Mostrando entradas con la etiqueta Juan José Saer. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juan José Saer. Mostrar todas las entradas

martes, 22 de junio de 2021

DOS CUENTOS CORTOS


 












AL ABRIGO


Un comerciante de muebles que acababa de comprar un sillon de segunda mano descubrió una vez que en un hueco del respaldo una de sus antiguas propietarias había ocultado su diario íntimo. Por alguna razón —muerte, olvido, fuga precipitada, embargo— el diario había que­dado ahí, y el comerciante, experto en construcción de muebles, lo había encontrado por casualidad al palpar el respaldo para probar su solidez. Ese día se quedó hasta tarde en el negocio abarrotado de camas, sillas, mesas y roperos, leyendo en la trastienda el diario íntimo a la luz de la lámpara, inclinado sobre el escritorio. El diario revelaba, día a día, los problemas sentimentales de su au­tora y el mueblero, que era un hombre inteligente y dis­creto, comprendió en seguida que la mujer había vivido disimulando su verdadera personalidad y que por un azar inconcebible, él la conocía mucho mejor que las per­sonas que habían vivido junto a ella y que aparecían mencionadas a menudo en el diario.
El mueblero se quedó pensativo. Durante un buen rato, la idea de que alguien pudiese tener en su casa, al abrigo del mundo, algo escondido —un diario, o lo que fuese—, le pareció extraña, casi imposible, hasta que unos minutos después, en el momento en que se levantaba y empezaba a poner orden en su escritorio antes de irse para su casa, se percató, no sin estupor, de que él mismo tenía, en alguna parte, cosas ocultas de las que el mundo ignoraba la existencia. En su casa, por ejemplo, en el altillo, en una caja de lata disimulada entre revistas vie­jas y trastos inútiles, el mueblero tenía guardado un rollo de billetes, que iba engrosando de tanto en tanto, y cuya existencia hasta su mujer y sus hijos desconocían; el mueblero no podía decir de un modo preciso con qué objeto guardaba esos billetes, pero poco a poco lo fue ganando la desagradable certidumbre de que su vida entera se definía no por sus actividades cotidianas ejercidas a la luz del día, sino por ese rollo de billetes que se carcomía en el desván. Y que de todos sus actos, el fundamental era, sin duda, el de agregar de vez en cuando un billete al rollo carcomido.
Mientras encendía el letrero luminoso que llenaba de una luz violeta el aire negro por encima de la vereda, el mueblero fue asaltado por otro recuerdo: buscando un sacapuntas en la pieza de su hijo mayor, había encon­trado por casualidad una serie de fotografías pornográ­ficas que su hijo escondía en el cajón de la cómoda. El mueblero las había vuelto a dejar rápidamente en su lugar, menos por pudor que por el temor de que su hijo pensase que él tenía la costumbre de hurgar en sus cosas.
Durante la cena, el mueblero se puso a observar a su mujer: por primera vez después de treinta años le venía a la cabeza la idea de que también ella debía guardar algo oculto, algo tan propio y tan profundamente hun­dido que, aunque ella misma lo quisiese, ni siquiera la tortura podría hacérselo confesar. El mueblero sintió una especie de vértigo. No era el miedo banal a ser traicionado o estafado lo que le hacía dar vueltas la cabeza como un vino que sube, sino la certidumbre de que, justo cuando estaba en el umbral de la vejez, iba tal vez a verse obligado a modificar las nociones más elementales que constituían su vida. O lo que él había llamado su vida: porque su vida, su verdadera vida, según su nueva intuición, transcurría en alguna parte, en lo negro, al abrigo de los acontecimientos, y parecía más inalcanzable que el arrabal del universo.
 


EL POETA SEPTUAGENARIO

Comí los alimentos del mundo. Mi mano tocó pie­dras de ciudades famosas y mi cuerpo, reducido ahora, pero sano y salvaje, atravesó calles más numerosas que las arrugas de un río. ¿Qué hombres no conocí? ¿Qué libros no he leído? ¿Qué ha de haber en el almacén de lo visible y de lo invisible que se me pueda vender como novedad? En las mañanas del mes de octubre, llenas de sol y de palomas, contemplo la explosión lenta de las flores del duraznero y me paseo tranquilo, gozando de buena digestión y de buena respiración, la lengua llena del gusto del café y un cigarrillo que humea entre mis dedos. Debí pasar por todo eso, la larga noche del deseo y la posesión, para llegar hasta aquí.
En mi mente martillean versos férreos, ajenos. Resue­nan en mí como la primera vez. La belleza, que para Platón era reminiscencia, para mí, indefenso y libre, no es más que actualidad. La misma música aliterada me estremece de nuevo, cada vez, con delicias flamantes. El café: una sombra en relación con su regusto, con esa pesadez perfumada que se irradia, sutil, desde la punta de mi lengua, ahora. Lo que nos salva a nosotros, los vie­jos, es ver arder detrás el mundo, depositado sobre un lecho de ceniza palpitante. Sobre ese colchón estoy parado contemplando mi propia sombra que encoge lenta­mente en la mañana.
Que otros gocen hoy de la maravilla del nacimiento y del sabor de la primera entrega perfumada del mundo, o de una muchedumbre de fiestas nocturnas. El sol de los ciegos es más negro que la noche y el nacimiento más perfecto es la muerte. Mi luz es única. No la puedo cam­biar. Y el humo de mi cigarrillo es más sólido y más azul que un ramo de ciudades.
 
(Del libro “La mayor”, ,C.E.A.L., Capítulo, 1982)
 
Juan José Saer (Argentina; Serodino, Santa Fe, 1937- Francia, París, 2005).
 
 
Nota del Administrador: Leer Biografía en entrada anterior del autor.
 
 


jueves, 1 de octubre de 2020

EL PASO HACIA EL FIN






El día que Ana me dejó, ya había empezado a invadirme el silencio. Ana me abandonó; hacía tiempo que lo planeaba y parece que ese día hizo un esfuerzo y me lo dijo, tratando de hacerme ver que lo lamentaba, que era culpa mía. Pobre Ana, era culpa mía, no hacía falta demostrármelo. Fue el último verano, la tarde del mes de enero. Estábamos en un bar vacío y oscuro, y a través de la ventana yo contemplaba la cruda luz solar quemando la calle. Es terrible, pero a pesar de que me plantaba, no sentí ni furia ni humillación, sino piedad y pena por mi vida. Me dio fiaca explicarle. 

Esa misma noche me la encontré en una reunión en la casa de la novia de Pancho Expósito. Se puso roja, pero yo la saludé con simpatía y cordialidad. Se le había acoplado Carlitos Tomatis. Como afuera llovía, se habían juntado todos en el dormitorio, en el que había dos camas turcas, un anaquel lleno de libros, de madera de cajón forrada con papel de diario, y unas cuantas sillas esparcidas que nadie ocupaba. Todos estaban sentados en una cama y en el suelo, formando rueda. Como todo el mundo sabía que Ana había mantenido relaciones conmigo durante más de un año, Tomatis parecía experimentar una sensación de culpa y de inferioridad frente a mí; traté de tranquilizarlo, y cuando pedí cordialmente un trago de ginebra a la concurrencia en general, me dirigí a él con la mirada.


Ana había vuelto a sentarse a su lado, en el suelo. Sin levantarse, Tomatis echó un chorro de ginebra en un alto vaso de vidrio verde y después le agregó un trozo de hielo que tintineó al caer en el vaso. Yo me apoyé en la pared, junto a la cama, y me quedé mirándolos con el vaso en la mano. Charlaban de a ratos, sobre temas fragmentados por el desinterés y el ocio. Eran siete, aparte de mí: Pancho y su novia, Ana y Tomatis, Ángel Leto, que era nuevo en la ciudad y no hacía más que beber ginebra y mirar el piso de mosaicos en una actitud pensativa y melancólica, y Barco, que había caído a la reunión con una chica que yo no conocía, con aire de barrio, que hablaba poco y se sentía al parecer muy incómoda. Pensé que estaba callada contra su costumbre, que se sentía intimidada por andar entre «estudiantes».

Ana también estaba incómoda; mi presencia la ponía así. Debía sentir que yo pensaba algo malo sobre su decisión de abandonarme; que me había abandonado para dedicarse a la vida social. Estaba equivocada; yo lo consideraba así, por  supuesto, pero no se lo reprochaba en absoluto. Me parecía justo que ella se divirtiera, que viviera a su modo, pero imaginar una existencia de esa clase para mí me llenaba de antemano de una intolerable fatiga.

—¿Qué es de tu vida? —me dijo Tomatis de pronto, desatendiendo la
conversación con los otros. Ana se volvió para mirarme.
—Y, nada —le dije.
—¿De veras que te recibiste de abogado?
Ana me sonrió, y sacudió lentamente a Tomatis.
—Qué atrasado —dijo—. Pepe es doctor desde hace ocho meses.
—No nos vemos seguido —dijo Tomatis.
—Leí tu libro —dije.
—Lo siento —dijo Tomatis, con una sonrisa simpática.

Terminé mi ginebra y me hice llenar otra vez el vaso, esta vez por Ana.
—No tomes tanto —dijo Ana, entregándome el vaso.
—El mundo no se divide en buenos y malos —dijo Barco en ese momento—.
Se divide en neuróticos, psicóticos y dementes. Hay que substituir el juicio ético por el mero diagnóstico.

Lo dijo de un modo preciso, con honda complacencia. La luz algo sucia de una bombita que pendía de un pringoso cable negro iluminaba malamente la habitación. El aire oprimía; era húmedo y pesado, y el estruendo de la lluvia incesante colmaba y casi excedía las voces. De vez en cuando un relámpago azul, sostenido, mezclaba en claridad el agua que se derramaba en el patio de mosaicos.

—Muy ingenioso —dijo Tomatis.

Los hombres estábamos todos en mangas de camisa; las mujeres con livianos vestidos floreados. Ana era la única vestida de un modo diferente: tenía una pollera blanca de hilo crudo y una blusita verde de seda sin mangas, que cubría su torso moreno. Su pelo rubio estaba cortado corto, como yo se lo había pedido un mes atrás; le daba un aspecto más fresco, más delicado y más infantil. Más de una vez había sentido un extraño aluvión cálido en mi interior al contemplarla.

