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miércoles, 14 de mayo de 2025

LA VIDA CONTINUA (II)

 


A Sí MISMO

Conque vienes ahora a mí sin saber por qué;
Ni por qué te sientas en la felpa rubí de un feo sillón, bajo 
   el revelador ángulo
De luz que astutamente vuelve gris plateado tu cabello; 
Tampoco se sabe por qué has elegido este momento para 
   oponer lo que escriben los años 
Frente a escribir de nada; tú, que entrecerrabas los ojos 
Mientras escrutabas el refinado aire del espejo del recibidor 
y decías
Fuisteis míos, todos míos; que me suplicabas que te 
   escribiera, por supuesto,
Siempre a ti, sin decir nunca para qué;
Quien solía susurrar en mi oído solo las cosas 
Que querías oír; que vienes a mí ahora y dices 
Que es tarde, que los árboles se inclinan bajo el viento,
Que la noche caerá; como si hubiera algo 
Que quisieras saber, pero que durante años hubieras 
   olvidado preguntar,
Algo que tenía que ver con un rayo de luz oblicuo sobre 
una mesa,
Un brazo que se alza, una cara que se vuelve y a lo lejos 
Desaparece un automóvil al otro lado de la cuesta.





HISTORIA DE LA POESÍA

Los maestros han desaparecido y si regresaran,
¿Quién de nosotros los escucharía?,¿quién conocería 
El sonido corporal del cielo o el sonido celestial 
Del cuerpo, infinito y ausente, que moduló 
Nuestros días antes de que las móviles estrellas 
Fueran despojadas de su poder? La respuesta es:
Ninguno de nosotros. Y¿qué significa que veamos 
Las montañas vidriadas de luna y la ciudad con sus puertas 
    silenciosas
Y torres de agua y sintamos como si quisiéramos alzar la voz 
Solo un poco o a veces a finales del otoño
Cuando la tarde florece por un momento sobre la cordillera 
    occidental
Y nos imaginemos que bajan ángeles aprisa por los fríos
    peldaños del aire
Para desearnos buena suerte si hemos perdido la voluntad
Y no hacemos sino dormitar, escuchando a medias los
    suspiros
De esta o aquella brisa que vague sin dirección sobre las 
    granjas arruinadas
Y los jardines echados a perder? En estos días, cuando
    despertamos,
Podo brilla con la misma luz azul
Que llenaba nuestros sueños momentos antes,
Así que no hacemos sino contar los árboles, las nubes,
Los pocos pájaros que quedan; entonces decidimos que no 
    deberíamos
Tratarnos con severidad, que el pasado no fue mejor 
Que el ahora, porque ¿no ha habido siempre enemigos?, 
¿No estaba ya entonces en ruinas la iglesia del mundo?


(Del Libro "La vida continua",
Visor, 1990)

Mark Strand (Summerside, Isla del Príncipe Eduardo, Canadá 1934 - Nueva York, E.E.U.U., 2014)

(Traducción: Dámaso López García)




TO HIMSELF


So you’ve come to me now without knowing why;
Nor why you sit in the ruby plush of an ugly chair, the sly 
Revealing angle of light turning your hair a silver gray;
Nor why you have chosen this moment to set the writing of years 
Against the writing of nothing; you who narrowed your eyes, 
Peering into the polished air of the hallway mirror, and said 
You were mine, all mine; who begged me to write, but always 
Of course to you, without ever saying what it was for;
Who used to whisper in my ear only the things 
You wanted to hear; who come to me now and say 
That it’s late, that the trees are bending under the wind,
That night will fall; as if there were something 
You wanted to know, but for years had forgotten to ask, 
Something to do with sunlight slanting over a table 
And chair, an arm rising, a face turning, and far 
In the distance a car disappearing over the hill.




THE HISTORY OF POETRY

Our masters are gone and if they returned 
Who among us would hear them, who would know 
The bodily sound of heaven of the heavenly sound 
Of the body, endless and vanishing, that tuned 
Our days before the wheeling stars 
Were stripped of power? The answer is 
None of us here. And what does it mean if we see 
The moon-glazed mountains and the town with its 
    silent doors
And water towers, and feel like raising our voices 
Just a little, or sometimes during late autumn 
When the evening flowers a moment over the 
    western range
And we imagine angels rushing down the air's cold 
    steps
To wish us well, if we have lost our will,
And do nothing but doze, half hearing the sighs 
Of this or that breeze drift aimlessly over the failed 
    farms
And wasted gardens? These days when we waken. 
Everything shines with the same blue light 
That filled our sleep moments before,
So we do nothing but count the trees, the clouds, 
The few birds left; then we decide that we shouldn’t 
Be hard on ourselves, that the past was no better
Than now, for hasn't the enemy always existed,
And wasn't the church of the world always in ruins?



