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miércoles, 3 de marzo de 2021

QUE SÍ, QUENEAU


 
















Por Mercedes Halfon-----Fuente: RADAR LIBROS, 3-1-2021

Tan erudito como excéntrico, interesado por los aspectos más disparatados de la ciencia y por la seriedad de los ismos vanguardistas, Raymond Queneau fue además un autor prolífico de ficción. Entre sus novelas se destacan dos que ahora se publican en ediciones argentinas: Odile, de la editorial Leteo, que aparece con un importante apéndice que incluye la entrevista que le realizara Marguerite Duras en 1959, y Zazie en el metro (Godot), el libro que le dio una popularidad quizás inesperada. Aquí se presenta un perfil de Queneau y fragmentos de la entrevista con Marguerite Duras.

               

Raymond Quenau es prácticamente un prócer en Francia: exquisito enciclopedista, matemático anómalo, escritor genial -por lo proteico, rupturista y prolífico-, vanguardista disidente y a la vez, casi el último de su especie. Cofundador del mítico grupo de experimentación literaria OuIiPo, miembro honorario del Colegio de Patafísica y los títulos siguen -ampliaremos más adelante, pero basta para delinear su enorme y singular figura. Pese a todo, hasta hace pocos meses era dificilísimo encontrar libros suyos en nuestro idioma. Había que conformarse con retazos de sus textos principales -Ejercicios de estilo, Cien mil millones de poemas- en Internet, o quien podía, leerlos en francés. Pero este año el vacío se ha empezado a completar generosamente, cuando dos libros de su autoría, con traducciones locales, acaban de llegar a librerías. Uno de ellos es Odile (Leteo), hipnótica novela de iniciación publicada en 1937 y que llega a la Argentina por primera vez, en manos de Pedro B. Rey. La otra es la muy conocida Zazie en el metro (Ediciones Godot), que ya tenía ediciones en nuestro idioma, pero con la juguetona traducción al rioplatense realizada por Ariel Dillon, cobra una dimensión muy particular. Excelentes noticias para los francófilos en general y para los amantes de Queneau en particular. Una doble entrada a la obra de este inmenso autor de culto.

Hay que saber que Raymond Queneau nació en El Havre, Sena Marítimo, en 1903. Graduado en 1919 en latín y griego, se trasladó a París a formarse en la Sorbona donde estudió matemáticas, letras y filosofía. Allí se sintió llamado por el movimiento surrealista, en el que entró en 1924 y partió en 1929. Trabajó como periodista y a partir de 1938, fue colaborador de la editorial Gallimard en la que trabajó como traductor, lector y miembro del comité de lectura. Para esa editorial dirigiría, años más tarde la ambiciosa Enciclopedia de la Pléaide. Además de narrativa, poesía y frecuentes colaboraciones en el terreno cinematográfico, será miembro de la Academia Concourt de letras y de la Sociedad Matemática de Francia. Su vida de pionero erudito y excéntrico es apasionante y bien vale un estudio biográfico pormenorizado, con todos sus detalles, sus amistades célebres, sus invenciones en diversos campos, sus vueltas sobre algunas ideas que va a profundizar hasta el día de su muerte, en 1976.

En la condensada y bella introducción a Odile, Rafael Cippolini sitúa este texto en la enorme y profusa constelación de obras de Queneau. Se trata de su cuarta novela, que publicó a los treinta y cinco años, en el fervoroso y agitado período de entreguerras, cuando ya había salido eyectado del surrealismo por desavenencias con su líder, André Breton. El prologuista pone el acento en una investigación que Queneau desarrolló por esos años y que quedó inédita hasta después de su muerte: un estudio monográfico sobre una figura extraña e interesante: “los locos literarios”, científicos franceses del siglo XX, que proyectaba como una enciclopedia de ciencias inexactas. Este estudio sienta las bases de toda la obra de ficción que va a desarrollar Queneau, con un punto de vista claramente distinto del adoptado por el surrealismo con respecto a los mismos temas. Como se dice en el prólogo: “En cierto modo, las investigaciones de Queneau fueron una continuación de los trabajos emprendidos, por este grupo, pero se distinguen de ellos por su rigor científico, su espíritu de análisis y su deseo de comprender.”

