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domingo, 15 de julio de 2012

Comprensión del paisaje cerebral



Un gato come paté con vidrio molido.
Mastica con fuerza inhibiendo el dolor.
Sonríe. Por detrás del horizonte
del pico montañoso de la oreja
brilla el cuchillo de una culoncita que corta
una mandarina. Todo parece coincidir:
el gato con sonrisa ensangrentada, el cuchillo
salivado de ácido naranja, el culito
ortodoxo en tiro alto transpirado
por la inflamación climática de la estufa.
Pero es sólo un orden gráfico
y en realidad la obsesión que cubre la escena
es de un fracaso total: ningún día de invierno
van a recuperar la carnalidad del pensamiento,
el sueño adánico es visual, semejanza de los muslos
de pollo que cortaba mi abuela con tanta precisión
que la piel verrugosa cubría la herida.

Las ideas no son más que la risa de las cosas en la mente.

A la croqueta del cerebro se le descascara la fritura
con los pasos de los días que andan lentos
o se humedece  con las nabas deformes mulliditas
que anidan en el chat descafeinando la rutina
en silabeos de pericos.

Si mi especie pudiera rendirle culto al cerebro de las plantas:
ellas piensan en el aire, el aire las completa de lenguaje,
transparencia con la que se funden
a los revoques invisibles del oxígeno. 


(De Paijearse,
Colección Chapita,
2011)

Matías Heer



Matías Heer. Poeta y traductor argentino. Nació en Buenos Aires, en 1984. Aparte de sus estudios de antropología, por su fisionomía y biografía, se sospecha que es hijo del Pato Fillol. Publicó Plaza Houssay e Irrisoria complexión, en la Colección Chapita, editorial que codirige junto a Daniel Durand.




domingo, 12 de abril de 2009

INÚTIL


Mientras estoy tirado en la terraza de mi casa,
raspándome los dedos contra el suelo de concreto,
pienso en que si hubiese estudiado algo quizás
no estaría preocupándome ahora por los trabajos
no calificados en los que me voy a tener que anotar
dentro de unos meses. Sin embargo, tengo cosechados
en mi memoria 136 poemas, de algunos recuerdo
sólo los comienzos, de otros frases sueltas y muchos
completos. Pero nadie evaluó mi conocimiento y eso
complica un poco la veracidad de lo que sé
para los empleadores estatales y privados. No me arrepiento:
acumulo cosas en mi mente por placer y no pretendo
que nadie confisque mis ideas en los catálogos
estandarizados de lo que se debe o no
saber. Por otro lado, de todos mis trabajos
tengo algo que enseñar: de cuando fui cajero
cómo meterse billetes entre los dedos sin que la cámara
lo registre, de cuando cocinaba patys en la cancha
la intensidad naranja con que caía la tarde por detrás de las gradas
entre el humo fibroso del paco que fumaban
mis compañeros, de cuando fui telemarketer
como persuadir a los clientes para que te cuenten
las historias que te salvan las noches donde el fracaso
se acuesta en la cama y mira fijo como se asquean
tus dedos del cigarrillo. Ahora, que soy cadete
sé cómo llegar a cualquier parte de la ciudad, puedo armar
cualquier tipo de lámpara con los materiales más ridículos
y aprendí en detalle cada uno de los colores
de las telas de Once, poniéndoles nuevos nombres
según las torpes inclinaciones que toma la luz
en los días lluviosos, donde suelo ser uno de los pocos clientes
que se detiene a secarse las manos con la pana exhibida. Pero
nadie puede evaluar eso y, por lo tanto, no voy a encontrar
ninguna remuneración que me quite esta pobreza
de la ropa que uso hace siete años. Mejor así, mientras
más inútil sea mi conocimiento para el resto de la sociedad,
voy a poder seguir aprovechando esta terraza
y el sol enfriándose en mi cara sin que
ninguna presión de clasificación interrumpa
la vagancia de saber las indiscreciones
que me hacen sonreír cuando todo parece suspendido
y sólo mi imaginación puede activar el movimiento laico
de las molduras prehistóricas de las nubes.



(Inédito)
Matías Heer (Buenos Aires, 1984)