Pueden LEER la biografía completa, más poemas y textos en entradas anteriores del autor.







lunes, 28 de agosto de 2023

LA VIDA CONTINUA


POESÍA NARRATIVA

Ayer en el supermercado oí sin querer a un hombre y una mujer que hablaban de la poseía narrativa. Ella decía:

«Quizá todos los así llamados poemas narrativos sean sencillamente irónicos, sus acontecimientos solo señalarían que estamos tan empobrecidos que, como utopistas desesperanzados, vivimos para la conclusión. Muestran que nuestras vidas las han anulado las necesidades, especialmente por la necesidad de continuar. He llegado a creer que lo narrativo nace del odio a uno mismo».

    Él dijo: «Lo que me preocupa es la narrativa que no proporciona un marco coherente para medir una transición espacial o temporal, la narrativa en la que el héroe viaja, creyendo que avanza, cuando en realidad está quieto.

Se convierte en el único conector, la encarnación de la narrativa, su terrible engaño, la pesadilla de su propia irrealidad».

    Quise recordarles que el poema narrativo ocupa el lugar de una narración ausente, siempre absorbiendo la ausencia de esta para poder ser nombrada, a la vez que abandona continuamente su propia presencia a las sobrecogedoras soledades del olvido. La narración ausente es en la que, quería decirles, nuestro destino está escrito. Pero se habían ido antes de que pudiera hablar.

     Cuando llegué a casa mi hermana me esperaba sentada en la sala de estar. Le dije: «¿Sabes lo que te djgo, hermana?

Se me acaba de ocurrir que algunos poemas narrativos se mueven ten deprisa que no puedes seguirles el paso y tienes que imaginar cómo continúan. Son lo más parecido a la vida y lo menos real».

  «Sí —dijo mi hermana—, pero ¿te has dado cuenta de que algunos poemas narrativos se mueven tan despacio que continuamente saltamos más allá de ellos y nos imaginamos cómo podrían ser? ¿Te has dado cuenta de que son los que con más frecuencia se escriben cuando eres joven?».

    Después recordé el verano en Roma, cuando me persuadí de que las narraciones en las que la memoria desempeña su papel son autodestructivas. Hacía calor y me di cuenta de que la memoria es una conmemoración de acontecimientos que no se sostendrían en el presente, por eso la memoria siempre está teñida de piedad y su música es siempre un canto fúnebre.

    Entonces sonó el teléfono. Era mi madre que llamaba para preguntarme qué hacía. Le dije que trabajaba en una antinarrativa, la que se niega a comenzar porque comenzar carece de sentido en un universo infinito y se niega a concluir por la misma razón. Todo ello es el intervalo suprimido, una conjunción inacabable e inexpresable: «Mamá —le dije—, es como esa narración que se niega a enmascarar la quietud universal y esencial de manera que limita sus observaciones a lo que nunca ocurre».

    Entonces mi madre dijo: «Tu padre solía hablarme de la poesía narrativa. Decía que era una mujer que llevaba flores y vestía de fiesta. Su pelirrojo cabello le caía con delicadeza sobre los hombros. Decía que la poesía narrativa solía ocurrir en primavera e incluía un hombre. La mujer se acercaba a su casa, saludaba con la mano al hombre y dejaba caer las flores. Esto —seguía diciendo mi madre— parecía una señal de la falta de concreción de la poesía narrativa. Dondequiera que estuviera, la mujer sembraba las semillas del desinterés».

    «Mamá —me atreví a decir—, lo que llamamos narración es sencillamente sumisión a las insoportables demandas del predicado sobre el futuro; favorece la continuidad, florece en otro predicado. ¡Vaya si las nociones de cierre no descansan sobre nuestros deseos de un predicado estéril!».

«Tienes toda la razón —dijo mi madre—, no hay otra forma de entenderlo». Y colgo.

del libro: "La vida continua"(1990). Ed. Visor, 2016 

Mark Strand (Summerside, Isla del Príncipe Eduardo, Canadá 1934 - Nueva York, E.E.U.U., 2014)

(Traducción de Dámaso López García)


Yesterday at the supermarket I overheard a man and a woman discussing narrative poetry. She said: “Perhaps all so-called narrative poems are merely ironic-, their events only pointing out how impoverished we are, how, like hopeless Utopians, we live for the end. They show that our lives are invalidated by our needs, especially the need to continue. Ive come to believe that narrative is born out of self-hatred. ”

He said: “What concerns me is the narrative that provides no coherent framework for measuring temporal or spatial passage, the narrative in which the hero travels, believing he goes forward when in fact he stands still.

