domingo, 28 de junio de 2009

CUARTETO COMPUESTO PASADOS LOS OCHENTA AÑOS DE EDAD



Cada día es un oro que recibo del cielo,

Gozo el mínimo rayo que su sol nos irradie,
Propiedad no es del joven más que del blanco abuelo
Y el día de mañana no pertenece a nadie.


Francois de Maucroix (Francia, 1619-1708)

(Traducción de Rubén Reches)

QUATRAIN PAITA L'AGE DE PLUS DE QUATRE-VINGTS ANS


Chaque jour est un bien du ciel que je reçoi,
Je suis aujourd'hui de celui qu'il me donne,
Il n'appartient pas plus aux jeunes gens qu'á moi,
Et celui de demain n'appartient á personne.


EPITAFIO DE UN HOMBRE DE LETRAS



Que los grandes del mundo vistan su sepultura

Con cien elogios es común;
Caminante: en dos versos te diré mi ventura:
Fue mi llegada al mundo muy oscura
Y mi muerte lo es más aún.



Marin Le Roy de Gomberville (Francia, 1600-1674)

(Traducción de Rubén Reches)

EPITAPHE D'UN HOMME DE LETTRES

Les grands chargent leurs sépultures
De cent éloges superflus:
Passant, en peu de mots voici mon aventure:
Ma naissance fut tres obscure
Et ma mort l'est encore plus.



sábado, 27 de junio de 2009

Ya no se da...
















Ya no se da. El llanto se convertía
en un loco reír, las noches pasadas en la Via
Crescenazgo, corriendo, detrás del neón
de un kiosco. Ya no se da. Nuestro corazón
no palpita esperando la medianoche, esperándola
hasta que llegue a su verdadero tumulto,
al arrebato de todas las horas.
Ya no se da. El tiempo es uno solo, una sola
la muerte, pocas las obsesiones, pocas
las noches de amor,los besos pocos, pocas las calles
que nos llevan fuera de nosotros, la poesía no basta.




Milo de Angelis
(Versión de M.Leites)


Non è più dato. Il pianto che si trasformava
in un ridere impazzito, le notti passate
correndo in Via Crescenzago, inseguendo il neon
di un’edicola. Non è più dato. Non è più nostro
il batticuore di aspettare mezzanotte, aspettarla
finché mezzanotte entra nel suo vero tumulto,
nella frenesia di tutte le ore, di tutte le ore.
Non è più dato. Uno solo è il tempo, una sola
la morte, poche le ossessioni, poche
le notti d’amore, pochi i baci, poche le strade
che portano fuori di noi, poche le poesie.




Milo de Angelis. Poeta italiano, nació en Milán, en 1951. Graduado en Letras desarrolla su trabajo de profesor de literatura en el centro penitenciario de la misma ciudad. Ha publicado los siguientes libros de poesía: Somiglianze (Semejanzas), 1976; Milimetri (Milímetros), 1983; Terra del viso (Tierra del rostro), Milán, Mondadori, 1985); Distante un padre, 1989 y Biografia sommaria (Biografía sumaria), 1999. Posteriormente la antología Donde ya habíamos estado 1970-1999, 2001. Ha traducido del francés a Blanchot, Baudelaire, Maeterlinck, De Vigny y del latín a Lucrecio, Horacio, Claudiano y a Virgilio entre otros. También ha publicado las traducciones El amor, el vino, la muerte. Epigramas de la antología Palatina, 2005. Fue fundador y dirigió la revista literaria «Niebo» y actualmente dirige la colección del mismo nombre de las Ediciones “La vida feliz”. Su obra ha sido difundida en Francia, Argentina, España y en los Estados Unidos y fue invitado por la Casa de la Poesía Pérez Bonalde a participar en la IX Semana Internacional de la Poesía, Venezuela, 2001. Es además autor del libro de ensayos Poesía y destino, 1982 y de una obra narrativa: La carrera de las capas, 1979. En el 2005 ganó el Premio Viareggio-Rèpaci con su último trabajo poético Tema del adiós, 2005.



