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martes, 28 de noviembre de 2023

FELICIDAD



A pesar de que Bertha Young tenía treinta años, todavía pasaba por momentos como éste en los que quería correr en vez de caminar, dar pasos de baile entre la vereda y la calle, hacer girar un aro, arrojar algo al aire para luego atajarlo, o permanecer de pie y reírse de nada, simplemente, de nada. ¿Qué se pude hacer cuando se tienen treinta años y, a la vuelta de la esquina, nos sobresalta un sentimiento de felicidad -felicidad absoluta- como si nos hubiésemos tragado una porción brillante de aquella tarde de sol y ardiese en el pecho, distribuyendo un tenue rocío de chispas a cada partícula del cuerpo, a cada dedo de los pies y de las manos? ¿No hay manera de expresarlo sin estar ebria o descontrolada? ¡Qué civilización tan idiota! ¿Para qué el cuerpo si hay que tenerlo encerrado en una caja como un viejo violín inútil? "No, lo del violín no es exactamente lo que quiero decir", pensó mientras subía de prisa las escaleras, tanteaba las llaves dentro del bolso -las había olvidado como de costumbre- y traqueteaba el buzón. "No es lo que quería decir porque..."  -

Gracias, Mary -entró al hall. -¿Regresó la niñera?.

-Sí, sí. -¿Y llegó la fruta?.

-Sí, sí. Llegó todo.

-Trae la fruta al comedor, ¿sí? Voy a acomodarla antes de subir.

El comedor estaba lúgubre y bastante frío. Sin embargo, Bertha se quitó el tapado; no podía soportar ni un minuto más el cierre tan ceñido, y sintió el frío helado sobre los brazos. Pero aún permanecía en su pecho ese intenso espacio brillante de donde venía el tenue rocío de chispas. Era casi insoportable. Apenas si se animaba a respirar por miedo a acrecentar el sentimiento, pero tomó un respiro muy profundo. Apenas se si animaba a mirar el frío espejo, pero lo hizo y le devolvió una mujer radiante de labios sonrientes y temblorosos, de ojos grandes y negros, y una actitud atenta como esperando que sucediera algo: algo divino, algo que, sabía, sucedería infaliblemente. Mary trajo la fruta en una bandeja, un recipiente de vidrio y un hermoso plato azul de extraño brillo, como si hubiese sido sumergido en leche.

-¿Enciendo la luz, señora?

-No, gracias. Puedo ver bastante bien. Había mandarinas y manzanas manchadas de carmín fresa; algunas peras amarillas, suaves como seda, algunas uvas verdes empañadas de plata y un gran racimo de uvas negras. Estas últimas las había elegido para combinarlas con el tono de la alfombra nueva del comedor. Quizá sonaba exagerado y absurdo, pero era la razón por la que las había comprado; en la tienda pensó: "debo comprar uvas negras para hacer resaltar la alfombra", y fue tan sensato en ese entonces.  Una vez que terminó con la fruta y de haber hecho dos pirámides circulares, observó la mesa desde lejos para captar el efecto de los colores, y fue mucho más curioso porque la mesa de madera oscura parecía derretirse en la luz del ocaso y, el recipiente de vidrio y el plato azul, parecían haber quedado suspendidos en el aire. Obviamente que, por su estado de ánimo, le pareció ésto de una belleza increíble. Comenzó a reír.  "No, no. Me estoy volviendo histérica". Cargó el bolso, el tapado y corrió escaleras arriba hasta el cuarto del bebé. La niñera estaba sentada junto a una mesita baja, dándole la cena a la pequeña B tras haberla bañado. Llevaba puesto un babero blanco, un saquito azul y, en su cabello negro y fino, le habían peinado un gracioso rulito. Alzó la vista cuando vio a su madre, y comenzó a saltar.

-Ahora, bebé, a comer como una buena niñita -dijo la niñera haciéndole a Bertha una mueca que ésta conocía, y significaba que había llegado en otro mal momento.

-¿Se comportó bien hoy? –

Una dulzura toda la tarde -suspiró la niñera- Fuimos al parque, me senté en un banco y la saqué del cochecito, entonces vino un perro grande, puso su cabeza sobre mi falda y la pequeña B se colgó y tironeó de sus orejas... debió haberla vista. Bertha quiso preguntar si no era peligroso dejar que un bebé se colgara de las orejas del perro de un extraño, pero no se atrevió. Se quedó mirándolas, con las manos a los costados del cuerpo, como una niña pobre frente a una niña rica que juega con una muñeca. El bebé volvió a alzar la vista, asombrado, y sonrió con un encanto tal que Bertha no pudo evitar el llanto.

-Ah... déjame que termine de darle su cena mientras acomodas las cosas del baño.

-Bueno. No debería andar de mano en mano cuando come, -suspiró la niñera- la inquieta; es muy probable que la moleste.  Qué absurdo era eso. ¿Para qué tener un bebé si duerme, no en un cofre como un violín preciado, sino en los brazos de otra mujer?

-¡Qué importa! -exclamó Bertha. La niñera le entregó el bebé muy ofendida.

-No la excite después de la comida. Sabe que siempre lo hace y soy yo quien tiene que pasar la tarde con ella después.  Por suerte, la niñera desapareció del cuarto con las toallas.

-Ahora te tengo sólo para mí, cosita preciosa.- dijo Bertha al momento que el bebé se recostaba sobre ella. Era tan linda cuando comía, mantenía los labios hacia arriba a la espera de la cuchara y agitaba las manitos. A veces, no dejaba retirar la cuchara de la boca y, otras, cuando Bertha acababa de llenarla, la pequeña B la apartaba con las manos, blandiéndola a los cuatro vientos. Una vez terminada la papilla, Bertha se volvió hacia la chimenea. "Eres hermosa, muy hermosa...", dijo y besó a su bebé tibio, "te quiero muchísimo". Y quería tanto a su hija -con el cuello inclinado hacia atrás, la exquisitez de los pequeños pies brillando a la luz del fuego- que sintió el retorno de esa felicidad, la misma sensación de no saber cómo expresarla, o qué hacer con ella.