Vayamos entonces a Odile, historia que es una suerte de ajuste de cuentas con el movimiento surrealista. El protagonista es Roland Travy: curiosamente, si bien él es el narrador, su nombre termina de aparecer completo hacia mitad del texto. Se trata de un solitario joven, alejado voluntariamente de su familia, que vive en hoteles de mala muerte y se rodea de toda clase de rufianes, mientras dedica día y noche a oscuras investigaciones matemáticas. Vive a expensas de un tío adinerado y rehúye de cualquier contacto íntimo, hasta que aparece en su vida una mujer llamada Odile, con la que va a establecer una suerte de amistad. Centro ausente de sus días, la anhela al mismo tiempo que la aleja y aunque todo indica lo contrario, exclama vivamente que no está enamorado de ella. Algo interesante es que cuando el relato se inicia, Travy se encuentra enlistado en las tropas francesas que ocupan el territorio de Marruecos. Lo que el narrador experimenta en esos meses extraños no queda fijado en su memoria, ni tampoco todo lo ocurrido antes de aquel acontecimiento. Una parte de su vida se borró. Como una constatación poética de ese shock que produjo en los hombres la guerra, del que hablaría Walter Benjamin.

El mundo de los rufianes, las especulaciones matemáticas y la soledad se verá de pronto interrumpido cuando Travy conoce a Anglarès, líder de un movimiento -algo más que- literario y de intereses infrapsiquicos. Así como el narrador se parece mucho al Queneau de aquellos años, este carismático señor de monóculo no es otro que el alter ego de André Breton. Travy trajina incansablemente por calles, bares y plazas parisinas, pensando en aquellas personas, con las que termina enredado. Sus estudios matemáticos le interesan a Anglarès, quien lo invita a formar parte de este grupo. Todo el retrato de ese movimiento, con sus lecturas poético adivinatorias, sus rencillas, sus asambleas, sus votaciones arregladas, sus secretos a voces, es de un humor y una picardía extraordinarias. Y si bien hay parte de esa trama que el lector puede perderse por lo difícil de reponer las internas de aquella época de ismos, es muy disfrutable la burlona parodia de esa insólita solemnidad. Toda la riqueza y la vivacidad de los diálogos de Odile, explota en Zazie en el metro.  La novela cuenta la aventura de una simpática y burlona niña de provincia que visita París y a pesar de que es su única obsesión, nunca puede viajar en metro. Guiada por su tío Gabriel y por un taxista amigo, recorren una París, levemente alucinada, dónde los célebres monumentos históricos se confunden en las cabezas de estos ineptos guías turísticos. La obra adquirió una relevancia tan inmediata que convirtió a Queneau -que ya contaba con un extenso recorrido en las letras- en un autor popular. Es uno de los libros más vendidos de Francia hasta hoy y es considerado uno de los más importantes del siglo XX. Existe también una celebrada adaptación cinematográfica, filmada en 1960 por Louis Malle.

Parte de las experimentaciones literarias de Queneau -que se insinúan en Odile y se consolidan en Zazie- pasaron por la utilización de lo que él bautizó como “neo francés”. Una transformación del idioma escrito —sumamente formal y codificado-, hacia la lengua popular francesa, llegando al extremo de la adaptación de su pronunciación en la letra impresa. De hecho, la primera palabra de Zazie en el metro es “Doukipudonktan?”, constructo trasgresor que es traducido en la edición local como “Dondeskapestatán”. Toda la versión de Ariel Dillon brilla por el dinamismo de su rioplatense, tanto en el léxico usado - “mecachendie”, “debilucho”, “pichona”, “Gzactamente”- como por el ritmo y la gramática de las frases.

A estas dos novelas, de dos momentos distintos de la obra de Queneau se suma un elemento más y es la extensa entrevista que hace al autor francés Marguerite Duras y que está incluida en la edición de Odile de la que aquí se reproduce un extenso fragmento. La relación entre Duras y Queneau parece haber sido fructífera. Ella misma anotó en su libro Escribir: “Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir. Para empezar, uno se pregunta, qué es ese silencio que lo rodea. Esta soledad real del cuerpo se convierte en la soledad inviolable del escribir. Nunca hablaba de eso a nadie. En aquel período de mi primera soledad ya había descubierto que lo que yo tenía que hacer era escribir. Raymond Queneau me lo había confirmado. El único principio de Raymond Queneau ' era este: Escribe, no hagas nada más.” Eso mismo debe haber hecho él. Más de dieciséis novelas, diez libros de poemas, y otros tantos ensayos, dan testimonio. Por el momento, tenemos estas dos novelas para leer. Leer y no hacer nada más.

