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martes, 27 de mayo de 2025

De: POESÍA COMPLETA (Pavese)


Trabajar cansa


Cruzar una calle para escapar de casa 
lo hace sólo un muchacho, pero este hombre que vaga 
todo el día por la calle ya no es más un muchacho 
y no escapa de casa.
                  Hay en verano
siestas en que hasta las plazas quedan vacías, tendidas 
bajo el sol que está por caer, y este hombre, que llega 
por una avenida de inútiles plantas, se detiene.
¿Vale la pena estar solo, para estar siempre más solo? 
Solamente vagar, las plazas y las calles 
están vacías. Hace falta parar a una mujer 
y hablarle y pedirle vivir juntos.
De otro modo, uno habla solo. Es por esto que a veces 
hay un borracho nocturno que comienza a parlotear 
y cuenta los proyectos de toda la vida.

No es cierto que esperando en la plaza desierta 
se encuentra a alguno, pero el que recorre las calles 
se para cada tanto. Si fueran dos, 
aun andando por la calle, la casa estaría 
donde estuviese esa mujer y valdría la pena.
A la noche, la plaza vuelve a estar desierta
y este hombre que pasa no ve las casas
tras las inútiles luces, no levanta ya los ojos:
siente sólo el empedrado que hicieron otros hombres,
de manos endurecidas como las suyas.
No es justo quedar en la plaza desierta.
Vendrá ciertamente aquella mujer por la calle 
que, si uno le pide, querrá dar una mano en la casa.



La noche

Pero la noche ventosa, la límpida noche 
que el recuerdo rozaba solamente, es remota, 
es un recuerdo. Perdura una calma atónita, 
hecha, también ella, de hojas y de nada. No queda 
de aquel tiempo de más allá del recuerdo más que un vago 
recordar.
        A veces regresa en el día, 
en la inmóvil luz del día de verano, 
aquel remoto estupor.

          Por la vacía ventana 
el chico miraba la noche sobre las colinas 
frescas y negras, y se admiraba de encontrarlas muertas: 
vaga y límpida inmovilidad. Entre las hojas 
que retrocedían en la oscuridad, aparecían las colinas 
donde todas las cosas del día, los declives 
y las plantas y las viñas, eran nítidas y muertas, 
y la vida era otra, de viento, de cielo, 
y de hojas y de nada.
           A veces regresa
en la inmóvil calma del día el recuerdo 
de aquel vivir absorto, en la luz atónita.



Gente fuera de lugar

      Demasiado mar. Ya hemos visto suficiente mar.
Al atardecer, cuando el agua se extiende pálida
y esfumada en la nada, el amigo la mira
y yo miro al amigo y no habla ninguno.
A la noche terminamos recluidos en el fondo de una taberna,
aislados en el humo, y bebemos. El amigo tiene sus sueños
(son un poco monótonos los sueños junto al rumor del mar),
donde el agua es no más que el espejo, entre una isla y otra,
de colinas, jaspeadas de flores salvajes y cascadas.
Su vino es así. Se contempla, mirando el vaso,
alzando colinas de verde sobre el mar plano.
Las colinas me van; y lo dejo hablar del mar
porque es un agua tan clara que muestra hasta las piedras.

Veo solo colinas y me colman el cielo y la tierra
con las líneas firmes de los flancos, lejanas o cercanas.
Sólo que las mías son ásperas y estriadas de viñas
fatigosas en el suelo quemado. El amigo las acepta
y las quiere vestir de flores y de frutos salvajes
para descubrirles riendo muchachas más desnudas que los frutos.
No es preciso: en mis sueños más ásperos no falta una sonrisa.
Si mañana temprano nos ponemos en camino
hacia aquellas colinas, podremos encontrar por las viñas
alguna oscura muchacha, quemada por el sol,
y, dándole charla, comerle un poco de uva.



