Mostrando entradas con la etiqueta Rainer Maria Rilke. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rainer Maria Rilke. Mostrar todas las entradas

domingo, 13 de diciembre de 2009

Carta VIII




Borgeby gard, Fladie (Suecia), 12 de agosto de 1904

Quiero volver a hablarle un momento, querido Señor Kappus, bien que casi nada puedo decir que sea eficaz, siquiera algo útil. Usted ha tenido muchas y grandes tristezas, que han pasado ya. Y dice que también este pasaje fue para usted arduo y destemplado. Por favor, compruebe, más bien, si aquellas grandes tristezas no atravesaron en lo profundo de usted; si no cambiaron en usted muchas cosas; si usted en alguna parte, en cualquier parte de su ser, no se transformó mientras estaba triste. Solamente son peligrosas y malas aquellas tristezas que se llevan a sofocar entre la gente; como las enfermedades que, tratadas de manera superficial y necia, sólo se retiran para declararse, después de breve pausa, más terribles; y que se acumulan dentro, y son vida, son vida no vivida, desdeñada, perdida, por la que se puede morir. Si nos fuese posible ver más allá del término a que alcanza nuestro saber, y aún algo más allá de las avanzadas de nuestros presentimientos, tal vez sobrellevaríamos nuestras tristezas con mayor confianza que nuestras alegrías. Pues aquellos son momentos en que algo nuevo, algo desconocido ha entrado en nosotros; nuestros sentidos enmudecen sobrecogidos de temor; todo en nosotros se retrae; se produce una tregua y lo nuevo, lo que nadie conoce, se yergue en medio y calla.
Creo que casi todas nuestras tristezas son momentos de tensión, que a modo de parálisis experimentamos porque ya no percibimos el vivir de nuestros enajenados sentidos. Porque estamos solos con lo desconocido que ha entrado en nosotros; porque nos han quitado por un instante todo lo familiar y habitual; porque nos hallamos en medio de un tránsito en el que no podemos permanecer. Es por eso que también la tristeza pasa; lo nuevo, lo agregado, ha entrado en nuestro corazón, ha ido a su cámara íntima, y ya tampoco está allí...está ya en la sangre. Y no llegamos a enterarnos de lo que fue. Se nos podría hacer creer fácilmente que no ha acontecido nada, y sin embargo nos hemos transformado como se transforma una casa en la que ha entrado un húesped. No podemos decir quién ha venido; quizá no lo sepamos nunca; pero por muchos indicios conocemos que lo futuro ha entrado de esa manera para transformarse dentro de nosotros mucho antes que acontezca. De ahí que sea tan importante estar solitario y atento cuando se está triste: porque el instante aparentemente en blanco, inmóvil, en que nos penetra nuestro futuro, se encuentra mucho más cerca de la vida que aquel otro momento ruidoso y casual en que él nos acontece como desde fuera. Cuando más serenos, sufridos y francos somos en nuestras tristezas, tanto más profunda y decididamente entra en nosotros lo nuevo, tanto mejor lo asimilamos, tanto más será nuestro destino; y un día, cuando "se realice" (es decir: cuando de nosotros pase a los otros), lo sentiremos en lo íntimo afín y cercano. Y esto es necesario. Es necesario - y a ello tenderá paulatinamente nuestro desarrollo- que nada extraño nos acontezca si no es aquello que nos pertenece desde largo tiempo. Repetidas veces fue preciso rever las nociones sobre el movimiento; también se
aprenderá, poco a poco, que lo que Ilamamos destino sale de los hombres, no que entra en ellos desde fuera. Sólo porque no absorbieron su destino ni la transformación en sí mismos mientras estaba en ellos, es por lo que tantos hombres no reconocieron lo que de ellos salía: les era tan extraño, que en su oscuro espanto pensaban que acababa de entrar en ellos, pues juraban no haber hallado antes, en sí, nada parecido. Así como se estuvo mucho tiempo en engaño sobre el movimiento del sol, se engaña uno todavía sobre el movimiento del porvenir.