 

La entrevista de Marguerite Duras a Raymond Queneau

(Se publicó en L'Express el 29 de enero de 1959)

 

Marguerite Duras entrevistó a Raymond Queneau cuando acababa de publicar Zazie en el metro, una novela experimental que lo convirtió curiosamente en un escritor enormemente popular en Francia. Ahora este texto forma parte de la edición de Odile, de editorial Leteo

 

 

Marguerite Duras: Queneau, usted es escritor… ¿Qué piensa de los escritores que tienen ideas acabadas sobre la novela?

Raymond Queneau: ¡Ah, bueno! Sí, es verdad, eso existe…

¿Significa eso que a usted le repugna tratar con ellos?

-No, no… Yo también tengo ciertas ideas sobre la novela. Como todo el mundo, tengo ideas sobre casi todo. Entonces, ¿por qué no podría tenerlas sobre la novela?

¿Puedo preguntarles cuáles son esas ideas?

-Una novela, en cierta forma, es como un soneto, aunque mucho más complicado. Estoy a favor de las cosas sólidamente constituidas. No pretendo que otros hagan o piensen lo mismo que yo, pero para mí las cosas son así. Me gusta que los personajes entren y salgan con gran precisión. Si hay repeticiones, obedecen a una elección voluntaria. Al menos así es como yo trabajo. No me gustaría que se hiciera evidente, ¡sería horrible si se notara! Yo cuento hasta las líneas que separan las apariciones de los personajes. Ciertas palabras, ciertas frases, deben repetirse a lo largo del libro, aunque deben estar dosificadas. Eso hace a mi placer personal, pero pienso que también tiene que proporcionarle un gran placer al lector. Cuando lo leo a continuación, no me parece nada aburrido. En cambio, a veces sí encuentro aburrido escribir… Es un trabajo muy duro.

¿Y qué es lo que más le gusta de su trabajo como novelista?

-La estructura, y después también trabajar en la precisión y ajuste de los detalles. En cambio, verter el cemento no me divierte. Construir la cosa está bien, pero luego hay que darle forma, un estilo, rellenarla. Ése es el verdadero trabajo. Y por último está el toque final, el pulido, que me resulta de lo más interesante.

Y como editor, ¿cuál es su criterio para juzgar si un manuscrito es bueno o malo?

-No creo que se pueda juzgar la calidad absoluta de un original. Se valora desde un punto de vista particular: el del editor.

¿Si es publicable o no?

-Así es. Se plantean algunas preguntas respecto al autor: ¿Se trata de un escritor? ¿De un futuro escritor? ¿O de alguien que está fuera de órbita? No se juzga mucho si un manuscrito es bueno o malo, eso siempre es muy subjetivo. Pero sí resulta posible ver si el autor de una obra pertenece a la categoría de los escritores, de los futuros escritores o si es sencillamente un aficionado. Creo que es sencillo distinguir de inmediato si alguien es profesional, un futuro profesional o bien un amateur. El profesional, cuando envía un manuscrito, no es todavía un profesional, por supuesto. Pero se intuye al leerlo que ya tiene conciencia de lo que es la escritura, el oficio, el trabajo del escritor, y de que lo que escribe tiene el destino de ser publicado. Mientras que el aficionado, cuyo manuscrito puede ser tan bueno o tan malo como cualquiera, no se da cuenta en absoluto de lo que es la literatura y la escritura. Es alguien que sólo piensa en sí mismo, que escribe por propio placer, que escribe para aliviarse. 

El acróbata, un jardinero, ¿pueden llegar a ser buenos escritores?

-Sí. Hay gente que trabaja como carpinteros o acróbatas. Y quizás sean malos acróbatas y mediocres carpinteros; pero, a pesar de todo, saben su oficio. No son los que con una varita mágica se imaginan que son carpinteros. Para darle un ejemplo, el escritor aficionado es el que asume la escritura como si hiciera bricolaje. Un escritor es quien se da cuenta de que no se escribe sólo por gusto propio, que tiene conciencia de no estar solo. El hombre o la mujer que está verdaderamente interesado por la escritura, sabe que pertenece a la comunidad de los demás escritores, que tiene contemporáneos que lo juzgarán, que lo criticarán, que escribirán paralelamente a él. El aficionado es alguien que se queda en sí mismo, que puede escribir cosas agradables, pero que no tiene la potencia suficiente para comunicar con los demás, con el público, ni siquiera con un público restringido. Lo que más me llamó la atención a lo largo de estos años de lectura de manuscritos, es que se ve con suma rapidez si un autor, incluso totalmente desconocido, pertenece ya por vocación, por decirlo de alguna manera, al gremio de los escritores.