Tienes rostro de piedra esculpida,

sangre de tierra dura,
has venido del mar.
Todo recibes y escrutas
y rechazas de ti
como el mar. En el corazón
tienes silencio, palabras
engullidas. Eres oscura.
Para ti el alba es silencio.

Y eres como las voces
de la tierra —el golpe
del balde en el pozo,
la canción del fuego,
el ruido sordo de una manzana;
las palabras resignadas
y oscuras en los umbrales,
el grito del nene —las cosas
que no suceden nunca.
Tú no cambias. Eres oscura.

Eres la bodega cerrada,
con piso de tierra
donde entró una vez
descalzo el chico
y que recuerda siempre.
Eres la habitación oscura
que se recuerda siempre,
como el patio antiguo
en que se abría el alba.



  Luces mudas alhajan de noche
los collares, en las avenidas, de las farolas.

      La larga, macerante soledad
del día vil entre las altísimas casas
se reaviva con toda mi sangre
y se pega a mis ojos hasta el cielo.
Luces blancas, en las avenidas de vértigo,
se extienden lejos, sin un sonido,
sin un ser vivo.
      Estoy solo en medio del universo
de todas estas luces.
Por todos lados sube en las avenidas 
el polvo azulino.
Los recuerdos más viles
callan por un momento.
Y el cielo deslumbrado, desaparece.

      Mañana, bajo el suicidio del sol,
retomará la vida solitaria.

(Del libro "Poesía completa",
Barnacle, 2025,
Gentileza de Alberto Cisnero)

Cesare Pavese (Italia, San Stefano Belbo, 1908-Turín, 1950)


(Traducción: Jorge Aulicino)
LAVORARE STANCA


Traversare una strada per scappare di casa 
lo fa solo un ragazzo, ma quest'uomo che gira 
tutto il giorno le strade, non è più un ragazzo 
e non scappa di casa.
                    Ci sono d'estate
pomeriggi chefino le piazze son vuote, distese 
sotto il sole che sta per calare, e quest'uomo, che giunge 
per un viale d'inutili piante, siferma.
Val la pena esser solo, per essere sempre più solo? 
Solamente girarle, le piazze e le strade 
sono vuote. Bisogna fermare una donna 
e parlarle e deciderla a vivere insieme.
Altrimenti, uno parla da solo. è questo che a volte 
c'è lo sbronzo notturno che attacca discorsi 
e racconta iprogetti di tutta la vita.

Non è certo attendendo nella piazza deserta 
che s'incontra qualcuno, ma chi gira le strade 
si sofferma ogni tanto. Se fossero in due, 
anche andando per strada, la casa sarebbe 
dove c’è quella donna e varrebbe la pena.
Nella notte la piazza ritorna deserta 
e quest'uomo, che passa, non vede le case 
tra le inutili luci, non leva più gli occhi: 
sente solo il selciato, che han fatto altri uomini 
dalle mani indurite, come sono le sue.
Non è giusto restare sulla piazza deserta.
Ci sarà certamente quella donna per strada 
che, pregata, vorrebbe dar mano alla casa.



LA NOTTE

Ma la notte ventosa, la limpida notte 
che il ricordo sfiorava soltanto, è remota
è un ricordo. Perdura una calma stupita 
fatta anchessa di foglie e di nulla. Non resta 
di quel tempo di là dai ricordi, che un vago
ricordare.
       Talvolta ritorna nel giorno 
nell immobile luce del giorno d'estate 
quel remoto stupore.

              Por la vuota finestra
il bambino guardava la notte sui colli 
freschi e neri, e stupiva di trovarli ammassati:
vaga e limpida immobilità. Fra le foglie 
che stormivano al buio, apparivano i colli 
dove tutte le cose del giorno, le coste 
e le piante e le vigne, eran nitide e morte 
e la vita era unàltra, di vento, di cielo, 
e di foglie e di nulla.

              Talvolta ritorna
nell immobile calma del giorno il ricordo 
di quel vivere assorto, nella luce stupita.



