domingo, 29 de octubre de 2017

SÓLO QUERÍA UN JARDÍN




Sólo buscaba un lugar más o menos propicio para vivir, quiero decir: un sitio pequeño donde cantar y poder llorar tranquila a veces. En verdad no quería una casa; Sombra quería un jardín.
-Sólo vine ver el jardín – dijo.
Pero cada vez que visitaba un jardín comprobaba que no era el que buscaba, el que quería. Era como hablar o escribir. Después de
hablar o de escribir siempre tenía que explicar:
-No, no es eso lo que yo quería decir.
Y lo peor es que también el silencio la traicionaba.
-Es porque el silencio no existe – dijo.  El jardín, las voces, la escritura, el silencio.
-No hago otra cosa que buscar y no encontrar.  Así pierdo las noches.
Sintió que era culpable de algo grave.
-Yo creo en las noches – dijo.
A lo cual no supo responderse: sintió que le clavaban una flor azul en el pensamiento con el fin de que no siguiera el curso de su discurso hasta el fondo.
-Es porque el fondo no existe – dijo.
La flor azul se abrió en su mente. Vio palabras como pequeñas piedras diseminadas en el espacio negro de la noche. Luego, pasó un cisne
con rueditas con un gran moño rojo en el interrogativo cuello. Una niñita que se le parecía montaba el cisne.
-Esa niñita fui yo – dijo Sombra.


Sombra está desconcertada. Se dice que, en verdad, trabaja demasiado desde que murió Sombra. Todo es pretexto para ser un pretexto, pensó Sombra asombrada.



Alejandra Pizarnik (Buenos Aires, Argentina; 1936 -1972)





viernes, 27 de octubre de 2017

EL DESAMPARO SIN FIN




me dicen
tienes la vida por delante
pero yo miro
y no veo nada


Estuve pensando que nadie me piensa. Que estoy absolutamente sola. Que nadie, nadie siente mi rostro dentro de sí ni mi nombre correr por su sangre. Nadie actúa invocándome, nadie construye su vida incluyéndome. He pensado tanto en estas cosas. He pensado que puedo morir en cualquier instante y nadie amenazará a la muerte, nadie la injuriará por haberme arrastrado, nadie velará por mi nombre. He pensado en mi soledad absoluta, en mi destierro de toda conciencia que no sea la mía. He pensado que estoy sola y que me sustento sólo en mí para sobrellevar mi vida y mi muerte. Pensar que ningún ser me necesita, que ninguno me requiere para completar su vida.


Estoy tan sola, y no tengo por amigo ni siquiera un libro, ni siquiera un recuerdo que acariciar, un nombre amado o que amé, no tengo nada en este mundo para evocar con alegría o por lo menos con cierta sensación de calma, de bienestar. Esto es lo que me aterroriza: nada, nada, me une o enlaza a este mundo, nada sino el miedo, las humillaciones pasadas, mi oscuro rencor, mi odio mudo. Cómo es que aún persisto. Qué fuerza, qué milagro estoy cumpliendo.


Cuando entré en mi cuarto tuve miedo porque la luz ya estaba prendida y mi mano seguía insistiendo hasta que dije: Ya está prendida. Me saqué los pantalones y subí a una silla para mirar cómo soy con el buzo y el slip; vi mi cuerpo adolescente; después bajé de la silla y me acerqué al espejo nuevamente: Tengo miedo, dije. Revisé mis rasgos y me aburrí. Tenía hambre y ganas de romper algo. Me dirigí a la mesa con el mantel rojo con libros y papeles, demasiado libros y papeles y quise escribir pero me dio miedo aumentar el desorden y me pregunté para qué lo aumentaría con un poema más que luego exigiría ser pasado a máquina y guardado en una carpeta. Me mordía los labios y no sabía qué hacer con las manos. Yo misma me asustaba porque me miraba a mí misma en mi piecita desordenada, andando y viniendo en slip y pullover sin pensar, con la memoria petrificada, con la boca devorándose. Pasé junto a la silla y me subí de nuevo en el espejo pero mi cuerpo me dio rabia y me tiré en la cama creyendo confiada en que el llanto vendría.


Imagino situaciones horribles para obligarme a actuar. Así la visión de los clochard para impulsarme a trabajar frenéticamente en la oficina (trabajar para no ser como ellos), sin pensar en absoluto en las pocas probabilidades que tengo de devenirlo pues en cualquier momento puedo volver a Buenos Aires, a mi hogar burgués. Lo mismo el viernes pasado, cuando vi la obra de Brecht y me asusté mucho como si mi caída en el hambre y en la pobreza fueran inminentes. La verdad: trabajar para vivir es más idiota aún que vivir. Me pregunto quién inventó la expresión "ganarse la vida" como sinónimo de "trabajar". En dónde está ese idiota.


Yo no pretendo que la Alegría no pueda asociarse con la Belleza, pero digo que la Alegría es uno de sus adornos más vulgares, mientras que la Melancolía es, por decirlo así, su ilustre compañera, llegando hasta el extremo de no concebir (¿será mi cerebro un espejo embrujado?) un tipo de belleza donde no haya Dolor.


De nuevo diremos reminiscentes que la autenticidad es lo único que permite gozar la vida.


21 h. No hago nada. ¡No sé qué hacer! Estoy cansada. Muy cansada. Hoy no haré el sumario del empleo de mis horas diurnas. No hay qué decir, salvo que adelanté en mi diagnóstico. Ya aprendí cabalmente que soy distinta de la mayoría de la gente. Que ellos piensan y yo no porque no puedo, porque me ocurre algo, porque estoy enferma. Sí. Estoy enferma. Me pregunto si a todos los neuróticos les ocurre lo mismo. De pronto me admiro de todo lo que hice. De mis papeles. Algún día van a estar en el museo (de algún instituto psiquiátrico). A su lado habrá un cartel: Poemas de una enferma de diecinueve años. Imposibilidad de razonar. Nunca meditó. Jamás reflexionó. Ninguna vez pensó. Parece ser que es sensible. Propensión a considerarse genial. Agresiva. Acomplejada. Viciosa. No muerde.


¿Por qué no me ubico en un lugarcito tranquilo y me caso y tengo hijos y voy al cine, a una confitería, al teatro? ¿Por qué no acepto esta realidad? ¿Por qué sufro y me martirizo con los espectros de mi fantasía? ¿Por qué insisto en el llamado? ¿Por qué me analizo? ¿Por qué no me olvido de mi alma y no estrujo el pañuelito húmedo leyendo Cuerpos y almas? ¿Por qué no me visto con elegancia y paseo por Santa Fe del brazo de mi novio? ¡Ah! Sé que la vida es muy breve. Sé que no soy eterna. Pero, en realidad, no veo la muerte. La veo lejana. Digo cuarenta años pero no los veo. Veo un espacio inmenso. Veo millares de días. Sé que hay tiempo. Sé que tengo tiempo. Sé que amo mi alma. Me amo a mí. Amo mi cuerpo y lo besaría todo porque es mío. Amo mi rostro tan desconocido y extraño. Amo mis ojos sorprendentes. Amo mis manos infantiles. Amo mi letra tan clara. (¡Qué extraño que mi letra sea legible!)