—Hoy por hoy —dijo Tomatis— Barco debe ser uno de los pocos individuos del país que piensan sin errores de sintaxis.
—Demasiada lectura —rió Barco.

Me miró, como ansioso de averiguar el efecto que me habían producido sus palabras. No me habían producido ningún efecto.

Pancho Expósito hablaba en el oído de su novia, y ella se sonreía placenteramente al escucharlo. La chica de Barco trataba de no faltar a las reglas de urbanidad, y permanecía rígida, sentada sobre el borde de la cama, arreglándose de vez en cuando el pelo en la nuca, con una mano áspera, que conocía el trabajo. Leto pidió un cigarrillo. Pancho le extendió un paquete de «Saratoga», mecánicamente, sin dejar de arrullar a Dora.

Bebí un trago, me volví ligeramente y contemplé el patio. Ellos me ignoraron y continuaron charloteando y riendo, pero después de medio minuto, cuando moví la cabeza hacia el grupo sorprendí a Tomatis observándome con expresión pensativa. Traté de sonreírle, e íntimamente decidí salir de allí, pero me resultaba difícil expresarlo todavía. Por otro lado, él o Ana podían interpretar que yo podía sentirme molesto u ofendido. Hablaban de una excursión al río que harían el próximo domingo.

Ana se volvió hacia mí. Esperaba hallar algún patetismo en la situación; no lo había.

—¿Vas a venir? —dijo.
—Sí —dije—. Bueno, depende.
Tomatis me sonrió desde el suelo.
—¿De qué depende? Vamos, viejo. No seas así —dijo—. No podés faltar.
Traté de hablar con el tono más cordial del mundo.
—Comprometido —dije, sonriendo.
Tomatis se puso de pie y avanzó hacia mí, el vaso en la mano; me palmeó.
—¿Cómo anda esa política? —dijo.
—Bien —respondí—. Estupendo.
Se quedó serio, mirando hacia el patio. No sabía qué decir. Yo tampoco.
Después habló en voz baja.
—Vamos para la cocina —me dijo.

Ana nos miraba. Lo seguí hacia la cocina, comunicada con el dormitorio por medio de una galería techada, sostenida con columnas de caño. La lluvia me salpicaba el rostro. La galería, a oscuras, era iluminada de vez en cuando por unos largos relámpagos azules.

Tomatis encendió la luz de la cocina; los blancos azulejos de las paredes producían una iluminación más viva. Había una mesa de madera, húmeda; sobre ella un mate y una pava. Tomatis miró el contenido de su vaso, sacudiéndolo para oír tintinear el trozo de hielo.

—No quiero que pienses mal de mí —dijo, sin mirarme.
Yo me sorprendí calmamente.
—¿Por? —le dije.
—No —dijo Tomatis—. No tengo nada que ver con Ana. Si viniste para hablar con ella me retiro.
Sonreí.
—No, hombre —le dije—. Estás mal de la cabeza. Me largó hoy.
—Me dijo —dijo Tomatis.

Hicimos silencio. El rumor del agua se atenuó; me gustaba oírlo. Quería estar solo, guarnecido bajo un umbral, en una calle oscura, para contemplar a mis anchas las masas de agua atravesar la zona de luz del foco de la esquina.

—De veras, Pepe —dijo otra vez Tomatis—. No te vayas a creer que me
estoy pasando de vivo.
—Quedate tranquilo —le dije. Para subrayar mi consentimiento le palmeé
un brazo. Tenía el pelo largo, y la frente lustrosa por el sudor.
—Yo te aprecio muchísimo —dijo Tomatis alzando la cabeza—. En realidad no somos tan amigos como debiéramos serlo. ¿Por qué no vas a visitarme una de estas tardes?
—Cómo no —le dije—. Cualquiera de estas tardes caigo por tu casa.
—Vos sabés muy bien que yo no me las tiro de vivo —insistió.

Tomatis es un tipo inteligente. Es una buena persona. Después, al recordar esa situación, debió haberse sentido un poco ridículo.

Ana apareció de golpe en la puerta; había venido corriendo, excitada por la lluvia. Yo recordé, de golpe, largas noches pasadas, tardes en la playa, amaneceres, y volví a sentir una pena fugaz, imposible de evitar. Ana sonrió. Se paró al lado mío, por la costumbre. Después pareció admitirlo y se alejó un poco hacia Tomatis. 
Noté que se turbó, creyéndose que me había herido.

—¿Charlando? —dijo.
—No —dijo Tomatis—. Lo invité a Pepe a casa para una de estas tardes.
—¿Puedo colarme? —dijo Ana.

Alcé el vaso de ginebra y mientras bebía pude ver que Tomatis sonreía.
—Por supuesto —dijo.

Hubiera querido saber cuál era mi cara en ese momento; uno es capaz de intuirse a sí mismo por la voz, por la elección de las palabras, por los ademanes; es más difícil lograrlo sin verse la cara. Creo que si se nos condenara a vernos la cara en todo momento, en cada una de nuestras actitudes, enloqueceríamos. No dije nada.

Ana señaló mi vaso con un gesto.
—¿Me das un trago? —dijo.
Evitaba mirarme. Le entregué el vaso. Estaba harto. Traté de emitir una  sonrisa excepcionalmente satisfecha.

—Bueno. Tengo que irme —dije.

Ana me devolvió el vaso. Estaba confusa, sin saber qué actitud adoptar.
—Voy al dormitorio —dijo Tomatis sonriéndome—. No te olvides, eh.
Después de las cinco estoy siempre. Así nos liquidamos un vasito de vino.

Salió. Ana y yo nos miramos. Ella quería iniciar conversación.

—Estás imposible —dijo Ana.
—Ya sé —le dije.
—Tu egoísmo es monstruoso.
—¿Por?

Ana vaciló. Estaba ligeramente furiosa ahora. Le resultaba imposible tolerar la manera como yo había aceptado su abandono. En el fondo, hubiera querido que yo me rebelara, pero yo no podía hacerlo porque sabía de antemano que todo era inútil. El silencio había ido anegándome gradualmente. En ese punto yo no lo podía evacuar, porque había acabado convirtiéndose en mi lenguaje.

—Es monstruoso. Es monstruoso —repitió.

Tomé el resto de la ginebra y dejé el vaso sobre la húmeda tabla de la mesa. No le respondí. Me di vuelta y salí a la galería. Percibí el rumor del agua más intensamente y unas chispas frías me mojaron la cara. Recogí mi impermeable y me quedé un momento más de pie junto a la rueda, por cortesía. Salvo Ana y Tomatis, nadie parecía haberse dado cuenta de mi presencia. Hablaban, pero no decían nada, impelidos por esa oscura inercia del corazón, que se niega perpetuamente a estar solo. Ana reapareció en el dormitorio y se sentó junto a
Tomatis, en el suelo. El caso estaba definitivamente terminado.

Cinco minutos después me calcé el impermeable, emití un saludo común, una especie de gruñido amable y me dirigí a la salida. El zaguán estaba a obscuras. Me detuve bajo el umbral y miré hacia la esquina, las masas de agua fina atravesando la zona de luz del foco de alumbrado, pero ya no sentí placer en contemplarlas. Comencé a caminar pegado a la pared, en dirección a mi casa. «No me falta más que negarme a trabajar, que negarme a comer, que negarme a beber», pensé. Con gradual facilidad lo lograría. Estaba lográndolo. «No sé si está bien, si es justo», pensé, caminando con plácida lentitud bajo los árboles. «Es justo hacer sólo lo que nos sentimos capaces de hacer». Y al entrar en mi casa, mientras me secaba y sacudía el cabello, lleno de agua, pensé que, justa o no, no era posible otra salida. Que, al fin de cuentas, lo injusto y lo inútil era intentar sobrevivir, si uno, por inocencia o descuido, había penetrado, sin rescate, en el hondo dominio del silencio.

Papeles argentinos”; CUADERNO 2; Del libro:
Papeles de trabajo; Seix Barral, 2012

 Juan José Saer; Argentina; Serodino, Santa Fe, 1937- Francia, París, 2005.



Nota del Administrador: Leer Biografía en entrada anterior del autor.


lunes, 25 de octubre de 2010

EL ARTE DE NARRAR








































Llamamos libros
al sedimento oscuro de una explosión
que cegó, en la mañana del mundo,
los ojos y la mente y- encaminó la mano
rápida, pura, a almacenar
recuerdos falsos
para memorias verdaderas.
Construcción
irrisoria, que horadan los ojos del que lee
buscando, ávidos, en el revés del tejido férreo,
lo que ya han visto y que no está.
Porque estas horas
de decepción, que alimenta la rosa
del porvenir donde la vieja rosa marchita
persevera, no quedarán
tampoco entre sus pétalos,
flor de niebla, olvido hecho de recuerdos retrógrados,
rosa real de lo narrado
que a la rosa gentil de los jardines del tiempo
disemina
y devora.



