Quieta es el agua de la desgracia: ayer mi madre murió de pronto,sin que en el aire de las orillas o en la resaca de cada ola hubiera señas de que venía, como una trucha cortando el tiempo, el viento norte de las parquitas para llevarse de un manotazo su cuerpo vivo, mientras comía. ¿La trabajaba, calladamente, el diente lerdo de La Golosa,sin que ninguno -tan ocupados en las corrientes y las mareas,los episodios de cada día-la sospechara rumbo a la caja que es travesura de último envase?En la intemperie, en la intemperie
Yo la contemplo, mientras se pone amarillenta como la cera, y cuando toco la carne fría viene el recuerdo, como un relente de aquellas tardes en el verano: me acomodaba bajo la sábana entre sus piernas mal depiladas y me llegaba, como un silbido, la voz opaca de aquel capricho: volver al nido donde otra tarde o alguna noche, quién lo supiera, una azarosa reunión de flujos me hizo, de carne, sufrida huella;quería meterme por la puntita de mi capricho, dejando afuera toda la carne que no cabía, porque la vida dilata el tramo de la desgracia que llaman cuerpo y no podía meterme entero, como yo hubiera querido hacerlo, bebiendo antes el noble jugo del que llegaban, de su entrepierna, reminiscencias del apetito que mi papito satisfacía de tarde en tarde, quizá en la noche en que hizo un eco de su apellido. ¿Sufre mi madre tan embalada, como un regalo para el olvido? ¿Piensa en las tardes en que tenía a su cachorro refocilado entre los vahos que provenían de la insondable fuente de vida,tal vez placeres y algún fibroma?En la intemperie de mi intemperie
No es un descanso, sino el ligerodesenvainarse de la espesurade tantos músculos estriados,de cada hueso y sus ligamentos,de los tejidos e inervaciones,y de la flora que fue intestina;los epiplones y los pulmones,la grasa noble y el hilo blancode los humores, la arboladurade las arterias y otros conductosque llaman venas y ya no cavanninguna zanja, ni una trombosis.¿Será posible que se dé cuenta,si es que hay conciencia cuando la muertese lleva el soplo que da la vida,de que la vida no le dio tiempomás que a un efímero parpadeo?En la intemperie, ser la intemperie
No me aparece, mientras la toco,ningún sollozo, ni la esperanzade alguna lágrima desflecada:apenas tengo ¡a certidumbrede que es mi madre la que está muertay que la gente que me rodeaespera amable, con sentimientosalgo fingidos, que yo les brindeel repertorio de morisquetasque un huerfanito debe a su madrecuando se muere tan de repente,siendo notorio, por otra parte,que yo era el hijo que más quería:el que jugaba hace tantos años,con el asombro que da la infancia,entre los muslos abandonadosde esa señora que se dormíasin darse cuenta de que su hijole refregaba la cabecitacontra íos pelos de la entrepierna.En la intemperie de mi intemperie,
el desamparo de las palabras
No siento nada cuando la toco,mientras se pudre, tan silenciosa,sin una queja, desde su muerte;no pienso en nada, ni se me ocurrequé le diría si, de improviso,se despojara de su mortajay me dijera: «Fue catalepsia».Y está tan fea con ese rictusque la desgracia, con su agua quieta,puso en su rostro como una firmaque, me avergüenza pero lo siento,no me conmueve. Por el contrario, siento que nunca podría quererla si reviviera con esa cara, como volviendo, como Narciso Ibáñez Menta, desde la muerte, para decirme: «Querido hijo, allá no hay nada, sólo un silencio que no contiene ningún sentido. Pero hace un frío de mil demonios, así que vine para avisarte que, cuando vayas a visitarme, lleves un saco porque no hay modo de calentarse, con el chiflete que se te cuela por los riñones».De la intemperie, clara y desnuda,
la desventura de las palabras
crece
Mientras intento desentendermedel ruido sordo de las exequias,vuelve completa, recalentada,la salsa espesa de los disgustosque ella me daba sin advertirloen esos tiempos en que la vidadepende tanto de nuestros padresque todo aquello que nos desvelaviene reptando desde la piezadonde ellos duermen, más no sin antesemitir ruidos indescifrablesque en verdad surgen del frotamientode las neuronas del pobre chico,como señuelos de su cabeza:la danza oscura del desconsueloque el niño baila cuando la puertadel dormitorio de los mayoresse va cerrando mientras la, madre-con la luz tenue y prostibulariade lamparitas de veinticinco,las que soportan los veladoresde tres patitas y una pantallade color carne muy encendida-se va quitando las vestiduras,el uniforme que la hace madre,para meterse, con sus enaguastan empapadas de mi desgracia,bajo la sábana primorosaque fue en la tarde mudo testigode los retozos del mismo chicoque ahora contempla con rencor turbiocómo su padre cierra la puerta,Crece el desierto, se puebla el mundo
del canto mudo de la intemperie
de mi intemperie. De la intemperie
son las palabras
Guillermo Saavedra (Buenos Aires, 1960)