Lo futuro está fijo, querido Señor Kappus, pero nosotros nos movemos en el espacio infinito.
¿Cómo no habríamos de tener dificultades?
Y si volvemos a referirnos a la soledad, deviene cada vez más claro que ella, en el fondo, no es nada de lo que se puede tomar o dejar. Somos solitarios. Uno puede acerca de esto ilusionarse y hacer como si no fuera así. Eso es todo. Pero cuánto mejor es reconocer que lo somos; aun más: partir de ahí. Ciertamente, entonces sucederá que experimentaremos vértigo, pues todos los puntos en que nuestros ojos solían descansar, nos son quitados; nada hay ya cercano, y todo lo lejano lo es infinitamente. Quien fuese transportado, casi sin preparación ni transición, desde su cuarto a la cúspide de una gran montaña, sentirá algo parecido; una inseguridad sin igual, un estar a la merced de algo indecible lo anonadará; se imaginará estar cayendo, o se creerá lanzado al espacio o estallado en mil pedazos: ¿qué mentira enorme tendrá que inventar su cerebro para recobrar sus sentidos y serenarlos? Así cambian todas las distancias, todas las medidas para aquel que se vuelve solitario; de estos cambios, muchos acaecen de improviso, y como en el hombre de la montaña, nacen entonces figuraciones extraordinarias y sentimientos extraños que parecen desarrollarse hasta superar todo lo soportable. Pero es menester que también vivamos esto. Tenemos que aceptar nuestra existencia tan ampliamente como sea posible Todo, aun lo inaudito, debe ser posible en ella. En el fondo, el único valor que se nos exige es: ser animosos ante lo más extraño, prodigioso o inexplicable que pueda acaecernos. Que los hombres hayan sido pusilánimes en este sentido ha hecho infinito daño a la vida; los sucesos denominados "fenómenos", la totalidad del Ilamado "mundo de lo sobrenatural", la muerte, todas estas cosas que nos son tan afines, han sido tan reprimidas, tan alejadas de la vida por un rechazo cotidiano, que los sentidos con que podíamos aprehenderlas se han atrofiado. De Dios, no hablar. Pero e! temor a lo inexplicable no sólo ha hecho más pobre la existencia del individuo; también las relaciones entre un ser humano y otro han sido limitadas por él, y por así decirlo, desviadas del cauce de las infinitas posibilidades hacia un lugar yermo de la orilla, al que nada ocurre. Pues no es únicamente la desidia lo que: hace que las relaciones humanas se repitan de caso en caso indeciblemente monótonas Y no renovadas: es el temor a toda vivencia nueva, imprevisible, a la que uno se considera incapaz de afrontar. Pero sólo quien está apercibido para todo, quien nada excluye, ni aun lo más enigmático, sentirá las relaciones con otro ser como algo vivo, y agotará por sí mismo su propia existencia. Porque si nos figuramos esta existencia del individuo como un aposento, grande o pequeño, se manifiesta entonces; que los más de ellos no conocen sino un rincón de su aposento, un lugar ante la ventana, una franja por van y vienen. Así tienen alguna seguridad. Y sin embargo es mucho más humana aquella inseguridad llena de peligros que impulsa a los cautivos, en las historias de Poe, a palpar las formas de sus terribles mazmorras y a no quedar ajenos al indescriptible espanto de estar en ellas. Pero nosotros no somos cautivos. En torno nuestro no hay preparadas trampas ni lazos, y nada hay que nos atemorice o atormente. Hemos sido puestos en la vida como en el elemento a que estamos mejor condicionados, y además, por adaptación milenaria, hemos llegado a ser tan parecidos a ella, que si permanecemos inmóviles apenas nos diferenciamos, por un feliz mimetismo, de cuanto nos rodea. No tenemos ningún motivo de recelo contra el mundo, pues no está contra nosotros. Si él tiene espantos, son nuestros espantos; si tiene abismos, estos abismos nos pertenecen; si hay en él peligros, debemos procurar amarlos. Y si organizamos nuestra vida con arreglo al principio que nos aconseja atenernos siempre a lo difícil, entonces aquello que todavía nos parece lo más extraño nos resultará lo más familiar y fiel. ¿Cómo podríamos olvidar los viejos mitos vigentes en el origen de todos los pueblos; los mitos de aquellos dragones que en el momento culminante se tornan princesas? Todos los dragones de nuestra vida tal vez sean princesas que sólo esperan vernos un día, hermosos y atrevidos. Tal vez todo lo terrible no sea, en rigor, sino lo inerme, lo que requiere nuestra ayuda.
