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martes, 13 de septiembre de 2022

ALASKA (1993)


 



















Epístola


Los judíos piden señales, los griegos sabiduría, 
pero yo digo: Enloqueced.
¿Dónde está el sabio, dónde está el escriba?
Ha sido escamoteada la luz del mundo.
¿Sois ciegos?
Alegraos de vuestra ceguera.
¿Sois sordos?
Alegraos de vuestra sordera.
El ciego ha sido escogido para verlo todo, 
el sordo para oír lo inaudible.
Sí, enloqueced.
Porque todos los ojos han sido velados 
y sólo vemos lo que no vemos, 
todos los oídos han sido sellados 
y sólo oímos lo que no oímos.
¿Queréis prodigios?
Enloqueced.
¿Queréis conocimiento?
Enloqueced.
Porque se trata de asir lo Inasible 
y las manos se quiebran, 
se trata de tocar la Verdad 
y arde la razón.
Enloqueced.

(Del libro:Obra reunida,
La Comuna Ediciones,La Plata,
2020) 

Horacio Castillo 



Horacio Castillo nació en Ensenada, Provincia de Buenos Aires, en 1934. Desde muy joven se radicó en La Plata, ciudad donde falleció en 2010. Fue poeta, crítico, ensayista, traductor, abogado, periodista y miembro de número de la Academia Argentina de Letras y correspondiente de la Real Academia Española. Ver Biografía completa en entradas anteriores del autor.



domingo, 11 de septiembre de 2022

MÚSICA DE LA VÍCTIMA y otros poemas (2003)

 












Eva revisited

¿Cómo pudo recaer sobre mí semejante infamia, 
propagada automáticamente de boca en boca, 
generación tras generación? Yo madre de la culpa, 
yo responsable de la Caída, yo arrastrando 
a la humanidad hacia la condenación y la muerte.
Hasta proclamaron que el primer Mesías era insuficiente, 
que hacía falta otro para borrar mis rastros.
¿Pero alguien se preguntó por qué, si el hombre necesitaba 
compañía, no crearon otro hombre, por qué no hicieron hablar 
a una planta o un mono? No, me creó a mí, 
lo que implica el designio de involucrarme 
en la trama siniestra: la culpa de las culpas.
A mí, que no estaba en el proyecto original, 
y por eso mismo exenta de toda coerción.
Hueso de tus huesos, sí, carne de tu carne, sí, 
pero el alma absolutamente mía.
Eso me sedujo: la libertad, y al oír el suave 
susurro sabio -la instigación- corrí en tu ayuda, 
al fin y al cabo para eso había sido creada.
¿No fui también yo la primera en hablar?
Porque no puede decirse que haya hablado 
Dios en el acto de crear, ni tú al nombrar 
los animales del campo y las aves del cielo, 
ni tampoco el silabeo de la serpiente.
Yo hablé, yo traje al mundo la palabra 
para ti, para mí, porque hablar es desear.
Sin mí hubieras sido lo mismo que un árbol
o una piedra: simple naturaleza. Por eso
te di a probar el fruto -toda yo fui fruto en tu boca-
y la mordedura que desgarró mis entrañas
nos hizo conocer lo que se nos quería escamotear.
Y qué alegría al descubrir nuestra desnudez,
reconocerse el uno en el otro, el rasgo de pudor 
que nos separó para siempre de la bestia. 
Habíamos roto el orden prescripto, 
la materia se había expandido hacia adentro 
hasta negarse a sí misma y liberar una fuerza 
tan poderosa que dio sentido a lo creado.
Pero ven otra vez como en la noche aciaga, 
vuelve a tomarme por primera vez, 
hiende, cava, arranca de cuajo todo 
todo nada muerte vida más ahora sí.


MÚSICA DE LA VÍCTIMA

1
SOL ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?


Despenado, soplo la flauta hacia adentro.
Soplo y estalla la música de la víctima.
Una sorda y pavorosa deflagración 
que, zigzagueando vertiginosamente, 
arrasa a su paso todo vestigio natural.
Más hondo, trépano: allí donde duele.
Hasta la culpa sin fin del revés 
y la verdad cantará a la verdad.