PLEGADO EN SÍ



como un juego de cubos infinito

una muñeca rusa que guardara en el fondo
los gajos de una flor crecida en una grieta
hago trinchera en el silencio
y es la palabra que no digo
el ladrillo de furia en la cara del miedo
un lunes con la lengua cortando el paladar

lo que resta es apenas un átomo de tiempo
una laguna quieta duplicando la imagen del presente
plegándola en sí misma para aguantar la vida adentro de la vida
mi corazón latiendo en su mensaje turbio

¿es posible morir de intensidad en la jaula del cuerpo?
¿es posible que en ese atardecer
brille el error como una luna enferma
que me devuelva limpia al punto de partida?

lo real es impuro
podría soportar esa fragilidad
si conservara intactos los ojos cuando vuelvo
si pudiera ganarme la otra parte del día
merecer el misterio

(de Ripio)


Laura Yasán (Argentina, Buenos Aires, 1960)





GENEALÓGICA




















las hijas del nuevo mundo
son blancas como las luces de los shoppings
pálidas como los panes de mc donald's
translúcidas lágrimas finales de best sellers

las madres huérfanas de las hijas del nuevo mundo
fuimos oscuras habitantes de hotel
tuvimos negras maneras de mirar
queríamos la vida en símbolos extraños
películas de bergman

las paridoras frígidas de las madres huérfanas de las hijas del nuevo mundo
querían una historia sumergida en channel
casarse vírgenes con una réplica de cary grant
tener muñecas rubias de mejillas rosadas
mascadoras de chicle leyendo mujercitas

las hijas huérfanas de las madres frígidas del viejo mundo
queríamos las curvas mullidas de la marylin
y el aspecto latino de una amante del che

pero ellas
las nietas de la decadencia
las hijas del imperio del nuevo mundo
sólo desean ser
delgadas como un tallo
livianas como el ala de una mariposa
anhelan despertar
con los dedos más largos cada día
para hundirlos hasta el fin de sus amígdalas
y vomitar sin voluntad
lo que resta del siglo

(de Cotillón para desesperados)

Laura Yasán (Argentina, Bs.As., 1960)



IMAGEN: Una modelo casi anoréxica de Vogue: Karlie Kloss.



en el azul...



en el azul,

muy adentro
en el azul,

el suave
aire
caliente
se desvanece

bajo las alas
de un ave
joven
que vuela
sin detenerse

al sur

it’s the south,
my own sun

un sur
lleno
de sol
y de luz

que le anima
a regresar,
a continuar

el rápido
lento
vuelo

que parte
rompiendo
el cielo

en el invierno
de un
mundo
de terciopelo
blanco

todo blanco
que redobla las campanas

me recuerda
el movimiento
de las jacarandas

al desnudarse

en el rumor
de hojas
quebrándose
bajo
tus pies
de olivo

sin detenerse



Jorge Betanzos nació en la ciudad de México en 1984.

(Gentileza de Iván García)


viernes, 26 de junio de 2009

ESTE DÍA



el viento sabe lo que es el amor
el sol del estío centellea con color de Palacio Imperial
un pescador solitario mide
la herida de la tierra
la campana suena hinchándose
los paseantes de la tarde
se van incorporando al sentido del tiempo

alguien se inclina hacia el piano
alguien pasa cargado con una escalera
el sueño tarda unos minutos en llegar
solamente unos minutos
el sol vuelve a buscar la sombra
bebo agua en el espejo transparente
y veo al enemigo dentro

la voz del tenor
enfurece al mar como un buque petrolero
abro la lata a las tres de la madrugada
para que brillen los pescados


(De: Paisaje sobre cero ,
Visor -edición no bilingüe-)
Bei-Dao (China, Beijing, 1949)



(Traducción de Luisa Chang)


LA MAÑANA
















los intestinos del pescado como la lámpara
están parpadeantes otra vez

al despertarme hay sal en mi boca
como primer sabor gustoso

salgo para dar un paseo
las casas aprenden a escuchar

algunos árboles dan la vuelta
alguien se convierte en un héroe

es necesario saludar con gestos
al pájaro y a su cazador

(De: Paisaje sobre cero ,
Visor -edición no bilingüe-)

Bei-Dao (China, Beijing, 1949)

(Traducción de Luisa Chang)

IMAGEN: Calle de Beijing (China).




