sábado, 26 de septiembre de 2026

PASAJERA DEL VIENTO


MENOS PLENILUNIO (1964)


et l'étranger parmi nos roses qu'endort 
un bruit de mer dans le jardin
Saint-John Perse


¿Quién inaugura el canto del amor 
detrás de un torbellino de ceniza? 
    No existe el grito
después de haber quemado el aire.

Acostados a la orilla del agua 
supimos que llegaba al mar 
    y que el flujo 
tenía medida de lunas.



ISLA

Nadie. Mi corazón sostiene cinco muertes 
y un resplandor de fuga.
¿Cómo amar el resquicio por donde fluyen mariposas ebrias? 
Consuélame de tanta muchedumbre, 
de este jirón de rostro pudriéndose en la orilla.
Mitad de río, 
lumbre, 
viento largo.
Precipicio de amigos 
y olvido de cavernas.

Nadie. Deshabitada convoco algunas sombras 
y un ritual apagado para manos oscuras.

El sueño es una roca derrumbadA.



OLA


(Mañana habrá un instante de luz para olvidarlo.
Entretanto se encienden cigarrillos y se bebe.)

Felices los que viven detrás del velo 
con una pequeña soledad entre los otros, 
huéspedes de sí mismos y de las primaveras.
Felices los que aprendieron el salto continuado de margen a
                                                      margen.
Felices los equilibristas.
Felices los volatineros.
Nosotros, sin alas 
ni aire,
en estas aguas definitivamente nuestras 
abrimos los brazos y flotamos, 
cruces de lucidez, 
y estamos boga y boga.

Un día llega el líquido a la boca y nos moja el pulmón 
y nos anega todo.



ESPUMA


No hubo otro miedo,
otra fatiga,
otra inquietud,
que la de un final perpetuo.
-Quien ve lo permanente se completa, 
se olvida,
vive las veinte caras de los dioses-.
Al anochecer crecían templos con pulso, 
hombres con su mitad de luz, 
y la sombra levantaba ventanas 
hacia el azul casi negro, 
prolongaciones despiertas 
y clausura.





EL EXTRAÑO (1977)


LLEVAMOS la nostalgia como perros sin dueño,
como palomas anochecidas,
como viejos osos pardos contra el horizonte.

La nostalgia es un signo en la frente de los extranjeros 
una persecución de nubes, 
un edificio de hojas.



DESVESTIMOS una colina boscosa 
para hacerla un seno de arena, 
un desierto empinado, 
una duna del aire.

El arco del ala es más terso que nuestra palma 
y las palomas envidian esta quietud de siesta.
El destierro del origen se ha sumado al destierro del suelo 
y erramos,
mordiendo mendrugos solares,
apretando colas de cometas,
hundiendo uñas en la pulpa fría de dos ríos.
(El sol hirsuto al mediodía 
y por las noches
sólo el andar pausado de las hojas.)

¿A qué alzar vanas tiendas,
desperdigadas,
laxas?
Recolector de caracolas y algas secas, 
el caminante afianza el paso 
en otros caminantes y espejismos.





Para ti
que eras un niño oscuro


Como un torbellino de oro 
hemos caído hasta las manos. 
Sopórtame,
que vengo en la marea
sobre mis propios hombros aferrada,
en naufragio de todos y de mí.
No me pierdas
como un canto rodado en el amor 
sin haberme pulido tu contacto.
Sólo los niños tienen llaves.
Mi ancianidad de espacio y de memoria 
está royendo puertas y ventanas 
y mi cara ha de ser casa del viento. 
Cuando me doblo por tus ojos 
completamos el mundo.
Afuera cae la lluvia en diagonales 
y hay una boca abandonada 
sobre el polvo reseco.





CASI una niña,
el collar de claros corales a la espalda, 
huyes vestida de gasa, de lila, de rosa.
Llevas los ojos en los pies que no alcanzo, 
los ojos en las manos escondidas, 
los ojos en la cara sin huésped.
Dejas una espuma 
ahilada 
de trigo,
una confusión de lino 
en tanto aire,
la copa de amapolas desvaídas, 
el mundo de polen en vuelo.

Reclinada en la ausencia del agua, 
segura entre rocas invisibles,
la almohada de sílex te espera como una concha áspera.

La niña-flor va por el aire 
entre los dedos lisos de las ramas, 
sin tocar el hilván de la luz, 
separada,
mujer de muro mielado, 
olvidada del sol, 
mariposa confusa, 
caléndula,
uva moscatel que el otoño mueve.





DE ESPALDAS, 
sola,
por innumerables senderos 
las hojas caen sin ruido 
y ella desciende una colina 
hoja a hoja
       hoja a hoja 
y un paso
      y luego el otro 
entre los troncos.
Hacia abajo pesa su estatura y su sombra; 
en cada pie soporta el cuerpo.
El cielo atrás 
la empuja
hacia un valle invisible.
Ella
     solamente
         desciende,
paso a paso, como un collar de gotas.
Por los senderos, 
grávida,
su lluvia redonda estremece la tierra 
y atrás de su talón se va secando la humedad, 
cualquiera huella.

Corre un momento, 
atrapa un mimbre alto, 
pero siempre 
     desciende 
        paso a paso 
hacia el posible valle, 
contra el cielo.

(Del libro homónimo,
Antología poética
Selección de Irene Gruss,
Fondo de Cultura Económica,
2013) 
Irma Cuña


Irma Cuña (Neuquén, Argentina; 1932 - 2004) fue profesora en Letras por la Universidad Nacional del Sur, donde fue discípula de Ezequiel Martínez Estrada. Trabajó su tesis doctoral, sobre el personaje literario-folclórico Pedro de Urdemales, en el Collège de France con Marcel Bataillon y la concluyó en la Universidad Nacional Autónoma de México. Fue profesora universitaria en diversas instituciones nacionales e investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). En 1999 fue designada miembro de la Academia Argentina de Letras. Es considerada una de las poetas más importantes de la Patagonia. Entre sus libros de poesía se cuentan: Neuquina (1956); El riesgo y el olvido (1962); Cuando la voz cae (1963); Menos plenilunio (1964); Maneras de nutrir (1974); El extraño (1977), y La divisa del emboscado (1982). Se han publicado también un volumen que reúne toda su obra, El riesgo del olvido (1991), y dos antologías, Antología poética (1996) y Poesía junta (2000).

 

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