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lunes, 15 de diciembre de 2025

¿NOTAS POESÍA? (I)


(Fragmentos)

A Raúl O. Artola, 
con la gracia temprana 
del querido Raúl Gustavo Aguirre.




“… hoy llegan los bárbaros.
Ellos no aprecian ni las bellas frases
ni los largos discursos.”

Constantino Kavafis



0

Hay poemas que tiran la primera piedra.


1

Las palabras no son sagradas. El silencio lo es.


2

El poema no es sagrado. La vida y la muerte lo son.


3

Que el poema sea capaz de decirnos: este es el momento, ahora sucederá.


6

Trazar una raya horizontal con las palabras donde se toquen lo alto con lo bajo.


9

La imaginación es una parte de lo real, como lo real es una parte de la imaginación.

10

La realidad del poema es una parte de la verdad.


13

Para el lenguaje no hay verdades fuera del lenguaje.


16

Las palabras, aunque no cambien, cambian con las épocas.


17

El lenguaje viene a través de los años y nunca es el mismo.


18

El lenguaje es un viajero del tiempo abriéndose paso en el presente.


19

Para la poesía hoy también es ayer y es mañana.


20

Hay poemas que tienen vocación de continuo presente.


21

Que el movimiento continuo de la poesía no tenga punto de llegada.


22

El lenguaje tiene muchas caras, como la realidad tiene muchas caras.


27

Las palabras también crean los hechos.


29

Escribo para saber lo que hablan las cosas y los hechos.


30

Escribo para saber lo que yo mismo hablo.


31

Vuelvo al silencio para buscar las palabras que perdí en el camino.


32

Vuelvo a las palabras para buscar el silencio que nunca encontré.


34

Las interpretaciones pasan, los poemas quedan.


35

El poema, no el poeta. El fuego, no la madera. La voz, no la boca.


38

El poema tiene ingredientes no necesariamente poéticos en su preparado.



45

Un buen poema respira bajo el agua.



46

Que el poema pueda ir río abajo y remontar la corriente al mismo tiempo.


51

Una manzana en el poema no es la misma manzana fuera del poema.


52

En la poesía no hay adentro, no hay afuera. Si lo hay es arbitrario y nunca es una regla.


53

Un árbol tiene tronco y tiene copa. La poesía no tiene abajo, no tiene arriba.


56

Un poema también es un lugar.



61

Las palabras se reúnen en el poema y se continúan fuera de él.


62

El momento en el que el poema vive por su cuenta.



65

La voz propia está hecha de voces prestadas.


66

Doy vuelta un poema y veo otro poema.



67

La audacia de la poesía tiene consecuencias.


71

La parte del poema que me pertenece y la parte de mí que le pertenece al poema.


72

El poema, escrito para durar, es el árbol que me sostiene. Hay muchos árboles talados.


74

Escribir todo lo que se pueda. Y también lo que no se pueda.


75

El lenguaje hace de toda creación, destrucción. Y también lo contrario.



76

Escribo porque encuentro palabras y las encuentro porque escribo.


77

A veces pierdo las palabras y tengo que aprender a hablar de nuevo.



90

En la poesía caben todas las palabras. En el poema, las necesarias.


91

La exuberancia me deja perplejo. La escasez me hace rumiar de más.


92

Con todas las palabras a disposición, el poema también necesita respirar.


93

La dosis justa de poesía es la que pide el poema.



94

En el Salón de Embajadores, en La Alhambra de la Granada nazarí, una inscripción dice: “Si hablas poco, sales seguro.”



95

Poema breve o poema largo: tienen que poder pasar por el ojo de una aguja.


96

Que los poemas breves no tengan sobrantes. Los largos, tampoco.


97

En el poema la mirada habla en su lengua.


98

Hay poemas que tienen fragancia, no sustancia.


99

Hay poemas que están vestidos para una fiesta.


100

Hay poemas que pasan desapercibidos: quieren ver antes que ser vistos.


(Del libro homónimo,
Ed.La Carta de Oliver,
2025,Gentileza del autor)


Juan Carlos Moisés  (Sarmiento, Provincia de Chubut, Argentina 1951)

Pueden LEER la biografía y poemas en entradas anteriores. 


