lunes, 5 de marzo de 2012

LA FILOSOFIA DEL CAMARIN


























de René Magritte



Cuando nadie los ve
cuando nadie los oye
los vestidos guardan deseos de otros como heridas abiertas, como sangre /expuesta,
las ajenas miradas de la desdicha, las voces roncas, las fracturadas noches,
las alegrías futuras como perros por nacer.





Los zapatos reflejan el universo, ese Dios que guarda en los cajones toda la /infelicidad del mundo,
las nostalgias que caen del cielorraso
y los pasos que llevan al placer en los dedos y en la punta de los labios.


Les queman los días pasados y los por venir,
tontos de sueños, de esperanza y de hambre,
ellos,
puestos en el lugar de lo viejo,
juegan dulcemente a las trampas.


Hablan a veces con voz de agua jabonosa,
hablan a veces
del perfume de las cosas estancadas, del espejo que los guarda en sus aguas.




Así lastimados
son eternos. No sonríen ni dejan que nadie les sonría.
Recuerdan que es mejor olvidar y como filósofos no creen en lo que se ve,
beben tranquilos las luces de la sombra,

y hasta entienden

por momentos

esa música sin freno

de la muerte.





Liliana Díaz Mindurry (Buenos Aires, 1953)



sábado, 3 de marzo de 2012

Hoy el viento es sólo ruido




Hoy el viento es solo ruido afuera,
cosas que crujen y silban
a grito partido.

Entonces todo es resistencia:
el clavo aferrado a la madera
deteniendo la chapa
y vos que me pedís
que te abrace.





Ese animal me mira fijo a los ojos.

Quiero escaparme
pero no hay dónde esconderse.

Es infinito este desierto
cuando nos miramos al espejo.




Esta mujer se queda en mi casa,
abre las ventanas
mientras canta,
y aunque me tape los oídos
y cierre los ojos,
el deseo me retumba
adentro.




Jorge Maldonado (Argentina, Puerto Montt, 1976-Vive en Comodoro Rivadavia, desde niño)




miércoles, 29 de febrero de 2012

Aquí no vive nadie




III

El calor del aire me espesa el camino
mientras los pasos andan
en cuerpo lento
entre ovillos del cielo y la memoria.

La encrucijada abre distancias
pero los pasos se acercan a otros pasos
y se emparejan como calles idénticas
en sus desvíos.

No se sabe por qué se emprende el viaje,
se busca un padre o se busca un hijo
la sombra de una lengua que diga que existimos.

V

¿Habrá llorado un mediodía
bebiéndose el camino
o en cercanía de un perro
abrazada a sí misma?

¿Habrá rezado en la noche
entremezclada
llena eres de gracia
con los ojos cerrados
bendita
recordando la espesura
entre todas las mujeres
durante lo callado
en casa ajena
sobre un mundo pequeño
el fruto de tu vientre
a punto de caerse?

¿Habrá querido desentrañarse
en todas las lenguas
que antes la dijeron
o habrá sido sola
totalmente
sola
sin ser dicha?


VIII

La niña de madera
se olvida del encierro
cuando tantea la memoria
con sus brazos de ramas
mal podadas.

Añora el pan con chicharrones
de su pobreza feliz
el pequeño jardín con madreselvas
la virgen de plástico que pisa
la serpiente con sus pequeños pies
descalzos.

No la atormenta la celda
ni aquel monstruo.

La devorada entiende
al ser devorada
que el fuego da más calor
cuando está adentro.

XIV

El viento suena y mueve los cordeles
líneas de alambre bajo el cielo
mueve los broches sin ropa
con torpeza.

Nada cuelga de las tiras tensas
ni un solo ahorcado
ni un ala dorada
ni la sangre mía
nada.

El viento hoy mueve cosas invisibles.


(de Aquí no vive nadie,
El suri porfiado, Buenos Aires, 2010).



Sorda y silencio

No te vayas
tu silencio llenará la casa
si te vas

me aturdirá
cuando esté sola
y pueda escucharlo



Inclinaciones del habla I

Cuánto me gustaba esa destreza que tenías
para arrojar palabras por la boca entreabierta,
chiflando entre los dientes y cansado
como un inmortal cuando despierta.

Cuánto me gustaban los indicios en tu cuerpo
cuando afilabas el lenguaje y lo lanzabas
como microbio o como hacha arrojada / al aire
sin darte vuelta a ver la sangre
del herido, el infectado.

Cuánto me gustaba la estridencia de tus manos
cuando escribían sobre la infancia y la belleza
como los santos o los mudos
que huelen a rosas.



(de Crujir el habla,
Botella al Mar, Buenos Aires, 2008).




TUS OJOS I
A Andy

Nada es inocente en este mundo
salvo tus ojos.

Tu cuerpo quemado / incendiado por los años
dibuja dos grandes soles
anillos sabios que te acercan a lo divino.

No exagero, es cierto, todo sobra en mi casa
todo es olvidable
menos los puentes acuosos de tus ojos.

Como aquello que ignoro conociendo
o mejor aún lo insondable de vos.
Te oigo desde lejos.


(de Las niñas del espejo,
Botella al Mar, Buenos Aires, 2006).


Luciana Mellado (Argentina, Buenos Aires, 1975-Vive en Comodoro Rivadacia, desde niña)






martes, 28 de febrero de 2012

El jardín







































Me van quedando pocos hombres en el cuerpo. A veces sólo sus marcas. Falta un trozo de oreja donde hubo un beso, o la mitad de un labio. Menos bello en el pubis desde alguna caricia y estos paños de té frío en los ojos para bajar el ardor. Siempre les pedí que no me tocaran los pies. No podría vivir sin la ceremonia de ir cada noche a regar las plantas que nunca ninguno se atrevió a tocar. El último que vino a visitarme me contó que los helechos están mejor que nunca, que se respira vida en el patio.




Adriana Fernández




Adriana Fernández (Buenos Aires, 1970), Los hechos, La Bohemia, Buenos Aires, 2004.

viernes, 24 de febrero de 2012

PAISAJE







A veces

a mí también me quisieron.
Era verano
y un pájaro golpeaba desde afuera.



HECHIZO

La muerte se sienta al lado
y me dice:
te ves como recién nacido.