2
UN ALMA INSTRUIDA NO ENCUENTRA EL ARTE DE LA MÚSICA 
CUANDO ÉSTA PIENSA ÚNICAMENTE EN LA GEOMETRÍA.

Tanto tiempo imitamos el canto de los pájaros 
que parecía demasiado sencillo cantar.
¿Era canto eso? ¿O propiedades de lo fatuo,
limaduras de lo obvio que salían a la superficie
y en contacto con lo fortuito se organizaban melódicamente?
Mucho tiempo imitamos el canto de los pájaros 
hasta que desgarramos las entrañas de la paloma 
y oímos el sonido que sólo puede oír 
quien viola a sabiendas el silencio de la paloma.
Mucho tiempo imitamos el canto de los pájaros 
pero invertimos la flauta y brotó música virgen.

LARGHETTO

Como una plegaria que no se cumple 
retrocede y tocando nuevamente su objeto 
rebota más lejos y vuelve a retroceder 
hasta ser arrojada donde jamás se cumplirá, 
así lo propio asciende hasta la boca cerrada 
y vuelve a descender para volver a subir 
y volver a bajar hasta la innata mudez.
El que quiera pescado, que rece.
El que quiera oír, que muera.

LA MÁQUINA DE PICAR ALMAS


Soplo con el último aire que me queda 
y la corriente que se forma boquea 
y aventa: lo que tuvo peso, lo que tuvo forma, 
lo que se hizo sutil para evitar lo sólido.
Fracciones de armonía hacia futuras combinaciones, 
levadura de alma en el altar vacío.

(Del libro:Obra reunida,
La Comuna Ediciones,La Plata,
2020) 
Horacio Castillo (Ensenada, Buenos Aires, 1934- La Plata, 2010)


IMAGEN: "Adán y Eva", pintura de Frans Floris-1560








viernes, 9 de septiembre de 2022

LOS GATOS DE LA ACRÓPOLIS (1998)


 








Nieve diseminada a la orilla de un lago. ¿O vértebras?
¿Una estrella de mar? ¿El omóplato de un dios?
Sentados en el mármol, al borde del promontorio, 
te vimos a la derecha, navegando sobre las ruinas, 
sobre la antigua tierra batida por los sueños, 
más accesible para las gaviotas que para los caballos.
(Porque todo estalló, porque la forma estalló, 
cayó como un anzuelo sobre todas las cosas 
y todo mordió el anzuelo: la piedra fue piedra, 
el árbol árbol, el asno asno y para siempre; 
todo mordió el anzuelo, menos tú, siempre otra, 
soplo o alma, nada eternamente en fuga.)
Y divisamos a lo lejos la nave de proa azul 
y al hombre de anchos hombros dormido junto a la adúltera 
—su mano tocando la cadera— y a todos los compañeros 
que volvían volvían del amor del olvido.
—Traíamos oro, bronce, mujeres, vino,
traíamos callos, sarna, peste, sueño,
pero de pronto el viento comenzó a soplar,
las olas se encabritaron y la tormenta nos dispersó,
unos hacia el destino, otros hacia el recuerdo.
¿Un hipocampo? ¿La trompa de un elefante?
¿El arco de una espalda? ¿El dorso de un delfín?
(Porque la luz estalló, porque el ojo estalló,
segregó una sustancia blanca —rocío o semen—
y huyó de la materia del límite de la muerte)
mientras navegaban hacia el sur, hacia la playa de Proteo,
y los seguimos largo rato con los prismáticos,
hasta que doblaron el cabo y se perdieron en la bruma.
—Tendidos en la arena, escondidos entre las focas,
esperamos casi sin respirar la llegada de la mañana,
hasta que el astuto nos descubrió y empezó a transformarse.
¿Un pez, un dragón, un árbol de alta copa, 
una lengua de fuego, un corpulento jabalí?
Pero ya tirábamos con todas nuestras fuerzas de la red. 
—Hay una isla en el cielo, una isla sin raíces, 
que flota a la deriva como el tallo de un asfódelo, 
patria siempre errante que a la hora del crepúsculo 
arroja anclas, garfios, manos al fondo del abismo.
(Porque fijando la forma nada detienes,
pues lo que en ella sobrevive es lo que nunca fue.)
Y nos quedamos inmóviles, hasta que sonó el clic 
que nos volvió rígidos, amarillentos, eternamente jóvenes. 
Ese es mi padre, esta es mi madre, este soy yo, 
y das vuelta, hijo mío, la hoja del álbum.