CERA















la cera de la juventud yace

enterrada en el fondo del baúl de los recuerdos
la llama abandona el vino
los pasajeros se apresuran sobre las ruinas
de nuestro corazón

nuestro corazón
caminará mucho más lejos que el odio
la noche rechaza al lector del mañana
la cera encendida
vertiginosa como las campanadas
que cambian el cielo
el único silencio de este momento

el único silencio de este momento
es el jardín desnudo
en el que nos sumergimos sin éxito
la llama es más intensa que la niebla otoñal
que deambula hasta el alba


(De: Paisaje sobre cero ,
Visor -edición no bilingüe-)

Bei-Dao (China, Beijing, 1949)

(Traducción de Luisa Chang)



VIEJOS LUGARES



la muerte siempre está en la otra orilla

vigilando el paisaje

en este momento desde la ventanilla
estoy viendo el ocaso de mi juventud
al volver a pasear por estos viejos lugares
tengo ganas de decir la verdad
y sin embargo antes de anochecer
¿qué más se puede decir?

tomar una copa de palabras
sólo hace sentirte más sediento
junto al río hago mención de la tierra
escuchando en el monte vacío
los sollozos íntimos del flautista

los ángeles recaudadores de impuestos
vuelven del revés del cuadro
desde aquellas calaveras doradas
hacen inventario hasta la caída del sol


(De: Paisaje sobre cero ,
Visor -edición no bilingüe-)

Bei-Dao (China, Beijing, 1949)

(Traducción de Luisa Chang)



TRES POEMAS BREVES



















— según la melodía Shi Liu Tsi Ling
I
Montañas!
Al galope fustigo mi caballo, sin desmontar jamás.
Vuelvo la cabeza y me asombro:
Estoy a tres pies y tres pulgadas del cielo.

II
Montañas!
Mares y ríos que se vuelcan reventando en olas gigantescas.
Carrera enloquecida,
tropel de caballos, ebrios de combate.

III
Montañas!
Pincháis el azul del firmamento sin mellaros las puntas.
El cielo caería
si vuestra fuerza no lo sostuviera.

(1934 - 1935)


Mao Tsetung (China, Hunan, 1893- Pekín, 1976)

(De: Mao Tsetung, Poemas,
Pekin, China, 1978,
sin mención del traductor)


IMAGENMontaña Huangshan de China




EL AGUA



























Veis la de pies ligeros, mis amigos?
Quién vio una gracia, así,
con esas manos de luz
en pétalos
para los ojos
y más pétalos
para una melancolía
de orilla?

Quién vio, decid, quién vio?

Oh, no es la danza, sólo ella.
Es una alegría de cabellos, más allá de ella misma,
en un ir de destino
hacia el escalofrío del principio…
La alegría, mis amigos, la alegría destrenzada
Para un amor que se va, ay,
en las velas del día…
O la alegría pura
que muestra hasta las alas de la luz
sin requerir mostrarse ella,
en una idea ya de la alegría…

Y no es con ella nada, nada,
el pescador
que sale de la noche
con su palidez
más íntima,
en los iris más fugados,
para el gusto de arriba,
y continúa en el vacío,
sólo asido,
cuando se queda totalmente sin hora,
a la liana del vino…

Nada?
Y ese cielo ahora a sus pies,
desde sus pies hasta las islas,
en una brisa de países
de un más allá hundidos?
Nada?
No es también él
una sombra
muelle
y fluida
en la destilación imposible
de los follajes
y de las colinas
y de las nubes
y de las líneas de los vuelos,
de ese abismo a sus pies?

No se pierde asimismo, él, sin saberlo,
sauce sin saberlo
o cinta de paso sin saberlo,
en un infinito que mira y mira
del otro lado de la vida
en una ausencia
celeste?



Juan L. Ortiz (Argentina, Gualeguay, Puerto Ruiz, 1896 -Paraná, 1978)





IMAGEN: Fotograma de "La orilla que se abisma" (2008), film de Gustavo Fontán, basado en la poética de Juan Laurentino Ortiz.




