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martes, 19 de abril de 2011

SUEÑO DE INVIERNO



























A Ella


En invierno viajaremos en un vagón 
de tren con asientos azules.
Seremos felices. Habrá un nido de besos
oculto en los rincones.

Cerrarás bien los ojos, para no ver tras el cristal
gesticular las sombras de la noche,
esos monstruos huidizos, multitudes oscuras
de demonios y lobos.

Y luego en tu mejilla sentirás un rasguño...
un besito como una araña suave
correrá por tu cuello...
Y me dirás: «¡búscala!», inclinando tu cara
-y tardaremos mucho en hallar esa araña,
por demás indiscreta.
En el vagón, 7 octubre 1870



Arthur Rimbaud 

(Sin mención del traductor)


Arthur Rimbaud (Charleville, Francia, 1854-Marsella, id., 1891) Poeta francés. Sus padres se separaron en 1860, y fue educado por su madre, una mujer autoritaria. Destacó pronto en el colegio de Charleville por su precocidad. En septiembre de 1870 se fugó de casa por vez primera y fue detenido por los soldados prusianos en una estación de París. Su profesor, Georges Izambard, lo salvó de la cárcel, pero al mes siguiente intentó de nuevo la fuga, esta vez dirigiéndose hacia la región del Norte. Después de trasladarse a Bélgica, quiso emprender carrera como periodista en la ciudad de Charleroi. Entre las dos fugas, había empezado a escribir un libro destinado a Paul Demeny, pariente de su profesor y poeta reconocido en París. Cuando regresó a Charleville, en el invierno de 1870-1871, su colegio había sido convertido en hospital militar. Huyó a París en febrero y fue testigo de los disturbios provocados por la amnistía decretada por el gobierno de Versalles. Volvió con su familia en marzo, en plena Comuna, y publicó la famosa Carta del vidente. Auténtico credo estético, la Carta definía al poeta del futuro como un «ladrón de fuego» que busca la alquimia verbal y lo desconocido a través de un «largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos». Verlaine, a quien había enviado algunos poemas, le invitó a París. Rimbaud llegó con un poema, El barco ebrio, quizás la mayor expresión de su genio visionario, que impresionó profundamente a su anfitrión. En París, se integró enseguida en el círculo literario del club zutista y escribió el Album zutique. Tras una breve estancia en Charleville, donde compuso algunos poemas sencillos, más o menos místicos, nació una tormentosa relación amorosa con Verlaine, que empezó en el Barrio Latino de París, en mayo de 1872. Tras abandonar a su esposa, Mathilde, Verlaine se instaló con él en Bruselas y más tarde en Londres, para experimentar lo que, según Rimbaud, debía ser la aventura de la poesía. En contacto con los partidarios exiliados de la Comuna, sus vidas se volvieron cada vez más caóticas, a medida que uno y otro cultivaban las excentricidades de todo tipo. En julio de 1873, Verlaine, el «desgraciado hermano» de Rimbaud, huyó a Bruselas; pretendía enrolarse con los carlistas, o suicidarse. Llamó a Rimbaud, éste acudió a su lado y volvieron las disputas. Verlaine, un carácter depresivo, sospechando que iba a ser abandonado pronto, disparó a Rimbaud y lo hirió, por lo que fue arrestado y encarcelado. Mientras se recuperaba en sus Ardenas natales, Rimbaud terminó el libro autobiográfico Una temporada en el infierno, donde relataba su historia y daba cuenta de su rebeldía adolescente. Luego, gracias a su madre, publicó Alquimia del verbo, pero la obra no fue distribuida (Rimbaud dejó una copia en la prisión, para Verlaine, y repartió otros pocos ejemplares entre sus amigos). Regresó a Londres, acompañado por Germain Nouveau, en 1874, y escribió su última obra, Las Iluminaciones, cerca de cincuenta poemas en prosa que proyectan sucesivos universos y proponen una nueva definición del hombre y del amor. A los veinte años, abandonó la literatura. La segunda parte de su vida fue una especie de caos aventurero. Empezó como preceptor en Stuttgart, se alistó (y desertó luego) en el ejército colonial holandés y viajó en dos ocasiones a Chipre (1879 y 1880). Después de distintas escalas en el Mar Rojo, se instaló en Adén y más tarde en Harar (Etiopía). Se dedicó al comercio de marfil, café, oro o cualquier producto que consiguiera por el trueque de alguna mercancía europea; también envió informes a la Sociedad Francesa de Geografía. En 1885 volvió a Adén y vendió armas. Atravesó el desierto de Danakil y se tomó un tiempo de descanso en Egipto. Por último regresó a Harar, donde prosperaban sus negocios. En 1891, aquejado de fuertes dolores en la pierna derecha, volvió a Francia, donde le fue
amputada y murió poco después en un hospital de Marsella.