Así, querido señor Kappus, no debe alarmarse cuando una tristeza se eleve ante usted, tan grande como nunca haya visto; cuando una turbación pase como luz o sombra de nubes sobre sus manos y sobre todo su hacer. Debe pensar que algo en usted se verifica, que la vida no lo ha olvidado Y que lo tiene en la mano; ella no lo dejara caer. ¿Por que excluir de su vida una inquietud, un dolor, una melancolía, puesto que no sabe cómo trabajan en usted esos estados de ánimo? Por qué acosarse con la pregunta: ¿de dónde puede provenir todo eso y a dónde quiere ir? Pues usted bien sabe que se encuentra en evolución y que nada deseaba tanto como transformarse. Si alguno de sus procesos es enfermizo, piense que la enfermedad es el medio por el cual un organismo se libra de lo extraño; es preciso, entonces, ayudarlo a estar enfermo, a tener íntegramente su enfermedad y a hacer que ella irrumpa, pues esto constituye su progreso. En usted, querido señor Kappus ocurren ahora tantas cosas! Debe usted ser sufrido como un enfermo y confiado como un convaleciente; porque quizá sea usted ambas cosas. Más: usted es también el médico que ha de vigilarse. Pero en cada enfermedad hay muchos días en que el médico no puede hacer más que esperar. Y esto es lo que, sobre todo, tiene usted que hacer ahora, en tanto que es su propio médico. No se observe demasiado. No extraiga conclusiones precipitadas de lo que le ocurra; déjelo ocurrir, simplemente. De lo contrario usted Ilegará con demasiada facilidad a considerar con reproches (esto es: en sentido moral) su pasado, el cual, naturalmente, es parte en todo lo que ahora le sobreviene. Aquello de los errores, deseos y anhelos de su mocedad, que actúa en usted, no es, sin embargo, lo que usted recuerda y condena. La insólita situación de una infancia en soledad y desamparo es tan penosa, tan complicada, está a la merced de todas las relaciones reales de la vida, que allí donde entra un vicio no se lo puede Ilamar ligeramente, vicio. Por lo general, hay que ser muy cuidadoso con los nombres; a menudo el nombre de un crimen es el motivo por el cual se rompe una vida; no la acción misma, sin nombre y personal, que acaso fue, de esa vida, una necesidad determinada que pudo haber sido incorporada por ella sin dificultad. Y el consumo de energías le parece grande solo porque usted encarece la victoria; lo que usted cree haber conseguido no es lo grande, si bien tiene razón en su sentir; lo grande es que ya había allí algo que a usted le fue permitido poner en lugar de aquella superchería; algo verdadero y real. Sin esto, su victoria habrá sido una reacción meramente moral, sin mayor significación; pero así ha llegado a ser una parte de su vida. De su vida, querido señor Kappus, por la cual formulo mis mejores votos. ¿Recuerda cuánto esa vida envidió, desde la niñez, a los "grandes"?
Veo cómo ahora ansia partir de los grandes hacia los más grandes. Por eso es que ella no cesa de ser difícil, pero -por lo mismo-tampoco cesará de crecer.
Y si aún tengo que decirle alguna cosa, es ésta: no crea usted que quien trata de confortarlo viva sin fatigas entre las palabras simples y reposadas que a usted a veces lo alivian: su vida está llena de trabajo y tristeza, y queda muy atrás de ellas. Pues si fuese de otra manera, él nunca habría podido hallarlas.

