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domingo, 19 de febrero de 2017

TAL VEZ NO IMPORTE TANTO







































Tal vez no importe tanto,
tu cara se borra sola.
Hay muchas caras en mi vida
que viven borradas
quién sabe hasta cuándo.
Se han borrado poco a poco,
pero en el momento menos esperado,
y a veces en el menos indicado,
vuelven a aparecer por un brevísimo instante
para sumergirse enseguida
en el “¿Dónde estarás ahora?”
con un intenso sobresalto
de mi parte…
Hay días mucho más chicos que otros.
Y hay días muertos,
descolgados,
inútiles,
días que crecen y mueren sin esperanza.
El rostro borrado aparece de pronto
y es, al mismo tiempo,el mismo
y otro,
siempre dispuesto a borrarse
para aparecer otra vez
pero, ¿cuándo?
La música corre como el agua
pero se borra en el aire.
Es difícil acordarse de invierno
en verano
y del verano en invierno,
evocar una melodía remota
a la deriva en el tiempo pasado.
es difícil salvar del olvido
un rostro, una cara
que se ha borrado
y que aparece
el día y el momento menos pensado.
Si uno pudiera manejar la cosa,
Es decir matar definitivamente ese rostro en la memoria,
o evocarlo a voluntad,
todo sería distinto.
El vientito del despecho
ha lijado los relieves,
los ímites de la superficie recortada,
de los diferentes rostros de Ella.
Uno se salva de a ratos
pero en el momento inesperado…
Ella aparece con un rostro olvidado
que enseguida desaparece, etc. etc.
La cara, el recorte amoroso…
mas no el cuerpo
(el cuerpo decapitado
del rostro borrado).
Tal es el trabajo de salvación
por el momento:
evocar a voluntad
o borrar para siempre
Incluso borrar el recuerdo
de haber borrado un rostro,
o todos los sucesivos rostros de Ella.
Cuando un rostro comienza a borrarse
(y por lo visto estoy diciendo rostro y no cara
porque rostro tiene más relieve que cara)
ojo, me digo, porque si los ojos de Ella se borran
algo comienza a terminarse
o algo, también, comienza a secas.
Es el comienzo de un nuevo rostro
que tal vez se borrará a su turno
y así sucesivamente.
Y lo de los rostros también se extiende a los lugares
que permanecen borrados
para reaparecer un instante de cualquier día,
no elegido,
y todos los días hay instantes que nacen y mueren vacíos.




Ricardo Zelarayán 




Ricardo Zelarayán (Argentina, Paraná, Entre Ríos,  1922 — Buenos Aires, 2010).Estudió Medicina en Buenos Aires carrera que más adelante abandonó para trabajar como corrector de una editorial. Trabajó como traductor y periodista. En 1973 fue colaborador de la revista Literal. Es autor de La obsesión del espacio, Poesía, 1973, Traveseando, cuentos infantiles, 1984, La piel del caballo, novela, 1986, Roña criolla, poesía 1991 y Lata peinada, novela, 2008, En Ahora o nunca se reunió su poesía, en 2009.




lunes, 15 de octubre de 2012

QUINCE MINUTOS DESPUÉS





















A Celia, siempre

Estaba ordenando las cosas para salir...

