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martes, 8 de abril de 2014

ALABANZA (*)




Yo, Masaoka Shiki, me jacto:
he venido a dar testimonio de lo que va a pasar aquí
y ahora
en esta choza flotante sobre el páramo
donde voy a agotar los máximos placeres
de la vida:
la salvia y el romero
y esta íntima luna escarchada que cede
hacia el oeste...

Viva el asombro de cada día vivo
Viva el asombro de lo que no vive en vano
Y hace de su compenetración
la voz invicta, la invicta melodía...




Javier Adúriz





Javier Adúriz. Poeta y ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1948 y murió en la misma ciudad, en 2011. Publicó siete libros de poemas: Palabra sola (1971), En sombra de elegía (1979, ) Solo de conciencia (1986), Égloga brusca (1993), La forma humana (1999), Canción del samurai (2004, La verdad de se mueve (2008) y Esto es así (Ediciones del Dock, 2009). Dirigió la revista literaria León en el bidet. Y creó la figura de la estética "posclásica", una aleación entre tradición y vanguardia. Ha escrito además numerosos ensayos sobre poesía argentina y colaborado con las revistas literarias Omero y Hablar de Poesía. Dirigió la colección “Traducciones del dock”.

(*) El poeta canta cada línea del poema, como si encontrara algo manso y definitivo; una secreta victoria personal.



viernes, 26 de noviembre de 2010

Despedida (homenaje inmigrante)




Acodada sobre la pared veía el moroso ajetreo de los barcos en la bahía, mientras los hombres, de espaldas al mar, se movían con avidez, acarreando bultos como hormigas de verano. Jamás había salido de su tierra: llevaba todavía próximo el aroma de las manzanas en sazón, la aspereza del monte empinado, la severidad de los hórreos guardando su tesoro de semillas. Y sin embargo, estaba ya lejos; cerca de ese mar desmesurado y monótono, más cerca del cielo y del futuro, mareada de fatiga, como si hubiera trabajado al sol en las eras. Y sin embargo, casi había olvidado su casa de apenas ayer, las caras que mucho había querido, los quehaceres del año e incluso, el ahora remoto día de fiesta, el día memorable que la acompañó durante meses de impaciencia. Por fin llegaba la hora: sólo deseaba apartarse de esa orilla natal, abrirse paso en el horizonte, presentarse sin demora al reclamo de otra costa y otro amor. Con premura subió al barco; desde la cubierta sus ojos rechazaban el paisaje, desbordado de melancolía. Nada le decía adiós, ningún temblor de la brisa la retuvo. Partió nada más y el puerto se disolvió con ella como si fuera de humo.


(De: Canción del samurai)


Javier Adúriz (Buenos Aires, 1948-2011)




miércoles, 10 de febrero de 2010

ESTO ES ASÍ

Fragmentos

Es que ser porteño, hijo de españoles, tiene lo suyo… un ánimo elegíaco que busca sentido contra el repique de las castañuelas. El tango de un lugar en ruda mutación. En esas condiciones, cada palabra que surge, vive solamente si se modula desde la herida central, y hace ilusión compartida: un país abstracto, en silueta de mujer que siempre se está yendo con otro, y nos deja amasijados sin misericordia. Allí, entre los pliegues de esa melodía, oír es empinar el trago de una larga desdicha – encubierta bajo un aspecto resistente, claro.


A cada rato
Alaridos de viento
Diciendo qué


Pero no existe el país. En todo caso lo tangible son estas ciudades enormes que, como los principados de antes, agitan aquella misma pulsión por ser, la bandera roída del deseo. Rosario, Mendoza, Salta, Bahía Blanca, Córdoba, incluso La Plata o cualquier otra, pujan por encontrar un destino ajeno a Buenos Aires, esta múltiple cabeza tecnológica, suma de la soledad, y del orgullo que nos desgarra a todos. Tal vez, una carencia de orden mestizo, reinventada en cada vuelta de esquina, cada historia, contra el viento blanco de la precariedad.


Aquí también
Mordisquea su sueño
La pobre rata


No hay nada como los parques, los jardines y las quintas. Ahí se concibe la imaginación contemplativa, que es más veloz que un auto con caja de quinta. Subir a los árboles puede llevarte a otra dimensión, encontrar tal vez una libertad desconocida. O al menos un consuelo, cuando obispos, generales y directores de colegio te encadenan a una silla para tomar la sopa de agua podrida.


Marzo se va. Abril no llega, y ya asoma la estación de las lluvias. Este instante extrema la plenitud de la vida. Es más, vale toda la vida. Lo de Silvina Ocampo: “Detesto los catálogos, las fechas, los nombres… cada vida es un solo momento…” ¿Pero usted es la mar de contradicciones? inquiere un Bioy pelado, comiéndose las uñas. En efecto, en efecto, le responde aquella dama genial.


