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sábado, 2 de diciembre de 2023

AHORA, MIENTRAS DANZAMOS

 


Haré una confesión:
amo lo que me acaricia

creo que el amor forma parte
del brillo
y la virtud del sol.



Aunque sean
sólo aliento
    las palabras que comando
    son inmortales.



De nada sirve
              madre querida
              no puedo terminar mi tejido,
              la culpa es de Afrodita
              suave como es
casi me ha consumido
de amor por ese joven.



En el atardecer primaveral
             la luna llena brilla
             las jóvenes toman sus lugares
             como si estuvieran alrededor
de un altar
             sus pies se mueven rítmicos
             como esa vez danzaron alrededor
             de un altar de amor
hollando un círculo
en la suave hierba florecida



Sobrecogidas
           por su esplendor
las estrellas cercanas a la hermosa Luna
ocultan el brillo de su rostro
          cuando alcanzando la plenitud
          ella ilumina a la tierra con su plata.




Sin aviso
             como un torbellino
             abatiendo una encina
el amor sacude mi corazón.



Gracias querida mía
           viniste, e hiciste bien en venir
           te necesitaba,
           has hecho arder el amor en mi corazón
                      ¡Bendita seas!
Te bendigo tanto como interminables
me han parecido las horas
                   mientras no estabas.


Safo (poeta griega nacida en torno al año 600 a. C)

(Versión y Nota introductoria: Soledad Fariña)

-Pequeño Dios editores, 2012-


 IMAGEN:  Safo de Miteleme Galería Nacional Húngara-sin mención del artista.

Pueden LEER la biografía en entrada anterior de la autora (N.del A.)

martes, 3 de octubre de 2023

Quien tropieza en el vacío...


























Quien tropieza
en el vacío
quien se agrieta
y dice: yo
echa hojas
florece.
Así luchamos.

De "De papel"
Versión de Coloma Chamorro


Teatro antiguo

A mediodía, cuando se encontró en el centro del antiguo teatro,
aquel joven griego, seguro de sí mismo,
tan hermoso como sus antepasados,
lanzó un grito (pero no de admiración; admiración
no sintió en absoluto, y si la hubiera sentido,
no la demostraría de seguro); simplemente, un grito,
puede que de la alegría indomable de su juventud,
o para probar la resonancia del lugar. Enfrente,
de lo alto de los acantilados, el eco contestó
- el eco griego que ni imita ni repite,
sino que sencillamente continúa, desde altura incalculable,
el eterno clamor del ditirambo. 



Gris y blanco

Por la tarde, el café estaba vacío. Se sentó solo y esperó,
exactamente detrás del vaso de agua, sintiendo
las sillas vacías, y los cristales que se oscurecían,
los ruidos pequeños que se detenían en el primer escalón
de la puerta, sin pasar adentro: una espera que había estado tan clara,
ahora indefinida, incumplida, boca abajo. Enfrente de él,
sobre los árboles del parque, se levantó la luna grande,
profunda, oscura, detrás de los cristales; una luna también de cristal,
que puso una mancha cárdena en la frente de la mujer,
que se había sentado en silencio en el asiento contiguo.
Levantó el vaso. El agua estaba tibia. La luna, tibia también.
Tendría que vaciar las dos. La mano de la mujer estaba totalmente blanca.


Yannis Ritsos

 (Traducción: Juan Ruiz de Torres)



Yannis Ritsos. Poeta, ensayista y político griego nacido en Monemvasiá  en 1909. Los grandes traumas sufridos en la niñez debido a la muerte temprana de su madre y de su hermano mayor, a la enfermedad mental de su padre, y a la ruina económica de su familia, marcaron para siempre la obra del poeta. Recuperado de  una tuberculosis que lo mantuvo hospitalizado de 1927 a 1931, se afilió al partido comunista griego, iniciando su carrera poética a partir de 1934 cuando publicó "Tractor", "Pirámides",  y "Epitafio" en 1936, obra que significó un profundo cambio de la poesía griega. Ha sido reconocido junto a Cavafy, Palamas, Seferis y Elytis, como uno de los grandes poetas de su país.  De su obra, que incluye más de cien volúmenes de poemas, ensayos y obras de teatro, sobresalen muy especialmente "Grecitat" y "Sonata del claro de luna" con la que obtuvo el Premio Nacional de poesía. Por su lucha política fue detenido varias veces durante la segunda guerra mundial, y en 1967 enviado a prisión en Yiaros y Leros  por la dictadura Papadopoulos. Falleció en Grecia en el año de 1990.

(Biografía tomada de la página "A media voz")

domingo, 1 de octubre de 2023

ESTROFA (a tu donaire)

 

Mujer, huésped de mi alma,
me queda mi sorpresa,
hermosa mujer amada,
en este absurdo atardecer, hay

los negros eslabones de tus ojos
y el sutil espanto de la noche...
Incilnate, quimera, por volver
a su vaina el filo de mi silencio.



Te volviste torbellino,
alma centrIfuga
que nos deja
con amarga soledad.