He becomes the single connective, the embodiment of narrative, its terrible delusion, the nightmare of its own unreality. ”

I wanted to remind them that the narrative poem takes the place of an absent narrative and is always absorbing the others absence so it can be named, and, at the same time, relinquishing its own presence to the awful solitudes of forge fulness. The absent narrative is the one, I wanted to say, in which our fate is written. But they had gone before I could speak.

When I got home my sister was sitting in the living room, waiting for me. I said to her: “You know, Sis, it just occurred to me that some narrative poems move so quickly

they cannot be kept up with, and their progress must be imagined. They are the most lifelike and least real. ”

“Yes, ’’said my sister, “but has it occurred to you that some narrative poems move so slowly we are constantly leaping ahead of them, imagining what they might be? And has it occurred to you that these are written most often in youth?”

Later I remembered the summer in Rome when I became convinced that narratives in which memory plays a part are self-defeating. It was hot, and I realized that memory is a memorial to events that could not sustain themselves into the present, which is why memory is tinged with pity and its music is always a dirge.

Then the phone rang. It was my mother calling to ask what I was doing. I told her I was working on a negative narrative, one that refuses to begin because beginning is meaningless in an infinite universe, and refuses to end for the same reason. It is all a suppressed middle, an unutterable and inexhaustible conjunction. “And, Mom, ”

I said, “it is like the narrative that refuses to mask the essential and universal stillness, and so confines its remarks to what never happens. ”

Then my mother said: “Your Dad used to talk to me about narrative poetry. He said it was a woman in a long gown who carried flowers. Her hair was red and fell lightly over her shoulders. He said narrative poetry happened usually in spring and involved a man. The woman would approach her house, wave to the man, and drop her flowers. This, ” Mom continued, “seemed a sign of narrative poetry’s pointlessness. Wherever the woman was, she sowed seeds of disinterest. ”

Mom, I ventured, “what we call narrative is simply submission to the predicates insufferable claims on the future; it furthers continuance, blooms into another predicate. Don’t you think that notions of closure rest on our longing for a barren predicate!”

You re absolutely right, ’’said my mother, “there’s no other way to think of it. ” And she hung up.


PUEDEN leer la biografía y mas poemas en entradas anteriores del autor (N.del A.). 


lunes, 6 de mayo de 2019

ME VA A ENCANTAR EL SIGLO XXI




La cena se enfriaba. Los invitados, con la expectativa de que los encuentros fuesen de la manera acostumbrada —rápidos, impersonales, azarosos—, estaban tirados por los cuartos. Las papas estaban duras y las chauchas, blandas. La carne... No había carne.

El sol de invierno había teñido de amarillo los olmos y las casas; los ciervos iban calle abajo como refugiados; y en la entrada, los gatos se estaban calentando sobre el capot de un auto. Un hombre, entonces, vino y me dijo: “Aunque el pasado me encantaba, su oscuridad, su peso que nada nos enseña, su pérdida, su todo que no nos pide nada, me va a encantar aun más el siglo veintiuno, porque en él veo a alguien en pantuflas y bata, pobre y de ojos marrones que marcha por la nieve sin dejar detrás suyo ni siquiera una huella”.

                         “Ah”, dije yo, poniéndome el sombrero. “Ah”.

Mark Strand
(Traducción: Ezequiel Zaidenwerg)


I WILL LOVE THE TWENTY-FIRST CENTURY

Dinner was getting cold. The guest, hoping for quick,
Impersonal, random encounters of the usual sort, were sprawled
In the bedrooms. The potatoes were hard, the beans soft, the meat—
there was no meat.

The winter sun had turned the elms and houses yellow
Deer were moving down the road like refugees; and in the driveway cats
Were warming themselves on the hood of a car . Then a man turned.
And said to me:” Although I love the past, the dark of it,
The weight of it teaching us nothing, the loss of it, the all
Of it asking for nothing, I will love the twenty-first century more,
for in it I see someone in bathrobe and slippers, brown-eyed and poor,
walking throught snow without leaving so much as footprint behind”.

                           “Oh,” I said, putting my hat on, “Oh




sábado, 4 de mayo de 2019

LA LLEGADA DE LA LUZ

























Mejor tarde que nunca:
la llegada del amor, la llegada de la luz.-
Te despertás y hay velas ya encendidas,
se conflagran los astros, los sueños
se derraman en tu almohada y envían
cálidos aromas de aire.
Mejor tarde que nunca, cada hueso del cuerpo
resplandece y el polvo de mañana destella
en el aliento.