-Tiene teléfono -dijo la niñera y fue triunfante a recuperar a su pequeña B. Bertha bajó volando hasta el teléfono.

Era Harry.

 -¿Bertha? Mira, llegaré tarde. Voy a tomar un taxi y trataré de estar cuanto antes, pero retrasa la cena diez minutos, sí?  -

Sí, de acuerdo...

¡Ah, Harry!

-¿Sí?...  ¿Qué tenía para decirle? Nada, solamente quería retenerlo un momento más, era estúpido pero no podía sino llorar.

 -¿No ha sido un día divino hoy?

-¿Qué significa eso? -contestó con la voz seca.

-Nada. Entendu -dijo ella, colgó el teléfono y pensó que la civilización era más que idiota. Venía gente a cenar a casa. Los Norman Knights -una pareja muy rica-, él estaba por inaugurar un teatro y ella estaba terriblemente obsesionada con la decoración de interiores; el joven Eddie Warren, quien recientemente había publicado su libro de poemas y a quien todos invitaban a cenar y un "hallazgo" de Bertha: la señorita Perla Fulton. Bertha no sabía a qué se dedicaba su nueva amiga. Se habían conocido en el club social y Bertha se había enamorado de ella, como solía enamorarse de ciertas mujeres en las que veía algo especial.  Lo intrigante era eso, porque, pese a que se habían visto un par de veces y habían estado hablando, aún Bertha no podía descifrar a Perla. Hasta cierto punto, Perla, era con frecuencia extremadamente franca, pero el punto estaba allí, y más allá de eso no iría ¿ Había algo más allá de eso? No, decía Harry sugiriendo que Perla era aburrida, fría como todas las rubias, con ese toque de anemia cerebral. Sin embargo, Bertha no estaba de acuerdo con él en absoluto, no aún. "No, la manera que tiene de sentarse, con la cabeza levemente inclinada hacia un costado y sonriendo, Harry, y quisiera saber qué hay detrás de ese gesto". "Probablemente tenga un buen estómago", contestaba Harry y tenía razón al advertir a Bertha con comentarios de ese tipo: "hígado congelado, querida" o "pura flatulencia" o "deficiencia renal". Por algún motivo Bertha disfrutaba oír a Harry hablar así, admiraba esa actitud. Entró en la sala y avivó el fuego; luego, recogiendo uno por uno los almohadones que Mary había puesto con cuidado, los arrojó sobre el sillón y el diván. Lucía entonces diferente, la habitación cobró vida al instante. Estaba por arrojar el último y la sorprendió el verse abrazada al almohadón apasionadamente. Pero esto no le quitó el calor del pecho sino todo lo contrario.  Las ventanas de la sala se abrían a un balcón con vista al jardín. Al final del terreno, contra la pared, había un peral florecido, alto, erguido, perfectamente de pie contra el jade apacible del cielo. Bertha sintió, pese a la distancia, que no tenía ni un solo parásito ni un pétalo marchito. Debajo, en el césped, los tulipanes rojos y amarillos, cargados de flores, parecían descansar sobre el ocaso. Un gato gris se rascaba la panza recostado sobre el césped, y otro negro -su sombra- lo seguía detrás. El verlos tan atentos y sigilosos le transmitió a Bertha un curioso temblor. "¡Qué cosa más escalofriante son los gatos!"; tartamudeó, se alejó de la ventana y comenzó a caminar yendo y viniendo.  Los junquillos emanaban un aroma fuerte en la habitación cálida. ¿Demasiado fuerte?. No. Y aún, al advertir el retorno de ese sentimiento, se desplomó en el diván y presionó las manos contra los ojos. "Soy tan increíblemente feliz", murmuró. Y le parecía ver aún, sobre sus párpados, el peral de capullos abiertos: símbolo de su propia vida.  La verdad es que lo tenía todo: era joven; Harry y ella estaban tan enamorados como el primer día, seguían juntos de manera espléndida y eran buenos compañeros; tenía un bebé hermoso; no tenían preocupaciones económicas; una casa y un jardín amplios y confortables; y mantenían amistades con el tipo de gente que les agradaba: amigos modernos, personas emocionantes, escritores, pintores, poetas y gente interesada en cuestiones sociales. Después estaban los libros, la música; hasta había encontrado una maravillosa modista; viajaban al extranjero en verano y la cocinera nueva hacía los mejores omelettes. "Soy ridícula ¡Absurda!". Se sentó; estaba un tanto mareada, como ebria; debió haber sido el sobresalto. Ahora, estaba tan cansada que no tenía fuerzas para subir a vestirse. Un vestido blanco, un largo collar de cuentas verdes, zapatos también verdes y medias. Nada era casual; lo había pensado durante horas parada delante de la ventana en la sala. Sus pétalos crujieron delicadamente en el hall; saludó a la Sra. Norman Knight, quien estaba quitándose el más extravagante tapado naranja con una procesión de monos alrededor del dobladillo y en el frente.  "¿Por qué, por qué, por qué la clase media es tan densa? ¡Faltos de un total sentido del humor!"

-Querida, no sé cómo llegué aquí. -Mis simpáticos monitos detestan el tren y se subieron a un hombre que casi me come con la mirada. -dijo la Sra. Norman Knight. "No fue gracioso ni grandioso", pensó Bertha, "me hubiese gustado que lo fuera", sólo observó fijamente, "me aburro infinitas veces". -Pero lo gracioso de todo fue -dijo Norman colocándose el monóculo -¿no te molesta que lo cuente, Face? -se hacían llamar Face y Mug en la intimidad y con amigos -Lo gracioso fue que una vez satisfecha, se dio vuelta hacia la mujer que tenía al lado, y dijo "¿nunca ha visto un mono?" -La Sra. Norman Knight se unió en carcajada con su marido

-¿No fue gracioso, en realidad? Y lo más cómico era que, ahora, tras haberse quitado el tapado, aún parecía un mono inteligente; incluso con su vestido de seda amarilla como cáscara de banana, y los aros color de ámbar que parecían diminutas nueces colgando.