Cuando anochece contemplo la espesura
en los ojos entornados de los mios.



iAdónde fue el dia de doble filo que todo lo mudó?
iNo tendremos un río navegable?
iNo tendremos un cielo que destile rocío
sobre el alma que se durmió con narcótico alimento del loto?

En la roca de la paciencia aguardamos el milagro
que abra el firmamento y haga todo lo posible
aguardamos, como en el drama antiguo al mensanjero
cuando desaparecen las rosas abiertas del ocaso...

Rosa escarlata del viento y del destino,
quedas solo en ci recuerdo, como una cadencia grave
has pasado, rosa de la noche, ondulación de púrpura
ondulació de la mar... Sencillo, asI, es el mundo.

Atenas. octubre '29 . diciembre '30.





LEYENDA
25
VI

M. R.

El jardín con surtidores bajo la lluvia
tan solo lo verás desde la ventanita
tras el vaho de los cristales. Tu cuarto
estará solo iluminado por Ia llama del hogar
y alguna vez, a la luz de relámpagos lejanos, aparecerán
las arrugas de tu frente, viejo Amigo mío.

El jardín con surtidores que en tu mano
eran cadencia de otra vida más allá de los mármoles
rotos y trágicas columnas,
danza entre las adelfas
junto a nuevas canteras,
un cristal turbio lo habrá cortado de tus horas.
No volverás a respirar: la tierra y savia de los árboles
volarán de tu memoria para estrellarse
contra ese cristal peinado per la lluvia
del mundo de afuera.


Yorgos Seferis

Traducción de
Pedro Badenas de la Pena

"Poesía completa", Alianza 
editorial, Madrid, 1986


Poeta, ensayista, diplomático y traductor griego nacido en Esmirna, en 1900.
Heredó de su padre el gusto por la literatura, iniciando su carrera poética a la edad de catorce años. Terminó estudios básicos en Atenas y cuando su familia se trasladó a Paris en 1918, estudió Derecho en La Sorbona. En 1925 regresó a Atenas cuando fue admitido en el servicio diplomático, iniciando desde entonces una larga carrera  durante la cual ejerció cargos en  Inglaterra y Albania. Durante la Segunda guerra mundial vivió en el exilio, y a su regreso en 1944, continuó representando su país  hasta su retiro voluntario como embajador en el Reino Unido, en el  año de 1962. Obtuvo el premio Nobel de Literatura en 1963 y el doctorado Honoris Causa por las universidades de  Cambridge, Oxford, Salonika y Princeton. Falleció en 1971. 




lunes, 28 de mayo de 2018

Lo más bello es lo que uno ama








































Ven aquí, a mí, desde Creta, a este sagrado
templo, donde te espera un delicioso recinto sagrado
de manzanos, y altares perfumados
con incienso.
y en él el agua fresca resuena a través de las ramas
de los manzanos, todo el lugar está cubierto
con las sombras de los rosales, y el sueño se desliza
entre las hojas temblorosas.
y en él un prado en el que pacen caballos está cubierto
de flores primaverales, y los vientos
soplan dulcemente ...
y aquí, tú, Cipris, tomando las ínfulas,
vierte en doradas copas
el néctar delicadamente mezclado
en los festines.


***

Dicen unos que lo más bello sobre la tierra oscura
es un ecuestre tropel, la infantería otros, y esos,
que una flota de naves; pero yo afirmo
que lo más bello es lo que uno ama.
Y es muy fácil hacerlo comprensible a cualquiera.
Pues aquella que en belleza muchísimo aventajaba
a todos los humanos, Helena, a su esposo,
un soberano ilustre, lo abandonó
y partió por el mar hacia Troya,
sin acordarse de su hija ni sus padres,
para nada, porque la impulsaba Cipris.


***

Sigue siendo mi amigo
pero busca una esposa más fresca,
que vivir no podría contigo
siendo yo la más vieja.


***

...Y a mis amigas hermosos cantos
cantaré ahora para alegrarlas.



Safo


(Traducción: Elena Galardo)



Safo (Lesbos, actual Grecia, s. VII a.C.-id., s. VI a.C.). Poetisa griega. Pocos datos ciertos se tienen acerca de Safo, de quien tan sólo se conservaron 650 versos, extraídos de citas tardías y del moderno estudio de papiros. Vivió toda su vida en Lesbos, con la excepción de un corto exilio en Sicilia motivado por las luchas aristocráticas. Supuestamente perteneciente a la aristocracia, llevó la vida propia de las mujeres de la clase alta, alejadas necesariamente del ambiente de luchas e intrigas políticas; según una tradición que parte de Anacreonte, era homosexual. Se la ha presentado siempre como profesora de una escuela de poesía fundada por ella, lo que es difícil de certificar, aunque sí es cierto que convivía con sus compañeras en un clima distendido y propicio a la contemplación y recreación en el arte y la belleza. De su obra, que al parecer constaba de nueve libros de extensión variada, se han conservado algunos Epitalamios, cantos nupciales para los cuales creó un ritmo propio y un metro nuevo, que pasó a denominarse sáfico, y fragmentos de poemas dirigidos a algunas de las mujeres que convivían con ella. En ellos se entrevé la expresión de una subjetividad que se recrea en sutiles oscilaciones de ánimo, en un intento de dar forma a la pasión. Presenta la pasión amorosa como una fuerza irracional, situada entre el bien y el mal, que se apodera del ser humano y se manifiesta en diversas formas, como los celos, el deseo o una intangible nostalgia, e incluso produce reacciones físicas, como las que describe detalladamente en uno de sus poemas, el más completo que se ha conservado de ella. Su poesía tuvo un gran éxito ya en la Antigüedad, y sirvió de fuente de inspiración a grandes poetas, como Teócrito o Catulo ya a partir de la época alejandrina se puso de manifiesto el interés por conservar su obra e intentar descubrir nuevas partes. A pesar de lo fragmentario de su producción conservada, parece que Safo consiguió hacer realidad su deseo, acorde con la concepción helénica de la poesía, de hacer perdurable su amor a través de su creación poética.


