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domingo, 30 de noviembre de 2025

PARA EL LADO DE LAS COSAS SAGRADAS (2009)


Leíamos en la Biblia



Cuando te toca el agua (los dedos o los labios) te convertís en agua.
Cuando te toca la sopa (los labios o el pecho, con su talón al rojo)
te convertís en pan (un pan negro
lleno de hormigas
que van hacia el desierto...).


*

Pisá el agua y andá en patas por su ribera, 
recogiendo flores para los demás.

*

Mirá la piedra de donde fuiste cortado.
Mirá la caverna de la fosa de donde fuiste arrancado. 
El desierto como paraíso, 
y la soledad como huerto.

Bailando en las brasas, 
bailando en las brasas,

pero pisando el agua, 
apoyando la planta entera 
para grabar su orden líquido 
en la raíz.


*
El silencio de un mundo sin crear.
Nuestra vida es humilde porque existe el azar. 
El dolor es puro,
para el lado de las cosas sagradas.



APARICIÓN

(Fragmentos)



La música abollada de la campana.

Una sombra de laurel en cada plato, Ceferino.

¡Ceferino! Tu madre es un cordero en un pozo a la que dejaste agonizar
en el parto.

¡Ceferino! Tu madre tiene un cuello de cristal en el útero.

La hoja de laurel que dejo junto al plato tiene el peso de un bosque, frío, la luz. Es una huella donde apoyar la mirada para que no te quedes mirando el plato vacío. Eso es lo que había para vos. Un pan viejo, un vaso de agua. Un poco de miel. Té en la noche. Y el peso del olvido sobre lo que queda de tus huesos. El arca rota de la memoria con una deriva perfecta: la de hundirse...

Yo tengo el duro ejercicio de recordar tu nombre. De soplarlo al oído, en la noche. La brisa del sueño es áspera, tiene murmullos de viejas antiguas que te desearon con ardor silencioso. Esa brisa también recoge de mi boca tu nombre y lo esparce. Te encontré en el centro del silencio, en
un ayuno.

Tenías el peso de unas plumas apenas. Descansabas hacía mucho. Tus
huevos se habían ahuecado, y habían formado dos colmenas de miel. ¡Eso! ¡Llenas de abejas!


*  

Esta es la historia 
de la aparición

de un Cristo loco,
(sueño y horror!!)

eran las navidades,
las navidades en San Miguel,

apareció una sombra 
por los platos,

bajo el agua tibia 
de los caldos y del vino, 
del agua (Ceferino) 
y de los huesos.


*

Una mala memoria está escrita con alaridos.


*

Este Cristo,
cuando mi padre lo entraba, 
dijo: poneme un nombre nuevo.

Y se desplomó.

De sueño.

De agonía.

Y le puso Ceferino.

Y ya era Ceferino.

Pero esa noche alcanzó a soñar unos segundos. Y fue muy leve.

Soñó que era una pluma...
Cayendo 
por un hueco.
Una pluma 
de pichón
por el hueco del ascensor.
El hueco de un ascensor soñado en la casa del campo, en el eco de una lejanía: las civilizaciones chocando en el aire. El rugido de dos leones chocando en el aire. Los cristianos contra el muro. El rugido contra el muro. Dijo: “si todo explota yo salvo las campanas”.



¿Quién lava su pelo en el río?

(¿O lava al río con sus pies?)

Aguas mansas
que llegan secas a sus pies,
y se mojan en la tarde,
al pie de un sauce, recobran el agua
del llorón. Así son las aguas
del diluvio, preservan el calor, el vapor amargo
en la superficie, un bracito
del Paraná por el curso del arroyo
hasta San Miguel,
donde está extendido su callo
de mortaja. En una casa blanca.

*

La fuerza
del roble que no pueden voltear

La fe de un paraíso talado, de un sauce llorón talado, 
de un quebracho talado,

las raíces rotas:
las alas rotas del hornero,

la tierra en su ancho talón


*

A los tres días todo parecía natural, Ceferino. Apareciste.

Ningún nombre se sostiene en el tiempo, pronto te llamarán Sixto, Juan, pensé.

Rozarse los bordes hacia el imán de la boca que Nombra.

La respiración de Ceferino proviene de su mirada: vio todo.

Vio bajo el agua.

Vio entre el fuego.

Oyó también los gemidos, los llantos y el placer.


*

Porque todo se imantó, 
y las colillas mismas del sueño 
rajaron hacia La Fuerza.