Soñé que mi cuerpo envejecía tanto que teniendo veintitrés años la gente pensaba que tenía cuarenta. No soy adolescente, soy una niña. A mi edad soy una niña. Una niña que tiene miedo de jugar. Una niña sin la inocencia de los niños. O quizá soy una vieja reblandecida. (Esto me gusta más.)


He dejado el psicoanálisis. No sé por cuánto tiempo. Estoy muy mal. No sé si neurótica, no me importa. Sólo siento un abandono absoluto. Una soledad absoluta. Me siento muy pequeña, muy niña, y me van abandonando todos. Absolutamente todos. Mi soledad, ahora, está hecha de quimeras amorosas, de alucinaciones… Sueño con una infancia que no tuve, y me reveo feliz —yo, que jamás lo fui—. Cuando salgo de estos ensueños estoy anulada para la realidad externa y actual. Jamás hubo tanta distancia entre mi sueño y mi acción. No salgo, no llamo a nadie. Cumplo una extraña penitencia. Y me duele funestamente el corazón. Tanta soledad. Tanto deseo. Y la familia rondándome, pesándome con su horrible carga de problemas cotidianos. Pero no los veo. Es como si no existieran. Siento, cuando se me acercan, una aproximación de sombras fastidiosas. En verdad, casi todos los seres me fastidian. Quiero llorar. Lo hago. Lloro porque no hay seres mágicos. Mi ser no tiembla ante ningún nombre ni ninguna mirada. Todo es pobre y sin sentido. No digamos que yo soy culpable de ello. No hablemos de culpables.


Cada día tartamudeo más. Pero no sé si es tartamudez. En el fondo, no quiero hablar. Así como me alimento sin querer hacerlo sino que lo hago por compulsión o por temor del vacío, así hablo, sabiendo, no obstante, que debería callar.


La pauvre petite tiene que adelgazar. Esto es urgente. Pero ¡dios mío! Cada vez me asquea más mirarme al espejo. Mi vida es una larga digestión. Todo depende y está subordinado a la heladera y su contenido. Abalanzarme sobre ella y comer. He aquí mi compulsión desde el mes de agosto. Y ello, a qué se debe. De qué huyo. Mi tartamudez. Mi imposibilidad de estudiar a causa de ella. Mi viaje a Europa, que tanto me angustia. Mi carencia de dinero. Mi dificultad para comprender, para escribir, para leer, para hacer algo. Mi desorden externo e interno. Mi imposibilidad de comunicación con los otros. Mi soledad absoluta. Mi sensación de ser inferior física e intelectualmente. Descubro que estoy encerrada en mi habitación porque me siento gorda. De lo contrario, hubiera ido a la fiesta de H. P. Pero calculé las calorías de todo el vino que tomaría y decidí quedarme aquí comiendo. Esto es absurdo. Y son solamente tres kilos de más. Ahora sé por qué estoy obsesionada por adelgazar: es una manera de hacerme más pequeña, más infantil. Porque mi cuerpo adulto me ofende. Por algo es que mis pechos son pequeños. Y no lo eran cuando tenía trece años.


Voy al cine casi todos los días. Huyo de mi casa, de su oscuridad, de mis padres, de mis viajes a la cocina con mis complejos orales.


Si vinieran con una lámpara maravillosa, pediría que me transformaran en la mujer más bella de la tierra. No. Pediría más: la niña más bella del mundo. Me duele hasta morir que no sea bella. Y yo tuve que haberlo sido. De muy niña lo fui. Todo estaba preparado para una realización maravillosa. Hasta que me negaron la bicicleta y comencé a sufrir, a engordar, a destruirme y enloquecerme.


Profunda tortura cuando camino por Santa Fe entre el 1200 y el 1800, donde transitan, no comprendo por qué, las mujeres más bellas de B[ueno]s. A[ire]s. Las miro o mejor dicho no las miro porque yo cuando camino no miro nada ni a nadie, sino que las intuyo o las veo de alguna manera, y sólo yo sé cuánto y cómo me fascinan los rostros bellos, y qué culpable me siento, inexplicablemente, de andar con mi ropa vieja, toda yo desarreglada, despeinada, triste, asexuada, cargada de libros, con mi expresión tensa, dolorida, neurótica, oscura, y mi ropa ambigua, mis zapatos polvorientos, en medio de mujeres como flores, como luces, como ángeles. Está dicho: una mujer tiene que ser hermosa. Y no hay excepciones válidas: aunque escriba como Tolstoi, Joyce y Homero juntos.


Y aún ahora me parece absurda la vida de casi todas las mujeres de mi edad: amar o esperar el amor, cristalizado en un hogar, hijos, etc. Es más, todo me parece absurdo: tener un empleo, estudiar, ir a reuniones, etc. Siempre he sentido que yo estaba designada o señalada para una vida excepcional. No sé cómo saldré de todo esto, si llegaré a salvarme o si lo mejor será suicidarme ahora mismo.


Y no obstante, qué maravilla terrible y horrible es el ser humano; qué hay de móvil y fluyente en el espíritu, que no deja que un estado se detenga, que no deja que un estado onírico se eternice o persista. Por eso, tal vez la atracción de los personajes literarios, seres absolutos, es decir, que llevan el amor o el odio detenidos en ellos. Así fui yo cuatro años, así me viví cuatro años. Cuatro años en los que me imaginé y me soñé, en que me vivía como otra. Una sola otra: La Enamorada.


Anoche pensé qué medios usaré para suicidarme (1960).


A veces me pregunto si mi enorme sufrimiento no es una defensa contra el hastío. Cuando sufro no me aburro, cuando sufro vivo intensamente y mi vida es interesante, llena de emociones y peripecias. En verdad, sólo vivo cuando sufro, es mi manera de vivir. Pero algo en mí no quiere sufrir. Algo quisiera observar y callar, analizar y tomar nota. (La novelista que llevo dentro, y que cuándo pero cuándo se va a decidir a escribir.) La consideración de mi vida me da vértigos. Me veo en el pasado, me imagino en el futuro, y todo comienza a girar, y todo es demasiado grande, inabarcable, mi vida es demasiado grande para mí; tal vez yo no me merezco, tal vez yo soy demasiado pobre para poder aceptar y contener todo lo que he vivido y sufrido. (Esta sensación de escisión de mi ser me aterroriza. Es constante.) Una sola cosa sé: mi problema esencial es con la gente, con los otros. Y todo es muy sencillo: si los otros me sonríen soy feliz. Si me miran con hostilidad sufro como un personaje de tragedia griega. Pero no es tan simple: también hay una que soy yo a la que le importa absolutamente nada los otros, hay alguien que se encoge de hombros ante los otros y lo que puedan pensar o hacer.