LUNA DE PEKÍN























Sube la luna,


sube

en el filo del silencio...

Loto del silencio

de Octubre?



Y algunas espumas de los siglos, lejos,

nievan unas orillas

que ahondan más y más, en una suerte de ceniza,

unos pliegues

de follajes..


Sube la luna,

sube

con toda la palidez de Octubre, sobre el sueño

y frente a las montañas del Oeste...

Y yo también sobre la ciudad, pero flotando

hacia un mediodía que fue

de pétalos de cielo, ya, para el regreso de ellos...

para las miradas de ellos...


Verdad

que hasta pisasteis, distraídamente,

un mediodía

de jacarandáes?


Y para los amigos que miraron, tal vez, desde las dos orillas

de la brisa,

qué flores las del cénit?

Pero a vosotros, ay, los latidos míos que dejé,

que os enviaría

desde esta agonía de la luna...

(en el suspenso, es cierto, hacia las profundidades,

del dragón,

cuando allá, desde los cauces, otro pez,

vuela a su transfiguración,

arriba)

que os enviaría que no fuese ese suspiro que os dolió

con la corola de ayer?


Y al cariño de Luis, de Raúl, de Hugo, Paco, Mario,..

José Luis...

qué presente?

Esta luna, acaso ?...

esta hostia de las edades

con la harina de Li-Tai-Pé

Tal como a su doble

en lo hondo,

dicen,

la eternidad lo igualara ?...


La misma hoja, al fin,

hoy,

en las manos del agua,

para el domingo de los millones y millones de la participación

con el confín sobre sí

o bajo "la sonrisa que danza"...

y las "su-nas" que unen, nuevamente, la colina y el azul,

pero desde la raíz del ciruelo..


Mas, qué poderes los de un hilo

para administrar la poesía,

así,

y a manera de gentileza,

y en uno como vacío

del tiempo,

aunque en la punta del día..

y aún

en una lámina de Li-Tai-Pé ?...

O todavía en una oblea de Emi-Siao

con las líneas de la golondrina,

a veces,

y de la hoz,

naturalmente,

a veces ?...

.................................................................................


Sube la luna de Pekín,

sube

por el escalofrío...

a través de su pensamiento

sube

Y al caer del otro lado del otoño,

el viento de sus alas.

será ése, ése, que atizará sobre el anochecer

el lucerillo de ahí

oh, mis sentimientos...

y que deshojará, esta vez, tal el destino, no ?

el otro cielo

de los jazmines

ahí...

Sube la luna de Pekín,

sube

por el abismo del "tao"...


Sube la luna hacia su "i"...

ella,

igualmente...

hasta la libertad, por un minuto, de su abismo,

una con el abismo,

sube.

Sube la luna de Pekín...


Juan L. Ortiz (Argentina, Gualeguay, Puerto Ruiz, 1896 -Paraná, 1978)



IMAGEN: La luna en Pekin.



DELICIAS ÚLTIMAS



El otoño


con manos

diáfanas

y

brillantes

está abriendo

un azul purísimo

que moja el paisaje

de una delicia

trémula

primaveral.




Juan L. Ortiz (Argentina, Gualeguay, Puerto Ruiz, 1896 -Paraná, 1978)






jueves, 25 de junio de 2009

ODISEO CONFINADO





I. La Invocación

...y el vinoso Ponto,
mar de tinta azul
fluyendo de la nave misma:
un bolígrafo con su capuchón!

¡Y, a su bordo,
ese nuevo Ulises navegando,
por entre los tipografiados
renglones, de una revista
cultural!

¡Y navegó -¡oh peripecias de la Diagramación!-
derivando por artículos, reseñas, notas
y fotografías; ilustraciones
y dibujos;
y avisos publicitarios,
y pequeños, y medianos, y grandes titulares,
yendo de un margen al otro margen
de cada página, (47 págs.),
como de un mar-, a otro mar-,
atravesando cientos de tipográficas
columnas,
a lo largo de aquellos blancos,
apretadísimos resquicios!