GENTE SPAESATA

     Troppo mare. Ne abbiamo veduto abbastanza di mare.
Alla sera, che l’acqua si stende slavata
e sfumata nel nulla, l’amico la fissa
e io fisso l’amico e non parla nessuno.
Nottetempo finiamo a rinchiuderci in fondo a una tampa,
isolati nel fumo, e beviamo. L’amico ha i suoi sogni
( sono un poco monotoni i sogni allo scroscio del mare )
dove l’acqua non è che lo specchio, tra un’isola e l’altra,
di colline, screziate di fiori selvaggi e cascate.
Il suo vino è cosí. Si contempla, guardando il bicchiere,
a innalzare colline di verde sul piano del mare.
Le colline mi vanno; e lo lascio parlare del mare
perché è un’acqua ben chiara, che mostra persino le pietre.

Vedo solo colline e mi riempiono il cielo e la terra
con le linee sicure dei fianchi, lontane o vicine.
Solamente, le mie sono scabre, e striate di vigne
faticose sul suolo bruciato. L’amico le accetta
e le vuole vestire di fiori e di frutti selvaggi
per scoprirvi ridendo ragazze piú nude dei frutti.
Non occorre: ai miei sogni piú scabri non manca un sorriso.
Se domani sul presto saremo in cammino
verso quelle colline, potremo incontrar per le vigne
qualche scura ragazza, annerita di sole,
e, attaccando discorso, mangiarle un po’ d’uva.



Hai viso di pietra scolpita,
sangue di terra dura,
sei venuta dal mare.
Tutto accogli e scruti
e respingi da te
come il mare. Nel cuore
hai silenzio, hai parole
inghiottite. Sei buia.
Per te l’alba è silenzio.

E sei come le voci
della terra l’urto
della secchia nel pozzo,
la canzone del fuoco,
il tonfo di una mela;
le parole rassegnate
e cupe sulle soglie,
il grido del bimbo —le cose
che non passano mai.
Tu non muti. Sei buia.

Sei la cantina chiusa,
dal battuto di terra,
dov’è entrato una volta
ch’era scalzo il bambino,
e ci ripensa sempre.
Sei la camera buia
cui si ripensa sempre,
come al cortile antico
dove s’apriva l’alba.



  Luci mute ingioiellano la notte
le collane, nei viali, dei lampioni.

     La lunga macerante solitudine
del giorno vile tra le case altissime
si riaccende di tutto il mio sangue
e mi s’aderge agli occhi fino al cielo.
Luci bianche, nei viali di vertigine,
si snodano lontano e senza un suono,
senza un essere vivo.
     Io sono solo in mezzo all’universo
di tutte queste luci.
Da ogni parte mi s’aprono nei viali 
le polveri azzurrine.
I ricordi vilissimi
tacciono per un attimo.
Ed il cielo è abbagliato, scomparso.

     Domani, sotto il suicidio del sole,
riprenderà la vita solitaria.



Pueden LEER la biografía, más poemas y textos 
en entradas anteriores del autor.



domingo, 16 de junio de 2024

Poesía juvenil 1923-1930

¡Oh, pasear con ella en la noche oscura,
ir entre las plantas y escuchar con ella
los roncos gritos que cruzan la llanura
trémulos como la luz de las estrellas!
¡Oh, permanecer en el cálido aliento
del viento, encontrar de nuevo su figura
cerca de mi cara y sentirla temblar,
sentir temblar junto a mí su boca pura!



Infinito estrellado, tú, la noche a la mente
que ansiosa dices que eres el misterio;
el día efímero te esconde de la vista,
el día que no es nada en tu inmensidad,
el día que es toda la vida del hombre.
Infinito oscuro, estrellado,
solo tu silencio entiende el hombre
y dentro de una eternidad seguirás siendo misterio;
para él, siempre un misterio.

