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sábado, 2 de mayo de 2026

LA CALÍGINE

Revuelcan en su comidilla 
flores de ceibo destrozadas 
ornamentan postes con posturas 
emigran hacia formas colectivas en el cielo 
tomadas por la euforia del sol cada mañana 
advierten vibraciones, protegen el descanso 
amigas de caballos, aran con el buey 
traducen a los vientos 
editan su semblante 
apenas dejan huella




Piedra de contención 
hacé durar en mí 
la belleza del mar.

Verté en mi cueva vacía 
la inteligencia del movimiento.

Que sepa cuándo arrojarme.

Y aunque me encuentres apagada 
no dejes de prestarme 
simpatía planetaria.

Ya aprenderé 
a edificar mi fortaleza.




Una torre invisible 
creció desde la barranca 
conmigo adentro 
hasta más arriba 
de la altura de las copas.

Me adormecí viendo
los camiones cruzar a Santa Fe
y desperté flotando
en el cielo claro de noviembre
rosa y amarillo casi blanco.

En vuelo nupcial me arrojé 
y la entrada a la torre 
empotrada en la tierra 
se recubrió de pasto.

Voy por un caminito apenas raleado 
la luciérnaga intuición 
apa y desa parece.

Ya quisiera yo encontrar un ascensor 
que me lleve a humedecer 
cada vez que lo quiera 
la visión de mi espíritu.

Demasiado perezosa
para la larga escalera de lo divino.




Esta mañana
salgo a remar porque quiero 
ser feliz

Trabados talón y torso 
brazos en hélice
el escándalo del sol en mis rodillas

     una    flor

     flota en un

plato verde y me alcanza

Cerca de la boya diviso 
un chisporroteo de mojarras 
saltando enloquecidas a la boca del aire 
cuando llego la imagen se defracta 
en mil olitas sin dirección

Parado en la copa 
de un árbol sumergido 
un biguá observa todo 
con su cuello interrogante 




Fruta fugitiva

¿Por qué tan presta 
a abandonar tu centro? 
¿Por qué altera el ambiente 
tu caricia pregnante?

En ácido dulce 
se desgaja la tarde.

Vas repartiendo 
semilla y magnesio 
con nombre de china 
mandarina.



Soplo el polvo de dos estaciones 
asentado en los conductos 
de la estufa que responde 
con un fulgor contenido.

Las voces que me habitan 
acuden a un llamado 
que no creo haber hecho. 
Agolpadas bajo un techo diminuto 
cómo no dejarlas pasar?

Hoy no puedo anfitrionar
les propongo que sean ellas
las que lleven la charla
elijan la música y pongan la mesa.
Duchas se ponen a obrar.

Se las siente cuchichear en la cocina 
corretear por el patio, mudar macetas 
pedir presupuestos, cambiar sábanas 
arreglar la pérdida, respira la casa.

Aprovecho la ocasión 
de vencerme con aplomo 
una me quita el calzado 
otra me hace una trenza 
otra recita un poema.

Por último les confío mi cuaderno 
para que escriban mientras duermo 
una siesta encantadora.



Una sensación me acaricia los dedos 
murmura palabras de otros tiempos 
lagrimal, trifurca... ¿Cómo despertar 
de este sueño cansado?
¿Qué vendrá por mí?

Entre mis manos un cofre 
porta un tesoro 
que deberé entregar 
sin haber visto.


(Del libro homónimo,
Mansalva, 2024)

Daiana Henderson


Daiana Henderson nació en Paraná, Entre Ríos, en 1988. Publicó, entre otros, El gran dorado (Ivan Rosado, 2012), A través del liso (Determinado Rumor, 2013), Un foquito en medio del campo (Editorial Municipal de Rosario, 2013) e Irse (Ivan Rosado, 2018). Parte de su obra fue compilada y publicada en España y Estados Unidos, bajo los títulos Humedal (Liliputienses, 2014) y So that something remains lit (CardBoard House Press, 2018). Codirige la editorial Neutrinos, y gestiona espacios de encuentro en Rosario, donde vive actualmente.