Juan José Saer



Juan José Saer (Santa Fe, Serodino, 1937 - Francia, París, 2005). Narrador y poeta argentino cuya extensa y rica obra permaneció al margen de las vanguardias, pero al que se sitúa sin embargo como un innovador de la ficción contemporánea. En su singular estilo consigue una fusión de lo local y lo universal. Abandonó los estudios de derecho y en 1962 comenzó a enseñar en el Instituto de Cinematografía de la Universidad Nacional del Litoral. En 1968 viajó a Francia con una beca y desde entonces residió en ese país y dictó clases de literatura. Se inició en el mundo literario escribiendo poesía, que recogería años después en El arte de narrar (1977). Su residencia en el pueblo de Colastiné, sobre el río Paraná, a finales de la década de 1950, le permitió crear un espacio geográfico-literario habitado por personajes recurrentes. Publicó los relatos de En la zona (1960), Palo y hueso (1965), Unidad de lugar (1967), Cicatrices (1969) y las novelas Responso (1964) y La vuelta completa (1966). En 1974, con la publicación de la novela El limonero real, Juan José Saer se desprendió del acento realista de sus primeros libros de relatos para dar comienzo a una de las obras más rigurosas y originales de la literatura argentina contemporánea. La influencia de Jorge Luis Borges y del objetivismo francés sirve de base para la singular operación realizada por Saer. De Borges tomó el perfil no psicologista y antirrealista de sus relatos, y la exaltación del artificio; de los objetivistas, el trabajo experimental con las categorías narrativas de personajes, espacio y tiempo, y la descomposición detenida de los gestos y de la mirada. La forma en que se plasmaron estas influencias -la de Borges, cuando recién comenzaba a ocupar un lugar central en el sistema literario argentino; la del objetivismo, cuando la literatura del país vivía bajo el auge de la exaltación subjetivista de Rayuela- provocó un fenómeno muy singular de recepción de la obra de Saer. Primero fue reconocida por la crítica literaria y sólo mucho después, recién a mediados de la década de 1980, por el público. El premio Nadal de novela, que le fue otorgado en 1987, en Barcelona, por La ocasión, y la consiguiente repercusión pública, representaron, en efecto, el primer momento de coincidencia entre las sanciones del público y de la crítica literaria con respecto a su obra. Publicó además La mayor (1976), Nadie nada nunca (1980), El entenadoGlosa (1986) y El río sin orillas (1993), que propone un recorrido por la historia argentina a través de un curso fluvial. Con La pesquisa (1995) incursionó en el género policial, y en Las nubes (1997), falsa epopeya, viaje irónico y sentimental de un joven psiquiatra y cinco locos, ambientada en 1804, apunta sus ideas sobre el tiempo, el espacio y la historia. El concepto de ficción (1997), por otra parte, recoge sus ensayos literarios. Su obra ha sido traducida a diversas lenguas europeas. En 2006 apareció su novela póstuma titulada La grande (1983).




lunes, 14 de junio de 2010

RUIDOS DE AGUA















Nadie está, aunque parezca estar, en el mundo.

Como cuando en el agua lisa y resplandeciente
cae una piedra que llena el aire con su eco,
igual el todo, permanencia inmóvil,
se abre y se cierra con cada nudo, fugaz, de acaecer.
Ruidos de agua. Y silencio, después,
en un lugar arcaico y sin orillas.

(De: El arte de narrar)


Juan José Saer(Argentina, Santa Fe, Serodino, 1937 - París, 2005)








ÁLAMOS
















Parecen familiares del cielo y brillan, delicados y lentos,
sin mostrarse para el que los contempla, ni amigos ni enemigos.
Se inclinan blandos y victoriosos a todos los vientos
y son, en la tarde abierta, más testimonio o prueba que testigos.



(De: El arte de narrar)

Juan José Saer(Argentina, Santa Fe, Serodino, 1937 - París, 2005)

lunes, 9 de marzo de 2009

El asadito




...Es que la carne de vaca asada a las brasas, el asado, es no únicamente el alimento de base de los argentinos, sino el núcleo de su mitología, e incluso de su mística. Un asado no es únicamente la carne que se come, sino también el lugar donde se la come, la ocasión, la ceremonia. Además de ser un rito de evocación del pasado, es una promesa de reencuentro y de comunión. Como reminiscencia del pasado patriarcal de la llanura, es un alimento cargado de connotaciones rurales y viriles, y en general son hombres los que lo preparan. Además de ciertas partes carnosas de la vaca, prácticamente todas las visceras son aptas para la parrilla: intestinos, riñones, mollejas, corazón, ubres de la vaca y testículos del toro. El asado se cocina a fuego lento y puede llevar horas, pero esa cocción demorada es menos una regla de oro gastronómica que un pretexto para prolongar los preliminares, es decir la conversación fogosa, las llegadas graduales de los invitados que, trayendo alguna botella de vino para colaborar, van cayendo a medida que sus ocupaciones se lo permiten, incorporándose a la charla animada, no sin pasar un momento por la parrilla para inspeccionar el fuego o cruzar un par de frases con el asador. Es falta de respeto dar consejos o mostrar aprensión sobre la autoridad del que está asando, aunque cada uno de los presentes tiene su propia teoría sobre cómo deben hacerse las cosas. El asado reconcilia a los argentinos con sus orígenes y les da una ilusión de continuidad histórica y cultural. Todas las comunidades extranjeras lo han adoptado, y todas las ocasiones son buenas para prepararlo. Cuando vienen los amigos del extranjero, cuando alguien obtiene algún triunfo profesional, cuando hace buen tiempo. Cuando los albañiles que están haciendo una casa ponen el techo, atan una rama verde en el punto más alto de la construcción y hacen un asado. A pesar de su carácter rudimentario, casi salvaje, el asado es rito y promesa, y su esencia mística se pone en evidencia porque le da a los hombres que se reúnen para prepararlo y comerlo en compañía, la ilusión de una coincidencia profunda con el lugar en el que viven. La crepitación de la leña, el olor de la carne que se asa en la templanza benévola de los patios, del campo, de las terrazas, no desencadenan por cierto ningún efluvio metafísico predestinado a esa tierra, pero sí en cambio, repitiendo en un orden casi invariable una serie de sensaciones familiares, acuerdan esa impresión de permanencia y de continuidad sin la cual ninguna vida es posible.
Al anochecer, se encienden los primeros fuegos. Un olor de leña, y después de carne asada es lo que sobresale cuando empieza a oscurecer en el campo, en las orillas del río, en los pueblos y en las ciudades. Repartido en muchos hogares, no siempre equitativos, el fuego único de Heráclito arde plácido o turbulento, iluminando y entibiando ese lugar,que, ni más ni menos prestigioso que cualquier otro, es, sin embargo, único también, a causa de unos azares llamados historia, geografía y civilización; el fuego arcaico y sin fin acompañado de voces humanas que resuenan a su alrededor y que van transformándose poco a poco en susurros hasta que por último, ya bien entrada la noche, inaudibles, se desvanecen.




(Fragmento de: "EL RÍO SIN ORILLAS -
Tratado imaginario"; Alianza singular; Bs.As., 1991.)

Juan José Saer(Argentina, Santa Fe, Serodino, 1937 - París, 2005)




IMAGEN: Asado argentino a la estaca.




lunes, 10 de noviembre de 2008

LA MAYOR - Fragmento-


(Apertura)