 -Esto es muy triste -dijo Mug al pasar frente al cochecito de la pequeña B -Cuando el cochecito entra en la sala... -y saludó al resto de los comensales.  Tocaron el timbre. Era Eddie Warren, pálido y delgado, como siempre, en un estado de estrés agudo.

-¿Es aquí, verdad? -preguntó.

-Creo que sí, eso espero... -respondió Bertha cálidamente. -Tuve una experiencia horrorosa en el taxi; el conductor era un cínico. No podía hacer que se detuviera; cuanto más golpeaba y le gritaba, más rápido iba. Y bajo la luz de la luna, la figura difusa de su cabeza aplastada, agazapada al volante... -se estremeció al momento que se quitaba una interminable bufanda blanca. Bertha se percató de que también las medias eran blancas, lo que le daba un toque encantador.

-Pero qué horror -exclamó ella.

-Sí, así fue -contestó Eddie y la siguió a la sala -De pronto, me vi conduciendo a través de la Eternidad en un taxi sin tiempos.  Eddie conocía a los Norman Knight. De hecho, estaba por escribir una obra para cuando ellos inauguraran el teatro.

-Bueno, Warren, ¿cómo marcha la obra? -preguntó Norman Knight dejando caer el monóculo para darle un minuto de respiro a su ojo antes de volver a atornillarlo.

-Pero, Warren, ¡qué medias tan divertidas! -exclamó la señora Norman Knight

-Me alegra que le gusten -dijo Eddie mirándose los pies.

-Parecen haberse vuelto mucho más blancas con la llegada de la luna. -volvió su rostro joven, con un dejo de lamento, hacia Bertha

–Hay una luna, sabías... -Estoy segura de que la hay muy a menudo.- Bertha quería llorar. Eddie era una de las personas más atractivas; pero también lo era Face, de cuchillas al lado del fuego con su vestido piel de banana, al igual que Mug que fumaba un cigarro y decía, sacudiendo las cenizas:

-¿Por qué la novia manchada de alquitrán? -Y aquí vamos, otra vez... -La puerta de entrada se abrío de un portazo y se cerró de otro. –

Hullo, gente -gritó Harry al entrar -Bajo en cinco minutos -y lo oyeron salir disparando hacia arriba. Bertha no pudo evitar una sonrisa; sabía cuánto disfrutaba Harry vivir bajo presiones. Después de todo, qué eran cinco minutos más. Pero les haría creer a todos que se preocupaban más de la cuenta. Entonces, los sorprendería cuando entrara en la sala fresco y repuesto. Harry tenía tanto deleite para la vida. Ella apreciaba su manera de ser, su pasión por luchar: trataba de obtener todo lo que se le cruzaba en el camino y eso era otra prueba más de su poder y su valentía. Bertha lo entendía, aún cuando actuaba de esa forma y se tornaba ridículo frente a gente que no lo conocía bien, porque siempre iba al choque aunque no hubiese motivos para pelear. Bertha hablaba y reía, y olvidó, hasta que Harry entró en la sala -justo como lo imaginó-, que aún Perla Fulton no había llegado.

-Me pregunto si la señorita Fulton lo habrá olvidado... 

-Eso espero -dijo Harry -¿Está en el teléfono? -¡Ah! Llegó un taxi - Bertha sonrió con ese aire de propietaria que solía asumir cuando sus hallazgos femeninos eran nuevos y misteriosos.

-Vive en taxi. –

Va a engordar, entonces. -dijo Harry con frialdad mientras llamaba a cenar con una campanita -Y eso sería terrible para una dama rubia.

-Harry, basta -advirtió Bertha riéndose de él. Vino otro momento breve, mientras esperaban, en el que charlaron, rieron, fue un poquito de distensión para todos, pero pasó rápido. Y luego apareció la señorita Fulton sonriendo, vestida de plata, y una cinta plateada sujetándole el cabello rubio  y la cabeza un poco inclinada hacia un costado.

-¿Llego tarde? 

-No todavía. Por acá, por favor -dijo Bertha, la tomó del brazo y se dirigieron al comedor. ¿Qué había en el frío contacto de ese brazo que, a su vez, podía avivar todo el fuego de la dicha que Bertha sentía y con la que no sabía qué hacer? Perla Fulton no la miraba; luego, rara vez, dirigía la mirada directamente a los invitados. Las pestañas caían pesadas sobre sus ojos, y la extraña media sonrisa iba y venía en sus labios, como si viviera más oyendo que observando. De repente, Bertha presintió que esa mirada tan personal, privada, ya había pasado entre ambas, como si se hubiesen comunicado con un "Tú, también". Vio a Perla Fulton revolver la sopa de tomate servida en un plato gris, y creyó sentir lo mismo que ella. Los otros, Face y Mug, Eddie y Harry hacían subir y bajar las cucharas, se secaban los labios en las servilletas, pellizcaban algo de pan, jugaban con el tenedor y las copas, charlaban.

-La conocí en un espectáculo en Alpha -la personita más rara de todas. No sólo se había cortado el cabello sino que también parecía haberse recortado un poco las piernas, los brazos, el cuello y esa pobre naricita.

 -¿No es demasiado Michael Oat? -¿El tipo que escribió El amor en dientes falsos?

-Quiere escribir una obra para mí. Un solo acto. Un solo hombre. Decide suicidarse. Da todas las razones por las que debe hacerlo y por las que no debe. Y cuando acaba de tomar una decisión por sí o por no, entonces se corre el telón. No es una mala idea.