¿Ocurre muy poco?

-Sí, muy poco. Y a veces, eso plantea problemas. Puede suceder que un manuscrito no sea bueno, aunque el autor está plenamente enterado de lo que es la escritura. Entonces, da pena rechazarlo.

¿Hay algo que puede sustituir esa magia de la publicación, me refiero a la obra publicada?

-No, nada. Muchas veces podemos preguntarnos si no hubiese sido preferible publicar esa primera obra, transformarla en un libro impreso, incluso si no es muy bueno, o peor, incluso si es bastante malo, porque a la vista de lo impreso, a la vista de lo que uno escribe, al verse publicado el autor se transforma por completo. Hay seguramente una reciprocidad que establece la impresión, la primera comunicación con los demás. En fin, con los lectores.

Por una parte, hay cierta fascinación, pero también se da un proceso de objetivación de la cosa. ¿Un libro impreso se ve mejor?

-Sí. Pensamos: “He aquí un autor... lo que escribió no es muy bueno; pero, si lo ve editado, él sólo se dará cuenta de que no es muy bueno, sentirá las reacciones del público, de los lectores, aun en el caso de que estos lectores sean poco numerosos, incluso si nadie le escribe, si no tiene una sola crítica.” El mero hecho de saber que hay aquí y allá, en el mundo, gente que podrá leer su obra, tendrá una influencia en él que lo transformará, que lo ayudará a comprender lo que es la escritura.

¿Las vocaciones literarias pueden ser tardías? ¿Qué piensa, por ejemplo, de un notario del último pueblo de la Dordogne que, un buen día, ya con más de cincuenta años, se decide a escribir una novela?

-Ocurre, efectivamente. Hay ejemplos de escritores tardíos, y algunos incluso muy buenos. Pero la mayoría de las veces es un signo patológico. Casi siempre, un escritor escribe temprano, escribe joven.

¿A qué edad?

-A los siete años... Muy joven, en fin... Que yo sepa, la mayoría de los escritores escriben desde la infancia. Empezaron a los siete, ocho, diez años, casi todos.

¿Y Usted a qué edad comenzó?

-Yo nunca dejé de escribir.

Acaba de aparecer su última novela, “Zazie en el metro”. ¿Hacía mucho que no publicaba nada?

-Unos seis o siete años, desde “El domingo de la vida”, en 1952.

 ¿Y por qué ese silencio? ¿No tenía tiempo de escribir? ¿Lo abandonó el deseo?

-Las dos cosas. En particular, no encontraba el tiempo necesario. Escribí las tres o cuatro primeras páginas en 1945 y no volví a retomar la historia hasta 1953. Hace cinco años. Empecé con el nombre, el título, el personaje… O, mejor dicho, la concepción del personaje. Se me apareció todo junto.

Su protagonista es Zazie, una niña de catorce años…

-Algo menos.

Bueno, creí haber leído en la novela que ella tenía catorce años…

-Sí, pero creo que el tipo que lo dice se equivoca. No lo recuerdo bien. En todo caso, es un error suyo. Yo soy el único que sabe realmente qué edad tiene.

Entonces quedamos en que Zazie es una niña. ¿Ha escrito alguna otra cosa sobre niñas?

-Sí, es una niña pequeña. En principio, ella debería estar por fuera de los deseos sexuales del mundo adulto, aun cuando se siente atraída por las jóvenes.

Desde la primera vez que pensó en ella, ¿mantuvo siempre la misma edad a lo largo de esos cinco años de escritura?

-Sí, aunque desde un punto de vista sociológico ha rejuvenecido. Primero la imaginé como una niña de catorce años, y luego, con el rejuvenecimiento del erotismo, ella permaneció igual, pero debe tener once o doce años como mínimo. Hacia el final, las últimas palabras que pronuncia Zazie son: “He envejecido”. En verdad, ella envejeció sólo cuarenta y ocho horas, pero, de hecho, quien ha envejecido he sido yo. Por el contrario, ella rejuveneció, al menos en mi mente. Yo tengo cinco años más y la idea que ahora me hago de Zazie es que sólo cuenta con once o doce años.