(Del libro:Obra reunida,
La Comuna Ediciones,La Plata,
2020) 

Horacio Castillo (Ensenada, Buenos Aires, 1934- La Plata, 2010)




miércoles, 7 de septiembre de 2022

MATERIA ACRE (1974)

 










Expedición al Everest


Después de los siete mil metros la presión descendió 
y cada paso fue un suplicio; debíamos beber, 
beber sin descanso, sobre todo dominar la ira 
que se apodera de los hombres en inactividad.
El viento del oeste que viene de Pamir,
de los glaciares de Karakorum, del Dhaulagiri y el Anapurna, 

sopló toda la noche, y recogidos en las tiendas 
esperamos impacientes el amanecer.
La última jornada fue terrible: 
la sangre se espesaba en las piernas, 
los sherpas empezaban a desfallecer
y los tanques de oxígeno se agotaban sobre nuestras espaldas.
Al fin llegamos a la cima: vimos abajo 
las torres de Rongbuck y más allá las de Thyangboche, 
y al sacarnos las máscaras para respirar el aire diáfano 
el cielo estaba tan lejano como de costumbre.

(Del libro:Obra reunida,
La Comuna Ediciones,La Plata,
2020) 

Horacio Castillo
(Ensenada, Buenos Aires, 1934- La Plata, 2010)


IMAGEN: Fotografía de La montaña Everest -detalle- (sin créditos)


lunes, 5 de septiembre de 2022

DESCRIPCIÓN (1971)

 III


Nosotros no podemos luchar contra tantas cosas: 
espacio, tiempo,
este río donde esperarnos una sombra, 
la ventura que nos perteneciera alguna vez.
Fluyen las formas hacia todos los golfos, 
las torres levantan banderas de perdición
y desde las cabalgaduras detenidas junto a los cauces incendiados invocan nuestro fervor:
inmortalidad del alma, perduración de la carne, 
resurrección de los vínculos.
Vendrán un día a honrar nuestras piedras, 
el aire, la ceniza,
la hierba hermana de la humedad,
y brillarán todavía nuestras inscripciones:
Todo fue desdicha,
los árboles nos dieron su sombra
pero estábamos solos en el espacio,
los dioses oyeron nuestra voz
mas no hubo revelación
y el amor fue una llama momentánea
que también tenía término,
donde el alma esperó vanamente su libertad.


(Del libro:Obra reunida,
La Comuna Ediciones,La Plata,
2020) 

Horacio Castillo (Ensenada, Buenos Aires, 1934- La Plata, 2010)



lunes, 7 de marzo de 2022

LA POESÍA COMO UN TEMPLO















Fuente: Radar del 3.1.21 -Página 12.com.ar

 

Una cuidada edición de la editorial platense La Comuna

Se publica la "Obra reunida" del poeta Horacio Castillo

Fue uno de los pocos traductores de poesía griega al castellano, pero la influencia helénica fue todavía más decisiva en la escritura del poeta platense Horacio Castillo, llegando a ser el centro de su proyecto. Ahora, a diez años de su muerte, la editorial La Comuna lanza su Obra reunida: poesía, semblanzas y textos críticos desde 1974 a 2010.

 

Por Lautaro Ortiz

 Es válido afirmar que Horacio Castillo fue un poeta platense? Nació, es cierto, en 1934 en el partido grande de La Plata, Ensenada, frente al Astillero de Río Santiago. Vivió la inundación del 40; vio la gran llamarada del petrolero San Blas en el 44, y asistió a la marcha de los obreros del Swift hacia Plaza de Mayo en el 45. Se graduó más tarde como abogado en la UNLP, ejerció durante décadas el periodismo cultural local, fue llamado uno de los Cinco poetas Capitales (ensayo de Ana Emilia Lahitte que incluye a sus contemporáneos Osvaldo Ballina, Néstor Mux, Rafael Felipe Oteriño y Horacio Preler), y ahora la editorial La Comuna, la más importante de la ciudad, lanzó a 10 años de su muerte –en generoso formato– la obra reunida: poesía, semblanzas y textos críticos desde 1974 a 2010. Sin embargo la literatura de Castillo siempre estuvo en otra parte.