Hay que dirimir la naturaleza de lo poético, se dijo. Quizás de la naturaleza nomás. Lástima que ahora mismo el viento sople con fuerza y el velero haya resuelto escorarse en la mitad del río. File el foque, file el foque, repite esa voz de hace tantos años. El horror, el horror, señala. No, le digo, fascinación.


Sombras y lejos
Es un fondo deforme
Esta agonía


Ayer que es hoy, y mañana que también es hoy, llueven sapos con naturalidad. En su lomo llevan grabado el secreto de la tierra, y abren la boca, sonrientes. Pero hoy, justamente hoy ─ maldigo ─ este pronóstico extendido fracasa. Nada más caen pianos de cola, timbales y varios contrabajos con su correspondiente valija. Cruzar la avenida se ha puesto de temer. Es que se oye cierta sonatita en el aire. Temperancia, me digo, paciencia, barajar.


Cro-cro cra-cra
La alegría del mundo
Te pertenece


Ahora te veo. Estás ahí en el cuarto atareada en tus cosas de amor. Te rodean ángeles y algunos demonios. Conque rías nomás, la historia cambia para siempre. Todavía dura un café conversado a la vuelta de la Plaza Las Heras. Estás bellísima con tu cartera vieja y esa pasión que te cocina los ojos. Después y casi de inmediato sos los hijos, cada día, cada hora, la vida entera. Levantás la mano y nos despedimos un instante. A continuación llego y es una música fina tu habla. De perderse, como señalaba un amigo. El ciclo de las estaciones. El frío y el calor. La montaña y el río. La sostenida ternura.


Entre tus piernas
La rabia de vivir
Vale la pena


Javier Adúriz (Buenos Aires, 1948-2011)




CANCIÓN DEL SAMURAI



Y la boca me dijo *


Will yearley celebrate my second birthday J.D.


No llores. Nadie oye. - Del cielo de la isla
no queda casi nada. - La mañana está cerca.

No llores, no te quiebres, - si cada uno es siervo
de lo que quiso ser. - La noche ya termina.

No te arrepientas, digo, - vas a cruzar el río
como se cruza un sueño. - Celebrarás tan pronto...

¿Qué importa que hayan dicho - lo que dicen que dicen?
Lo tuyo fue algo más - que las pobres palabras.

Brillen, brillen sin término - las hachas de la fiesta,
gocen tu vejación - hasta el duro apogeo:

cada fuego de luz - es una luz imbécil,
la terca tiranía - de una mente deforme.

¿Que triscaba la oveja - pasto hasta la raíz?
¿Que mudan de opinión - de parado a sentado?

y bien, qué más te da, - tu ilusión era el alba.
Pronto celebrarás - un nuevo nacimiento.

La música está hecha, - queda escrita en el agua,
en el color del tiempo, - sin pulso de codicia.

Hubo que ver y verse - colgado de los árboles
para cruzar las sombras, - las efímeras sombras.

La noche es esta boca - turbia que te mastica,
aunque haya luna ahora - como para unas bodas.

Vas a cruzar el río - y también la esperanza
en nave de dos filos.- En nave de dos filos,

de golpe, con el viento - vas a cruzar tu rostro:
el deseo de ser - que pide lo imposible.

Llegaste a lo más tenso, - al centro de la herida.
No desesperes, - sólo un reino nos hiere.

Moro móriae, dónde - está tu honor ahora,
vos que sentiste siempre - su gracia sobre el hombro.

Algo abisal te llama. - Hace crujir el seso,
hasta encontrar el chiste - hundido en la mollera.

Si tan cerca, en la furia - del alba (oí, oí,
el aire atruena afuera)
absurda majestad - sonriendo entre caries,
vas a tirarte
y rodar de cabeza.

para Enrique Butti

* A Tomás Moro le cortaron la cabeza por haber mantenido su palabra. Tal vez su santidad esté en su humor y en su silencio; alguien que combinó política y escritura, con una mente deslumbradoramente abierta.

IMAGEN: El pensador inglés Tomás Moro.


Atardecer en Puente Márquez

Gaona era de tierra entonces...
A la izquierda, se alzaba el paradero
donde se reunía la humanidad
conspicua del lugar: quinteros y linyeras.

Cuánta gloria en cada atardecer.
El olor a eucalipto lo invadía todo
con persuasión invariable, lo mismo
que el rojo derrumbándose al oeste.

Parar ahí se parecía a comprender.
La Tierra era un planeta ingrávido
donde no aflojaba el honor de estar vivo.

Si hasta los perros ladraban ganosos
cuando pasaba la chata de Ortuño.
Ahora hay una ruta, nada más.
Para July y Marcelo Ortale


(De: Canción del Samurai,
Ediciones del Dock,2004)
Javier Adúriz (Buenos Aires, 1948-2011)




jueves, 20 de noviembre de 2008

LA VERDAD SE MUEVE














PIERCING

1.