-¿Cómo la va a llamar: Complicación estomacal?

-Me parece haber leído la misma idea en una crítica francesa, bastante desconocida en Inglaterra.  No se entendían en absoluto; eran simplemente ellos, pero a Bertha le gustaba tenerlos a todos allí, sentados a su mesa para darles una cena y vino deliciosos. De hecho, estaba deseosa de decirles qué hermoso grupo hacían, tan decorativo, cómo se resaltaban mutuamente y le recordaban a una obra de Tchekof. Harry disfrutaba la cena. No estaba siendo natural pero tampoco era una postura; era un algo que lo caracterizaba. Hablaba de la comida y se vanagloriaba de su tímida pasión por la carne blanca de la langosta y el verde del helado de pistacho -verde y frío como ojos de bailarinas egipcias. Cuando él levantó la vista y comentó "Bertha, este souffle es admirable", ella contuvo un lloriqueo infantil. Pero, qué era lo que la hacía sensibilizarse con el mundo entero esa noche... Todo estaba muy bien. Todo lo que sucedía parecía colmar la copa de la felicidad. Y aún llevaba la imagen del peral en el fondo de su mente. Debía estar plateado en este instante bajo la luz de la luna del pobre Eddie, plateado como Perla Fulton que sostenía, ahora, una mandarina entre los dedos estilizados, tan pálidos que una luz parecía venir de ellos.  Lo que no lograba descifrar -que era un milagro- era cómo podría adivinar el ánimo de Perla, tan exacto e instantáneo; porque no dudó ni un segundo que Perla se sintiera bien ni, menos que menos, con qué podía salirse. "Creo que estas cosas suelen pasar muy rara vez entre mujeres pero nunca entre los hombres", pensó Berta: " y, tal vez, mientras preparo café en la sala, ella dé una señal". Ni siquiera Bertha sabía a qué se refería con esto ni se imaginaba lo que pasaría después. Se encontró hablando y riendo al tiempo que pensaba así. Hablaba para no dejar escapar la risa, "reír o morir", pensaba. Pero cuando vio que Face tenía el curioso hábito de meter algo dentro del canesú, como si ocultara un secreto allí -un tesoro de nueces- Bertha tuvo que enterrarse la uñas en la palma de la mano para no estallar en carcajada.  Había pasado finalmente.

-Vengan conmigo, les enseñaré la cafetera nueva -dijo Berta.

-Sólo una vez cada quince días tenemos una cafetera nueva -comentó Harry. Esta vez Face la tomó del brazo; Perla sacudió la cabeza y la siguió. El fuego había muerto en la sala, algunas brazas aún rojas daban chasquidos como una criatura fastidiosa. En la sala el fuego se había reducido a un incandescente nido de pichones de ave fénix. 

-Por un momento, no enciendas la luz. Es tan hermoso. Se agazapó junto al fuego. Siempre sentía frío... "sin su tapado rojo, claro", pensó. Y en ese momento, Perla, dio la señal:

-¿Tienes jardín? -pronunció con su voz fría y adormecida. Fue tan exquisito de su parte que Berta sólo pudo obedecer. Cruzó la habitación, apartó las cortinas y abrió las amplias hojas del ventanal.

"¡Allí!", exhaló .  Las dos mujeres quedaron juntas, de pie, observando el esbelto árbol florecido. A pesar de que estaba allí quieto, parecía estirarse como la llama de una vela, apuntando, temblando en el aire brillante, haciéndose cada vez más alta a medida que lo observaban, casi a punto de tocar el borde redondo de la luna de plata. ¿Cuánto tiempo estuvieron allí paradas? Ambas, como sea, atrapadas por la luz exótica de ese círculo, entendiéndose la una con la otra perfectamente, criaturas de otro mundo, y preguntándose qué habrían de hacer con el tesoro de la dicha que les ardía en el pecho y les bañaba el cabello y las manos en flores plateadas. ¿Para siempre; o fue un momento? Y Perla dijo: "Sólo eso". ¿O lo había soñado todo? Luego la luz cesó, Face preparó café y Harry dijo:

-Mi querida señora Knight, ni me pregunte por la bebé porque nunca la veo. No sentiré ningún interés por ella hasta tanto no tenga novio.  Mug se sacó el monóculo por un momento pero lo volvió a colocar pronto, Eddie Warren bebía el café con cara de angustia, dejando descansar el pocillo, como si al beberlo viera una araña.

-Lo único que quiero es darles un espectáculo a los muchachos. Creo que Londres está colmado de fracasos, faltan obras. Lo que quiero decirles es "Acá tienen el teatro" ¡Avance el fuego! -¿Sabías que voy a decorar un cuarto para Jacob Nathans? Estoy tentada de hacer algo con un toque de pescado frito, respaldos de butacas imitando sartenes, y papitas haciendo de borlas en todas las cortinas. -El problema con nuestros jóvenes que escriben es que aún son muy románticos. No puede uno despedirse del mar sin dejar de descomponerse y necesitar un balde para vomitar ¿Por qué no habrían de tener el coraje de esos baldes? -Un horroroso poema sobre una joven que fue violada por un ladrón sin nariz en el bosque pequeño... Perla Fulton se hundió en el sillón más bajo y profundo y Harry convidaba cigarros. Por la manera en la que se detuvo frente a ella agitando la cajita plateada, y deciendo: "Egipcios, turcos, de Virginia... están todos mezclados" , Bertha se dio cuenta de que Perla no sólo lo aburría sino que en verdad le disgustaba. Y por la manera en la que Perla respondió "No, gracias, no fumo", Bertha supo que ella había captado ese mal ánimo de Harry y estaba dolida. 