IMAGEN:   Sappho (1877), pintura de Charles Mengin.




sábado, 26 de mayo de 2018

Leche y aceite de jazmín


















...más hacia vosotras, bellas, 
mi pensamiento no cambia.


...Níobe y Leto eran amigas que mucho se amaban.

...yo te buscaba y llegaste
y has refrescado mi alma que ardía de ausencia.
Llegaste, lo hiciste y yo te deseé ardientemente
y helaste mi corazón, encendido en deseo.


...y sobre un blando colchón
tenderé yo mis miembros.


...y cuando te miro de frente creo
que jamás Hermíona fue tan bella
y que no está mal que a la rubia Helena
yo te compare.


...me ha agitado el Amor los sentidos
como el monte se arroja los pinos al viento.


Qué puedo hacer? no lo sé: mis deseos son dobles.

***

De verdad que morir yo quiero
pues ella llorando se fue de mí.
Y al irse me decía: Ay, Safo,

qué terrible dolor el nuestro
que sin yo desearlo me voy de ti.
Pero yo contestaba entonces:

No me olvides y ve alegre
sabes bien el amor que por ti sentí,
y, si no, recordarte quiero, 


por si acaso a olvidar llegas,
lo hermoso que fue 
y lo felices que fuimos:

las coronas de rosas tantas
y violetas también que tú
junto a mí te ponías después allí,

las guirnaldas que tú trenzabas
y que en torno a tu tierno cuello
enredabas haciendo con flores mil,

perfumando tu cuerpo luego
con aceite de nardo todo
y con leche y aceite de jazmín.

Recostada en el blando lecho,
delicada muchacha en flor,
al deseo dejabas tú ya salir.

Y ni fiesta jamás ni danza,
ni tampoco sagrado bosque había
al que tú no quisieras conmigo ir. 




Safo (Lesbos, actual Grecia, s. VII a.C.-id., s. VI a.C.)

(Traducción: Juan Manuel Rodríguez Tobal)




viernes, 13 de marzo de 2015

EN MEDIO DE LO QUE CAE LA SOMBRA

























I

La manera en que aquella chica
Camina en la arena
Diez años más joven de lo que crees

Camina aún 
Obstinadamente 
Llena de esperanza

Y sus ojos sonríen

La hemos visto
La hemos visto salvar el sentido del mundo
Con una mirada


Estos días
Camino hacia el centro de la ciudad

Pienso cuántas veces
He tocado secretamente su cabello

Cómo me miras
En tantos lugares donde nos hemos encontrado

En los símbolos que cuelgan 
En el lugar de tus pendientes

La manera en que tu mirada se va 
No deja otras palabras para mí

Y yo después cómo estoy

Sin palabras 
Y sin ti

Yo después cómo estoy

Y ella decía

Reconoce los momentos
En los que el tiempo puede detenerse
Y déjalo que te castigue
Sus marcas seducen

Confía
En loque vuela;
Sabe cómo caer


Si comenzáramos un juego yo estaría listo incluso para morir
Realmente; quiero que me mate un juego

Creo en lo que creo 
Porque he visto la forma 
En que el viento 
Acaricia tu rostro 
Con tu pelo

Pierdo el color poco a poco

Pero tú transformas la flor 
En la imagen más violenta 
Y por esto Soy tuyo para siempre

Quizá encuentres a alguien que tenga siempre una palabra para ti

Pero entonces no habrá más aventuras en tus fotos


II

Te descubrí entusiasmada
Entre almas de muertos que jugaban a tu alrededor

Y sentí tu lengua en mi sangre

Todos hablaban de ese privilegio que me revelarías

Dime entonces de dónde vienen tantos muertos

La melancolía no es un sentimiento, mi pequeña 
Sino una manera de existir

Como cuando reposas tu rostro en tus rodillas 
Y miras afuera como si escucharas las olas 
De aquel mar que habíamos abandonado

Y si de nuevo encuentras seductores los engaños 
Cuánto crees que nos dolerá la esperanza