Muy bien, pero ¿quién es en verdad Zazie? ¿Una salvaje de los tiempos modernos? ¿Una bravucona, una filósofa?

-No. Para mí es alguien normal. En fin, una persona normal tal como lo entiende la gente normal. Hay otras personas normales en la novela, como Marcelina, la viuda Mouaque, la madre de Zazie… Pero bueno, el personaje central del libro es Trouscaillon.

Todos sus personajes son indocumentados: la guía gay, el falso chofer ruso… ¿Por qué su interés particular por los marginales?

-No me interesa más que cualquier otro ciudadano. Hablo de ellos porque, como dice la guía, toco mi tañido de flauta como lo hacen todos los artistas. Es mi pequeña historia. Y vuelvo a contarla una vez más porque me doy cuenta que es necesario repetir las cosas. O, mejor dicho, no: lo hago porque de una vez por todas hice lo que se me dio la gana, sin tomar en cuenta ciertas preocupaciones a las que un escritor parece obligado, como renovarse o, en particular, parecer más serio. Hice exactamente lo que deseaba y además me daba placer. Obviamente, soy consciente que en Zazie dans le métro se repiten personajes o situaciones de mis otros libros, pero no es tan distinto a lo que ocurre en el mundo. Hay todo tipo de personas y muchas de ellas viven al margen de la sociedad. Y siempre en los mismos lugares: mercados de pulgas, fiestas populares, estaciones de metro o trenes. Lugares donde en todo momento pasa algo. Creo que puedo repetirme, y nunca nada será igual.

¿Cuál es la virtud que opera como común denominador y vincula a todos estos personajes entre sí?

-Mi simpatía por todos ellos. Es algo puramente subjetivo.

Los personajes confunden a menudo lugares públicos muy reconocidos, como Invalides y el cuartel de Reuilly, el Panteón y la estación de Lyon…

-Sí, es un mundo donde los monumentos históricos no siempre están en el lugar exacto que les fue asignado. Gabriel lleva a los turistas a visitar la Santa Capilla, pero en realidad se equivoca y los conduce a los alrededores del Tribunal de Comercio. Y todos quedan encantados. No creo que la respuesta a ello es que son ignorantes. Por lo general, el nivel cultural de mis personajes es bastante más bajo que el nivel general. Para mí, todo el mundo es así. Todos somos así, por supuesto incluyéndome a mí. No hay nada satírico en ello. Con excepción de mi mirada.

¿Está hablando el director de la Academia?

-Si algo me enseñó la Academia, es mi profunda ignorancia. Una enseñanza bastante terrible, debo decir...

Recién afirmó que en Zazie hizo lo que realmente le gustaba. ¿Eso significa que sintió más placer escribiendo este libro en relación a los anteriores?

-Es bastante difícil de precisar. Hago grandes esfuerzos para escribir. Soy perezoso. Hay autores, estoy seguro de ello, que disfrutan escribiendo. Yo no. Es trabajo. Y si bien se trata de un trabajo que me gusta, de ningún modo es “soplar y hacer botellas”.

¿Cree que estos cinco años de espera resultaron útiles para la maduración de la novela?

-No tengo idea. Obviamente, es algo con lo que he vivido durante cinco años. Al cabo de ese tiempo, durante esos cinco años, pensaba y trabajaba mentalmente en función de la novela. Incluso en los días en los que no trabajaba ni pensaba en ella.

¿Qué ocurre con los escritores que se ven ocupados por otras tareas, como aquellos que trabajan en una oficina por ejemplo?

-Hay tiempo. Siempre hay tiempo para todo. En necesario hacer del tiempo algo precioso.

Y usted, ¿cuándo escribe?

-No importa demasiado cuándo. Para Zazie…, el comienzo y los primeros cinco o seis capítulos los escribí durante unas vacaciones, y luego el resto.

¿Y de no haber sido escritor?

- ¿Qué hubiese hecho? Qué pregunta más curiosa. Un montón de cosas. Podría citar muchos oficios: modisto, cocinero, banquero.

¿Y por qué no filósofo? A fin de cuentas, se puede considerar como si lo fuese.

-Creo que la filosofía no necesita ser escrita.