Su
Rainer María Rilke

de: (Cartas a un joven poeta
-1929-)

(Traducción: Luis Di Iorio
y Guillermo Thiele)


Rainer Maria Rilke (Praga, 1875 - Valmont, 1926) Escritor checo en lengua alemana. Fue el poeta en lengua alemana más relevante e influyente de la primera mitad del siglo XX; amplió los límites de expresión de la lírica y extendió su influencia a toda la poesía europea. Después de abandonar la Academia Militar de Mährisch-Weiskirchen, ingresó en la Escuela de Comercio de Linz y posteriormente estudió historia del arte e historia de la literatura en Praga. Residió en Munich, donde en 1897 conoció a Lou Andreas-Salomé, quince años mayor que él, y que tuvo una influencia decisiva en su pasaje a la madurez. Decidido a no ejercer ningún oficio y a dedicarse plenamente a la literatura, emprendió numerosos viajes. Visitó Italia y Rusia (en compañía de L. Andreas-Salomé), conoció a L. Tolstoi y entró en contacto con la mística ortodoxa. En 1900 se instaló en Worpswede y un año después contrajo matrimonio con la escultora Clara Westhoff, con la que tuvo a su única hija, Ruth, y a cuyo lado escribió las tres partes del Libro de horas. Tras su separación, se instaló en París donde durante ocho meses trabajó como secretario privado de Rodin. Allí compuso Canto de amor y muerte del alférez Cristobal Rilke, y posteriormente Los cuadernos de Malte Laurids Brigge. Aquejado por una crisis interior empezó de nuevo a viajar mucho, a África del Norte (1910-1911) y a España (1912-1913). En 1911 y 1912, invitado por la princesa Marie von Thurn und Taxis, residió en el castillo de Duino (Trieste), escenario en el que surgieron las que denominó precisamente Elegías de Duino. Durante la Primera Guerra Mundial vivió la mayor parte del tiempo en Munich. En 1916 fue movilizado y tuvo que incorporarse al ejército en Viena, pero pronto fue licenciado por motivos de salud. De esos años es la intensa relación amorosa con la polaca Baladine Klossowska, madre de P. Klossowski y del pintor Balthus, presuntos hijos naturales nunca reconocidos por el poeta. Tras la guerra residió en Suiza y en 1922 vivió en el castillo de Muzot, donde finalizó las Elegías. Murió de leucemia, tras una larga y dolorosa agonía, en el sanatorio suizo de Valmont. Los cuadernos de Malte Laurids Brigge (1910), la única novela de Rilke, fue escrita a modo de diario y describe con la agudeza de un diagnóstico los contrastes sociales en París, la pobreza y la destrucción. La gran urbe provoca a Malte, el último descendiente de una gran familia danesa, el miedo absoluto. Enfermedad y finitud son en esta obra temas recurrentes. A la muerte deshumanizada y masificada, típica de la gran ciudad, Rilke opone la muerte individual y propia, que está representada por el recuerdo de un antepasado de Malte. Las evocaciones de infancia tienen un carácter redentor, igual que el tema del amor que, junto al de la muerte, constituye el otro gran tema del libro. El amor no correspondido, que perdura como deseo, deja abierto el final de la novela que desemboca en una reelaboración de la parábola del hijo pródigo. Estas mismas cuestiones reaparecen en su obra lírica Libro de horas (1905) formada por los títulos Libro primero, el libro de la vida monástica; Libro segundo, el libro de la peregrinación; Libro tercero, el libro de la pobreza y de la muerte que remite a las antologías medievales de plegarias privadas. La forma artística de la plegaria