El más grande misterio de mi vida es éste: ¿por qué no me suicido? En vano alegar mi pereza, mi miedo, mi olvido (se olvida de suicidarse). Tal vez por eso siento, de noche, cada noche, que me he olvidado de hacer algo, sin darme bien cuenta de qué. Cada noche me olvido de suicidarme. La antigua causa de este impedimento es mi imposibilidad congénita de comunicarme espontáneamente con los otros, de sobrellevarlos, de tener amigos, amantes, etc., de preferir, en su lugar, los amores fantasmas, las sombras, la poesía. El amor fantasma o el erotismo solitario. Lo que me fascina de la masturbación es la enorme posibilidad de transformaciones que ofrece. Ese poder ser objeto y sujeto al mismo tiempo… abolición del tiempo, del espacio…


Demasiadas cosas que no quiero hacer. Demasiada gente que no deseo ver. Los días pasan y la gente, las obligaciones, la búsqueda, la soledad. Después de todo una reunión de amigos y conocidos es una empresa de pesadilla. Si en vez de durar unas horas durara un mes no habría de qué hablar, se terminarían las anécdotas, los chistes, las sonrisas, las botellas de whisky. Por eso es necesario tener un hogar, aunque sea silencioso y trivial. Un hogar, una guarida, algo que ampare de la soledad y de la aglomeración.


Incomodidad con mi cuerpo. Si me ofrecieran hacerme de nuevo… Lo terrible de ser bella en ciertas partes y horrible en otras. Así por ejemplo, en vez de mis hermosos ojos verdes y miopes preferiría un par de ojos castaños sumamente vulgares. En vez de mis pequeñas caderas suavemente redondeadas un cuerpo derecho y delgado, anguloso si quieren, pero sin escoliosis. La desviación de mi columna es imperceptible pero yo la siento, yo la siento.

  
Luego tomé un taxi y cuando pasé por una plaza muy bella casi lloro porque sentí que también yo había entrado en el engranaje absurdo del trabajo y de los papeles y que me habían robado mi tiempo. Porque después de todo mi tiempo es mío y yo debiera ser dueña de gastarlo y malgastarlo según mis ganas. Quiero decir: me pasé la mañana buscando papeles justificativos para que me dejen robarme el tiempo en paz. La verdad: trabajar para vivir es más idiota aún que vivir. Me pregunto quién inventó la expresión «ganarse la vida» como sinónimo de «trabajar». En dónde está ese idiota.


Lo que deseo es una revelación. Que algo o alguien se abra, mágicamente, y yo pueda, al fin, comprender el sentido de mi espera. Todo esto debiera implicar una creencia en unas «fuerzas superiores» a quienes trato de aplacar y apiadar; en un mundo que sería la otra orilla de éste. Que yo sepa, mi ateísmo es completo, no por razonamiento sino por despecho. Si nadie nunca me ayudó con el milagro, me permito desconocer, ignorar, y negar.


Me gustaría vivir siempre si el mundo se redujera a mi habitación, dije


(Selección temática del Administrador,
de los Diarioscuando la autora
tenía entre 18 y 24 años,
-Tomada de la edición de Ana Becciu-)




Alejandra Pizarnik (Buenos Aires, Argentina; 1936 -1972)










miércoles, 25 de octubre de 2017

CONSTELACIONES FAMILIARES








































Entre otras cosas, mis padres son culpables de mi sensación de abandono. No sólo me abandonaron en mi niñez sino que ahora manifiestan disgusto cuando estoy sola, sin amigas, sin nadie con quien hablar y comunicarme. Sus ojos expresan acusación y temor. Particularmente los días de fiesta y los fines de semana.


¡Al diablo! Después de todo: ¡qué dulce es la vida del hogar y la familia! En estos momentos todo se ha empavesado para resaltar el bienestar de lo cerrado: el frío, la ausencia del cielo, la estufa, el té caliente, el fervor de los relatos de mi tía, el dulce rostro de mi madre, las confituras. Todo huele a humanidad. No se siente el tiempo. El mar y los barcos se han ido. No son «para nosotros». Los caminos y el vagabundeo son utopías desagradables. No hay deseos de avanzar. No hay inquietud ni angustia. Todo se acepta. El espíritu se acurruca junto al fuego y se duerme como un gatito friolento. Y uno dice que Sartre es un buen novelista, que Rimbaud tenía rostro de ángel, que Picasso pintó en 1907 esa bailarina tan extraña y que… dan deseos de tomar otra taza de té tan perfumado y natural. Y luego la música y luego un buen libro. Y el lecho como culminación de dicha. Lecho abrigado de antemano por las activas y pequeñas manos de mamá. Y papá con su gorra de franela gris y las invernales pantuflas y el sillón tan hundible y el periódico. Mon dieu! ¿Qué significará la nada?


22 h. Escena familiar. Mis padres y mis tíos (cuatro cabezas nada más) pegotean sus pupilas ausentes de intensidad en la gruesa pantalla del televisor. Éste grita toscamente y lanza su sonido hasta mi oído. Oigo también sus plañideras voces. Hablan de la ingratitud de los hijos. Elogios a M o a B (ambos terneras, es decir hijas respectivas de las cuatro cabezas). M es una maravilla: 21 años, casada, 1 niño, 1 marido, 0 cuerno, gran mujer que sólo se interesa por el hogar y nada más. B es otra casualidad del destino tan parco en estos prodigios: 29 años, 1 marido (encontrado en una cazería [sic] (picnic) realizada en Quilmes contando con la ayuda de un amigo de ambos, quien decidió unir estas dos almas convertidas al nacer en culos para mejor aprovechamiento de sillón familiar), 2 niños y 1 millón de perros (orgullo de sus padres que ven recompensado en ello sus luchas, torturas y afanes (no sé qué daría por comprender este orgullo).


Conversaciones con mi madre. Hallo buena voluntad. Le muestro las reproducciones de Gauguin y Van Gogh. Le gustan. Sonríe ante los pechos descubiertos de las tahitianas. Acepta al arte y a los artistas, pero siempre que se den en otro planeta. Es decir, que no admite la posibilidad de mi realización literaria. ¡No! Son caprichos, vuelcos juveniles que ya pasarán cuando la experiencia nos traiga la expresión serena. Observa ingenuamente que yo tendría que pensar más profundamente (¡Madre! ¡Diste justo!). Le explico que aún no es posible. No acepta mis explicaciones. «No hay médico capaz de ayudarte, si no comienzas tú primero.» (¡Madre! ¡Imposible!)


El sentimiento de la soledad y del abandono es una enfermedad. ¿Cuándo comienza? ¿Por qué no hubo una madre para impedirla? Pero tal vez esta enfermedad es justamente que no hubo una madre para impedirla. No es sentir la soledad o el abandono como algo inherente al ser humano, que pesa sobre él y lo acompaña toda su vida. Es algo que le ocurre a algunos, como al «soñador» de D.: una inadaptación que es más que este nombre, una rebelión, una lucidez, un ser muriéndose como una tortuga, alguien que ve más que los otros, que ve mejor, lleno de ternura que dar, de amor, y no obstante se encierra, vive solo y solitario como en una tumba, condenado a una soledad sin remedio. He aquí lo incomprensible, viviendo como un criminal. Es el verdadero «maldito».