-Harry, no demuestres tu disgusto hacia ella. Estás bastante equivocado con respecto a ella. Perla es maravillosa; además, cómo puedes sentir algo tan diferente por alguien que significa tanto para mí. Trataré de contarte esta noche, ya en la cama, lo que ha estado ocurriendonos. Te contaré qué cosas compartimos...  Ante esas palabras finales, algo extraño y tétrico se precipitó sobre su mente; un algo morboso le susurraba: "pronto partirá toda esta gente. La casa estará en silencio. Las luces se apagarán. Y ambos estarán solos en la oscuridad del cuarto, en la cama cálida..." Saltó de la silla y corrió al piano. -Es una pena que nadie toque algo...  Por primera vez en su vida, Bertha Young deseó a su marido. Lo amaba, había estado enamorada de él, por supuesto, en todo sentido, pero nunca de esta manera. Y, por supuesto que entendía también que él era diferente de ella. Solían discutir sobre eso. Le había preocupado terriblemente al principio encontrarse tan fría, pero con el tiempo eso dejó de ser un problema. Eran tan sinceros, tan compinches, y eso era lo mejor de ser una pareja moderna. Ahora, las palabras le dolían en el cuerpo, ardían fervientes. ¿A esto la había llevado el sentimiento de felicidad? Pero, luego:  -Querida, lamentablemente, somos víctimas del tiempo y del tren. Tenemos que llegar a Hampstead.

Todo estuvo muy lindo -saludó la señora Norman Knight.

-Te acompaño al hall. Me encantó tenerte hoy. Pero no quiero que pierdan el tren, debe ser muy desagradable, no?

-Tomemos un whisky, Knight, antes de que te vayas -ofreció Harry.

-No, gracias, muchacho. -Bertha le apretó la mano a Harry por esto mientras la sacudía. -Adiós, buenas noches. -saludó desde el último escalón, pero sintió que algo de sí se alejaban con ellos para siempre. Cuando regresó a la sala, el resto estaba por irse.

-Entonces podemos compartir el taxi... -Estaría muy agradecido de no tener que enfrentarme solo a otro viaje después de la horrorosa experiencia que tuve.

-Lo pueden tomar en la parada, justo al final de la calle. No tendrán que caminar más que unos metros.

-Eso es cómodo. Voy por mi tapado. -Perla se dirigió hacia el hall y Bertha la seguía cuando Harry casi se le adelantó: -Déjame ayudarte. -Bertha sabía que él estaba compensando su actitud agresiva, así que, lo dejó. A veces, se comportaba como un niño, impulsivo, simple. Eddie y ella quedaron junto a la chimenea.

-Me pregunto si has visto del nuevo poema de Bilks : Table d´Hôte . -dijo Eddie suavemente -Es maravilloso. Al final, una antología. ¿No tienes una copia? Tengo tantas ganas de mostrártelo. Comienza con una frase increíblemente hermosa: "¿Por qué siempre debe haber sopa de tomate?". 

-Sí. -contestó Bertha. Sin hacer ruido caminó hasta una mesita en el comedor; Eddie fue tras ella en igual silencio. Bertha tomó el libro y se lo entregó; no hicieron el mínimo ruido. Mientras Eddie lo hojeaba, ella volvió la vista el hall y vio a Harry sosteniéndole el tapado a Perla, quien le daba la espalda y tenía la cabeza levemente inclinada a un costado. Hizo a un lado el tapado, la tomó de los hombros y la giró violentamente hacia él. Sus labios dijeron: " te adoro", Perla acarició las mejillas de Harry con sus dedos finos y pálidos, y le sonrió dulcemente. Harry infló las fosas nasales y le devolvió una sonrisa brillante, y murmuró: "Mañana"; y con un parpadeo Perla dijo: "Sí". 

-Aquí está -dijo Eddie -"¿Por qué siempre debe haber sopa de tomate?". Es absolutamente cierto, no crees. La sopa de tomate es eternamente horrorosa. -Si prefieren puedo llamar un taxi y hacer que pare en la puerta -dijo Harry en voz alta, desde el hall. 

-No, no es necesario -contestó la señorita Fulton, se acercó a Bertha y le ofreció la mano de dedos finos. -Buenas noches. Y muchas gracias. -Buenas noches -dijo Bertha. La señorita Fulton sostuvo su mano un momento más.

-Ese hermoso peral... -murmuró; y después desapareció con Eddie detrás de ella siguiéndola como el gato negro al gris.

-Cerraré la puerta -dijo Harry con frialdad, pero relajado. "Ese hermoso peral... peral... peral". Bertha se limitó a correr hasta el ventanal. "Qué irá a pasar ahora...", se dijo angustiada. Sin embargo, el peral estaba hermoso como siempre, lleno de flores como siempre y siempre inmutable. 

 

Katherine Mansfield (Wellington, Nueva Zelanda,1888 - Wellington, Nueva Zelanda 1923, Fontainebleau, Francia)

 

Pueden LEER la biografía en entrada anterior de la autora (N.del A.).


martes, 24 de febrero de 2009

Diario (2)



1º de enero (1915)

¡Qué pequeño diario despreciable! Pero estoy decidida a continuar este año. Despedimos al año viejo y recibimos al año nuevo. Una noche encantadora, azul y dorada. Las campanas de la iglesia repicaban. Salí al jardín, abrí el portón y casi... me voy caminando. J. estaba de pie ante la ventana, exprimiendo una naranja en una taza. La sombra del rosal caía sobre el césped como si fuese un pequeño ramo. La luna y el rocío habían puesto lentejuelas sobre todas las cosas. Pero a las 12 en punto me pareció oír pisadas en el camino, me asusté y corrí hacia la casa. Pero no pasó nadie. J. pensó que me comportaba como una gran niña durante toda esa noche. El fantasma de L. M. corrió por mi corazón, su pelo desplegado, muy pálida, sus ojos oscuros y espantados.
Para este año tengo dos deseos: escribir, ganar dinero. Consideremos. Con dinero podríamos marcharnos como queremos, tener una casa en Londres, ser libres como lo deseamos, y ser independientes y orgullosos con todos... Es sólo la pobreza la que nos mantiene tan unidos. Bien, J. no desea dinero y no lo va a ganar. Yo debo obtenerlo. ¿Cómo? Primero, terminar este libro (*). Ese es un comienzo. ¿Cuándo? A fines de enero. Si lo haces, estás salvada. Si escribiera noche y día podría lograrlo. Si, podría. Siento que la nueva vida se aproxima. Creo, como siempre he creído. Sí, vendrá. Todo andará bien.
2º de enero. (Fragmento)
...Lo más importante que siento últimamente acerca de mí es que estoy envejeciendo. Ya no me siento como una niña, ni siquiera como una joven. Siento realmente que ya he pasado la flor de la edad. A veces, el temor de la muerte es horrible. Me siento tanto más vieja que J., y él lo reconoce, estoy segura. Antes nunca lo hacía, pero ahora con frecuencia me habla como un joven a una mujer mayor. Bien, tal vez eso sea bueno.