 

 

Raymond Queneau (Francia; El Havre, Sena Marítimo, 1903 - París, 1976) fue un escritor, poeta y novelista francés, cofundador de OuLiPo, miembro del Colegio de Patafísica y director de la Encyclopédie de la Pléiade.



lunes, 23 de mayo de 2016

ADAGIO






















Hay que vivir para ser feliz
Para ser infeliz hay que vivir
Es un adagio y a la vez dos

Escritos por un filósofo ebrio.



Raymond Queneau

(Traducción: Sandra Gudiño)



Il faut vivre pour être heureux
Pour être malheureux faut vivre
C’est un adage et même deux

écrits par un philosophe ivre




Raymond Queneau (El Havre, Francia, 1903 - París, 1976) Escritor y matemático francés. Hijo único de familia católica, su vocación literaria, que inquietaba a sus padres, fue precoz y constante. Escribió gran cantidad de poemas, muchos de los cuales rompió, y desde su juventud manifestó una avidez de lectura que no cesó nunca. En 1920 su familia se instaló en un lugar próximo a París y el joven Queneau obtuvo una doble licenciatura en letras y filosofía en la Sorbona. Trabajó en un banco y, posteriormente, como representante comercial. En 1924 tuvo su primer gran encuentro con los surrealistas. Es probable que la relación con A. Breton y sus amigos especialmente, a partir de 1927, J. Prévert, G. Duhamel e Yves Tanguy estimulara en forma decisiva su vocación literaria. La liberación que permitía la escritura automática, la rebelión y el inconformismo del nuevo medio le permitieron manifestarse como un miembro activo del grupo. Sus primeros textos, en los que se expresaba su gusto por el sueño y el cine, aparecieron en La Révolution Surréaliste. En 1930 rompió con Breton, por "razones personales". En Odile (1937) contó metafóricamente y bajo forma novelada cómo un simple viaje a Grecia, en 1932, lo liberó de los surrealistas y propició su primera novela, Le Chiendent (1933), en la que se enfrentó a la oposición entre lengua escrita y lengua hablada. A partir de entonces, publicó en Gallimard una novela por año. Gueule de pierre (1934) y su continuación, Les Temps mêlés (1941), abordaban el drama de las relaciones entre padres e hijos; en Les Derniers jours (1936), el héroe vivía la decadencia de la posguerra. Estas novelas, al igual que Chêne et Chien (1937), "novela en verso", Les Enfants du limon (1938) y Un rude hiver (1939), se inscribieron en lo que puede considerarse como una "novela familiar" que trazaba su historia personal. Por esas fechas comenzó su creciente interés por las religiones orientales y el pensamiento esotérico. En 1938 fundó con H. Miller la revista Volontés. Ante el estallido de la nueva contienda mundial, su Journal 1939-1940 (diario publicado póstumamente en 1986) revela una angustia que sólo lograba apaciguar con el ejercicio de sus rituales.Las novelas que publicó durante y después de la guerra, Mi amigo Pierrot (1942), Loin de Rueil (1944) y La alegría de la vida (1952), son menos sombrías que las anteriores y están presididas por un cierto júbilo, que se acentuó en Zazie en el metro (1959), en la que la mezcla de lo popular y lo erudito da fuerza cómica a la obra y que, al igual que Ejercicios de estilo (1947), consolidó su popularidad. Zazie en el metro obtuvo un importante premio por su humor negro, y fue llevada a la gran pantalla al año siguiente por Louis Malle. Los Ejercicios de estilo relatan un mismo y trivial incidente de 99 maneras o "estilos" diferentes. Paralelamente, multiplicó las actividades escribiendo para el cine, diarios y revistas. Publicó compendios de poemas: Les Ziaux (1943), Le Chien à la mandoline (1958) y Sonnets (1958); novelas breves: Une trouille verte (1947) y Le Cheval troyen (1948). Con el seudónimo de Sally Mara, publicó dos novelas: Siempre somos demasiado buenos con las mujeres (1947) y Diario íntimo (1950). En 1960 creó OuLiPo (Ouvroir de Littérature Potentielle), grupo que preconizaba la reintroducción del concepto de coerción formal como los lipogramas o las estructuras matemáticas en la creación literaria, y cuya intención era explorar los juegos y las combinatorias posibles dentro de las reglas convencionales de la literatura; pertenecieron al grupo, entre otros, Italo Calvino y Georges Pérec. Su actividad continuó con nuevos libros de poesía, como Cent Mille Milliards de poèmes (1961), que sólo contenía diez sonetos, novelas com Flores azules (1965) y Le Vol d´Icare (1970) y ensayos sobre las matemáticas. Después de su muerte se publicaron Contes et Propos (1981), Philosophes et Voyous (1986) y parte de sus Journaux o diarios. De los muchos heréticos del surrealismo, entre los que Queneau ocupa un lugar destacado, acaso ninguno como él llevó la herejía hasta el punto de vindicar los orígenes del propio movimiento: heredero directo de A. Jarry, es un notable ejemplo de la vigencia de la patafísica, esa "ciencia de las excepciones" que intuyera su maestro.