Si yo despertara, haría, posiblemente, lo que hubiera hecho de no haberme vendido al demonio de los ensueños: casarme con un comerciante judío, vivir en algún suburbio depresivo y trivial, tener un buen receptor de televisión y uno o dos hijos. Soñaría con un automóvil y me preocuparía por el funcionamiento digestivo de mis hijos. Mis diversiones serían el cine (americano y argentino) y los casamientos. Pero tampoco voy a despertar, porque no tengo deseos de ello, temo este mundo, siento que me amenaza, cada cosa, cada ser se me muestra del lado filoso, reacciona como un asesino cuando yo lo miro, lo siento, lo toco, lo vivo. Y ahora me he echado a dormir, cómodamente, me he echado a comer y a fumar y a vomitar y a enfermarme, porque si empeoro demasiado, vuelvo a Buenos Aires y me psicoanalizo, y si no tengo plata para psicoanalizarme amenazo a papá y a mamá: «O me dan plata para analizarme o me vuelvo loca». Y quizás llore y grite y les recuerde cuánto me frustraron de niñita: no me compraron la bicicleta, me pegaron a los doce años, fornicaron en mi presencia, se besaban cuando yo miraba, me hicieron dormir en su cuarto hasta los ocho años, mamá me amenazó con cortarme la mano una vez que me descubrió masturbándome cuando yo tenía tres años, o me dieron una educación completa, haciéndome aprender varios idiomas —porque los idiomas hay que aprenderlos en la infancia—, mamá me provocó complejos de solterona a los diez y ocho años, que si no fuera por la histeria, por la neurosis, por la esquizofrenia que me provocaron yo sería hermosa, puesto que lo que me impide serlo son los rasgos somáticos en que se expresa mi enfermedad, y además la tartamudez herencia o regalo de papá, la miopía, la columna vertebral desviada, las inhibiciones sexuales, la cobardía, etc., etc. De todo esto ellos tienen la culpa; por lo tanto a expiarla, y cómo expiarla: dándome dinero, dinero para analizarme, dinero para ir a Francia a ver qué sucede con mi sagrado sueño, la realidad, como no tengo cinco autos, ni diez casas, ni me conocen los camioneros y los sifoneros, como transito anónimamente, con mi tartamudez y mi cuerpo ahora cada vez más obeso, entonces me consuelo: de noche soy una bellísima criatura, durante el día como y vomito, y para disculparme ante mí misma voy a una que otra exposición, para demostrarme que me interesa el arte, y miro los cuadros con un solo ojo porque el otro está en el reloj, para ver —cosa curiosa— cuánto tiempo aguanto mirando pinturas. Todo esto soñando, al mismo tiempo, con casarme, para no tener que preocuparme nunca más de buscar trabajo ni de volver sola de noche; casándome realizo un buen negocio: casa, comida, independencia, y un cuerpo que me evite los terrores nocturnos. Aunque en verdad no tengo el menor deseo de casarme sino de volver a la casita, a lo de papá y mamá, a mi cuartito, mi celda de terciopelo, en la que estoy al abrigo de todo, en la que no estoy expuesta a nada, expuesta, quiero decir, a la intemperie, bajo el sol y bajo la lluvia, al aire libre, en el mundo, en la vida. Y hay quienes persisten en una situación así hasta que mueren.


Pienso que uno de los motivos por los que persisto viviendo con mis familiares es este famoso temor. Si bien ellos no me dan amparo ni afecto ni nada sino una cortesía lamentable y una benevolencia forzada, creo que me ayudarían —casi digo me ayudarán— cuando llegue, quiero decir, si me llegara a sobrevenir un ataque o cualquier cosa por el estilo. Yo, nada menos que yo, quiero escribir libros, ensayos, novelas, y etc., yo, que no sé decir más que yo… Pero que lo siga diciendo durante mucho tiempo, Dios mío, que lo siga diciendo y que no me enajene en la demencia, que no vaya a donde quiero ir desde que nací, que no me sumerja en el abismo amado, que no muera de este mundo que odio, que no cierre los ojos a lo que execro, que no deje de habitar en lo horrible, que no deje de convivir con la crueldad y la indiferencia, pero que no deje de sufrir y decir yo.



(Selección temática del Administrador,
de los Diarioscuando la autora
tenía entre 18 y 24 años,
-Tomada de la edición de Ana Becciu-)




Alejandra Pizarnik (Buenos Aires; 1936 -1972)





IMAGEN: "Mother and child" -1913-, pintura de Emil Nolde.




lunes, 23 de octubre de 2017

POESÍA Y LITERATURA






































Despierto cansada y fría. La toma de posesión de una «libertad» exterior tan duramente lograda es triste. Pienso en mi vida condensada en un eterno intento de escudriñar mi yo. Libros y más libros. Hay momentos en que desaparece la esencia del libro, quedando solamente su ridículo cuerpecillo. Me veo entonces acariciando nebulosas hojas de papel y me pregunto si valen lo que una mirada humana. Me retuerzo en el interrogante axiológico. Pero ¡no necesito respuesta! Continúo leyendo; paulatinamente, desaparece el físico del libro. Me convierto en el receptáculo de su alma. (¡Oh, amo los libros!) Cada minuto que transita señala mi elevación


Se ha dicho que el poeta es el gran terapeuta. En ese sentido, el quehacer poético implicaría exorcizar, conjurar y, además, reparar. Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos.


Y sobre todo mirar con inocencia. Como si no pasara nada, lo cual es cierto.


Como una niña de tiza rosada en un muro muy viejo súbitamente borrada por la lluvia.


Me tortura pensar que nunca escribiré en una bella prosa. Y ello por una razón mental, por esta semiafasia que me obliga a romper cualquier ritmo incipiente. Pensando en el asunto, se trata de un problema musical, se trata de mi imposibilidad de incorporar o percibir el ritmo. En verdad, todo esto es una falla de atención, un temblor constante allí donde los demás piensan.


Árboles castrados. Conmueven. Parecen tan humildes, tan inocentes. Su postura es la misma que antes, cuando cada brazo refulgía de verdes dorados. Árboles cortados. Erguidos a pesar de todo. Dulce espera de la primavera. Recuerdan las hojas caídas. Recuerdan las sombras gigantescas. Esperan y esperan. Nada se reemplaza. Ya vendrán grandes ramas que, a lo mejor, serán más bellas que las anteriores. ¿Por qué no podrá sucedernos Lomismo? Florecer. Un golpe de hacha. Desnudez impúdica y digna. Espera. Nuevos brotes. Otro florecimiento. Y luego Lomismo y Lomismo. Es decir que anhelo un golpe de hacha que quiebre mis ramas actuales. Quedarme desnuda y esperar sonriente.


Hay momentos en los que Dickens se siente dominado por una fuerza que le impulsa a escribir y está como transportado. Ésta es la dicha perfecta. Ciertamente, los escritores de hoy no la poseen. ¡Oh, vida, acéptame! ¡Haz que sea digna de ti! ¡Enséñame!



Magnífico momento ése el de Proust torturado de no poder ser besado por su madre. Conmovedoras las artimañas. Me gusta su abuelo, pero no su abuela a pesar de sus paseos por el jardín y su aire de espartana. No me gusta la salud espiritual inconsciente. No me gusta la sencillez del campesino que no entiende nada y no tiene más que bondad y alegría. No. Quiero un espíritu palpado mil veces por su mano y torturado y feliz y contradictorio.


La poesía, no como sustitución, sino como creación de una realidad independiente —dentro de lo posible— de la realidad a que estoy acostumbrada. Las imágenes solas no emocionan, deben ir referidas a nuestra herida: la vida, la muerte, el amor, el deseo, la angustia. Nombrar nuestra herida sin arrastrarla a un proceso de alquimia en virtud del cual consigue alas, es vulgar… La mayor parte de los poemas surrealistas son mucho menos convencionales y cerebrales y literarios que los poemas sencillos y beatos a que nos acostumbró la literatura española.