[marzo de 1924]



Para una actriz de cine muy joven, extranjera, lejana

Te vi un día por unos instantes
y sé que nunca más podré verte.
Tú pasaste ligero delante,
alzando tu rostro lleno de dulzura,
envuelto en cabello evanescente,
lejana, tal vez incluso diferente.
Tal vez vendiste esa risa a otros,
tal vez aún la vendas, pero la sonrisa
tu sonrisa dolorosa, nunca
podré olvidarla. Sé que el tiempo
borrará la amargura de mi alma
y que nunca más te veré en mi vida,
pero soñar contigo es dulce todavía.

[20 de diciembre de 1924]



En la gran noche sólo el silencio rompe
el chirriar ronco y trémulo de los grillos.
Me envuelve la oscuridad de los árboles,
azul brilla la luna en el cielo pálido
que sobre los cerros y sobre los bosques
proyecta su luz como un ligero velo.
Ah, quién sabe qué ilumina más allá,
sobre las cumbres y más: donde los claros
se abren solitarios entre los cultivos.

[6 de julio de 1925]



En un tiempo, quizá en el mundo se cantaban otras cosas,    
pero ahora, ¿qué cantar que no sean ebriedades?
¿Ebriedades del vino, de la poesía, ebriedades del amor, 
del cigarrillo y de la renuncia?
Para mí el mundo ya no tiene pensamientos, o, si los tiene, yo solo los puedo ver como ebriedades.
Ebriedades, exaltaciones de poesía.
Incluso el llanto y el dolor, para mí, son sólo más ebriedades.
¿Qué más hubo alguna vez?
Sublimidad, lucha ideal, renuncia, sacrificio, martirio, ¿qué son sino ebriedades?
Lo único por lo que vale la pena vivir es por la ebriedad.
¿No es quizá la vida misma una sola larga lentísima ebriedad, encendida sólo a veces 
y sacudida, conmovida, por ataques más profundos y espasmódicos?



Esta noche, por un momento,
en el escenario abierto
bailaste para mí.

Entre escenas de pobre papel,
bajo las luces falsas,
en el estruendo de las notas y en la respiración
de la multitud encorvada,
sucedió por un momento
una pausa muy larga,
un escalofrío de pureza extática,
y tocaste el piso de
un cielo de aurora.

Fuiste para mí, un momento,
la ráfaga de música
que desde una puerta abierta
se lanza en torbellino
a la calle nocturna.

Por sólo un momento,
en una luz espléndida,
luego volviste a ti desnuda.

[15 de junio de 1928]

(De: "Poesía juvenil 1923-1930-Barnacle, 2024,
Envío de Alberto Cisnero)
Cesare Pavese

(Traducción: Jorge Aulicino)


Cesare Pavese (Italia; Santo Stefano Belbo, 1908 – Turín, 1950) 

Pueden LEER la biografía y más poemas en entradas anteriores del autor.



 

viernes, 17 de mayo de 2019

VENDRÁ LA MUERTE Y TENDRÁ TUS OJOS




















No hay palabra/que pueda poseerte/o contener. Recibes/como la tierra los golpes,/de ellos haces vida, aliento/que acaricia, silencio./Eres reseca, como el mar,/ como el fruto de un escollo,/y no dices palabra/y ninguno te habla.
(Fragmento)



Eres como una tierra
que nadie dijo jamás.
No esperas nada
sino la palabra
que surgirá desde el fondo
como una fruta entre las ramas.
Hay un viento que te alcanza.
Cosas secas y mortecinas
te estorban y andan en el viento.
Miembros y palabras antiguas,
tiemblas en el verano.

***

Tienes rostro de piedra esculpida,
sangre de tierra dura,
has venido del mar.
Todo recibes y escrutas
y rechazas de ti
como el mar. En el corazón
tienes silencio, palabras
engullidas. Eres oscura.
Para ti el alba es silencio.

Y eres como las voces
de la tierra -el golpe
del balde en el pozo,
la canción del fuego,
el ruido sordo de una manzana;
las palabras resignadas
y oscuras en los umbrales,
el grito del nene -las cosas
que no suceden nunca.
Tú no cambias. Eres oscura.