VOS DECÍS

Está todo en la mente, vos decís, y no guarda
ninguna relación con la felicidad. Pueden venir el frío
o el calor, pero la mente tiene todo el tiempo del mundo.
Vos me tomás del brazo y me decís que algo está por pasar,
algo insólito, para lo que siempre estuvimos preparados,
igual que el sol que llega después de un día en Asia,
o la luna que parte tras pasar una noche con nosotros.




Mark Strand (Summerside, Isla del Príncipe Eduardo, Canadá,  1934 - Nueva York, E.E.U.U., 2014).
(Traducción: Ezequiel Zaidenwerg)



THE COMING OF LIGHT

Even this late it happens:
the coming of love, the coming of light.
You wake and the candles are lit as if by themselves,
stars gather, dreams pour into your pillows,
sending up warm bouquets of air.
Even this late the bones of the body shine

and tomorrows dust flares into breath.


SO YOU SAY

It is all in the mind, you say, and has
nothing to- do with happiness. The coming of cold,
the coming of heat, the mind has all the time in the world.
You take my arm and say something will happen,
something unusual for which we were always prepared,
like the sun arriving after a day in Asia,
like the moon departing after a night with us.

  

IMAGEN: Epiphany, fotografía del artista Guillermo de Angelis.




jueves, 2 de mayo de 2019

EN UN MUNDO SIN CIELO TODO ES DESPEDIDA




















PUERTO OSCURO

XVI

Es cierto, como dijo alguien, que en
un mundo sin cielo todo es despedida.
Sin importar si vos saludás con la mano,

aun así es despedida, y si no brotan lágrimas de tus ojos,
es despedida igual, y si fingís no haberte dado cuenta,
odiando lo que pasa, también es despedida.

Es despedida de una forma u otra. Y las palmeras que se inclinan
sobre la laguna, verde y radiante, y los pelícanos
que se zambullen, y los cuerpos brillosos de los bañistas que descansan,

son etapas de una quietud final, y el movimiento
de la arena y del viento, y las secretas contorsiones del cuerpo,
son parte de lo mismo, una simplicidad que hace del ser

una ocasión para el lamento, o una ocasión
digna de celebrarse, ¿o si no qué otra cosa puede hacer uno
al percibir el peso de las alas de los pelícanos,

la densidad de las sombras de las palmeras y las células
que oscurecen la espalda de los bañistas? Estas cosas van más allá
de lo azaroso, con sus distorsiones, y de las evasiones de la música. El final

vuelve a representarse una y otra vez. Y lo sentimos
en las tentaciones del sueño, en la maduración de la luna,
en el vino y en su espera en la copa.



Mark Strand (Summerside, Isla del Príncipe Eduardo, Canadá,  1934 - Nueva York, E.E.U.U., 2014).

(Traducción: Ezequiel Zaidenwerg)

DARK HARBOR


XVI
It is true, as someone has said, that in
A world without heaven all is farewell.
Whether you wave your hand or not,

It is farewell, and if no tears come to your eyes
It is still farewell, and if you pretend not to notice,
Hating what passes, it is still farewell.
Farewell no matter what. And the palms as they lean
Over the green, bright lagoon, and the pelicans
Diving, and the glistening bodies of bathers resting,

Are stages in an ultimate stillness, and the movement
Of sand, and of wind, and the secret moves of the body
Are part of the same, a simplicity that turns being

Into an occasion for mourning, or into an occasion
Worth celebrating, for what else does one do,
Feeling the weight of the pelicans’ wings,

The density of the palms’ shadows, the cells that darken
The backs of bathers? These are beyond the distortions
Of chance, beyond the evasions of music. The end

Is enacted again and again. And we feel it
In the temptations of sleep, in the moon’s ripening,

In the wine as it waits in the glass.



IMAGEN: Pintura s/n, de Eduardo Capilla.




jueves, 4 de octubre de 2018

CASI INVISIBLE




Ella se mantuvo a mi lado durante años. ¿O fue sólo un momento? 
No me acuerdo. Tal vez la amé, tal vez no. 
Había una casa, y después, no. Había árboles, pero ya no están.


Cuando nadie recuerda, ¿qué es lo que queda?

Tú, que todo lo has perdido, que vagas como el humo en el más allá,
dime algo, lo que sea.