viernes, 15 de abril de 2011

Flores




Desde una gradería de oro —entre los cordones de seda, las gasas grises, los terciopelos verdes y los discos de cristal que se oscurecen como bronce al sol—, veo a la digital abrirse sobre un tapiz de filigranas de plata, ojos y cabelleras.
Piezas de oro amarillo sembradas sobre el ágata, pilares de caoba soportando un domo de esmeralda, ramilletes de satén blanco y de finas varas de rubí rodean la
rosa de agua.
Como un dios de enormes ojos azules y formas de nieve, el mar y el cielo atraen a las terrazas de mármol la muchedumbre de jóvenes y fuertes rosas.

(De: Iluminaciones)


Arthur Rimbaud (Francia, Charleville, 1854-Marsella, id., 1891)

(Traducción de Cintio Vitier)

IMAGEN: Digital en flor.




lunes, 14 de septiembre de 2009

EL BARCO EBRIO



























Cuando descendía por impasibles ríos,
dejé de sentirme guiado por los remolcadores:
pieles rojas vocingleros, para hacer puntería,
los clavaron desnudos en postes de colores.

No me importaban las tripulaciones,
lleven trigo flamenco o algodón inglés:
cuando todo tumulto cesó con esa gente,
los ríos me dejaron ir libre como un pez.

Por los furiosos chapoteos de las mareas,
en invierno, más sordo que el cerebro de un niño,
¡corrí! Y las penínsulas desamarradas
jamás han soportado caos más triunfal.

La tempestad bendijo mis auroras marítimas.
Más ligero que un corcho bailé sobre las olas,
que se llaman eternas arrolladoras de víctimas.
¡Diez días sin nostalgia del ojo de los faros!

Más dulce que a los niños las manzanas primeras
el agua verde entró en mi casco de pino
y dispersó el timón y lavó mis maderas
de vómitos y manchas azuladas de vino
.

Y desde aquel entonces, me bañé en el poema
del mar, lactescente, infundido de estrellas,
devorando azul verde, en el que flota absorto
y a veces baja pensativo
un ahogado.

¡Transformando de pronto el azul en delirios
y ritmos lentos bajo la mutación del día
más fuertes que el alcohol, más vastos que la lira,
fermentando los rojos amargos del amor.

Sé de cielos que estallan en rayos; sé de trombas,
resacas y corrientes: ¡sé de la noche y del alba
exaltada como un palomar, y he visto
algunas veces, lo que el hombre creyó ver!


¡He visto en el ocaso, manchado de horror místico,
el sol iluminando coágulos violeta,
igual que los actores de los dramas antiguos,
a las olas que huían con sus fiebres secretas!

¡Soñé la noche verde de nieves deslumbrantes,
besos que suben lentos a los ojos del mar,
las savias inauditas correr, y el despertar
amarillo y azul de fósforos cantores!

¡Seguí durante meses, como un ganado histérico,
viendo asaltar las olas los firmes arrecifes
sin pensar que los pies luminosos de las Marías
pudiesen tirar de los océanos asmáticos!