(*) "Este libro" alude, creo, a una novela titulada Maata, de la que sólo perduran los dos capítulos iniciales y una sinopsis completa.
(nota de Murry)


Katherine Mansfield




Katherine Mansfield (Kathleen Beauchamp; Wellington, 1888 - Fontainebleau, 1923). Narradora neozelandesa que cultivó la novela corta y el cuento breve, convirtiéndose en una de las autoras más representativas del género. A pesar de pertenecer cronológicamente al grupo constituido por J. Joyce, D. H. Lawrence, E. M. Foster y V. Woolf, quienes liquidaron el conformismo victoriano sobre las pautas trazadas por el Lord Jim de J. Conrad, Mansfield representa un caso aparte en la literatura anglosajona de la época, pues como el ruso A. Chéjov supo captar la sutileza del comportamiento humano. Pasó la mayor parte de su infancia en Yarori, pequeña ciudad situada no lejos de Wellington, y a los catorce años fue enviada a Inglaterra, donde frecuentó el Queen's College de Londres. Luego volvió, en 1906, a Nueva Zelanda. Ya cuando niña empezó a manifestar un talento vivo y la conciencia de una libertad moral que habían de imprimir en su obra narrativa el sello de una profunda originalidad. Después de haber permanecido en el hogar durante dos años, obtuvo de su padre una modesta asignación que le permitió residir de nuevo en Londres, siquiera pobremente. En 1909 contrajo matrimonio con George Bowden, de quien muy pronto se divorciaría, y dos años más tarde publicó su primer libro de narraciones, In a German Pension (1911), revelador de una personalidad compleja y de difícil definición, así como de un estilo original en el que se advierten acusadas influencias de Chejov. Las sucesivas colecciones de cuentos, Felicidad (1921), Garden-Party (1922), La casa de muñecas (1922) y El nido de palomas y otros cuentos (1923), la impusieron rápidamente a la atención de la crítica y del público como uno de los mayores talentos narrativos de la época. En 1918 se unió al célebre crítico inglés John Middleton Murry, que escribiría una de sus más cariñosas biografías (1949); sin embargo, este vínculo resultó asimismo tempestuoso, y conoció frecuentes y prolongadas separaciones.
El DIARIO es una recopilación, a modo de collage, ordenado y publicado por Middleton Murry, luego de la muerte prematura (a los 35 años) de su mujer y como un medio de hacer realidad uno de sus deseos más queridos: la realización de una especie de carnet de apuntes de su vida. Mansfield no sólo escribía en su diario los acontecimientos de su vida, sino que también lo utilizaba como ensayo o esbozo de sus relatos cortos.

viernes, 13 de febrero de 2009

Diario (1)




[Después de unas semanas en habitaciones de Elguin Crescent, en julio tomamos una casa en Nº5 Acacia Road, St. John's Wood. Allí el hermano "Chummie" de Katherine Mansfield fue a pasar una semana con ella antes de marchar al frente. Fue muerto casi inmediatamente. La entrada siguiente es un documento de una de las conversaciones que mantuvieron.]

Octubre.