“Para mí Ensenada no está sobre el Río de la Plata sino a orillas del Egeo. Y si cruzo el puente levadizo –que ya no está– desemboco en las callejuelas del barrio Plaka, en Atenas, y me siento a tomar una portokalada (naranjada) en una taberna de la calle Pandrosu donde venden las pesadas cuentas azules de las que habla un poema de Elytis”.

Esa mirada en fuga, sobrevolando la costa barrosa del río natal, y que el poeta explicó en el largo reportaje que le hiciera Augusto Munaro (incluido en esta edición), fue el resultado de un plan de escritura previamente trazado. En primer lugar hay que decir que Castillo fue uno de los pocos y buenos traductores de griego moderno que se dedicó casi en exclusividad a versionar al español la poesía de Constantino Kavafis, Odysséas Elýtis, Yorgos Seferis, Yannis Ritsos, Takis Varvitsiotis, Nikiforos Vrettakos, y algunos otros.

Su plan de evasión se inició a los 26 años cuando se aventuró en el aprendizaje de ese idioma no como lengua muerta sino como lenguaje vital, ondulante, al igual que las banderas de los barcos que atracaban en el puerto de Ensenada y Berisso. Porque Castillo aprendió a traducir a través de inmigrantes y marinos ocasionales con quienes mantuvo largas conversaciones y de quienes asimiló los matices y los relieves de la variante demótica.

Mucho después, aquella idea de unión entre la vieja Ensenada y la mítica Grecia, se completó con dos viajes en barco a la tierra homérica y un intenso intercambio epistolar con sus poetas más importantes: “Me consideré un inmigrante, y todo lo que se relacionaba con la vida diaria lo iba refiriendo al griego. Si tomaba agua, me decía a mí mismo neró; si compraba azúcar pensaba zájari; si llovía murmuraba breji”, dijo de aquellos primeros años de estudio.

Pero su plan no incluía sólo la traducción y la lectura de los poetas modernos y clásicos, también buscaba ahondar en su propia escritura, hacer un hueco que le permitiera llegar desde Ensenada a Grecia, concepto (el pozo) que está presente en sus mejores poemas: “Hice el hoyo”; “El foso”, “Excavaciones” o “Mono llorando sobre una tumba”.

Al recorrer su obra poética –excelentemente editada y cuidada por Juan Gianella- es notoria la presencia de un orden que rige a sus siete libros: Materia Acre (1971), Tuerto Rey (1982), Alaska (1993), Los gatos de la Acrópolis (1998), Cendra (2000), Música de la víctima y Mandala, ambos de 2003. Ese orden podría asimilarse a aquellos tres momentos claves de la arquitectura griega donde lo que importa es el trabajo sobre “la piedra pesada”: la austeridad del dórico, la fragilidad del jónico y la preocupación por lo formal del corintio. Tan estudiado fue su proyecto que para respetarlo Castillo eliminó su primer libro Descripción (1971), y que esta edición incorpora como Anexo: “Yo por entonces estaba bajo la influencia de Ricardo Molinari, me sentí identificado con esa levedad, con esa exquisita musicalidad, a la que se sumaron luego Saint-John Perse, Pierre Jean Jouve y otros poetas franceses. Después entró en escena Hölderlin, que me llevó a Heidegger y de toda esa mezcla surgió Descripción, libro que, cuando adivino mi propia voz, consideré demasiado literario, sujeto a influencia evidentes, poéticamente pretencioso. De allí que al reunir mi obra resolví excluirlo para darle unidad”.

Desde la devoción inicial por el primer Molinari pasando por la precisión del libanés Georges Schehadé (que tradujo Madame Maffei, responsable del sello Cármina donde Castillo publicó sus dos primeros libros), y por los fervorosos del mundo helénico como Hölderlin y Keats hasta la seducción de la sombra grande de Altazor de Hiudobro, la poesía de Castillo siempre pareció construirse en solitario.

