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martes, 2 de agosto de 2011

LA VOZ DE MI MADRE





Yo soy la voz de mi madre.

La breva es el fruto temprano de la higuera americana. Mientras el invierno despojaba a la higuera de su follaje, reflexionaba en dar frutos magníficos. Se sentía pobre y no le quedaba otra cosa que la imaginación. La breva es el fruto en que había soñado. En la osamenta de la higuera, que es toda rama, y en el mes de noviembre, brotan las brevas, una aquí, la otra más allá, como los planetas en la noche. Son unas pocas. Las higueras de Europa no conocen este milagro. Mi madre era criolla y morena, como las brevas.
No envidio las infancias más felices. La mía fue incompara­ble. No me dio la fortuna que el "dandy" de mi padre derrochaba en levitas y pantalones color canela. Me la decoró la fantasía. Mi madre quiso darme, como Sarmiento a la Argentina, la sensación de un porvenir maravilloso. (Sarmiento le obsequió con una lapicera de jade en unos juegos florales donde ella presentó un trabajo sobre "La educación laica de la mujer"). Ella miraba ha­cia delante del Tiempo, como, en la leyenda, se mira hacia atrás de las espaldas del Tiempo. Y puedo afirmar que todo lo que sé lo supe antes de aprender a leer. Mi madre sembraba semillas doradas en mi espíritu, como en los cajones de fideos los alma­ceneros de antaño ponían dentro cometas de papel plateado. ¿Con qué lógica?... ¿Con qué motivo?...
En su "escuelita" de las calles Estados Unidos y Balcarce, donde enseñaba a deletrear a los niños del barrio de San Telmo, y que los criollitos imprecisos, hijos de italianos, tildaban a gritos, en la puerta de calle, para desaparecer luego:
"¡Maestra ciruela,
Escuela de la 'linyera'!",
yo era el único niño a quien mi madre no enseñaba a leer. Tal vez, en su espíritu, que era el mío, creía que no lo necesitaba para penetrar el secreto de las cosas. Pero, en cambio, ningún niño fue llevado más allá, de la mano, por un adulto, que donde me con­dujo aquella mujer, que era hermosa y de perfil griego como Dia­na, sin que me amedrentase el misterio de los bosques intrinca­dos de la sabiduría donde las religiones han colocado a los temi­bles dragones que comen niños y señoritas crudos. Mi madre les clasificaba, sin empacho, con sólo juzgar sus huesos, como Bucher de Perthes y Cuvier, de quienes era admiradora: gliptodontes o plesiosaurios.
Si yo hubiera dormido en aquellas cuevas que la mitología coloca en la isla de Creta, y que pudiéramos llamar hoy los rega­zos del saber, y en ellas hubiera soñado como Ulises y hubiera tenido un comentador del tamaño de Hesiodo, no me hubiera hallado mejor dispuesto de lo que estaba al dejar atrás mi infan­cia, entrando en la pubertad, después de haber entendido la cosmogónica poesía de una América que se descubría a ella mis­ma (como Venus desvistiéndose de las ondas del mar) y que el aliento, que tornábase tibio al pasar por el brasero de los labios morados de mi madre, aportaba hasta el caracol de mi oído.
Yo soy la voz de mi madre. Es ella quien se sonríe y divierte —sonriendo y divirtiendo, como hay que educar a los niños—, en estas páginas, en que el error se muestra seductor, universita­rio y castellano; donde el soberbio lema: "Limpia, fija y da es­plendor", cae deleznable en el polvo como un frontón carcomi­do. Sin embargo, ese madero apolillado que nos dejó la España en el Río de la Plata ha enriquecido las inmensas tierras de alu­vión, que parecían no necesitarlo. Las piedras fabulosas, los ani­males extraños y la botánica del sortilegio sirvieron de levadura a la nueva nacionalidad. Cosas que han olvidado los doctores. Yo las recojo. Es la voz de mi madre quien me las dicta. Porque esa criolla batida después de tantas generaciones, como la Eva bíblica del barro, con el limo del río Uruguay, biznieta de Joa­quín Campana, que nos quiso echar a perder la Revolución de Mayo, en la junta del año 11, por exceso de saavedrismo, sobrina de la poetisa doña Petrona Rosende de la Sierra:
"Y, exclamó Jove inmortal,
con voz que las auras hiende:
Esa es Petrona Rosende,
Esa es la Safo oriental"1
hija de don José Miguel Díaz, médico, periodista, hacendado, diplomático y explorador, que se educó en el Liceo Nacional de Río de Janeiro, con el que fue más tarde Don Pedro II, y ambos hicieron entrar en el colegio, dentro de un baúl mundo, a una hermosa mulata, ¡escándalo y alegría!, proeza por la que más Tarde1 su amigo el Emperador le nombró caballero de la Orden de la Rosa, esa mujer me pidió que al morir la enterrara al pie de un árbol de durazno, para devolver a su tierra lo que de la tierra había recibido.
El destino quiso que muriera en la América que tanto amó y lejos de la Europa que recelaba. Todos los males le venían del viejo mundo. Su tumba está en la ciudad de Río de Janeiro y en un cementerio claro en medio de un circo de montañas. Su tumba tiene más tierra que ladrillo encima de su cuerpo, de lo que debe estar muy contenta. Mi hermana ha plantado sobre su pecho un rosal. Cada vez que he ido a visitarla, una rosa pálida, como la llama de una lámpara de alcohol, flotaba sobre sus ojos.
Su cuerpo está allá. Pero la ceniza de su espíritu soy yo quien la posee. Yo la depositaré con estas páginas al pie de un pobrecito duraznero (mi abuelo sembró millares desde el Río Negro al Chaco) a quien mi madre, que veía en la Argentina "la mesa puesta de la Humanidad", hubiera querido, con la materia de su vida, enri­quecer y hacer de un durazno el poema de sabor y de perfume que sólo la feliz Argentina puede ofrecer al mundo. Mi madre quería ennoblecer, hacer más grandes, más importantes, más hermosos, los duraznitos de la tierra que, cuando yo era niño, los compadritos ceceosos del Bajo de Palermo, descendientes de mazorqueros, tomados a las barras de un carromato, ofrecían a voz en cuello:
"¡Durazno criollo del Tigre,
a veinte centavo el ciento!".