Otros, ellos, antes, podían. Mojaban, despacio, en la cocina, en el atardecer, en invierno, la galletita, sopando, y subían, después, la mano, de un solo movimiento, a la boca, mordían y dejaban, durante un momento, la pasta azucarada sobre la punta de la lengua, para que subiese, desde ella, de su disolución, como un relente, el recuerdo, masticaban despacio y estaban, de golpe ahora, fuera de sí, en otro lugar, conservado mientras hubiese, en primer lugar, la lengua, la galletita, el té qué humea, los años: mojaban, en la cocina, en invierno, la galletita en la taza de té, y sabían, inmediatamente, al probar, que estaban llenos, dentro de algo y trayendo, dentro, algo, que habían, en otros años, porque había años, dejado, fuera, en el mundo, algo, que se podía, de una u otra manera, por decir así, recuperar, y que había, por lo tanto, en alguna parte, lo que llamaban o lo que creían que debía ser, ¿no es cierto?, un mundo. Y yo ahora, me llevo a la boca, por segunda vez, la galletita empapada en el té y no saco, al probarla, nada, lo que se dice nada. Sopo la galletita en la taza de té, en la cocina, en invierno, y alzo, rápido, la mano, hacia la boca, dejo la pasta azucarada, tibia, en la punta de la lengua, por un momento, y empiezo a masticar, despacio, y ahora que trago, ahora que no queda ni rastro de sabor, sé, decididamente, que no saco nada, pero nada, lo que se dice nada. Ahora no hay nada, ni rastro, ni recuerdo,de sabor: nada. El fluorescente, que titila, imperceptible, hunde y saca de lo negro, alternadamente, en el atardecer, la cocina. Me paro, con la taza en la mano, y salgo a la penumbra azul y cintilante. Está la escalera, desnuda, que subo hucia la terraza. Ahora voy avanzando, en el aire azul, en la terraza, y en la penumbra azul, en la altura, en el ciclo, está la luna. El gran círculo amarillo comienza, por decir así, a brillar. Y en la penumbra azul, desde el centro de la terraza abierta, los techos, las terrazas, las ventanas iluminadas, los monoblocs, el rumor de las seis que sube, monótono, desde las calles, mientras voy, con la taza en la mano, hacia mi cuarto. Ahora estoy sentado frente a la mesa, la taza vacía a un costado de las manos apoyadas sobre la carpeta verde donde dice, en tinta roja, en grandes letras de imprenta, PARANATELLON. Estoy inmóvil: una mano apoyada en el dorso de la otra, sobre la carpeta verde, cerrada, donde dice, en tinta roja, en grandes letras de imprenta, irregulares, rápidas, PARANATELLON. La taza vacía está a un costado, junto a la carpeta, contra un fondo de libros amontonados, de papeles, y un vaso lleno de lápices, de lapiceras, de biromes. Y en la pared amarilla, al alzar la cabeza, enmarcado por cuatro varillas negras, entre cuatro márgenes blancos, anchos, el Campo de trigo de los cuervos. No pienso nada, lo que se dice nada. Y no recuerdo, tampoco, nada: no sube, por decir así, ¿desde dónde?, ningún relente, nada. No estoy tampoco en otro lugar: es siempre ahora, el mismo, frío, iluminado, con los libros amontonados, y los papeles, y el Campo de trigo de los cuervos, lugar. Estoy estando siempre, ahora, en el mismo, con la taza vacía y las manos cruzadas sobre el PARANATELLON, sobre la mesa, lugar. Y ahora me estoy levantando, estoy yendo por la terraza ahora negra, entre las luces fijas que brillan, en círculo a mi alrededor, desde los techos y las ventanas y las terrazas que se han borrado, viendo la luna dura, fría, redonda, que brilla, sin destellar, en el cielo. En el cielo de las siete, en invierno, está, redonda, fría, brillando sin destellar, decía, la luna. Y decía que otros, ellos, antes, podían. Mojaban, despacio, en el atardecer, en la cocina, en invierno, la galletita, y subían, después, la mano, desde la taza de té, a la boca, dejaban la pasta azucarada, durante un momento, en la punta de la lengua, y en seguida, ¿y desde,dónde?, subía, como un vapor, el recuerdo. Y decía: que dejaba atrás la cocina, entraba en el aire azul y subía, con la taza en la mano, las escaleras. Con la taza en la mano: las escaleras. Estaba, en el cielo de las seis, dura, brillante, sin destellar, decía; la luna. Y decía: que la luz del fluorescente, titilando, imperceptible, hundía y sacaba, alternadamente, entera, de lo negro, la cocina. Ahora estoy estando en la punta de la escalera, en el aire oscuro, frío, de las ocho: y ahora estoy estando en el último escalón, estoy estando en el penúltimo escalón, estoy estando en el antepenúltimo escalón ahora. En el ante antepenúltimo ahora. Y ahora estoy estando en el primer escalón. Decía que ellos, otros, en otro, como quien dice, lugar, mojaban, durante un momento, en la taza de té, la galletita, se la llevaban, en seguida, a la boca, dejándola un momento reposar sobre la punta de la lengua, y empezaban, después, a drenar, por decir así, el bloque, empastado, de los años, porque había, todavía, para ellos, o en ellos, años, y decía que iba subiendo después, con la taza en la mano, las escaleras, que iba atravesando, en la penumbra azul, la terraza, y que miraba, alternadamente, la luna fría, las luces nítidas, girando, inmóviles, y en su lugar, alrededor, los techos, los patios negros, las terrazas, y que estaba mirando, más tarde, las manchas amarillas, azules, verdes, negras, pardas, enmarcadas, con mucho blanco alrededor, entre las varillas negras, que sobre un fondo, desordenado, de papeles, de libros, estaban la taza vacía, las manos cruzadas sobre la carpeta verde, bajo las letras irregulares, rápidas, en tinta roja, que decían PARANATELLON, que estaba estando, primero, en el último escalón, en el penúltimo, en el antepenúltimo escalón, en el ante antepenúltimo, en el primer escalón, en el patio, yendo otra vez, con la taza vacía, a la cocina que entra y sale, en su lugar, una y otra vez, imperceptiblemente, como todo lo demás, de lo negro. El chorro de la canilla cae sobre la taza vacía, y el agua humeante desborda. Me llegan, desde la sala, peculiares, las voces de la televisión, y subrayándolas, por debajo, o por encima más bien, o detrás, si se quiere, de a ráfagas, la música. Como solo. La carne fría, fibrosa, y el pan de la mañana, amasijados, mezclados, pasan, de a pedacitos, por la garganta. El vino negro los disuelve y los empuja hacia atrás, hacia el fondo. Han de estar, en la oscuridad, uno detrás de otro, bajando. Han de irse depositando en el fondo, donde la maquinaria ha de haber comenzado, ya, a trabajar. Y cuando me levanto, la comida, que ya es recuerdo, queda, en otro, por decir así, y en el que estoy todavía estando, y que debiera, sin embargo, ser el mismo, lugar. Ahora estoy estando en el primer escalón, en la oscuridad, en el frío. Ahora estoy estando en el segundo escalón. En el tercer escalón ahora. Ahora estoy estando en el penúltimo escalón. Ahora estuve o estoy todavía estando en el primer escalón y estuve o estoy todavía estando en el primer escalón y en el segundo escalón y estuve o estoy estando, ahora, en el tercer escalón, y estuve o estoy estando en el primer y en el segundo y en el cuarto y en el séptimo y en el antepenúltimo y en el último escalón ahora. No. Estuve primero en el primer escalón, después estuve en el segundo escalón, después estuve en el tercer escalón, después estuve en el antepenúltimo escalón, después estuve en el penúltimo y ahora estoy estando en el último escalón. Estuve en el último escalón y estoy estando en la terraza ahora. No. Estuve y estoy estando. Estuve, estuve estando estando, estoy estando, estoy estando estando, y estoy ahora estuve estando, estando ahora en la terraza vacía, azul, sobre la que brilla, redonda, fría, la luna. Fija, en el cielo, lisa, borrando, a su alrededor, las estrellas, y frente a mí, y refractaria, a su modo, chata, imaginaria, un nombre únicamente, una palabra, la luna. Enciendo, en el cuarto helado, la luz. Sobre la mesa, contra un fondo desordenado de libros, de papeles, a un costado del vaso lleno de lápices, de biromes, rojas, negras, verdes, azules, la carpeta verde, cerrada, en cuya tapa estoy escribiendo, en grandes letras rápidas, nerviosas, con tinta roja, PARANATELLON. Y en la pared, sobre el escritorio, con mucho blanco alrededor, detrás del vidrio, el Campo, ¿pero es verdaderamente un campo?, de trigo, ¿pero es verdaderamente trigo?, de los cuervos, y uno podría, verdaderamente, preguntarse si son verdaderamente cuervos. Son, más bien, manchas, confusas, azules, amarillas, verdes, negras, manchas, más confusas a medida que uno va aproximándose, manchas, una mancha, imprecisa, que se llama, justamente, así, porque de otra manera no se sabría, que no es, o que no forma parte, del todo: un límite. Y la llama del fósforo que llevo, con cuidado, hacia el cigarrillo que cuelga de los labios, ondula, una mancha, amarilla y azul, móvil, y se estremece, después, entera, cuando la soplo, varias veces, antes de apagarse. El humo sube, en la habitación, inmóvil. Va, por decir así, dispersándose. En el aire, iluminado, arabescos y láminas, y una bruma tenue, grisácea ahora, en suspensión, alrededor, especialmente, de la lámpara. Han de estar oyéndose, allá abajo, en la sala, las voces, peculiares, de la televisión, y detrás de ellas, y debajo, o alrededor, si se quiere, intermitente, la música. Intermitentes, las voces, peculiares, de la televisión, han de estar oyéndose, allá abajo, en la sala, que es otro, con la luz azulada que titila, y ellas dos sentadas en los sillones desde el atardecer, en la penumbra, lugar. Al sacudir, sobre el cenicero, en la mesa, el cigarrillo, el humo tiembla todo, deshaciéndose. Porque ellos, antes, otros, por decir así, podían: de una cara redonda, mate, con un hoyuelo, uno solo, en el pómulo derecho, de unos ojos, y de una frente en la que el pelo estirado hacia atrás, negro, nacía, de la ancha boca abierta, o cerrada, podían, proyectándose, algún signo, algún mensaje, una evidencia, o mejor, una certidumbre, como, por decir así, un diamante de su ganga, sacar. De un signo a otro, de un mensaje, o de una certidumbre, tiraban, por decirlo de algún modo, las líneas, y ponían, en el mundo, como una madre al parir, en el espacio, sólida, a la vista, externa, o como en el aire, volando, imaginariamente, en el vacío, una paloma, irrefutable, una construcción, que servía: una medida que por estar, solamente, cortaba, despedazaba, clasificando, dividiendo, adelante, atrás, después, antes, arriba, abajo, ahora, la mancha continua, vaga, errabunda, idéntica a sí misma, en cada punto, sin centro, y sin, más oscuro, o menos nítido, arrabal. Ningún mensaje, para mí, de ese hoyuelo, que se abre, con la risa, solitario, en el pómulo derecho, ninguna certidumbre que sacar: nada. Y el humo del cigarrillo que retiro, en este momento, de entre los labios, sube, parsimonioso, complejo, hacia el cielorraso. Ha de estar estando, a mi alrededor, iluminada, fría, las calles rectas y desiertas entrecortándose cada cien metros, constante, la ciudad. A mi alrededor, y concéntrica, apretándose, como anillos, la muchedumbre de casas, en uno de cuyos cuartos, en cada una, la misma imagen titila, azulada, tocando vagamente las caras vacías, sin expresión...

Juan José Saer(Argentina, Santa Fe, Serodino, 1937 - París, 2005)


miércoles, 10 de septiembre de 2008

SOMBRAS SOBRE VIDRIO ESMERILADO



a Biby Castellaro

¡Qué complejo es el tiempo, y sin embargo, qué sencillo! Ahora estoy sentada en el sillón de Viena, en el living, y puedo ver la sombra de Leopoldo que se desviste en el cuarto de baño. Parece muy sencillo al pensar "ahora", pero al descubrir la extensión en el espacio de ese "ahora", me doy cuenta enseguida de la pobreza del recuerdo. El recuerdo es una parte muy chiquitita de cada "ahora", y el resto del "ahora" no hace más que aparecer, y eso muy pocas veces, y de un modo muy fugaz, como recuerdo. Tomemos el caso de mi seno derecho. En el ahora en que me lo cortaron, ¿cuántos otros senos crecían lentamente en otros pechos menos gastados por el tiempo que el mío? Y en este ahora en el que veo la sombra de mi cuñado Leopoldo preyectándose sobre los vidrios de la puerta del cuarto de baño y llevo la mano hacia el corpino vacío, relleno con un falso seno de algodón puesto sobre la blanca cicatriz, ¿cuántas manos van hacia cuántos senos verdaderos, con temblor y delicia? Por eso digo que el presente es en gran parte recuerdo y que el tiempo es complejo aunque a la luz del recuerdo parezca de lo más sencillo.


Soy la poetisa Adelina Flores. ¿Soy la poetisa Adelina Flores? Tengo cincuenta y seis años y he publicado tres libros: "El camino perdido", "Luz a lo lejos" y "La dura oscuridad". Ahora veo la sombra de mi cuñado Leopoldo proyectándose agrandada sobre el vidrio de la puerta del baño. La puerta no da propiamente al living, sino a una especie de antecámara, y solamente por casualidad, porque está más cerca de la puerta de calle, que he dejado abierta para tomar aire, he traído el sillón de Viena a este lugar y estoy hamacándome lentamente en él. El sillón de Viena cruje levemente. No podía soportar mi cuarto, y no únicamente por el calor. Por eso vine aquí. Es difícil soportar encerrada entre libros polvorientos los atardeceres de este terrible enero. Susana ha salido. No sale nunca, pero hoy dijo que su pierna derecha le dolía y pidió turno para el médico. Así que está afuera desde las seis. Hamacándome lentamente veo como Leopoldo se desabrocha con cuidado la camisa, se la saca, y después se da vuelta para colgarla de la percha del baño. Ahora comienza a desabrocharse el pantalón. Advierto que tengo la mano sobre el puñado de algodón que le da forma al corpino en la parte derecha de mi cuerpo, y bajo la mano. He visto crecer y cambiar ciudades y países como a seres humanos, pero nunca he podido soportar ese cambio en mi cuerpo. Ni tampoco el otro: porque aunque he permanecido intacta, he visto con el tiempo alterarse esa aparente inmutabilidad. Y he descubierto que muchas veces es lo que cambia en una lo que le permite a una seguir siendo la misma. Y que lo que permanece en una intacto, puede cambiarla para mal. La sombra de Leopoldo se proyecta sobre el vidrio esmerilado, de un modo extraño, moviéndose, ahora que Leopoldo se inclina para sacarse el pantalón, encorvándose para desenfundar una pierna primero, irguiéndose al conseguirlo, y volviéndose a encorvar para sacar la otra, irguiéndose otra vez en seguida.