Y mientras ordenaba mis cosas
veía al lobo,
al lobo que fui
y no sé si al lobo que seré...
La palabra "cinzas",
una palabra en una canción de Wilson Simonal
me atrae...
Una palabra que no puede traducirse como cenizas, en castellano.
Una palabra que resplandece como los ojos de los gatos en la
oscuridad.
O los faros de los coches en una ruta pavimentada,
cuando la noche se hace madrugada
entre Córdoba y Villa María.
Salí de mi casa para verte,
con todas esas cosas en la cabeza...
lobo aullando junto a la "cinza" resplandeciente...
ojos de gato gato en la oscuridad,
faros de coches sonámbulos que se acercan y se alejan de
Córdoba.
Y llegué quince minutos después...
No quisiste hablar.
"Ya se me va a pasar", dijiste.
Y durante un tiempo largo nos miramos en silencio.
El plato vacío,
el tuyo y el mío,
eran más blancos que nunca.
Y después vino el pedido.
¡A llenar el plato!
¡Tu plato y el mío!
Y empezaste a hablar...
¡Y hablamos!
Después de comer, un paseo.
El sol no estaba...
pero en ese momento, qué importancia tenía?
Yo me sentía un inmenso pancito de azúcar
rodeado de árboles muy verdes.
Los trenes que pasaban a lo lejos
eran un poco tus caricias tímidas,
tus miradas...
Un perro trataba de jugar al fútbol
con dos chicos.
Un avioncito con motor giraba y giraba.
El paseo, el descanso, era un vuelo.
Y después el cine.
Un cine de domingo nublado.
Un cine de madera blanca
donde la película, buena y todo,
al fin y al cabo,
fue lo de menos.
Después salimos.
Nos bastaban apenas
unas pocas palabras.
Y después...
Después siempre.
Pero yo recuerdo.


 


Ricardo Zelarrayán (Argentina, Paraná, Entre Ríos, 1940- Buenos Aires,2010)




IMAGEN: Lara Harris, Fotografía (1988), de Robert Mapplethorpe.


martes, 20 de julio de 2010

SOMBRA QUIETA




















Una plancha se detuvo junto a un árbol y del suelo brotó una
lluvia de transitores.
Nosotros también nos detenemos, y a veces un poco deslumbrados
nos vamos por ahí... tambaleantes.
Pero la cosa recomienza, y siempre volvemos a ser lo que éramos.
El mobiliario se completa.
Lo que no quiere decir que la silla vuelva a llevarse bien con
la mesa.
Habrá que ver lo que es seguir... Pero que siga, que siga...
sin detenerse.
Y cuando comienza uno a abanicarse a grandes rasgos,
sin sentarse en una silla,
el suelo comienza a anegarse
y se termina por encontrar una rueda de esas en un rincón,
completamente knockout.
Momentos después la rueda recomienza
y hay viento por ahí.
Un viento que acomoda las últimas migajas
(¿por qué habrá siempre últimas, me preguntaba los días pasados
que siempre hay?)
La quiebra del pavimento,
la quiebra de los talones,
la quiebra de las agujas y de los pelos,
de las grúas y de los bancos de la plaza,
tiene que ver con los paraguas que flotan a la deriva
o con los humos que brotan interminablemente de las orejas gastadas.
Una oreja sepulta caballos.
Los cabellos sepultan caballos.
Los caballos insepultos son todos orejeros.
Las orejas se acomodan pero ya no se estacionan durante años en un rostro.
Oreja de plaza,
paraguas insepulto,
rueda demoledora...
Hubo que hacerse un lugarcito y esperar.
La conversación lateral crecía y los rostros se abordaban salvajemente.
Una almohada de cabellos.
Una almohada de caballos.
Orejas por el suelo,
rodillas en la tierra,
y todos los rinconcitos reservados para otras miradas.
Hoy me pregunto por qué de todos lados se vienen caballos
traídos de los pelos o de los cabellos.
Y el porqué de tantos andenes sin rostro definido
para colgarse de cualquier lado.
Una vez fueron tres
y no hubo palacios sino calles zancudas,
y cómo se zancudían
en cualquier sector de cabello
o de espejo incontenible.
¿Por qué contener el agua?
¿Por qué la llama acentuaba su relieve para declinar
y caer en un embudo?
Había que enroscar los cables de las miradas.
!Y pase otro más al frente!
Un frente sin perfil,
un filo iluminado para los que buscan asirse de los bordes.
Ojos vacíos, ventanas vacías y vendaval.
Hay un viejo asunto de cajones
y de muelas del viento.
Un centenar de antenas dopadas
hacen brotar sus frutos por todas partes.
Pero si hay partes no pueden ser todas para asomarse
detrás de una loma,
de debajo del agua,
detrás de una puerta
o simplemente detrás de los párpados.