(De: El libro celeste,
Bs.As., 1936)

Vizconde de Lascano Tegui -Escritor argentino (Concepción del Uruguay, Entre Ríos, 1887-Buenos Aires, 1966).




Emilio Lascano Tegui. Escritor argentino (Concepción del Uruguay, Entre Ríos, 1887-Buenos Aires, 1966). Firmó su obra como "Vizconde de Lascano Tegui", título que se inventó poco antes de la publicación de su primer libro, La sombra de la empusa (1910), poesía modernista provocativamente truculenta, "mezcla híbrida de Corbiére, Laforgue y Lautréamont" (Nélida Salvador). El libro había sido escrito en Europa y África. Le siguió una curiosa broma literaria, el volumen de poesía Blanco (1911), publicado en París con el nombre de autor Rubén Darío (h.) y reeditado al año siguiente como El árbol que canta, firmado por el autor. Entre 1910 y l914, según él, escribió una especie de novela, de exacerbado decadentismo, cuyo título debía ser "Oraciones a Nuestra Señora la Sífilis", pero que apareció, en 1925, como De la elegancia mientras se duerme, que fue traducida al francés por Francis de Miomandre y se editó en esa lengua en 1927. Por esa época ingresó en el servicio diplomático argentino, y hasta su jubilación en 1945 cumplió funciones en Francia, Venezuela y los Estados Unidos. En 1936 publicó dos libros en Buenos Aires: la novela Álbum de familia y la miscelánea El libro celeste. De su residencia en Venezuela quedaron dos libros sobre ese país: Venezuela adentro (1940) y La paradoja del campo venezolano (1940). Su último libro es Muchacho de San Telmo, 1895 (1944), poemas narrativos en estilo sencillista. En los años posteriores a su retiro de la diplomacia escribió copiosamente para revistas, volvió a viajar y expuso su pintura (había pintado desde su juventud, y expuesto ocasionalmente).
Tomado de: "César Aira; Diccionario de autores latinoamericanos; Ada Korn Editora, 2001".
Y la crítica María Eugenia Faué hace un retrato cabal del personaje:
"Traductor, orador del partido radical con discursos en versos octosilábicos en plaza Lavalle, diplomático, curador de museos en Europa, periodista y corresponsal de La Nación, mecánico dental, autor de nueve libros publicados, seis obras inéditas perdidas en un incendio de barco, y cuatro obras inéditas y extraviadas, cuyo paradero se desconoce, epitafiador, pintor exitoso en París, experto en artes culinarias, gourmant, bon vivant, galán, ciudadano del mundo, colaborador de revistas literarias en Francia, redactor de Crítica y Patoruzú en Buenos Aires, poeta, ensayista, bohemio en París y amigo del escritor Guillaume Apollinaire y del pintor Pablo Picasso, anfitrión exquisito y conferencista".