 

jueves, 11 de septiembre de 2025

PERRO NEGRO TALLADO EN LA NIEVE


El centro exacto                    
Esta es nuestra casa del Sur, 
la casa donde escribo el poema. 
Este punto en el piso 
es el centro de la casa,
la casa que es el centro del pueblo,
el pueblo que es el centro del país.                          
Para decirlo con claridad, medido
con la mayor precisión poética posible: 
este lugar es el centro mismo del mundo.
Me paro sobre el punto visible 
pero disimulado en el piso de la casa 
y sonrío: nadie más que nosotros 
tiene el privilegio de conocer 
este dato revelador



Los que se lanzan al camino                             

Después de haberles dado un respiro 
a las palabras saco el capuchón 
de la lapicera, abro la libreta de bolsillo 
y escribo de corrido: “Dichosos los que saben 
cómo son las cosas, con qué pormenores 
van a encontrarse cada mañana, y piedad 
para los que ignoran los detalles, 
los que se lanzan al camino”.

A veces nos perdemos en el camino,
a veces las palabras se pierden 
en el camino donde nos perdemos
y tenemos que aprender a hablar de nuevo.
¿Para qué? Para saber a quién le hablamos, 
para saber de qué hablamos y cómo lo hablamos, 
o para no saber, aunque hablemos. 
Hay palabras que no tienen opciones: 
ven una puerta abierta y quieren salir, 
ven una puerta cerrada y quieren salir.



Perro negro tallado en la nieve

Si al galgo negro le dijera que en estos días animados
es posible concebir la realidad con libre albedrío
me diría que los juegos de palabras no son lo mío.
No es necesario engañar a nadie con el lenguaje,
esa especie de conciencia crítica en la memoria. 
Las cosas tienen su maravilla y su complicación 
y los sueños no se pueden torcer en el sueño. 
Las palabras piden estar donde las cosas suceden: 
quieren seguir en escena, despiertas y fantasiosas, 
con sus ropas y sus historias para ponerse.
El poema se talla como a un perro negro en la nieve.



Trabalenguas

Mis hijos construían trabalenguas como poemas
con una música o sonoridad inesperadas.
Los poemas que yo escribía no les servían para leer, 
eran cerebrales y sesgados para la edad, 
se los daba para jugar y ellos los desarmaban 
como antes de haber sido escritos: 
recorrían un camino inverso pero equivalente. 
¿Y no era eso, también, un hecho 
al que pudiera llamarse poético



Calles donde vive gente

Llego a un pueblo, vuelvo a un pueblo.
Camino hasta detenerme ante una puerta blanca: 
ya no está mi padre, ya no está mi madre. 
Lo que veo es lo que veían en un final anticipado.
Hay otras casas y otras puertas: no llamo, para qué.
Es lo que ve y lo que le pasa al ojo que ve.

En cada uno de nosotros hay una realidad por hacer,
pero a veces al futuro lo sentimos en la espalda:
los pies van corriéndose de lugar y se deslizan 
por calles con demasiados recuerdos donde vive 
y habla gente que murió hace mucho tiempo.



Recuerdos                          

Theodore Sturgeon, sí, no debe de ser agradable 
descubrir que se tienen los recuerdos de otro. 
Lo leí en tu libro Más que humano
Hay personas que nos encontramos tan necesitadas 
de recuerdos como otras de olvidarlos.
Pero nunca se sabe con el pasado. 



El cerro                           

Salvo en sueños, nunca subí al cerro; 
algún día voy a subirlo con mis pies reales. 
El cerro es de piedra negra en lo más alto 
y de tierra en la cuesta, donde hay matas 
con flores silvstres y agua que brota clara. 
El cerro es imponente, elevado 
sobre el caserío y las calles arboladas, 
y es orgulloso, silba con el aire y se aturde 
cuando el temporal lo pone de mal humor. 

Cada uno tiene su cerro personal, 
toda una vida al pie del cerro.
Un día se vuelve una tentación caminar 
por esa cuesta empinada para llegar a la cima. 
Pero la gracia, la verdadera gracia, 
no consiste en tenerlo solo de compañía 
sino en saltarlo como a una valla 
que interrumpe la vista o el camino. 