Ricardo Zelarrayán (Argentina, Paraná, Entre Ríos, 1940- Buenos Aires,2010)



IMAGEN: Pintura de Tomás Espina. 



viernes, 2 de enero de 2009

LATA PEINADA



Fragmento 11


Una sombra al galope, como relámpago carbonizado, retumba en el monte y al llegar al primer descampado se hace tromba de polvo. Los cinco hombres que andan con perros buscando algo en la oscuridad pegan un salto, se persignan, y la perrada se les raja por el primer despeñadero, atraída como por un imán por aquella sombra fugaz. Cuando los hombres quieren acordarse, ya los perros ni se ven ni se oyen, metidos como van en la polvareda. Perro que no ladra, pila sin linterna. Ciegos de golpe, los hombres ya no reconocen el monte de noche. Discuten, se pelean, se dispersan, se pierden... Después, muertos de miedo, arrepentiditos, los hombres de pelo en pecho se buscan como maricas... ¡Allá ellos! En cambio, chocando los árboles, revolcándose en la maleza a la atropellada, cuerpeándoles a los tunales, los perros, siempre juntos, persiguen sin parar la sombra aquella que vuelve a meterse en el monte. Un rato más en la espesura y la sombra entra en otro descampado, con la nube de polvo atrás. ¡Tum, tum, tum, tum, tum!... Desde su rancho en un caserío, don Abdón, peluquero, sacamuelas y manosanta, abre una boca enorme con relucientes dientes de oro. Don Abdón Amarilla, noventa años, cierra lentamente la boca dándose tiempo para pensar. "¡Ah!", gruñe al final... "¡El alma mula va a buscar la tormenta que se avecina! ¡Seguro!... Pero... ¿dónde se ha visto perros persiguiendo al alma mula? ¡Esa perrada es gringa o es cosa del Diablo equivocado! ¡Eso no se ha visto nunca!..." Y cuando se entera que casi todos los perros del caserío, hasta los suyos, se han largado a su vez a correr a esa perrada loca que persigue al alma mula, se agarra la cabeza... "¡Algo debe andar pasando en el mundo! ¡Yo ya no entiendo nada!"
Los perros delanteros, los perros de los hombres que ahora se andan buscando en medio del monte y la noche cerrada, han llegado a un claro en un algarrobal, iluminado por la luna con halo, y se detienen en seco, aterrados al ver moverse lentamente por el suelo la sombra sin cuerpo del alma mula. Pero enseguida reaccionan y se abalanzan desesperados sobre la sombra sin cuerpo, resueltos a todo... La boca se les llena de sangre al morder... Debajo de la sombra hay yuyos... Debajo de los yuyos el suelo es un hueso imposible de roer... Hasta que la luna se esconde y la sombra movediza que no huele a nada se confunde con las otras sombras. Los perros, desorientados, no tienen otra que atacarse entre ellos hasta que se les viene encima como una tromba la perrada infinita que han venido arrastrando detrás de ellos durante leguas... ¡Atronadora pelea! ¡Sálvese quien pueda! Enseguida la tormenta de la madrugada moja perros a granel. La lluvia amaina luego con las primeras luces y todos en paz. La enorme jauría magullada y mojada se endereza en orden sin el menor ladrido y, a trote liviano y regular, avanza en dirección noreste. Doce leguas más arriba, don Liborio Luna, el santón, sentado en la oscuridad a la intemperie levanta los brazos con las palmas vueltas hacia el sudoeste hasta que sale el sol.




Ricardo Zelarrayán (Argentina, Entre Ríos, Paraná, 1940)


.

LEER MÁS poemas, biocrítica y Posfacio con deudas, aquí.



