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viernes, 29 de abril de 2016

LO MANIFIESTO Y LO LATENTE



INSECTOS I

Los pequeños insectos danzan en círculo
se estrellan unos con otros cegados por la luz 
que artificialmente
dibuja sus prematuras sombras.
Breves sus vidas se encandilan
en un giro tras otro
inútilmente.

Así los hombres
por demasiada lucidez o demasiada levedad
sucumben.



INSECTOS II

Entonces cae la noche
y no somos más que sombras chinescas
sobre el mundo
cementerio de nada
flores quietas
bajo el golpe efímero del agua
Cada mañana como las mariposas
insectos de luz
volvemos a creer en la mundana concupiscencia
de los días.



EL POEMA DEBIERA SER ALGO QUE SE PLANTA
El poema no es algo que se construye 
 sino algo que se planta. 
Miguel Torga
El poema debiera ser algo que se planta
como un arbusto
un seto un manzano
que se riegue sin saber lo que se arriesga
lo que deja en el fondo
o lo que sale a la luz
solo debiera dar cuenta de nuestra pequeñez
en la tierra
de nuestra imperceptible sombra
y nuestra nada en el tiempo
o mejor aún de nuestra máxima aspiración: que un pájaro o un niño
se pose alguna vez
sobre sus ramas.



EL CABLE DEL TELÉFONO

Sentada al sol
miro mi casa desde fuera de mi casa
la música del auto me envuelve lentamente
todo se detiene
y por un instante
reparo en el cable del teléfono.
Recortado en el fondo de este cielo
me impresiona pensar que todos estos años
ha sido el mismo cable.
Toda esta vida en esta casa
con ese mismo cable negro
péndulo apenas
mecido por los vientos
reseco al sol
lluvia tras lluvia 
sobre el mismo objeto mudo
que estuvo allí permaneciendo cada día
cada noche 
cada año de todos estos años y tantas voces
tantas conversaciones
tantas historias o fragmentos
de historias 
que entraron y salieron
toda la vida y toda la muerte toda 
pasando por allí.
Como un cordón umbilical que alimentara
de palabras al mundo.




Norma Etcheverry





Norma Etcheverry Nació en 1963 en la provincia de Buenos Aires, Argentina,  y reside en La Plata donde se graduó de Periodista y  estudió Letras y Filosofía. Publicó los poemarios “Máscaras del tiempo” (1998), “Aspaldiko” (2002)  “La ojera de las vanidades y otros poemas” (2009) y "La vida leve" (2014). Con otros,  "Anotaciones a la poesía de Horacio Castillo" (2011) y con el título “Lo manifiesto y lo latente” fue incluida en 2011, dentro de la colección “Cuadernos Orquestados”, dirigida por Abel Robino desde Francia. El título "La isla escrita. 35 poetas cubanos", con selección y prólogo de su autoría, ha sido presentado recientemente en la Feria del Libro de La Habana (2016).  Algunos poemas suyos se han traducidos al francés, euskera, portugués y griego. Ha participado de numerosos festivales y encuentros de poesía en su país y también en México y Cuba. Poesías y comentarios bibliográficos  aparecen en medios gráficos argentinos como el Diario “El Día” y “Diagonales”, Revista de poesía "El Espiniyo”, y también en “Jornal Rascunho” y “Folha de San Pablo” de Brasil, entre otros, y en sitios virtuales de distintos países.






miércoles, 27 de abril de 2016

LA OJERA DE LAS VANIDADES y otros poemas




PAPI

Papi mataba un cordero
cada cumpleaños
los cuereaba y les sacaba despacito
el corazón
delante de mí
papi sí que sabía de vacas y caballos
a las vacas
las miraba a los ojos
y ellas permanecían impávidas
pensando, vaya a saber uno qué
a los caballos
les acariciaba las patas con
delicadeza y después
les daba una palmadita
como podrían saludarse los viejos amigo.
Papi me decía “nena, no se dice 
puta”
y yo aprendí con inocencia
de cordero
“pu, no….ta, no…-le decía-
puta sí”.