le sirve para abandonar la lírica de sentimientos propia de Canto de amor y muerte del alférez Cristóbal Rilke y experimentar con imágenes nuevas que, mediante traslaciones sensuales y visuales, amplían las fronteras del lenguaje. En el Libro de las imágenes (1902-1906) se aprecia una tendencia hacia la objetualización de las imágenes evocadas y hacia la observación detallada. Sin embargo, esta precisión no va en detrimento de la dimensión universal y parabólica del momento captado. Pero el giro decisivo hacia lo objetual se produce con la colección publicada con el título Nuevos poemas (1907-1908). Domina aquí la perspectiva observadora del "poema-cosa" y Rilke deja de hablar de la obra de arte para hacerlo de la "cosa de arte", que ha de existir por sí misma, distanciada y liberada del "yo" subjetivo del autor. La poesía ya no es una confesión y se convierte en un objeto que remite sólo a sí mismo. Esta nueva orientación de la poesía rilkeana se debe, en gran parte, al descubrimiento de la obra de Rodin, pues, para el poeta, el escultor francés significaba la alternativa a los excesos intimistas del arte. Siguiendo el modelo de Rodin, proclamará como divisa de su poetizar el "convertir la angustia en cosas" o lo que es lo mismo: el mundo interior se exterioriza a través de los objetos. Sus dos últimas obras, las Elegías de Duino (1923) y los Sonetos a Orfeo (1923) suponen otro cambio radical en su concepción poética. Se apartan tanto de la inicial lírica de sentimientos como de la objetualidad de los "poemas-cosa" posteriores. Tampoco parece que sea posible transformar la angustia en cosas. Tras una larga etapa de crisis en la que el escritor incluso se plantea la posibilidad de dejar la poesía, publica unos poemas de cariz existencial que son una interpretación de la existencia humana. Las Elegías de Duino buscan la definición del ser humano y su lugar en el universo, así como la misión del poeta que en esta obra desarrolla un mundo cerrado en sí mismo de imágenes y símbolos, cargados de recuerdos y de referencias autobiográficas. Utiliza el ritmo dactílico de la tradición elegíaca alemana, tal como lo habían empleado Goethe y Hölderlin. El ciclo de las Elegías, una de las obras más herméticas de la literatura alemana del siglo XX, parte de la lamentación para arribar hasta la dicha. Se inicia con la experiencia del ángel terrible separado del hombre por un abismo para llegar a la posibilidad del acercamiento humano a lo angélico. Es el poeta quien lleva al mundo angélico, liberándonos así del mundo interpretado. Pero para ello es preciso recorrer un largo camino en el que son claves los moribundos, los animales, los amantes y los niños. Todos ellos parecen figuras capaces de sustraerse al mundo cerrado del hombre, orientado hacia la muerte. El júbilo final de las dos últimas elegías muestra una nueva vida que consigue crear un ámbito común con la muerte, una alegría que se funde con el dolor. Los Sonetos a Orfeo, aunque formalmente son más abiertos y variados que las Elegías, están temáticamente ligados a éstas. También aquí la determinación de la existencia humana lleva a los límites de lo que es posible expresar en palabras. En ellos están presentes imágenes, simbolismos, recuerdos y elementos autobiográficos que remiten a las Elegías, y no en vano fueron definidos por el poeta como un "regalo adicional" surgido simultáneamente con el impulso de los grandes poemas.

