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lunes, 29 de septiembre de 2025

REVOLUCIÓN, DIVINO TESORO


               
 No es de mayo este aire impuro.
                     Pier Paolo Pasolini, 
             “Las cenizas de Gramsci”

Roma

Aquel impulso de cambiar la vida
“por mí, por todos”
era ya nostalgia en los sesenta
para Pasolini cuando
escribíamos sin mayúsculas
porque eran para todos las palabras.
Pero Pasolini no lloró sobre la tumba 
    de Gramsci,
ni pensó una elegía
bajo fríos árboles
y gatos en el brezo
los lejanos golpes 
de un martillo en la fragua
y las sombras 
de las arcadas romanas
tanto en San Pedro 
como en el interior robusto 
del comunismo Italiano.
Creía en la vida desnuda aún 
mocosa, vital y harapienta 
de los viejos cuentos,
maravilla y miseria, 
de Canterbury de Boccaccio y de Arabia. 
No cambiaban la vida pero la mantenían
    en un raro y fascinante equilibrio,
alzada entre cúpulas.
En vilo.

Ahora tenemos nostalgia no de la revolución
sino de cuando creíamos en ella:
una pura mecánica celeste,
marxista convicción 
y seguridad en “leyes” 
implacables de la historia,
de la voluntad, al tiempo que de la ciega
determinación de los hados hegelianos.

Llorar por lo que se creyó
no por lo que nunca se realizó
es una condena que obliga
a girar en una noria
de días y multitud y avenidas
en la tarde, en el anochecer de pájaros
apurados y bocinazos.



Arsis y tesis
         
Ah, haber llevado en el asiento 
trasero de la motoneta aquella delgada belleza 
pirenaica de delgados muslos 
fino pelo negro 
y delineados pómulos
como de aceituna pálida; una flecha
alada; un oscuro cometa,
mórbidos pechos y ausencia 
cortesana la cara, sabina raptada 
a quien mi primo despreció 
porque le sentía “olor a cuerpo”.

Ah perdidos ensueños de perfumes falsos
primos y cremas de afeitar
tornillos y bielas
aguas de colonia:

en cambio
amor por el olor corporal
el vello píceo

Vientos arrasaron aquellas ruinas
suburbanas
y sus diosas rápidas.



Vida en las ciudades

Grandes insectos de todos los colores
volaban desde el cielo, el viento
los arrojaba sediento
sobre los postigos, con los olores
de la madrugada.
Vacíos casi todos, como un océano 
de palabras sin vida, sin fuerza
que no fuera la del viento sediento
del campo, los cristales a punto de reventar,
el veterano de los fortines dijo: cada 
especie debería tener derecho a morir
con sus secretos.
Habiendo incluso vivido juntos durante décadas 
una mujer y un hombre no deberían esperar
que en el último segundo el íntimo cónyuge
del que se conocen lunares, inflamaciones, 
olores, miedo, 
diga su secreto,
porque no está en la humana naturaleza
ni en la naturaleza sin más 
propagar, promulgar, confesar
aquello que no tiene términos.
Las cenizas sean arrojadas al mar,
con ellos. Un instante fulgurarán 
sumados a las luces del puerto,
      antes de volverse materia, 
y no volverán a verlos



La plaza de los jubilados

La visión del hospital
entristece a los viejos:

querrían que la plaza estuviera en otra parte
—la visión de las paredes blanqueadas
los derrota.

Los viejos entristecen en los sanatorios, los evacuatorios,
las visitas periódicas, las esperas en las antesalas,
las extracciones de sangre, las radiografías, 
el buen consejo del médico más joven que ellos:
los aflojan, los debilitan, los sumen en la 
soledad de las farmacias.

La salud mata a los viejos
acelera su caída en la noche de la paz
final,
del humo sobre los techos
y de aquellas tardes lejanas
que desviaban sus miradas
desde las paredes blanqueadas
con cal hacia las nubes 
rosadas.



Apología de la cotidianeidad

Arboles resistiendo el invierno
cada vez más estúpido, más trivial
con los mismos cafés y las mismas pizzerías
y un aire apenas más gris que en verano.
Ya no hay juego de estaciones para los poetas
y los ciclistas matutinos,
las mismas hojas quebradizas, los mismos papeles
aparecerán bajo el auto abandonado frente a la plaza
y las campanas tendrán el mismo sonido que mal evoca
la campiña en el atardecer de cualquier ciudad; 
serán
los mismos contenedores de basura
o quizá ésos sean los únicos que cambien;
la misma competencia de guarangadas y prepotencias
entre políticos de derecha, y de izquierda 
porque eso quiere “la gente”,
sangre
sangre imaginaria
sangre patriarcal
policial
una forma de venganza
contra aquello que los hizo peores, 
menores, subalternos
sonando a lata, no a sonata:
sus hijos disfrazados de ladrones
o traficantes
en 4x4
las capuchas de sus canguros levantadas
y altas zapatillas de marca.