BALADA DEL BUEY SOLO


Me recuerdo saliendo por los desiertos
y encontrando rostros que no eran míos
rostros que no fui
¿cómo no pude acostumbrarme a los rostros?
¿cómo no pude acostumbrarme al paisaje?
debí ser fuerte como un sueño de metal
para que no se duerma la espera
para decir una frase verdadera
para decirme un canto como un animal
quiero decir:
la casa ya no es grande
los niños no están
necesariamente no están
en este instante
es más terrible la belleza del mundo
así
sin fantasmas que alimentar
sin sueños cayendo en el desierto
sin ventanas
rostros de mí.


- Del libro Cactus (2010)

Jorge Curinao


Jorge Curinao nació en 1979 en Río Gallegos, provincia de Santa Cruz. En el año 2006, su libro Sábanas de viento fue elegido para ser publicado por la Dirección de Cultura de la Municipalidad de Río Gallegos. En 2007, representó a la provincia de Santa Cruz en la XXXIII edición de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Posteriormente publicó Plegarias del humo (2009) y Cactus (2010). Algunos de sus poemas fueron incluidos en Peces del Desierto, plaqueta literaria que reúne a artistas y poetas de la patagonia argentina. Su blog es www.jorgecurinao.blogspot.com



miércoles, 22 de febrero de 2012

EL CUARTO






















I

Persigo imágenes que recomponen la realidad. Ficción de noche. Adúltera en el ojo dormido. ¿Quién sos para decirme lo que se puede? Yo puse al desconsuelo de rodillas, atado, verde, en la puerta abierta. Cubrí con hojas su frío y amontoné un vocabulario de cintas desplegadas, de cuerdas, de tensas maravillas cuando crujen los árboles.

III

Si pudiera reír en vez de hacer un puño, una sortija que encandila, aún en el ojo dormido. Si pudiera contener, armar, depositar sobre la mesa el calor en forma de plato, las bocas ávidas del calor en forma de plato, los sueños que voltean el sabor de las bocas en forma de plato, la muerte de los sueños del calor de la boca en el sabor del plato.

V

Sólo descanso de la mano feroz que me quita las paredes. Vuelo, sólo vuelo, estopa que cruje debajo de mis brazos. Acunar a nadie. Dormir separados, cada uno en su ojo. El llanto en común y solos. Deliberadamente.

VI

En todos los inviernos cerramos los brazos. Descarne de la transformación. Sé que merodean los salvajes, que sus guaridas están vacías. Bajaremos juntos por la sombra del árbol, abandonados en las mismas palabras. Él dirá mi nombre, yo la nombraré a ella, ella volverá a llamar, círculo de identidad entre seres distintos. Jadeo, aullidos, quejas de sobresalto, fieras extinguidas pero al acecho. En todos los inviernos la misma celda. Atrapar al otro primero, que es uno. Al que le sigue, que vuelve a ser uno en el otro. Historia repetida como el goteo en el techo de la fría estación. Después esperaremos el viento, en la puntual cena, como un puntual tren que vendrá, que barrerá el pan sobre la mesa, los dientes apretados, la turbulencia del mantel. Devorará todo a su paso: las delicadezas, las mentiras piadosas, un amanecer en dudas, la humillación, el pensamiento, lo irreconocible, las certezas. Y dejará el miedo como memoria, como alimento único sin piedad en las bocas congeladas. En todos los inviernos bajamos los brazos. Los inexpertos del amor en la casa desolada vacían el hambre en las grietas oscuras de su dependencia.


María Kril



María Kril nació en la provincia de Buenos Aires en 1952. Publicó en diarios del interior y antologías en los años 70. Participó en encuentros literarios (Villa Dolores, Chilecito, La Banda) y obtuvo una mención de honor por su libro inédito “Palabras del pozo celeste”, otorgado por S.A.D.E. en 1981. Actualmente participa en la Clínica de la Escritura de la Biblioteca Nacional, en donde ha publicado en dos antologías (años 2008/2009 y 2010/2011).





lunes, 20 de febrero de 2012

LOS OJOS




La Nena le hundió
los ojos
clavándole los pulgares con un solo movimiento preciso,
los ojos dieron vuelta sobre sí mismos en un giro completo.

La Nena sintió cosquillas
en la yema de los pulgares
cuando las pestañas volvieron a quedar en su lugar;
oprimió más y los ojos se perdieron
en la cabeza sin cerebro de Pierángeli.

La Nena la miró sin reconocerla
a causa de las lágrimas y del frío de la muerte.
Guardados los ojos dentro de la nada.


El vacío de los ojos.
Los ojos de la muñeca Pierángeli eran la nada.

Cantaba el aire en las cuencas inocentes y bellas y encantadas.

¿No es la muñeca más que los ojos?
¿ o es un cuchillo a mitad de la infancia?



Irma Marc (Argentina, Rosario, 1951)






jueves, 16 de febrero de 2012

tristia




de tanto en tanto
asomo mi cuerpo
por ese balcón impune
que me permite
casi tocar tu frente


en un sueño liviano
se hunden las palabras
quedan los gestos
la alegría intensa de un olor

sábanas frescas
de una llegada en
la luz misericorde
de los pequeños signos

tardes apretadas
por una ciencia inmóvil
que no me dice cómo y cuando
se revelarán tus ojos

delicada abstención
que me permite un giro
en la tibieza
cuando transpiro tu nombre

y marco la hacienda
de ovejas hostiles
mudando las orejas
en un llanto extranjero




strawberry fields forever

arcadia
si supiera esconder mi minuto
plegarlo en el bolsillo
como una nota olvidada

puntual como la escena
de los parques
en otros veranos
de siestas abiertas

si pudiera tangible
como un eco
desenvolverlo a través
del mar inventado

si quisiera atascarlo
en los senderos
como una señal del peligro
que salva

si así hereje lo invirtiera
partiendo cada una de sus alas
bajo la luz
de este día

si en la boca deshiciera
lo que mis pies votaron
cuando marché a mis 19
por avenidas quebradas

tal vez tomaría
ese eterno retorno de lo mismo
unas piernas en vaivén
la ansiedad dócil

de lo no sabido por saber
aire gentil
de una estrella oscilando
entre tu lengua y la mía



universo

no quedan los arrullos
apenas la piel de la clepsidra
y en la hierba mojada
el tendido dialecto de tu huella
sobre la mía


(De Leandralia)