¡He embestido, sabéis, increíbles Floridas,
ojos de pantera con piel humana, mezclando
a las flores! ¡Arcos iris tendidos como riendas
bajo el horizonte marino, de verdosos tropeles!

He visto fermentar los enormes pantanos,
trampas en cuyos juncos se pudre un Leviatán;
derrumbarse las aguas en medio de bonanzas
en abismos lejanos cayendo en catarata.

Soles de plata, olas de nácar, cielos de brasa,
glaciares, varaduras en los golfos traidores,
donde boas gigantes por chinches devoradas,
se caen de los árboles entre negros olores.

Hubiese querido enseñar a los niños, en las olas
esos peces de oro, esos peces cantores.
Espumas de colores mecieron mis derivas
y el inefable viento me ha prestado sus alas.

Mártir cansado a veces de polos y ecuadores,
el mar cuyo sollozo mi balanceo calma,
me alzó su flor de sombra de amarillas ventosas;
pero yo seguía, como mujer, de rodillas...

Casi una isla, de mi borda quitaba las querellas
y los excrementos de pájaros cantores de ojos rubios
y navegaba cuando por mi endeble cordaje
caminando hacia atrás bajaban los ahogados.

Y yo, barco perdido en la maraña de las algas,
que hacia el éter sin pájaros arrastró el huracán,
yo, a quien los monitores y veleros del Hansa
no hubiesen salvado el armazón, embriagado de agua.

libre, humeante, montado de brumas violetas,
yo, que agujereaba el cielo rojizo como un muro
que lleva, exquisita confitura para los poetas,
líquenes de sol y gargajos de azur,

que corría, manchado de lúnulas eléctricas,
tabla loca, escoltada por hipocampos negros,
cuando el verano hacía desplomar a bastonazos
el cielo ultramarino en los ardientes campos;

yo que temblé oyendo gemir a cincuenta leguas,
el celo del Behemot y los Maelströms inquietos,
hilandero sin fin de azuladas inquietudes,
siento nostalgia de la Europa de viejos parapetos.

¡He visto los archipiélagos siderales! Islas
en las que los cielos delirantes están abiertos al viajero:
—¿Es en estas noches sin fondo que tú duermes y te destierras,
millón de pájaros de oro, oh futuro vigor?

¡Pero, de verdad, lloré demasiado! Las albas son desoladoras.
Toda luna es atroz y todo sol amargo:
El acre amor me ha hinchado de torpes embriagueces,
¡Oh, que mi quilla estalle! ¡Oh, que me hunda en el mar!

Si deseo el agua de Europa, es sólo el charco
negro y frío donde, en el crepúsculo embalsamado
un niño agachado lleno de tristeza, suelta
un frágil barco, como una mariposa reciente.

Bañado por vuestras languideces, no puedo ¡oh olas!
arrancar su estela a los portadores de algodones,
ni pasar a través de orgullosas banderas,
ni nadar bajo los horribles ojos de los pontones.




Arthur Rimbaud (Francia, Charleville, 1854-Marsella, id., 1891)


(Traducción: J.F. Vidal-Jover
Libros Río Nuevo, Barcelona,1978 + Raúl Gustavo Aguirre)
(Gentileza: Carlos Leites)
LE BATEAU IVRE

Comme je descendais des Fleuves impassibles,
Je ne me sentis plus guidé par tes haleurs:
Des Peaux-Rouges criards les avaient pris pour cibles,
Les ayant cloués nus aux poteaux de couleurs.

J'étais insoucieux de tous les équipages,
Porteur de blés flamands ou de cotons anglais.
Quand avec mes haleurs ont fini ces tapages,
Les Fleuves m'ont laissé descendre où je voulais.

Dans les clapotements furieux des marées,
Moi, l'autre hiver, plus sourd que les cerveaux d'enfants,
Je courus! Et les Péninsules démarrées
N'ont pas subi tohu-bohus plus triomphants.