(Y Cartoon
escribió, y Palimpsestos
varios).

¡Oh insondables Espacios!
¡Oh Éter enigmático!
¡Oh Ultramundo!

¡Que Cordero, el paródico,
-nuestro Héroe-
hable en espíritu,
(con su voz, por mi voz),
de su jamás antes
concebida Odisea!

¡De ese prodigio
de absoluta inutilidad;
del absoluto y prodigioso
fracaso de ése, su intento!

¡Permitidlo!

¡Y que aquella otra voz,
no de cordero,
mas la del fiero Calaf, el salvador,
-cuando salvar quiso a su pueblo-
así, y del mismo modo,
oír podamos!


II Cordero, el paródico


Confinado, harto
de vivir, encallado
en esa hartura,
a navegar aquellas páginas
-¡ay nimia astucia-
con repentino, cuan extraño,
entusiasmo me di.

Y un día un Bernárdez y otro, un Hornero;
y un José Hernández, otro, y un otro un Garcilaso;
y otro un Eliot y un Lugones, otro;
y un Pound un día y otro, un Discépolo;
y otro un Virgilio y un Quevedo, otro-,
y otro día un del Campo y otro, un Dante y otro
un Macedonio;
y un Apollinaire otro y un Borges, otro día;
y un otro un Boscán y un Marechal, otro,
volví a sentirme:
en grotesca, infernal -así lo juzgo ahora-
mescolanza.

Pero entonces,
como ya en anteriores crisis
habíame ocurrido,
escuchar parecíame esas Voces
en polifónico, ordenado,
excelso Coro.

Y, entre ellas,
mi voz -en paralelo canto-
con ellas concenada,
(lo hubiese yo jurado, lo juraba),
magnífica elevábase.

Y esta alucinación,
también como otras veces,
noche y día, obsesiva persiguiéndome,
de mi endeble, trastornada razón,
se apoderaba.

Hasta llegar a convencerme
que sin más, que sin duda,
un par, un igual,
de ellos era,

¡Oh rara!
¡Oh fortísima locura!

Locura, que a la de aquel
personaje recordaba,
(aquel de cuyo nombre no quiero
ya acordarme)!

¡Aquel que por sus caballerescas
lecturas desquiciado,
en su reseca mente, a figurarse vino,
¡que su linaje
a tal linaje respondía!

¡Oh ilusoria escritura!
¡Oh delirio! ¡Oh espejismo!;
que sólo eso y no más que eso,
finalmente,
acabó siendo.

¿O algo más fue?
¿O, acaso, mucho más?

Aunque a mis ojos,
a mi entendimiento, en trance
de leerme,
ni una cosa ni la otra fuera,
alcanzó a ser.

¡Sí, tal mi caso!

Doble locura la mía,
locura doble: sacrilego,
pretender parodiar
a los excelsos.

Y, entre aquellos
innúmeros resquicios,
creerme al abrigo
de los Dioses.

¡Doble o, tal vez,
una sola, una y tremenda:
aquella en que las dos
fueron sumándose, sumáronse!


(Fragmento)

Leónidas Lamborghini (Argentina, Buenos Aires, 1927-2009)





UN AMOR COMO POCOS


(Fragmento del Libro Segundo)