Si debo subordinarme
Me subordinaré a la imaginación

Donde estoy ahora llueve
Y tú estás muy hermosa en la foto

Llevas el movimiento 
La manía del pánico

Pero nuestro rebelde romance 
Es aún amenazado por el amor

No sabemos cómo decir te amo 
Sin sal en los labios

Viviremos en medio de dos espejos

Qué ha ido tan mal contigo 
Para que me gustes tanto
Quiero besarte
Allí donde la muerte parece más fácil


I

Basta de indivisa abundancia
Fue cuestión de miedo y no de placer;
La atracción de las pérdidas
Y la embriaguez de poseer de nuevo

Pongan la mesa
Lo que importa es comer

Tiempos desesperados
Representaciones heredadas
Nos vencieron nuestras asociaciones de ideas

Intempestivos otra vez

Envidiamos la vida
De aquellos que eligen morir

Perseguimos la pornografía del intelecto

Avanzamos con lo que no nos pertenece 
Sonriendo seductoramente 
Turbados por inocentes perversiones 
Fingiendo ante cada luz casual 
Tan malditamente únicos y hermosos

II

En la distancia
En fábricas abandonadas
Nuestras manos secretas
Polvo fuera y dentro de nosotros
Esta noche el placer no nos pertenece

Música del futuro
Ropa del pasado
Ni la época nos pertenece
Existimos solo en la inercia 
O en la ira; no basta

Medias largas bolsillos vacíos
Pantalones cortos colores marcados en los cuerpos
Robamos golosinas
Pero no nos delata nadie

por esto el amor aún existe

Algunos chicos saben escribir buenos poemas 
Y algunas chicas saben leerlos 
A veces estos chicos se visten de chicas 
Y estas chicas besan como chicos

Y podría decir alguien
Que estos chicos y estas chicas
Son lo mismo

Pero no lo son

por esto el amor aún existe



Nikos Erinakis



(Traducción inédita de Miguel Chiovetta)




Nikos Erinakis, poeta griego, nacido en Atenas, en 1988). Doctorando en Filosofía en Londres. Ha estudiado, además, Economía (Facultad de Economía de Atenas), Filosofía y Literatura Comparada (Warwick) y Filosofía de las Ciencias Sociales (London School of Economics). En el 2009, se publicó su primera antología poética con el título Pronto todo arderá y se iluminarán tus ojos (Editorial Roés). En el 2011, vio la luz su traducción de una seleción de poemas de Georg Trakl y de textos de Martin Heidegger, titulado Oscuro amor de una generación salvaje (Editorial Gavrielidis).  




miércoles, 4 de febrero de 2015

LA VENTANA


En una pieza, dos hombres están sentados junto a la ventana que da al mar. Parecen dos viejos amigos que no se encuentran desde hace mucho tiempo. Uno de ellos tiene el aspecto de un marino, no así el otro, el que habla. La tarde cae dulcemente. Es un crepúsculo de primavera, calmo, violeta y púrpura. La mar de enfrente, toda unida, ilumina con franjas ondulantes y encostilladas los flancos de los bosques, los cordajes y los mástiles, las casas. Empieza, simplemente, y con un aire fatigado:






Me siento junto a la ventana; miro a los transeuntes,
y me miro en sus ojos. Creo ser
una fotografía silenciosa, en su marco envejecido,
suspendida fuera de la casa, en la pared de enfrente-
yo y mi ventana.
Yo mismo, algunas veces, miro
esta fotografía de ojos amorosos y cansados-
una sombra esconde la boca; por momentos, el destello igual del vidrio,
al recogimiento del sol o a la iluminación de la luna,
esconde todo el rostro, y yo resulto escondido
tras una luz estática, palidecida rosa o argentina,
y puedo mirar el mundo libremente
sin que nadie me vea -libremente, qué quiere decir?

No puedo ya moverme. Contrapuesta a mi espalda
la pared húmeda o ardiente; sobre mi pecho el frío
vidrio. Las venillas de mis ojos
se ramifican en el vidrio. De este modo, comprimido
entre la pared y el vidrio, no oso mover ninguna de las manos;
llevar la palma a las cejas cuando el sol resplandece
en un gloria implacable; y estoy casi obligado
a ver, a querer y a no moverme. Si intento
tocar algo, mi codo
quebrará quizás, el vidrio, y quedaría un agujero
en mi costado, abierto a las miradas y las lluvias.
Si intento hablar, el aliento de mi voz
empaña el vidrio (como en este momento)
y no veo más aquello de que quería hablar.
Silencio, dices, e inmovilidad. Puedes, aún, decir ocultación,
porque acaso conoces cuántas voces clavadas
cuántos gestosd doblados,
detrás de este esplendor vertical y cristalino tienen casa?
Sobre todo cuando cae la tarde como ahora, bajo la primavera, y el puerto
es un fuego lejano, rojo y amarillo


en la floresta oscura de los mástiles, y sientes
los peces que el agua oprime, subir
a la superficie, con sus bocas abiertas, abriéndose parecidas a triángulos pequeños,
para hacer una profunda aspiración- lo viste? 
es entonces rajado el viso denso de las aguas 
por millones de bocas de pececillos, abiertas. Nadie puede
resistir indefinidamente, bajo la masa del agua, en esas florestas fabulosas del mar, 
en esa transparencia de asfixia, a una tal perspectiva de inmensidad y de peligro.