sábado, 8 de agosto de 2009

CARTA I

París, 17 de febrero de 1903

Estimado señor:


Acabo de recibir su carta. Debo agradecerle su amplia y fina confianza. Apenas puedo hacer más. No me referiré al estilo de sus versos, porque toda preocupación crítica me es ajena. Por otro lado, para enfrentar una obra de arte nada es peor que los términos de la crítica. Estos no conducen sino a malentendidos más o menos felices. Las cosas no son para ser dichas o entendidas en su totalidad, como quieran hacérnoslo creer. Casi todo lo que ocurre es inexpresable y se cumple en una región donde jamás ha hollado palabra alguna. Y más inexpresables que nada son las obras de arte, esas entidades secretas en las que la vida no termina y que superan la nuestra, que pasa.
Dicho esto, sólo puedo agregar que sus versos no son testimonio de un estilo propio. Contienen apenas gérmenes de personalidad, aunque tímidos y aún encubiertos. Sobre todo, lo he sentido en el último poema: Mi alma. Ahí, algo propio busca encontrar su salida y forma. Y a todo lo largo del poema A Leopardi se halla una especie de parentesco con ese príncipe, este solitario. Sin embargo, sus poemas carecen de existencia propia, de independencia, ni siquiera el último, ni siquiera el dedicado a Leopardi. La amable carta que los acompañaba no ha dejado de explicarme varias insuficiencias, que había sentido al leerlo, sin que pudiera darles, a pesar de todo, un nombre.
Usted pregunta si sus versos son buenos. Usted me lo pregunta. Ya lo ha preguntado a otros. Usted los envía a revistas. Usted los compara con otros poemas y usted se alarma cuando algunas redacciones descartan sus ensayos poéticos. En lo sucesivo (ya que me permite aconsejarlo) le suplico renuncie a todo eso. Su mirada está dirigida hacia afuera; sobre todo, es lo que debe evitar en lo sucesivo.
Nadie le puede dar consejo o ayuda. No hay más que un solo camino. Entre en usted mismo, busque la necesidad que lo obliga a escribir: examine si sus raíces penetran hasta lo más profundo de su corazón. Confiésese a usted mismo: ¿moriría si le estuviese vedado escribir? Sobre todo esto: pregúnteselo en la hora más silenciosa de la noche: "¿verdaderamente me siento apremiado para escribir?". Hurgue en sí mismo hacia la más profunda respuesta. Si es afirmativa, si puede enfrentar una pregunta tan grave con un fuerte y simple: "Debo", entonces construya su vida de acuerdo con esta necesidad.
Su vida, hasta en sus momentos más indiferentes, los más vacíos, debe convertirse en signo y testimonio de tal impulso. Entonces, acerqúese a la naturaleza. Intente decir, como si usted fuera el primer hombre, aquello que usted ve, vive, ama, pierde. No escriba poemas de amor. Evite de inmediato los temas más comunes: son los más difíciles. Ahí donde las tradiciones se han manifestados seguras, numerosas, a veces brillantes, es donde el poeta debe aguardar la madurez de su fuerza. Huya de los grandes temas, escoja los que la cotidianeidad ofrece. Diga sus tristezas y deseos, los pensamientos que lleguen a su cabeza, su fe en una belleza. Diga todo esto con una sinceridad íntima, tranquila y humilde. Use para expresarse las cosas que lo rodeen: las imágenes de sus sueños, los objetos de sus recuerdos. Si su cotidianeidad le parece pobre, no la culpe. Cúlpese a sí mismo de no ser lo suficiente poeta para encontrar sus riquezas. Para el creador nada es pobre, no hay lugares pobres ni indiferentes. Aún si estuviera en una prisión donde los muros acallaran todos los ruidos del mundo, ¿no podría recurrir a esa infancia, esa preciosa, esa imperial riqueza, ese tesoro de recuerdos? Envíe allá su espíritu. Intente sacar a flote las impresiones sumergidas en ese vasto pasado. Se fortalecerá su personalidad, su soledad se poblará y se convertirá en una morada en las horas inciertas del día, cerrada a los ruidos del mundo. Y si de ese regreso a usted mismo, de esa inmersión en su propio mundo, vienen a usted los versos, entonces usted no soñará con preguntar si son buenos esos versos. No tratará de interesar a las revistas en esos trabajos, porque usted disfrutará como de una posesión natural, que le será querida como uno de sus modos de vida y expresión.
Una obra de arte es buena cuando nace de la necesidad. Es la naturaleza de su origen quien la juzga. Así, estimado señor, no tengo para usted otro consejo que éste: intérnese en usted, sondeé las profundidades donde su vida tiene su origen. Es ahí donde encontrará la respuesta a la pregunta: ¿debe usted crear? De esta respuesta recoja el sonido sin forzar el significado. Puede ser que el Arte os llame. Entonces, escoja tal destino, llévelo con su peso y grandeza sin exigir jamás recompensa alguna del exterior. Porque el creador debe ser todo un universo para sí mismo, hallar todo en sí y en el fragmento de la Naturaleza a la que él está unido.
Podría ser que después de este descenso hacia sí mismo, en su soledad individual, debiese renunciar a convertirse (bastaría, considero, sentir que se puede vivir sin escribir para que haya que prohibirse la escritura). De cualquier modo, esta inmersión que pido a usted, no habrá sido vana. Su vida le deberá a ella sus caminos. Que esos caminos le sean buenos, felices y extensos, se lo deseo más de lo que sabría expresar.
¿Podría agregar algo? Creo haber puesto énfasis donde lo merecía. En el fondo no he hecho sino aconsejarle para que crezca conforme a su ley: grave, serenamente. Usted sólo entorpecería más violentamente su evolución dirigiendo su mirada al exterior, esperando del exterior las respuestas que únicamente su sentimiento más íntimo, en el instante más callado, sabrá —posiblemente— darle...



