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martes, 30 de agosto de 2022

SOMBRAS BAJO LA LÁMPARA DE ACEITE (III)



 










Sombras bajo la lámpara de aceite

 

Poemas de después de la fiesta

a la memoria de Irene Gruss (Febrero 2019)

     EJ mundo incompleto se publicó en 1987 y está dedicado a Lea Fletcher y a José Luis Mangieri, el creador de la mítica editorial de poesía Libros de Tierra Firme. Por este libro conocí la poesía de Irene y de algún modo a Irene misma. Algunos fragmentos habían salido como anticipo un año antes, en el primer número del Diario de poesía, que casualmente iniciaba su derrotero con un dossier dedicado a Juan 1. Ortiz, hecho de relevancia ya que fue un poco el comienzo del rescate y revisión del poeta de Gualeguay. Entre la selección de poetas que en ese primer número del Diario acompañaban a Irene estaban Oscar Taborda, Víctor Redondo y Néstor Perlongher. Había ya un desliz y una emergencia en esos nombres con respecto a lo que se venía escribiendo.

     El mundo incompleto es la entrada fulgurante a la poesía de alguien que por entonces tenía 37 años, una segunda entrada si se quiere, ya que cinco años antes había publicado La luz en la ventana en la editorial El Escarabajo de Oro.

     Desde el arranque del primer poema, titulado “Tercera persona”, se plantea una actitud ante lo comunicable y el acto de escribir: “Tiene problemas con el lenguaje: / habla y no se le entiende, / escribe y no se le entiende. / Ironiza, da todo / por sentado, cree que lo que ve/es simple, / claro / nada fácil para traducir”. Esa dificultad para hablar y traducir lo claro, lo tangible y real, que el narrador atribuye a una tercera persona, es la puerta de acceso al trabajo y la destreza de Irene para estratificar mensajes, enrarecer cuestiones en apariencia simples o banales, renovar sensaciones y formas de decir. Mediante la torsión que producen sus síncopas, su rarísima forma de escandir y encabalgar los versos, o recursos como las preguntas y las frases hechas, tanto la oralidad como la reflexión o el movimiento de una escena, todo se transforma en música. Una música insólita, descreída, empedernidamente individual, capaz de asumir tanto las taras propias como de iluminar lo colectivo mirando puertas adentro, como el mentado poema de aquella que no olvida a los muchos que sufrieron, que desaparecieron, mientras lavaba ropa, acunaba o cantaba con la persiana a oscuras.

     En los poemas de El mundo incompleto -por lo general breves- la anécdota le cede su lugar a la reacción ante lo visto, algo que siempre es efecto de un movimiento oculto, y en muchas ocasiones la duda, la sorpresa o el descreimiento, desatan una inflexión liberadora.

     Frecuentemente está la sensación de que quien habla quiere desembarazarse de algo, sacarse un peso de encima, huir -¿de las apariencias? ¿del teatro social? ¿de algo más hondo?-. Aún tras la ironía ante lo propio o un estado de cosas, algo pulsa entre la pena y la nada. Como si solo a partir de la lenta aceptación de esa fisura, de ese estado incompleto y defectuoso, se pudiese aspirar a alguna epifanía, a alguna necesaria plenitud momentánea.

     En El mundo incompleto la guerra -o la fiesta- terminó; el amor es apenas conclusiones, se mira por la ventana sucia y se calla hondamente ante el mar. La guerra, alguna guerra, diferentes guerras, permitieron por un tiempo vivir en la pasión, el miedo y la inminencia, (“...Picasso y / sus mujeres: Gertrude Stein / manejando una camioneta de la / Cruz Roja Internacional, en el paisaje / del frente”), ahora, solo quedan los restos que dejó esa emoción. Y hay otra fuerza ahí, una fuerza secreta, hecha con el reverso de la vida: un amor que se exalta en su falta de hechos, en lo que no se hizo; la experiencia de luz en el nombre del hijo, y la maternidad como una zona lejos de lo idílico, (“No la escuches. / Tu hija llora / pero no la escuches”); juegos improvisados que descubren una felicidad clandestina; y las manos, dedos manchados de pelar papas, de nicotina y limón, de tinta.