Despierta, nada puede cambiar tu melodía excepto la promesa
de una última mudez


quedarán las grutas?


al costado de la rambla
un perro flaco aguarda la confianza
de un día mejor

se arrastran las ojotas
las toallas ventilan un paso impredecible

me detengo para ver
ese grupo de mujeres escondidas
los retazos vacilantes de su ahogo

campanas contritas
apenas el calor es un inmenso océano
voltean para guardar un secreto

en los pies se escabulle
un futuro pasmoso
los nombres y su sierras filosas

rebanan un por qué
pero es tarde y me apresuro
hacia las dunas

en busca de una marea que me arroje
a una nueva isla




Entretanto, es mejor correr y dejar atrás la siesta y el capullo que la araña devora
para vivir



vos que das el giro en la esquina
cuando la bicicleta se atora
y tu culo pequeño resplandece
como un nuevo sol


ellos están allí y no hay más que ojos
la calle desierta es una invitación
tu miedo se huele a kilómetros
anticipando un porvenir


matas de cabellos sudorosos
las voces seguras te rodean
cubren la hostilidad en una mueca
mientras despacio vislumbran un sendero


alguien rompe el cerco
jugosa y frágil como un secreto
el dedo escarba la manzana
y casi sin querer se aprende

que en la tarde demudada
no hay más que huir
veloz hacia ese cielo
donde el ciervo se cruza con la hiena

y responde fatal a la consigna


(De Shangrila)

Lilián Cámera nació en Montevideo y reside desde los ocho años en Argentina.
Publicó en poesía la Antología Moebius (coautora con Liliana Piñeiro y Vanesa Aldunate – 2008) y Clausura (Ediciones del Dock, 2008).

blog:

Meridiana
http://meridianacelan.blogspot.com/


martes, 14 de febrero de 2012

a la ronda ronda















la niña ha bautizado su muñeca
en el nombre del rocío, la arrulla en su seno,
susurra una música inefable en el espacio,
la niña mece a la niña bajo las tiernas estrellas,
dúo de ronda bailan sobre américa una niña
de zapatos de fango con su guagüita de trapos
mojados de sangre, sí



(asesinaciones, Madrid, 1981; reed. en asesinaciones. matria mía azul. comparancias, Buenos Aires, 1985)
Julio Huasi




Julio Huasi nació en Buenos Aires en 1935. Fue poeta y periodista. Desde su primer libro, llevó sus poemas de plaza en plaza. Como periodista trabajó en la revista Brecha de Uruguay y en la agencia cubana Prensa Latina, colaboró con la revista Punto Final y en la primera etapa del Periódico de Las Madres de Plaza de Mayo. A partir del golpe militar de 1976 se exilia en Chile y España, donde colabora con el diario El País y la revista Nueva Estafeta.
Su primer libro, sonata popular en buenos aires (1959), fue prologado por Raúl González Tuñón. Luego siguieron yanquería (1960); violento casorio o las bodas universales (1962); los increíbles (1965); sangralamérica y bandolor, reunidos en un solo volumen (1971); asesinaciones (1981) y asesinaciones. matria mía azul. comparancias (1985).
Huasi puso fin a su vida en Buenos Aires en 1987. En homenaje a él, la biblioteca de las Madres de Plaza de Mayo lleva su nombre.

domingo, 12 de febrero de 2012

HOSPITAL
















Los rincones congregan

miradas ahuecadas

repletas de silencios.

Hay en el piso

mil fatigas

impresas

como trampas

de insomnio

de ceniza

la convulsión inexpresiva en la cola

a las seis de la mañana.



En los pasillos

un olor largo

sobrevive a los alcoholes.



Palpita

en cada mano

marcada en la pared.



Un olor.

Nacido para la pobreza.









TEMPORALIDADES

El tiempo

es la canoa

que avanza sobre el río


con todos sus remeros

mirando siempre



atrás.



(de El dios Impar)

Alicia Poderti


Alicia Estela Poderti nació en la ciudad de Buenos Aires. Es especialista en temas transdisciplinarios, doctorada por la Universidad Nacional de Cuyo con estudios de posdoctorado en Historia Iberoamericana en España.Actualmente se desempeña como Investigadora de carrera del CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Presidencia de la Nación, Argentina). Ha actuado como perito lingüístico en importantes juicios de Capital Federal y dirigido grupos de abogados en proyectos relacionados con el Derecho y el lenguaje. Obtuvo importantes premios nacionales e internacionales a su labor académica, como el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes (Ensayo) y el Premio de la Academia Argentina de Letras, entre otros. Es autora de libros y numerosos estudios publicados en el país y en el exterior.


jueves, 9 de febrero de 2012

LA ESPECIE NO SE DISTINGUE





En los días de aplastamiento me colecciono a mí misma. Hecha un nudo en esta silla poso en un insectario. Me ausculto. El cuerpo no se divisa bien pero las alas son soberbias, de un tornasolado divino. ¿Una mosca de oro? Estoy por aletear y me envanezco. Estoy sola en el silencio y tengo paciencia.


DE LA FAMILIA DE LAS OLEÁCEAS

Hay un hilo de agua
que se había ido
de mí
y ahora vuelve:
¿Lo ves?
El brazo
de un río
que retrocede.
Yo misma
estoy adentro
de un recipiente
con agua.
Agua apilada
que circula
en cuadrados
dispuestos
uno arriba de otro
de manera irregular.
Algunos cuadrados
son transparentes,
otros color naranja,
otros miel.
Examino
mi cuerpo
desde afuera,
sin ansiar
nada en particular,
incluso con una mano
sosteniendo el mentón.

Hasta tengo tiempo
de considerar que
debería reunir
todo lo anotado.

Es mi cuerpo
con las pulpas
ensanchadas.

El agua es silenciosa,
cortante.

Te puede parecer
que sangro
pero no,
sólo y por momentos,
me ahogo un poco.


¿QUIÉN VA A CREERME QUE NO SÉ SU ORIGEN?