("Sombras" "Sombras sobre" "Cuando una sombra sobre un vidrio veo" No.) Ese chico, ¿cómo se llamaba? Tomatis. Él me dijo una vez lo que piensa de mí, en la mesa redonda sobre la influencia de la literatura en la educación de la adolescencia. Yo no quería estar en ese escenario de la universidad. Pero vino el editor y me dijo: "¿No te parece que si te presentaras más seguido en público para exponer tus puntos de vista "La dura oscuridad" podría salir un poco más, Adelina? " Así que me vi sentada en el escenario frente a la sala llena. Había cientos de caras que me miraban esperando que yo diera mi opinión, en ese salón frío y lleno de ecos. Tomatis estaba sentado en el otro extremo de la mesa. Hice una corta exposición, aunque la presencia de toda esa gente expectante me inhibía mucho. (Leopoldo acomoda cuidadosamente el pantalón, sosteniéndolo desde las botamangas, con el brazo alzado para conservar la raya. Después lo dobla y comienza a pasarlo por el travesaño de una percha; lo veo.) Cuando terminé de hablar, Tomatis se echó a reír. "La señorita Flores -dijo, riéndose y poniéndose como pensativo— ha dicho hermosas palabras sobre la condición de los seres humanos. Lástima que no sean verdaderas. Digo yo, la señorita Flores, ¿ha estado saliendo últimamente de su casa? " Los cientos de personas que estaban sentadas contemplándonos se echaron a reír. Yo no dije una palabra más; y cuando terminó la mesa redonda y fuimos a la comida que nos ofreció la universidad, Tomatis se sentó al lado mío. Se lo pasó todo el tiempo charlando y riendo, fumando y tomando vino. Y en un aparte se volvió hacia mí y me dijo: "¿Usted no cree en la importancia de la fornicación, Adelina? Yo sí creo. Eso les pasa a ustedes, los de la vieja generación: han fornicado demasiado poco, o en su defecto nada en absoluto. ¿Sabe? Se dice que usted tiene un seno de menos. No, no estoy borracho. O sí, capaz que un poco sí. ¿Es cierto? ¿No piensa que usted misma lo ha matado? Yo pienso que sí. ¿Sabe? Usted me cae muy simpática, Adelina. Tiene un par de sonetos por ahí que valen la pena. Perdóneme la franqueza, pero yo soy así. Usted debería fornicar más, Adelina, sabe, romper la camisa de fuerza del soneto -porque las formas heredadas son una especie de virginidad— y empezar con otra cosa. Me juego la cabeza de que usted es capaz de salir adelante. Usted que la tiene cerca, páseme esa botella de vino. Gracias". Recuerdo perfectamente el lugar: un restaurante del centro con manteles cuadriculados, rojos y blancos, los platos sucios, los restos de pescado, y las botellas de vino tinto a medio vaciar. Ahora Leopoldo se ha sacado el calzoncillo y lo observa. Ha quedado completamente desnudo. Se inclina para dejarlo caer en el canasto de la ropa sucia que está en el costado del baño, junto a la bañadera. Puedo ver su sombra agrandada, pero no desmesuradamente, sobre los vidrios esmerilados de la puerta del baño que da a la antecámara.

En este momento, únicamente esa sombra es "ahora", y el resto del "ahora" no es más que recuerdo. Y a veces, tan diferente del "ahora", ese recuerdo, que es cosa de ponerse a llorar. Es terrible pensar que lo único visible y real no son más que sombras. Si pienso que en este mismo momento los bañistas se pasean en traje de baño bajo los árboles tranquilos del parque del Sur, sé que eso no es ahora, sino recuerdo. Porque es posible que en este momento no haya ni un solo bañista en el parque del Sur, o, si hay alguno, no esté paseándose precisamente bajo los árboles que yo creo recordar; hasta es probable que estén todos echados en la arena de la playa, o en el agua, mientras el sol del crepúsculo vuelve roja la laguna y dos chicos se tiran uno al otro una pelota de goma que retumba en medio del silencio cuando choca contra la tierra. Pero me gusta imaginar que en este momento, en los barrios, las chicas se pasean en grupos de tres o cuatro tomadas del brazo, recién bañadas y perfumadas, y que grupos de muchachos las contemplan desde la esquina. Puedo ver las calles del centro abarrotadas de coches y colectivos y a Susana bajando lentamente, con cuidado por su pierna dolorida, las escaleras de la casa del médico. Es como si estuviera aquí y al mismo tiempo en cada parte. ¡Es tan complejo y sin embargo, tan sencillo! Ahora vuelvo ligeramente la cabeza y veo la mampara que da al patio. Entreveo los vidrios encortinados y el último resplandor de la tarde que penetra en el living a través de las grandes cortinas verdes. También veo los sillones vacíos, abandonados — ¡y cuántas veces nos hemos sentado en ellos Susana, Leopoldo, o yo o las visitas! — forrados en provenzal floreado. Las flores son verdes y azules, sobre fondo blanco. Hay una lámpara de pie, al lado de uno de los sillones, apagada. Pero yo me he traído el viejo sillón de Viena de mamá desde mi habitación y me he sentado en él —estoy hamacándome lentamente— para que el aire de la calle atraviese el living y se impregne como agua fría o como un olor sobre mi cuerpo. Ahora que no veo la puerta de vidrios esmerilados del baño, ¿qué estará proyectándose sobre ella? Seguramente el cuerpo desnudo de Leopoldo — ¡el cuerpo desnudo de Leopoldo! —, pero ¿en qué posición? ¿Tendrá los brazos alzados, se rascará el pecho con las dos manos, se tocará el cabello, o se habrá echado ligeramente hacia atrás para mirarse en el espejo? Es
terrible, pero ese ahora, tan cercano, no es más que recuerdo; y si vuelvo la cabeza otra vez hacia la puerta que da a la antecámara el "ahora" de los sillones de funda floreada, vacíos y abandonados, y las cortinas a través de las cuales penetra la luz crepuscular, no será más que recuerdo. Vuelvo la cabeza; ahora. La sombra de Leopoldo ha desaparecido. Ha de estar sentado, haciendo sus necesidades. ("Veo una sombra sobre un vidrio" "Veo" "Veo una sombra sobre un vidrio. Veo.")

En el vidrio vacío no se ve más que el resplandor difuso de la luz eléctrica, encendida en el interior del cuarto de baño. Es uno de esos días terribles de enero, de luz cenicienta; no está nublado ni nada, pero la luz liene un color ceniza, como si el sol se hubiese apagado hace mucho tiempo y llegara al planeta el reflejo de una luz muerta. Mi sencillo vestido gris y mi pelo gris condensan esa luz húmeda y muerta, y están como nimbados por un resplandor pútrido; y como acabo de hañarme no he hecho más qué condensar humedad sobre mi vieja piel blanca llena de vetas como de cuarzo. Tengo los brazos apoyados sobre la madera curva del sillón de Viena. Con el tiempo, si es que estoy viva, tomaré el rolor de la esterilla del sillón, me iré volviendo amarillenta y lustrosa, pulida por el tiempo. En eso fundo su sencillez. En que solamente pule y simplifica y preserva lo inalterable, reduciendo todo a simplicidad. Me dicen que destruye, pero yo no lo creo. Lo único que hace es simplificar. Lo que es frágil y pura carne que se vuelve polvo desaparece, pero lo que tiene un núcleo sólido de piedra o hueso, eso se vuelve suave y límpido con el tiempo y permanece. Ahora Susana debe estar bajando lentamente las escaleras de mármol blanco de la casa del médico, agarrándose del pasamanos para cuidar su pierna dolorida; ahora acaba de llegar a la calle y se queda un momento parada en la vereda sin saber qué dirección (porque sale muy poco y siempre se desorienta en centro de la ciudad; está con su vestido azul, sus anteoios (siempre creen que Adelina Flores es ella, por anteojos, y no yo) y sus zapatones negros de grueso taco bajo, que tienen cordones como los zapatos masculinos, mira como desconcertada en distintas direcciones, porque por un momento no sabe cuál tomar, mientras a la luz del crepúsculo pasa gente apurada y vestida de verano por la vereda, y un estruendo de colectivos y automóviles por la calle. Ahora con un movimiento de cabeza y un gesto que no revela el menor sentido del humor, sacándose los dedos de los labios, donde los había puesto mecánicamente al adoptar una actitud pensativa, Susana recuerda en qué dirección se encuentra la esquina donde debe tomar el colectivo y comienza a caminar con lentitud, decrépita y reumática, hacia ella. Hay como una fiebre que se ha apoderado de la ciudad, por encima de su cabeza -y ella no lo nota- en este terrible enero. Pero es una fiebre sorda, recóndita, subterránea, estacionaria, penetrante, como la luz de ceniza que envuelve desde el cielo la ciudad gris en un círculo mórbido de claridad condensada. ("Veo una sombra sobre un vidrio. Veo.") Veo a Susana atravesar lentamente el aire pesado y gris dirigiéndose hacia la parada de ómnibus donde debe esperar el dieciséis para volver en él a casa. Eso si es que ya ha salido de lo del médico porque es problable que ni siquiera haya entrado todavía al consultorio y esté sentada leyendo una revista en la sala de espera. El techo de la sala de espera es alto, yo he estado ahí cientos de veces, muy alto, y el juego de sillones de madera con la mesita central para las revistas y el cenicero es demasiado frágil y chico en relación con ese techo altísimo y la extensión de la sala de espera, que originariamente era en realidad el vestíbulo de la casa.