(Sin nombre del traductor,
ed. no bilingüe)

Mark Strand (Summerside, Isla del Príncipe Eduardo, Canadá,  1934 - Nueva York, E.E.U.U., 2014)

jueves, 31 de agosto de 2017

LA VIDA SECRETA DE LA POESÍA








1

Estamos en 1957. Me encuentro en casa, durante las vaca­ciones de la facultad de Bellas Artes, sentado frente a mi madre en el salón. Hablamos de mi futuro. Mi madre considera que he elegido un oficio difícil. Tendré que luchar en la sombra, y puede que pasen muchos años hasta que alcance algún reconocimien­to; y ni aún entonces es seguro que pueda ganarme la vida ni mantener una familia. Mi madre piensa que sería más inteligente que me hiciera abogado o médico. Justo en ese momento le digo que, aunque acabo de empezar Bellas Artes, lo que de verdad me interesa es la poesía. “Pero entonces jamás podrás ganarte la vida”, me dice. A mi madre le preocupa que yo pueda sufrir innecesariamente. Le explico que los placeres que es capaz de proporcionar la poesía son muy superiores a los del dinero o la estabilidad. Le propongo leerle algunos de mis poemas favoritos de Wallace Stevens. Comienzo por “La idea de orden en Key West”. Al poco, sus ojos se cierran y su cabeza se vence hacia un lado. Mi madre se ha dormido en el sillón.



2

No pretendo burlarme de mi madre. Su incapacidad para respon­der como me hubiese gustado es, en realidad, la que padece casi todo el mundo. Escuchar un poema leído, igual que leerlo, no se parece a ningún otro tipo de contacto con el lenguaje. Nada nos prepara para la poesía. Mi madre era lectora de novelas y libros de no ficción en general. Creo que hablaba con comprensión y juicio acerca de lo que leía. Pero, ¿en qué se diferencia la poesía de las lecturas a las que estaba acostumbrada? Lo primero que acude a la mente es que el poema suele tener como único contex­to la voz del poeta: una voz que no se dirige a nadie en particular, y que carece del apoyo de una situación o de unas situaciones generadas por las palabras o las acciones de otros; apoyo que sí posee una obra de ficción. El poema suscita su propio sentido, no el sentido del mundo. Se inventa a sí mismo: su propia necesidad o urgencia, su tono, su mezcla de significado y sonido, están en la voz del poeta. En este aislamiento engendra su autoridad. Una novela, para resultar creíble, ha de tener aspectos en común con nuestro mundo. Sus personajes deben actuar de un modo que re­conozcamos como humano, y deben hacerlo en lugares creíbles y con objetos creíbles. Si estamos mejor preparados para leer ficción es porque la mayor parte de lo que se dice ya lo sabemos. En un poema, por el contrario, la mayor parte de lo que se dice no se sabe, o es desconocido. El mundo de las cosas o de las expe­riencias que pudieron originar el poema suele estar diluido en el trasfondo. Es como si el poema reemplazara ese mundo para establecer su propio dominio, afirmándose a sí mismo sobre el mundo, extrañamente.
Lo que se conoce de un poema es su lenguaje, es decir, las palabras que usa. Solo que en un poema estas palabras parecen distintas. Resultan raras hasta las más familiares. En un poema cada palabra es importante, su intensidad es máxima, por lo que goza de un peso que rara vez adquiere en la ficción. (Hay excep­ciones notables en las obras de Joyce, Beckett y Virginia Woolf). En una novela, las palabras se encuentran subordinadas a las grandes porciones de acción o caracterización que hacen avan­zar la trama. En un poema, las palabras son la acción. Por eso un poema se impone de inmediato -en una o dos líneas-, y por eso un lector asiduo de poesía puede discernir al momento si un poema tiene autoridad. De una novela, en cambio, sería difícil saber mucho con leer tan solo su primera frase. Por lo general le concedemos una docena de páginas, o más, para juzgar si merece nuestra atención. Y nuestra atención la capta, paradójicamen­te, cuando su lenguaje casi desaparece entre los acontecimientos que genera. Leemos con más comodidad una novela cuando su lenguaje no nos distrae. Lo que deseamos al leer una novela es avanzar. Un poema opera justo al contrario. Incita a la lentitud, nos conmina a saborear cada palabra. Es en el poema donde se hace más palpable el poder del lenguaje. Pero en una cultura que fomenta la lectura rápida, la comida rápida, los informativos de diez segundos y otras formas veloces de absorción, ¿quién quiere algo que exige ir más lento?