(Del libro homónimo,
Barnacle, 2025,
Envío de Alberto Cisnero)
Jorge Aulicino


Jorge Aulicino (Buenos Aires, 1949-2025) Comenzó su trabajo periodístico en semanarios de izquierda. Se desempeñó luego en agencias, revistas y diarios, incluido “Clarín”, donde dirigió la “Revista Cultural Ñ”. Se incorporó en los años setenta al precursor taller literario de Mario Jorge de Lellis. A medida que publicaba sus libros de poesía, tradujo a Cesare Pavese, Pier Paolo Pasolini, Eugenio Montale, Luciano Erba, Franco Fortini, Antonella Anedda y Biancamaria Frabotta, entre otros numerosos autores italianos. En los años de la recuperación de la democracia, integró el Consejo de Dirección de “Diario de Poesía”. En 2012 reunió sus libros de poemas en "Estación Finlandia". Ocho años después publicaría de nuevo su obra poética reunida, corregida y aumentada. En 2015 apareció su primera versión de la "Divina Comedia". Ese año recibió el Premio Nacional de Poesía. En 2025 publicó “Nada personal. Todo personal. Obra crítica”. Su colección de poemas "Revolución, divino tesoro" es su último libro.


Pueden LEER más poemas, ensayos, entrevistas y textos varios en entradas anteriores del autor. 

Fotografía: Perfil del face del autor.

lunes, 21 de julio de 2025

De: TRES POEMAS CHINOS

I


Recuerdo de Ming Ch'e
Carta a su hermano Su Che

¿Qué es nuestra vida en el mundo?
Gansos migratorios en bandada
descansan un momento sobre la tierra nevada.
Luego alzan vuelo hacia el Este, tuercen al Oeste 
y solo quedan huellas de sus patas en la nieve. 
Murió el monje anciano, hay una lápida 
con su nombre y ya está corroída.
No puedo leer los poemas que escribimos 
en los muros de piedra de la cabaña.
No hay signo alguno de que estuvimos aquí. 
Estoy cansado. Tuvimos una larga jornada. 
Durante todo el camino relinchó mi mula renga.

Su Tung-po, siglo XI.


Jorge Aulicino
(Buenos Aires, 1949, 20 de julio de 2025)

Pueden LEER más poemas y biografía en entradas anteriores.
 

domingo, 27 de abril de 2025

EL HOMBRE DEL CODO EN LA VENTANA

 


Ovnis y fantasmas

Ah el tinte rosado 
de la estación de trenes
al caer el sol.
     
Penetrada de desierto,
ampara el deterioro de rudos mecanismos,
trenes de carga con olor a vacas,
un olor brusco a amoníaco.

Un objeto celeste no identificado vuela sobre el cielo 
     traza una cansina semicurva,
se detiene casi, flota,
y arranca de nuevo a gran velocidad.

Es probablemente una garza del lodazal cercano
donde crecen juncos tacuaras hierba lánguida.

A los pocos espectadores de la hora
—¿una nena que mira por una ventana,
un peón que se demora 
en la puerta del taller ferroviario?—
le da lo mismo qué cosa es para sí el objeto:
pato, ovni o gallareta;
es otro fantasma de la naturaleza que decae,
enternecida por el sopor de invierno,
el rosado de las paredes como el del horizonte, 
los galpones,
la blanda mugre que exhala 
desde los vagones,
la quietud casi absoluta de un tiempo 
vacío y legendario. 



El Maelström

Ah cuando después de años ella
encontró la suavidad aún del cuerpo de él
envejecido, en el implacable remolino
que nos lleva hacia abajo,
en vueltas concéntricas que nos arrebatan
pedazos, unas caras, unas palabras, 
el verano y el dulce invierno,
siempre hacia abajo,
y nos devuelve entre pedazos de madera, 
de diarios, envases amarillos de plástico, 
platos en la pileta, cáscaras, nada.

Pero el cuerpo tan profundo 
en su instantaneidad,
tan hondo en vida pasada, 
ese calor, le parecieron a ella
una revelación del contenido del amor, 
de su abismal humanidad, de los sentidos 
que nos permiten llegar a un latido olvidado,
como a casas y brasas, un rosal, una higuera.



Haiku

Ojos de gatos
En el otoño austral
Brilla la noche



Las enseñanzas del maestro 

Si el maestro está instruyendo sobre el recto proceder
y un pajarito canta en la ventana su dulce canción,
¿debo escuchar al pajarito o al maestro?, preguntó el discípulo.
“Juega en la nieve”, respondió el sabio



Dinastías

Volaban papeles en remolino en torno
del coronel Cañones —en el otro cuarto
Isidoro exhalaba su aliento a whisky
sobre la almohada—;
el amanecer en la urbe
lo distrajo de un pensamiento:
el desierto
inconmensurable abierto*
donde todo ocurría a lomo de oveja,
carne del desierto.
El sol del desierto, el indio
corriendo a los marcianos con una alpargata,
o esa vez en que trémulo de pavor se pensó bravo
y acometió feroz ** contra los chinos
o quizá eran coreanos, 
—o japoneses—,
que iban a instalar una bomba atómica en el Chubut.
Jamás, se dijo, mi sable se manchó de sangre
y dormitaba en el cuarto de huéspedes 
de la estancia del cacique, y sin embargo,
¿qué culpa es ésta? ¿este bajo fondo del heroísmo?
este arrabal del planeta recorrido por el tornado 
     de mi remordimiento.
Patoruzú ha ganado la batalla, su tierra 
se asienta sobre un imperio sumergido,
dinastías de bronce y barro, tangos bailados en ojotas...
Sin embargo, me come el corazón una deuda…
Luz es lo que la gente necesita, luz y viento, eso solo 
en la vida, efímera, circunstancial, hueca, 
para que en ella soplen canciones y fantasmas.

* La cautiva, Esteban Echeverría.
** Sonetos medicinales, Glosa de Almafuerte.



El hombre del codo en la ventana

Evocaba a Hölderlin:
‘Hay una oscura armonía en las cosas.’