Eres la bodega cerrada,
con piso de tierra
donde entró una vez
descalzo el chico
y que recuerda siempre.

Eres la habitación oscura
que se recuerda siempre,
como el patio antiguo
en que se abría el alba.

***

Eres la tierra y la muerte.
Tu estación es la sombra
y el silencio. No hay cosa
viva que esté más
remota de ti que el alba.

Cuando parece que despiertas
eres solo dolor,
lo tienes en los ojos y en la sangre,
pero tú no sientes. Vives
como vive una piedra,
como la tierra dura.
Y te visten sueños
movimientos sollozos
que ignoras. El dolor,
como el agua de un lago,
teme y te circunda.
Son círculos en el agua.
Tú los dejas desvanecer.
Eres la tierra y la muerte.



Cesare Pavese


(Traducción: Jorge Aulicino, 
-Edición no bilingüe-)


Cesare Pavese. Poeta  y novelista italiano (San Stefano Belbo, 1908). Estudió filología inglesa en la universidad de Turín y, tras su licenciatura, se dedicó por completo a traducir a numerosos escritores norteamericanos, como Sherwood Anderson, Gertrude Stein, John Ernst Steinbeck y Ernest Miller Hemingway, así como a escribir crítica literaria. Fue uno de los fundadores de la editorial Einaudi, en la que permaneció como editor hasta su muerte. Sus escritos antifascistas, publicados en la revista La Cultura, lo condujeron a la cárcel, donde escribió sus propias obras. Durante la II Guerra Mundial formó parte de la Resistencia antifascista. La narrativa de Pavese trata, por lo general, de conflictos de la vida contemporánea, entre ellos la búsqueda de la propia identidad, como en La luna y las fogatas (1950), considerada como su mejor novela. En cambio, su más bello y escalofriante poema es, quizá, Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (1951). Más tarde, en el año 1957, se creó un premio literario con su nombre para honrar su memoria. Algunas de las mejores y más conmovedoras páginas de Pavese se encuentran en su diario, que fue publicado póstumamente, en 1952, bajo el título El oficio de vivir. Pavese se suicidó en una habitación de hotel de Turín después de haber recibido un premio literario por su libro El bello verano (1950); Uno de los motivos más sólidos de su suicidio es el breve romance que tuvo el poeta con la actriz estadounidense Constance Dowling (foto), al que ella le pone fin, regresando a su país; fue el segundo fracaso importante de Pavese, en sus relaciones amorosas. Pero fue Dowling la musa trágica del último libro de Pavese: Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. Unos meses antes, en el "Oficio de vivir", había escrito: "Uno no se mata por el amor a una mujer. Uno se mata porque un amor, cualquier amor nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada...En el fondo, en el fondo, ¿acaso no he apresado al vuelo esta extraordinaria aventura, esta cosa inesperada y fascinante para volver a lanzarme sobre mi viejo pensamiento, sobre mi antigua tentación: para tener un pretexto para pensar de nuevo en eso¿ Amor y muerte, esto es un arquetipo ancestral". 


IMÁGENES: Cesare Pavese y la actriz sin duda inolvidable y ya olvidada, Constance Dowling.




jueves, 16 de mayo de 2019

UNA ESTACIÓN

















Esta mujer una vez estuvo hecha de carne
fresca y sólida: cuando llevaba un chico,
se mantenía escondida y entristecía sola.
No quería mostrarse deformada por la calle.
Las otras veces (era joven y sin quererlo
hizo muchos chicos) pasaba por la calle
con un paso seguro y sabía disfrutar los momentos.
Los vestidos se hacen al viento las tardes de marzo
y se aprietan y tiemblan alrededor de las mujeres que pasan.
Su cuerpo de mujer se movía seguro en el viento
que se desvanecía y lo dejaba firme. No tuvo nunca otro bien
que ese cuerpo, que ahora está gastado, después de tantos hijos.