domingo, 7 de septiembre de 2008

EJERCICIOS DE ESTILO -Tres textos-


Raymond Queneau
Torpe
No tengo costumbre de escribir. No sé hacerlo. Me gustaría escribir una tragedia o un soneto o una oda, pero están las reglas. Eso me inhibe. No es cosa para aficionados. Todo eso ya está bien mal escrito. En fin. En todo caso, hoy vi algo que tengo ganas de poner por escrito. Poner por escrito no me parece muy brillante. Debe ser una de esas expresiones hechas que repelen a los lectores que leen para los editores que buscan la originalidad que les parece necesaria en los manuscritos que los editores publican una vez que han sido leídos por los lectores a los que repelen las fórmulas hechas del tipo de "poner por escrito" que es sin embargo lo que yo querría hacer con algo que vi hoy aunque yo no sea más que un aficionado al que inhiben las reglas de la tragedia, del soneto o de la oda porque no tengo la costumbre de escribir. Mierda, no sé cómo hice pero resulta que estoy de nuevo en el punto de partida. No voy a salir nunca de ahí. Qué se le va a hacer. Tomemos al toro por las guampas. De nuevo un lugar común. Y además aquel tipo no tenía nada de toro. Mire usted, eso no está mal. Si escribiera: tomemos al pituco por la trenza de su sombrero de fieltro enhastado su largo pescuezo, es posible que eso fuera original. Podría ser que eso me hiciera conocer por los señores de la Academia Francesa, del Flora y de la calle Sébastien—Bottin. Por qué no iba yo a prosperar después de todo. Es escribiendo que uno se vuelve escribidor. Esta me salió bien. Con todo, hay que tener mesura. Aquel tipo de la plataforma del ómnibus no la tuvo cuando se puso a injuriar a su vecino con el pretexto de que este último lo pisaba cada vez que se apretaba para dejar subir o bajar a otros pasajeros. Tanto más cuando, después de haber protestado de ese modo, fue a sentarse rápidamente en cuanto vio que quedaba un asiento libre en el interior del coche, como si tuviera miedo a los golpes. Pues bien, ya he contado la mitad de mi historia. Me pregunto cómo hice. Pero aún falta lo más difícil. Lo más complicado. La transición. Tanto más cuando no hay transición. Prefiero detenerme aquí.


Maladroit
Je n'ai pas l'habitude d'écrire. Je ne sais pas. J'aimerais bien écrire une tragédie ou un sonnet ou une ode, mais il y a les règles. Ça me gêne. C'est pas fait pour les amateurs. Tout ça c'est deja bien mal écrit. Enfin. En tout cas, j'ai vu aujourd'hui quelque chose que je voudrais bien coucher par écrit, Coucher par écrit ne me paraît pas bien fameux. Ça doit être une de ces expressions toutes faites qui rebutent les lecteurs qui lisent pour les éditeurs qui recherchent l'originalité qui leur paraît nécessaire dans les manuscrits que les éditeurs publient lorsqu'ils ont été lus par les lecteurs que -rebutent les expressions toutes faites dans le genre de «coucher par écrit» qui est pourtant ce que je voudrais faire de quelque chose que j'ai vu aujourd'hui bien que je ne sois qu'un amateur que gênent les règles de la tragédie, du sonnet ou de l'ode car je n'ai pas l'habitude d'écrire. Merde, je ne sais pas comment j'ai fait mais me voilà revenu tout au début. Je ne vais jamáis en sortir. Tant pis. Prenons le taureau par les cornes. Encoré une platitude. Et puis ce gars-là n'avait rien d'un taureau. Tiens, elle n'est pas mauvaise celle-là. Si j'ecrivais: prenons le godelureau par la tresse de son chapeau de feutre mou emmanché d'un long cou, peut-être bien que ce serait original. Peut-être bien que ça me ferait connaître des messieurs de l'Académie française, du Flore et de la rué Sébastien-Bottin. Pourquoi ne ferais-je pas de progres après tout. C'est en écrivant qu'on devient écriveron. Elle est forte celle-là. Tout de même faut de la mesure. Le type sur la plate-forme de l'autobus il en manquait quand il s'est mis à engueuler son voisin sous pretexte que ce dernier lui marchait sur les pieds chaqué fois qu'il se tassait pour laisser monter ou descendre des voyageurs. D'autant plus qu'après avoir protesté comme cela, il est alié vite s'asseoir dès qu'il a vu une place libre á l'intérieur comme s'il craignait les coups. Tiens j'ai deja raconté la moitié de mon histoire. Je me demande comment j'ai fait. C'est tout de mérne agréable d'écrire. Mais il reste le plus difficile. Le plus calé. La transition. D'autant plus qu'il n'y a pas de transition. Je préfère m'arréter.