En la sombra
meditaba acerca de la luz 
Y se decía:
“La especie libra rencillas todo el tiempo,
Basta observar el transito vehicular,
Los rostros encendidos, los ojos ofuscados,
pero mira desde lo oscuro el estallido
de la vida”.

“De otra suerte, muere en uno,
y no tiene espacio para celebrarla.
Cara al sol mueren los fascistas, 
los higos y las naranjas.”

Un segundo después el mundo caía 
en un torbellino
de negocios subterráneos,
compras de votos, disputas estentóreas,
gargantas rotas,
ruina de las familias.

(Del libro homónimo,
Barnacle, 2025,
Envío de Alberto Cisnero)
Jorge Aulicino




Jorge Aulicino. Poeta y periodista argentino. Nació en 1949, en la ciudad de Buenos Aires. Integró, a comienzos de los años 1970, el taller literario Mario Jorge De Lellis, uno de los lugares desde los que se llevó a cabo el replanteo general de la corriente coloquialista de los 60. Fue integrante del consejo de dirección de Diario de Poesía entre 1987 y 1992, publicación influyente en el ámbito poético porteño, de la década de los 80.Trabajó en agencias de noticias y revistas y, durante 28 años, en el diario Clarín. Desde 2005 hasta 2012 fue editor de la revista de cultura Ñ. Colabora en la revista digital Op. Cit. y en Periódico de Poesía de la Universidad de México.  Fue Jurado del Premio Nacional de Literatura en 2004; y, en 2015 recibió el Premio Nacional de Poesía.  Es traductor de poesía italiana e inglesa.  Publicó, entre otros, los libros de poesía La caída de los cuerpos (el lagrimal trifurca, 1983), Paisaje con autor (Último Reino, 1988), Hombres en un restaurante (Libros de Tierra Firme, 1994), Almas en movimiento (Libros de Tierra Firme, 1995), La línea del coyote (Del Dock, 1999), Las Vegas (Selecciones de Amadeo Mandarino, 2000), La luz checoslovaca (Libros de Tierra Firme, 2003), La nada (Selecciones de Amadeo Mandarino, 2003), Hostias (Del Dock, 2004), Máquina de faro (Del Dock, 2006), Cierta dureza en la sintaxis (Selecciones de Amadeo Mandarino, 2008), Libro del engaño y del desengaño (Ediciones En Danza, 2011), El camino imperial. Escolios (Ruinas Circulares, 2012), El Cairo (Del Dock, 2015) . En 2015 recibió el Premio Nacional de Poesía. En 2016. publicó en Ed. Bernacle: Corredores en el parque y Mar de Chukotka (Ediciones del Dock, 2018).  Publicó su poesía reunida hasta 2011, que incluye dieciséis libros, bajo el título Estación Finlandia (Bajo la Luna, 2012)."El río y otros poemas"(2019) En 2020 publica su "Poesía reunida" 2020/1974, en Ediciones en danza,2020; "Un poeta Griego huye de Londres","El libro de los lugares sagrados", Barnacle, 2022 y El capital-La lírica",Barnacle, 2024. Tradujo, entre otros, a Pier Paolo Pasolini, Cesare Pavese, Franco Fortini , Antonella Anedda y Biancamaria Frabotta . En 2011 apareció su traducción de Infierno de Dante Aligheri y en 2015 la traducción de los tres libros que componen La Divina Comedia.  Su blog Otra Iglesia es imposible es ineludible cuando se habla de poesía en la red: ya sea en nuestra lengua o en lengua extranjera y lo administra desde 2006. Allí, se encuentran digitalizados la mayoría de sus libros. Integra, junto a los poetas Alberto Girri, Joaquín Giannuzzi, Ricardo Zelarrayán, Héctor Viel Temperley , Juan L. Ortiz, Osvaldo y Leónidas Lamborghini,  la constelación que influyó en los poetas argentinos de la "generación de los 90", sobre todo en aquellos en los que la crítica tomó como referentes (Y en otros, también).


IMAGEN: Fotografía del autor por José Manuel Campos. Portada de su Poesía reunidaEdiciones en Danza, 2020.

Pueden LEER más poemas, ensayos y textos en entradas anteriores del autor.



miércoles, 19 de junio de 2024

EL CAPITAL

 


1.Ciudad

El fallo


De Jesús, el tiempo —más limitado que el de Yavé—,
—el que sin embargo no había sido suficiente, pues
los contornos quedaron difuminados, debió
elegir un pueblo, sólo uno, y no caló
en él lo bastante—, rodeó, torneó, esmaltó
el amor; erigió cuanto con él pudo: la
iglesia faro, pero faro en una borrasca
cuyos límites no alumbra, precipitándose por eso
almas sin cesar en los torbellinos.
La lección hemos aprendido: no hay amor completo
sino etapas de construcción, paredes a medio encalar.




La gran inversión


La noche rimada por el canto de los grillos;
la mañana, pájaros entre los edificios;
benteveos, atolondrados gorriones.
Pájaros y grillos no son fraternos.
Unos devoran a los otros.
Y el universo está poblado
de rechinamientos,
crepitar en los confines.

Las mañanas devoran la noche
y la noche el ocaso traspasado
de místico resplandor:
la belleza en el mundo se sucede
a interés constante,
una caja equilibrada de desastre y fulgor,
hervidero de insectos y de pájaros.