     Varias veces aparece el después de la fiesta en los poemas de Gruss, lo que queda después de algo intenso, de todo lo que mueve la sociabilidad. El lavar y ordenar, el agua que se lleva los detritus y que borra las marcas, la vuelta a un orden áspero, sin placebo. Pero en ese llevarse hay también un volver a vivir, un vivir por segunda vez, con más calma y distancia, sin la urgencia de dar una respuesta. Del poema “Fue una fiesta” (Elmundo incompleto), al “Después de la fiesta” (Entre la pena y la nada, su último libro), el jabón y el agua tibia se llevan todo rastro de alegría, pero a la vez preparan lo que viene, “lo que brilla es pasado y preparación para lo que urge, lo / que se aproxima”, “cuenta /lo que no puedes atrapar”.

     En la segunda y la tercera parte del libro aparecen las distintas fases, el devenir cambiante de una mujer que juega a adjetivarse, que sabe que no hay algo que se pueda fijar: indómita, irresuelta, agraciada u horrible, por momentos multitudinaria, agradecida, la que ambiciona aquello que solo espíritus atentos y sutiles pueden apreciar -el color de un pullover, el olor a pintura de un cuadro, la raíz del pasto “apenas raspado por la más suave zapatilla”-, mujer que más allá de los estereotipos, las reivindicaciones, quisiera liberarse, que la dejen en paz, “quisiera, como Gauguin, largar / todo e irme, / dejar mi familia, la no tan sólida / posición / e irme a escribir a alguna isla.. .’’(“Mujer irresuelta”).

     Hay frases, expresiones que asocio inevitablemente a la imagen de Irene, a su poesía: “anotar un goteo”, o “dijo que decía”, y esa especie de súplica: “Por favor no sufran más / me cansa, / dejen de respirar así / como si no hubiera aire” (“Mutatis Mutandi”).

     Eso, y la pregunta que va y viene a través de sus libros, la pregunta sobre lo real: “Quién necesita esas flores / quién se queda en describirlas / tal como están, allá lejos, / quién sabe cómo son esas flores / Y si no son margaritas? / Si no se llega / si no se completa el mundo?” (El mundo incompleto).

     Después de haber leído por primera vez estos poemas y de ver un aviso en el que anunciaba sus talleres de escritura, le pedí una entrevista y fui a verla a su departamento. Me acuerdo de su risa un poco rea, de su mirada atenta y su amabilidad, de que tenía un poster de Serrat pegado en la pared y de que justo cuando entré sonaba por lo bajo “Nací en el mediterráneo”. Aunque nos vimos pocas veces, Irene siempre tuvo para mí esa impronta: en su presencia y sus palabras había algo que te bajaba a tierra, (“no escribo con el cuerpo, sino con la mano y un lápiz”, dice en una entrevista), algo que se ofrecía sin dobleces, sin la necesidad de explicarse o agradar. Y a la vez algo guardaba, algo que solo se puede atisbar en su poesía, mezcla de extrañeza y risa, dolor e insumisión.

 

Mario Nosotti

 

Mario Nosotti nació en San Fernando, provincia de Buenos Aires, en 1966. Cursó estudios de Letras (UBA) y la Maestría de Escritura Creativa de la Universidad de Tres de Febrero. Poeta y ensayista, colabora con diversos medios ligados a la literatura. Publicó los libros de poesía Parto mular (Ultimo Reino, 1998), El proceso de fotografiar (Viajera Editorial, 2014) y La casa de la playa (Club Hem, 2018). Entre 2004 y 2006 editó la plaquette Música Rara -poesía & aledaños; en 2021 publicó Dos poemas inconclusos en Caleta Olivia- y su ensayo La casa de los pájaros en ed. de la Universidad Nacional del Litoral, sobre la vida y la obra de Juan L. Ortiz. Obtuvo la beca de Creación del Fondo Nacional de las Artes en 2014. Tuvo a su cargo la elaboración de la cronología que integra la nueva edición de la Obra Completa de Juan L. Ortiz, (UNL / EDUNER). Coordina talleres de escritura y lleva adelante el blog Música Rara.