Los estados de angustia impiden sentir la poesía. Me refiero a la angustia que produce el fracasar en los intentos de comunicación con los otros. Una queda reducida a una espera. No. Espera, no. O tal vez sí. Una espera la llamada de afuera. Sólo es posible vivir si en la casa del corazón hay un buen fuego. Dentro de mi pecho tiene que estar la morada del consuelo, quiero decir, de la certeza. Sólo entonces se vive la poesía, que parece estar reñida con la enajenación.


La poesía no es artesanía ni nada tiene que ver con ella. Pero para trascender el lenguaje debo antes hacerlo mío. En verdad es un poco estúpido hablar de poesía: o se la hace o se la lee. Lo demás no tiene importancia. Aunque yo quisiera tener algunas pequeñas verdades literarias, me sentiría más segura de mí si las tuviera. Para comenzar, he aquí un enigma: ¿por qué me gusta leer la poesía luminosa, clara, y casi execro de la oscura, hermética, cuando yo participo —en mi quehacer poético— de ambas? ¿Y si fuera por no tomarme el trabajo de comprender los textos oscuros? Ello daría la explicación exacta de una manía de relacionarme con personas cuyos procesos interiores son más simples que los míos. O al menos, así parece. Pero, Alejandra, en el fondo de los fondos, ¿qué es claro y qué es oscuro?


Desalentada por mi poesía. Abortos, nada más. Ahora sé que cada poema debe ser causado por un absoluto escándalo en la sangre. No se puede escribir con la imaginación sola o con el intelecto sólo; es menester que el sexo y la infancia y el corazón y los grandes miedos y las ideas y la sed y de nuevo el miedo trabajen al unísono mientras yo me inclino hacia la hoja, mientras yo me despeño en el papel e intento nombrar y nombrarme. Aparte de ello no olvido lo correspondiente al lenguaje, expresión, etc., materias en las que soy una completa intrusa.


Estoy leyendo Forma y poesía moderna de H. Read. Sucede lo de Du Bos: detesto leer ensayos sobre autores que no conozco. Por otra parte, Read divaga, pasea por el tema de la poesía. A diferencia de Du Bos, se siente tan seguro de su intuición y conocimiento respecto de la materia, que se olvida del lector, de la poesía y del ensayo que está escribiendo. Se sienta en un sillón, con un vaso de scotch en la mano y habla. Habla pero no crea ni informa ni sistematiza. Los ensayos sobre poesía debieran elegir dos caminos: la información objetiva histórica o la creación que parte de la palabra poética para llegar a su esencia, a la que tiene de más entrañable (Heidegger, Pfeiffer, etc.).


Poesía es lirismo. La poesía es experiencia —así decía Rilke. Y yo digo: experiencia de la palabra.


Despierto sonriendo después de una noche infernal. ¿Cómo entenderlo? Anoche releí mis poemas y me dije que no valen nada.


Lo que falla en los poetas mediocres es el tono, un cierto ritmo peculiar, algo personalísimo que reconocemos en los poetas auténticos.


Mi asombro ante mis poemas es enorme. Como un niño que descubre que tiene una colección de sellos postales que no reunió. Y si leo, si compro libros y los devoro, no es por un placer intelectual —yo no tengo placeres, sólo tengo hambre y sed— ni por un deseo de conocimientos sino por una astucia inconsciente que recién ahora descubro: coleccionar palabras, prenderlas en mí como si ellas fueran harapos y yo un clavo, dejarlas en mi inconsciente, como quien no quiere la cosa, y despertar, en la mañana espantosa, para encontrar a mi lado un poema ya hecho. Ésta es mi proeza, éste es mi heroísmo. Cómo es posible que el silencio fructifique de esta manera, cómo es posible que con mi terquedad campesina lo labre tan bien y con buen éxito. No sólo doy imágenes bellas sino reflexiones, y hasta enuncio deseos difíciles de expresar: me quejo, hablo, discuto, enciendo, purifico, corrompo, y todo ello con palabras que no son mías, y ni siquiera tengo demasiadas faltas gramaticales; todo sucede como si realmente fuera así, todo sucede como si yo pensara, como si yo sintiera, como si yo viviera.


La vida perdida para la literatura por culpa de la literatura. Quiero decir, por querer hacer de mí un personaje literario en la vida real fracaso en mi deseo de hacer literatura con mi vida real pues ésta no existe: es literatura.



Hablé de mis tentativas literarias. Siempre las haré, pero nunca llegarán al acto. No escribiré nunca nada bueno, pues no soy genial. No quiero ser talentosa, ni inteligente ni estudiosa. ¡Quiero ser un genio! ¡Pero no lo soy! Entonces ¿qué? Nada. Alejandra, ¡nada! Sigue juiciosa y reprimida como hasta ahora. Sigue diciendo que tu vida no vale nada y temiendo fumar en la calle. Sigue berreando contra la humanidad mientras te asusta esta pobre silla. Sigue entreteniendo una calavera negra cuando tu rostro enfrenta al espejo mientras el corazón late pensando en el dibujo correcto de tus labios. ¡Sigamos caminando, Alejandra, sigamos caminando! Caminaremos hasta la odiada y temida Muerte en la que cesará la odiada y temida Vida. Gime por tus lágrimas mientras te sientes culpable de tu risa. Enciérrate en tu cuarto a escribir sandeces suspirando por los ovarios de D. Sonríe a D. angustiada por el tiempo que corre y la necesidad de estudiar Pascal. ¿Comprendes, Alejandra? Estamos perdidas, lo que se dice ¡completamente perdidas!



Sobre la exactitud, la objetividad. Mi impaciencia ante alguien que me habla de una manera vaga, rodeando de sombras el objeto. Como M. ayer que decía con su voz de niña: «la calle Teoliphe Gautier». Y yo a su lado: «¡Teophile!», sintiéndome al mismo tiempo conmovida y casi al borde del llanto pues sentía la fragilidad de toda cosa. Las erratas —escritas u orales— me son siniestras. Parecen el juego demoníaco de un maldito ignorante que desordena todo por un no puro saber. Y no obstante, yo miento, casi nunca digo exactamente lo que veo y siento pero lo hago por miedo a herir a los demás, si los hiero no me querrán. Se trata, en suma, de desviaciones piadosas. Si algún día llega en que no tendré más miedo de quedarme absolutamente sola a causa de un lenguaje más verdadero, mis palabras serán como relojes o como instrumentos científicos «de alta fidelidad».


Ahora sé que siempre haré poemas. Y sé —qué extraño— que seré la más grande poeta en lengua castellana. Esto que me digo es locura. Pero también promesa. A otros de ser feliz. Yo quiero la gloria, mejor dicho, la venganza contra los ojos ajenos.


Llena con tu silencio el vacío de tus palabras.



Cuando caminaba hacia la escuela, un soplo de esperanza me inundó. Me vi caminando, sintiendo, mirando. Y me dije: ¡Soy feliz porque estoy viva! ¡Soy feliz de poder caminar y desplazarme hacia donde quiero! ¡Soy feliz porque no estoy muerta, porque soy joven, porque crearé belleza, porque debo a la vida mucho, porque siento que me llama algo muy grande!