En las tardes de viento se expande un aroma de savias,
el aroma que tenía el cuerpo, de joven,
entre los vestidos superfluos. Un sabor de tierra mojada,
que en cada marzo regresa. También donde no hay avenidas
en la ciudad, y no llega en el sol el respiro del  viento,
su cuerpo vivía, exhalando los jugos
en fermentación , entre muros de piedra. Con el tiempo,
                                                                  /también ella,
que ha nutrido otros cuerpos, se ha estropeado y doblado.
No es lindo mirarla, ha perdido toda la fuerza;
pero, entre tantos que tuvo, una hija vuelve a pasar
por las calles, a la tarde, y a ostentar en el viento,
bajo los árboles, sólido y fresco, su cuerpo que vive.
Y hay un hijo que vaga, y sabe estar solo
y se sabe divertir solo. Pero se mira en las vidrieras,
complacido por el modo en que lleva del brazo 
 a su compañera. Le gusta, en un juego de músculos, 
arrimársela, mientras ella lucha, y besarla en el cuello.
Sobre todo le gusta, después de que ha engendrado
sobre aquel cuerpo, dejarlo entristecer y volver a sí mismo.
Una apretada lo hace solamente sonreír, y un hijo
lo haría indignarse. Lo sabe la muchacha, que espera,
y se prepara a esconder el vientre deformado
y goza con él, complaciente, y le admira la fuerza
de ese cuerpo que sirve para tantas otras cosas.



Cesare Pavese (Italia, San Stefano Belbo, 1908-Turín, 1950)


(Traducción: Jorge Aulicino, 
-Edición no bilingüe-)


IMAGEN: Savia elaborada.




martes, 14 de mayo de 2019

TRABAJAR CANSA
















ENCUENTRO

Estas duras colinas que han hecho mi cuerpo
y lo agitan con tantos recuerdos, me han abierto el prodigio
de ella, que no sabe que la vivo y no llego a comprenderla.

La encontré una noche: una mancha muy clara
bajo las estrellas ambiguas, en la neblina de verano.
Había alrededor el olor de estas colinas
más profundo que la sombra, y de repente sonó
como salida de estas colinas, una voz más limpia
y áspera a la vez, una voz de tiempos perdidos.

Alguna vez la veo, vívida delante,
definida, inmutable, como un recuerdo.
Nunca pude aferrarla: su realidad
cada vez se me escapa y me lleva lejos.
Si es bella no lo sé. Entre las mujeres es joven:
me sorprende al pensarla un recuerdo remoto
de la infancia vivida entre aquellas colinas,
tan joven es. Es como la mañana. Me anuncia en los ojos
todos los cielos lejanos de aquellas mañanas remotas.
Y tiene en los ojos un propósito firme: la luz más limpia
que haya tenido jamás el alba sobre esas colinas.

La he creado desde el fondo de todas las cosas
que me son más queridas y no llego a comprenderla.



VERANO

Hay un jardín claro, entre muros bajos,
de hierba seca y de luz, que reseca despacio
su propia tierra. Es una luz que sabe a mar.
Tú respiras esa hierba. Te tocas los cabellos
y sacudes el recuerdo.

He visto caer
muchos frutos, dulces, sobre una hierba que sé,
como un golpe en el agua. Así te sobresaltas
con el temblor de la sangre. Mueves la cabeza
como si alrededor ocurriese un prodigio de aire
y el prodigio eres tú. Tienen el mismo sabor
tus ojos y el cálido recuerdo.

Escuchas.
Las palabras que escuchas te tocan apenas.
Tienes en el rostro calmo un pensamiento claro
que parece en los hombros la luz del mar.
Tienes en el rostro un silencio que cierra el corazón,
como un golpe en el agua, y destila una pena antigua,
como el jugo de los frutos caídos entonces.