Ese día de principios de invierno la agonía sacudió a Agonia como nunca. Ocurrieron todas las cosas que puedan imaginarse ,y las que no pueden imaginarse. No quedó nada en pie, salvo el quilombo. Clotilde se lanzó desesperada a la calle en busca del Ovejerito pero no lo encontró por ninguna parte. ¿Se lo había tragado el sacudón? En cambio, encontró un avestruz boleado y con la cabeza rota. Se moría. Iba a exhalar su último suspiro. Clotilde lo tomó entre sus brazos y le acarició muy tiernamente el pico entreabierto. El avestruz la miró con una mirada infinitamente dulce y agradecida. Se despedía de ella como si hubieran sido amigos de siempre. Piadoso, el avestruz respondía simétricamente a la piedad de Clotilde acariciándola, agónico, con las grandes y aterciopeladas plumas de sus alas. Sus soberbias patas estiráronse. Faltó a sus ojos la luz. Después su alma dejó el cuerpo. Y el cuerpo se le puso rígido. Clotilde dejó de acariciarlo. No podía hacer más nada: aquel divino animal ya estaba en el seno de su dios divino. ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! Clotilde secó sus lágrimas y al hacerlo se dio cuenta de que estaba en la esquina del quilombo. Había dado toda la vuelta y se hallaba en el mismo lugar de donde había partido. Tema del círculo o los círculos otra vez. Corso y recorso. En medio de ese paisaje de destrucción y muerte recordó el corso de su barrio en los días de su infancia. Recordó, así, su triunfo cuando en una oportunidad compitió con un traje de disfraz que entusiasmó a la concurrencia y a los jurados por igual: el disfraz de Luz Eléctrica consistente en un armazón tachonado de lamparitas de todos los colores que se prendían y apagaban gracias a un dispositivo especial. Y en medio de aquellas ruinas sonrió. La risa nace de una impresión mecánica. Lo cómico es una colisión de esferas cargadas de sentidos diferentes: es un conflicto de intenciones por una de las cuales tomamos partido intuitivamente; es la percepción brusca de conexiones inesperadas entre experiencias dispares. En la alta montaña, ante una caverna, sentábase el asceta; / apenas un resto de alma y de cuerpo, / a causa de la extrema dieta. Pero también: ningún mayor dolor que recordar / el tiempo feliz en la desgracia. Ahora Clotilde lloraba nuevamente. Desnuda sobre un montículo o sólo cubierta a medias por la piel de oveja negra puro merino. Lloraba. Pero lejos de llamar la atención pasaba desapercibida. Todos lloraban. Todos estaban desnudos o medio desnudos. Ni siquiera Clotilde llamaba la atención con su piel de oveja negra puro merino, artificio bien conocido por los hombres y mujeres de Agonia. Las mujeres la usaban gustosas cuando sus hombres se lo requerían. En los percheros de los hogares de Agonia, fabricados artesanalmente con vistosos cuernos de carneros, se la podía ver colgada junto al pasamontaña, las hueveras de lana de los abuelos (si todavía vivía algún abuelo con la familia) y alguna otra prenda de abrigo. Eran tan atrayentes esos percheros que en las Fiestas de Fin de Año, acondicionados convenientemente, hacían de arbolitos de Navidad. Brillaban los cuernos encerados, seduciendo al ojo del visitante. Artísticos percheros de Agonia que ocasionalmente, alguna vez, hasta habían sido pensados como artículos de exportación. Pero eso había quedado en un proyecto más. Clotilde paró de llorar y se paró en el montículo oteando en derredor cuan lejos alcanzaba su vista. ¿Adonde estaba el Ovejerito? ¿O ya no estaba? ¿No existía ya? ¿Se había extraviado para siempre el Ovejerito? ¿O es que había huido a los Altos Yelos? ¿O es que estaba escondido en la cueva con sus ovejas? ¿Pero, entonces, por qué no lo había encontrado allí? ¿O habíanse desencontrado? ¿Desencontrarse es igual que no encontrarse? ¿Hay encuentros que son desencuentros? ¿Y puede haber desencuentros que sean encuentros? ¿Treparía ella hasta los Altos Yelos? ¿Así como así? ¿Apoyando sus pies en el terreno de la ficción? ¿Cuando todavía fuertes rachas de agonia