Estaba soñando, y la cola del sueño espantaba las moscas. Y mi hermano Pedro esa noche se transformaba en mesa. Porque la llegada de Ceferino produjo una secuencia de cambios, algunos casi imperceptibles. ¿Cómo se transforma en mesa? Primero se transforma su carne en pan, en la misma cama donde duerme. Ahí mismo se va llenando de moscas. Lo llevan a la mesa. Y el espíritu de mi hermano queda en la mesa. En la mesa donde Ceferino parte y multiplica los panes para el resto queda fundido su espíritu. Y ponen una Biblia sobre esa mesa.

(Del libro: Poesía mundial,
1998-2018-.Edic.Neutrinos,
2025)

Martín Rodríguez 


Martín Rodríguez nació en Buenos Aires en 1978. Publicó los libros de poesía Agua negra (Siesta, 1998; Gog y Magog, 2008), Natatorio (Siesta, 2001), El conejo (Del Diego, 2001), Lampiño (Siesta, 2004; Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes, 2003), Maternidad Sardá (Vox, 2005), Paniagua (Gog y Magog, 2005), Vapor (Vox, 2007),Para el lado de las cosas sagradas (El niño Stanton, 2009), Paraguay (Vox, 2012), Ministerio de Desarrollo Social (Determinado Rumor, 2012; Mansalva, 2018) y Balada para una prisionera (Caleta Olivia, 2023). Publicó el libro de ensayos políticos Orden y progresismo: Los años kirchneristas (Siglo XXI, 2014). Es coautor de La grieta desnuda: El macrismo y su época (Capital Intelectual, 2019) y compilador de ¿Qué hacemos con Menem? Los noventa veinte años después (Siglo XXI, 2021), ambos junto a Pablo Touzon, con quien también fundó la revista Panamá en el año 2013. Poesía mundial reúne veinte años de poemas publicados entre 1998 y 2018.

Pueden leer más poemas en entradas anteriores.


 

miércoles, 30 de octubre de 2019

CAMORRA


























Los árboles, los árboles, los árboles,

Los niños, los niños, los niños.
Los camorreros, la saliva, la rabieta,
desnudos junto al fuego...

El fuego, el fuego, el fuego.
Hay que leer el mundo.



PALO

Vuelve a la Normalidad el Caos Original…
Al primer niño lo hallaron sólido, abrazado a un palo.
Sentado de espaldas a un hormiguero,
recitando estos versos:
“El mundo se acabará.
No se encontrará el secreto.”

(De: Paraguay)

CALCIO

No me conocía hasta que vi el árbol sin mi camisa, 
con su rama estirada
besando la tierra, como inclinada
ante el sol
desnudo de la tarde
en que todos los pelos se soltaron
de sus cabezas, y todas
las piedras soltaron sus pelos,
y todos los huevos soltaron sus pelos,
y la tierra ardió frente a mi camisa que ya tenía puesta,
blanca,
triunfal,
con su anillo de agua sofocada en los tembladerales del sol:
a la velocidad de la luz
el blanco de las cosas, Calcio, tomó
su lugar: no los dientes, ni la leche,
ni las tetillas, ni los huesos, ni el cristal, ni el carbón,
ni el semen, simplemente
el calcio fue un aura en la pequeña cabeza de Niño,
en su alma inclinada ante la rama que sostuvo su camisa
primera, de hombre, en el atardecer del río.

(De la página: 
Las afinidades electivas)

Martín Rodríguez





Martín Rodríguez. Poeta argentino, nacido en Buenos Aires, en 1978. Tiene los siguientes libros publicados: Agua Negra, Editorial Siesta, 1998; Natatorio, Editorial Siesta, 20900, El Conejo, Ediciones del Diego, 2001; Lampiño, Editorial Siesta, 2004 ; Maternidad Sardá, Vox, 2005; Paniagua (gog y Magog, 2005); Vapor (Vox, 2007); Para el lado de las cosas sagradas (Stanton, 2009); Ministerio de Desarrollo Social (Determinado Rumor, 2013; reeditado por Mansalva, en 2018); y Paraguay (Vox, 2013). Es periodista y autor de ensayos políticos.  Es uno de los referentes a la segunda generación de poeta de los “noventa”. Mantiene un blog desde 2006: revolución-tinta-limon.blogspot.com.ar



lunes, 28 de octubre de 2019

LAMPIÑO


















Primera parte

decirlo desde el principio:
al final las guerras (las guerras familiares,
o las guerras de guerrilla)
de la casa hacen un templo
que pronto decide su expulsión
en consenso de espíritus:
lampiño queda afuera. y antes de irse promete
decir unas palabras, y va hasta el río
             de las palabras lujosas,
a la orilla donde duerme, su amigo,
             el cristiano layo,
a pescar algo menos vulgar que
            lo que tiene a mano,
y qué pesca?
nada (con mala leche empieza)
todo sigue ahí, intacto,
en su cabeza, sin significado.