Irene Gruss (Buenos Aires, 1950- 2018) 


IMÁGENES: Irene Gruss y Mario Nosotti.

domingo, 28 de agosto de 2022

SOMBRAS BAJO LA LÁMPARA DE ACEITE (II)


 












Poetas ensayando


La experiencia de lo provisorio

sobre la serie Zen I, II, III, IV, Alberto Silva (Bajo La Luna)

Zen I / Zen II (2012)

     No es sencillo abordar discursivamente un fenómeno múltiple, potencialmente extraño a nuestros paradigmas como es el caso del Zen. No al menos sin caer en lo codificable o en la asimilación al supermercado de experiencias propio de la cultura occidental. Es este el desafío que enfrenta Alberto Silva -poeta, traductor, especialista en temas japoneses- el de constituir un método para poder dar cuenta de un objeto que por su calidad de inaprensible, su vacío pregnante, ha sido germen de infinidad de explicaciones, usos y distorsiones. Y para eso, la mirada del autor encuentra un “entre”: por un lado su experiencia personal, su práctica del Zen, y por otro su formación como sociólogo que le hace aprovechar categorías propias de nuestro pensamiento.

     El presente trabajo consta de cuatro volúmenes. Los dos primeros, Zen I Ruta hacia Occidente, y Zen II ¿qué decimos cuando decimos experiencia?

     A Silva le interesa pensar el discurrir del Zen como fenómeno histórico y cultural para escuchar de qué forma nos habla a nosotros —occidentales siglo XXI— y para qué puede servirnos. Y la hipótesis es que su influencia puede ser decisiva en la transformación radical del individuo y de la sociedad.

    

El camino del zen

     De movida el autor nos invita a dejar en suspenso todo lo que creemos saber sobre Zen -vulgata que incluiría ser rama del budismo, filosofía japonesa, forma de meditación o de control mental y sello estético, entre otras- para de esta manera aventurarse a descubrir su propia lógica. Silva se ajustará a tratar una forma concreta del Zen, aquélla que florece en Japón a partir del SXIII de la mano del maestro Dôgen, el fundador de la escuela Soto. Así, el primer volumen da cuenta de la progresión histórica del Zen - una compleja amalgama de elementos procedentes de la tradición India, China y Tibetana- en su camino “desilachado y disperso”- hacia el Occidente actual.

     A contramano del consabido y aparentemente inevitable proceso de occidentalización, interesa indagar en la penetración que lenta y sin aspavientos se da desde hace un siglo desde Oriente a esta parte. El Zen sería un aporte decisivo en el proceso de la actual “revolución metafísica” de la que habla el filósofo alemán Peter Sloterdijk, revolución que parte del legado de pensadores como Nietzsche, Bergson, Freud y Heiddeger, propulsores de un pensar al margen del idealismo y la subjetividad, y críticos del ego metafísico. Y es a través de la lengua alemana y del sustrato fértil de la obra de Heiddegger que el Zen emprende su trasvase a Occidente, un proceso que aún continua.

Un Zen que piensa

     Para una buena parte de la filosofía occidental la cuestión de la experiencia es cuando menos un asunto espinoso. Silva encuentra en una distinción de la filosofía antigua por un lado, un pensamiento de la abstracción (concepto de skolé) y por otro, un pensar que surge de un estilo de vida (háiersis) -la base para hacer hablar al Zen. Porque para Dôgen, el Zen es básicamente un acontecimiento: zazen (sentarse, atento a la respiración para, en el mejor de los casos, sin buscarlo, arrancarse de si). El Zen acepta ser fuente de conocimiento a condición de que el mismo esté constantemente resignificándose en la práctica. A través de ese hacer es que transforma nuestro modus vivendi”

     Y es aquí donde Silva abre una veta poco habitual en este tipo de estudios. Más que pensar el Zen como experiencia -inevitablemente irreductible y opaca- nos propone “experimentar un Zen capaz de destilar un pensamiento”. En este sentido, su propuesta es casi una propedéutica. La práctica de Zen confluiría en un tipo de discurso capaz de devolver al lenguaje gastado su condición de “palabra viva”. Varias veces el autor se refiere a esas “hebras de lenguaje”, como restos latentes que la marea del Zen deja sobre la playa.