Mi cuerpo se reclina como un árbol selvático de pensamientos triangulares, y henchido de frío.
Descanso las manos en la pileta bajo el agua caliente. Se reparan las hojas vencidas, las patas de pájaro agotado.
De mis manos sale fuego y traspaso la pileta. La incendio. Y así, de a poco, mi cuerpo se va esfumando. Las ramas y las plumas se hacen polvo.
Soy el brazo de un río que se va secando. Navego en mí. Y descubro que tengo recuerdos. Como el del sueño en el que dos piernas cortadas flotan en un arroyo y la corriente las arrastra hacia la casa de los guardianes. Irrumpen. El hilo de agua logra propulsarlas y se encaraman arriba de una tele, se resbalan por detrás, y se ocultan.
Despierto a los guardianes para advertirles que las piernas se encuentran ahí. Pero ¿quién va a creerme que no sé su origen?

(Inéditos del libro Antes y después del fresno)



Selva Dipasquale (Argentina, Buenos Aires, 1968)







lunes, 6 de febrero de 2012

MAL DEL JUNCO
















Encendemos las brasas
para dejar que al río
vuelvan errantes los devotos de la costanera,
la bendición del junco y su mal.

El asado y el vino.
La comida resbala entre los labios.
Despertar es soñar la antigua hilera
de maderas y los hilos del pasto.

Tengo los pies hinchados, caminando hacia el sol
me detuve a impedir el tiempo entre los árboles.
Y lo vi vacilar entre las sogas de la ropa
tirándole pedradas que rebotan y pegan

en las chapas ocultas del yuyal,
relucientes a ratos por el sol
que las herumbra y las devora.
Todo es mampostería:

los albañiles falsos, el carbón envasado,
los automóviles estacionados a la vuelta,
las mujeres y yo, que paso inadvertida
y me pregunto qué verían los otros si me vieran.

Fruta de invierno, Corregidor, 1985.




BARRANCA

"el cielo que soñamos una vez..."
(Che, bandoneón, letra de Homero Manzi y música de Aníbal Troilo.)


Qué añade un día repetido a tantos días
cuando bajaba la barranca tentando con el pie
la dimensión del río.

¿Qué vuelve al horizonte si regreso
al punto de partida?
Frente a la hilera de edificios

los ojos turbios de un balcón,
detrás de una ventana,
desde una terraza,

a ras del suelo,
la frente,
de frente, siempre

es un cielo tembloroso el que espera.
Una tierra sembrada de máquinas
la que retumba.

¿Qué vuelve al horizonte?
La calle está vacía de gente
el gesto perdura.

Pentagrama, La Margarita, 2005.


Hebe Solves


Hebe Solves (1935-2009): poeta y narradora argentina; también fue docente y autora de libros pedagógicos. Se especializó en la problemática de la lectura y la escritura, trabajó como capacitadora docente y coordinó talleres literarios en los que produjo experiencias innovadoras. Sus libros de poesía son: En lugar del piano (1977), Sombra ajena (1981), Fruta de invierno (1985), Desalojados (1989), El fiel de la memoria (1994), Monólogos de mesa (con ilustraciones propias, 2001). Publicó también numerosos libros para chicos y jóvenes, libros de cuentos como El fantasma de la belleza (1983) y ensayos. Cuentos y poemas suyos aparecieron en diarios, revistas y antologías. Algunos de sus poemas para chicos fueron musicalizados por María Teresa Corral. Vivió siempre en Buenos Aires, salvo el tiempo en que trabajó como maestra rural. Parte de sus obras pueden ser leídas en http://www.solves.com.ar/solves.html






viernes, 3 de febrero de 2012

yo no he dormido nunca


podrá decir

lo vi tirado en las mesas

(estaba borracho,
borracho)

toqué su pecho frío

(era mi camisa de nieve)

no yací con amantes
ni hundí este cuerpo en plumas

de niño guardaba la quietud
iluminaba
la orilla de la noche

se equivoca
no he perdido mi vida
no fui encontrado por el caos
la serenidad

yo no he dormido nunca

predije terremotos
los incendios

conozco los vejámenes

y si alguna vez
me descubrió
bajo algún sauce
tomando sangría con amigos
o pasé en autos
que perforaban las salinas
corriendo
estaba atento
sabe?
llevaba el balance
anotaba

no he dormido nunca
no descendí de la nube
ni surgí de otras tierras

me han tironeado a gritos
echado baldazos de realidad
ferocidades
espumas

de todo
imagínese

y
le puedo asegurar
estos ojos
iban abiertos
de oro
de ríos

en su pozo.




Grandes esperanzas


algo estaba en el aire
y me tocó

ando por la calle con los muertos
(pero vos,
el
también)


no podría ir a casa
no debería ir a mi casa

el intendente baja de su nave
y me increpa :

Usted
no vaya a su casa!!!

paro en un bar
me traen el diario

ahí va la casa de Alejandro Schmidt
con campanas y fuego
con la señora y el hijo
saludando

y todavía
no comencé a llegar
al sitio
donde estaba mi casa
esta noche dormiré en lo de Brito

desde su patio
el cielo que olvidé

tenía una casa
y volvías

algo me demoró

deben estar por el Dorado

sus ladrillos
los cuadernos

¿debo tener una casa?
soy un perro
o soy una manzana?

muchos hombres
mejores
jamás abren su casa

iba a mi casa y me acordé
del miedo
al fondo
de esos años
crudos y livianos

mi casa
mi casita
donde mordí la Tierra
y me quebré

no me invite vecina
no
la puede retar
el intendente

abro el portoncito de la noche
y descanso
estudio largamente sus paredes

debe ser
lo que va quedando
para mí.




Un canto


esos son los dioses en la lluvia
ese es tu amor muerto al llegar
entre ellos
lo que fue primero
permanece
creciendo como pasto del presente

ahora miente la realidad
y miente el sueño

hace frío
el trabajo es largo como el pan
dale árboles a tu camino
dale infancia

a caballo del rey
se notan las manos del azar

la muerte
el oro
acariciados

y cuanta soledad su leyenda
y cuanto fervor
aquellas puertas

un río cruza el aire
esa es la sed de los poetas
la tierra espera

¿adónde preguntaron por nosotros?

¿cuál vida se guardó
sin ser hallada?

abre un dilema para todos tus días
una rosa feroz

un canto.