Así, creo yo que las fotografías tampoco pueden resistir tras de su vidrio 
en cualquier pose-actitud, aun muy bella, en cualquier momento de su vida, 
en una edad fijada, en un momento de pureza desdeñosa 
con la exquisita mano juvenil abandonada sobre la mesa elegante del estudio fotográfico,
o sobre su rodilla, con una siempreviva (naturalmente) en el ojal,
con una sonrisa imperceptible y vencedora, por sus labios,
no muy pronunciada, traicionando su arrogancia,
pero tampoco invisible, enteramente, al traicionar su dependencia del destino. 
Entretanto, inflexible, el tiempo les acecha, antes y después de su instante perfecto,
y ellos desean su tiempo, inflexible del todo, aun cuando por eso,
hubieran de perder 
esa dignidad petrificada, esa
pose resplandeciente, premeditada o no —poco interesa— 
aun si su leyenda, muy erguida, debiera de fundirse como un cirio 
blanco, bajo la llama de sus ojos,
aun si su juventud debiera, saliendo del cristal, ser desmentida.


Sin embargo, al parecer, el miedo excede su deseo,
o quizás se le iguala; y entonces su sonrisa
semeja un pez plateado, alargado asimismo y detenido
entre dos peñascos, en las profundidades... semeja
un pájaro gris de alas inmóviles, meciéndose en el aire,
inmóvil en su propio movimiento. Y las fotografías permanecen
encerradas allí con todo su pesar o sus remordimientos y su ojeriza, aun
sin librarse del cuadro, de su deseo y de su miedo,
frente al cielo exigente y al mar innumerable.
Es por lo que elegimos, comúnmente, un espacio reducido que nos proteja
de nuestra inmensidad. Y es por lo que. tal vez,
yo me siente junto a esta ventana, aquí, mirando
las húmedas señales que dejaran los desnudos pies del batelero
sobre las baldosas del muelle, poco a poco extinguirse,
lo mismo que una hilera de lunitas oblongas, en un cuento de hadas.
Y no puedo ya nada comprender ni me esfuerzo por ello.
Una mujer inclina, sobre el balcón de al lado, sus cabellos en limpio
y dulcemente canta
para secarlos con su canto. Un marinero 
permanece azorado, las piernas apartadas,
ante su sombra inmensa, en el atardecer, y es igual que si estuviera 
de pie, sobre la proa de un navío, en un puerto extranjero
donde las aguas ignorase y donde, a la vez, le fuera preciso
echar el ancla.
Luego, cuando el anochecer se abate, lentamente, y de los muros
y los cercos 
desaparece la palpitación silenciosa y violeta del poniente, antes
de que los reverberos se enciendan,
se produce un súbito calor, y entonces 
los rostros se adivinan más bien que se perciben. 
Tú ves la sombra penetrar bajo las axilas en sudor;
el sonido de un vestido abanica, al pasar, el follaje de un árbol;
las camisas blancas de los jóvenes toman un color azul lejano, y
exhalan como un vaho,
y toda cosa es tan desprotegida, hechizada e inasible, que 
quizás por eso
todas las luces se encienden a la vez, positivas para disipar
lo que es su precisión.


En las casas, los paños se parecen a banderas que caen
en un recalmón inexplicable del mar, cuando todo el mundo deja el barco,
y las banderas no tienen ya por quien flotar; penden así al atardecer,
enardecidas por el sol, lánguidas, olvidadas,
como pieles de grandes bestias, desolladas, de bestias degolladas
para un día de fiesta popular, de desfiles, de músicas, de
danzas y banquetes.
La fiesta pasó. Nadie en las calles. Sobre las aceras
papeles aceitados, escarapelas pisoteadas, cortezas, huesos...
ninguno, sin embargo, ha regresado a su casa, como si arrepentidos
estuvieran y hubiesen asumido una prolongación innecesaria.


Los cuartos quedan sin apetito, y oscuros, mirados solamente 
por las luces multicolores de la calle y los navíos, o por unas
estrellas distraídas
o por el repentino proyector de un camión de transporte que pasa,
cargados de soldados ebrios, de gritos y canciones,
y el proyector fija la sombra de la ventana de la casa,
sorda, discretamente, al igual que si fuese un gran cofre de madera
que dos marinos de sombra transportaran sobre una orilla sin nadie.
Y a uno le vienen, entonces, ideas raras —es que ello no te sucede
a ti también?—
que cada uno de nosotros es —supuesto— dos hombres 
con rostros encubiertos, rencorosos los dos, 
que no pueden entenderse entre sí y que se acuerdan sólo en el momento 
de trasladar el cofre, de cavar con las uñas 
para enterrarlo, un poco más allá de la orilla.