     La pregunta de fondo es, como bien advierte Silva ¿cómo se relaciona la dupla experiencia-palabra? “El zen busca continuamente releer toda versión convencional del mundo e incluso de sí mismo, a fin de orientarse cada vez hacia una elocución intempestiva de sí”. Como pensamiento -siempre trenzado en su práctica, zazen- constituye un discurso donde lo que se ha dicho está siempre migrando hacia lo por decir. Dôgen lo expresa así: “Zen es pensar, no pensar y sin pensar”. Una práctica que genera un discurso que a la vez se disuelve en la práctica para emerger inédito de esta. Y para hacer hablar a este ejercicio, modesto, pero de resonancias incalculables, es claro que los recursos normales no alcancen. Por eso muchos de los interlocutores de Silva en este ensayo son poetas -Philip Larkin, Rilke, J. L Ortiz, Nicanor Parra- y por eso es que él mismo es un fino traductor de esa poesía extrema, el haiku, forma que aspira a captar lo instantáneo y nombrar la experiencia sin sujeto de la que habló Bataille.

     Para cerrar quizás sirva aclarar que el Zen no se resiste a la teoría; solo sonríe un poco cuando el discurso explicativo amenaza borrar la sed de una insistencia.

 

Zen III / Zen IV (2014)

     Allá por los años 80, en una columna semanal que tenía en una radio de Barcelona, Silva disponía de sesenta segundos para hablar de algún tema relacionado con la cultura japonesa: “Si tuviera que decir en un minuto qué es el Zen diría lo que Dógen: Zen es zazen”. Zen es un pensar y un comprender, y zazen una práctica, vinculados de aquí para allá. Zen es solo en caso de Zazen, y el pensamiento, el discurso, la cultura y el arte del Japón a partir del siglo XIII en adelante tiene que ver con esa experiencia. Ahí me callaría yo”.

     Sin embargo, dar cuenta de ese acto sencillo y radical le traccionó al autor escribir cuatro libros —una obra única por su exhaustividad y variedad de abordajes- de los cuales acaban de salir los dos últimos que completan la serie.

     Para Dôgen (el maestro que inició la escuela soto, en el SXII) “estudiarse a sí mismo es olvidarse de sí mismo”. Y para demostrar qué significa que el Zen ocurre en el cuerpo y con el cuerpo, Silva acomete en este tercer tomo (Zensualidad) una especie de historia Japonesa del cuerpo que toma seis de sus iconografía básicas, desde el siglo XI hasta la actualidad: la dama de corte, el samurái, el haijin, la geisha, el burgués y el asalariado contemporáneo, desentrañando cuál es la relación de una cultura con el cuerpo y de qué forma el Zen amparó o criticó esas formas como más libres o aherrojadas. Cabe aclarar que cuando Dôgen habla del cuerpo, habla de anatomía, entendimiento, emoción y lenguaje -nada más alejado de la “cárcel del alma” platónica-. El Zen crea ese tiempo condicional capaz destituir el uso convencional del cuerpo y ayudar a liberarlo.

     Es sabido que el Zen ama lo provisorio. Su símbolo más conocido es un círculo imperfecto, que no cierra. Esto, lejos de convertirse en desazón, en desamparo, es lo que lo mantiene constantemente renovado. El zen puede ayudar a la persona a estimarse a sí misma como provisoria, sin lamentar que todo lo que vivimos sea provisional. Vivir desde la experiencia del zazen significa que el lenguaje no es definitivo. Su práctica es capaz de generar un intercambio en busca de esas “palabras nuevas” que la experiencia “reclama para sí”. De eso trata el cuarto tomo de la serie, El oficio de vivir -en alusión al libro de Cesare Pavese-, volumen colectivo donde dialogan poemas, citas de filósofos y anécdotas personales y en donde seis o siete practicantes van triturando términos en busca de dar cuerpo a esa experiencia, así como los árboles dibujan su postura adaptándose al medio en que les toca vivir.