(de PUNTO libro inédito escrito 
a comienzos de la década del ‘90)


Alejandro Schmidt (Villa María, Córdoba, Argentina, 1955) 







miércoles, 25 de enero de 2012

CÓMO SE SALVÓ WANG Fô





El anciano pintor Wang-Fô y su dis­cípulo Ling erraban por los caminos del reino de Han.
Avanzaban lentamente pues Wang-Fô se detenía durante la noche a contemplar los astros y durante el día a mirar las libélulas. No iban muy cargados, ya que Wang-Fô amaba la imagen de las cosas y no las cosas en sí mismas, y ningún objeto del mundo le parecía digno de ser adquirido a no ser pinceles, tarros de laca y rollos de seda o de papel de arroz. Eran pobres, pues Wang-Fô trocaba sus pinturas por una ración de mijo y despreciaba las monedas de plata. Su dis­cípulo Ling, doblándose bajo el peso de un saco lleno de bocetos, encorvaba respetuosa­mente la espalda, como si llevara encima la bóveda celeste, ya que aquel saco, a los ojos de Ling, estaba lleno de montañas cubiertas de nieve, de ríos en primavera y del rostro de la luna de verano.

Ling no había nacido para correr los caminos al lado de un anciano que se apo­deraba de la aurora y apresaba el crepúscu­lo. Su padre era cambista de oro; su madre era la hija única de un comerciante de jade, que le había legado sus bienes maldiciéndola por no ser un hijo. Ling había crecido en una casa donde la riqueza abolía las in­seguridades. Aquella existencia, cuidadosa­mente resguardada, lo había vuelto tímido: tenía miedo de los insectos, de la tormenta y del rostro de los muertos. Cuando cum­plió quince años, su padre le escogió una es­posa, y la eligió muy bella, pues la idea de la felicidad que proporcionaba a su hijo lo con­solaba de haber llegado a la edad en que la noche sólo sirve para dormir. La esposa de Ling era frágil como un junco, infantil como la leche, dulce como la saliva, salada como las lágrimas. Después de la boda, los padres de Ling llevaron su discreción hasta el punto de morirse, y su hijo se quedó solo en su casa pintada de cinabrio, en compañía de su joven esposa, que sonreía sin cesar, y de un ciruelo que daba flores rosas cada primavera. Ling amó a aquella mujer de corazón límpido igual que se ama a un espejo que no se empaña nunca, o a un talismán que siempre nos pro­tege. Acudía a las casas de té para seguir la moda, y favorecía moderadamente a bailari­nas y acróbatas.

Una noche, en una taberna, tuvo por compañero de mesa a Wang-Fô. El anciano había bebido, para ponerse en un estado que le permitiera pintar con realismo a un borra­cho; su cabeza se inclinaba hacia un lado, como si se esforzara por medir la distancia que separaba su mano de la taza. El alcohol de arroz desataba la lengua de aquel arte­sano taciturno, y aquella noche, Wang habla­ba como si el silencio fuera una pared y las palabras unos colores destinados a embadur­narla. Gracias a él, Ling conoció la belleza que reflejaban las caras de los bebedores, difuminadas por el humo de las bebidas ca­lientes, el esplendor tostado de las carnes la­midas de una forma desigual por los lengüetazos del fuego, y el exquisito color de rosa de las manchas de vino esparcidas por el manteles como pétalos marchitos. Una ráfaga de viento abrió la ventana; el aguacero pe­netró en la habitación. Wang-Fô se agachó para que Ling admirase la lívida veta del rayo y Ling, maravillado, dejó de tener miedo a las tormentas.

Ling pagó la cuenta del viejo pintor; como Wang-Fô no tenía ni dinero ni mora­da, le ofreció humildemente un refugio. Hi­cieron juntos el camino; Ling llevaba un farol; su luz proyectaba en los charcos inesperados destellos. Aquella noche, Ling se enteró con sorpresa de que los muros de su casa no eran rojos, como él creía, sino que tenían el color de una naranja que se empieza a pudrir. En el patio, Wang-Fô advirtió la forma deli­cada de un arbusto, en el que nadie se había fijado hasta entonces, y lo comparó a una mujer joven que dejara secar sus cabellos. En el pasillo, siguió con arrobo el andar va­cilante de una hormiga a lo largo de las grietas de la pared, y el horror que Ling sen­tía por aquellos bichitos se desvaneció. Enton­ces, comprendiendo que Wang-Fô acababa de regalarle un alma y una percepción nuevas, Ling acostó respetuosamente al anciano en la habitación donde habían muerto sus padres.

Hacía años que Wang-Fô soñaba con hacer el retrato de una princesa de antaño tocando el laúd bajo un sauce. Ninguna mujer le parecía lo bastante irreal para servirle de modelo, pero Ling podía serlo, pues­to que no era una mujer. Más tarde, Wang-Fô habló de pintar a un joven príncipe ten­sando el arco al pie de un alto cedro. Ningún joven de la época actual era lo bastante irreal para servirle de modelo, pero Ling mandó posar a su mujer bajo el ciruelo del jardín. Después, Wang-Fô la pintó vestida de hada entre las nubes del poniente, y la joven lloró, pues aquello era un presagio de muerte. Des­de que Ling prefería los retratos que le hacía Wang-Fô a ella misma, su rostro se marchi­taba como la flor que lucha con el viento o con las lluvias de verano. Una mañana la en­contraron colgada de las ramas del ciruelo rosa: las puntas de la bufanda de seda que la estrangulaba flotaban al viento mezcladas con sus cabellos; parecía aún más esbelta que de costumbre, y tan pura como las beldades que cantan los poetas de tiempos pasados. Wang-Fô la pintó por última vez, pues le gustaba ese color verdoso que adquiere el rostro de los muertos. Su discípulo Ling desleía los colores y este trabajo exigía tanta aplicación que se olvidó de verter unas lágrimas.

Ling vendió sucesivamente sus escla­vos, sus jades y los peces de su estanque para proporcionar al maestro tarros de tinta púr­pura que venían de Occidente. Cuando la casa estuvo vacía, se marcharon y Ling cerró tras él la puerta de su pasado. Wang-Fô estaba cansado de una ciudad en donde ya las caras no podían enseñarle ningún secreto de belleza o de fealdad, y juntos ambos, maes­tro y discípulo, vagaron por los caminos del reino de Han.

Su reputación los precedía por los pue­blos, en el umbral de los castillos fortifica­dos y bajo el pórtico de los templos donde se refugian los peregrinos inquietos al llegar el crepúsculo. Se decía que Wang-Fô tenía el poder de dar vida a sus pinturas gracias a un último toque de color que añadía a los ojos. Los granjeros acudían a suplicarle que les pintase un perro guardián, y los señores que­rían que les hiciera imágenes de soldados. Los sacerdotes honraban a Wang-Fô como a un sabio; el pueblo lo temía como a un brujo.