Pueden LEER todas las entradas de la autora Aquí



 

lunes, 28 de septiembre de 2015

UN FOQUITO EN MEDIO DEL CAMPO


DICHA

Sigo encontrando cierta dicha
en ir en bicicleta hasta tu casa.
Remar no se trata de llegar a la isla,
es disfrutar el trayecto
-dijo Ricardo cuando nos enseñó.
Cada desplazamiento tiene su clave sensitiva.
Bajo los cambios para subir, después
apoyo el peso del cuerpo en los pedales
y me dejo caer en picada.
Se entretejen nudos en los pelos
cuando se ponen a flamear hacia atrás.
Las construcciones van perdiendo altura,
una estela de humo atraviesa el cielo
dibujada con la punta de una fábrica.
Aterrizo en la entrada
de tu casa, las cosas
andan bastante mal ahí adentro
o en cualquier otro reducto
que tengamos que compartir.
Puedo aceptar que ya no nos queremos como antes,
pero, si insisto, es porque la distancia
fabricada entre nosotros
es tan hermosa y delicada
como ningún otro trayecto
que conozca hasta ahora.



EQUILIBRIO

Papá aflojó los tornillos
para que aprendiera
a andar sin las rueditas.
Ella me llevó a la vereda de tierra
que rodea al hipódromo,
justo enfrente de casa.
Y cuál es la necesidad
de aprender a sostener
mi cuerpo todo de nuevo.
Le hice prometer que no
me soltaría por nada del mundo;
giraba apenas mi cuello
para ver que ella siguiera ahí,
corriendo justo detrás mío,
agarrándome de la parte baja del asiento.
"Yo no te suelto -me decía-,
yo no te suelto",
pero para ese entonces
ya estaba pedaleando sola
y no me daba cuenta
de cómo ella se alejaba de mí,
aun quedándose quieta
entre los troncos viejos y gruesos.
Me enojé tanto cuando me di vuelta
que rechacé ese objeto
a un costado de la vereda
y quise volver a casa.
Ahora voy esquivando colectivos,
haciendo finitos, calculo
el tiempo exacto para pasar en rojo
y no morir en el asfalto,
pero así y todo no voy a reconocerlo.
He decepcionado muchas veces a mi madre
y sé que seguiré haciéndolo.
No hay lugar en el mundo
para dos personas iguales,
ni siquiera lo hay en una casa,
y por eso me fui apenas terminada la escuela.
Pero es necesario para que mamá aprenda.
El equilibrio se fabrica con la distancia,
si nos quedamos quietas
seguramente nos vamos a caer.
Ahora rebobino el cassette
y resulta que soy yo la que se aleja
mientras ella se queda parada,
palideciendo bajo el sol de un domingo.
Pero yo no te suelto, mamá,
yo no te suelto.



CUERDAS VEGETALES

El abuelo me enseñó a atrapar el aire
con las flores acampanadas de la enredadera;
cerrarlas por ambos extremos
-una bolsita de pétalos-
y comprimirlas en un movimiento
ágil y rápido para que haga
una pequeña explosión,
un sonido simpático, semejante
al del corcho cuando es eximido
de su compacta espera.
Nadie recuerda cómo era la canción
que el abuelo improvisaba
después de abrirte un secreto brillante,
hacerte así en la cabeza
y desplazarse con la manguera
para hacer florecer otro sector.