Digo que lo haré, que debo hacerlo. 
¿Quién puede olvidar un cerro? 
¿Quién puede negarlo? 
Solo es necesario saber, exactamente, 
dónde se encuentra el cerro.

(Del libro homónimo,
La Carta de Oliver, 2025
Gentileza del autor)
Juan Carlos Moisés (Sarmiento, Chubut, 1954). 



Pueden LEER la biografía y más poemas en entradas anteriores.




 

martes, 2 de agosto de 2022

EL VIENTO QUE HAY ACÁ AFUERA (III)

 Dedico este libro a mi pueblo natal.

Después del invierno


Volvieron los patos a la laguna, los teros
al campito y los peces a desovar en el río;
no es todo y no es poco lo que se puede ver
antes en la acción que en la contemplación.
Ahora los días son más largos y las noches
más cortas, también para mí llega rápido
la mañana, me levanto y mientras el agua
se calienta en la hornalla salgo y voy
al encuentro de la retama, del pino azul,
del ciruelo de jardín, la mirada quiere ir
hacia los álamos brotados de hojas y seguir.
La sensación es de contento por el nuevo día.
Sonrío sin saber por qué sonrío
y sin saber el porqué, dejo de sonreír.
A veces lo veo, a veces no lo veo: el final
siempre se resuelve como tragedia.

En eso me quedo pensando, cuando han vuelto
los patos a la laguna, los teros al campito
y los peces a desovar en el río.




La Vaca lloraba

La música sonaba sin variaciones,
y no eran distintos los sonidos de los vasos
de las voces que se entrechocaban.
Hombres y mujeres jóvenes se divertían,
unos estábamos acompañados y otros tenían
buena compañía en un mal momento.
La Vaca lloraba como un chico
por una mujer que lo había rechazado.
Alguien de la mesa de al lado se reía
por ese llanto atormentado de un hombre.
El que estaba reconfortando a la Vaca
agarró al otro de las solapas y lo amenazó
masticando las palabras con rabia:
¿Te rompieron la cara alguna vez?
El otro no dijo nada, qué iba a decir.
Lo soltó, le dijo si sabía lo que era el dolor,
le dijo si sabía lo que era el amor.
Estoy borracho, dijo la Vaca
con unos cuantos tragos de más.
Borracho de amor, dijo su amigo.
Hay mujeres que se pelean por uno
y nos enamoramos de mujeres que no se fijan
en nosotros, ¿no es cruel?, dijo la Vaca.
No sé qué es el amor, dijo el otro, avergonzado.
Mejor que no sepas, dijo el amigo.
Quise decir algo, hubiera tenido que elevar
la voz para que pudieran oírme,
no me animé, quién era yo
para no creer en “la pureza de lo fortuito”.


Citas: Richard Wilbur, “Parábola”.

Fotos del álbum familiar 2


La foto es blanco y negro, dentados los bordes,
la foto ríe porque mi padre ríe en la foto,
está viva su risa, su cara, sus ojos que ríen,
no es extraño que siga riendo con los años
y que su nariz árabe acompañe la risa.
No lo dijo, pero es como si hubiera dicho
A la vida no se le habla de rodillas.
A la muerte no se le habla de rodillas.
¿Por qué?
Porque de rodillas no se habla.
No tenía humildad con estas cosas
y no era su preocupación errar en la alegría.

Hace algunos años, en un día de invierno,
la cara helada que besé por última vez
tenía una sonrisa que daba pena despedir,
sonreía como los que se quieren quedar a vivir
para siempre en este mundo que pocas veces ríe.



(Del libro: "El viento que hay acá afuera"
La Carta de Oliver, 2021)
Juan Carlos Moisés



Juan Carlos Moisés. Poeta argentino nacido en Sarmiento, Provincia de Chubut, en 1954. Los libros de poesía más recientes son: El jugador de fútbol (2015) y Conversación con el pez (antología, 2017 y 2021). Notas sobre poesía: Una lucha desigual con las palabras (2016). Cuentos: Baile del artista rengo (2012) y La velocidad de la infancia (2018). Obras de teatro: Desesperando (2008) y Pintura viva, El tragaluz, La oscuridad (2013). Durante la pandemia, en el ciclo “Yendo de la escena al living”(Mendoza), se presentaron por streaming sus obras Mate frío (2000) y Mendigos del agua (2021). En su pueblo natal, entre 1990 y 1998, dirigió el grupo de teatro Los comedidosmediante,con presencia en festivales del país y en las Fiestas Nacionales de Mendoza, Tucumán, Catamarca, y en el Teatro Nacional Cervantes.En 2020, una selección de su obra plástica fue publicada en la revista-blog op.cit.