Están paseando por el jardín de Acacia Road. Está oscuro; las margaritas de Michaelmas están brillantes como plumas. Del viejo frutal que está al fondo del jardín —el delgado árbol que parece un álamo— cae una pera redondeada, dura como una piedra.
"¿Oíste eso, Katie? ¿Puedes encontrarla? Por Dios... ese sonido familiar".
Sus manos se mueven entre el delgado pasto húmedo. Él la recoge e, inconscientemente, como siempre, la lustra con su pañuelo.
"¿Recuerdas las enormes cantidades de peras que solía haber en aquel viejo árbol?"
"Junto al cantero de violetas".
"¿Y cómo después de un viento del sur solíamos ir con canastos para la ropa a recogerlas?"
"¿Y que mientras estábamos agachados seguían cayendo y nos golpeaban en la espalda y la cabeza?"
"¿Y qué lejos que habían caído, siempre tan lejos, debajo de las hojas de las violetas, por los escalones, hasta el lugar de las lilas? Solíamos encontrar las pisadas entre el pasto. Y qué pronto las hormigas daban con ellas. Es como si ahora viera aquel agujerito redondo con una especie de borde de pimienta oscura alrededor".
"¿Sabes que nunca he vuelto a ver peras como aquellas?"
"Eran tan brillantes, de un amarillo canario... y pequeñas. Y la piel era tan delgada y las semillas azabache. Primero le quitabas el pequeño cabo y la chupabas. Era apenas amarga, y luego la comías desde arriba, con semillas y todo".
"Las semillas eran deliciosas".
"¿Recuerdas cuando te sentabas en el asiento rosado del jardín?"
"Nunca olvidaré aquel asiento rosado del jardín. Es el único asiento de jardín para mí. ¿Dónde está ahora? ¿Crees que nos dejarán sentar en él en el cielo?"
"Siempre se tambaleaba un poco y mostraba las marcas de una babosa".
"Sentados en aquel asiento, balanceando las piernas y comiendo las peras..."
"¿Pero no es extraordinario lo profunda que era nuestra felicidad... qué positiva, profunda, brillante, cálida. Recuerdo la manera en que nos mirábamos y sonreíamos...¿tú te acuerdas?... compartiendo un secreto... ¿Qué era?"
"Creo que era la sensación de la familia...éramos casi uno solo. Siempre nos veo caminando juntos por todas partes, mirando las cosas juntos con los mismos ojos, discurriendo...Volví a sentir eso...ahora mismo...cuando buscamos la pera entre el pasto. Recuerdo buscar contigo entre las hojas de las violetas...¡Oh, aquel jardín!¿Recuerdas que algunas de las peras que encontrábamos tenían pequeñas marcas de dientes?"
"Sí".
"¿Quién las mordía?" "Eso siempre fue un misterio".
El la rodea con su brazo. Pasean hacia uno y otro lado. Y la luna redonda brilla sobre el peral, y las paredes cubiertas de hiedra del jardín resplandecen como metal. El aire huele a frío...es pesado... muy frío.
"Volveremos allá un día...cuando todo haya terminado".
"Volveremos juntos".
"Y lo encontraremos todo..."
"¡Todo!"
Ella se apoya en el hombro de él. La luz de la luna se torna más intensa. Ahora están frente a la parte posterior de la casa. Un cuadrado de luz aparece en la ventana.
"Dame la mano. Sabes que siempre seré una extraña aquí".
"Sí, querida, lo sé".
"Caminemos hacia uno y otro lado por última vez y entremos".
"Es tan curioso... mi absoluta confianza de que regresaré. Lo siento cosa tan segura como esta pera".
"También yo lo siento".
"No podría dejar de volver. Conoces esa sensación. Es terriblemente misteriosa".
Sobre el pasto, las sombras son alargadas y extrañas; un soplo de extraño viento murmura en la hiedra y la vieja luna recubre de plata sus cuerpos.
Ella tiembla.
"Tienes frío".
"Muchísimo frío".
El la rodea con su brazo. De pronto la besa...
"Adiós, querida".
"Oh, ¿por qué dices eso?"
"Querida, ¡adiós.. .adiós!"



Katherine Mansfield


(Traducción de Antonio Bonanno)


Katherine Mansfield (Kathleen Beauchamp; Wellington, 1888 - Fontainebleau, 1923). Narradora neozelandesa que cultivó la novela corta y el cuento breve, convirtiéndose en una de las autoras más representativas del género. A pesar de pertenecer cronológicamente al grupo constituido por J. Joyce, D. H. Lawrence, E. M. Foster y V. Woolf, quienes liquidaron el conformismo victoriano sobre las pautas trazadas por el Lord Jim de J. Conrad, Mansfield representa un caso aparte en la literatura anglosajona de la época, pues como el ruso A. Chéjov supo captar la sutileza del comportamiento humano. Pasó la mayor parte de su infancia en Yarori, pequeña ciudad situada no lejos de Wellington, y a los catorce años fue enviada a Inglaterra, donde frecuentó el Queen's College de Londres. Luego volvió, en 1906, a Nueva Zelanda. Ya cuando niña empezó a manifestar un talento vivo y la conciencia de una libertad moral que habían de imprimir en su obra narrativa el sello de una profunda originalidad. Después de haber permanecido en el hogar durante dos años, obtuvo de su padre una modesta asignación que le permitió residir de nuevo en Londres, siquiera pobremente. En 1909 contrajo matrimonio con George Bowden, de quien muy pronto se divorciaría, y dos años más tarde publicó su primer libro de narraciones, In a German Pension (1911), revelador de una personalidad compleja y de difícil definición, así como de un estilo original en el que se advierten acusadas influencias de Chejov. Las sucesivas colecciones de cuentos, Felicidad (1921), Garden-Party (1922), La casa de muñecas (1922) y El nido de palomas y otros cuentos (1923), la impusieron rápidamente a la atención de la crítica y del público como uno de los mayores talentos narrativos de la época. En 1918 se unió al célebre crítico inglés John Middleton Murry, que escribiría una de sus más cariñosas biografías (1949); sin embargo, este vínculo resultó asimismo tempestuoso, y conoció frecuentes y prolongadas separaciones.
El DIARIO es una recopilación, a modo de collage, ordenado y publicado por Middleton Murry, luego de la muerte prematura (a los 35 años) de su mujer y como un medio de hacer realidad uno de sus deseos más queridos: la realización de una especie de carnet de apuntes de su vida. Mansfield no sólo escribía en su diario los acontecimientos de su vida, sino que también lo utilizaba como ensayo o esbozo de sus relatos cortos.

(1) La entrada que publicamos corresponde a una noche de octubre de 1915 y la nota inicial fue escrita por Murry.


IMAGENpágina del Diario de Katherine Mansfiel del 6 de septiembre de 1911)



jueves, 17 de julio de 2008

MARIPOSAS















En el medio de nuestros platos de potaje
había pintada una mariposa azul
y cada mañana jugábamos a quién llegaba primero a la mariposa.
Entonces la abuela decía: 'No coman a la pobre mariposa'.
Eso nos hacía reír.
ella siempre lo decía y siempre nos hacía reír.
Parecía un pequeño chiste tan dulce.
Yo estaba segura de que una hermosa mañana
las mariposas saldrían volando de nuestro platos
soltando la risita más diminuta del mundo
y se posarían en el gorro de la abuela.


Katherine Mansfield

(Traducción de Mirta Rosenberg y Daniel Samoilovich)
BUTTERFLIES


In the middle of our porridge plates
There was a blue butterfly painted
And each morning we tried who should reach the butterfly first
Then the Grandmother said: 'Do not eat the poor butterfly'.
That made us laugh.
Always she said it and always it started us laughing.
It seemed such a sweet little joke.
I was certain that one fine morning
The butterflies would fly out of the plates
Laughing the teeniest laugh in the world
And perch on the Grandmother's cap.