3

La lectura de no ficción no prepara mejor para la poesía que la lectura de ficción. Mis padres eran ambos lectores de no ficción; buscaban información no solo para instruirse, sino también para sentir que tenían control sobre un mundo en el que contaban poco. Su necesidad de certeza era proporcional a su sentimiento de duda. Si disponemos de los hechos -o los supuestos hechos-, podemos no solo proscribir la incertidumbre, sino también al­bergar la ilusión de que vivimos en un universo estático, en un mundo fijo y predecible, del que haya sido desterrado el misterio. Se explica así que la poesía no fuese algo que mis padres leye­ran con gusto. Era el enemigo. Para ellos, la poesía solo podía devolverle confusión al mundo, enturbiar con ambigüedad las certezas; constituía una amenaza para el ansia que tenían de un conocimiento que aportase seguridad. Para los lectores como mis padres, el flirteo de la poesía con la borradura, la contingencia y hasta el sinsentido es duro de tragar. Y aún más difícil es que la poesía, con sus figuras retóricas y sus ritmos, proponga un estado de suspensión verbal. La poesía es la manifestación del lenguaje en su forma más engañosa y seductora, a la vez que imprecisa, con lo que hasta parece que se burla de nuestra ansia por la simplificación y por un orden sencillo del que disponer. Y no se trata solo de que la poesía prefiera que haya una multiplicidad de significados en vez de uno dominante; es que pudiera ocurrir que nos comunicara algo que fuese más allá del “significado”, algo cuyo origen no estuviera en el poeta, sino en la tenue luz primera del lenguaje, en una suerte de estadio “anterior”. Puede que la lectura de un poema sea entonces una búsqueda de lo desconoci­do; de algo que reposa en el seno de la experiencia, pero que no se puede señalar ni describir sin que resulte reducido o alterado; de algo que sin embargo se deja contener, lo que lo hace menos terrorífico. No se trata de conocimiento, sino más bien de una ocasión para creer, una razón para asentir, una afirmación de la existencia. Resulta opaco y misterioso y, al tiempo que invita al lector, lo repele. Esto desconocido puede incomodar al lector, forzarlo a hacer cosas que atenuarán la extrañeza del poema; lo que implica por lo general inventar un contexto en que fijarlo, algo que contrarreste el carácter incorpóreo del poema. Como ya he indicado, puede que se establezca una relación con lo que originó el poema (de cuya oscura morada ha emergido). Los con­textos que elaboramos en defensa propia podrían alumbrarnos, podrían explicarnos incluso partes o rasgos del poema; pero nun­ca sustituirían su voz íntegra. Pese a su poder de encantamiento, el poema se resistirá siempre a significados que no sean parciales.




4

Quizá mi madre intuyó todo esto aquel día de 1957, y sintió que estaría más segura dentro de su propia oscuridad que en la que le brindaba Wallace Stevens. Pero no todos los poemas tienen como propósito recordamos lo oscuro o lo desconocido que late en nuestra experiencia. Algunos se proponen otra cosa: hablar de lo conocido, de las experiencias comunes que nos hacen sentir poderosamente nuestra humanidad, las experiencias que compar­timos con quienes vivieron hace cientos de años. Es tarea difícil hablar por medio de las convenciones poéticas y lingüísticas de una época determinada acerca de aquello que parece no haber cambiado. Todo poema debe hablar de algún modo por sí mismo, por su propia novedad: a partir tanto de sus ataduras a las conven­ciones del momento como de su distorsión. Debe hacemos creer que lo que leemos nos pertenece, aunque sepamos que nos está diciendo algo muy antiguo. Esta forma de engaño le permite a la poesía liberarse de los tópicos. Cuando se repiten convenciones de otra época ya empleadas hasta la saciedad, el efecto es banal: así ocurre, por ejemplo, con esos versos gastados y sentimentales que se ponen en las felicitaciones de cumpleaños. Aunque es por estas convenciones precisamente por las que reconocemos la poesía como tal. Al recurrir a viejas figuras en combinaciones nuevas, con ligeras alteraciones, al emplear la métrica, al usar esquemas de rima nuevos y renovar los patrones estróficos, ajustándolos al habla contemporánea, a su sintaxis, a sus modismos, los poemas rinden homenaje a los poemas que les preceden. Quien no está familiarizado con la poesía quizá desconozca esto, y no alcanzará a captarlo al escuchar la lectura de un poema. Esta es la vida secreta de la poesía. En todo momento rinde homenaje al pasado, prolon­gando la tradición hasta el presente. Mi madre, que no leía poesía, sin duda no era consciente de esta otra vida del poema.