MANDATOS

Aprendió a ser hombre
alguien tenía que emular al 
Padre
ser el emergente
decir puedo
alguno debía arremangarse
los pantalones
para llevarlos bien puestos.
rescatar la sangre
del recato
y tirarla por la borda.
alguien debía ponerse el nombre
al hombro
y dejar para más tarde
la compostura
el maquillaje
la cara boba del rebaño.
Habrá tiempo luego
para parir  
pensó
para ponerse labios de rouge
y ojos 
de ternura degollada.



PATER

Cada vez que ella abría las piernas
asomaba una niña
y él pensaba en la próxima vez
soñaba con eso de los colores del alma
pasando de generación en generación
y también enseñarle el oficio
después de todo 
no es fácil aprender a ser digno.
Pero probar suerte
se iba volviendo una empresa difícil
multiplicaba
los errores de cálculo
y por no ver
cerraba los ojos a la noche.

Engullía todas las puertas
cuando un clamor sordo
le reclamaba 
el gol 
         de la diferencia.



RELECTURAS

Añoro tu mirada en el papel
donde solíamos descifrar
los signos
de esta vigilia permanente.
Extraño esas pequeñas costumbres
ahora,
que tus ojos se desvían de mí
y se parecen más que nunca a la pared
desnuda que construimos juntos,
en la que luego del asombro inicial
supimos escribir “te amo”
y otras
cursilerías por el estilo.





LA POSESIÓN DEL INSTANTE

Sé que atrapé un instante
cuando llegaba noviembre
o poco antes
las cortinas se mecían por el viento 
y flotaban las nubes
una mosca merodeaba por lo humano

Sé que atrapé alguno 
entre sucesos
felices y no tanto
bajo la tinta oscura, 
por ejemplo,
el infinitesimal respiro
con que dijiste por última vez amor
 y
 volveremos a vernos

Sé que pude 
en el minúsculo soplo de la letra
despedirme con ojos, con palabras
con de-terminaciones
con silencios

Sólo la escritura tiene cosas 
del presente huidizo 
entre las manos
esta posesión de lo inasible (¿será que ya fue o será
que va a ser?)

Atrapé un instante antes de noviembre
y me quedé con él

Estabas todavía en la casa

Pronto
sería el verano.



Norma Etcheverry  (Provincia de Buenos Aires, 1963) -Reside en La Plata.



IMAGEN: "Pelirroja en cuclillas" de Henri Touluse-Lautrec.






lunes, 25 de abril de 2016

LA VIDA LEVE


























La vida
No me importa si no tiene sentido-dice-.
-No lo tiene.
-Y quién lo dice?



LA PUBERTAD

De niños, él era su amigo. La Tía Lile les preparaba
la leche tibia cuando volvían de la escuela.
El la cuidaba. La protegía del futuro, y también de las miserias.
La Tía Lile cultivaba unas enormes dalias en el jardín.
Nunca pudo olvidar el color de las dalias, esos manchones
granate que alegraban el cerco, sobre la acera.
Las calles de tierra tenían zanjas a los costados donde de noche
cantaban ranas que los muchachos salían a cazar con faroles.
La cuidaba. De los miedos, y también de los muchachos.
A veces, se besaban a escondidas en los patios del verano. A la hora 

de la siesta, aplastados por el canto de las cigarras, húmedos de un 

sopor caliente que espesaba el aire.
Y también de noche, cuando los guiños dorados de las luciérnagas 

parecían imágenes de películas soñadas. 
Nunca vistas. No todavía. Se tomaban de la mano y se acariciaban 

con torpeza. Con una brevedad culposa que rozaba lo incierto.
Ahora va al entierro de la Tía Lile para despedir a Dó. Para
despedirse de él, de esas calles, de esos espasmos adolescentes,
de esos manchones rojos que ya no.