jueves, 2 de diciembre de 2010

MIS QUERIDAS SE MURIERON




















I

¿Entrada al libro de caja de un solterón?
Hace tiempo que han dejado de estar a la moda los guantes blancos. Sin embargo, la última de mis amigas traía, esta tarde, un par inmaculado de guantes blancos. Durante las horas que pasamos juntos en el cuarto desmantelado del hotel de barrio, mis ojos volvían hacia algo anormal y que escapaba a la lógica y a la estética de esa cámara banal, perfumada a tabaco como el bolsillo de un sobretodo. Era el par de guantes de mi amiga, exánimes sobre la chimenea. ¡Intachables guantes blancos!... Evocaban la conciencia de otra época o el romanticismo de salón y de actitud, que desde la muerte de Bécquer o desde el pistoletazo de Larra se ha ido alejando de las grandes ciudades hacia los corazones de provincia. Ese par de guantes era el de una novia, como podía ser también el de una tierna esposa, que los conservaba intactos, para arrojarlos a la cara de su marido el día en que concibiera la primera duda, o a la cara de su amante, en cambio, el día en que la engañara.
La amiga de esta tarde —creo que se llamaba Marta— había aparecido en mi vida como aparecieron miles de enfermeras durante la guerra, y otras mil mujeres que aspiraban a conducir camiones con material sanitario. Tenía como ellas la bondad a flor de piel y el apropósito sobre el seno, como en las nodrizas.
Una vez, me dijo, mientras se peinaba:
—Los miopes y los hombres viejos aman siempre a una mujer rubia. Los ojos gastados sólo perciben las cabelleras luminosas.
Marta peinaba sus largos cabellos rubios. La miré y sentí toda la verdad de la observación. Yo no era miope. Era un hombre viejo. Había preferido una rubia...
Me quedé pensativo.
Una hora después tuve miedo de quedarme solo. Me acuerdo que en el diálogo que tendí de mala fe para retener a mi amiga, le dije:
—Al irte ayer, no te diste vuelta a saludarme. Te vi perderte en la calle y al llegar a la esquina doblaste, sin hacerme una seña. Yo me había quedado en la puerta de calle...
—No dices la verdad —repuso Marta— Te dije adiós, varias veces, con la mano en el momento de doblar la esquina.
Al día siguiente, le repetí la escena:
—Ayer tampoco tuviste la bondad de hacer un gesto. Vi alejarse tu coche, y tú no cambiaste de postura. Vi tu nuca, tu sombrero en alto. No moviste el cuerpo. ¿Por qué no diste vuelta la cara?... Eres una madame Bovary, que olvida...
Mi amiga meneó la cabeza, sonrió como las rubias sonríen entre los celajes rosas del crepúsculo.
Hoy mi amiga se despidió afectuosamente. ¿Querría reparar la falta de los días anteriores? No lo sé. Pero no bien se alejó el coche, vi que no reparaba el olvido y que éste era un pliego cotidiano. No daba vuelta la cara. Nada se movía en la sombra obscura del automóvil. Estaba en lo cierto, por mis suposiciones. Marta se entretenía conmigo. Pasaba unas horas amables junto a mí, y eso era todo. Pero no me quería.
De pronto, algo raro surgió por la portezuela. Me imaginé que echaban un paquete fuera. Pero no. A la luz de los faroles, vi la mano de Marta. Era bien su mano enguantada de blanco. Afectuosa y tierna mano de mi amiga compasiva. Sí, se había comprado un par de guantes blancos para que pudiera seguir su rastro a lo lejos y no se me escaparan sus señas... Había tenido una idea encantadora... ¿Su bondad pudo prever el daño? No lo creo. Aquí comienza este libro de memorias. Hoy, que me siento viejo. Hoy, cuando necesito que mis amigas se pongan un guante blanco para comprender que me dicen adiós a la distancia, corrigiendo con la luminosidad de su mano la fatiga de mis ojos, que como van perdiendo el azogue, tienen una sonrisa de esfuerzo atenuada que los hace más seductores.
Esa mano, enguantada de blanco, lleva el ansa en el entierro del solterón empedernido.
Yo dedico este libro a ese guante blanco, pasado de moda, como mi amor y como mi persona.