(Selección temática del Administrador,
de los Diarioscuando la autora
tenía entre 18 y 24 años,
-Tomada de la edición de Ana Becciu-)


Alejandra Pizarnik (Buenos Aires; 1936 -1972)




IMAGEN:  "Haiku 117", pintura de Laurent Koller.





sábado, 21 de octubre de 2017

AMOR Y SEXO





























Es muy tarde. Estoy excitada. Deseo un cuerpo junto al mío. ¡Cualquiera! Cualquier sexo, cualquier edad. ¡Eso es lo de menos! Basta un cuerpo a quien tocar y que me toque. ¡Mi sangre galopa! ¡Ah! Deseo fervientemente. Me disuelvo en deseos eróticos. Nada de amor. No. Nada de eso. ¡Sí! Lo que yo quisiera es vivir mi vida diurna entre libros y papeles y pasar las noches junto a un cuerpo. Ése es mi ideal. ¿Es lascivo? ¿Es lujurioso? ¿Es estúpido? ¿Es imposible? ¡¡¡Es mío!!! Y con eso basta. Pero ¿dónde conseguir ese ser? Tendría que ser alguien como yo, que desee lo mismo que yo. ¡No existe! ¡Sé que no existe! Mi locura es única. ¡Mi originalidad! ¡Mi extremismo! ¿Qué será de mí? ¡No lo sé! ¡Sólo sé que no puedo más! ¡Que me muero de impotencia!


Antes de la llegada de D. estuve oyendo un diálogo entre esas dos lesbianas que vienen todos los días. Hablaban de otra que las traiciona criticándolas y haciéndoles análisis psicológicos. Me asombra esa moralidad burguesa que manifestaban. En nada se diferenciaban de un vulgar matrimonio burgués. Quedé decepcionada.


Ni una imagen poética acierta a pasar por mi mente. Sonrío. ¿Hay más poesía en algún lado que en el rostro del ser amado?


Cierro los ojos y recuerdo el momento de mis labios sobre los suyos. Extraño. Me es difícil recordarlo. En ese instante estaba inconsciente. Ahora pienso que tendría que haber sido distinto. Que fue un beso torpe y excesivamente fugaz. Que al iniciarlo yo, tendría que haberlo dado con las fuerzas que se lo pedí. ¡Bah! ¡Valiente razonamiento! Sí. Ahora que la terrible emoción pasó. (Clavo mis uñas en la palma de mi mano.) Antes, cuando no había sentido aún sus labios, me consolaba pensando en su frialdad. Pero ahora… ¡ahora! Jamás sentí labios más exquisitos, más suaves, más maravillosos que los de… Me desespero pensando y pensando en ese beso de despedida. Es como haber pegado para siempre su rostro en mí. Estoy atada a sus labios. 


Escribo para no angustiarme tanto. Sólo me consuela el momento de verlo de nuevo.


Muy bien, supongamos que vence mi amor imposible (mi amor «legítimo» hacia el ser ausente, que no me ama). Bueno, me espera entonces la más cruel y refinada angustia imposible de soportar. Además… ¡no creo en el amor! Entonces… ¿qué?


Creo que mi feminidad consiste en no poder «vivir» sin la seguridad de un hombre a mi lado. En los períodos (¡actualmente tan escasos!) de ausencia de flirts, me siento terriblemente árida. Inútil. Como si estaría [sic] malgastando mi juventud. Y cuando estoy segura, es decir, cuando camino junto a un hombre que guía mi cuerpo, me siento traidora. Traiciono a ese llamado cercano que me planta junto a la mesita y me ordena: ¡estudia y escribe, Alejandra! Entonces ya no grito «¡me muero de inmanencia!». ¡No! Entonces, me siento ser. Me siento vibrar ante algo elevado que me asciende junto a sí.


18.30: Encuentro con L. Me siento angustiada pues acabo de tomar un Reducin. Con todo, me siento bonita y lo miro como a él le gusta. Es decir, simpática, inocente, pícara (en el sentido del sex-apple [sic]) y sumisa. Él está triste pues no me ha visto en todo el día y el encuentro es breve.


Imposible la plena comunicación humana. Los otros, siempre nos aceptan mutilados, jamás con la totalidad de nuestros vicios y virtudes. O nos detestan por algún aspecto nuestro que les mortifica o nos aceptan por algo que es ángel en nuestra carne. También solemos tener días en los que nos permiten comunicarnos y días en que nos amurallan. Estos últimos coinciden con los días en que más necesidad de contacto humano tenemos. Seguramente nos rechazan por ese aspecto de mendigos repelentes que proporcionan la angustia y la soledad.


Lo recuerdo dolorida. ÉL no está. Hace siglos que se fue. Espero su vuelta (como los hebreos esperando el Mesías) temblorosa y emocionada. Es como si naufragaría [sic] aferrada a una tenue rama, segura de no morir pues dentro de un plazo seguro va venir [sic] un barco a salvarme. ¡Y ese barco es ÉL!


¡Quizás él es sólo una excusa para dejar de hacer algo que tal vez jamás amé! No sé, pero yo quisiera otra cosa para mí. Aun en estos momentos en que me siento tan animal, tan frívola, siento firmemente que deseo estudiar, escribir, curarme, viajar y no casarme nunca. (Quiero agregar que deseo alguna experiencia sexual, with women.) Entonces… ¡ni palabra!


¡No puedo dejar a L.! ¡No puedo! Hoy intenté mostrarle mi confusión mental, mi desequilibrio, mi apego al psicoanalista, mi incapacidad de elección (¡tan fundamental en él!). Pero no reaccionó como yo esperaba. ¡No! ¡Quiere ayudarme! Su hermoso rostro se acercó amorosamente el mío mientras sus labios susurraban maravillosas frases. Los ojos oscurecidos por la emoción. Las manos, ¡sus bellas manos! Buscando las mías. ¡Emocionada! (¡pero nada más!). ¡Excitada! ¡Terriblemente excitada! (¡pero nada más!). ¡Al diablo! Mi sensibilidad se agita sólo conmigo. Me sentía afectivamente impasible. Tremendamente pasiva. ¡Como si sería [sic] natural ese cariño por mí! ¡Como si el no quererme sería [sic] una anomalía! No sentía agradecimiento. Me veía materialista, dura y valiosa. Como un prodigio inhallable. Hasta pensaba en la suerte de L. al encontrar una mujer tan maravillosa como yo (¡no ironizo!). Ahora me extraño. «Sólo me amo a mí misma.» Se lo dije a L. y se alegró. «Así me amarás más a mí.» Tengo la sensación de haberlo leído en algún lado. Cuanto más se ama o se odia uno a sí mismo, más capacidad hay de amar u odiar al Otro. (No recuerdo si lo dice Gide, Proust o Breton.) ¿Qué importa, si yo no puedo amar?


Ahora me pregunto por qué no lo amo. ¡No sé. No sé! Siento que al no poder amar a L., jamás podré amar a hombre alguno. Con él se cierra la serie de hombres-objetos-a-amar. Nunca habrá nadie más bello ni más sensible que él. Pero no puedo forzar mi ser hacia él. Hay algo inefable que me detiene y que me evita sentir melancolía ante la impotencia afectiva. Algo que me construye mi futura «ermita». ¡Quiero estar sola! ¡Quiero tiempo para estudiar!