La literatura















El placer de leer, el placer de escribir y de crear, el placer de hablar por hablar o el deseo contra (o sobre o alrededor de) la necesidad, es decir:

La Literatura

1. Todo lo que no sea "Alcanzame la ropa" o "Prohibido fumar" o "Presentarse con documentos de 9 a 13" o "Camine tres cuadras y en Callao se toma el 60", es decir, todo lo que no sea pedido u orden dictada por la necesidad de supervivencia o por razones de orden, seguridad o arbitrariedad, se llama literatura. Como la literatura contraviene la necesidad inmediata, conviene definirla de entrada por lo que no es.
2. Por lo tanto, la literatura sería la creación dictada por el placer o, si se prefiere una metáfora, la hija del deseo. O sea, lo que supera, excede o infringe la orden o el orden, o la voz de la necesidad. En otras palabras, el deseo de crear un momento, un tiempo que supere, contravenga o se escape del tiempo utilitario.
3. En síntesis, la literatura la hacen todos sin distinción, en cualquier momento, dentro y fuera de la página, buena o mala, oral o escrita, no interesa. La literatura ha existido antes de la escritura y seguirá existiendo también fuera de ella.



Lenguajes

1. A diferencia de la música, la literatura usa el mismo lenguaje de la necesidad, pero lo usa de otra manera, en un tiempo diferente del de pedir pan para saciar el hambre o una frazada para protegernos del frío. La más pequeña infracción a esa forma mendicante o policial de la comunicación es el germen o el comienzo de la literatura o, si se prefiere, de la poética: todas las artes.
2. Las artes plásticas usan su propio lenguaje, precursor de la escritura, y apartado de ella a condición de representar la realidad "tal cual es", la inmediata, la de la necesidad. La pintura, es cierto, ya ha infringido esa imposición. Pero la música nunca ha podido representar esa realidad, aunque se lo proponga. El lenguaje musical tiene sentido por sí mismo. No fue inventado para representar sino para gozar o para la comunión o relación con el más allá, es decir, con lo que no está en el tiempo utilitario de la comunicación por razones de necesidad, orden, seguridad.
3. En suma, todas las artes (salvo la música) con lenguaje compartido o no, fueron creadas o forzadas a representar la realidad, olvidando o ignorando, menos mal, que la realidad sólo existe a través del lenguaje. Al menos para nosotros, la realidad comenzó cuando alguien pudo articular o expresar en un lenguaje elemental y comunicarse con otro para decirle algo así como "¡mirá eso!" o algo aún más primitivo.



La literatura-Iiteratura o la desacralización

1. Las literaturas orales históricas: Homero, Sócrates y los presocráticos, Cristo, Mahoma, El Khabir, etc., terminaron en libros sagrados o profanos. La literatura oral paranoica, la del orden y la seguridad en nombre de la supervivencia y la necesidad, terminó también en libros directa o indirectamente, consciente; o inconscientemente, al servicio del poder. La Historia misma se ha escrito y se escribirá para justificar un sistema de poder.
2. La literatura-Iiteratura, creación occidental, europea para más datos, es el resultado de una desacralización. De los emisarios de los dioses de la creación colectiva y anónima se pasa al autor-individuo. Así, emancipando al lenguaje del contexto, se llega a la institucionalización de la literatura. Lo que en un principio se decía o se recordaba en verso, precisamente para acordarse mejor porque no había libros: sagas, leyendas, epopeyas, romans, etc., da lugar, con el transcurso de los siglos y con la aparición del libro, a los géneros literarios actuales.

El habla cotidiana se expresa en verso —no rimado, desde luego— que generalmente se rige por la respiración y es frecuentemente octosilábico. La prosa o narrativa rompe con el lenguaje oral cotidiano y puede contravenir libremente la respiración porque está escrita y, por lo tanto y además, ya no necesita de la memoria colectiva. No olvidar que la prosa nace con la escritura y con el libro. Desde entonces se supone que la vida, que la realidad, es "prosaica", es decir, que está más cerca de lo real, que es más verdadera que la poesía, descendiente directa de la literatura oral.





Ricardo Zelarrayán (Argentina, Paraná, Entre Ríos, 1940- Buenos Aires,2010)


FRESCA




El que se escapa termina solo. Días, a la larga dentelladas, y


el aire no se tiñe como el agua.



Nada pasa de largo y nadie se aguanta tampoco. Traicionera canción

de piedras que se desmoronan. Vaya canto a la soledad. Humo

negro en noche aún más negra que borrachea en el tiempo, sola

al fin, suelta y olvidada como una noche cualquiera.