Wang se alegraba de estas diferencias de opi­niones que le permitían estudiar a su alre­dedor las expresiones de gratitud, de miedo o de veneración.

Ling mendigaba la comida, velaba el sueño de su maestro y aprovechaba sus éxtasis para darle masaje en los pies. Al apuntar el día, mientras el anciano seguía durmiendo, salía en busca de paisajes tímidos, escondidos detrás de los bosquecillos de juncos. Por la noche, cuando el maestro, desanimado, tiraba sus pinceles al suelo, él los recogía. Cuando Wang-Fô estaba triste y hablaba de su avan­zada edad, Ling le mostraba sonriente el tronco sólido de un viejo roble; cuando Wang-Fô estaba alegre y soltaba sus chanzas, Ling fingía escucharlo humildemente.

Un día, al atardecer llegaron a los arrabales de la ciudad imperial, y Ling buscó para Wang-Fô un albergue donde pasar la noche. El anciano se envolvió en sus harapos y Ling se acostó junto a él para darle calor, pues la primavera acababa de llegar y el suelo de barro estaba helado aún. Al llegar el alba, unos pesados pasos resonaron por los pasi­llos de la posada; se oyeron los susurros amedrentados del posadero y unos gritos de mando proferidos en lengua bárbara. Ling se estremeció, recordando que el día anterior había robado un pastel de arroz para la comida del maestro. No puso en du­da que venían a arrestarlo y se preguntó quién ayudaría mañana a Wang-Fô a vadear el próximo río.

Entraron los soldados provistos de fa­roles. La llama, que se filtraba a través del papel de colores, ponía luces rojas y azules en sus cascos de cuero. La cuerda de un arco vibraba en su hombro, y, de repente, los más feroces rugían sin razón alguna. Pusieron su pesada mano en la nuca de Wang-Fô, quien no pudo evitar fijarse en que sus mangas no hacían juego con el color de sus abrigos.

Ayudado por su discípulo, Wang-Fô siguió a los soldados, tropezando por unos caminos desiguales. Los transeúntes, agrupa­dos, se mofaban de aquellos dos criminales a quienes probablemente iban a decapitar. A todas las preguntas que hacía Wang, los soldados contestaban con una mueca salvaje. Sus manos atadas le dolían y Ling, desespe­rado, miraba a su maestro sonriendo, lo que era para él una manera más tierna de llorar.

Llegaron a la puerta del palacio impe­rial, cuyos muros color violeta se erguían en pleno día como un trozo de crepúsculo. Los soldados obligaron a Wang-Fô a franquear innumerables salas cuadradas o circulares, cuya forma simbolizaba las estaciones, los puntos cardinales, lo masculino y lo femenino, la longevidad, las prerrogativas del poder. Las puertas giraban sobre sí mismas mientras emitían una nota de música, y su disposición era tal que podía recorrerse toda la gama al atravesar el palacio de Levante a Poniente. Todo se concertaba para dar idea de un poder y de una sutileza sobrehumanas y se percibía que las más ínfimas órdenes que allí se pro­nunciaban debían de ser definitivas y terribles, como la sabiduría de los antepasados. Final­mente, el aire se enrareció; el silencio se hizo tan profundo que ni un torturado se hubiera atrevido a gritar. Un eunuco levantó una cor­tina; los soldados temblaron como mujeres, y el grupito entró en la sala en donde se hallaba el Hijo del Cielo sentado en su trono.

Era una sala desprovista de paredes, sostenida por unas macizas columnas de piedra azul. Florecía un jardín al otro lado de los fustes de mármol y cada una de las flores que encerraban sus bosquecillos pertenecía a una exótica especie traída de allende los mares. Pero ninguna de ellas tenía perfume, por temor a que la meditación del Dragón Ce­leste se viera turbada por los buenos olores. Por respeto al silencio en que bañaban sus pensamientos, ningún pájaro había sido ad­mitido en el interior del recinto y hasta se había expulsado de allí a las abejas. Un alto muro separaba el jardín del resto del mundo, con el fin de que el viento, que pasa sobre los perros reventados y los cadáveres de los campos de batalla, no pudiera permitirse ni rozar siquiera la manga del Emperador.

El Maestro Celeste se hallaba sentado en un trono de jade y sus manos estaban arrugadas como las de un viejo, aunque ape­nas tuviera veinte años. Su traje era azul, para simular el invierno, y verde, para recordar la primavera. Su rostro era hermoso, pero im­pasible como un espejo colocado a demasiada altura y que no reflejara más que los astros y el implacable cielo. A su derecha tenía al Ministro de los Placeres Perfectos y a su iz­quierda al Consejero de los Tormentos Justos. Como sus cortesanos, alineados al pie de las columnas, aguzaban el oído para recoger la menor palabra que de sus labios se escapara, había adquirido la costumbre de hablar siempre en voz baja.

—Dragón Celeste —dijo Wang-Fô, prosternándose—, soy viejo, soy pobre y soy débil. Tú eres como el verano; yo soy como el invierno. Tú tienes Diez Mil Vidas; yo no ten­go más que una y pronto acabará. ¿Qué te he hecho yo? Han atado mis manos que jamás te hicieron daño alguno.

—¿Y tú me preguntas qué es lo que me has hecho, viejo Wang-Fô? —dijo el Em­perador.

Su voz era tan melodiosa que daban ganas de llorar. Levantó su mano derecha, que los reflejos del suelo de jade transforma­ban en glauca como una planta submarina, y Wang-Fô, maravillado por aquellos dedos tan largos y delgados, trató de hallar en sus recuerdos si alguna vez había hecho del Em­perador o de sus ascendientes un retrato tan mediocre que mereciese la muerte. Mas era poco probable, pues Wang-Fô hasta aquel momento, apenas había pisado la corte de los Emperadores, prefiriendo siempre las chozas de los granjeros o, en las ciudades, los arra­bales de las cortesanas y las tabernas del mue­lle en las que disputan los estibadores.