Bibliografía

En su nueva novela, tratada con el brío que lo caracteriza, el célebre novelista X, a quien debemos ya tantas obras maestras, se ha esmerado en no poner en escena sino a personajes bien dibujados y que se mueven en una atmósfera comprensible para todos, grandes y pequeños. La intriga gira en torno del encuentro en un autobús del héroe de esta historia y de un personaje bastante enigmático que riñe con el primer llegado. En el episodio final se ve a ese misterioso individuo escuchando con la más grande atención los consejos de un amigo, maestro en dandismo.El todo provoca una encantadora impresión que el novelista X ha cincelado con rara felicidad.



Friere d'insérer

Dans son nouveau roman, traité avec le brio qui lui est propre, le célèbre romancier X, à qui nous devons déjà tant de chefs-d'oeuvre, s'est appliqué à ne mettre en scène que des personanges bien dessinés et agissant dans une atmosphère compréhensible par tous, grands et petits. L'intrigue tourne done autour de la rencontre dans un autobús du héros de cette histoire et d'un personnage assez énigmatique qui se querelle avec le premier venu. Dans l'épisode final, on voit ce mystérieux indivi-du écoutant avec la plus grande attention les conseils d'un ami, maître en dandysme. Le tout donne une impression charmante que le romancier X a burinée avec un rare bonheur.




Otra subjetividad

Hoy iba en el autobús, al lado mío, en la plataforma, uno de esos babosos como ya no se fabrican más, por suerte, si no yo terminaría por matar a uno. Este, un muchacho de entre unos veintiséis y treinta años, me irritaba especialmente, no tanto a causa de su largo cuello de pavo desplumado, sino por el tipo de cinta de su sombrero, cinta reducida a una especie de cordoncito color berengena. ¡Ah! ¡qué repugnante! ¡qué asco me daba! Como a esa hora había mucha gente en nuestro autobús, aproveché los empujones que se producen al subir y bajar para hundirle mi codo entre las costillas. Terminó por largarse cobardemente antes de que me decidiera a darle unos pisotones sobre los callos para acomodarle los pies. También le hubiera dicho, para fastidiarlo, que a su sobretodo, demasiado desbocado de cuello, le hacía falta otro botón.



Autre subjectivité

II y avait aujourd'hui dans l'autobus à côte de moi, sur la plate-forme, un de ces morveux comme on n'en fait guère, heureusement, sans ça je finirais par en tuer un. Celui-là, un gamin dans les vingt-six, trente ans, m'irritait tout spécialement non pas tant à cause de son grand cou de dindon déplumé que par la nature du ruban de son chapeau, ruban ré-duit à une sorte de ficelle de teinte aubergine. Ah! le salaud! Ce qu'il me dégoûtait! Comme il y avait beaucoup de monde dans notre autobús à cette heure-là, je profitais des bousculades qui ont lieu à la montée ou à la deséente pour lui enfoncer mon coude entre les côtelettes. Il finit par s'esbigner lâchement avant que je me décide à lui marcher un peu sur les arpions pour lui faire les pieds. Je lui aurais dit aussi, afin de le vexer, qu'il manquait un bouton à son pardessus trop échancré.




Raymond Queneau (El Havre, Francia, 1903 - París, 1976)

(Traducción de Idea Vilariño)