Vizconde de Lascano Tegui -Escritor argentino (Concepción del Uruguay, Entre Ríos, 1887-Buenos Aires, 1966).Vizconde de Lascano Tegui


LEER una antología de la mayoría de los libros del Vizconde y una extensa Biocrítica, más ensayos sobre su obra, en autoresdeconcordia.



viernes, 15 de mayo de 2009

Los cantores y los pájaros...





Los cantores somos como los pájaros.

Hemos nacido en la noche de la selva y venimos a detenernos en la costa del Uruguay, que es el río más sonoro de los ríos de América. Así llegó Olegario Andrade, hijo de portugués y el más argentino de los poetas. Había nacido ¿dónde? En un rancho de barro y totora como el nido del hornero. A los diez y seis años descollaba en un certamen lírico del colegio de Concepción. Había llegado a cantar a la costa del Uruguay. Somos la voz del río. Los cantores somos como los pájaros que en la rama del ceibo tendido sobre el río han distendido el arpa y el plumaje. No están en el cielo, ni en la tierra, ni en el agua, y en ese punto indeciso sólo el río los posee como el espejo posee la imagen. Hemos venido a cantar sobre ojos del Uruguay.
Más arriba de Concordia, bajando de las palmeras jesuíticas de San Javier, saltando sobre los obstáculos de piedras preciosas,las turmalindas, las ágatas y las amatistas, toda la sospechosa fortuna del Barón de Mahua, banquero del Imperio y fallido, el río importante se torna parlanchín. La espuma del río es toda elocuencia. Lleva, como la voz de los seductores, campanillas de plata sólo entendidas en las misas de las vírgenes que no se lavaron ni se hurgaron jamás el cuerpo para estar bien con Jesús y sólo de estas hijas de derviche entendidas. Lleva, además, a la usanza de los grandes amantes, palabras gangosas que la sensualidad del trópico le ha volcado en la sangre, una sangre tibia, azulada y lechosa como la luz de la madrugada. Los cantores somos como los pájaros y venimos a detenernos en la costa del Uruguay.
Yo no llevo escapularios sobre el pecho. Pero tengo un cuadrito en el alma, y en la mejor de las piezas, frente a la ventana en que pueden asomarse los ojos curiosos de mis amigos. Es como una otra ventana pequeña que diera, a su vez, sobre el infinito. ¿Qué se ve en ella? La costa del río, los sauces sobre el agua, una plaza de terrón sonrosada, el caserón blanco de la aduana y un farol alumbrado como una estrella menesterosa, legaña de los mancarrones criollos, al que se acerca un atrida con bombachas, poncho y kepí, y le baja la mecha al reverbero, apagando la estrella. Fue en una mañanita, al alba. El río Uruguay dormía manso. Yo debía tener cuatro o cinco años cuando el cuadrito se me dentró en el alma.
Los cantores somos como los pájaros y hemos venido a entonar a la orilla del Uruguay.


(De: El libro celeste,
Bs.As., 1936)

Vizconde de Lascano Tegui -Escritor argentino (Concepción del Uruguay, Entre Ríos, 1887-Buenos Aires, 1966).


IMAGEN: El río Uruguay, a la altura de El Palmar, en Colón (Entre Ríos). 




miércoles, 13 de mayo de 2009

AL AQUELARRE
















Viejas caducas, sumisas,

polvo de congregaciones,
que numeran los sermones
y las peregrinaciones;
y que han perdido sus risas
a la sombra de las misas:
hostia!
Viejas sátrapas, espionas;
aroma de los santuarios,
riqueza de los osarios,
viejas corvas, dromedarios,
viejas feas, solteronas,
viejas viudas y lloronas;
esencia de mezquindad,
doctas en cosas prohibidas,
que van de negro vestidas
pues deben luto a las vidas
de los pobres de horfandad
que mató su caridad:
hostia!
Carne de las disciplinas,
coguelmo de los errores;
que en los solos corredores
dejan a sus confesores
la carne de sus sobrinas,
viejas sacras celestinas,
que hablan bajo de Jesús
en las frías catedrales
y sienten rabias sexuales:
comprendiendo los misales
y admirando a media luz
al Cristo que está en la cruz:
rezad, cuando hoy todo muere,
y es escoria lo que fuere
premisa del mundo antiguo.
Por vosotras, en exiguo,
el diablo reza un ambiguo
miserere.



(De La sombra de la Empusa,
París -Buenos Aires-, 1910)

Vizconde de Lascano Tegui -Escritor argentino (Concepción del Uruguay, Entre Ríos, 1887-Buenos Aires, 1966).