El profeta de las explosiones
 
No pienses, dijo el sabio, en las grandes ciudades
arrasadas por la dinamita, pues la tentación
de volarlas implican desde que fueron construidas.
 
Piensa en que la guerra destruye los barrios,
los barrios de casas pequeñas y salvajes jardines,
de casas grandes y apartadas, también;
casas con arañas, donde la intemperie juntaba
lenta, conmovedoramente, sarro en los vidrios altos,
hongos muertos en la madera, en un trabajo
que creía de siglos.


(De "El capital-La lírica",
Barnacle, 2024,
Envío de Alberto Cisnero)

Jorge Aulicino (Buenos Aires, 1949)


Pueden LEER la biografía y más poemas en entradas anteriores del autor.

Fotografía:  Malena Q.

martes, 26 de marzo de 2024

EL LIBRO DE LOS LUGARES SAGRADOS

3


Ahora estás 
en la Península, no hay nada atrás
porque la Península es desierto que se adentra en el mar.
Un coito sosegado de agua azul y de tierra amarilla
en cuyos bordes no hay árboles, no hay altura,
no hay perfil, sino el color de lava o de azufre, que pone 
     ese signo despojado 
     como un instrumento quirúrgico primitivo o 
     un arpón o un glande
     en el mar.
No dejás nada atrás.
Mirás una foca cuyos ojos no miran, ven solo
     el mar.
Las focas de lejos son como alga en la orilla.
La piedra se anima.
Las rocas agujereadas se mueven.
Un canino liquen muerde el mar con dientes desvencijados.
Disolución en la espuma, y luego gotas que parecen congelarse en el aire.
Nada queda atrás porque nada se repite. El signo es puro 
y único, el aire es completamente transparente, como si 
     no estuviera,
excepto en las narinas
que se mueven con movimiento de algas
o de focas,
semasiográficas.


Auberbachs Keller
Leipzig, Alemania

2
Entre la lápida de Bach en la iglesia de Santo Tomás
y el Auberbachs Keller, la distancia es corta, y en la taberna
cualquier tarde Mefisto vuelve a montar un barril
mientras afuera llueve o truena o cae una nevada 
en silencio, como cae la nieve.
Mefisto: un espíritu alegre; 
el mal olvidado tal vez en su mente gracias al don del barril, 
en una ciudad que buscaba a Dios en una música que se busca
    a sí misma: un
órgano cuyo sonido hueco emana dones oscuros y claros,
a los que el don mayor hace temblar y volver sobre ellos mismos, 
buscándose otra vez, como cuerpos repetidos y distintos
a los que el atardecer envuelve y borra;
cuerpos en la tormenta, cuerpos embozados en calles estrelladas,
cuerpos yéndose una vez y otra 
y otra. Cuerpos en el ocaso y el alba repetidos y diversos, 
    a impulsos
de una pedalera, unos tubos, una partitura de otro mundo, 
escrita por el hombre pródigo,
de gabán astroso y muchos hijos.


Exaltación de la Cruz
Argentina

3
Los dioses viven de los vivos, pero Cristo vive de su muerte.
Fue la de Dios. Y su resurrección un regreso
que restauró la sacralidad (incluso del pájaro 
que voló unos metros sobre la línea de asfalto
para girar a la izquierda y hundirse en el vapor que sube 
    del pasto).
No hay túmulos por aquí ni cementerios de campo. La
raya blanca del horizonte promete una fría mañana.
Las ruedas sobre el pavimento llevan una marcha algodonosa.
El tablero de mando es como una noche de luces encendidas.


De:El libro de los 
lugares sagrados (Barnacle, 2022)
-Envío de Alberto Cisnero-.
Jorge Aulicino (Buenos Aires, 1949)


Pueden LEER la biografía en entrada anterior del autor.







 

viernes, 31 de marzo de 2023

UN POETA DE LOS EXTREMOS




Alberto Girri por Hermenegildo Sábat, c.1998 Archivo de  Jorge Aulicino. Su imagen es la del reformador severo de la poesía argentina.

GIRRI BASICO

BUENOS AIRES, 1919-1991,

Poeta y traductor, fue colaborador de la revista Sur y de La Nación. En los años 40, rompió con la corriente tradicionalista dominante. En 1946 publicó “Playa sola" y luego una larga serie de libros de poesía y reflexión sobre la poesía, junto con versiones de poemas de T.S. Eliot, Wallace Stevens, William Carlos Williams.

Por JORGE AULICINO
Fuente: Revista Ñ -2010

Entre fines de los 70 y comienzos de los 80 del siglo pásado, Manuel Pampín publicó en Corregidor en cuatro tomos la Obra Poética de Alberto Girri (Buenos Aires, 1919-1991). Fue esto un punto culminante de la valoración de Girri en círculos lejanos al manípulo de Victoria Ocampo y del antiguo suplemento de La Nación. Sus relaciones habían ubicado a Girri en el campo de lo que, en las turbulentas décadas de los sesenta y setenta, se llamaba “cultura oficial”. Movimientos tendientes a ubicar con mayor equidad y justicia al autor fueron el reportaje que en 1976, en el último número de la revista de izquierda Crisis, publicó Santiago Kovadloff. En 1983, Pablo Ananias entrevistó a Girri para el diario Tiempo Argentino, cuyo suplemento cultural tuvo prestigio en los primeros ochenta. En 1985, quien escribe estas líneas le hizo un reportaje para Clarín Cultura y Nación. Un año antes de la muerte de Girri, junto con Daniel Freidemberg, lo entrevistó para el Diario de Poesía. Esto significa que en 25 años Girri pudo ser rescatado del limbo reaccionario al que se lo había condenado.