Hace diez minutos (o menos) que L. se fue para siempre. Aún siento en mi rostro el sabor de las lágrimas derramadas en su hombro. Lloré ante la certidumbre de mi incapacidad afectiva. Lloré porque se fue el ser con el que pensaba unirme y constituir una pareja como tantas otras. Lloré porque jamás conoceré el encanto de la comunicación plena. Lloré porque la llave que abrió la puerta indicó un claustro (¡el anhelado encierro junto a los libros! ¡La soledad infinita!). ¡Sí! Lloré porque terminó la farsa. ¡Abajo las máscaras! Éste es tu lugar, Alejandra, y jamás saldrás de aquí. Éste es tu lugar, junto a Rimbaud y Nerval. ¡Junto a Vallejo! Junto a los adorados seres inexistentes que jamás te desilusionarán y a los que nunca cansarás con tus andares de neurótica mundana. Heme acá. Las cuatro paredes rodean mi alma. Hemos llegado al final de un experimento necesario y fracasado. Acá. Sí. Con la pluma y el llanto que nutre conmovedor la savia de mi escritura. ¡Sola! ¡Gritaré aterrada mi soledad! Gimo. Lloro. ¡Tengo tanto miedo!




Odio mi cara, pues la miro a través de sus ojos. Esta cara no supo fascinarlo. Amo. ¿Qué se hace en este mundo cuando se ama así?


No te llamo, no te pido. Me doy, te soy. Tú no me tomas, no me necesitas, no hay ganas de mí en tu mirada. Te veo, te creo, te recreo, mi solo amor, mi idiotez, mi desamparo. Qué me hiciste para que yo me enrostre este amor estúpido. Piedad por ti. Cuando te vea lloraré, recordando lo que tuviste que padecer en mi memoria.


Amamos a lo que se nos hace carencia. Imposible desear lo que ya está en mi mano (vieja verdad socrática que recién ahora encarna en mí conscientemente). De allí el Mito de Mi Amor Imposible: carencia, nada más.


El miércoles estuve con Olga. Está vieja y fea. Nos comunicamos. Fue dulce y buena conmigo. Ahora no tengo ganas de llamarla más. Por la noche me emborraché y traje a mi casa a una chica que conocí en lo de O. Nos acostamos. Me acosó con sus anhelos de un amor exclusivo: si estoy enamorada de alguien, si soy fiel, etc. Quiso fornicar conmigo pero no pudo debido a mi frialdad. Me preguntó para qué la traje a mi casa. Yo me encogí de hombros y no le respondí. En verdad no le respondí a ninguna de sus preguntas. Se fue horriblemente triste y enamorada de mí. (Ahora no recuerdo su rostro.)


Olga no me quiere más. Me ha abandonado. No estoy triste por mí sino por ella. Ahora yo no podré quererla. Y nadie pudo haberla querido más que yo. Ella maltrató mi amor. Un amor puro y abstracto. Pocas veces he querido tanto a alguien. Ahora no sé si la quiero, pero ya no le daría mi vida, no me interesa su destino. Es más: algo lejano me dice que yo la hubiera podido salvar y que ella no quiso salvarse. Según O., yo habría sentido deseos por ella, es decir, deseos homosexuales. Creo que no. Por lo menos, conscientemente, no lo pensé jamás. Ojalá fuera homosexual. Siempre me lo digo. Pero no creo posible, para mí, arribar a un orgasmo con una mujer. Mi sed sexual es, ineluctablemente, la de esas mujeres [frase tachada]


De todos mis encuentros con elementos lesbianos he llegado a ciertas conclusiones. Y no deben ser muy erradas pues conozco a las lesbianas más notables de la homosexualidad porteña: las insoportables son las viriloides, las que han luchado durante años por aceptarse definitivamente homosexuales, soportando las opiniones y censuras y escándalos del medio ambiente (casi todas las homosexuales son de familia de alta sociedad o alta burguesía), hasta que mandaron al diablo a todo y ostentaron gallardamente sus melenas cortas, sus camisas, sus cigarrillos negros o rubios de mala calidad sospechosa, sus miradas particularísimas, etc. Cuando una lesbiana así se enamora y no es correspondida es capaz de todo. Su amor está hecho, entre otras cosas, de rabia, de ira, de desafío, de egoísmo llevado a sus últimas consecuencias, etc. Y siempre hablan en términos judiciales y éticos: «Hay que…», «No tengo derecho…», etc.



(Hoy me dijo una compañera del curso de francés que en París «hay mucha degeneración», pues le contaron que las parejas que se aman se besan en la calle «¡en público!».) Pienso que seres así hacen la vida aún más dura. Y ello sin decir lo que ellos mismos hacen cuando no están «en público». Y estos seres son «la sociedad». Los representantes del orden, de la corrección, de la moral. ¡De la moral! Moral que ellos establecen a su criterio y sin derecho. Y nosotros somos los expulsados, los rechazados, ¡los sifilíticos espirituales! Como si de nuestro rostro resbalaran materias putrefactas. Como si no nos mereciéramos ese cielo candoroso que nos cubre, detrás del cual está Dios, manantial de toda estrechez y mezquindad imaginarias.


Un encuentro sexual no compromete a nada. Sólo dos seres sedientos que se unen en el desierto para ir en busca de la calma.


Conflictos sexuales. No vivo el sexo como un problema. Sólo advierto que soy una niña, no una mujer. No tengo conciencia del bien ni del mal. Lo mismo que entonces, cuando era muy niña y me excitaba pensando en dios. Quisiera ser menos inocente.


El domingo me acosté con E. M. Había una atmósfera orgiástica más intensa que la que surge en la soledad de la fantasía. Una vez en mi casa, serena, pensé que muchas cosas habían cambiado y cambiarían. Es decir, muchas cosas dejarían de cumplirse exclusivamente en la fantasía y se encarnarían en la realidad. Creo que necesito satisfacer cuanto antes mis deseos sexuales, que son enormes. Y también lo dijo E. M. Ni yo misma sospecho, tal vez, la magnitud de mi necesidad de satisfacción sexual.


Un escenario. Se abre el telón y baja un falo como la columna de una catedral. En lo alto se divisan los testículos. Ella aparece bailando, vestida como una plañidera medieval española, y se abraza al falo. Los testículos se abren como la boca de una grúa y dejan caer cabezas de indios, de rabinos, de mongoles, de pequeños dioses. Ella se abraza más fuerte, hasta que el falo se sacude y lanza una serpiente que la enrosca.


He decidido cesar las aventuras sexuales. Al menos, hasta que el amor no me arrastre fuera de mí y me obligue a cumplirlas. Lo demás, en mí, es literatura…, pero esas angustias de quedar encinta son exactamente idénticas a las de cualquier modistilla. Y en verdad, si yo quisiera aplacar toda mi sed sexual necesitaría años de orgías. No es posible: quiero escribir. Además, la relación sexual —debo confesarlo— me desilusiona un poco... Lo que sucede es que yo necesito, tal vez, un cortejo de perversiones, acostarme con varios hombres al mismo tiempo, por ejemplo. Pero esto es inseguro. Es más: creo que lo digo «por literatura»… Pero eso sí: no reiniciar más ningún suceso sexual. Y mucho menos con E. M.