Rafael Felipe Oteriño en “Retrato íntimo”, texto final de este tomo que ilumina maravillosamente el nudo central de la escritura su amigo, puntualizó: “El título de sus libros habla de un proyecto en el que está latente la contienda entre la ininteligibilidad de la materia y el ansia de absoluto”.

Obra reunida (que no es completa porque no incluye sus libros sobre Sarmiento, Rubén Darío, y ni sus ensayos sobre poetas griegos) reproduce también “Colectánea”, editado en 2010 por Ediciones Al Margen de Mario Goloboff, conjunto de semblanzas y textos críticos en donde el poeta narra su amistad con Ricardo Rojas (fue su secretario); sus encuentros con Borges, Neruda, Elytis y Aleixandre, y donde ensaya admirables visiones sobre “Alberto Girri: Poesía y Abstracción” y sobre “Vicente Huidobro y la paradoja Vanguardista”. Además, hay allí textos de reflexión creativa como “Apuntes para una gneosología poética” donde Castillo revela, refiriéndose a Mallarmé, parte de su meditado y elaborado plan al sostener que el poema es “el instante en que lo absoluto, mediante su inserción en el seno de la palabra poétrica, realiza su propia esencia y prolonga sin fin el acto de su nacimiento”.

Castillo hizo de su poesía aquello que buscaron los arquitectos griegos: levantar templos para que anide el misterio. Entre las muchas diagonales que ofrece la poesía platense, su obra es la celebración de una escritura solitaria con un propósito irrenunciable: ser un poeta de espíritu helenista.

 


viernes, 29 de noviembre de 2019

LOS ANCIANOS CALLABAN

























Al pie de la muralla, junto al fuego, los ancianos callaban.
Miraban a lo lejos las negras nubes y callaban.
Escudriñaban noche y día el mar y callaban.
La arena empezaba a enfriarse, el alma empezaba a enfriarse,
los pájaros huían hacia el porvenir.
Pero los ancianos callaban, buscaban
el surco de la quilla en el agua y callaban,
miraban llorar la sombra de la encina y callaban.
Se oyó un grito. ¿Qué dicen esas hojas?
Se oyeron alas. ¿Adónde vuelan esas piedras?
Pero los ancianos callaban, oían el lamento
que viene del futuro y callaban,
miraban la bañera ensangrentada entre la maleza y callaban.
Se oyó un ladrido. ¿A quién llama ese perro?
Se oyeron carros. ¿Adónde llevan esos muertos?
Pero los ancianos callaban, recordaban
el lenguaje bárbaro de la golondrina y callaban,
espantaban el lagarto entre las breñas y callaban,
pensaban en el destino del ruiseñor y callaban, callaban.




MUJER PEINÁNDOSE ANTE EL ESPEJO


El peine va y viene por un campo de azafrán,
mientras la mirada recorre el óvalo del rostro,
las líneas de las cejas,
el lóbulo casi transparente de la oreja,
los ojos donde una sustancia viscosa
la adhiere a pensamientos antiguos,
hasta que una ráfaga la arroja hacia atrás,
lejos, como un pájaro marino,
al jardín donde espera el paso del rey,
pero el rey no ha pasado, o ella no lo vio,
y se sienta con el ramo sobre la falda
a escuchar la música de las rosas,
mientras todo se detiene a su alrededor,
el viento entre las hojas, las palomas en el tejado,
la sombra del mundo sobre sus párpados,
y sube los escalones del Primer Sueño
donde se sienta nuevamente en el jardín
a esperar el paso del rey,
pero el rey no ha pasado, o ella no lo vio,
y subiendo los escalones del Segundo Sueño
se siente con el ramo sobre la falda
a escuchar la música de las rosas,
pero el rey no ha pasado, o ella no lo vio,
y sube los escalones del Tercer Sueño,
siempre con el ramo junto a la falda
y la mirada detenida en el seto,
pero el rey no ha pasado, o ella no lo vio,
y se pierde en los caminos de lo Desconocido,
se extravía hacia Nunca o Ninguna Parte,
en el confín de los sueños, allí donde nace la realidad,
y de pronto se mueven o parece que se mueven las ramas,
alguien ha pasado el umbral de las rosas
y está despierta, viva otra vez.
después del sueño de quinientos años,
y todo se pone otra vez en movimiento,
el viento entre las hojas, las palomas en el tejado,
la sombra del mundo sobre los párpados,
esos labios que ahora se pliegan en una sonrisa
mientras la mano se detiene en el aire
y una manda de soles corre por su espalda hacia la libertad.