Girri, uno de los más altos exponentes de una línea reflexiva y especulativa en la poesía argentina, y el más alto, si se considera América Latina, siguió publicando después de la aparición de aquellos cuatro tomos de Corregidor. Esos libros, no reeditados, contienen un último ajuste de cuentas sobre su poesía, que fue cambiando, libro a libro, en sus más de treinta, aunque siempre ubicada en la misma perspectiva. Especialmente Monodias y Existenciales, publicados a mediados de los 80, son dos libros que parecen clave en toda su amplia producción.

Desde su muerte en 1991, Girri no había sido reeditado. Corregidor entrega ahora una antología, realizada y prologada por Jorge Monteleone, y esto constituye un acontecimiento. Pero, ¡qué pobre resulta aún la consideración de este autor formidable, por parte de los críticos y de los editores! En casi veinte años no se ha reunido su obra completa. Tampoco se reeditaron los libros que publicó después de los cuatro tomos de Corregidor. Sudamericana, sello con el que aparecieron algunos de esos textos, no lo hizo. Pampín acaso no tiene presupuesto para hacer más que lo que hace, y que está muy bien. Ignoro cujál es la situación de los derechos de Girri. No será insoluble.

Monteleone es garantía de una buena lectura cuando se trata de poesía, y de un buen criterio selectivo. Junto con Daniel Freidemberg y Javier Adúriz, está entre los mejores críticos de poesía actual (lamentablemente no es mucho decir en un campo en el que los críticos se cuentan con los dedos de una mano). La selección que ha hecho puede dejar más o menos satisfechos a unos, más a otros, pero es representativa y sirve para exponer el peso específico -que es mucho- de Girri en la poesía argentina. El libro, por lo pronto, abarca hasta su trabajo postumo, Juegos alegóricos, editado en 1993, y cuyo título contrasta con el del último libro que publicó en vida, el escueto 1989-1990.

En el prólogo, Monteleone presenta la figura histórica de Girri, siguiendo aquel derrotero desde el desdén del progresismo hasta la reconsideración entre las generaciones últimas: tanto los neobarrocos, los objetivistas y los neoclásicos, como una parte de la generación de los noventa que sintió su influencia.

Quitarle a Girri el sambenito de sus “relaciones con la embajada (estadounidense)” no era nada, comparado con tratar de que se entendiera su apuesta. Girri tenía fama de severo aristócrata, aunque el bronceado permanente de la piel apergaminada de este hijo de pobres inmigrantes vénetos se debía al sol de la plaza San Martín. Pero además tenía fama de arduo e incomprensible. Era un poeta extremo, para quien toda efusión sentimental constituía un “ornamento”. En los 40, bombardeó la fortaleza formal del tradicionalismo imperante dando rienda suelta al verso blanco. Tradujo la poesía norteamericana e inglesa modernas a verso blanco y verso líbre. Y usó la percepción reflexiva de la tradición anglosajona para postular otro tipo de vanguardia. Toda su obra, o gran parte, está atravesada, además, por el budismo y el taoismo. Su objeto, a la par del de demostrar que vivimos en una realidad aparente (el maya brahmánico), era el de provocar un estado de atención sobre el texto: “Sigue el texto” era su consigna. Pero resulta que texto y objeto querían ser la misma cosa. La ambición tantálica de Girri era que fueran uno lo observado y el observador. Lo que pudo haber sido mera abstracción, nunca se alejó sin embargo del marco concreto de una realidad cotidiana, incluyendo en ella los textos ajenos en los que se inspiraba o a los que comentaba, prologaba, traducía o interrogaba, como a otros tantos objetos. Lo cotidiano era, en Girri, lo común, lo habitual, de lo cual partía. Su propósito, realizar una obra que pudiera ser leída sin referencias temporales externas, sin notas y aun sin firma.

Tal rigor hace por cierto difícil la lectura, sobre todo cuando sus libros comienzan a estructurarse a partir de emisiones de voz que se apoyan en infinitivos, en pronombres, en la segunda persona del singular. Con todo, esta poesía calificada de intelectual es asombrosamente vital. Si aspira al satori que absorbe lo contemplado y al contemplador, no olvida el peso corporal de seres y cosas: vejez, hollemos, pelusa, puertas, pisos, malestares físicos: la celda del monje recorrida por insectos y crepúsculos. Esa espiritualidad fuertemente material de los libros de Girri, enamorado de sus “variaciones en la rutina” que son otros tantos intentos de abordaje de la misma meta, provocan el saludo del sacerdote trapense, poeta y crítico estadounidense Thomas Merton: "La imagen cotidiana del hombre es su enemiga. Debe ser destruida con palabras directas y paradojas. Tal es tu obra religiosa, mérito y sacrificio. ¡Golpea fuerte, Girri, con gracia metafisica!”.

Estos Poemas selectos abren de nuevo la puerta de ese mundo austero y deslumbrante. Un cosmos, diría Whitman. Claro está: no el de Whitman, sino su otra faz. La multitud cambiante whitmaniana en la que uno se fundía era, para Girri, el absoluto en el que ya no se es un hombre de la calle o un hombre en su cocina, sino más bien nadie y todo.

CONTEXTO

Se trata de la primera antología de poemas de Girri publicada después de su muerte. Jorge Monteleone estuvo a cargo de la selección y el prólogo. Incluye también textos sobre poesía y traducciones de poemas de Montale y Eliot.