La tempête a béní mes éveils maritimes.
Plus léger qu'un bouchon j'ai dansé sur les flots
Qu'on appelle rouleurs éternels de victimes,
Dix nuits, sans regretter l'oeil niais des falots!

Plus douce qu'aux enfants ta chair des pommes sures,
L'eau verte pénnétra ma coque de sapin
Et des taches de vins bleus et des vomissures
Me lava, dispersant gouvernail et grappin.

Et dès lors, je me suis baigné dans le Poème
De la Mer, infusé d'astres, et lactescent,
Dévorant les azurs verts; où, flottaison blême
Et ravie, un noyé pensif parfois descend;

Où, teignant tout à coup les bleuités, délires
Et rhythmes lents sous les rutilements du jour,
Plus fortes que l'alcool, plus vastes que nos lyres,
Fermentent les rousseurs amères de l'amour!

Je sais les cieux crevant en éclairs, et les trombes
Et les ressacs et les courants: je sais le soir,
L'Aube exaltée ainsi qu'un peuple de colombes,
Et j'ai vu quelquefois ce que l'homme a cru voir!

J'ai vu le soleil bas, taché d'horreurs mystiques.
lluminant de longs figements violets,
Pareils à des acteurs de drames très antiques
Les flots roulant au loin leurs frissons de volets!

J'ai rêve la nuit verte aux neiges éblouies,
Baiser montant aux yeux des mers avec lenteurs,
La circulation des sèves inouïes,
Et l'éveil jaune et bleu des phosphores chanteurs!

J'ai suivi, des mois pleins, pareille aux vacheries
Hystériques, la houle à l'assaut des récifs,
Sans songer que les pieds lumineux des Maries
Pussent forcer le mufle aux Océans poussifs!

J'ai heurté, savez-vous, d'incroyables Florides
Mêlant aux fleurs des yeux de panthéres à peaux
D'hommes! Des arcs-en-ciel tendus comme des brides
Sous l'horizon des mers, à de glauques troupeaux!

J'ai vu fermenter les marais énormes, nasses
Où pourrit dans les joncs tout un Léviathan!
Des écroulements d'eaux au milieu des bonaces,
Et les lointains vers les gouffres cataractant!

Glaciers, soleils d'aryent, flots nacreux, cieux de braises!
Échouages hideux au fond des golfes bruns
Où les serpents géants dévorés des punaises
Choient, des arbres tordus, avec de noirs parfums!

J'aurais voulu montrer aux enfants ces dorades
Du flot bleu, ces poissons d'or, ces poissons chantants.
Des écumes de fleurs ont bercé mes dérades
Et d'ineffables vents m'ont ailé par instants.

Parfois, martyr lassé des pôles et des zones,
La mer dont le sanglot faisait mon roulis doux
Montait vers moi ses fleurs d'ombre aux ventouses jaunes
Et je restais, ainsi qu'une femme à genoux...

Presque île, ballottant sur mes borde les querelles
Et les fientes d'oiseaux clabaudeurs aux yeux blonds.
Et je voguais, lorsqu'à travers mes liens frêles
Des noyés descendaient dormir, à reculons!

Or moi, bateau perdu sous les cheveux des anses,
Jeté par l'ouragan dans l'éther sans oiseaux,
Moi dont les Monitors et les voiliers des Hanses
N'auraient pas rêpeché la carcasse ivre d'eau;

Libre, fumant, monté de brumes violettes,
Moi qui trouais le ciel rougeoyant comme un mur
Qui porte, confiture exquise aux bons poètes,
Des lichens de soleil et des morves d'azur;

Qui courais, taché de lunules électriques,
Planche folle, escorté des hippocampes noirs,
Quand les juillets faisaient crouler à coups de triques
Les cieux ultramarins aux ardents entonnoirs;

Moi qui tremblais, sentant geindre à cinquante lieues
Le rut des Béhémots et les Maeistroms épais,
Fiteur éternel des immobilités bleues,
Je regrette l'Europe aux anciens parapets!