UN RECUERDO

No hay hombre que llegue a dejar una marca
sobre ella. Cuanto ha sido, se disipa en un sueño,
como la calle en una mañana, y sólo queda ella.
Si no fuese rozada la frente por un instante,
parecería perpleja. Sonríen las mejillas, cada vez.

Ni siquiera se acumulan los días
sobre su mirada para cambiar la sonrisa ligera
que irradia hacia las cosas. Con dura firmeza
hace cada cosa, pero parece siempre la primera vez;
sin embargo vive hasta el último instante. Se entreabre
su sólido cuerpo, su mirada ensimismada,
a una voz acallada y un poco ronca: una voz
de hombre cansado. Y ningún cansancio la toca.

Al mirarle la boca, entorna la mirada
esperando: ninguno osaría un arrebato.
Muchos hombres saben de su ambigua sonrisa
o de la arruga imprevista. Si hubo ese hombre
que la supo gimiente, humillada de amor,
paga día tras día, ignorando por quién
ella vive este presente.

Sonríe a solas
la sonrisa más ambigua caminando por la calle.





Cesare Pavese (Italia, San Stefano Belbo, 1908-Turín, 1950)


(Traducción: Jorge Aulicino, 
-Edición no bilingüe-)



IMAGEN: Lauren Bacall, actriz estadounidense de los años 40'.






domingo, 12 de mayo de 2019

BALLET





















Es un gigante que pasa volviéndose apenas,
cuando espera a una mujer, y no parece que espera.
Pero no lo hace a propósito: fuma, y la gente lo mira.

Cualquier mujer que va con este hombre es una nenita
que se adosa a ese cuerpo riendo, feliz y asombrada
por la gente que mira. El gigante se encamina
y la mujer es una parte de todo su cuerpo,
sólo que más viva. La mujer no importa,
cada noche es distinta, pero siempre una pequeña
que riendo contiene el culito que danza.

El gigante no quiere un culito que dance
por la calle, y pacífico lo lleva a sentarse
cada noche a ver la pelea, y la mujer contenta.
En el encuentro la mujer se aturde por los alaridos
y, mirando al gigante, vuelve a ser nena.
De los dos boxeadores se oyen los ruidos
de los saltitos y de los puños, pero parece que bailan
así desnudos y enlazados y la mujer los mira
con los ojitos y se muerde los labios contenta.
Se abandona al gigante y vuelve a ser nena:
es un placer apoyarse en una roca que ampara.
Si la mujer y el gigante se desnudan juntos
-lo harán más tarde-, el gigante parece
la placidez de una roca, una roca quemante,
y la nena, para calentarse, se aprieta a esa roca.




Cesare Pavese (Italia, San Stefano Belbo, 1908-Turín, 1950)


(Traducción: Jorge Aulicino, 
-Edición no bilingüe-)


IMAGEN: Amantes, Pintura de Egon Schiele.




viernes, 11 de noviembre de 2011

La noche

















Mas la noche ventosa, la límpida noche
que el recuerdo rozaba solamente, está remota,
es un recuerdo. Perdura una calma asombrada
hecha también de hojas y de nada. No queda,
del tiempo aquel detrás de los recuerdos, más que un vago
recordar.

Alguna vez vuelvo en el día,
entre la inmóvil luz del día de verano,
ese estupor remoto.

Por la abierta ventana
el niño contemplaba la noche entre los cerros
frescos y negros, admirado de hallarlos agrupados:
vaga y límpida inmovilidad. Entre las hojas
que susurraban en la sombra surgían colinas
donde todas las cosas del día, las costas
y las plantas y las viñas eran nítidas y muertas
y la vida era otra, de viento y de cielo,
de hojas y de nada.

Alguna vez retorna
en la quietud inmóvil del día la memoria
de ese vivir absorto, en la luz asombrada.


(De: Lavorara stanca)



Cesare Pavese (Italia, San Stefano Belbo, 1908-Turín, 1950)

(Traducción: Horacio Armani)