MISTERIOSA...

A la sombra pálida
de Josefina H. P.


Misteriosa,
sensitiva del Silencio....
Tú que hiciste de la espera
sortijas para tus dedos.
La triste,
la pálida del endeble cuerpo;
la que viene de los barrios bajos
costeando los cercos,
"la viuda"
la aparecida,
de las callejas y huecos;
Misteriosa,
sensitiva del Silencio...
oye:

¿Por qué huyes y rehuyes
mi encuentro?
Indecible,
ilusa hermana del Tiempo,
tú la demacrada
y aquel siempre Viejo.
¿Qué tienes, que quieres ser
sólo la sombra del cuerpo
en el zaguán inconcluible
del enigmático espejo?
Misteriosa,
sensitiva del Silencio...
oye:
Mis pómulos flacos,
mis sienes de enfermo,
amarillos en la esencia
de tu ensueño,
¿no debieron merecerte?;
¿qué te he hecho
que el vampiro
del eterno
femenino por la nuca
va chupándome el cerebro?
Misteriosa,
sensitiva del Silencio...
oye:

No quiero tu carne.
Amo tu esqueleto
sólo, y allá en las mandíbulas
un nervio
o algo en que pondrían
mis labios sus besos.
Quiérote, vieja ó muerta;
(siempre has de tener los huesos)
Misteriosa,
sensitiva del Silencio...
oye:

Que soy hombre malo?
Que poeta perverso?
Yo soy Inocente
de mi alma de perro.
Dadme tu bondad,
que para mi son tus huesos.
Que si tú eres buena,
yo malvado y feo,
¿di, por qué no quieres
que justifiquemos,
el amor de una paloma,
por un gato negro?

(De Blanco, Rubén Darío, hijo;
París-Bs.As., 1911)

Vizconde de Lascano Tegui -Escritor argentino (Concepción del Uruguay, Entre Ríos, 1887-Buenos Aires, 1966).



Esa ventana al vacío...





Abrid una ventana y mostrad al hombre personajes impalpables y desmesurados cabalgando en las nubes. Mostradle en los juegos de la luz sobre el horizonte las épocas paradisíacas de la creación; decidle que el mar es todavía agua del diluvio y haciéndole seguir la atmósfera roja de Saturno sanguinario, mostradle en la noche la belleza de las constelaciones —antiguos semidioses, hoy lampistas del cielo. Eso es la Historia.
Decidle al hombre que se eche por esa ventana al vacío. Eso es la Poesía.
Cerrad las persianas, bajad las cortinas y mostradle al hombre las grietas de los muros. La casa amenaza ruina. Enseñadle por esas grietas todo lo que pasa en casa de su vecino y, más tarde, llevadlo para que mire por el ojo de la cerradura hacia su propia casa y hacia el hastío inexplicable de su familia. Eso es la Novela.


(De: Álbum de familia, 1936)


Vizconde de Lascano Tegui -Escritor argentino (Concepción del Uruguay, Entre Ríos, 1887-Buenos Aires, 1966).


LA SONRISA




El niño deja una espera de siglos al entrar al mundo. Su rostro, al nacer, no es el de un ángel. Está como despercudido por la intemperie y la sonrisa jamás ha anidado en las larvas, ni en las ninfas de la mariposa. Son los primeros meses en que el niño busca orientarse hacia el cielo cuando descubre la sonrisa. La sonrisa cohesiona, liga, aglutina socialmente al niño. Esperaban esa contraseña de la sonrisa para darle paso. Entra en el mundo riendo, su infancia será una carcajada. No tiene control.
La sonrisa parece estar vinculada a la salud. Esa sonrisa vacilará entre el azar, el éxito y la derrota, entre los días felices y las noches de insomnio.
La sonrisa es la flor de la voz. La sonrisa tiene su tanto por ciento en cada detalle del rostro, en la mano, en los movimientos del cuerpo. Es la espina dorsal de una personalidad. Es el ministro de relaciones exteriores de un imperio espiritual, que es comarca toda nuestra. El hombre maduro que no ha llegado a poseer este sublime don de la sonrisa, el hombre que no escucha el cascabel de la sonrisa en el fondo claro de su alma, no ha vivido en este mundo. Ha fracasado.

(Revista Paturuzú Nº653,
17.04.50)
Vizconde de Lascano Tegui -Escritor argentino (Concepción del Uruguay, Entre Ríos, 1887-Buenos Aires, 1966).