LA ADOLESCENCIA

Me dijo que tenía miedo.
Me dijo que recordaba hasta como me vestía.
Me dijo que no quería faltar al colegio, porque entonces me
extrañaría.
Me dijo que soñaba conmigo todo el tiempo.
Me dijo que lo que me dijo en el tren era mentira. Que esa noche
estaba muerto de miedo.
Me dijo que todo fue un gran desencuentro.
Me dijo que volvió a tomar su guitarra, y tocaba largas horas hasta
la madrugada, como en el tiempo en el que sucedió todo esto.
Me dijo que tenía toda la música que yo también tenía.
Y yo pensé que era imposible -no podía tener todo desde el
principio, desde Syd, desde bombones y pan de uva...-
(¨No me toques pequeña/por favor, sabes que me vuelves loco/por
favor, sabes que soy débil)*
Claro que la tengo- dijo-, y me habló del flautista en los tiempos
de la alborada y aquello de los secretos.
Adivinó que me hubiera encantado conocer a su madre. Que nos
parecíamos.
¿Por qué? No, no me lo dijo.
Contó de esa mujer que, siendo todavía muy joven, partió hacia
la frontera y enseñó a leer y escribir a los niños de los países
vecinos.
Que antes de morir quiso estudiar medicina. Pero entonces ya no
había más tiempo.
Me dijo que murió en el ochenta y dos. Le dije que mi padre
también murió en el ochenta y dos .Luego, volvimos a hablar de
las tardes en la escuela.
Le conté de las incontables veces que lloraba por él.
Le dije que entonces sentía pudor de trabajar en los puestos
porque creía que él sentiría vergüenza de mí.
Me dijo que no me podía mirar, pero de vergüenza de él.
(Háblame, háblame con dulzura/por favor, llévame a la cama/por
favor, no tengo miedo)*
Cuando aquélla noche del tren yo regresé llorando a casa, mi madre
comentó que la vida era un gran laberinto donde las personas
solían perderse entre sí. Y después, no importa cuánto tiempo haya
pasado, podían volver a encontrarse.
Le conté. Sonrió. Dijo que mi madre tenía razón.

(*Roger Keith “Syd” Barret )



LA SEDUCCIÓN

Le ordena que se quite los lentes oscuros. Dice que le da vergüenza,
que no se ha levantado con buena cara hoy. Dice que no importa,
por su parte no se levanta con buena cara desde hace tiempo.
Pero en cambio quiere tener la certeza de que verá su rostro de
tantas vidas. Tantas que puede asustar, o agradar, o nada.
Habla de sus cosas. Habla mientras camina por el cuarto. Sonríe,
lo deja hacer. Es como si antes no hubiera habido nada. No hablan
de eso. Como si nunca hubiera ocurrido.
Tal vez comiencen a estar muy lejos ahora, cuando empiezan a
estar tan cerca.



LA TERNURA

La mujer siempre iba con el niño detrás, pedaleando con fuerza.
Cada tarde, camino del muelle.
El niño de entonces recuerda. No el hombre que ahora es, sino el
niño de antes. Recuerda las tardes del muelle. El mar.
La sombra de los barcos, siempre tan lejos. Y la mirada de la madre,
más lejos aún.
Tanto como ahora, cuando nadie sabe donde está. Los ojos y las
manos de esa mujer que él puede ver y tocar y, sin embargo, que
no sabe, que nadie sabe dónde está.
Algunas veces, el hombre que es, le desea la muerte a esta mujer
extraviada, desconocida para siempre.
Pero otras, el niño que va en bicicleta con su madre sólo siente
deseos de llorar.



EL (insensato) JUEGO

Sólo entenderá el significado de perder, o ganar, cuando sepa qué
es lo que se pierde, o se gana. Por ahora somos inocentes, sólo
jugamos el juego del decir.
Uno dice ¿qué dice?
¿Dice la verdad fingiendo mentir?
¿Dice mentiras para tener verdades?
¿Dice de verdad todo lo que dice?
¿Dice lo que dice por decir?
¿En lugar de qué cosa ponemos la palabra?
¿A instancias de qué ausencia?
La luna, ¿existe para quien no la nombra?
No me haga “decir”. “Moi, le langage, je le connais”.* Soy fuerte
ahí.

(* Marguerite Durás)



LA OTREDAD

En definitiva, si no fuéramos tan vulnerables nunca habría nada
que decir.




Norma Etcheverry  (Provincia de Buenos Aires, 1963) -Reside en La Plata.