sacudían a Agonia? ¿Debía esperarlo todo de la ficción? ¿Y sus dones adivinatorios? ¿Y sus dones de rastreadora? ¿Habíansele ausentado por efectos de la agonia? ¿Adonde? ¿Algo le había querido avisar el avestruz acerca del Ovejerito? ¿El avestruz era amigo del Ovejerito? Cuenta Clotilde que con los sesos macerados por esta seguidilla de preguntas cayó, allí mismo, exhausta. Cuando despertó, estaba en brazos del Ovejerito que la besaba estirando sus labios en "trompa" o "piquito" hacia ella. El Ovejerito, cuenta Clotilde, impresionaba como un ser extrañamente conturbado. Tiernos meé, musitaba. La empezó a acariciar. Pero Clotilde reaccionó imprevista y muy violentamente. Esforzándose, estiró su mano hacia una correa que había quedado abandonada entre las ruinas y usándola como la lonja de un talero le cruzó la cara de un lonjazo al muchachito. Explica Clotilde en sus cartas que lo hizo porque la actitud del Ovejerito, besándola en público con su peculiar o ridículo estilo le pareció el colmo de la estolidez. Una cosa era en el quilombo, entre las cuatro paredes del cuarto, y otra en plena calle con todos los curiosos mirándolos y haciendo risueños comentarios. Lo que le causaba gracia en privado se le volvía estúpido en público. Siempre las cosas tienen una doble cara. Por eso, el lonjazo a una de las caras del Ovejerito. Pero hubo también otra razón; quizá, la razón de fondo. Clotilde estaba harta de que el muchachito, pese a sus insinuaciones y tentativas de pasar a mayores, creyera todavía que "eso" culminaba en el beso. Pensó, incluso, que el pastorcillo había creído que la recuperación de su estado consciente se debía a la presunta omnipotencia del beso. Al beso en "trompa" o "piquito", para más absurdidad. Sin embargo, ella nunca había perdido la conciencia del todo aunque el Ovejerito creyera o pudiera creer que sus ósculos la hubieran resucitado y traído nuevamente a nuestro mundo desde el tenebroso Hades del inconsciente. Otro lonjazo. Y otro más. Como correctivo docente. El maestro siempre tiene razón. ¡Siempre! Esto lo dijo un bárbaro. Pero Clotilde no era bárbara y menos docente. Clotilde amaba a los analfabetos. Es mejor la compañía de un analfabeto a la de cien semianalfabetos, pensaba. ¡No ahorren sangre de semianalfabetos! pensaba con su mejor cara de no-violenta. Con esa cara mostraba toda su dulzura y su bondad sin límites. Pero la exacerbaba el límite que le imponía el Ovejerito con su comportamiento de burro escolar no escolarizado. En todo caso, él era el culpable de los lonjazos; él había provocado esa violencia que cambiaba el sentido: él, que estaba debajo de Clotilde, manso, sosteniéndola en sus brazos, había sido víctima de la violencia de arriba, la de Clotilde. Clotilde se lamentaba de que el Ovejerito, pudiendo haber sido su mejor alumno era, en cambio, su peor. Por mi parte no recuerdo que Clotilde me haya levantado la mano alguna vez salvo aquella tarde que me escapé, a la hora de la siesta, a jugar a la pelota y ella recibió por causa de mi inconducta el reto de mi madre. Mi madre era siestera. Y como toda madre quería o porfiaba inculcarme sus hábitos o creencias. Pero el llamado del potrero era para mí, en aquellos tiempos, más fuerte que el temor a la reprimenda o castigo maternal. Así que allá iba. Me bajaba de la cama en la que mi madre pretendía hacerme dormir junto a ella, en puntas de pie llegaba hasta la puerta, la abría, descendía tratando de no hacer el menor ruidito por la escalera, y ya en la planta baja, enfilaba hacia la cocina, salía al patio, llegaba a la puerta cancel de entrada, trepaba y ya. Ya me estaba descolgando hacia el otro lado, el de la vereda. Allí me esperaban los juvenilleros. Potrero y pelota. Dale, pásala. Clotilde, recuerdo, llegó hasta esa tierra baldía. Clotilde, amigaza, llegó hasta el baldío o potrero y me propinó unos fuertes coscorrones llevándome de una oreja a casa. Pero no era bárbara ni, menos, docente; actuó por órdenes de mi madre a la que mucho estimaba. Clotilde, observando