  

(Del libro: “Sombras bajo la lámpara”

de aceite”; Borde perdido editora,2020)

Mario Nosotti (San Fernando, provincia de Buenos Aires, 1966)

Alberto Silva (Buenos Aires, 1943)

 



 Imagen: Alberto Silva.


viernes, 26 de agosto de 2022

SOMBRAS BAJO LA LÁMPARA DE ACEITE (I)


 
















Prosas de atura…87

sobre Mi libro enterrado, Mauro Libertella (Mansalva, 2013)


El gen literario

 
     La muerte de un padre no solo es el momento del ajuste de cuentas o de la redención, es quizás, llegada cierta edad, una oportunidad única para constituir el propio territorio. Siempre será mi padre, se podría decir, pero a partir de ahora, yo dejo de ser hijo. Aquí nos separamos. Su muerte es como el último empujón.
     Pero, ¿cómo lidiar con un legado, cómo constituirse a partir de un sustrato que mezcla prescripciones, dotes, y lo que nunca hubo, lo que ya nunca habrá? Mi libro enterrado, el debut literario de Mauro Libertella, se interna en esa tierra ambigua, a ratos dolorosa, abierta a epifanías que son la transfiguración de ese dolor.
     El caso es el de un padre que es a la vez un escritor de culto — Héctor Libertella, fallecido en 2006- cuya obra gravita en el canon excéntrico de nuestras letras, y el hijo que creció a la sombra del árbol de su literatura, y que en algún momento se propone escribir.
     En la página diecinueve Mauro cita un párrafo de La arquitectura del fantasma, novela autobiográfica de Héctor editada poco después de su muerte. El gesto no es menor: en su primer libro —también autobiográfico— el hijo da cabida a la escritura del padre, y selecciona un párrafo donde este justamente habla de sus inicios como escritor. Este juego de cajas chinas, de imbricación de una escritura en otra —como las fotos del padre en las que el hijo se busca— son el juego mediante el cual se construye el escritor. Apropiarse de un nombre y una herencia, también como una forma de neutralizarlos. “Desde su muerte, entonces, el apellido Libertella vuelve a cero. Yo tendré que encontrar el modo de inventarle un nuevo origen, un relato”.
     El libro comienza la tarde en que Héctor Libertella muere en el departamento al que hacía unos años se había retirado a escribir. El enigma de aquella reclusión, de su alcoholismo, la elección más o menos consciente de dejarse morir, quedan intactos. El narrador no pide explicaciones. Separación, mudanzas, el paso por Alcohólicos Anónimos, el deterioro físico, las visitas del hijo al hospital y luego al departamento son incisos del veloz —o lento, según cómo se mire— camino hacia el final. Dentro de esa debacle que va eclipsando todo, hay idas y venidas a tiempos más felices, buscados con ahínco por el hijo: las charlas con su padre “signadas por el humor y los juegos retóricos”, la lectura de un cuento de Borges que sella el vínculo de ambos con la literatura, entre otros.
  Desde el arranque, lo que resalta en la escritura de Mauro Libertella es su claridad y su precisión sintáctica; eso, y el tratamiento sobrio, contenido, de un material de alto voltaje emocional. Un libro valiente, donde la pose irónica o maldita —tan bien pagadas en la literatura— quedan a un lado para exhibir esa desolación y esa belleza que tan solo a partir ciertas experiencias y de mucho talento pueden volverse literatura.
 
de aceite”; Borde perdido editora,2020)
Mario Nosotti (San Fernando, provincia de Buenos Aires, 1966)
 

Mauro Libertella (Ciudad de México, 5 de enero de 1983). Vive en Buenos Aires y es considerado un escritor argentino. 

Imagen: Mauro Libertella.