(Pueden LEER más de la biografía, en una entrada anterior del autor.)


 

domingo, 31 de julio de 2022

EL VIENTO QUE HAY ACÁ AFUERA (II)


Benteveo en Bloomsday

Hoy a la mañana vimos un benteveo
en el ciruelo, exactamente un siglo después
del Bloomsday (Leopoldo Bloom
saliendo de farra a festejar con cerveza negra
fuera de las páginas del Ulises, las sombras
de Jim y de Nora a su lado).
Acá nunca se vieron benteveos, pero ahora
que llegó el cambio climático un benteveo
es un acontecimiento.
Estaba incómodo en el lugar equivocado,
había perdido el sentido de la orientación
o algo le impedía volar como había llegado,
se lo veía exuberante, el plumaje amarillo,
la franja negra que le envuelve los ojos
y se continúa hasta el pico, una especie
de antifaz, los ojos escondidos en el negro,
en el copete otra franja negra rematando
la cabeza a la vez que matando el amarillo
luminoso: los verbos no son casuales
y a veces son necesarios para tensar
la cuerda entre la cosa y la lengua.
Lo dijo Ricardo Zelarayán, si la realidad
está en algún lugar está en el lenguaje.

Estaba atento el benteveo, vería en nosotros
una forma de amenaza, tenía dudas y al mismo
tiempo quería quedarse, tuvo paciencia
para decidirlo: de esa densidad incierta
que es un minuto o un segundo estamos hechos.
El benteveo se movió hacia el Oeste, volvió
a moverse hacia el Este, subió a tres ramas
distintas deteniéndose en cada una hasta llegar
a la copa desnuda del ciruelo, y después
se fue. No lo vimos más.

La duración de ese momento, como el soplo
de una epifanía, admite la descripción de un mundo
completo, donde sólo algunas veces
hay opciones para la excepción.

(16-6-2004)

(Del libro: "El viento que hay acá afuera"
La Carta de Oliver, 2021)

Juan Carlos Moisés (Sarmiento, Provincia de Chubut, Argentina,1954)



IMAGEN: Benteveo común (Del pinterest, sin créditos)

 

viernes, 29 de julio de 2022

EL VIENTO QUE HAY ACÁ AFUERA (I)

Hombre a caballo con perros


a Santiago Sylvester
Vamos viajando en la Ruta 3, vemos
un hombre a caballo con perros ovejeros
cruzando la pampa alta que empieza
o termina donde se interrumpe el cielo.
Es un límite relativo, no irreal, y nada
empieza si antes algo no termina.
“Hay mucho que aprender del desierto:
en primer lugar que no hay desierto.”
Perros, caballo, persona, hacen el trabajo
con ovejas repitiendo el ritual de cada día,
son formas expresivas sin argumento
que en apariencia no significan,
como Gogo y Didi, Pozzo y Lucky,
solos, en una quemazón sin finalidad.

Soy ese jinete sin nada que me ampare
o me devuelva al camino, voy a caballo,
tengo varios años menos, me sobra
entusiasmo, los perros me siguen y yo
los sigo porque hay algo que llama
con énfasis, no sé qué es y sé el porqué,
reconozco la tierra, las nubes, las matas,
unos tamariscos, los pastos bajos, el puesto
en una lonja de valle y un manantial
de agua clara que brota sin pedirlo.
Abro los ojos, veo autos en movimiento
y caras borrosas en su interior,
formas que cambian y pasan,
hasta que vuelve otra vez la aparente nada.