Hijo, qué sorpresa me das
con ese sólido arito colgándote del iris.
Pasear un cuerpo atado a las pulsiones
es inquietante sí, por lo que sabe
a revuelta generacional...
Lo nuestro fue más ensoñado siempre.

¡De verdad!, no creo que hayamos sido
unos ilusos mejores o peores. Que yo sepa
el sol salía igual que para ustedes
mientras el mar batía los acantilados.
Fuimos masacrados nada más.
Quiero ser directo, disculpame.

La diferencia radica tal vez en los matices.
Como ayer, la historia hierve como ácido.
No te rías. Por qué buscar solución
en la materia, si la cuestión del espíritu urge.
Pero es cierto, no tenemos casi derecho a importunar:
la ley del fracaso no levanta la voz.

Aun así, guarda un vago consuelo
sostener pensamiento sobre casi todo.
Opinar fue la forma de ser libres. Sí,
más mentira para más verdad...
No me pegues. Nadie te quita la palabra
aun cuando sea tan gestual lo tuyo.

Y no sabés, querido, cuánto reconforta
que hayas resuelto confiarme el sueño.
..........Aplicarte un ancla en el escroto
no suena nada mal, habida cuenta
que parece otro gesto sobre el aquí y ahora,
esta turra injusticia que nos ahoga a todos,

eso tanto más viejo que nosotros,
que vos y yo.


2.

Viejo, siempre en estado de pancarta.
No entendés nada. (Tampoco hay tanto
que entender, poner el cuerpo nada más.)
Me hablás de espíritu. De qué espíritu
hablás. ¿No ves que eso de ser libre
brilla sólo en tu baldosa? ¿No ves
la radiación por todas partes?
Vivís entre abstracciones. No quiero ir
a tus libros ni al pasado. Entre otras cosas
porque ahí estás vos y tu ficción
de perdedores. No quiero terminar
llorando y ¿sabés?,
me voy a perforar el cuerpo y pintar
la carne hasta que se me dé la gana.
.......................Digo,
¿por qué no fumamos uno de los buenos
y la seguimos disueltos en el humo?



EN PALERMO


Hoy es día de mojarras, Mario.
La superficie del lago es transparente
y no parece sensato intentar de nuevo
la suerte del mediomundo.
Al fin y al cabo, fue casi por azar
que sacamos la bestia imaginaria.
¿Te acordás?, se reía de nosotros
con esa boca llena de felpudos sarcásticos.
Algo bíblico.Sí, es día de mojarras, che.
El cielo brilla indiferente y produce
ese efecto gregario que nos ablanda a todos.
Además, quién oye la canción de los mansos.
Porque había magnetismo esa tarde...
Yo te había comprado el helado de palito
con el que señalaste de pronto la profundidad
y mirá, ahora estamos aquí
a merced de las palabras.

No valen intenciones. Que vengas

y te enfundes en el vistoso pilotín amarillo
con la red en la mano
no es argumento suficiente. El agua
es peligrosa siempre, ¿viste?,
te refleja y no te refleja,
pero no hay monstruos cada dos por tres
en el lecho de lago.
Te lo digo así, para que no insistas.

¿Dónde estará ese sueño de vapores
y ronquidos felices?...


Mario,

no creo que la vida dé oportunidades.
Eso sí, cuando arrojaste la red
te oí el grito más tierno, más ilusionado
y éramos dos titanes, ambos
tirando de una caña.


'Ta bien,

la fantasía puede ser un cáncer
que se lo lleva todo, pero
dónde se oculta, entonces,
la ferocidad del sentido.




ESTA ES LA CASA


Mujer, esta es la casa, la heredad,
hicimos una tierra. A ojo está el mar.
-Mi señor, desde aquí se ve todo,
hasta el pasado como una agonía.

-Esta es la casa, mujer, allí las huertas;
y más cerca las casas, la ciudad.
-Quiero sonreír y no puedo, lo miro
y de verdad no lo reconozco.

-Mujer, esta es la casa, luché por ella;
al fin y al cabo, busqué un significado.
-Pero su mar está teñido de sangre,
y ya no sé, ya no sé qué pensar.

-Esta es la casa, mujer, los recuerdos
se han hecho historia propia, sentido.
-Sólo siento su mano en la mía, señor,
un imperio que me agrava los hombros.

-Mujer, esta es la casa, el amor mutuo,
las hijas y toda esta gente por quien velar.
-Las palabras me cansan, señor, y nada
comprendo. Se fue el invierno, y mayo...

-Esta es la casa, mujer, la posesión,
señora mía de mis pensamientos,
-...y mayo que no viene, marido. Qué son
esas campanas y qué, aquel velamen.


(De: La verdad se mueve,
Ediciones del Dock,2008)

Javier Adúriz
(Buenos Aires, 1948-2011)