Y tan bien como ellos, a pesar de todo su misterio, tú sabes
que en ese cofre yace un cuerpo dividido,
un cuerpo juvenil, querido; y ese único cuerpo es su cuerpo
que ellos mismos ataran y enterraran, 
como dos extranjeros.
Ese cofre semeja
con su forma perfecta, regular, decidida, 
una puerta cerrada,
esas fotografías en su marco, de que hablamos, 
semeja esta ventana por la que miramos el vaivén primaveral y
grato de la calle.


A menudo hallé ese cuerpo, ese rostro, 
en las noches de luna clara, sobre todo, paseándome
—un poco pálido, pero siempre juvenil— por el muelle,
o por la calle de arriba, con los ribetes sucios,
las mujeres pintadas, los perros hambrientos, los hierros herrumbrados,
con los mal rasurados marineros, los frutos corrompidos, los reniegos,
las huecas mitades de limones, 
los lavabos verdes, las cubetas, las candelas, los mecheros de gas.


Y alguna vez, todavía, yo he visto venderse una mujer, 
pero ésta no quería aceptar porque él le daba demasiado. "No 
no", decía
"Eso no se hace. No", con una voz ronca, y su mano
de uñas encarnadas, tiritaba un poco. Tenía miedo
de ser mezclada en robos, estafas, llaves falsas,
hasta las grandes puertas de hierro parecidas a esas que predicen
las echadoras de cartas, 
y que jamás, es cierto, faltan. Por qué mezclarse en tales cosas?


Era precio fijo —nada menos, seguramente, pero tampoco nada más. 
Incomprensible, ese hombre con sus ojos 
inmensos y como inhabitados en su semblante pálido, 
iguales a carbones ardiendo. Hubieran podido ellos quemarla, tal vez.
Aun sus horquillas fundiesen,
y el hierro ardiente, fundido, corriera por los surcos de la cabellera,
hasta en sus ojos.
El continuaba, al parecer, atristado —quizás a causa de su fuerza 
que no pudiera matar nunca. Una bella aflicción,
evocadora de la melancolía, larga, del atardecer primaveral. Y le
sentaba,
le era casi necesaria. El no fuera jamás
decidido, según hemos podido presumirlo. Abría, tranquilo,
el cofre aquél,
como si abriese una puerta, y saliera, íntegro, a la luna,
y las venas de sus manos intensamente se trazaban,
rojas, tan rojas —extrañas para una tal aparición de luna, 
bajo su piel cérea de cristiano.


En verdad, suelo pensar que la división, únicamente,
puede ahorrarnos enteros, siempre que lo sepamos.
Y cómo no saberlo desde que son nuestros conocimientos
los que nos dividen y nos unen de nuevo por eso mismo que nosotros
hemos desechado.


Más alto, en la calle de la cual yo te hablaba, es muy lindo... 
los más extraordinarios almacenes del mundo... baratilleros,
carboneros, abaceros
peluquerías con grabados antiguos y sillones conspiradores y pesados,
carnicerías con espejos enormes que multiplicándolos repiten, 
a una roja teoría, los corderos degollados y las vacas,
puestos de fruteros y vendedores de pescados donde se unen los
efluvios de la pesca y de la cosecha... 
un ruido taciturno y ambiguo delante de las puertas, 
una iluminación nunca parecida a la reverberación de la hojalata
o de grandes tablas acepilladas, amarillas, 
puestas verticalmente sobre la fachada de la carpintería. Allá arriba
se ve en baturrillo
impermeables, botellas, peines, volaterías, 
cajas, en hierro, de bizcochos, ataúdes baratos, jabones perfumados,
literas oxidadas de buques naufragados a las que pusiera
en subasta
y que se retirase pieza a pieza, 
sederías que furtivamente se han traído de países diferentes, con
toda suerte de dibujos y colores, 
servicios de té japonés, de manteles y de haschich, 
y también ciertas cajas extrañas, abovedadas, semejantes a iglesias
sin concluir
en las cuales, pájaros desconocidos, rosas y dorados, miran 
el movimiento de la calle con ojos impenetrables y extranjeros, 
iguales a dos pedrerías, amarillas y negras, robadas por la noche
de los dedos de muerto.
Niños descalzos juegan en el justo medio de la calle, a los cacos,
mujeres se acuestan con marineros en piezas de techo bajo y de
ventanas abiertas, 
tenderillos ambulantes, tostados, orinan en fila delante del cercado;
en las canastas rutilan, de cuando en cuando, los pescados, similares
a grandes cuchillos ensangrentados, 
y alguna vez, una abeja extraviada, 
vagabundea ahí perpleja, bordoneando,
y dejando en el aire las espirales, en alambre dorado, de sus vértigos, 
parecidos a pequeños resortes de un juguete de niño desmontado.