(De: Los gatos de la Acrópolis, 1998)


Horacio Castillo




Horacio Castillo nació en Ensenada, Provincia de Buenos Aires, en 1934. Desde muy joven se radicó en La Plata, ciudad donde falleció en 2010. Fue poeta, crítico, ensayista, traductor, abogado, periodista y miembro de número de la Academia Argentina de Letras y correspondiente de la Real Academia Española. Publicó los siguientes libros de poesía: Descripción (1971); Materia acre (1974); Tuerto rey (1982); Alaska (1993); Los gatos de la Acrópolis (1998); Cendra (2000); Música de la víctima y otros poemas (2003) y Mandala (2005).  Como traductor de poesía griega publicó: Epigramas de Calímaco (1979); Poemas de Odysseas Elytis (1982); María la Nube de Odysseas Elytis, en colaboración con Nina Alghelidis (1986); Romiosini  y otros poemas, de Yannis Ritsos (1988); Poesía griega moderna (1997);  Elegías de Oxópetra de Odysseas Elytis, en colaboración con Nina Anghelidis (1999); Seis poetas griegos (2000); Poesía de Takis Varvitsiotis (2001) y Raíces en el tiempo, de Spiros Vergos (2001). Algunos de sus ensayos publicados son: Darío y Rojas / Una relación fraternal (2002), La luz cicládica y otros temas griegos (2004) y Sarmiento poeta (2007). Casi en coincidencia con su muerte, apareció Colectánea (2010), libro que reúne textos de diversa índole. Entre los premios recibidos figuran: Premio de la Subsecretaría de Cultura de la Nación (1972); Premio Nacional  –Región Buenos Aires– (1978); Primer Premio Fondo Nacional de las Artes por traducción literaria (1988); Premio Konex - Diploma al Mérito (1993) y Premio Municipal de la Municipalidad de La Plata (1995). En 2001 fue designado Ciudadano Ilustre de la Ciudad de La Plata. La poesía de Horacio Castillo ha sido objeto de valiosos estudios y ha recibido unánimes elogios de la crítica. 







sábado, 13 de julio de 2013

El foso

















Respiré por última vez el aroma de los eucaliptos 
y pasé bajo el arco donde estaba escrito: Aquí termina 
     el mundo.
¿Dónde estamos? —preguntó el niño que todavía no 
     había nacido.
En ninguna parte —contestó el hombre que ya había 
     muerto.
Y señalando en el medio del campo un inmenso foso
agregó: Todos saldrán por ese mismo lugar.
¿Dónde estamos? —preguntó el hombre escondiendo los
ojos en el bolsillo de la chaqueta. 
En ninguna parte —contestó la mujer plegando su
     cabellera como un mantel. 
En ese momento el viento cambió de dirección 
y sentí por primera vez el olor de la nada. 
Y ese olor nos atormentó durante el resto de la jornada,
     y la jornada siguiente,
y todas las que siguieron hasta el fin de nuestros días. 
¿Dónde estamos? —preguntó el hijo templando las
     cuerdas de las alambradas. 
En ninguna parte —contestó el padre pasando una
     esponja sobre los árboles. 
Pero los veteranos, encendiendo fogatas, se ponían a
     cantar
y todo parecía un alegre campamento de verano. 
¿Dónde estamos? —preguntó el muchacho con el cordero
     sobre los hombros.
En ninguna parte —contestó la muchacha con el ramo de
     nomeolvides en el pelo. 
¿Cómo podíamos cantar mirando día y noche el negro
     foso?
Un día, sin embargo, el aire amaneció fragante; 
olía a almidón, a cabello de mujer recién lavado, 
acaso porque ese día ella descendió por el negro foso, 
¿Dónde estamos? —preguntó el niño con el rayo de sol
     entre los dientes. 
En ninguna parte —contestó el anciano revolviendo el
     caldo negro de la memoria. 
Ese día, en cuclillas junto al fuego, empezamos a
     cantar.
Cantábamos bajo las duchas de la luna llena, 
cantábamos pelando papas infinitamente oscuras, 
cantábamos separando la uña de la carne. 
Aun el último día entre los vivos cantamos. 
En fila india, con el clavel de los mansos en el corazón, 
caminamos lentamente hasta el borde del pozo. 
¿Dónde estamos? —preguntó la niña que dormía con el
     ave fénix en sus brazos. 
En ninguna parte —contestó la madre con el balde de
     olvido sobre la cabeza.
Así, tomados de la mano, esperamos el amanecer 
y bajamos cantando a la eternidad.