Rainer María Rilke
(Fragmento publicado
en la página literaria que dirigía
la querida periodista y escritora
Celeste Mendaro, en
EL Diario, Paraná, 4-7-00
-sin mención del traductor-)


OCTAVA ELEGÍA





























A Rudolf Kassner

Ven con todos sus ojos las criaturas
lo Abierto. Sin embargo, nuestros ojos
están como al revés y colocados
alrededor de su salida libre
como trampas. Así, lo que está fuera
sólo a través del animal nos llega.
Porque ya al tierno niño damos vuelta
y lo obligamos a mirar atrás,
al mundo de la forma, no a lo Abierto,
que tan profundamente transparenta
la faz del animal. Libre de muerte.
Nuestras miradas ven a, ésta sólo.
En cambio el animal, que es libre y puro,
tiene siempre el crespúsculo tras ella
y frente, a Dios. Cuando camina, marcha
hacia la eternidad, como la fuente.
Los hombres nunca, ni siquiera un día,
ante sí tienen el espacio puro
donde la flor al infinito se abre.
Siempre está el mundo alrededor. Y nunca
lo que en ninguna parte y sin estorbo;
lo puro, sin control, que se respira
y se sabe infinito y no se ansia.
Y a veces, alguien, silenciosa, un niño,
se extravía en su seno
y es arrancado de él a sacudones.
Tal otro muere y es. Porque la muerte
ya no se ve en el trance de morir;
y quizás nuestros ojos desde entonces,
mirando fijos adelante, tienen
la profunda visión del animal.
Cerca están los amantes, asombrados,
pero entre sí se atajan las miradas.
Como al azar se entreabre tras alguno,
pero el otro no avanza y al instante
se le hace mundo figural de nuevo.
Vueltos a la creación constantemente,
no vemos de ella más que proyecciones,
reflejo de lo libre, oscurecido
por nosotros. O a veces acontece
que un animal levanta la cabeza
y a través de nosotros mira en calma.
¿Qué es el Destino? No más que eso: siempre
estar delante y nada más, delante.

Si el animal que hacia nosotros viene
tranquilo caminando,
fuera consciente como el hombre, al punto
nos haría volver y arrastraría
según el rumbo que su marcha lleva.
Pero su ser para él es infinito,
sin restricción alguna y sin miradas
sobre su estado, puro cual su vista.
Y donde las miradas de los hombres
no ven más que futuro: él lo ve todo
y se ve todo y salvo para siempre.

Con todo, el animal alerta y cálido
carga a su vez un poco de zozobra
y el peso de una gran melancolía.
Pues también se le apega eso que al hombre
domina tantas veces: el recuerdo...
Come si hubiera sido en otros tiempos,
alguna vez...eso a lo cual tendemos
más próximo y más leal, más apegado
y de infinita suavidad su tacto.