FRAGMENTO

perseverar / en contradicciones, juntar / lo incompatible, / ÿ con porciones / de cantos banales, referencias/a vaivenes afectivos, guías turísticas, / flores sobre una mesa, pormenores de chistes, / hacer que la consecuencia sean poemas: / lo diurno /y público asociándose a lo secreto, / arduo de soportar... (Lo propio, lo de todos, 1980)

QUE SE DIJO

“Y de igual manera que Donne, Girri buscó no la poesía de la dulzura que todos buscaban en su tiempo, sino esa otra poesía, no menos admirable y ardua, de lo áspero”.
(Jorge Luis Borges, 1965.


Nota del Administrador: En 2010 se publicó otra antología en España de Girri: "En selva de inquietudes" (Antología poética); Selección, edición y prólogo de José Muñoz Milanes, Colección La Cruz del Sur- Editorial Pre-textos.


sábado, 17 de abril de 2021

LA LÍRICA (2020)


 















Luxe, calma et volupté*

 

El hombro desnudo de una mujer es lo único impúdico
en el restaurante, pero nadie lo ve, excepto un hombre que
     tiene el pelo nevado
y un corazón que se aleja cada vez más de la simple
     simulación de la vida.
El resto son conversaciones que no tendrán memoria.
Ni siquiera los hombres en esa mesa, alrededor de la mujer,
recordarán las palabras, pero tampoco ven
la lúbrica atracción del hombro desnudo. Para el hombre
cano es la única galaxia en el local, como aquellas
hacia las que vuela su corazón. La mujer no está probablemente
más que a la altura de sus acompañantes, que visten camisas
claras y se ven desenvueltos y tostados. Es verano
y el hombro de la mujer es lo único blanco, puro, aunque
     sean claras las camisas.
Esos hombres distendidos hablan de negocios
o de fútbol, con la tranquilidad de quien está de vacaciones.
Ella no es más que portadora. Su cabeza limitada a la de esos
     hombres
nada importa. El romanticismo ha invadido las venas
del hombre cano. Sabe que eso es perdición.
Que yacer junto a una galaxia casi sin pensamiento
es la perdición de cualquier hombre. Salvo los que no ven
     la galaxia,
     sino el sexo húmedo y fresco.
Esos hombres no tienen ya idea de la demoledora belleza
y su vacío ensordecedor.
Pero el hombre cano se ha ido hace tiempo.
Ya nada perdería con dormir junto a la galaxia y su sexo,
una noche y otra, y desayunar sin hablar,
y cenar solo, como ahora, en el restaurante.
 
* Henri Matisse, 1904.
 
(Del libro: Poesía reunida,
Ediciones en danza, 2020)
 
Jorge Aulicino (Buenos Aires, Argentina, 1949)
 
 
Pueden LEER la biografía en entrada anterior del autor (Nota del administrador).

 


lunes, 22 de julio de 2019

EL RÍO



1

 El amigo dice todo está como era entonces
y solo él sabe cómo está, cómo era y cuál es el
entonces. El muelle industrial está callado y lo
golpean ligeramente las olas del río.
La arena está como el año en que Gauguin soñó
los amarillos. Las grúas no son las mismas,
tienen más revoluciones, son electrónicas,
robóticas. El amigo sigue hecho de sal y
de carne. Camina por el borde del agua y su
zapato pisa un charco de agua aceitosa. Barro
industrial, le digo. Se da vuelta. No sé si sonríe.
Ya está oscuro. Un animal alza el vuelo tras las grúas
y le hace fondo.


 6
  
Le mostré el río.
Tú no tienes corazón, no tienes corazón,
me decía en su lengua doméstica española,
que no es la nuestra. Por eso le agradezco
por eso le agradezco a Teresa, porque me señaló
un hecho decisivo: sin corazón no se puede mirar el río,
se pueden mirar las batallas del río,
que casi siempre gana, como con aquel puente en Santa Fe.
Teresa de Ávila miró la masa móvil de agua.
¿Te puedes imaginar dos grandes ríos que corren
paralelos ladeando provincias para formar esta bestia
que parece apacible?
Sólo se encrespa a veces y no es demasiado
grave. Me recuerda a mi gata, me dijo Teresa de Ávila,
y me narró la historia de aquel fraile
que podía ver a Dios sin mirar el universo.
Y que bajó por la ventana sin embargo de una celda
estrecha porque una cosa es la celda
y otra la prisión, y estaba preso,
mi pequeño fraile poético, y lleno de una única visión.
Pero aquí podéis mirar sin peligro el río felino
y cambiar el nombre a las cosas, dijo,
y ver que el nombre no hace falta, ni Pocitos ni La Boca
excepto como memoria de lo creado.
Delectatio terrestris es también extrahumana
y se trata de ver el en el nombre el Nombre que nomina
lo nominable y da memoria.
No es distracción saber a qué hora parte el buquebús
y qué color tienen a estas horas las piedras de Colonia.
Baja hasta el Tajo como lo hizo el fraile desde su ventana
y huye de la prisión de los días más amarillos,
en la costa te darán su libertad la arenera, el velero,
esa mancha violeta, la desvencijada silla del pescador,
dispuesto todo como al azar por la bestia calma.