("algo que amé" "Veo una sombra sobre un vidrio. Veo" "algo que amé" "hecho sombra, proyectado" "hecho sombra y proyectado" "Veo una sombra sobre un vidrio. Veo" "algo que amé hecho sombra y proyectado") Puedo escuchar el crujido lento y uniforme del sillón de Viena. Sé pasarme las horas hamacándome con lentitud, la cabeza reclinada contra el respaldar, mirando fijamente un punto del vacío, sin verlo, en el interior de mi habitación, rodeada de libros polvorientos, oyendo crujir la vieja madera como si estuviera oyendo a mis propios huesos. Desde mi habitación he venido escuchando durante treinta años los ruidos de la casa y de la ciudad, como celajes de sonido acumulados en un horizonte blanco. Ahora escucho el ruido súbito de la cadena del inodoro y el del agua en un torrente rápido, lleno de tintineos como metálicos; después el chorro que vuelve
a llenar el tanque. La sombra de Leopoldo reaparece en los vidrios esmerilados de la puerta; se pone de perfil; ha de estar mirándose en el espejo. ¿Se afeitará? Veo cómo se pasa la mano por la cara. Ha mantenido la línea, durante tantos años, pero se ha llenado de endeblez y fragilidad. Al hamacarme, yendo para adelante y viniendo para atrás, la sombra da primero la impresión de que avanzara, y después la de que retrocediera. Vino a casa por mí la primera vez, pero después se casó con Susana. Todo es terriblemente literario, ("en el reflejo oscuro"). Fue un alivio, después de todo. Pero los primeros dos años, antes de que se casaran y Leopoldo empezara a trabajar como agente de publicidad del diario de la ciudad, —el primer agente de publicidad de la ciudad, creo, y en eso fue un verdadero precursor— los primeros dos años nos divertimos como locos, sin descansar un solo día, yendo y viniendo de día y de noche por la ciudad, en invierno y verano, hasta un día cuya víspera pasamos entera en la playa, en que Leopoldo vino a la noche a casa y le pidió al finado papá la mano de Susana después de la cena. Pero el día antes había sido una verdadera fiesta. Fue un viernes, me acuerdo perfectamente. Leopoldo pasó a buscarnos muy de mañana, cuando recién había amanecido, estaba todo de blanco, igual que nosotras, que llevábamos unos vestidos blancos y unos sombreros de playa blancos como estoy segura de que ni hasta hoy se ha atrevido a llevar nadie en esta bendita ciudad. Yo llevaba conmigo los versos de Alfonsina. [Va a afeitarse, sí. Ahora ha abierto el botiquín y mira su interior buscando los elementos ("en el reflejo oscuro" "sobre la transparencia" "del deseo") Alza los brazos y comienza a sacar los elementos]. Ya era diciembre, pero hacía fresco de mañana. Yo misma manejaba el Studebaker de papá, y Susana iba sentada al lado mío. En el asiento de atrás iba Leopoldo al lado de la canasta de la merienda, tapada con un mantel blanco. El aire ("sobre la transparencia del deseo" "como sobre un cristal esmerillado") fresco, limpio, resplandecía, penetrando por el hueco de las ventanillas bajas que vibraban con la marcha del automóvil. Yo podía ver por el retrovisor la cara de Leopoldo vuelta ligeramente hacia la ventanilla mirando pensativa el río. Nos fuimos a una playa desierta, lejos de la ciudad, por el lado de Colastiné. Había tres sauces inclinados hacia el río —la sombra parecía transparente— y arena amarilla. Nadamos toda la mañana y yo les leí poemas de Alfonsina: y cuando llegué a donde dice "Una punta de cielo/rozará/la casa humana", me separé de ellos y me fui lejos, entre los árboles, para ponerme a llorar. Ellos no se dieron cuenta de nada. Después extendimos el mantel blanco y comimos charlando y riéndonos bajo los árboles. Habíamos preparado riñón —a Leopoldo le gustan mucho las achuras— y yo no sé cuántas cosas más, y habíamos dejado toda la mañana una botella de vino blanco en el agua, justo debajo de los tres sauces, para que el agua la enfriara. Fue el mejor momento del día: estábamos muy tostados por el sol y Leopoldo era alto, fuerte, y se reía por cualquier cosa. Susana estaba extraordinariamente linda. Lo de reírnos y charlar nos gustó a todos, pero lo mejor fue que en un determinado momento ninguno de los tres habló más y todo quedó en silencio. Debemos haber estado así más de diez minutos. Si presto atención, si escucho, si trato de escuchar sin ningún miedo de que la claridad del recuerdo me haga daño, puedo oír con qué nitidez los cubiertos chocaban contra la porcelana de los platos, el ruido de nuestra densa respiración resonando en un aire tan quieto que parecía depositado en un planeta muerto, el sonido lento y opaco del agua viniendo a morir a la playa amarilla. En un momento dado me pareció que podía oír cómo crecía el pasto a nuestro alrededor. Y en seguida, en medio del silencio, empezó lo de las miradas. Estuvimos mirándonos unos a otros como cinco minutos, serios, francos, tranquilos. No hacíamos más que eso: nos mirábamos, Susana a mí, yo a Leopoldo, Leopoldo a mí y a Susana, terriblemente serenos, y después no me importó nada que a eso de las cinco, cuando volvía sin hacer ruido después de haber hecho sola una expedición a la isla —y volvía sin hacer ruido para sorprenderlos y hacerlos reír, porque creía que jugaban todavía a la escoba de quince-, los viese abrazados desde la maleza y oyese la voz de Susana que hablaba entre jadeos diciendo: "Sí. Sí. Sí. Sí. Pero ella puede venir. Puede venir. Ella puede venir. Sí. Sí. Pero puede venir." Los vi, claramente: él estaba echado sobre ella y tenía el traje de baño más abajo de las rodillas. La parte de su cuerpo que yo no había visto nunca era blanca, lechosa, y a mí se me ocurrió lisa y la idea de tocarla alguna vez me revolvió el estómago. En ese momento se oyó un crujido en la maleza y Leopoldo se paró de un salto, dejando ver enteramente a Susana que había dejado correr los breteles de su traje de baño y había sacado los brazos por entre ellos de modo tal que el traje de baño había bajado hasta el vientre. Yo conocía ya esas partes del cuerpo de Susana que no estaban tostadas, las había visto muchas veces. Pero cuando Leopoldo saltó, dificultosamente, con el traje de baño más abajo de la rodilla, se volvió en la dirección en que yo estaba, por pudor, ya que el ruido se había oído en dirección contraria al lugar donde yo estaba. Vi eso, enorme, sacudiéndose pesadamente, desde un matorral de pelo oscuro; lo he visto otras veces en caballos, pero no balanceándose en dirección a mí. Fue un segundo, porque Leopoldo se subió en seguida el traje de baño y se sentó rápidamente frente a Susana - y no pude ver en qué momento Susana se alzó el traje de baño, se acomodó el pelo y recogió los naipes, pero ya lo estaba esperando cuando él se sentó manoteando apresuradamente dos o tres cartas del suelo. Me quedé inmóvil más de quince minutos, hasta que los vi tranquilos, y yo misma me sentí así. Después nos bañamos desde el crepúsculo hasta que anocheció —me parece oír todavía el chapoteo de nuestros cuerpos húmedos que relumbraban en la oscuridad azul —y al otro día Leopoldo le pidió al pobre papá la mano de Susana.

En este momento puedo ver cómo Leopoldo, imprimiendo un movimiento circular a su mano, se llena la cara de espuma con la brocha. Lo hace rápidamente; ahora baja el brazo y la sombra de su cara, sobre el vidrio esmerilado que refleja también la luz confusa del interior del cuarto de baño, se ha transformado: la sombra de la espuma que le cubre las mejillas parece la sombra de una barca, un matorral de pelo oscuro. Alza el brazo otra vez y con la punta de la brocha se golpea el mentón, varias veces y suavemente, como si se hubiese quedado pensativo; pero eso no puede verse. Deja la brocha y después de un momento alza otra vez las dos manos, en una de las cuales tiene la navaja, y comienza a rasurarse lentamente, con cuidado. Lentamente, con cuidado, Susana ha de estar bajando ya las escaleras blancas de la casa del médico, en dirección a la calle. Va a pararse un momento en la vereda, para orientarse, porque no va casi nunca al centro. La sombra de Leopoldo se proyecta ahora mostrando cómo se rasura, lentamente, con cuidado, con la navaja; ahora cambia la navaja de mano y se pasa el dorso de la mano libre por la mejilla, a contrapelo, para comprobar la eficacia de la rasurada. Sé qué va a hacer cuando termine de afeitarse y de bañarse: va a llevar la perezosa al patio, entre las macetas llenas de begonias, de helechos, de amarantos y de culandrillos, y va a sentarse en la perezosa en medio del patio; va a estar un rato ahí, fumando en la oscuridad; va a decir: "¿Quedan espirales, Susana, querida? " y después va a ponerse a tararear por lo bajo. Todos los anocheceres de setiembre a marzo hace exactamente eso. Después de un momento va a servirse el primer vermut con amargo y yo podré saber cuándo va a llenar nuevamente su vaso porque el tintineo del hielo contra las paredes del vaso semivacío me hará saber que ya lo está acabando. Va a ("En confusión, súbitamente, apenas"). Siento crujir los huesos del sillón de Viena. Apenas se haya afeitado y se haya bañado lo va a hacer: va a llevar la perezosa al centro del patio de mosaicos, la perezosa de lona anaranjada, después de ponerse su pijama recién lavado y planchado y va a fumar un cigarrillo antes de ("vi que estallaba" "vi" "vi el estallar de un cuerpo y de una" "y de su " "la explosión" "vi la explosión de un cuerpo y de su sombra" "En confusión, súbitamente, apenas", "vi la explosión de un cuerpo y de su sombra") La brasa del cigarrillo, un punto rojo, va a parecer un ojo único, insomne y sin parpadeos, avivándose a cada chupada. Y cuando escuche el tintineo del hielo contra las paredes frías del vaso, voy a saber que ha tomado su primer vermut con amargo y que va a servirse el segundo.