Horacio Castillo (Argentina; Ensenada, Provincia de Buenos Aires,1934 - La Plata, 2010)



Imagen: Agujero negro.



miércoles, 23 de julio de 2008

ANQUISES SOBRE LOS HOMBROS

















Todos llevamos, como Eneas, a nuestro padre
sobre los hombros.

Débiles aún, su peso nos impide la marcha,
pero luego se vuelve cada vez más liviano,
hasta que un día deja de sentirse
y advertimos que ha muerto.
Entonces lo abandonamos para siempre
en un recodo del camino
y trepamos a los hombros de nuestro hijo.




Horacio Castillo (Argentina; Ensenada, Provincia de Buenos Aires,1934 - La Plata, 2010)



IMAGEN: Eneas huye de una Troya en llamas, pintura de Pompeo Batoni, 1754-56




martes, 22 de julio de 2008

LA CIUDAD DEL SOL



Expulsados de la ciudad bajo el cargo de fabuladores,
vamos de un lado al otro, durmiendo ya en cuevas,
ya a la intemperie, y alimentándonos de hierbas y raíces
o con la miel de algún panal hallado fortuitamente.
Han venido con nosotros las mujeres y los niños,
y cuando nos reunimos junto al fuego del atardecer,
sus ojos se vuelven una y otra vez hacia las murallas:
después de todo, allí pasamos parte de nuestra vida.
Pero lo exigía la razón. ¿Cómo podían soportar
que llamáramos a la piedra río, al árbol estrella?
¿Cómo podían soportar que llamáramos al pájaro
magnolia?
Lo exigía la razón. Y ahora, desde aquí,
vemos con tristeza las anchas puertas de bronce,
las altísimas torres doradas por el sol;
y cuando entran o salen las caravanas
los mercaderes describen las mesas y vasos de oro,
los magníficos altares cubiertos de ofrendas,
las armas que colman todos los recintos
y que en el próximo milenio, dicen, incendiarán el cielo.
Lo exigía la razón. Y ahora, como una horda,
vamos de un lado al otro balbuceando nuestra lengua,
hablando el dialecto de una ciudad perdida
que ya nadie comprende. ¿Cómo podían soportar
que llamáramos al fuego pez, al agua paloma?
¿Cómo podían soportar que llamáramos a la rosa
destino,
ellos, los que creen que las bellotas son bellotas?



Horacio Castillo (Argentina; Ensenada, Provincia de Buenos Aires,1934 - La Plata, 2010)





EXPEDICIÓN AL EVEREST
















Después de los siete mil metros la presión descendió
y cada paso fue un suplicio; debíamos beber,
beber sin descanso, sobre todo dominar la ira
que se apodera de los hombres en inactividad.

El viento del oeste que viene de Pamir,
de los glaciares de Karakorum, del Dhaulagiri y el
Anapurna,
sopló toda la noche, y recogidos en las tiendas
esperamos impacientes el amanecer.

La última jornada fue terrible:
la sangre se espesaba en las piernas,
los sherpas empezaban a desfallecer
y los tanques de oxígeno se agotaban sobre nuestras
espaldas.

Al fin llegamos a la cima: vimos abajo
las torres de Rongbuck y más allá las de Thyangboche,
y al sacarnos las máscaras para respirar el aire diáfano
el cielo estaba tan lejano como de costumbre.



Horacio Castillo (Argentina; Ensenada, Provincia de Buenos Aires,1934 - La Plata, 2010)