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lunes, 3 de diciembre de 2012

TABACO





















LA RABIA dura lo que el cigarrillo.
Luego el humo y la ceniza esparcen
la desmerecida forma de lo que ha sido.
Arder. Arder como la brasa ambigua
que no es llamarada ni es ceniza;
entre secuencias de orden y desorden
arder; arder cual perfume de maderas;
cual ocaso –furia postrer del día-
arder; en pausas de la informática,
detrás de los envases descartables,
con un sexo torpe entre torpes manos,
arder. Como sólo el fuego puede arder.
Como pasión y soledad pueden arder.
Astro perdido en la jungla del cielo
tornando a una casa y a unos padres,
arder. Solícitamente, en honor de un amante,
arder. Ofrecer la transparencia y pretenderla
cada vez con menos fuerza y eficacia.                                            
Arder. En el templo de los bárbaros.                                                  
Arder, tan tenue como sea posible,                                                                                                                                               
ante la fatiga de la mirada. Encender
los rubíes de la culpa entre el lodo funeral
y las arenas donde el hedor de lo muerto
sobrevive (¿para qué?) sin condena ni justicia.

En el horno de los bronquios se caldean
la sinrazón de existir abominando
y el humo: símbolo de olvido e impotencia
de querer retener lo que se esfuma
-antes eterno, ahora fugitivo-,
breve danza de amor entre los dedos,
ocaso que arrastra el cuerpo del día
-iluminado de amor- a oscura gruta,
para escandir las formas de la noche
cual sílabas de un poema revelado.




(de Tabaco, 2010)

Eugenia Cabral




Eugenia Cabral. Poeta argentina. Nació en Córdoba, en 1954. Ha publicado entre otros "El Buscador de Soles" (1986),"Iras y fuegos-al margen de los tiempos" (1996); Poemas de cielos y barbaries, 2004. Dirigió la revista IMAGINERA- desde 1991 a 1993. Colaboró en el suplemento literario de la voz del Interior del 1993 al 2000. Ha publicado en antologías nacionales y en publicaciones de América Latina.




sábado, 11 de octubre de 2008

PARA UNA ESTÉTICA DE LA VIOLENCIA




















Odio las flores. Son como mujeres casadas.

El ocio de las flores. Su manera de abrirse a los labios de las abejas.

Mastico flores con furia. Les muerdo los cuellos tensos, los pezones de colores, las bocas fragantísimas. Les hundo la lengua hasta la raíz de la savia.

Diseco las flores. El odio a las flores. Mueren ahí, sin agua, en el jarrón. Algunas, después de muertas siguen perfumando.

Mastico el vocablo flores. Es trabajoso. Disléxico.

Mastico tus flores, las muerdo, las escupo, las beso, me relajo, me duermo, me muero; me estoy durmiendo, muriendo. Huelen a madre, esperanza, calabaza, ají, noche, seda, manos.

Las benditas. Las impuras.



Eugenia Cabral (Argentina, Córdoba, 1954)



IMAGEN: Laurel de montaña, una flor muy venenosa.