7 

Nadie mejor que el fresno imita al fresno. Repite
los dibujos su corteza. Un programa binario
los maneja. Este fresno no es idéntico al otro,
pero seguramente iguales variaciones del
dibujo podrán ser encontradas en distintos
fresnos. No pensamos en esto al mirar los fresnos.
Una hoja nada más caída al barro es un mundo
indescriptible, sobre todo en el instante en que
diversas tormentas moleculares comienzan
en la superficie al entrar en contacto con el
barro. Nadie cree que todo lo que sucede
en ese único segundo puede ser narrado.
Nada de un mísero instante puede ser narrado.
Nada, pintado. Sombras doradas las palabras
se tienden sobre el río y le dibujan cortezas
de aquel fresno, que no le rozan la superficie.
Colecciones de poemas entran y salen por
sus bocas, y por las bocas de sus poros y de
sus células. El río da que hablar, pero en la
realidad profunda donde hubo una explosión gris
que le dio nacimiento nadie entra, el río sólo
permite que hagamos las sinuosas realidades,
poemas que no nacen de él y que nos llevan a
remar en cierto cielo de pintura oriental,
como entre camalotes no sostenidos por el
agua sino por la tela blanda de la página,
con microscópicas briznas de corteza que la
amarronan en conjunto, pero son de cerca
puntos oscuros, canoas entre poros, breves
embudos del agua blanca, neutra, resultado
del litigio que hace años mantenemos con el
río pacífico pero inabordable, como
si de materia no fuera.


11

La fina estética de las ciudades no se veía
entonces, y al atravesar ahora los puentes
de más de un kilómetro sobre los dos brazos
del río tampoco se ve; se siente, en cambio, que
allá abajo está el río en su forma de estar que es
la ausencia: desde su blindaje y su aire se levanta
entre la niebla, sin embargo, una dulzura que
nos roza como una respiración y que mueve
ligeramente lo suelto en la ropa. Aire de un
profundo sótano, pero sin olor a hongos
ni a cañerías ni a la madera vieja sino
a vegetación joven atrapada, agitada
por el río hasta que queda sin color, se va
perdiendo en la marea constante de ese
pensamiento vacuno, ancho como la llanura,
lento como los camalotes, sembrado de
canoas y salpicada la superficie de
reflejos hasta ponerla casi blanca, leche
del mediodía de invierno, cadencia de un
respiro lejano, espíritu de los pastos,
de las bruscas aves, de los dibujos de las
migraciones en el cielo que se mueve al
ritmo del río, con tropillas y ranchos clavados
en la arena, islotes que no estarán
dentro de algunos años, como ideas que se
transformaron, cuchillos de cachas gastadas,
manchas que se deslíen en una mesa
expuesta a la humedad y a los pensamientos
en algún patio; al aire que la vuelve a secar.



12

¿Usted cree —me murmuraba Quevedo—
que habría entregado mi pensamiento a la casualidad,
de no haber
existido Góngora con ese floreo impertinente, ese
floreo que simulaba dominio (o demonio, lo mismo
da)?
¿Cree que voy a buscar la rima al costo
que sea —metrónoma— después de haber visto el arco
del Tajo en Toledo?
¿Cree que quien haya visto lo que sea, y sobre todo
la sustancia que cubre o envuelve el conjunto de las cosas
—en su ciudad, sí, también en la suya,
o en Castilla la Mancha o en el bosque de lenga—,
haría de su cima una cuarteta?
¿Cree que, dado que nunca es desangelada la materia,
y en las cosas desangeladas vistas
después de una borrachera —incluso
en ese desangelado paisaje— hay ángel
—el indiferente ángel de la muerte, si quiere—, cree
que viendo en las cosas la glauca mirada
de un ángel, o la nervadura en el ojo
blanco del ángel, ríos que si nos acercamos
son glaucos como este río en invierno, este que
no quiere ser celeste —o es gris y es celeste—,
cree, en suma, que con todo esto en la cuenta
podría, intentaría, sabría
darle a todo un tictac?
¿No le parece que mi complicado conceptismo
es el mismo que se habla
en la asamblea, en el bar cachuso,
en el interior de las casas cuando alguno intenta
decir el amor por cuerpo y alma y cómo
no puede con ella —la que sea— porque
cuerpo y alma en tal alto grado
se fundieron que es imposible explicarle qué ama,
por qué la ama, por qué no puede
representarla ni en rima ni en metáfora y
sin embargo duerme con ella, ve comer su boca, la recuerda
como la vio —pero no la vio— la primera vez?


 16

 Rojo el río, en la vida no inspirado porque en
la pura vida el río camina desasido,
fuera de sí, como la campaña, como estas
golondrinas desconcertadas en un otoño
tibio. Pero dulce encanto tienen sus recuerdos.*
Y de recuerdo está hecho el pensamiento romántico.
Por eso, aunque roto, desgarrado y desangrado
—como esta puesta de hoy sobre el río—,
el romántico río es orgánico, pesado,
real, invulnerable. En esta versión posclásica
o más bien en mi desagradecida visión,
es en cambio blanco, va sin zozobra ni pathos
hacia otro río que a su vez conducirá este
y otros hacia un mar gris o marrón y tanto
o más taciturno, pero vacío, que el cuadro
romántico litoraleño en el que el río es
sangre e invierno. Me veo llegado a él y aunque se me
da lejano, lo siento remover las astillas
del otro río que siempre sucede en pasado.
Allí donde el encanto de una desconocida
matanza se expande sobre su agua, arremolina
nupcias salvajes, atroces miradas la otra
orilla. Y allá los grandes y sangrientos
padres dicen, con dulzura de lengua, lo que hoy
acecha los árboles, arranca como brazos
las ramas y las flores rojas de una selva que
disemina el río. Evoca pero trae presencia
de un amor animal que sin embargo embriagaba
a los dioses del agua y la barranca, a sus ojos
que eran el agua cuando está ausente, como ahora.