Por el espejo veo los hijos despatarrados
en el asiento; semidormidos preguntan
—¿Falta mucho para llegar?
—Unas pocas horas.
—¿Y por dónde vamos…?
Cabecean, vuelven a dormirse, siguen
soñando, quisiera entrar en sus sueños
para tranquilizarlos: ya pasamos
el Paralelo 42º al sur del plano ecuatorial
terrestre y pronto estaremos en casa.

Con las manos en el volante miro el camino,
es una sucesión de puntos que no tienen fin.
Comienza a bajar el sol: hasta lo que va
quedando atrás se lo puede ver adelante.

(Del libro: "El viento que hay acá afuera"
La Carta de Oliver, 2021)

Juan Carlos Moisés (Sarmiento, Provincia de Chubut, Argentina,1954)

Citas: Santiago Sylvester: “(aprendizaje del desierto)”, Los casos particulares.

            Samuel Beckett. Gogo y Didi, Pozzo y Lucky: personajes de Esperando a Godot.

IMAGEN: Hombre a caballo con perros en Magallanes (Sin créditos) 


 

miércoles, 27 de julio de 2022

CONVERSACIÓN CON EL PEZ (Antología)

El dibujo que dibujábamos en el aire


El dibujo que dibujábamos en el aire
era visto solamente por algunos.
Los que no lo veían
se enredaban en él y caían presa del pánico
hasta que luego de un rato
en que peleaban pataleaban por salir del dibujo
lograban entender un poco.
Les tenía que suceder muchas veces
para que pudieran
verlo.
Luego, una vez que lo veían,
se sumaban a nosotros y hacíamos nuevos
dibujos en el aire.



Es improbable que un buen perro

Es improbable que un buen perro
haga las veces de un buen pez,
y un mal conejo
difícilmente logre convertirse
en un mal chimango,
así como un buen poema no siempre,
no necesariamente siempre va a resultar
una buena persona.



El último

Siempre llegué último a todo
al cine al baile al trabajo a comer a dormir.
Nunca pude ser el primero en nada.
Pero mi mujer
descartó a los que estaban primero
a todos
siguió hasta el final de la fila
y me eligió a mí
que estaba último.



La lapicera que me compré

La lapicera que me compré
no escribía
no escribía lo que yo quería
entonces la devolví.
Lo encaré al vendedor y le dije
sin prólogo
esta lapicera no me sirve
esta lapicera escribe todo
menos lo que yo quiero
esta lapicera está hecha
para otra gente.


Veinte años después


Me dijeron cantá la canción que aprendiste
yo era un chico de apenas cinco años un
día me dijeron
cantá para tía y tío y abuela
y si tenés vergüenza hacelo
detrás de la puerta
no pis
cantar detrás de la puerta
ahora veinte años después me asomo
temiendo que ya nadie
me esté escuchando


Las tortugas


Un hombre es un animal inquieto
hecho de agitación y movimiento
no es una tortuga
las tortugas llevan la rebelión
del lado de adentro



Conversación con el pez

pez de piel lustrada
ya basta con ese corcovo
tu vida vale más que este anzuelo

tu vida
vale más que este anzuelo sí
y no es por verte fuera del agua
a mis pies
que me he puesto terco tironeando
del hilo
aunque sé que venciendo
no sólo saciaré mi hambre
también me llevaré alguna de tus aletas
y la habilidad de andar en el agua
o tu ingenuidad
de haber caído en la trampa


                                                                            (de la antología: "Conversación
                                                                                con el pez", Ed. Maravilla,2017)

Juan Carlos Moisés (Sarmiento, Provincia de Chubut, Argentina,1954)
 
 

IMAGEN: Pez Marino, de Pinterest, sin créditos.

martes, 9 de febrero de 2016

LOS MALOS NEGOCIOS




























Era un día de diciembre, uno más del último
verano en que mis padres residieron en el pueblo
antes de radicarse en la ciudad junto al mar.
Ahora tengo muchos: veranos y recuerdos.
Diez años después, a mi padre, mientras dormía,
le llevó unos segundos morir, cuando el corazón
averiado le dijo basta. Mi madre murió varios
años después que mi padre, pero le llevó más
tiempo, y en cada uno de los días, meses y años
de enfermedad lenta, permaneció despierta
hasta volver irreconocible, mientras su corazón
resistía las horas y los minutos interminables.