Se siente en los tobillos, el sueño, el humo, tiempo, hace pasar

los trenes, las carretas lentas, culebras, babosas, lombrices

ciegas.



Las distancias cortas de los cabellos que pudieron escaparse de

la piedra traída de los pelos y de la maldición dicha sin ganas,

estropeada y cariada.



No más ilusiones perpetuamente iluminadas por el sol. La

siesta aplana. El filo es filo.



El cuerpo…o se quiebra o se queda. Aplastado ahí nomás.

Cálculo o maldición no alcanzan a salir de boca e’bagre

apestado.



Sonrisa, un humo de tantos sobre un vértigo de borrachera y el

humo rápido.



Guiñada oscura de los ojos cobardones. Grito blando. Y ni

aguja ni aguijón suicida

Cuerpo de puro salto, gritito, cuerpo blandito. Mordida sin

pausa, serrucho melodiando siempre.



Traición merodea, traición melodea, traición empuja a pura

uña. Y queda el arranque nomás. El arranque de motor

todo. Borrar, pasar el trapo alegremente entre la serenata

de los sapos y el humo silencioso sobre el agua.



La fresca al fin, a fresca. La flor que no se horca nunca.



Ricardo Zelarrayán (Argentina, Paraná, Entre Ríos, 1940- Buenos Aires,2010)