La polvareda en nubes se mueve lentamente, entre los rostros,
al crepúsculo, 
como un secreto rojo oscuro hecho de sudores y de hálitos, y de
combinaciones y de crímenes,
secreto profundo de un hambre inagotable, apresuradamente nutrida,
un vaivén sin fin, un regateo sin fin, un gastadero sin fin,
que mantiene el comercio, las ambiciones, y como es natural,
también la vida,
te suele ocurrir ver a una moza con un vestido florecido, muy limpio, 
detenida en la calle llena de polvareda carbonosa, al lado de los
sacos y de la carreta del vendedor de alfóncigos, 
toda iluminada por el mar,
sonreír con dos filas de castísimos dientes al silbido
de un barquillo.


A su alrededor los medio limones descompuestos brillan
soles pequeñitos; 
en una ventana baja, una cortinilla de indiana, corrida oblicuamente,
es igual a la página, doblada en la extremidad, de un libro amado, 
para que pienses en ella, en un cierto momento, y vuelvas a leerla. 
No hay, pues, ninguna humillación ahí donde la vida demanda ser
vivida, 
allí donde los perros, con gestos nobles, buscan el montón de
suciedades, 
y las jovencitas mantienen levantada, bajo el peso de sus fuertes
cabellos, una frente pulida,
como si sostuvieran una negra colmena con un agua de silencio,
y temiesen que se les caiga. Vi a muchas jovencitas 
en esta actitud, en aquella calle, sí, 
y jóvenes morenos, de carnudos labios, y velludos,
siempre en irritación (al igual que los muy tristes)
que no lograron devenir tan vulgares como ellos querían.


Es por eso que lanzan, cada vez más, blasfemias,
con una voz, cada vez más pesada. Si prestas atención
comprenderías. Su voz es 
una ancha palma que acaricia el gato negro del batel, 
sentado sobre sus rodillas, cuerdamente... cuando se hace la noche,
desde luego,
y ni su mano ni el gato son visibles, Sólo los ojos de éste
brillan fosforescentes,
a manera de dos luces de costado, sobre un barquilluelo que costea
una isla florecida.


Si tú excedes dicha calle y hasta la colina de San Basilio, subes,
ves, ante tus ojos, extenderse todo el puerto,
ves, sobre el agua oscura, en la orilla del mar inmenso, relucir
las grandes tachas verdes y doradas, irisadas, de petróleo o de aceite;
tachas brillantes e inmaculadas, se diría, lo mismo que pequeñas
islas movedizas, de una calma indiferente, 
entre los perros reventados, y las patatas corrompidas, y las briznas
de paja, y las piñas, y los barcos.


Tú puedes, por esta ventana, mirar, pues, sin vacilar, 
o salir a la calle, también —una silenciosa santidad
bajo los actos humanos, queda siempre. Una sombra violeta
calla en el hombro izquierdo de una mujer, derrengada por el amor, 
que se ha vuelto del otro lado, y se ha dormido sola. Te es posible mirar
los calzoncillos groseros, en el patio vecino, ensuciados por las
nocturnas poluciones,
o los preservativos desplegados bajo los bancos del paseo, 
o los botones del corpiño de las mujeres, caídos sobre el césped, 
como florecillas de nácar, algo tristes
por no tener ya qué ofrecer —perfume, polen, simiente. Nada.


He pensado yo mismo ir a esa calle una vez 
para vender esta ventana y al mismo tiempo este gran cofre,
sin otro fin que no sea el de escapar de su cuidado
y también mezclarme al tráfico,
escuchar a mi voz hablar una lengua extranjera. En seguida sentí
que no tenía nada que vender. Era sólo un pensamiento inconfesable,
la rebusca de una inédita prueba
que habría acechado, de nuevo, desde la ventana, aun sin vidrios.


No he logrado jamás, éxito en el comercio. Por otra parte, no tengo
nada que pueda ser pagado, nada
que yo pueda pagar. Y esas fotografías, viejas, y
carentes de valor para los otros, bien que sus marcos, a lo menos,
sean de oro macizo. Mas para mí son necesarias,
y no están muertas, no. Cuando cae la tarde
y las sillas, fuera de los cafés, están calientes todavía,
y todos (inclusive acaso yo) piden nido en el otro,
ellas descienden silenciosamente de sus marcos, al igual que si lo
hicieran por una humilde escala de madera, van a la cocina, 
encienden la lámpara, ponen la mesa, se oye
el sonido amusical de un tenedor al chocar con un plato, 
arreglan mis pocos libros y aun mis pensamientos
por medio de comparaciones y de imágenes (viejas y nuevas)
de modestos argumentos,
y, alguna vez, de antiguas pruebas, inquebrantables: vividas.
De ahí que guarde yo con reconocimiento esta ventana. 
No me impide ella ver, existir aun al contrario, todavía...


En cuanto a lo que te decía: "apretado entre el vidrio y la pared" 
era una exageración de primavera, un exceso 
debido a la abundancia, carnal y verde, de las hojas. La ventana 
es una serenidad, una transparencia servicial y leal.