Katherine Mansfield (Kathleen Beauchamp; Wellington, 1888 - Fontainebleau, 1923). Narradora neozelandesa que cultivó la novela corta y el cuento breve, convirtiéndose en una de las autoras más representativas del género. A pesar de pertenecer cronológicamente al grupo constituido por J. Joyce, D. H. Lawrence, E. M. Foster y V. Woolf, quienes liquidaron el conformismo victoriano sobre las pautas trazadas por el Lord Jim de J. Conrad, Mansfield representa un caso aparte en la literatura anglosajona de la época, pues como el ruso A. Chéjov supo captar la sutileza del comportamiento humano. Pasó la mayor parte de su infancia en Yarori, pequeña ciudad situada no lejos de Wellington, y a los catorce años fue enviada a Inglaterra, donde frecuentó el Queen's College de Londres. Luego volvió, en 1906, a Nueva Zelanda. Ya cuando niña empezó a manifestar un talento vivo y la conciencia de una libertad moral que habían de imprimir en su obra narrativa el sello de una profunda originalidad. Después de haber permanecido en el hogar durante dos años, obtuvo de su padre una modesta asignación que le permitió residir de nuevo en Londres, siquiera pobremente. En 1909 contrajo matrimonio con George Bowden, de quien muy pronto se divorciaría, y dos años más tarde publicó su primer libro de narraciones, In a German Pension (1911), revelador de una personalidad compleja y de difícil definición, así como de un estilo original en el que se advierten acusadas influencias de Chejov. Las sucesivas colecciones de cuentos, Felicidad (1921), Garden-Party (1922), La casa de muñecas (1922) y El nido de palomas y otros cuentos (1923), la impusieron rápidamente a la atención de la crítica y del público como uno de los mayores talentos narrativos de la época. En 1918 se unió al célebre crítico inglés John Middleton Murry, que escribiría una de sus más cariñosas biografías (1949); sin embargo, este vínculo resultó asimismo tempestuoso, y conoció frecuentes y prolongadas separaciones. Escribió casi toda su poesía con un deseo de expresión y juego, sin mayores correcciones.


EL ENCUENTRO





















Empezamos a hablar —

Nos miramos; dejamos de mirarnos —
Las lágrimas subían a mis ojos
pero no podía llorar
deseaba tomar tu mano
pero mi mano temblaba.
No dejabas de contar los días que faltaban
para nuestro próximo encuentro
pero las dos sentíamos en el corazón
que nos separábamos para siempre.
El tictac del relojito llenaba la habitación en calma —
Escucha, dije, es tan fuerte
como el galope de un caballo en un camino solitario.
Así de fuerte — un caballo galopando en la noche.
Me hiciste callar en tus brazos —
pero el sonido del reloj ahogó el latido de nuestros corazones.
Dijiste 'No puedo irme: todo lo que vive de mí
está aquí para siempre'.
Después te fuiste.
El mundo cambió. El ruido del reloj se hizo más débil
se fue perdiendo -se tornó minúsculo-
Susurré en la oscuridad: 'Moriré si se detiene'.


Katherine Mansfield (Nueva Zelanda; Wellington, 1888 - Fontainebleau, 1923)

(Traducción de Mirta Rosenberg y Daniel Samoilovich)
THE MEETING

We started speaking —
Looked at each other; then turned away —
The tears kept rising to my eyes
But I could not weep
I wanted to take your hand
But my hand trembled.
You kept counting the days
Before we should meet again
But both of us felt in our heart
That we parted for ever and ever.
The ticking of the little clock filled the quiet room-
Listen I said; it is so loud
Like a horse galloping on a lonely road.
As loud as that — a horse galloping past in the night.
You shut me up in your arms —
But the sound of the clock stifled our hearts' beating.
You said 'I cannot go: all that is living of me
Is here for ever and ever'.
Then you went.
The world changed. The sound of the clock grew fainter
Dwindled away — became a minute thing —
I whispered in the darkness: 'If it stops, I shall die'.



TÉ DE MANZANILLA















Afuera el cielo está encendido de estrellas

un hueco bramido llega del mar
¡Y qué pena las pequeñas flores del almendro!
El viento estremece el almendro.

Nunca imaginé un año atrás
en aquella horrible casucha en la ladera
que Bogey y yo estaríamos sentados así
tomando una taza de té de manzanilla.

Leves como plumas vuelan las brujas
el cuerno de la luna es fácil de ver
sobre una luciérnaga debajo de un junquillo
un duende tuesta una abeja.

Podríamos tener cinco o cincuenta años
¡Estamos tan cómodos, juiciosos, cercanos!
Bajo la mesa de la cocina
la rodilla de Jack oprime la mía.

Pero los postigos están cerrados el fuego está bajo
gotea la canilla con suavidad
las sombras de la olla en la pared
son negras y redondas y fáciles de ver.



Katherine Mansfield (Nueva Zelanda; Wellington, 1888 - Fontainebleau, 1923)

(Traducción de Mirta Rosenberg y Daniel Samoilovich)
CAMOMILE TEA


Outside tge sky is light with stars
There's a hollow roaring from the sea
And alas for the little almond flowers!
The wind is shaking the almond tree.

How little I thought a year ago
In that horrible cottage upon the Lee
That Bogey and I should be sitting so
And sipping a cup of camomile tea.

Light as feathers the witches fly
The horn of the moon is plain to see.
By a firefly under a jonquil flower
A goblin is toasting a bumble-bee.

We might be fifty we might be five
So snug so compact so wise are we!
Under the kitchen table leg
Mi knee is pressing against Jack's knee.

But our shutters are shut the fire is low
The tap is dripping peacefully
The saucepan shadows on the wall
Are black and round and plain to see.