Acá todo es distancia; allá era todo
respiración. Después de la primera,
esta segunda vida le parece
ambigua y azotada por los vientos.
¡Oh, ventura sin par de la pequeña
criatura que en el seno permanece
que lo gestara! ¡Oh, dicha del mosquito
que interiormente salta todavía
hasta en sus bodas! Pues, el seno es todo.
Y la seguridad un tanto incierta
del pájaro contempla,
que de ambas participa por su origen,
como si fuera el alma de un etrusco
que saliendo de un muerto al que el espacio
recibió en un sepulcro, sin embargo,
tiene la efigie inmóvil como tapa.

Y cuánta es la sorpresa del que tiene
que volar, procediendo de un regazo:
se diría el henderse do una raza.
Así la negra huella del murciélago
la porcelana de la tarda rasga.

Y nosotros los hombres: dondequiera
y en todo tiempo espectadores somos
a todo atentos, pero nunca al raso.
Abrumados por ello, lo ordenamos
y se nos desmorona. Nuevamente
lo ordenamos y, al fin, nosotros mismos
también nos despeñamos.

¿Quién nos ha hecho girar de esta manera
que, hagamos lo que hagamos, siempre estamos
en la actitud del que se va? Y como éste,
sobre el último cerro que le muestra
una vez más aún todo su valle,
se da vuelta, se para y titubea,
así vivimos nosotros, despidiéndonos.



Rainer Maria Rilke (Alemania; Praga, 1875- Valmont, 1926)



(Versión española de José Vicente Alvarez;
C.E.A.L., Bs.As., 1970)

jueves, 8 de enero de 2009

QUI NOUS DIT QUE TOUT DISPAR AISSE?




















¿Dices que todo pasa y se dispersa?

Del pájaro que hirió tu mano adversa

acaso para siempre quede el vuelo,

y tal vez sobrevivan las caricias

de la flor a nosotros y a su vuelo.


No es el gesto en sí mismo que perdura,
mas te puede vestir con la armadura
que desde el seno a las rodillas luce,

y —porque tu batalla fue tan dura—
un ángel detrás tuyo la conduce.


Rainer Maria Rilke (Alemania; Praga, 1875- Valmont, 1926)

(Traducción de Carlos Mastronardi)



IMAGEN:  Fotografía de Ananké Asseff - A qué altura hay que estar de la tierra.

sábado, 4 de octubre de 2008

LA PANTERA



En el Zoo del «Jardín des Plantes», París.

Su vista está cansada del desfile
de las rejas, y ya nada retiene.
Las rejas se le hacen innumerables,
y el mundo se le acaba tras las rejas.


Blando andar de flexibles fuertes pasos,
y girar en el más pequeño círculo
como danza de fuerza por un centro,
en que su voluntad se halla aturdida.


Sólo a veces se alza mudo el telón
de sus pupilas. Luego entra una imagen,
va por la tensa calma de sus miembros
y se extingue al llegar al corazón.




Rainer Maria Rilke (Alemania; Praga, 1875- Valmont, 1926)

(Versión de Jaime Ferreiro Alemparte)


DÍA DE OTOÑO

















Señor: Es tiempo. Fue muy largo el verano.

Vierte tu sombra en los cuadrantes solares.
Desata al viento en las llanuras.

Ordena que maduren los últimos frutos,
concédeles aún dos días templados,
precipita tu plenitud y apremia
la última dulzura en el vino espeso.

Quien hoy no tiene casa, no la tendrá ya nunca.
Quien hoy se encuentra solo, lo estará mucho tiempo,
y ha de velar, leer, escribir largas cartas,
y ha de vagar inquieto por los caminos
donde giran las hojas.



Rainer Maria Rilke (Alemania; Praga, 1875- Valmont, 1926)

(Traducción de Susana Thénon)