—¿Me preguntas lo que me has hecho, viejo Wang-Fô? —prosiguió el Emperador, in­clinando su cuello delgado hacia el anciano que lo escuchaba—. Voy a decírtelo. Pero como el veneno ajeno no puede entrar en nosotros, sino por nuestras nueve aberturas, para poner­te en presencia de tus culpas deberé recorrer los pasillos de mi memoria y contarte toda mi vida. Mi padre había reunido una colec­ción de tus pinturas en la estancia más es­condida del palacio, pues sustentaba la opi­nión de que los personajes de los cuadros deben ser sustraídos a las miradas de los pro­fanos, en cuya presencia no pueden bajar los ojos. En aquellas salas me educaron a mí, viejo Wang-Fô, ya que habían dispuesto una gran soledad a mi alrededor para permitirme crecer. Con objeto de evitarle a mi candor las salpicaduras humanas, habían alejado de mí las agitadas olas de mis futuros súbditos, y a nadie se le permitía pasar ante mi puerta, por miedo a que la sombra de aquel hombre o mujer se extendiera hasta mí. Los pocos y viejos servidores que se me habían concedido se mostraban lo menos posible; las horas daban vueltas en círculo; los colores de tus cuadros se reavivaban con el alba y palidecían con el crepúsculo. Por las noches, yo los contempla­ba, cuando no podía dormir, y durante diez años consecutivos estuve mirándolos todas las noches. Durante el día, sentado en una al­fombra cuyo dibujo me sabía de memoria, reposando la palma de mis manos vacías en mis rodillas de amarilla seda, soñaba con los goces que me proporcionaría el porvenir. Me imaginaba al mundo con el país de Han en medio, semejante al llano monótono y hueco de la mano surcada por las líneas fa­tales de los Cinco Ríos. A su alrededor, el mar donde nacen los monstruos y, más lejos aún, las montañas que sostienen el cielo Y para ayudarme a imaginar todas esas cosas, yo me valía de tus pinturas. Me hiciste creer que el mar se parecía a la vasta capa de agua extendida en tus telas, tan azul que una pie­dra al caer no puede por menos de con­vertirse en zafiro; que las mujeres se abrían y se cerraban como las flores, semejantes a las criaturas que avanzan, empujadas por el viento, por los senderos de tus jardines, y que los jóvenes guerreros de delgada cintura que velan en las fortalezas de las fronteras eran como flechas que podían traspasarnos el corazón. A los dieciséis años, vi abrirse las puer­tas que me separaban del mundo: subí a la terraza del palacio para mirar las nubes, pero eran menos hermosas que las de tus crepúsculos. Pedí mi litera: sacudido por los caminos, cuyo barro y piedras yo no había previsto, recorrí las provincias del imperio sin hallar tus jardines llenos de mujeres parecidas a lu­ciérnagas, aquellas mujeres que tú pintabas y cuyo cuerpo es como un jardín. Los guijarros de las orillas me asquearon de los océanos; la sangre de los ajusticiados es menos roja que la granada que se ve en tus cuadros; los parásitos que hay en los pueblos me im­piden ver la belleza de los arrozales; la carne de las mujeres vivas me repugna tanto como la carne muerta que cuelga de los ganchos en las carnicerías, y la risa soez de mis solda­dos me da náuseas. Me has mentido, Wang-Fô, viejo impostor: el mundo no es más que un amasijo de manchas confusas, lanzadas al vacío por un pintor insensato borradas sin cesar por nuestras lágrimas. El reino de Han no es el más hermoso de los reinos y yo no soy el Emperador. El único imperio sobre el que vale la pena reinar es aquel donde tú penetras, viejo Wang-Fô, por el camino de las Mil Cur­vas y de los Diez Mil Colores. Sólo tú reinas en paz sobre unas montañas cubiertas por una nieve que no puede derretirse y sobre unos campos de narcisos que nunca se marchitan. Y por eso, Wang-Fô, he buscado el suplicio que iba a reservarte, a ti cuyos sortilegios han hecho que me asquee de cuanto poseo y me han hecho desear lo que jamás podré poseer. Y para encerrarte en el único calabozo de donde no vas a poder salir he decidido que te quemen los ojos, ya que tus ojos, Wang-Fô, son las dos puertas mágicas que abren tu reino. Y puesto que tus manos son los dos caminos, divididos en diez bifurcaciones, que te llevan al corazón de tu imperio he dispues­to que te corten las manos. ¿Me has entendido, viejo Wang-Fô?

Al escuchar esta sentencia, el discípulo Ling se arrancó del cinturón un cuchillo mella­do y se precipitó sobre el Emperador. Dos guardias lo apresaron. El Hijo del Cielo sonrió y añadió con un suspiro:

—Y te odio también, viejo Wang-Fô, porque has sabido hacerte amar. Matad a ese perro.

Ling dio un salto para evitar que su sangre manchase el traje de su maestro. Uno de los soldados levantó el sable, y la cabeza de Ling se desprendió de su nuca, semejante a una flor tronchada. Los servidores se lleva­ron los restos y Wang-Fô, desesperado, admiró la hermosa mancha escarlata que la sangre de su discípulo dejaba en el pavimento de piedra verde.

El Emperador hizo una seña y dos eunucos limpiaron los ojos de Wang-Fô.

—Óyeme, viejo Wang-Fô —dijo el Emperador—, y seca tus lágrimas, pues no es el momento de llorar. Tus ojos deben per­manecer claros, con el fin de que la poca luz que aún les queda no se empañe con tu llanto.

Ya que no deseo tu muerte sólo por rencor, ni sólo por crueldad quiero verte sufrir. Tengo otros proyectos, viejo Wang-Fô. Poseo, entre la colección de tus obras, una pintura admi­rable en donde se reflejan las montañas, el estuario de los ríos y el mar, infinitamente reducidos, es verdad, pero con una evidencia que sobrepasa a la de los objetos mismos, como las figuras que se miran a través de una esfera. Pero esta pintura se halla inacabada, Wang-Fô, y tu obra maestra, no es más que un esbozo. Probablemente, en el momento en que la estabas pintando, sentado en un valle solitario, te fijaste en un pájaro que pa­saba, o en un niño que perseguía al pájaro. Y el pico del pájaro o las mejillas del niño te hicieron olvidar los párpados azules de las olas. No has terminado las franjas del manto del mar, ni los cabellos de algas de las rocas. Wang-Fô, quiero que dediques las horas de luz que aún te quedan a terminar esta pin­tura, que encerrará de esta suerte los últimos secretos acumulados durante tu larga vida. No me cabe duda de que tus manos, tan pró­ximas a caer, temblarán sobre la seda y el in­finito penetrará en tu obra por esos cortes de la desgracia. Ni me cabe duda de que tus ojos, tan cerca de ser aniquilados, descubrirán unas relaciones al límite de los sentidos hu­manos. Tal es mi proyecto, viejo Wang-Fô, y puedo obligarte a realizarlo. Si te niegas, antes de cegarte quemaré todas tus obras y entonces serás como un padre cuyos hijos han sido todos asesinados y destruidas sus espe­ranzas de posteridad. Piensa más bien, si quieres, que esta última orden es una conse­cuencia de mi bondad, pues sé que la tela es la única amante a quien tú has acariciado. Y ofrecerte unos pinceles, unos colores y tinta para ocupar tus últimas horas es lo mismo que darle una ramera como limosna a un hom­bre que va a morir.