El tiempo de cada uno es un hilo delgado, transparente, como los de coser, al que la mano de Dios le hace un nudo de cuando en cuando y en el que la fluencia parece detenerse nada más que porque la vertiente pierde linealidad. O como una línea recta marcada a lápiz con una cruz atravesándola de trecho en trecho, que se alarga ilusoriamente ante los ojos del que mira porque su visión divide la línea en los fragmentos comprendidos entre cruz y cruz. Lo de la cruz está bien, porque cruz significa muerte. Papá y mamá murieron el cuarenta y ocho, con
seis meses de diferencia uno del otro. El peronismo se llevó a papá: fue algo que no pudo soportar. Y mamá terminó seis meses después que él, porque siempre lo había seguido. "Después del primer año de casados —me dijo mamá en su lecho de muerte— nunca tuvo la menor consideración conmigo. Pero, ¿qué puedo hacer sin él? " Yo estaba con un traje sastre gris, me acuerdo perfectamente; mamá se incorporó y me agarró de las solapas, y me atrajo hacia ella; tenía los ojos extraordinariamente abiertos y la cara apergaminada y llena de arrugas, y eso que no era demasiado vieja. Nunca la había visto así. Y no era que le tuviese miedo a la muerte. Nunca se lo había tenido. Comenzó a hacer un esfuerzo terrible, jadeando, pestañeando, estirando los labios gastados y lisos que se le llenaban de saliva o de baba —no sé qué era— y me di cuenta de que quería decirme algo. No lo consiguió. Murió aferrada a las solapas de mi traje sastre gris y -("ahora el silencio teje cantilenas") Durante todos estos años no hago más que reflexionar sobre lo que mamá trató de decirme. Tuve que hacer un esfuerzo terrible para arrancar de mis solapas sus manos aferradas; y estaban tan tensas y blancas que yo podía notar la blancura feroz de los huesos y de los cartílagos. Cuando doce años después me cortaron el pecho, yo soñé que arrancaba de mis solapas las manos de mamá ("más largas" "ahora el silencio teje cantilenas", "más largas") y que una de sus manos se llevaba mi pecho. Pero no se lo llevaba para hacerme mal, sino para protegerme de algo. Ese sueño vuelve casi todas las noches, como si una aguja formara con mi vida, de un modo mecánico y regular, un tejido con un único punto. Sé que esta noche va a volver. Voy a despertarme jadeando y sollozando apagadamente en mi cama solitaria, rodeada de libros polvorientos, cerca de la madrugada, pero después voy a respirar con alivio. Cada uno conoce secretamente el significado de sus propios sueños, y sé que si mamá quiere llevarse mi pecho a la tumba, hay algo bienintencionado en ella, aunque su acto pueda parecer malo —y capaz que lo sea. No podemos juzgar nuestros actos más que en relación con lo que hemos esperado de la vida y lo que ella nos ha dado. A mamá y a mí nos dio también esa mañana —ese nudo, esa cruz— en la que papá se sentó muy temprano a desayunar con nosotros. Fue al día siguiente de haberse afiliado al partido peronista. ("Ahora el silencio teje cantilenas" "más largas") Papá estaba sentado en la cabecera y no le dirigíamos la palabra porque nos dábamos cuenta de que estaba muy nervioso ("que duran más.") No nos hablaba cuando estaba irritado. Siempre me había llamado la atención la piel de su cara por lo blanca que la tenía y cómo sin embargo, en la parte alta de las mejillas, cerca de los pómulos, se le habían ido formando unas redes tenues, complicadas, de venillas rojas. Papá tomó su segunda taza de café y después se recostó sobre el respaladar de la silla y empezó a roncar. Eran unos ronquidos silbantes, secos, recónditos y cavernosos ("que duran más que el cuerpo" "y que la sombra" "que duran más que el cuerpo y que la sombra"). Primero vi la mosca recorriendo la red de venillas rojas sobre la mejilla derecha, como una señal negra desplazándose por una red ferroviaria dibujada en líneas rojas en un mapa proyectado en una pared transparente. Pero no empecé a murmurar "Mamá. Mamá" —sin desviar ni un momento la mirada del rostro de papá— hasta que no vi cómo la mosca comenzaba a bajar, con la misma facilidad con que podría haberlo hecho sobre una piedra, desde el pómulo hasta la comisura de los labios, y después entraba en la boca. No parecía haber entrado en la boca de papá, haber estado recorriendo el cuerpo de papá, sino nada más que una reproducción en piedra de él, porque ya ni siquiera roncaba.

Ahora Leopoldo vuelve a cambiar la navaja de mano y sigue rasurándose. Cuando se inclina hacia el espejo para verse mejor el perfil de su sombra desaparece, cortado rectamente por el marco de madera de la puerta, y sobre el vidrio se ve reflejo difuso —como unas escaras de luz dispuestas de un modo concéntrico, puntillista— de la luz eléctrica. Me balanceo suavemente en el sillón de Viena. Doy vuelta la cabeza y veo cómo la luz gris penetra en la habitación a través de las cortinas verdes, empalideciendo todavía más. Los sillones vacíos saben estar ocupados a veces —pero eso no es más que recuerdo. Con levantarme y llegar al patio y alzar la cabeza, podría ver un fragmento de cielo, vaciándose en el hueco que dejan las paredes de musgo, agrisadas. Saliendo a la puerta miraría la calle vacía, sin árboles,
llena de casas de una planta, enfrentándose en dos hileras rectas y regulares a través de la vereda de baldosas grises y de la calle empedrada. De noche, en las proximidades de la luz de la esquina se ve relucir opacamente el empedrado. Los insectos revolotean alrededor de la luz, ciegos y torpes, chocan contra la pantalla metálica con un estallido, y después se arrastran por el adoquín con las alas rotas. Puede vérselos de mañana aplastados contra las piedras grises por las ruedas de los automóviles. De noche sé escuchar su murmullo. Y cuando había árboles en la cuadra, a esta hora empezaba el estridor monótono de las cigarras. Comenzaban separadamente, la primera muy temprano, a eso de las cinco, y en seguida empezaba a oírse otra, y después otra y otra, como si hubiese habido un millón cantando al unísono. Yo no lo podía soportar. El haber cedido y venirme a vivir con ellos ya me resultaba insoportable. Tenía miedo, siempre, de abrir una puerta, cualquiera, la del cuarto de baño, la del dormitorio, la de la cocina, y verlo aparecer a él con eso a la vista, balanceándose pesadamente, apuntando hacia mí desde un matorral de pelo oscuro. Nunca he podido mirarlo de la cintura para abajo, desde aquella vez. Pero lo de las cigarras ya era verdaderamente terrible. Así que me vestía y salía sola, al anochecer; a ellos les decía que me faltaba el aire. Primero recorría el parque del Sur, con su lago inmóvil, de aguas pútridas, sobre el que se reflejaban las luces sucias del parque; atravesaba los caminos irregulares y después me dirigía hacia el centro por San Martín, penetrando cada vez más la zona iluminada; de allí iba a dar una vuelta por la estación de ómnibus y después recorría el parque de juegos que se extendía frente a ella antes de que construyeran el edificio del Correo; iba hasta el palomar, un cilindro de tejido de alambre, con su cúpula roja terminada en punta, y escuchaba durante un largo rato el aleteo tenso de las palomas. Nunca me atreví a caminar sola por la avenida del puerto para cortar camino y llegar a pie al puente colgante. Al puente llegaba en ómnibus o en tranvía. Me bajaba de la parada del tranvía y caminaba las dos cuadras cortas hacia el puente, percibiendo contra mi cuerpo y contra mi cara la brisa fría del río. Me gustaba mirar el agua, que a veces pasa rápida, turbulenta y oscura, pero emite un relente frío y un olor salvaje, inolvidable, y es siempre mejor que un millón de cigarras ocultas entre los árboles y - ("Ah") Volvía después de las once, con los pies deshechos; y mientras me aproximaba a mi casa, caminando lentamente, haciendo sonar mis tacos en las veredas, prestaba atención tratando de escuchar si oía algún rumor proveniente de aquellos árboles porque ("Ah si un cuerpo nos diese" "Ah si un cuerpo nos diese" "aunque no dure" "una señal" "cualquier señal" "de sentido" "oscuro" "oscura" "Ah si un cuerpo nos diese aunque no dure" "una señal" "cualquier señal oscura" "Ah si un cuerpo nos diese aunque no dure" "cualquier señal oscura de sentido" "Veo una sombra sobre un vidrio. Veo" "algo que amé hecho sombra y proyectado" "sobre la transparencia del deseo" "como sobre un cristal esmerilado" "En confusión, súbitamente, apenas", "vi la explosión de un cuerpo y de su sombra" "Ahora el silencio teje cantilenas" "que duran más que el cuerpo y que la sombra" "Ah si un cuerpo nos diese, aunque no dure" "cualquier señal oscura de sentido") Si podían oírse, entonces, me volvía y caminaba sin ninguna dirección, cuadras y cuadras, hasta la madrugada. Porque estar sentada en el patio, o echada en la cama entre los libros polvorientos, oyendo el estridor unánime de ese millón de cigarras, era algo insoportable, que me llenaba de terror.