5

Estamos en 1965. Mi madre ha muerto. Se ha publicado mi pri­mer libro de poemas. Mi padre, que, al igual que mi madre, no ha sido nunca lector de poesía, lo lee. Estoy emocionado. La imagen de mi padre ponderando lo que he escrito me llena de un regocijo inefable. Quiere hablarme sobre los poemas, pero le cuesta empezar. Al fin lo hace. Algunos los ha hallado confusos y le gustaría que se los aclarara. Otros le parecen completamente claros y está deseando transmitirme cuánto significan para él. Los que más le dicen son los que dan voz a su sentimiento de pérdida, tras la muerte de mi madre. Parecen expresar lo que él ya sabe pero no logra decir. Su poder es casi mágico. En pocas palabras le cuentan lo que él está sintiendo. Le ponen en con­tacto consigo mismo. Mi padre puede leer mis poemas -y he de decir que podrían haber sido los de cualquiera- y adueñarse de su pérdida, en vez de que ella se adueñe de él.
Esta capacidad que tiene la poesía de ordenar nuestra casa in­terior, de formalizar emociones difíciles de articular, es una de las razones por las que seguimos contando con ella en los momentos de crisis y en las ocasiones en que necesitamos saber, en pocas palabras, aquello por lo que pasamos. Pienso en los funerales en particular, pero lo mismo se podría decir de los cumpleaños y las bodas. Sin la poesía tendríamos únicamente silencio o banalidad: el primero, dejándonos a solas con nuestros recursos inadecua­dos para experimentar la iluminación; la segunda, abaratando con la generalización lo que desearíamos para nosotros solos, empobreciendo nuestra experiencia, convirtiendo en embarazo­so nuestro sentido de la intimidad. Si mi padre hubiera vivido más tiempo, se podría haber convertido en un lector de poesía. Había descubierto su necesidad: no solo de mi poesía, sino del lenguaje mismo de la poesía, de las formas en que construye su sentido. Y ahora que han pasado los años, cuando escribo algo bueno pienso en mi padre complacido, y pienso también que mi madre, si pudiera escuchar esos versos, despertaría de su siesta y me daría su aprobación.

(Introducción a The Best American Poetry, 1991, 
recogido en The Weather of Words, 2000).





Mark Strand (Summerside, Isla del Príncipe Eduardo, Canadá,  1934 - Nueva York, E.E.U.U., 2014)

(Traducción: Juan Carlos Postigo Ríos)





                 


jueves, 17 de diciembre de 2015

MI VIDA


El muñeco enorme de mi cuerpo
rehúsa levantarse.
Soy el juguete de las mujeres.
Mi madre

me exhibía a sus amigas.
"Habla, habla", imploraba.
Y me movía la boca
pero nunca llegaron las palabras.

Mi esposa me tomó del escaparate.
Me acomodé en sus brazos. "Sufrimos
la enfermedad de ser", susurró
y me acomodé en silencio.

Ahora mi hija me ofrece
un biberón con agua y dice:
"Tú eres mi verdadero bebé".

¡Pobre criatura!
Miro el oscuro
espejo de sus ojos
y me veo a mí mismo
disminuyendo, hundiéndome
en una profundidad que ella desconoce.
Aliento no me queda,
no me levantaré otra vez.

Yo crezco en mi muerte.
Mi vida es insignificante.
El mundo es verde.
Nada es todo.


PARA JESSICA, MI HIJA

Esta noche caminé
cerca de casa
y sentí temor,
no del rumbo del viento
que me hizo amar y ser
sino de la oscuridad y la distancia.
Caminaba escuchando el viento,
sintiendo frío, interesado
en las estrellas que alumbran
la inmensa bóveda del cielo.

Jessica, es más fácil
pensar en nuestras vidas
mientras caminamos
bajo el breve lustre de las hojas,
amando lo que poseemos,
que pensar en seres tan pequeños
como nosotros
viajando en la oscuridad
sin un camino posible,
sin un final a la vista.

Aún recuerdo otras épocas
bajo el mismo cielo
cuando se aligeraban los huesos
y la heridad del cráneo estaba abierta
a los fríos rayos del mundo
y por un instante eran el mundo.
Entonces yo creía
que éramos hijos de las estrellas,
que nuestras palabras estaban hechas
del mismo polvo que brilla en el espacio.
Entonces podía sentir en la levedad del aliento
el peso de un día entero
venir suavemente a descansar.

Pero esta noche
es distinto.
Temeroso de la oscuridad donde vagamos
o nos desvanecemos juntos,
imagino una luz
que impedirá que nos apartemos demasiado,
una secreta luna o un espejo,
una hoja de papel,
algo que tú puedas llevar
en la oscuridad
cuando esté lejos.


MI HIJO

A la manera de Carlos Drummond de Andrade

MI hijo
mi único hijo,
el que nunca tuve,
podría ser un hombre.