A una seña del dedo meñique del Em­perador, dos eunucos trajeron respetuosamen­te la pintura inacabada donde Wang-Fô había trazado la imagen del cielo y del mar. Wang-Fô se secó las lágrimas y sonrió, pues aquel apunte le recordaba su juventud. Todo en él atestiguaba una frescura del alma a la que ya Wang-Fô no podía aspirar, pero le faltaba, no obstante, algo, pues en la época en que la había pintado Wang, todavía no había con­templado lo bastante las montañas, ni las rocas que bañan en el mar sus flancos des­nudos, ni tampoco se había empapado lo su­ficiente de la tristeza del crepúsculo. Wang-Fô eligió uno de los pinceles que le presentaba un esclavo y se puso a extender, sobre el mar inacabado, amplias pinceladas de azul. Un eunuco, en cuclillas a sus pies, desleía los colores; hacía esta tarea bastante mal, y más que nunca Wang-Fô echó de menos a su dis­cípulo Ling.

Wang empezó por teñir de rosa la punta del ala de una nube posada en una montaña. Luego añadió a la superficie del mar unas pequeñas arrugas que no hacían sino acentuar la impresión de su serenidad. El pavimento de jade se iba poniendo singu­larmente húmedo, pero Wang-Fô, absorto en su pintura, no advertía que estaba trabajando sentado en el agua.

La frágil embarcación, agrandada por las pinceladas del pintor, ocupaba ahora todo el primer plano del rollo de seda. El ruido acompasado de los remos se elevó de repente en la distancia, rápido y ágil como un batir de alas. El ruido se fue acercando, llenó sua­vemente toda la sala y luego cesó; unas gotas temblaban, inmóviles, suspendidas de los remos del barquero. Hacía mucho tiempo que el hierro al rojo vivo destinado a quemar los ojos de Wang se había apagado en el bra­sero del verdugo. Con el agua hasta los hom­bros, los cortesanos, inmovilizados por la eti­queta, se alzaban sobre la punta de los pies. El agua llegó por fin a nivel del corazón im­perial. El silencio era tan profundo que hu­biera podido oírse caer las lágrimas.

Era Ling, en efecto. Llevaba puesto su traje viejo de diario, y su manga derecha aún llevaba la huella de un enganchón que no había tenido tiempo de coser aquella ma­ñana, antes de la llegada de los soldados. Pero lucía alrededor del cuello una extraña bufanda roja.

Wang-Fô le dijo dulcemente, mientr­as continuaba pintando:

—Te creía muerto.

—Estando vos vivo —dijo respetuosa­mente Ling—, ¿cómo podría yo morir?

Y ayudó al maestro a subir a la barca. El techo de jade se reflejaba en el agua, de suerte que Ling parecía navegar por el in­terior de una gruta. Las trenzas de los cor­tesanos sumergidos ondulaban en la superficie como serpientes, y la cabeza pálida del Em­perador flotaba como un loto.

—Mira, discípulo mío —dijo melancó­licamente Wang-Fô—. Esos desventurados van a perecer si no lo han hecho ya. Yo no sabía que había bastante agua en el mar para ahogar a un Emperador. ¿Qué podemos hacer?

—No temas, Maestro— murmuró el discípulo. Pronto se hallarán a pie enjuto, y ni siquiera recordarán haberse mojado las mangas. Tan sólo el Empera­dor conservará en su corazón un poco de amargor marino. Estas gentes no están he­chas para perderse por el interior de una pintura. Y añadió:

—La mar está tranquila y el viento es favorable. Los pájaros marinos están haciendo sus nidos. Partamos, Maestro, al país de más allá de las olas.

—Partamos —dijo el viejo pintor.

Wang-Fô cogió el timón y Ling se in­clinó sobre los remos. La cadencia de los mis­mos llenó de nuevo toda la estancia, firme y regular como el latido de un corazón. El nivel del agua iba disminuyendo insensiblemente en torno a las grandes rocas verticales que volvían a ser columnas. Muy pronto, tan sólo unos cuantos charcos brillaron en las depresio­nes del pavimento de jade. Los trajes de los cortesanos estaban secos, pero el Emperador conservaba algunos copos de espuma en la orla de su manto.

El rollo de seda pintado por Wang-Fô permanecía sobre una mesita baja. Una barca ocupaba todo el primer término. Se alejaba poco a poco dejando tras ella un del­gado surco que volvía a cerrarse sobre el mar inmóvil. Ya no se distinguía el rostro de los dos hombres sentados en la barca, pero aún podía verse la bufanda roja de Ling y la barba de Wang-Fô, que flotaba al viento.

La pulsación de los remos fue debili­tándose y luego cesó, borrada por la distan­cia. El Emperador, inclinado hacia delante, con la mano a modo de visera delante de los ojos, contemplaba alejarse la barca de Wang-Fô, que ya no era más que una mancha im­perceptible en la palidez del crepúsculo. Un vaho de oro se elevó, desplegándose sobre el mar. Finalmente, la barca viró en derredor a una roca que cerraba la entrada a la alta mar; cayó sobre ella la sombra del acantilado; borrose el surco de la desierta superficie y el pintor Wang-Fô y su discípulo Ling desapare­cieron para siempre en aquel mar de jade azul que Wang-Fô acababa de inventar.

De Cuentos orientales (1983)





Marguerite Yourcenar (Bruselas, Bélgica, 1903; Mount desert, Maine, E.E.U.U., 1987)