No puedo creer que esto es la vida. (Ella espera a la vida.) ¿Y el amor? El amor con espumas, con alas, ese amor como un arco iris, como una música soñada por el viento, ¿dónde, Alejandra, el amor?, ¿dónde la vida, la verdadera vida?
El amor imposible es tan imposible como yo pensaba. Más aún: es absolutamente imposible…Ahora bien: yo lo olvidaré. Quiero ser libre, aunque me vuelva loca, aunque sufra como nadie, seré libre. Prefiero una libertad árida, empobrecida antes que esta adoración carente de sentido, irreconciliable con la realidad.


Creo que un poeta necesita amar. Mi amor fue un amor para un poeta. Ahora no tengo nada. No espero nada.


Mi único amor es el sexo. Mi único deseo ser puta. O no serlo. Pero legiones de hombres. Y si quieren, vengan las mujeres y los niños. Particularmente niños y niñas de doce años. Alejandra Nabokov. (Pero es que yo tengo doce años…)



 Me levanté, me fui. Fumaba a lo largo del Sena y cerca del Quai Voltaire bajé a ver el río. Había mendigos bebiendo o silenciando o cantando o fornicando. Me acerqué a los que bebían y les dije:

—Cuando me muera muy pronto, si alguna vez muero, no recordarán el olor a tristeza del río, no recordarán el gusto del vino atado a la lengua, no recordarán el color de la noche en los ojos de los ahogados sino que recordarán mi voz, mis palabras que flotan como máscaras, como cáscaras vacías que nunca contuvieron nada, y recordarán mis ojos verdes que pagaron al amor el más alto tributo, y recordarán mi nombre que significó mucho para quien lo llevó como un arma en la noche de los grandes reconocimientos y del dolor sin desenlace. Así me dejé violar como tantas otras noches similares.


Lo del sexo es otra mentira. Un instante de onanismo, nada más. La gente debería masturbarse. Amarse platónicamente y masturbarse. Así sería el reino de la poesía. Fornicar sería como rascarse. Hasta podría ser público. La chair est triste. Y en verdad, mucho mejor si no hubiera sexo. Sin deseos, sin anhelos, un flotar, un deslizarse, sin sed, sin hambre. El vientre materno.


Apenas veo a un hombre, lo imagino en el lecho, fornicando conmigo. No obstante, no quiero fornicar con nadie.


He descubierto mi tendencia a conversar de temas obscenos, tratándolos con humor. Como dejando soslayar que participo en terribles orgías sexuales. Debe ser una manera de encubrir mi forzosa o forzada castidad, o lo que fuere. O también, para demostrar que soy absolutamente heterosexual, dado que mi vestimenta bohemia y mi voz ronca pueden hacer pensar en la homosexualidad. Lo cierto es que hablo como una devoradora de hombres.


En el fondo, me repugna ser mujer. Si fuera muy bella, lo aceptaría. ¿Por qué soy tan poco femenina si no soy homosexual?


Dejé de pintarme. Ahora parezco una lesbiana típica. Bienvenida sea. Para qué mentirme. A mí me gustan las mujeres, sólo las mujeres. Pero no sexualmente. He aquí el problema.


Me gustaría, más que cualquier cosa en el mundo, encontrar una amiga, alguien con quien poder mirar y descubrir París. No hablo de un amigo. Los hombres son para mí objetos sexuales. Ésta es mi originalidad, según creo. Una suerte de lesbiana normal.


Soy masoquista. Descubrimiento de ello. Ayer, cuando de pronto cayó la imagen: me pegaban con un látigo. Tuve un orgasmo. No comprendo. No comprendo nada si aún soy tan niña, tan inocente. No comprendo.


Quiero que hoy sea mañana y quiero realizar todas mis fantasías eróticas, encarnarlas, interpretarlas. Hoy es mi día más erótico, y se debe al acto de ayer. Siempre tuve la sensación o el presentimiento de que lo único importante verdaderamente es el acto sexual. Es decir, cuando descartaba todo, cuando sentía lo inútil de todo, la muerte, el dolor, la falsedad, lo absurdo sobre todo de la vida, me decía: «Lo que impide reventar es el ardor entre los muslos». Y hoy a la mañana me dije que no me voy a negar nunca más ninguna experiencia sexual, sea con quien fuere. Hasta el presente mis experiencias fueron promiscuas, de hoy en adelante lo serán más. Me acostaré con todos los que me lo pidan en tanto yo sienta el más leve deseo. Pero sólo yo sé que la quiero a M. solamente, o al menos a Augusto y a M., a ambos, juntos o por separado.


Que has venido. Que tu presencia estremece el cálido color de las hojas muertas. Milagros de la que espera y ve y siente. Y yo te seguiría bajo cualquier forma, como polvo o humo o viento. Entraría por tu respiración, por tu sonrisa, por tus tristes deseos de evadirte hacia donde no haya lenguaje sino solamente ojos devorándose, ojos amándose en el peligro de una desnudez absoluta.
Y tú me viste llegar, mendiga hedionda enamorada de su sombrero con flores y plumas. Había un color lila que humeaba y yo estaba de verde dentro de mis harapos. Dancé para que te rieras. Me pinté las uñas de azul. Toqué la guitarra y canté canciones que hablan de pequeños instantes únicos en los que el dolor se aduerme y hay sólo deseos de amar.


Quise decirle: «Ven a mí, ahora que nadie nos ve, ahora que lo verde de este maléfico jardín entró en la austeridad anónima de una noche de verano. Ven a mí: si vienes, las estrellas seguirán siéndolo, la luna no se cambiará con colores ultrajantes ni habrá metamorfosis dañinas. Nadie verá que tú vienes a mí. Ni siquiera yo, pues yo ya estoy muy lejos, yo ya estoy en otro mundo, amándote con una furia que no imaginas. Ven a mí si quieres salvarte de mi locura y de mi rabia, ten piedad de ti y ven a mí. Nadie lo sabrá, ni  siquiera yo, pues yo estoy vagando por las calles de otra ciudad, vestida de mendiga vieja, acoplando tus nombres a canciones oscuras que son como puñales para fijar mi delirio. Mi sangre, mi sexo, mi sagrada manía de creerme yo, mi porvenir inmutable, mi pasado que viene, mi atrio donde muero cada noche. Oh ven, nada ni nadie lo sabrán nunca. Aun cuando yo no lo quiera ven. Aun cuando yo te odio y te abandone, ven y tómame a la fuerza».


Una sola vez fui feliz: cuando corrí a caballo, desnuda, por la playa. Fue entonces cuando palabras como tierra, sangre, sexo, adquirieron realidad, se hicieron tan reales que desapareció la voz; y el sentir y el hablar no se diferenciaban.



(Selección temática del Administrador,
de los Diarios cuando la autora
tenía entre 18 y 24 años,
-Tomada de la edición de Ana Becciu-)


Alejandra Pizarnik (Buenos Aires; 1936 -1972)






IMAGEN:  "Tolles Weib", Gemälde, 1919; pintura de Emil Nolde.