MIGRACIÓN

Las nubes de la noche son impuras,
tienen el corazón manchado.
Desconozco la simbología climática,
por lo tanto: mañana tal vez encuentre
el piso del patio mojado,
pero tal vez no.
Lo mismo la brisa va a hacer bailar
los juncos como a niños de un coro.
La luna gorda amamanta las
superficies más suaves, las lustra
con su leche, dejándolas brillantes.
Los patos sirirí apuntan hacia allá,
guiados por la estrella mayor,
emiten su pitido anunciando el trance.
Una vez al año, las golondrinas eligen
esta ciudad para desplegar su coreografía.
La gente se acerca a verlas cubrir
el barroquismo blanco de la catedral
en la celebración del linaje.
Después, revolotean hacia un árbol
y otro de la plaza, como poniéndose al tanto
de los ramajes de la genealogía.
Jamás llega una carnada de golondrinas
descolgada, ya finalizado el festejo.
No fijan una fecha,
simplemente la saben.



Daiana Henderson




Daiana Henderson nació en 1988 en Paraná, Entre Ríos, Argentina. Es estudiante de Comunicación Social en Rosario. A fines de 2011 publicó "Colectivo Maquinario" por Ediciones DiatribaVerao (Neutrinos), El gran Dorado (Ivan Rosado, 2012) y A través del liso (Determinado Rumor, 2013) y Un foquito en medio del campo, Ed. Municipal de Rosario, 2013.  Desde principios de 2012 lleva a cabo el Fanzine Pegaláctico, junto a un grupo de amigos con quienes comparte su enamoramiento (así lo llama) por la poesía joven.





domingo, 15 de junio de 2014

Los átomos de la luz



Queda algo por decir sobre la infancia
además de lo que venimos
y seguimos diciendo.
La casa donde crecimos es ahora de otros.
Flota extraña la ventana
en lo que era la pieza de mis padres.
Es cierto. Desconozco
las malas noticias, los buenos ratos,
los proyectos que habrán nacido en esos
metros cuadrados desde que nos fuimos.
Pero sé con seguridad cómo
a la mañana se infiltra por la ventana
un halo de energía a partir la vivienda,
como plantas que crecen
en las hendijas de los edificios:
una prolija franja de luz
aterriza sobre la alfombra.
De chica, sentada en el lado fresco,
la observaba revelar partículas
de polvo u otra cosa, suspendidas
en el aire, que bajaban lento
en diagonales diversas.
Desde la vereda de enfrente veo
que le pusieron rejas a la entrada,
usaron una paleta de colores
que yo no hubiese aprobado,
no puedo ir a decirles tampoco
que esos helechos secos colgando
a los costados de la puerta
le dan un aspecto descuidado.
Pero es imposible que ellos
conozcan mejor que yo el momento
en que el sol entra y la fecunda.
Igual que personas que conservan
fotos de sus ex parejas desnudas,
en esa imagen íntima, la casa,
todavía algo me pertenece.


Daiana Henderson (Argentina, Entre Ríos, Paraná. 1988)





lunes, 4 de junio de 2012

El gran dorado






















Desde la butaca de la barranca,
una excelente vista al río.
El sol exculpe su textura
con pequeñas espátulas,
una superficie de diamantes
triturados y esparcidos
sobre el raso o
sobre la nata.
Entre ellos, el brillante más hermoso,
el pescador,
aunque sus formas geométricas
se pierden por la distancia.
Él sabe pero no sabe
la velocidad en que lo veo
desplazarse en su quietud.
Las piernas separadas para mantener el equilibrio,
los pies trabados con la madera,
la postura para no cansarse
y que nos agarre la noche.
La fuerza de los brazos puesta en desterrar
un tesoro que pueda comer
o vender.
Desde acá se ve
como si se agarrara de una soga
clavada en el agua, un pasamanos,
avanzando con cada tirón en la corriente.
Me pregunto dónde estará atada
la otra punta,
¿en una piedra del Iguazú?,
¿en el sol?,
¿en la pata de un elefante en África?
Debería tener cuidado,
las piedras se desbarrancan
y los negros van a comérselo crudo
al diamante si aparece entre las aguas.
Mejor el sol.
El sol le sienta bien, capaz
que porque es un gran
dorado.

(de: "El gran dorado",
Ed.Iván Rosado, 2012)

Daiana Henderson (Argentina, Entre Ríos, Paraná. 1988)