* Ramón Sixto Ríos, Merceditas

 17
  
Deja esas cartas, vuelve a tu antigua ilusión*que no
roza ni reza el río. Nadie se asoma desde
un balcón a un río como este, que blanquea y
aleja lo suficiente sus bordes como para
que ninguno dude de que allí es donde todo se
resuelve. Deja esas cartas. Las conexiones de
sangre que suponen. Ya que el crepúsculo enseña
más que el día, cierra el antiguo balcón, en la sala
enciende tu lámpara más tenue. Y en ese clima
de intimidad o de prostíbulo —ha caído el
prostíbulo hace ya tanto, tanto: se llama ahora
de otro modo: chicas, puticlub, tragos, monona—
piensa en el río y en el día que todo callan
o que nada tienen para decirte. Sabés
que es la noche la que más te habla. Pero solamente
habla de vos, no de ti, no con notas de vals
sino con tus martillazos contra un fondo negro
siempre igual a sí mismo y en última instancia tan
indiferente como la sábana del río.

* Homero Manzi, Desde el alma

  24

Como un amor que se estrangula a sí mismo,
   así es el río.
El amor no se tolera a sí mismo y sólo lo tolera
el que pesca con tanza, el de pocas luces.
Es mejor, decía, pescar en la oscuridad.
evitar la pasión, que termina en oscuridad.
Y no con absurda caña, sino con tanza, cordel
que tiembla sobre el costado del dedo,
que presiente la gravitación del pez.
El río no se tolera a sí mismo, por eso
se abre, se aparta de todo, lleva
lo que encuentra, que no es mucho, pero
no desespera, se abre más, porque esa es la ley
de la llanura, sobrevolada por loros.
Todo canta a su alrededor. El río lo consigue
pero no escucha cantos: los envuelve, los diluye,
   los lleva.
Liberado de pasión, no de amor, el río no es él mismo.
Una gota de vino cuelga a veces del labio
del pescador, se embriaga apenas, a veces.
Pero no pregunta lo que no comprende.
Apagó todas sus luces, como el río,
al que iluminan apenas el farol de una canoa,
   los astros.


(Los poemas fueron extractados
del libro "El río", envío gentil de Verónica,
de la Editorial Barnacle, 2019)

Jorge Aulicino





Jorge Aulicino. Poeta y periodista argentino. Nació en 1949, en la ciudad de Buenos Aires. Integró, a comienzos de los años 1970, el taller literario Mario Jorge De Lellis, uno de los lugares desde los que se llevó a cabo el replanteo general de la corriente coloquialista de los 60. Fue integrante del consejo de dirección de Diario de Poesía entre 1987 y 1992, publicación influyente en el ámbito poético porteño, de la década de los 80.Trabajó en agencias de noticias y revistas y, durante 28 años, en el diario Clarín. Desde 2005 hasta 2012 fue editor de la revista de cultura Ñ. Colabora en la revista digital Op. Cit. y en Periódico de Poesía de la Universidad de México.  Fue Jurado del Premio Nacional de Literatura en 2004; y, en 2015 recibió el Premio Nacional de Poesía.  Es traductor de poesía italiana e inglesa.  Publicó, entre otros, los libros de poesía La caída de los cuerpos (el lagrimal trifurca, 1983), Paisaje con autor (Último Reino, 1988), Hombres en un restaurante (Libros de Tierra Firme, 1994), Almas en movimiento (Libros de Tierra Firme, 1995), La línea del coyote (Del Dock, 1999), Las Vegas (Selecciones de Amadeo Mandarino, 2000), La luz checoslovaca (Libros de Tierra Firme, 2003), La nada (Selecciones de Amadeo Mandarino, 2003), Hostias (Del Dock, 2004), Máquina de faro (Del Dock, 2006), Cierta dureza en la sintaxis (Selecciones de Amadeo Mandarino, 2008), Libro del engaño y del desengaño (Ediciones En Danza, 2011), El camino imperial. Escolios (Ruinas Circulares, 2012), El Cairo (Del Dock, 2015). En 2015 recibió el Premio Nacional de Poesía. En 2016. publicó en Ed. Bernacle: Corredores en el parque y Mar de Chukotka (Ediciones del Dock, 2018).  Publicó su poesía reunida hasta 2011, que incluye dieciséis libros, bajo el título Estación Finlandia (Bajo la Luna, 2012). Tradujo, entre otros, a Pier Paolo Pasolini, Cesare Pavese, Franco Fortini , Antonella Anedda y Biancamaria Frabotta . En 2011 apareció su traducción de Infierno de Dante Aligheri y en 2015 la traducción de los tres libros que componen La Divina Comedia.  Su blog Otra Iglesia es imposible es ineludible cuando se habla de poesía en la red: ya sea en nuestra lengua o en lengua extranjera y lo administra desde 2006. Allí, se encuentran digitalizados la mayoría de sus libros (LEER). Integra, junto a Alberto Girri, Joaquín Giannuzzi, Ricardo Zelarrayán, Héctor Viel Temperley , Juan L. Ortiz, Osvaldo y Leónidas Lamborghini,  la constelación de poetas argentinos que los poetas de la así denominada "generación de los 90'", tomaron como referente.


IMAGEN: Fotografía de Mariela Cierer Lesta.