Se mueve 
en el viento
descarnado y sin nombre.
A veces

viene 
y apoya en mi hombro
su cabeza
más ligera que aire.

Y yo le pregunto,
hijo,
¿dónde te encuentras,
dónde te ocultas?

Con frío aliento 
me responde,
no lo advertiste
y sin embargo llamé
y llamé
y sigo llamando
desde un lugar
lejano,

más allá del amor,
donde nada,
todo,
quiere nacer.




Mark Strand (Summerside, Isla del Príncipe Eduardo, Canadá,  1934 - Nueva York, E.E.U.U., 2014)

(Traducción: Ezequiel Zaidenwerg)










martes, 15 de diciembre de 2015

ELEGÍA A MI PADRE


2. RESPUESTAS

¿Por qué viajaste?
Porque la casa estaba fría.
¿Por qué viajaste?
Porque lo he hecho siempre, desde el anochecer
  hasta la llegada del alba.
¿Qué llevabas puesto?
Llevaba un traje azul, una camisa blanca, una corbata
  amarilla y medias amarillas.
¿Qué llevabas puesto?
No llevé nada. Una bufanda de dolor
  me mantuvo abrigado.
¿Con quiénes dormiste?
Dormí con mujeres distintas cada noche.
¿Con quiénes dormiste?
Dormí solo. Siempre he dormido solo.
¿Por qué me mentiste?
Siempre pensé que decía la verdad.
¿Por qué me mentiste?
Porque no hay nada que mienta más que la verdad
  y yo amo la verdad.
¿Por qué te vas?
Porque las cosas no tienen ningún sentido para mí.
¿Por qué te vas?
No lo sé. Nunca lo he sabido.
¿Cuánto tiempo debería esperarte?
No me esperes. Estoy cansado y quiero
  echarme a descansar.
¿Estás cansado y quieres echarte a descansar?
Sí, estoy cansado y quiero echarme a descansar.




3. MURIENDO


Nada pudo detenerte.

Ni tu mejor día. Ni el reposo. Ni el movimiento del mar.
Tú continuaste muriendo.
Ni los árboles que abrigaron tus pasos,
ni los árboles que te ensombrecieron.
Ni el doctor que te advirtió,
el canoso y joven doctor que te salvó una vez.
Tú continuaste muriendo.
Nada pudo detenerte. Ni tu hijo. Ni tu hija
que te alimentó y te hizo un niño nuevamente.
Ni tu hijo, que creyó que vivirías para siempre.
Ni el viento que agitó tus solapas.
Ni la quietud que se ofreció a tu movimiento.
Ni tus zapatos que se hicieron cada vez más pesados.
Ni tus ojos que rehusaron mirar hacia adelante. 
Nada pudo detenerte.
Te sentaste en tu cuarto y miraste fijamente la ciudad
y continuaste muriendo.
Ibas a trabajar y dejabas que el frío entrara en tus ropas.
Que la sangre chorreara en tus medias.
Que tu rostro se volviera blanco.
Que la voz se te quebrara.
Te apoyabas en el bastón.
Pero nada pudo detenerte.
Ni los amigos a quienes aconsejaste.
Ni tu hijo. Ni tu hija, que cuidó tu crecer a lo pequeño.
Ni la fatiga que vivió en tu aliento.
Ni tus pulmones, que se llenarían de agua.
Ni tus mangas que cargaron el dolor de tus brazos.
Nada pudo detenerte.
Tú continuaste muriendo. 
Cuando jugabas con los niños continuabas muriendo.
Cuando te sentabas a comer.
Cuando despertabas por las noches, bañado en lágrimas,
  el cuerpo llorando.
Tú continuaste muriendo.
Nada pudo detenerte.
Ni el pasado.
Ni el furturo con su promesa de buen tiempo.
Ni la visión de tu ventana, abierta al cementerio.
Ni la ciudad. La terrible ciudad con sus edificios
  de madera.
Ni la derrota. Ni el éxito.
Nada hiciste sino seguir muriendo,
Apoyabas el reloj en el oído.
Te sentías resbalar.
Te echabas en la cama.
Cruzabas los brazos sobre el pecho y soñabas
  el mundo sin ti,
en el espacio bajo los árboles,
en el espacio en tu dormitorio,
en los espacios vacíos de ti
y tú continuaste muriendo.
Nada pudo detenerte.
Ni tu respiración. Ni tu vida.
Ni la vida que esperabas.
Ni la vida que tuviste.
Nada pudo detenerte.



Mark Strand (Summerside, Isla del Príncipe Eduardo, Canadá,  1934 - Nueva York, E.E.U.U., 2014)


(Traducción: Eduardo Chirinos)