J'ai vu des archipels sidéraux! et des îles
Dont les cieux délirants sont ouverts au vogueur;
— Est-ce en ces nuits sans fonds que tu dors et t'exiles,
Million d'oiseaux d'or, ô future Vigueur?

Mais, vrai, j'ai trop pleuré! Les Aubes sont navrantes.
Toute lune est atroce et tout soleil amer:
L'âcre amour m'a gonflé de torpeurs enivrantes.
O que ma quille éclate! O que j'aille à la mer!

Si je désire une eau d'Europe, c'est la flache
Noire et froide où vers le crépuscule embaumé
Un enfant accroupi plein de tristesses, lâche
Un bateau frêle comme un papillon de mai.

Je ne puis plus, baigné de vos langueurs, ô lames,
Enlever feur sillage aux porteurs de cotons,
Ni traverser l'orgueil des drapeaux et des flammes,
Ni nager sous les yeux horribles des pontons.



(Contraportada de la edición de su Obra Completa, en Libros Río Nuevo, Barcelona, 1978):
Arthur Rimbaud, poeta francés, nacido en Charleville el día 20 de octubre de 1854. Murió 37 años más tarde, en el Hospital de la Concepción, en Marsella, el día 10 de noviembre de 1891. Caso insólito en la historia de la poesía, Rimbaud, que tuvo una infancia brillante, produjo su obra en el espacio de cuatro años, los que van de los 16 a los 20. A esta edad su obra está hecha; y su vida podría decirse que acabada. En adelante será una aventura, fiel a las ideas que generaron su poesía. En el corto curso de esos cuatro años, el poeta recorre el largo camino que va, desde los bordes del absurdo, a los espacios abiertos del infinito. No es, pues, de extrañar que todo ello desemboque en una visión fantasmagórica de la realidad. Cuando se intenta explicar las fantasías de un vidente que espera haber alcanzado este estado por los caminos menos concretos y permitiéndose todas las libertades no puede cohibimos ninguna preocupación estrictamente afincada en la tradición retórica. A pesar de su postura nihilista, absurda, anarquista participante en la Comuna—, que le convierten en un precursor de la rebeldía de la juventud de nuestro tiempo, sus restos reposan en el cementerio católico de Marsella, ya que murió dentro del más estricto respeto a la religión.



LOS DESIERTOS DEL AMOR





Se trata, ciertamente, del mismo paisaje. La misma casa campestre de mis padres: el mismo salón encima de cuyas puertas alternaban las pinturas bucólicas chamuscadas, con armas y leones. Para la cena se convierte en un salón con candelabros y vinos y plafones rústicos de madera. La mesa del comedor es muy grande. ¡Las sirvientas! Había muchas según recuerdo—También estaba uno de mis jóvenes amigos antiguos, cura y vestido de cura; veo ahora que para sentirse más libre. Recuerdo su cuarto púrpura, con vidrios de papel amarillo: y sus libros, ocultos, que habían remojado los océanos.


Yo, vivía abandonado en esta casa de campo sin fin: leyendo en la cocina, dejando que se secara el barro de mis vestidos en presencia de los huéspedes durante las conversaciones en el salón: conmovido hasta la muerte por el murmullo que producía la hora de tomar la leche por la mañana y por la noche, a la manera del siglo pasado.

Estaba en una habitación muy oscura: ¿qué hacía? Una sirvienta vino junto a mí: puedo decir que parecía un perrito: aunque fuese muy bonita y de una lealtad maternal inexpresable para mí: pura, conocida, encantadora... Me pellizcó el brazo.

Ni siquiera recuerdo bien su figura: ni puedo recordar su brazo del que retorcía la piel con mis dos dedos; ni su boca que la mía atrapó como una pequeña ola desesperada, derrubiando sin cesar alguna cosa. La revolqué sobre una canasta de almohadones y de telas de barco, en un rincón oscuro. No recuerdo más que su pantalón de blancos encajes.