la desazón de la gente que rodeaba al Ovejerito y a ella, optó por solicitar un pañuelo con el que enjugó la abundante sangre que bañaba, abundante, el lindo rostro del pastorcillo. El muchachito la miraba como la había mirado el avestruz, con la mirada de un carnero. A punto de ser degollado. O degollado. Alzó en sus brazos al Ovejerito y colérica, ahora, dirigiéndose a los pobladores les espetó: ¡Han comprado el error como si fuera la verdad! ¡Han comprado los suplicios en lugar del perdón! Por eso la agonia, murmuró luego, reflexiva. Pero volviendo a mis escapadas al potrero: es curioso como cambia la gente en el transcurso de su vida hasta poder llegar a pensarse como una serie de personas distintas que no tuvieran nada que ver las unas con las otras; hasta el punto de no poder afirmar algo que parecería tan obvio como soy el que soy y sí, en cambio, soy el que no soy. ¿De aquel pequeño transgresor en busca de su libertad, de aquel chico arriesgado que fui, qué queda? Me encerré. Me clausuré. Me puse a hacer tortas para los vecinos. Me encarcelé. Me: como adentro de una valva. Me ocluí entre los muros de esta casa. Con el Ovejerito en brazos, Clotilde entró al quilombo. Con su otra cara. No la de leona profética sino con la de amante madre llevando a su nene de teta en brazos. Los esporádicos y musicales gemidos del pastorcillo excitaban aun más su deseo. Cupido no cesaba de flecharla. Ni en medio de las catástrofes él deja de probar puntería en los mortales y hacerles el dulce daño. Clotilde tenía, de veras, ganas. Ganas de muchas ganas. Pero antes de intentarlo una vez más hizo un sincero acto de contrición. ¡Tan débil es nuestra carne, Señor! Clotilde se llevó a su pequeño diosecillo al cuarto. La vista de la sangre del Ovejerito la había erotizado al grado sumo, místicamente, como suele ocurrir. Eros y San Juan de la Cruz. ¡Señor, qué débiles somos! Clotilde estaba ya al borde del orgasmo. ¡Qué dicha! ¡Qué goce! ¡Oh señor! Temblando, tendió al Ovejerito en el lecho. Tutta tremando. Sus gemidos en trance de hembra a punto de acabar, cuenta Clotilde, se mezclaban con los musitados mees del muchachito. Meé. Meé. Oh, Señor, qué débiles! Reunió en un solo haz de combattiménto sus fuerzas y se encabalgó al Ovejerito, apretándolo entre sus tabas o rodillas. Aferró el aguijón tieso del pastorcillo y comenzó así la eterna lucha. El Ovejerito corcoveaba. Clotilde le atenazaba los flancos. Era una doma: Clotilde, la jineta; el Ovejerito, el bagual. Clotilde porfiaba introducir el aguijón del pastorcillo en su raja. Mas una y otra vez fallaba en su intento. Los nervios, una y otra vez, le jugaban esa mala pasada por lo que ya desesperada de lograr su propósito y ya a punto de culminar su orgasmo se decidió a masturbarlo. Arriba y hacia abajo y viceversa. Hasta que por natural surgencia el chorro brotó del reservorio y tocó casi el cielorraso. Después, el aguijón del Ovejerito se acordeonó, lamentable. Una comita, un puntúo, una nada. Siempre le había causado risa a Clotilde la situación del pene varonil que, de orgullosamente erecto, pasa a ser un enano nacido, blando como un molusco baboso.



Leónidas Lamborghini (Argentina, Buenos Aires, 1927-2009)





Llega un día


Llega un día

en que la mano percibe los límites de la página
y siente que las sombras de las letras que escribe
saltan del papel.

Detrás de esas sombras,
pasa entonces a escribir en los cuerpos repartidos por el mundo,
en un brazo extendido,
en una copa vacía,
en los restos de algo.

Pero llega otro día
en que la mano siente que todo cuerpo devora
furtiva y precozmente
el oscuro alimento de los signos.

Ha llegado para ella el momento
de escribir en el aire,
de conformarse casi con su gesto.
Pero el aire también es insaciable
y sus límites son oblicuamente estrechos.

La mano emprende entonces su último cambio:
pasa humildemente
a escribir sobre ella misma.


(de Quinta poesía vertical, 2, 1974)

Roberto Juarroz (Argentina, Dorrego, 1925- Buenos Aires, 1995)