Ese año, nada, nadie, ninguno de nosotros,
se quedaría sin hacer su viaje personal al centro
de la realidad; muchas cosas parecían explotar
por causas muy complejas, o por nada, y tal vez
sea o no sea el motivo para que ese día de verano
vuelva como un recuerdo inconfundible.
Aunque sabía que debías seguir con tus clases
en la escuela, me acercaba a la ventana sólo
porque deseaba verte llegar a la casa de mis padres
en tu Fiat verde agua para una comida familiar.
A la espera del llamado a la mesa fui al living
y me puse a dibujar en un papel granulado.
Cuando dibujé tu cara aparecieron varios ojos.
Después dibujé una boca, tu boca, y muy cerca
de la boca un lunar, tu lunar, por el que sería
capaz de reconocerte entre miles de mujeres.
Volví a dibujarte una y otra vez, y más ojos
aparecieron en tu cara. Almorzamos en el
comedor y después del postre volví al living.

Acá siguen/seguimos, los protagonistas,
en el lugar borroso, con una prosa presente,
y ocurren cosas en apariencia insignificantes.
Mi madre repasa la mesa, lava los platos.
Mi padre fuma y piensa en sus malos negocios.
-¿Sabés, Carlitos, para que sirven los
ministros de economía? Para fundirnos.
Habla poco, y poco es el consuelo que puedo
ofrecer para buscar una salida a su contrariedad.
Mi mano, de nuevo en el dibujo, se deja llevar
en medio de las dudas y los temblores del pulso.
Mi padre me pregunta por qué me paso las horas
dibujando. Me escucha, piensa, fuma, no habla,
me mira con una resignación que no parece
destinada a mí. Oigo su carraspeo insistente de
fumador en medio de sus preocupaciones : cómo
llegar a fin de mes, qué vender, qué comprar
para vender, y cómo hacerlo, y a dónde ir por
algo de dinero, cuando lo había perdido casi
todo. Mi padre siempre reía, tenía gracia
para animar las reuniones como un actor sin
libreto; no hay fotografía en la que no se lo vea
con un sonrisa maliciosa que trama una
ocurrencia. Ahora no ríe, y lo que trama es
de otra naturaleza. Me pregunta si dibujar
es una manera de matar el tiempo. No veo
que espere respuesta, y se queda pensando.
-Hay que pensar, todo el tiempo hay
que pensar cómo salir de esta situación.

Parece una de las versiones de la escultura
del hombre que piensa, de Auguste Rodin.
El tiempo, que es uno y distinto de todos,
entra por la puerta, por la ventana, o por algún 
lugar que no soy capaz de ver; el tiempo entra
también para mi madre que ya ha terminado 
de lavar la vajilla y nos sirve unas tazas de té.
Mi hermano menor se cuelga de mis hombros,
le pone otra agitación al mediodía, por cosas
menos preocupantes que los malos negocios.

En esos momentos de la sobremesa tus ojos
en el papel se habían multiplicado, tus ojos que
me miraban, tus ojos que miraban a mi padre.
tus ojos que miraban la escena y no decían nada,
sólo bajaban los párpados con cierta comprensible
piedad. Encerraban y resguardaban con pudor
lo que a mis ojos les partía el alma mirar.



Juan Carlos Moisés



Juan Carlos Moisés. Poeta argentino nacido en Sarmiento, Provincia de Chubut, en 1954. Publicó Poemas encontrados en un huevo (1977); Ese otro buen poema (1983), Querido mundo (1988), Animal teórico (2004), Museo de varias artes (2006) y Palabras en juego (2006), Museo de varias artes (2006) y Esta boca es nuestra (2009). En narrativa: La velocidad de la infancia (2010), Baile del artista rengo (2012) y El Jugador de fútbol (Ed. La Carta de Oliver (2015). Es autor y director de teatro. Algunas de sus obras teatrales son: "Desesperando" (1997), La casa vieja (1991), El tragaluz (1994) y La oscuridad (2002). Entre 1990 y 1997 dirigió el grupo de teatro Los comedidosmediante, con el que recorrió la Patagonia y varias provincias argentinas.Además es narrador, dibujante y guionista de historietas.