Luego ¡oh desespero! el tabique se convirtió vagamente en la sombra de los árboles, y me abismé en la tristeza amorosa de la noche.

Ahora es la mujer que vi en la ciudad, y a la que he hablado y que me habla.

Yo estaba en una habitación, sin luz. Vinieron a decirme que ella estaba en mi cuarto: y la vi en mi cama, toda para mí ¡sin luz! Me emocioné mucho porque se trataba de la casa de mi familia: también porque la angustia se apoderó de mí. Yo estaba en andrajos y ella era una mujer de mundo que se entregaba: ¡tendría que marcharse! Una angustia sin nombre: la tomé y la dejé caer de la cama, casi desnuda; y, en mi flaqueza indecible, caí sobre ella y me arrastré con ella por las alfombras, sin luz. La lámpara de la familia enrojecía una tras otra las habitaciones vecinas. Entonces, la mujer desapareció. Derramé más lágrimas de las que Dios pudiese jamás pedirme.

Salí por la ciudad sin fin. ¡Oh fatiga! Ahogado en la noche sorda huyendo de la felicidad. Era como una noche de invierno con una nieve para ahogar el mundo decididamente. Los amigos, a los que grité: dónde está ella, respondieron falsamente. Estuve delante de las vidrieras donde ella va todas tas tardes: corría por un jardín oculto. Fui rechazado. Lloré enormemente por todo esto. Al final descendí a un lugar lleno de polvo. Y sentado sobre unas maderas, dejé correr todas las lágrimas de mi cuerpo por esta noche. Mi agotamiento, volvía siempre a mí, no obstante.

He comprendido que ella seguía con su vida de todos los días; y que el turno de su favor tardaría más en producirse que no tarda una estrella. No ha vuelto y no volverá jamás la adorable que había venido a mi casa —cosa que jamás hubiese presumido. De veras, esta vez he llorado más que todos los niños del mundo.



Arthur Rimbaud (Francia, Charleville, 1854-Marsella, id., 1891)

(Traducción: L.F. Vidal-Jover)
(Gentileza: Carlos Leites)





jueves, 16 de octubre de 2008

FRASES



Cuando el mundo quede reducido a un solo bosque negro para nuestros ojos asombrados, —a una playa para dos niños fieles, —a una casa musical para nuestra clara simpatía—, te encontraré.

Que no haya aquí abajo más que un anciano solo, sereno y hermoso, rodeado de un lujo inaudito, y estaré a tus rodillas.

Que yo haya realizado todos tus recuerdos, —que sea la que sabe sujetarte, —te ahogaré.



Mi camarada, mendiga, niña monstruo! cuan poco te importan, esas desdichadas y esos obreros, y mis turbaciones. Únete a nosotros con tu voz imposible, tu voz!, único halago de esta vil desesperación.



Una mañana nublada, en julio. Un gusto de cenizas vuela en el aire; —un olor de madera sudando en el fogón, —las flores herrumbrosas, —la confusión de los paseos, —el vapor de las acequias por los campos,—¿por qué no también los juguetes y el incienso?



He tendido cuerdas de campanario a campanario; guirnaldas de ventana a ventana; cadenas de oro de estrella a estrella, y danzo.



El alto estanque humea continuamente. ¿Qué hechicera va a levantarse sobre el poniente blanco? ¿Qué follajes violetas van a descender?



Mientras los fondos públicos se derrochan en fiestas de fraternidad, suena una campana de fuego rosa en las nubes.



Avivando un agradable gusto a tinta de China, un polvo negro llueve dulcemente sobre mi vigilia. ¡Entorno las luces de la araña, me arrojo en el lecho, y, vuelto hacia el lado de la sombra, os veo, mis hijas! ¡mis reinas!




Arthur Rimbaud (Francia, Charleville, 1854-Marsella, id., 1891)

(Traducción de Cintio Vitier)