miércoles, 23 de julio de 2008

LA GRAN SALINA





La locomotora ilumina la sal inmensa,
los bloques de sal de los costados,
los yuyos mezclados con sal que crecen entre las vías.
Yo vacilo…
y callo…
porque estoy pensando en los trenes de carga
que pasan de noche por la Gran Salina.
La palabra misterio hay que aplastarla
como se aplasta una pulga,
entre los dos pulgares.
La palabra misterio ya no explica nada.
(El misterio no es nada y la nada no se explica por sí misma.)
Habría que reemplazar la palabra misterio
(al menos por hoy, al menos por este “poema”)
por lo que yo siento cuando pienso en los trenes de carga
que pasan de noche por la Gran Salina.
La pera trepida en el plato.
La miel se despereza en el frasco cerrado,
para desesperación de las moscas que la
[acechan posadas en el vidrio.
Pero yo no me explico
y hasta ahora nadie ha podido explicarme
por qué me sorprendo pensando
en la Gran Salina.
El hombre de chaleco del salón comedor
se ha quitado los anteojos.
Los anteojos trepidan sobre el mantel de la mesa tendida.
Todo trepida,
todo se estremece,
en el tren que pasa a mediodía por la Gran Salina.
Yo me he sorprendido mirando
la sombra del avión que pasa por la Gran Salina.
Pero eso no explica nada.
Es como una gota que se evapora enseguida.
Hay que distraerse, dicen.
Hay que distraerse mirando y recordando
para tapar el sueño
de la Gran Salina.
Un piano colgado como una araña del hilo
se ha detenido entre los pisos doce y trece…
Un camión pasa cargado de ventiladores de pie
que mueven alegremente sus hélices.
En 1948, en Salta,
fuimos a cazar vizcachas y ranas,
la conversación se apagó con el fuego del asado,
abrumados como estábamos por el cielo negro y estrellado.
Nerviosamente encendíamos y apagábamos las linternas
hasta quedarnos sin pilas.
Tampoco puedo explicarme por qué sueño con pilas de linternas,
con pilas para radios a transistores.
Ni por qué sueño con lamparitas de luz,
delicadamente guardadas en sus cajas respectivas.
Ni por qué me sorprendo mirando el filamento roto
de una lamparita quemada.
Nunca he visto…
nunca he podido imaginarme
la lluvia cayendo sobre la Gran Salina.
Yo no tengo objetivos pero me gusta objetivar.
Desde chico intenté cortar una gota de agua en dos
(con una tijera).
Aún hoy intento,
apartando las cosas de la mesa
o ahuyentando amigos,
imitar, imaginarme, la lluvia sobre la Gran Salina.
Tomo una plancha caliente y le salpico gotas de agua.
Pero aunque pueda imaginarme todo,
nunca podré imaginarme
el olor a salina mojada.
Anoche llegué a mi casa a las tres de la mañana.
En la oscuridad tropecé con un mueble…
y allí nomás me quedé pensando
en lo que no quería pensar…
en lo que creía bien olvidado!
Pero en realidad me estaba escapando
del sueño estremecedor de la Gran Salina.
Y ahora me interrogo a mí mismo
como si estuviera preso y declarara:
“La Gran Salina o Salina Grande
está situada al norte de Córdoba,
cerca (o adentro, no recuerdo)
del límite con Santiago del Estero.”
Estoy mirando el mapa…
pero esto no explica nada.
La caja de fósforo queda vacía
a las cuatro de la mañana
y yo me palpo a mí mismo, desesperado,
con el cigarrillo en la boca…
Habría que inventar el fuego, pensarían algunos.
Yo en cambio pienso en los reflejos del tren
que pasa de noche junto al río Salado.
No puedo dormir cuando viajando de noche
sé que tengo a mi derecha el río Salado.
Pero aún así sigo escapando del gran misterio…
del misterio de la sal inagotable de la Gran Salina.
Recuerdo cuando arrojábamos impunemente naranjas chupadas
al espejo ciego y enceguecedor de la Gran Salina.
(A la siesta, cuando la resolana enceguece más que el sol.)
Esperábamos llegar a Tucumán a las siete
y a las dos de la tarde tuvimos que cambiar una rueda
junto a la Gran Salina.
Un diario volaba por el aire…
el sol calcinaba las arrugadas noticias del mundo
del diario que caía sobre la Gran Salina.
Y vi pasar varios trenes
y hasta un jet…
Los pasajeros de los Caravelle
o de los Bac One-eleven,
no saben que esa mancha azulada,
que a lo mejor están viendo en este mismo momento,
desde ocho mil metros de altura,
esa mancha azulada que permanece durante escasos minutos,
es la Gran Salina,
la Salina Grande.
Pero el jet anda muy alto.
La Gran Salina no conoce su sombra que pasa.
Los pasajeros del jet duermen…
se sienten muy seguros.
En el jet no hay paracaídas
Los jets no caen. Explotan.
Hace unos años,
un avión que no era un jet volaba, creo, sobre Santa Fe.
De pronto se abrió una puerta
y una camarera tuvo que obedecer calladita
las sagradas leyes de la física,
y demostrar su inequívoco apego a la ley de la gravedad.
Una ley dura como las piedras metidas en la boca de Demóstenes
que, según dicen, hablaba mucho.
Aquí hay que hacer un minuto de silencio.