hace un rato pasó un chancho perseguido por un pato,
hace un rato que brotó la tristeza con su nube prolija,
hace un rato que anda por el pago chico
y por la vecindad desierta de claveles
lampiño en patas, lampiño el del sueño crecido,
lampiño el de la margarita en el pecho,
y una ridícula predicción floral:

«crecerá en la herida del bautismo
su nupcia secreta»



el rocío rocía,
el pasto se empasta y entrega
una lechuga abierta, cada cual da lo suyo y más,
el campo siempre ofrece transparencia,
su oleaje matinal golpea la puerta (¡toc toc!)
lampiño abre:
es la mañana
metafísica,
la abstracción de dormir aguada
en un incipiente resplandor,
reverdece de su sueño la mente
es matinal,
la mente necesita dar a luz,
pero en lampiño la voluntad no es transparente: se ofrece
a cambio, se ofrece
y al fin abre los ojos
por una moneda de oro gratis: un sol...



lampiño pasa la noche solo,
y como a la luz mala se le ocurre resplandecer
en una risa fosforescente,
no está de más preguntarse:
¿de qué se ríe? ¿de la gracia
que le dan las despedidas?
¿de las risas de los grillos en las peñas?
¿o del candor del ukelele tocado
sucesivamente por las únicas tres niñas sanas
de su casa...?
hay una luna que se parece a un diente...
porque la noche es una encía, y la boca
cuelga de un hilo dental,
lampiño: tu estrella flota en el eco,
un agujero luminoso
que de pronto sopla:
es la respiración de una ballena blanca

lampiño:
(lactántrico furioso del destete
que se lame el muñón) aprende
de los perros, de los gallos
‘la rabia es la conciencia etérea de una riña’




Segunda Parte

 el campo de batalla es una cristalería,
una casa de música clásica,
y el grito de los tordos que tapan los tiros
para reivindicar la naturaleza en todo esto,
y las voces de una vieja relatando
hasta precipitarse la leche en la olla,

lampiño es el ojo-mirilla en el callo
de la piedra del escándalo, para él
un sol de agua, un mate de leche,
y la luna de día es la claridad suficiente,
la claridad que ninguna palabra contiene...
con botas de goma
entra al campo a tocar los muertos
sus pies fríos,
el cuello de cristal del útero
que llevaba una criatura diabla, dice,
que retuvo su cola adentro y no nació



lampiño es el testigo mudo
del amor ajeno, una lágrima
por el metal que cubre
sus ojos, el motor
de los bebederos,

agua arrugada
que suda el sarro
después de años asoma
su chorrito, guaso, su guadaña
entre las piedras, una sonrisa
a la intemperie



. (canta)

esta música da sombra,
el barullo de los muertos,
el tumulto de los muertos en las sombras,
hay que llevar flores ahí, a la sed de los muertos,
piden agua porque piden su disolución,
y no siempre se puede llenar el silencio del hueso,
yo me detengo para oír el río, la tierra
            colorada, el viento
en los árboles a la orilla, la hoja del sauce
           que cae para apagar su sed...
y siento que por ese momento tengo raíz, tengo sed,
tengo mi árbol de ciruela, una sombra donde dormir.
  

(Fragmentos del libro:
 Lampiño, Ed. Siesta, 2004)

Martín Rodríguez (Buenos Aires, Argentina, 1978)






sábado, 15 de enero de 2011

La casa de madera



















La casa sólo de madera. Todo, todo.
Madera pino quebracho algarrobo
Y sauce llorón al pie del río. Un pucherito
al pie de la luz y el rio. Una hoja lenta en el aire donde
temblar, si hace falta. Esa es la casa.
Uno a uno todo hachado en el monte.
Ir y volver, ir y volver con la carga en la sangre.
Hachar tanto hasta quebrar la raíz de uno. Y recién ahí
una casa de madera.

(De Paniagua, Gog y Magog,2005)


Martín Rodríguez (Buenos Aires, Argentina, 1978)





miércoles, 30 de julio de 2008

AGUA NEGRA (Fragmentos)


estaban dando un discurso por televisión
la abuela miraba la tele
con los ojos fijos,
imaginé que lloraba,
habíamos dejado de comer en el patio
papá miraba fijo el plato, hubo
una discusión fea: mamá gritó papá gritó
cada vez que gritaban
yo iba al baño y ponía la oreja
en el piso para sentir
el ruido de las cañerías,
todo lo que me gustaba
empezaba a ser secreto.
en silencio en el patio sentados
y empezó a llover,
cada uno miró la lluvia golpear
el cuerpo y los objetos, la lluvia
hace de cada escena una sola contemplación,
papá ordenó
entrar cada cosa,
la cubetera se mojó
yo escuchaba el crujido de los hielos
desprender por dentro
pensé en nosotros
y los tiré al piso
esperaba que se hagan agua
y se junten de nuevo
una única escena unida por la lluvia
en el patio
a oscuras