Cuando los muros se nublan al atardecer, esta ventana 
luce por sí misma; ella mantiene y ella extiende 
los estertores del poniente,
ella lanza su reflejo sobre la sombra de la calle, 
ella ilumina los rostros de los transeúntes como asiéndolos en
flagrante delito,
en su momento más suyo; ella ilumina rayos de bicicleta, 
o la cadena dorada que se hunde en un seno de mujer, 
o el nombre extranjero de un navío que está anclado en el puerto.


Contra sus vidrios, en invierno, el viento da con las rodillas,
y le veo partir, disgustado y ancho, volviendo las espaldas.
En los crepúsculos de primavera —como éste— otras veces, oigo desde aquí, 
las charlas de los marineros, bajel a bajel,
y es como si ellos desnudaran la relación de las estrellas, como si
ellas me explicasen
esos nombres incomprensibles de los flancos de los barcos. De improviso 
oigo el ruido de un ancla que penetra en el agua, 
a la manera de algo que se me ofrece a mí, exclusivamente,
a indicarlo, 
a la manera de algo que me invita.


Cómo podría, entonces, de esta ventana lamentarme?
Puedes entreabrirla, si quieres, sin mirar del todo afuera,
seguir invisible en los vidrios
las escenas verdaderas de la calle, en un espacio más profundo, y
más durable,
con la dulce iluminación, de una distancia grande, 
mientras todo, bajo tus ojos, pasa a un metro más lejos. 
Si lo deseas, asimismo, puedes abrirla entera, y mirarte en el cristal, 
al modo que en un espejo mágico y lejano, y peinar tus cabellos que
comienzan a volverse más ralos,
o arreglar un poco tu sonrisa. En este vidrio 
todo es más neto, al parecer... más silencioso, más inmóvil,
e indispensable así también e incorruptible.
Es que jamás
se te ha ocurrido mirar 
a través de un vidrio el mar? Bajo la agitada superficie
el fondo de su inmensidad parece espléndido
en un orden cristalino, imperturbable y frágil a la vez,
en una santidad muda— según ya lo hemos dicho. Sólo que si te quedas
unos minutos más así, el aliento te falta,
y levantas la cabeza, consecuentemente, al aire,
o esta ventana abres o sales por la puerta.
No hay ya nada que haga inclinarse a tu vida y a tus ojos,
no hay ya nada que tú no puedas orgullosamente mostrar y hacerlo
canto, 
nada cuya figura no puedas tú volverla al sol.



Cerraron ellos la ventana y salieron a la calle. Las luces de los navíos se habían encendido. Fueron hasta la punta de la escollera. Se detuvieron, miraron el mar, oyeron el salto entrecortado de un pez en el agua baja y, sin razón, se apretaron sus manos, palma sobre palma. Luego silenciosos, tomaron asiento sobre un ruedo de húmedos cordajes, encendieron un cigarrillo y se miraron a la llama del fósforo. Parecían extraña y absurdamente dichosos, con esa dicha inexplicable que posee siempre la vida en la primavera, cuando todo a su alrededor huele al agua salada, a la fritura, a la lechuga picada y al vinagre. Irían a cenar, pronto, a la taberna vecina. Tenían hambre ya y el sonido del gramófono acentuaba sana¬mente la sensación de su apetito. A su lado pasó la guardia del puerto con su paso regular. Los uniformes de verano eran enteramente blancos en el anochecer. Los dos amigos se levantaron de los cordajes y avanzaron.

El Pireo, Abril de 1959




Yannis Ritsos


(Traducción de Juan L. Ortiz)





Yannis Ritsos. Poeta griego nacido en Monemvasiá 1909, rincón medieval que duerme un sueño de siglos en el Peloponeso. Su infancia fue un cúmulo de desastres, su padre se arruinó en el juego, la tuberculosis se fue cebando sobre su familia uno tras otro y el deterioro del ambiente general con la catástrofe nacional del Asia Menor. Ritsos trabajó en sus primeros años de mecanógrafo, bibliotecario y calígrafo, que le ayudaron a malvivir. Más tarde su enfermedad, el sanatorio, sus primeros contactos con intelectuales de izquierda, su primer libro Tractor (1934), que fue un grito de rebeldía contra la dictadura del general Metaxas y Epitafio (1936), que fue su segundo libro. La segunda guerra mundial, las persecuciones como miembro del partido comunista, el hambre y los primeros campos de concentración. Allí el poeta siguió escribiendo sin cesar. A partir de los años cincuenta aparecen sus libros El hombre del clavel (1952), La sonata a la luz de la luna (1956), Los barrios del mundo (1957), Doce poemas para Cavafis (1963), el primero de sus cantos mitológicos Filoctetes (1965), al que seguirán Orestes, Helena, El regreso de Ifigenia, Crisotemis, Ismene, Fedra y la conocida Romiosini/Grecidad (1966). En 1967 el golpe de estado de los coroneles le confinó a la isla de Samos. En 1974 volvió a vivir en Atenas. Su primera salida al extranjero fue en 1956 para visitar Moscú, luego siguió haciendo muchos viajes parecidos. Sus libros están traducidos a las principales lenguas del mundo y ha traducido entre otros a Blok, Hikmet y Nicolás Guillén. Murió en 1990.