Primero por la dócil camarera sin cama del avión.
Después, por las palabras muertas,
muertas por no decir nada…
misterio, por ejemplo,
que sirve para no explicar lo inexplicable,
lo que yo siento cuando pienso en la Gran Salina,
lo que traté de no pensar un día que caminaba por la Gran Salina
tratando de distraerme y de no pensar dónde estaba,
escuchando una canción de Leo Dan
que pasaba LV12 Radio Aconquija
y el Concierto en sol de Ravel por la filial de Radio Nacional.
¿Qué pensaría Ravel, el finado,
si caminara como yo en ese momento
por la Gran Salina?
Ravel, púdico sentimental,
te imagino tocando el piano que hoy vi colgado
entre el piso 12 y el piso 13.
Sí, pobre Ravel de 1932
con un tumor en la cabeza que ya no lo dejaba componer.
Ravel tocando solo,
de noche (pero eso sí, absolutamente solo)
los “Valses nobles y sentimentales” en medio de la Gran Salina.
Días pasados fui al Hospital.
Hace años yo andaba por allí,
despreocupado y con mi guardapolvo blanco
Pero ahora, de simple paciente,
sentí el ruidito angustioso
¡Trank!
de la máquina de hacer radiografías.
¡Y que pase otro! gritó el enfermero.
Pero el otro no podrá explicarme
por qué tengo sed,
por qué voy detrás del agua cautiva de la botella
y de la sal capturada en el salero,
yo, tan luego yo,
capturado en el sueño de la Gran Salina.
Un amigo, alto funcionario estatal,
me ofreció su pase libre para viajar por todo el país.
Total, me dijo, es un pase innominado,
cualquiera lo puede usar…
si se lo presto.
El pase sin nombre me deslumbró
como la marca de la cubierta que leí y releí
cuando cambiábamos la rueda junto a la Gran Salina.
Pero después pensé en Tucumán
(mi segunda provincia)
y en las vértebras azules del Aconquija
horadando las nubes blancas.
Ahora me entero que mi amigo,
el del pase sin nombre,
se separó de la mujer.
Aquí me callo…
Pero el silencio me hace pensar ahora
en lo que no quise pensar cuando miré el pase
[sin nombre que me ofrecían,
en lo que dejé de pensar hace un momento…
cuando vi pasar el ascensor con una mujer silenciosa
que no me quiso llevar.
Olvidemos el ascensor pedido
y pensemos de nuevo, de frente, en la sal
(cloruro de sodio)
y en el misterio…
Pero como nada es misterio
hagamos una traducción de apuro:
miss Terio
o miss Tedio
o chica rodeada de teros asustados
o algo por el estilo.
Pero no hay distracción que valga.
El ayudante de cocina del vagón comedor
se rasca la cabeza de tanto en tanto
pero sigue pelando papas sin distraerse
en el tren que se acerca a la Gran Salina.
Y el ascensor perdido con la mujer silenciosa
sigue recorriendo kilómetros entre la planta baja y el piso quince.
El sastre de enfrente que ya comió
se asoma a tomar aire con el metro colgado en el cuello.
Yo pienso en comer, como se ve…
Son exactamente las 14 horas, 8 minutos, 30 segundos.
Y también, no sé por qué,
pienso en el acorazado de bolsillo Graf Spee
que en los comienzos de la última guerra
se suicidó antes que su capitán
frente a Punta del Este.
El Graf Spee yace a treinta metros de profundidad.
Ya nadie se acuerda de él.
Ni siquiera los hombres-rana
que bajaron a explotar sus entrañas.
Pero hasta los hombres-rana
salen a comer a mediodía.
Y a veces, para comer,
sólo se quitan las antiparras y los tubos de oxígeno.
Todavía hay gente que se asombra viendo comer a esos hombres
con patas de rana.
Los hombres-rana reclaman al mozo la sal que se olvidó!
¡Dale!...¡Dale!
Hoy almuerzo con amigos
(si es que no se fueron).
Miraré de costado la sal y pediré pimienta en vez,
porque tengo miedo de quedarme callado,
ya se sabe por qué.
No quiero quedarme callado
ni distraerme,
ya se sabe por qué.
En realidad no se sabe nada
del sueño de las pilas,
de la lluvia sobre la sal,
de la chica del ascensor,
del sastre asomado con el metro colgado
o del tren que pasa de noche indiferente
junto a lo que ya se sabe
y no se sabe.
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Hace años creía
que “después del almuerzo es otra cosa”…
es decir que las cosas son otras
después del almuerzo.
Este poema (llamémosle así),
partido en dos por el almuerzo
y reanudado después, me contradice.
No comí postre
¡Siento la boca salada!
Pero no voy a insistir.
El domingo pasado,
en caso de un amigo poeta,
conocí a un chileno novelista e izquierdista
que se fue a Pekín y que, posiblemente,
no vuelva a ver en mi vida.
Tímidamente, entre cinco porteños y un chileno izquierdista,
metí la frase de Lautréamont
que como buen franchute es uruguayo
y si es uruguayo es entrerriano.
Una frase (salada) para terminar (o interrumpir) este poema:
“Toda el agua del mar no bastaría para lavar
[una mancha de agua intelectual.”






Ricardo Zelarrayán (Argentina, Paraná, Entre Ríos, 1940- Buenos Aires,2010)


 IMAGEN: Salina, en Salta, Argentina.