.2014)






ÉPOCAS



Uno siente que el mundo ya se acaba porque cuanto termina
es su vida,
su pobre vida tan independiente de él:
empezó cuando ella misma quiso
y concluirá nadie sabe dónde ni cuándo ni de qué manera.

Morimos con las épocas que se extinguen,
inventamos edenes que no existieron,
tratamos de explicarnos el gran enigma
dé estar aquí un solo largo instante entre el porvenir y el pasado.





José Emilio Pacheco (México, 1939; id.2014)


LA PRIMERA CANCIÓN DE AGUSTÍN LARA













La noche engendra música. A su imán
acuden las canciones memoriosas, el piano
desafinado, la guitarra ya casi polvo, el violín
comido por los años, las maracas
que suenan como huesos. Y los ancianos
vamos a congregarnos en este círculo mágico.
Nos verá la espalda
el presente que nos asfixia, el agobio
de estar vivos aquí y ahora.
Sonará como entonces la blanda música.
Que nos recubra esa vida que fue la nuestra
y mantenga a raya al sepulcro abierto.
Muchacha que hoy serás como fue mi abuela,
en esta noche tienes veinte años todavía.
Cómo impedir una lágrima cursi o dar las gracias
pues me quedé con tu rostro del 29.
Y ahora, de pronto, casi en mi tumba, vuelves
en la canción tristísima. Por un momento
somos de nuevo los hermosos amantes.



José Emilio Pacheco (México, 1939; id.2014)



IMAGEN: Agustín Lara, célebre compositor mexicano de boleros.



LA FLECHA
















No importa que la flecha no alcance el blanco.

Mejor así.
No capturar ninguna presa.
No hacerle daño a nadie
pues lo importante
es el vuelo, la trayectoria, el impulso,
el tramo de aire recorrido en su ascenso,
la oscuridad que desaloja al clavarse
vibrante
en la extensión de la nada.



José Emilio Pacheco (México, 1939; id.2014)