como los perros
que se lamen entre ellos al lado de las bolsas
de basura junto a los árboles,
esas familias de perros
sin hogar y sus dolores cada noche
mientras caminan en el frío
o en el simple sueño de atacar y morder
esos perros solos
se juntan en una sombra grande
del tamaño de una casa

arrastré el cuerpo del perro, lo puse
sobre un auto
lo rocié con el bidón
de nafta
y encendí un fósforo en el cuerpo pelado,
no quiero sobrevivir a ninguna muerte más,
el fuego toma a veces formas
de mujer con los brazos extendidos,
se te queman las alas
yo te las veía
el viento va a arrastrar
las cenizas por la calle
va a guardar cenizas,
la muerte reduce así
y limpia
¿sabrán arriba qué hacer
con vos?
te van a buscar el corazón
pero yo te lo arranqué antes
lo tengo en una caja
con las porcelanas chinas
y las monedas viejas que me regaló papá,
el humo sube se cuela
por las fisuras del cielo
sale de tu cuerpo
se mueve en el aire,
lo que parecía una ruina
tiene un alma que ahora
toco
solo yo

abrí la olla oxidada
mi cabeza enlatada cocinándose al fuego
carne blanda, no me revuelvas
más, el alma
está en otra parte, no en la cabeza
no en un extremo tocable
sino en la unión del miedo con la respiración indispensable
en la boca,
me enseñaron a levantarme en dos patas
o a levantar una sola y a
retroceder y temblar guardar los dientes, mira mi cuerpo
espacio durísimo
que guarda blanda
agua en descomposición
revolvelo
no conoció nunca la altura perfecta de un sueño

¿de qué murió la mariposa azul apoyada en tu frente
durante la tarde?
¿de qué murió el viejo de la guitarra
que cantaba 'pase al reino'?
¿y la niña del vestido negro sostenida por un sueño?
-todos murieron de muerte natural, respondía la madre,
fueron agotados en su propio fuego-
y agregaba
—los que descubrieron un mar están ahogados
o tienen el alma demasiado profunda—

a cada animalito mamá, decía el niño,
a la cotorra al tigre al lobo a la tortuga
le conocemos la saliva el asma la caricia.
lo que más conocemos, respondía la madre,
es la descomposición:
cuando los ojos se le vuelven amarillos
y se devoran unos contra otros,
respondía la madre
de dulces ojos amarillos
la madre con dientes filosos

¡mamá! ¡mamá! ¡te estás comiendo los grillos
las cascaras de nuez que te regalé!
las calentaste y te las comés ¡mamá!
¡dejame un grillo vivo, uno solo!
yo quiero aprender
voy a aprender si querés todo
a besar sin piedad
a decir mi cuerpo no fue tuyo
¿por qué tu pelo recuerda un
bosque?
¡mamá! ¡los grillos te van a comer
la luz por dentro!

yo vi esa nena que cortaba la flor
blanca del cantero y se levantaba el vestido
y se ponía la flor dentro
de la bombacha y después
caminaba como un angelito
muda y me hacía temblar
yo tengo esa imagen
una luz atada al párpado,
puedo borrar lo que escribo en una hoja
con una goma o tacharlo
pero la nena levantándose el vestido
no, es como si me hubiesen abierto
la cabeza y puesto
una cajita musical con esa imagen en el interior
girando sobre la música
la muñeca bajándose la bombacha
poniéndose la flor
blanca
………………………………………………………………
el sentido de la palabra casa no lo podés
cambiar
la casa en su sentido
de juntarnos, mamá,
es la palabra que no me podés quitar
de adentro, el sentido de la casa
es estar juntos, si
se destruye
lo que queda es agua negra,
el espacio que nos abandonamos.
lo que la casa hizo de nosotros
nos dejó un agujero
lo que la palabra
hizo fue destruir, lo que el sentido
que dimos a la palabra casa
destruyó es lo que une:
cuerpos entre piezas de una casa
cuando se cierra el sentido, así siempre:
girar en el principio ¿si? ¿es así
mamá? el silencio cuando
se cierra el sentido
acaba con los que se querían,
lo que la casa hizo de nosotros, lo que
la palabra casa creó como origen
es agua negra en nosotros:
nos daba el sentido como refugio
y se pudrió





Martín Rodríguez (Buenos Aires, Argentina, 1978)



IMAGEN: Fotografía de Adriana Lestido.