Ahora la sombra sobre el vidrio esmerilado me dice que Leopoldo ha terminado de afeitarse, porque ya no tiene la navaja en las manos y se pasa el dorso de las manos suavemente por las mejillas ("como un olor" "salvaje" "como un olor salvaje") Había migas, restos de comida, manchas de vino tinto sobre el mantel cuadriculado rojo y blanco. Era un salón largo, y el sonido polítono de las voces se filtraba por mis tímpanos adormecidos, atentos únicamente a las fluctuaciones hondas de mí misma, parecidas a voces. Me he estado oyendo a mí misma durante años sin saber exactamente qué decía, sin saber siquiera si eso era exactamente una voz. No se ha tratado más que de un rumor constante, sordo, monótono, resonando apagadamente por debajo de las voces audibles y comprensibles que no son más que recuerdo, ("que perdure") sombras. Él me daba frecuentemente la espalda, mientras hablaba a los gritos con el resto de los invitados. Parecía reinar sobre el mundo. Yo lo hubiese llevado conmigo esa noche, me habría desvestido delante de él y agarrándolo del pelo le hubiese inclinado la cabeza y lo hubiese obligado a mirar fijamente la cicatriz, la gran cicatriz blanca y llena de ramificaciones, la marca de los viejos suplicios que fueron carcomiendo lentamente mi seno, para que él supiese. Porque así como cuando lloramos hacemos de nuestro dolor que no es físico, algo físico, y lo convertimos en pasado cuando dejamos de llorar, del mismo modo nuestras cicatrices nos tienen continuamente al tanto de lo que hemos sufrido. Pero no como recuerdo, sino más bien como signo. Y él no paraba de hablar. "¿De veras, Adelina? ¿No le parece, Adelina? ¿Qué cómo me siento? ¡Cómo quiere que me sienta! Harto de todo el mundo, lógicamente. No, por supuesto, Dios no existe. Si Dios existiera, la vida no sería más que una broma pesada, como dice siempre Horacio Barco. Somos dos generaciones diferentes, Adelina. Pero yo la respeto a usted. Me importa un rábano lo que digan los demás y sé que a la generación del cuarenta más vale perderla que encontrarla, pero hay un par de poemas suyos que funcionan a las mil maravillas. Dirán que los dioses los han escrito por usted, y todo eso, sabe, pero a mí me importa un rábano. Hágame caso, Adelina: fornique más, aunque en eso vaya contra las normas de toda una generación." Era una noche de pleno ("contra las diligencias"). Era una noche de pleno invierno. Los ventanales del restaurante estaban empañados por el vaho de la helada. Y cuando nos separamos en la calle la niebla envolvía la ciudad; parecía vapor, y a la luz de los focos de las esquinas parecía un polvo blanco y húmedo, una miríada de partículas blancas girando en lenta rotación. Apenas nos separábamos unos metros los contornos de nuestras figuras se desvanecían, carcomidos por esa niebla helada. Me acompañaron hasta la parada de taxis y Tomatis se inclinó hacia mí antes de cerrar de un golpe la portezuela: "La casualidad no existe, Adelina", me dijo. "Usted es la única artífice de sus sonetos y de sus mutilaciones." Después se perdió en la niebla, como si no hubiese existido nunca. Lo que desaparece de este mundo, ya no falta. Puede faltar dentro de él, pero no estando ya fuera. Existen los sonetos, pero no las mutilaciones: hay únicamente corredores vacíos, que no se han recorrido nunca, con una puerta de acceso que el viento sacude con lentitud y hace golpear suavemente contra la madera dura del marco; o desiertos interminables y amarillos como la superficie del sol, que los ojos no pueden tolerar; o la hojarasca del último otoño pudriéndose de un modo inaudible bajo una gruta de helechos fríos, o papeles, o el tintineo mortal del hielo golpeando contra las paredes de un vaso con un resto aguado de amargo y vermut; pero no las mutilaciones. Las cicatrices sí, pero no las mutilaciones. El taxi atravesaba la niebla, reluciente y húmedo, y en su interior cálido el chofer y yo parecíamos los únicos cuerpos vivos entre las sólidas estructuras de piedra que la niebla apenas si dejaba entrever, ("las formaciones" "contra las diligencias" "contra las formaciones") Afuera no había más que niebla; pero yo vi tantas cosas en ella, que ahora no puedo recordar más que unas pocas: unos sauces inclinados sqbre el agua, proyectando una sombra transparente; unas manos aferradas —los huesos y los cartílagos blanquísimos— a las solapas de mi traje sastre; una mosca entrando a una boca abierta y dura, como de mármol; algunas palabras leídas mil veces, sin acabar nunca de entenderlas; un millón de cigarras cantando monótonamente y al unísono ("del olvido"), en el interior de mi cráneo; una cosa horrible, llena de venas y nervios, apuntando hacia mí, balanceándose pesadamente desde un matorral de pelo oscuro; una imagen borrosa, impresa en papel de diario, hecha mil pedazos y arrojada al viento por una mano enloquecida. Todo eso era visible en las paredes mojadas por la niebla, mientras el taxi atravesaba la ciudad. Y era lo único visible.

En este momento ("Y que por ese olor") En este momento Susana debe estar bajando lentamente, con cuidado, las escaleras de mármol blanco de la casa de médico. Puedo verla en la calle ("y que por ese olor reconozcamos"), en el crepúsculo gris, parada en medio de la vereda, tratando de orientarse ("el solar en el que" "dónde debemos edificar" "el lugar donde levantemos' "cuál debe ser el sitio"). Está con su vestido azul, que tiene costuras blancas, semejantes a hilvanes, alrededor de los grandes bolsillos cuadrados y en los bordes de las solapas. Sus ojos marrones, achicados por las formaciones adiposas de la cara, como dos pasas de uvas incrustadas en una bola de masa cruda, se mueven inquietos y perplejos detrás de los anteojos. Está tratando de saber dónde queda exactamente la parada de colectivos. Leopoldo pasa ahora a la bañadera. Lo hace de un modo dificultoso, ya que advierto que su sombra se bambolea y se mueve con lentitud. Trata de no resbalar ("de la casa humana") Ahora Susana descubre por fin cuál es la dirección conveniente y comienza a caminar con dificultad, debido a sus dolores reumáticos. Aparece envuelta en la luz del atardecer: la misma luz gris que penetra ahora a través de las cortinas verdes y se condensa en mi batón gris y a mi alrededor, como una masa tenue que resplandece opaca y se adelanta y retrocede rígidamente adherida a mí mientras me hamaco en el sillón de Viena. Atraviesa las calles de la ciudad, pesada y compacta. Puedo escuchar el rumor inaudible de su desplazamiento. Las calles están llenas de gente, de coches y de colectivos. El rumor de la ciudad se mezcla, se unifica y después se eleva hacia el cielo gris, disipándose, ("el lugar de la casa humana" "cuál es el lugar de la casa humana" "cuál es el sitio de la casa humana") Ahora la escalera en la casa del médico está vacía. La vereda delante de la casa del médico está vacía. Susana extiende el brazo delante del colectivo número dieciséis, que se detiene con el motor en marcha. Susana sube dificultosamente. Alguien la ayuda. Susana siente ("como reconocemos por los") en la cara el calor que asciende desde el motor del colectivo. Se tambalea cuando el colectivo arranca. Le ceden el asiento y ella se sienta con dificultad, agarrándose del pasamanos, sacudiéndose a cada sacudida del colectivo, tambaleándose, resoplando, murmurando distraídamente "Gracias", sin saber exactamente a quien ("por los ramos") Estaba verdaderamente ("por los ramos" "de luz solar") hermosa esa tarde, alrededor de las cinco, cuando Leopoldo se levantó de un salto, volviéndose hacia mí con el traje de baño a la altura de las rodillas —la cosa, balanceándose pesadamente, apuntando hacia mí—, dejando ver al saltar las partes de Susana que no se habían tostado al sol. No era la blancura lisa y morbosa de Leopoldo, sino una blancura que deslumbraba. Pero no piensa en eso. No piensa en eso. No piensa en nada. Mira la ciudad gris —un gris ceniciento, pútrido— que se desplaza hacia atrás mientras el colectivo avanza hacia aquí. Leopoldo abre la ducha y comienza a enjabonarse. Todos sus movimientos son lentos, como si estuviera tratando de aprenderlos ("de luz solar la piel de la mañana") Como si estuviera tratando de aprenderlos y grabárselos. Se refriega con duros movimientos el pecho, los brazos, el vientre, y ahora sus dos manos se encuentran debajo del vientre y comienzan a refregar con minucia; eso es lo que me dice su sombra reflejándose sobre los vidrios esmerilados de la puerta del cuarto de baño. Mis huesos crujen como la madera del sillón, pulida y gastada por el tiempo, mientras me inclino hacia adelante y vuelvo hacia atrás, hamacándome lentamente, rodeada por la luz gris del atardecer que se condensa alrededor de mi cabeza como el resplandor de una llama ya muerta. ("Y que por ese olor reconozcamos" "cuál es el sitio de la casa humana" "como reconocemos por los ramos" "de luz solar la piel de la mañana").



ENVIO


Sé que lo que mamá quiso decirme antes de morir era que odiaba la vida. Odiamos la vida porque no puede vivirse. Y queremos vivir porque sabemos que vamos a morir. Pero lo que tiene un núcleo sólido —piedra, o hueso, algo compacto y tejido apretadamente, que pueda pulirse y modificarse con un ritmo diferente al ritmo de lo que pertenece a la muerte— no puede morir. La voz que escuchamos sonar desde dentro es incomprensible, pero es la única voz, y no hay más que eso, excepción hecha de las caras vagamente conocidas, y de los soles y de los planetas. Me parece muy justo que mamá odiara la vida. Pero pienso que si quiso decírmelo antes de morirse no estaba tratando de hacerme una advertencia sino de pedirme una refutación.


Juan José Saer(Argentina, Santa Fe, Serodino, 1937 - París, 2005)




jueves, 31 de julio de 2008

DANTE/ EN MEMORIA DE BICE PORTINARI



Empujaste a un hombre a la locura. Una
mañana, caminando bajo el sol florentino
te vio destellar nítida, contra el tejido
de los sueños amargos de su última noche.
Inclinaste gentil
la grávida cabeza
y en la creciente de los años el ademán
tranquilo se incrustó como un diamante sobre el cielo
feroz y vago de sus días. Y en plena juventud,
después, moriste, casada con un hombre común
que te quería, desconociéndote. Oh, Bice
Portinari, así son las mañanas de este mundo:
despertamos de un sueño amargo
y andamos como fantasmas
hasta que recogemos, del sol de nuestras ciudades,
un núcleo de claridad, o más bien una joya
férrea que veneramos, gastada y turbia,
en algún sucio anochecer.



Juan José Saer(Argentina, Santa Fe, Serodino, 1937 - París, 2005)



IMAGEN: Beatrice Portinari, Detalle de la pintura de Dante Gabriel Rosetti.